domingo, 22 de abril de 2012

segundo cap




Lali maldijo en voz baja y le dirigió a Lanzani una mirada malhumorada. Él respondió arqueando con ironía una de sus cejas.

A pesar de que llevaba una chaqueta de montar de tweed, tenía el cuello de la camisa abierto, lo que dejaba al descubierto la fuerte y bronceada línea de su garganta. Durante sus encuentros anteriores, Lanzani siempre había estado vestido de forma impecable y acicalado a la perfección. En ese momento, sin embargo, su abundante cabello negro estaba alborotado y, a decir verdad, le hacía falta un afeitado. Cosa extraña, verlo así le provocó un agradable estremecimiento en las entrañas y una curiosa debilidad en las rodillas.
Pese a lo desagradable que le resultaba el conde, la joven tenía que reconocer que Lanzani era un hombre extremadamente atractivo.

Sus facciones eran demasiado grandes en algunos lugares y demasiado severas en otros, pero había cierta armonía ruda en la estructura de su rostro que hacía que la belleza clásica resultara del todo irrelevante. Había pocos hombres que poseyeran una virilidad tan arraigada esa fuerza de carácter que resultaba demasiado poderosa como para pasarla por alto. No sólo se sentía cómodo con su posición de autoridad, sino que era evidente que le resultaba imposible aceptar otro papel que no fuese el de líder. Puesto que ella era una joven que siempre se había sentido inclinada a lanzarle huevos a la cara a la autoridad, Lali encontraba en Lanzani una tentación irresistible. Pocos instantes le habían resultado tan satisfactorios como aquellos en los que había conseguido sacarlo de sus casillas.

La mirada especulativa de Lanzani se deslizó desde su cabello enredado hasta las líneas no encorsetadas de su figura, sin olvidar la redondez de sus pechos. Lali se preguntó si iba a echarle un rapapolvo en público por atreverse a jugar al rounders con un grupo de mozos de cuadra y le devolvió la mirada con una de su propia cosecha. Trató de parecer desdeñosa, pero no le resultó fácil, ya que un simple vistazo al cuerpo esbelto y atlético de Lanzani le produjo otro enervante estremecimiento en la boca del estómago. Daisy tenía razón: sería difícil, por no decir imposible, encontrar a un hombre más joven que pudiera rivalizar con la fuerza viril de Lanzani. .

Sin apartar los ojos de la mayor de las Esposito, el conde se separó muy despacio de la cerca del corral y se acercó a ella.
Con el cuerpo rígido, Lali se mantuvo en su lugar. Era baja para ser una mujer, hecho que no los colocaba prácticamente a la misma altura; sin embargo, aun así, Lanzani le llevaba 20 centímetros y la sobrepasaba al menos en treinta kilos de peso. Mientras lo miraba a los ojos, que eran de un tono castaño tan intenso que parecían negros, la inquietud hizo que se le pusieran los nervios de punta.

La voz de Lanzani era profunda, de una textura parecida a la grava envuelta en terciopelo.

-Debería acercar más los codos al cuerpo.
Puesto que esperaba una crítica, semejante comentario pilló a Lali desprevenida.
- ¿Cómo?
Las abundantes pestañas del conde descendieron ligeramente cuando contempló el bate que Lali aún sostenía en la mano derecha.
-Que debería acercar más los codos al cuerpo. Tendrá más control sobre el bate si reduce el arco del movimiento.
Lali frunció el ceño.
- ¿Hay algún tema en el que no sea un experto?
Un destello de diversión se reflejó en los oscuros ojos del conde mientras parecía considerar la cuestión con detenimiento.
-No sé silbar -dijo al final-. Y mi puntería con la balista es bastante deficiente. Aparte de eso... -Levantó las manos en un gesto de indefensión, como si fuera incapaz de recordar alguna otra actividad en la que no fuera más que diestro.
- ¿Qué es una balista? -preguntó Lali- ¿ Y qué quiere decir con eso de que no sabe silbar? Todo el mundo sabe silbar.
Lanzani frunció los labios para formar un círculo y soltó un inaudible soplido de aire.

