Lali casi había sucumbido a las náuseas cuando Peter la condujo hasta uno de los invernaderos del exterior. El cielo había adquirido una tonalidad purpúrea y la oscuridad reinante tan sólo se veía aplacada por las estrellas y el brillo de los faroles recién encendidos. Cuando el aire limpio y fresco de la noche llegó hasta ella, comenzó a inhalar profundamente. El conde la acompañó hasta una silla de respaldo de caña, demostrando así mucha más compasión que Daisy, que estaba recostada contra una columna y no cesaba de estremecerse, presa de unos irrefrenables espasmos de risa.
-Por todos los santos... -jadeó Daisy mientras se enjugaba las lágrimas que la risa había provocado-. Tu cara, Lali... Te habías puesto totalmente verde. ¡Creí que ibas a echar los buñuelos delante de todos!
-Yo también lo creía- respondió Lali entre temblores.
-Doy por supuesto que no le agradan mucho las cabezas de ternera-musitó Peter al tiempo que se sentaba a su lado. Se sacó un pañuelo blanco de la chaqueta y secó con él la empapada frente de Lali.
-No me agrada que la comida me mire justo antes de que me la meta en la boca- .contestó Lali, conteniendo la náusea.
Daisy recuperó el aliento lo suficiente para decir:
-Vamos, no digas bobadas. No te miró más que un instante...-Hizo una pausa antes de añadir-: ¡Hasta que le vaciaron los ojos!--y se deshizo de nuevo en carcajadas.
Lali miró a su risueña hermana echando chispas por los ojos antes de cerrarlos con debilidad.
-Por el amor de Dios, ¿tienes que...?
-Respire por la boca -le recordó Peter, que siguió enjugándole el rostro con el pañuelo, llevándose así los últimos restos del sudor frío-. Pruebe a bajar la cabeza.
Obediente, Lali bajó la cabeza hasta las rodillas. Sintió que las manos del hombre se cerraban sobre su fría nuca y comenzaban a masajear los rígidos tendones con exquisita ligereza. El roce de sus dedos resultó cálido y ligeramente áspero, y el suave masaje resultó tan reconfortante que las náuseas no tardaron en desaparecer. Al parecer, el conde sabía exactamente dónde tocarla, ya que descubría con las puntas de los dedos las zonas más sensibles de su cuello y de sus hombros, e insistía con perspicacia allí donde más le dolía. Lali no se movió ni un ápice mientras recibía sus atenciones y comenzó a sentir que todo su cuerpo se relajaba y que su respiración se volvía profunda y regular.
Demasiado pronto para su gusto, Lali sintió que Peter la obligaba a incorporarse de nuevo y tuvo que ahogar un gemido de protesta. Para su mortificación, deseaba que el hombre continuara con su masaje. Deseaba quedarse allí sentada toda la noche con sus manos en el cuello. Y en su espalda. Y... en otros sitios. Sus pestañas se apartaron de las pálidas mejillas y parpadeó al darse cuenta de lo cerca que estaban sus rostros. Era extraño comprobar que encontraba las severas líneas de las facciones del conde más atractivas a medida que las contemplaba. Le ardían los dedos por el deseo de recorrer el perfil de su nariz y los contornos de sus labios, tan duros, y a la vez tan suaves. Por acariciar la intrigante sombra de barba que oscurecía su barbilla. Todo eso se combinaba para crear un atractivo de lo más masculino. Sin embargo, el rasgo más destacable eran sus ojos, de un terciopelo negro entibiado por la luz de los faroles y enmarcados por unas pestañas largas y rectas que proyectaban sombras en los pronunciados ángulos de sus pómulos.
Al recordar su imaginativa charla acerca de las Erynnis pages de motas violetas, Lali dejó escapar una risilla sofocada. Siempre había considerado a Peter como un hombre carente de humor...y estaba claro que se había equivocado.
-Tenía entendido que usted nunca mentía -le dijo.
El conde torció el gesto.
-Dado que las opciones que se me presentaban eran verla vomitar en la mesa de la cena o mentir para sacarla al exterior lo antes posible, elegí el mal menor. ¿Ya se encuentra mejor?
-Mejor... sí.-Lali se dio cuenta de que descansaba en el hueco de su brazo y de que sus faldas cubrían en parte uno de los muslos del hombre. Su cuerpo era sólido y cálido, y se adaptaba al suyo a la perfección.
Al bajar la vista, vio que el tejido de los pantalones se ajustaba como un guante a sus musculosos muslos. Una curiosidad nada digna de una dama se apoderó de ella, y tuvo que apretar las manos para contener la necesidad de acariciarle la pierna.
-Esa parte acerca de las Erynnis pages fue muy inteligente- dijo tras levantar la vista para mirarlo a la cara-. Aunque inventar un nombre en latín fue sin duda un momento de inspiración.
Peter sonrió.
-Nunca perdí la esperanza de que mis clases de latín sirvieran para algo.-La hizo cambiar de posición para sacar el reloj del bolsillo del chaleco-. Volveremos al comedor dentro de unos quince minutos. Para ese momento, ya habrán retirado las cabezas de ternera.
Lali compuso una mueca de desagrado.
-Odio la comida inglesa--exclamó-. Todas esas gelatinas y masas informes, y esos flanes tan temblones, y el venado que dejan macerar tanto tiempo que para cuando lo sirven tiene más años que yo, y ...-Sintió que el cuerpo del conde se estremecía por las carcajadas contenidas y se giró en el semicírculo de sus brazos-.¿Qué es lo que encuentra tan gracioso?
-Está logrando que me dé miedo regresar a mi propio comedor.