Estaban tan cerca que Lali sintió contra su frente la suave ráfaga de aliento, la cual alborotó los sedosos mechones de su cabello que se habían adherido a la piel sudorosa. Parpadeó por la sorpresa y al instante, su mirada descendió hasta la boca del hombre y después, hasta el cuello abierto de su camisa, donde su piel bronceada tenía un aspecto suave y cálido.
- ¿Lo ve? Nada. Lo he intentado durante años.
Aturdida, Lali pensó en aconsejarle que soplara con más fuerza y que presionara la punta de la lengua contra los dientes inferiores... Sin embargo, la idea de dirigirle a Lanzani una frase que tuviera la palabra «lengua» hacía que, de algún modo, la tarea le resultara imposible. En su lugar, clavó la mirada en el hombre y dio un respingo cuando él dirigió una mano hacia sus hombros y la giró con delicadeza, de manera que quedara de frente a Arthur. El chico se encontraba a varios metros de distancia con la olvidada pelota de rounders en la mano y contemplaba al conde con una expresión a medio camino entre el miedo y el asombro.
Preguntándose si Lanzani iba a echarles una reprimenda a los chicos por haber permitido que Daisy y ella se unieran al juego, Lali dijo con inquietud:
-Arthur y los demás... Ellos no tuvieron la culpa... Fui yo quien los obligó a dejar que participáramos en el juego...
-No me cabe la menor duda -dijo el conde a sus espaldas-. Lo más probable es que no les diera la oportunidad de negarse.
- ¿No piensa castigarlos?
- ¿Por jugar al rounders en su tiempo libre? Desde luego que no-Lanzani se quitó la chaqueta y la arrojó al suelo. Se giró hacia el receptor que se encontraba bastante cerca, y dijo-: Jim, sé un buen chico y lanza unas cuantas bolas.
- ¡Por supuesto, milord! -El muchacho salió corriendo hacia el espacio vacío que había en la parte occidental del campo, más allá de los postes que servían de base.
- ¿Qué está haciendo? -le preguntó Lali cuando Lanzani se colocó tras ella.
-Voy a corregir su swing -fue su sencilla respuesta-. Levante el bate, señorita Esposito.
Ella se giró para observarlo con un gesto incrédulo y le dedicó una sonrisa; el desafío iluminaba sus ojos.
-Esto va a resultar interesante -musitó la joven. Alzó el bate y miró a Daisy, que se encontraba al otro lado del campo y cuyos ojos brillaban a fuerza de reprimir las carcajadas-. Mi swing es perfecto -masculló Lali, muy consciente de la incomodidad que le producía la presencia del cuerpo del conde a sus espaldas.
Al sentir que las manos del hombre se deslizaban hacia sus codos y los empujaban para conseguir que los colocara en una posición más próxima al cuerpo, se le abrieron los ojos de par en par. Cuando le susurró al oído con esa voz ronca, sus sensibles nervios parecieron estallar en llamas y sintió que el rubor se extendía por su rostro, su cuello y... bueno... por otras partes de su cuerpo que, hasta donde ella sabía, no tenían nombre.
-Separe más los pies -dijo Lanzani-y distribuya su peso de forma equitativa. Muy bien. Ahora acerque más las manos a su cuerpo. Puesto que el bate es un poco largo para usted, tendrá que agarrarlo algo más arriba...
-Me gusta agarrarlo por la base.
-Es demasiado largo para usted -insistió el conde-, y ésa es la razón de que ejecute el swing justo antes de golpear la pelota...
-Me gustan los bates largos -replicó Lali mientras él le colocaba las manos sobre el mango de sauce-. De hecho, cuanto más largos, mejor.
La risilla de uno de los mozos de cuadra llamó su atención y Lali lo miró con suspicacia justo antes de girarse para observar a Lanzani. El rostro del hombre no reflejaba expresión alguna, pero había un brillo de diversión en sus ojos.
- ¿Qué es lo que resulta tan gracioso? -preguntó la joven
-No tengo ni la menor idea -respondió Lanzani con indiferencia, tras lo cual, volvió a girarla de nuevo hacia el lanzador-. No se olvide de los codos. Así. Muy bien, no debe girar las muñecas; manténgalas rectas y batee con un movimiento nivelado... No, no, así no-. Estiró los brazos a su alrededor y la sorprendió al colocar sus manos directamente sobre las de ella para guiarla en el lento arco del swing. Tenía la boca junto al oído de Lali- ¿Se da cuenta de la diferencia? inténtelo de nuevo... ¿No le resulta más natural?
El corazón de Lali había comenzado a latir a un ritmo rápido que enviaba sangre con una velocidad vertiginosa a través de sus venas. Jamás se había sentido tan torpe como en ese momento, con sólida calidez de Lanzani a su espalda y esos fuertes muslos entre los ligeros pliegues de su vestido de paseo. Las grandes manos del conde casi ocultaban las suyas por completo y la joven percibió, no sin cierta sorpresa, que tenía callos en los dedos.
Una vez más --la apremió Lanzani al tiempo que incrementaba la presión que ejercían sus manos sobre las de la muchacha.
En cuanto los brazos de ambos quedaron alineados, Lali pudo percibir la dureza acerada de los músculos de sus bíceps. De pronto se sintió abrumada por su presencia, amenazada de una forma que iba más allá del sentido físico. El aire que había en sus pulmones pareció expandirse de forma dolorosa. Dejó escapar una exhalación rápida y superficial y después otra... Y, al instante, se vio liberada con una rapidez desconcertante.
Lanzani, que había dado un paso atrás, la miraba fijamente y su ceño fruncido estropeaba el suave plano de la frente. No era fácil distinguir los iris color azabache del negro de sus pupilas, pero Lali tenía la impresión de que sus ojos estaban dilatados, como si hubiera ingerido alguna droga poderosa. Creyó que el hombre estaba a punto preguntarle algo, pero, en cambio, le dedicó una escueta reverencia y la instó a que retornara la postura de bateo. Tomando el lugar del receptor, Lanzani se puso en cuclillas y le hizo un gesto a Arthur.
- Lanza algunas fáciles para comenzar -le dijo, y Arthur, que al parecer ha superado su miedo, asintió.
- ¡Sí, milord!
Arthur tomó carrerilla y lanzó una bola sencilla y directa. Con los ojos entrecerrados por la determinación, Lali sujetó el bate con fuerza, dio un paso hacia delante para batear y giró las caderas para darle más ímpetu al movimiento. Para su fastidio, no consiguió acertarle a la bola. Se dio la vuelta y le dedicó a Lanzani una mirada elocuente.
-Bueno, sus consejos han servido ciertamente de mucha ayuda -murmuró con sarcasmo.
-Los codos -fue su sucinta respuesta y, a continuación, volvió a lanzarle la bola a Arthur-. -Otra vez.
Con un suspiro, Lali alzó el bate y volvió a colocarse de cara al lanzador.
Arthur echó el brazo hacia atrás y se inclinó hacia delante para lanzar otra bola rápida.
Lali giró el bate y el esfuerzo le arrancó un gruñido; descubrió que le resultaba asombrosamente fácil ejecutar el swing en el ángulo apropiado y sintió una descarga de alegría cuando notó el sólido impacto entre el bate y la pelota de cuero. Con un fuerte crujido, la bola fue catapultada hacia los aires, por encima de la cabeza de Arthur y más allá del alcance de aquellos que se encontraban al fondo del campo. Con un grito de júbilo, Lali dejó caer el bate y corrió hacia el poste de la primera base, lo rodeó y se dirigió hacia el segundo. Por el rabillo del ojo, vio que Daisy corría a través del campo para atrapar la bola y, casi al mismo tiempo, se la lanzaba al muchacho que había más cerca. Lali aceleró el paso; sus pies volaban bajo las faldas cuando rodeó el tercer poste, justo en el instante en el que Arthur recibía la bola.
Con una mirada incrédula, comprobó que lanzani se hallaba de pie junto al último poste, el Castillo de Roca, con las manos alzadas para atrapar la pelota. ¿Cómo se atrevía? Después de enseñarle a batear, ¿ahora pretendía dejada fuera?
-¡Apártese de mi camino! -Gritó Lali sin dejar de correr como una posesa, decidida a alcanzarlo antes de que cogiera la bola-. ¡No pienso detenerme!
-Bueno, le aseguro que se detendrá -afirmó Lanzani con una sonrisa mientras se colocaba justo delante del poste. Llamó al lanzador-: ¡Tíramela, Arthur!