-¡Pues debería tener miedo, sí!-replicó con énfasis.
Peter no pudo seguir reprimiendo la risa.
-Perdón... les llegó la voz de Daisy desde un lugar cercano-, pero voy a aprovechar la oportunidad para ir a... bueno... no sé cuál es la palabra educada para decirlo. Nos reuniremos en la entrada del comedor
Peter retiró el brazo que rodeaba a Lali y miró a la menor de las Esposito como si, por un instante, se hubiera olvidado de su presencia.
-Daisy... -comenzó a decir Lali con incomodidad, ya que sospechaba que su hermana pequeña se estaba inventando una excusa para dejarlos a solas.
Sin hacerle caso, Daisy le dedicó una sonrisa pícara y se despidió con la mano antes de desaparecer por las puertas francesas.
Cuando Lali se sentó con Peter a la luz de uno de los faroles, sintió una punzada de nerviosismo. La posible escasez de raros híbridos de mariposas en el exterior quedaba compensa con creces por las que sentía en el estómago. Peter se giró hasta quedar cara a cara con ella y colocó un brazo por encima del respaldo del asiento de caña.
-He hablado hoy con la condesa -le dijo con una sonrisa rondándole la comisura de los labios.
Lali tardó en responder, ya que trataba de alejar con desesperación la imagen que se había conjurado en su mente: esa atezada cabeza inclinada sobre ella, esa lengua que invadía la suavidad de su boca...
-¿Sobre qué?-atinó a preguntar.
Peter respondió con una mirada sardónica que hablaba por sí misma.
-¡Ah!--murmuró-. Se refiere a... la petición que le hice acerca de que actuara como nuestra madrina...
-¿Podemos llamarlo petición? -Peter estiró la mano para colocar con pulcritud un mechón de cabello suelto detrás de su oreja. La yema del dedo rozó el borde externo y trazó la curva del suave lóbulo-. Tal y como yo lo recuerdo, fue más bien un chantaje.-Atrapó el lóbulo entre los dedos y deslizó el pulgar por la sensitiva superficie-. Nunca lleva pendientes. ¿A qué se debe?
-Yo...-De repente, fue incapaz de respirar con normalidad-Tengo las orejas muy sensibles-consiguió decir-Me duelen si me pongo pendientes de broche... y la mera idea de perforarlas con una aguja...
Se detuvo con una brusca inhalación cuando la punta del dedo del conde comenzó a investigar su oreja, siguiendo el contorno de la frágil estructura interna. Peter dejó que el pulgar le rozara la tensa línea de la mandíbula y la suave superficie que había por debajo de su barbilla, hasta que el color inundó las mejillas de la joven. Estaban sentados tan cerca... debía ser el olor del perfume. Era la única explicación para que le estuviera tocando el rostro como si de un amante se tratara.
-Su piel es como la seda -murmuró-. ¿De qué estábamos hablando? Ah, sí, la condesa. Conseguí persuadirla para que las respalde a usted y a su hermana durante la próxima temporada.
Los ojos de Lali se abrieron por la sorpresa.
-¿Lo hizo? ¿Cómo? ¿Tuvo que intimidarla?
-¿Le parezco la clase de hombre que intimidaría a su madre de mas de sesenta años?
-Sí
Una risa ronca resonó en su garganta.
-Puedo recurrir a otros métodos que nada tienen que ver con intimidación -señaló-. Lo que ocurre es que usted todavía no los conoce.
Sus palabras implicaban algo que ella no fue capaz de identificar con exactitud... pero que hizo que experimentara un cosquilleo
-¿Por qué la convenció para que me ayudara? ---, .preguntó.
-Porque creí que podría ser divertido observar a mi madre cuando la obligara a tratar con usted.
-Bueno, si insinúa que soy como algún tipo de plaga...
-Y -interrumpió Peter- porque me sentía obligado a remediar de alguna manera la forma tan ruda en que la traté esta mañana.
-Usted no tuvo toda la culpa -reconoció ella con desgana-.Supongo que yo actué de un modo un tanto desafiante.
-Un tanto... -convino él con sequedad al tiempo que sus dedos se trasladaban desde la oreja a la satinada zona del nacimiento del cabello. Aunque debería advertirle que el consentimiento de mi madre en este arreglo no es incondicional. Si la presiona demasiado, se negará a seguir. Por esta razón, le aconsejo que intente comportarse en su presencia.
-¿Y cómo debería comportarme?-preguntó Lali, más que consciente de la suave exploración que llevaba a cabo su dedo. Si su hermana no volvía pronto, se dijo presa del aturdimiento, Peter iba a besarla. Y ella deseaba que lo hiciera, lo deseaba tanto que sus labios habían comenzado a temblar.
El conde sonrió ante su pregunta.
-Bueno, sobre todo, no...
Se detuvo de repente y levantó la vista para mirar a su alrededor como si se hubiera dado cuenta de que alguien se acercaba. Lali no oía nada salvo el susurro de la brisa, que se filtraba entre los árboles y arrastraba sobre los senderos de grava unas cuantas hojas caídas. Sin embargo, en apenas un segundo, una figura delgada y ágil emergió del mosaico de luces y sombras. El brillo de ese cabello, del color del oro envejecido, identificó al visitante como St Vincent. Lanzani apartó la mano de Lali de inmediato. Una vez se rompió el hechizo, la joven sintió que la oleada de calidez comenzaba a desaparecer.
Las zancadas de St Vincent eran largas aunque relajadas y tenía las manos metidas en los bolsillos de la chaqueta como al descuido.
Sonrió al ver a la pareja que había en el banco y su mirada vagó por el rostro de Lali.
continuara...
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