Lo atravesaría si era necesario, se dijo Lali, Soltó algo parecido a un grito de guerra y se abalanzó contra él, consiguiendo que el hombre se tambaleara hacia atrás justo cuando sus dedos se cerraban en torno a la pelota. Pese a que podría haber luchado por mantener el equilibrio, el conde eligió no hacerlo y cayó hacia atrás sobre la mullida hierba con Lali encima, que lo cubrió con un lío de faldas e impetuosas extremidades. Al principio, la joven creyó que lo había dejado sin aliento, pero al instante se dio cuenta de que, al parecer, se estaba ahogando de risa.
- ¡Ha hecho trampas! -dijo con tono acusatorio; pero, en apariencia, aquello sólo consiguió que se riera con más ganas. Lali trató de recuperar el aliento tomando unas profundas bocanadas de aire- Se suponía que no... debía ponerse... delante del poste... ¡pedazo de tramposo!
Sin dejar de jadear y resoplar, lanzani le ofreció la pelota con el reverente respeto de alguien que le entrega un tesoro de valor incalculable al conservador de un museo. Lali cogió la bola y la arrojó a un lado.
- ¡No me ha eliminado! -le dijo al tiempo que le clavaba el dedo índice en el pecho para darle más énfasis a su afirmación. Era como darle golpecitos a una piedra-. Estaba salvada, ¿me ha... oído?
Lali escuchó la voz risueña de Arthur cuando el muchacho se acercó a ellos.
En realidad, señorita...
- Jamás discutas con una dama, Arthur -lo interrumpió el conde que había logrado recuperar el aliento para hablar.
El chico sonrió.
- Lo que usted diga, milord.
- ¿Y hay alguna dama por aquí? -preguntó Daisy con jovialidad mientras atravesaba el campo-. Yo no veo ninguna.
Sin dejar de sonreír, Lanzani levantó la mirada para observar a Lali. El conde tenía el cabello enredado y sus dientes parecían muy blancos en comparación con el rostro, cubierto de sudor y de polvo. Puesto que su fachada despótica había desaparecido y sus ojos resplandecían por la diversión, su sonrisa resultó tan inespera-damente encantadora que Lali sintió que se deshacía por dentro. Situada encima de él, notó que sus propios labios esbozaban una renuente sonrisa. Un mechón suelto de cabello se desprendió de la cinta que lo sujetaba y se deslizó como si fuera seda sobre la mandíbula del hombre.
- ¿Qué es una balista?
-Una catapulta. Tengo un amigo que alberga un profundo interés por el armamento medieval. Él... -Lanzani dudó cuando una especie de tensión comenzó a extenderse por su duro cuerpo mientras yacía bajo ella-. Acaba de construir una balista utilizando un antiguo diseño... y me pidió que le ayudara a dispararla...
A Lali le resultaba muy agradable la idea de que el siempre reservado Lanzani fuese capaz de hacer payasadas tan infantiles. Al darse cuenta de que estaba sentada a horcajadas sobre él, se ruborizó y comenzó a retorcerse para alejarse.
- ¿No tiene buena puntería? -le preguntó, tratando de aparentar indiferencia.
-Eso pareció creer el dueño del muro de piedra que demolimos. -De pronto, el conde respiró hondo cuando el cuerpo de la joven se deslizó sobre el suyo al apartarse, y permaneció sentado en el suelo incluso después de que ella ya se hubiera puesto en pie.
Preguntándose por qué la miraba de un modo tan extraño, Lali comenzó a sacudirse las polvorientas faldas con las manos, pero resultó en vano. Su ropa estaba hecha una porquería.
-Dios... -le susurró a Daisy, que también parecía desgreñada y sucia, pero no tanto como ella-. ¿Cómo vamos a explicar el estado de nuestros trajes?
-Le pediré a una de las doncellas que los lleve a escondidas hasta la lavandería antes de que madre se dé cuenta. Eso me recuerda... ¡que es casi la hora de que nos despierte de nuestra siesta!
-Tendremos que darnos prisa -dijo Lali al tiempo que echaba un vistazo a lord Lanzani, quien se había vuelto a poner la chaqueta y en esos momentos se encontraba de pie tras ella-. Milord, si alguien le pregunta si nos ha visto... ¿podría decir que no? -Nunca miento -afirmó él.
Lali soltó un resoplido de exasperación.
- ¿Podría al menos abstenerse de dar información de forma voluntaria? -le pidió.
-Supongo que podría.
- Que servicial es usted... -dijo Lali con un tono que indicaba todo lo contrario-. Muchas gracias, milord. Ahora si nos disculpa tenemos que salir corriendo. Literalmente.
-Síganme, les mostraré un atajo -se ofreció Lanzani-. Conozco un camino a través del jardín que conduce hasta la entrada de los sirvientes que hay junto a la cocina.
Tras intercambiar una mirada, las hermanas asintieron al unísono y se apresuraron a ir tras él mientras agitaban la mano para despedirse de forma distraída de Arthur y sus amigos.
Conforme guiaba a las hermanas esposito a través del jardín estival, Peter no pudo evitar sentirse molesto por la forma en que Lali no dejaba en su empeño por adelantarlo. Al parecer, era físicamente incapaz de ir detrás. El conde la observó a hurtadillas, tomando nota del modo en que sus piernas se movían bajo la fina muselina del vestido de paseo. Sus zancadas eran largas y ágiles, muy distintas al experto balanceo femenino que la mayoría de las mujeres practicaba.
En silencio, Peter reflexionó acerca de la inexplicable reacción que le había provocado la muchacha mientras jugaban al rounders. Al mirarla, el evidente entusiasmo que reflejaba su expresión le había resultado absolutamente irresistible, Presentaba un exceso de energía y un entusiasmo por el ejercicio físico que parecían rivalizar con los suyos propios. No estaba bien visto que las mujeres jóvenes de su posición demostraran ni una salud tan robusta ni semejante brío. Se suponía que debían ser tímidas, modestas y comedidas. Sin embargo, Lali le había resultado demasiado encantadora como para ignorarla y, antes de que se diera cuenta de lo que estaba sucediendo, se había unido al juego.
Al verla así, tan sonrojada y excitada, se habían despertado en su interior ciertas sensaciones que preferiría no haber experimentado. Era más bonita de lo que recordaba y tan divertida con su espinosa testarudez que había sido incapaz de resistirse al desafío que representaba. Y en el momento en que se colocó tras ella para ajustar su swing y sintió ese cuerpo presionado contra el suyo, fue plenamente consciente de un instinto animal que lo instaba a arrastrarla hasta un lugar íntimo, levantarle las faldas y...
Se obligó a dejar a un lado esos pensamientos con un quedo gemido de incomodidad y observó a Lali caminar por delante de él una vez más. Estaba hecha un desastre, con el pelo enredado... Sin embargo, por alguna razón no podía dejar de pensar en lo que había sentido al yacer sobre el suelo con ella a horcajadas encima de él. Era ligera como una pluma. Pese a su altura, era una chica esbelta, sin muchas curvas femeninas. No era su tipo en absoluto. No obstante, había deseado con desesperación encerrar esa cintura entre sus manos, empujar sus caderas hacia abajo y...
-Por aquí -dijo con sequedad cuando pasó junto a Lali para encaminarse hacia los setos y muros que los ocultaban de la casa.
Condujo a las hermanas a lo largo de unos senderos flanqueados por espirales de salvia, antiguos muros cubiertos con rosas rojas y brillantes capullos de hortensia, y enormes jarrones de piedra que rebosaban de violetas blancas.
- ¿Está seguro de que esto es un atajo? -quiso saber Lali-Creo que por el otro camino habríamos llegado mucho más rápido.
Peter, que no estaba acostumbrado a que se cuestionaran sus decisiones, le dirigió una gélida mirada cuando se colocó junto a él.
-Conozco bien el camino para atravesar los jardines de mi propiedad, señorita Esposito¬
-No le haga caso a mi hermana, lord Lanzani -dijo Daisy a sus espaldas-. Lo que pasa es que le preocupa lo que ocurrirá si nos pillan. Se supone que deberíamos estar durmiendo la siesta, ¿sabe? Madre nos encerró en nuestra habitación, y después...
-Daisy -la interrumpió Lali con sequedad-, al conde no le interesa escuchar nada de eso.
-Al contrario -dijo Peter-. En realidad, estoy muy interesado en saber cómo lograron escapar. ¿Por la ventana?
-No. Forcé la cerradura -replicó Lali.
Peter almacenó la información al fondo de su mente y preguntó con tono de mofa:
- ¿Le enseñaron a hacerlo en la escuela superior?
-No fuimos a la escuela superior -señaló Lali-. Aprendí sola a abrir cerraduras. He estado ante muchas puertas cerradas desde mi más tierna infancia.
-Sorprendente.
--Supongo que usted nunca hizo nada que mereciera un castigo -dijo Lali.
-De hecho, me castigaban a menudo. Pero jamás me encerraron. Mi padre consideraba mucho más conveniente (y satisfactorio) darme una paliza por mis crímenes.
- Hace que parezca un bruto -afirmó Lali,
Daisy jadeó tras ellos.
Lali, no deberías hablar así de los difuntos. Y dudo mucho que al conde le agrade oír que insultas a su padre.
-No; en realidad, era un bruto -comentó Peter con una franqueza que igualaba la de Lali.
Llegaron a una abertura en los setos desde donde partía un camino de losas que bordeaba uno de los laterales de la mansión, Peter hizo un gesto a las jóvenes para que guardaran silencio y echó un vistazo al solitario camino para después empujarlas hasta un pequeño escondite formado por un alto y delgado enebro; acto seguido, señaló con un gesto el lado izquierdo del camino.
- La entrada de la cocina está por ahí -murmuró-. Cruzaremos por aquí y tomaremos la escalera que hay a la derecha hasta la segunda planta, donde les indicaré el pasillo que conduce hasta su habitación,
Las muchachas lo miraron con sendas sonrisas radiantes; ambos rostros eran muy similares y, a la vez, muy diferentes, Daisy tenía las mejillas redondeadas y una anticuada belleza que le conferían la apariencia de una muñeca de porcelana; unos rasgos semejantes proporcionaban un marco de algún modo incongruente a sus exóticos ojos castaños. El rostro de Lali era más largo y de corte ligeramente felino, con ojos rasgados y una boca llena y carnal que conseguía que el corazón del conde diera un incómodo vuelco.
Peter no dejó de contemplar su boca mientras ella hablaba.
- Gracias, milord -dijo Lali-. Confío en que podamos contar con su silencio acerca de nuestro juego.
Si Peter hubiera sido otro tipo de hombre o hubiera albergado el más mínimo interés romántico por cualquiera de las dos chicas, podría haber utilizado esa situación para flirtear un poco a través de un pequeño chantaje. En cambio, asintió con la cabeza y respondió con firmeza:
- Pueden contar con ello.
Con otra mirada cautelosa, se aseguró de que había vía libre y los tres salieron del escondrijo que les proporcionaba el enebro. Por desgracia, cuando estaban a mitad de camino entre la cerca de setas y la entrada de la cocina, un coro de inesperadas voces resonó a lo largo del sendero de losas de pizarra y rebotó con suavidad en los muros de la mansión. Se acercaba alguien.
Daisy salió a la carrera cual cervatilla asustada y llegó a la entrada de la cocina en una fracción de segundo. Lali, sin embargo, tomó el rumbo opuesto y se abalanzó de nuevo hacia el enebro. Sin tiempo para considerar sus acciones, Nicholas la siguió en el mismo momento en que un grupo de tres o cuatro figuras aparecían al prin-cipio del sendero. Apiñado junto a ella en el estrecho hueco que había entre el enebro y las setas, Peter se sintió del todo ridículo por esconderse de los invitados en su propia casa. No obstante, dada su condición desarreglada y sucia, no le apetecía mucho mostrarse ante nadie... y, de pronto, sus pensamientos se dispersaron cuando sintió los brazos de Lali aferrándose con fuerza a los hombros de su chaqueta para atraerlo más hacia las sombras. Acercándolo más a ella. La muchacha estaba temblando... de miedo, creyó Lanzani en un principio. Asombrado por su propia reacción protectora, colocó un brazo alrededor de la mujer. Sin embargo, descubrió al instante que ella se estaba riendo por lo bajo; la situación le resultaba tan inexplicablemente graciosa que se vio obligada a sofocar una serie de risillas agudas contra su hombro.
Con una sonrisa, Peter la miró de forma interrogante y echó hacia atrás uno de aquellos mechones del color del chocolate que había caído sobre su ojo izquierdo. Trató de ver algo entre la estrecha abertura que había entre las fragantes, espesas y puntiagudas ramas del enebro. Reconoció a los hombres que caminaban con parsimonia por el camino mientras discutían acerca de asuntos de negocios y agachó la cabeza para susurrar al oído de Lali:
-Silencio, es su padre.
Ella abrió los ojos de par en par y su risa se desvaneció al tiempo que enterraba los dedos en la chaqueta del conde.
-Dios, no. ¡No deje que me descubra! Se lo dirá a mi madre.
Lanzani inclinó la barbilla para asegurarle que no lo haría y mantuvo el brazo alrededor de la muchacha, con la boca y la nariz apoyadas sobre su sien.
-No nos descubrirán. Tan pronto como pasen de largo, la guiaré por el pasillo.
Lali se quedó muy quieta, espiando por los diminutos espacios que había entre las hojas del enebro; al parecer, no se había dado cuenta de que se apretaba contra el cuerpo del conde de Lanzani de una manera que la mayoría de la gente consideraría como un abrazo. Aún respirando contra su sien, Peter la abrazó y tomó conciencia de una elusiva fragancia, un tenue aroma a flores que había percibido vagamente en el campo de rounders. Con la intención de descubrir su procedencia, encontró una mayor concentración de la fragancia en la garganta de la joven, lugar donde el aroma se volvía intoxicante y embriagador. Se le hizo la boca agua. De pronto, deseó rozar con la lengua aquella tersa piel blanca, arrancar la parte delantera del vestido y deslizar la boca desde su cuello hasta la punta de los pies.
Tensó el brazo alrededor de la esbelta figura de Lali y su mano libre buscó de forma compulsiva las caderas de la muchacha para ejercer una presión suave pero continua con la intención de acercarla más a él. Sí... Dios, sí. Tenía la altura perfecta, era tan baja que no se precisaba más que un mínimo ajuste para encajar sus cuerpos de la manera apropiada. Lo embargó una excitación que despertó una llamarada sensual en sus palpitantes venas. Sería tan fácil tomarla así... tan sólo tendría que levantarle el vestido y separarle las piernas. La deseaba de mil formas distintas: encima de él, debajo de él.., Cualquier parte de su cuerpo dentro de cualquier parte del cuerpo de ella. Podía notar la forma natural de su silueta bajo el fino vestido, puesto que no llevaba corsé que echara a perder la curva perfecta de su espalda. Ella se tensó un poco cuando sintió que su boca le rozaba la garganta y pareció quedarse sin aliento por el asombro.
- ¿Qué... qué está haciendo? -susurró.
Al otro lado de los setas, los cuatro hombres pasaron charlando animadamente acerca de la manipulación de las acciones empresariales mientras la mente de Peter hervía con pensamientos relacionados con otro tipo de manipulación completamente distinta, Se humedeció los labios secos con la lengua y apartó la cabeza para observar la expresión confundida de la muchacha.
-Lo siento -musitó, luchando por recuperar el buen juicio-Es ese olor... ¿qué es?
- ¿Olor? -Ella parecía absolutamente perpleja– ¿Se refiere a mi perfume?
Peter estaba absorto en sus labios... esos labios llenos, sedosos y rosados que prometían una indecible dulzura. La esencia de esa mujer invadía su olfato una y otra vez con lujuriosas oleadas que despertaron otra serie de fabulosos impulsos en el interior de su cuerpo. Su erección se hizo evidente; la entrepierna le palpitaba con rapidez y le latía el corazón a un ritmo desbocado. No podía pensar con claridad. Le temblaban las manos por el esfuerzo que le suponía no acariciarla. Cerró los ojos y apartó el rostro del de Lali, sólo para descubrirse acariciando su garganta con la nariz. Ella lo empujó un poco para susurrarle con fuerza al oído.
- ¿Pero qué demonios le pasa?
Peter sacudió la cabeza con impotencia.
-Lo siento -dijo con voz ronca, a pesar de que sabía lo que estaba a punto de hacer-. Dios mío, lo siento... -Estampó la boca contra la de la muchacha y comenzó a besarla como si le fuese la vida en ello.Era la primera vez en la vida que a Lali la besaba un hombre sin pedirle permiso.. No dejó de forcejear hasta que Lanzani la apresó con más firmeza contra su cuerpo. El conde olía a tierra, a caballo y a luz de sol. Y a algo más... a una esencia dulce y seca que a Lali le recordaba al heno recién segado. La presión que ejercía su boca se incrementó en un ardoroso intento de que la joven separa los labios.
Lali nunca había imaginado un beso semejante, una caricia profunda, tierna e impaciente que pareció dejarla sin fuerzas hasta el punto de que se vio obligada a cerrar los ojos y buscar el firme apoyo del torso del hombre. Lanzani aprovechó al instante su debilidad, la apretó contra su cuerpo hasta que no quedó un milímetro de separación entre ellos y le introdujo uno de sus fuertes muslos entre las piernas para separarlas.
La punta de la lengua de Lanzani comenzó a juguetear en el interior de su boca con cálidas caricias que recorrían el borde de sus dientes y la sedosa humedad que se extendía tras ellos. Sobresaltada por semejante intimidad, Lali retrocedió, pero él acompasó su movimiento y le colocó las manos a ambos lados de la cabeza. La joven no sabía qué hacer con la lengua, de modo que la echó hacia atrás con torpeza mientras él seguía jugueteando con ella; no dejó de acuciarla, incitarla y darle placer hasta que de la garganta de la muchacha escapó un gemido tembloroso y comenzó a empujar a Peter de modo frenético.
La boca del conde se apartó de ella. Consciente de la presencia de su padre y de los compañeros de éste, que aún seguían al otro lado del enebro, Lali se esforzó por recobrar el aliento mientras observaba las sombras oscuras de los hombres a través de la frondosa protección de las agujas del árbol. El grupo prosiguió su camino, ajeno a la pareja que se abrazaba, oculta, a la entrada del jardín. Aliviada al ver que se marchaban, Lali dejó escapar un trémulo suspiro. El corazón comenzó a desbocarse en su pecho cuando sintió que la boca de Peter se deslizaba por la suave curva de su garganta y dejaba tras de sí un reguero de fuego. Ella volvió a removerse para librarse del abrazo, pero aún tenía la pierna del conde entre los muslos y una fulgurante oleada de calor comenzó a extenderse por todo su cuerpo.
-Milord -dijo en un susurro-, ¿se ha vuelto loco?
-Sí. Sí. -Sus labios regresaron de nuevo a la boca de Lali...para robarle otro beso tan profundo como los anteriores-. Dame tus labios... la lengua... sí. Sí. Eres tan dulce... tan dulce.
Los labios del conde eran cálidos e implacables, y se movían sobre la boca de Lali con una sensual coerción mientras su aliento le rozaba la mejilla. La joven sentía un cosquilleo en los labios y en la barbilla, provocado por el roce áspero de la piel sin afeitar de Peter
-Milord -volvió a susurrar tras separarse de su boca con un gesto brusco-. ¡Por el amor de Dios! ¡Suélteme!
-Sí... Lo siento... Sólo uno más... y buscó una vez más sus labios al tiempo que ella lo empujaba con todas sus fuerzas. No obstante, el torso del hombre resultó ser I tan duro como el granito.
- ¡Suélteme, bruto!
Tras retorcerse de modo frenético, Lali consiguió librarse de Peter. La exquisita fricción de sus cuerpos provocó un hormigueo que la recorrió de la cabeza a los pies, aun cuando ya estaban separados.
Mientras se miraban el uno al otro, Lali percibió cómo la lujuria que había obnubilado al conde abandonaba su rostro un instante antes de que esos ojos oscuros se abrieran de par en par al comprender lo que acababa de ocurrir.
- ¡Por los clavos de Cristo! -exclamó él en voz baja.
A Lali no le gustó en absoluto el modo en que Peter la observaba, como un hombre que contemplara la cabeza letal de Medusa. Con el ceño fruncido, le dijo con sequedad:
-Encontraré el camino de vuelta a mi habitación. Y no se le ocurra seguirme… Ya he tenido suficiente ayuda suya por hoy. - Y con esas palabras, se dio la vuelta y se apresuró a cruzar el camino mientras él la observaba con la boca abierta.

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