
Peter se alejó cabalgando de la mansión y condujo a su caballo a lo largo del transitado sendero del bosque que se extendía más allá de los jardines. Tan pronto como hubo cruzado una hondonada y ascendido la ladera opuesta, dejó que el animal corriera a sus anchas, de modo que sus cascos comenzaron a resonar sobre los prados de ulmaria y de hierba amarilleada por el sol. Stony Cross Park poseía los mejores terrenos de todo Hampshire, con bosques frondosos, praderas cubiertas de flores, charcas y extensos campos dorados. Las invitaciones a la propiedad, que una vez fuera coto de caza de la familia real, eran en esos momentos las más codiciadas de toda Inglaterra.
El flujo más o menos constante de invitados que acudían a Stony Cross Park resultaba muy beneficioso para los propósitos de Peter, puesto que no sólo le proporcionaba compañía para practicar la caza y los deportes que tanto le gustaban, sino que también le permitía llevar a cabo ciertas maniobras tanto financieras como políticas. Se realizaban todo tipo de negocios en el transcurso de esas fiestas campestres, en las que Nicholas solía persuadir a algún que otro político u hombre de negocios para que apoyara su postura en asuntos de importancia.
La fiesta que estaba a punto de comenzar no tenía por qué ser distinta a cualquier otra; sin embargo, durante los últimos días, Peter se había visto asaltado por un progresivo estado de intranquilidad. Como el hombre racional que era, no creía ni en premoniciones ni en esas estupideces espiritistas que se habían puesto tan de moda... aunque le daba la sensación de que el ambiente de Stony Cross Park había cambiado de alguna manera. El aire estaba cargado con la incertidumbre de la espera, como la tensa calma que precede a la tempestad. Peter se sentía inquieto e impaciente, y no había ejercicio físico alguno que lograra calmar ese creciente desasosiego.
Al pensar en la noche que tenía por delante, y a sabiendas de que tendría que relacionarse con los Esposito, sintió que la inquietud se transformaba en algo que rayaba en la ansiedad. Se arrepentía de haberlos invitado. De hecho, renunciaría de buena gana a cualquier posible negocio futuro con Thomas Esposito si, de ese modo, pudiera librarse de ellos. No obstante, el hecho era que ya se encontra¬ban allí, que permanecerían en su casa durante un mes completo y que lo único que podía hacer era sacarle el máximo partido a la situación.
Peter tenía toda la intención de lanzarse a una exhaustiva negociación con Thomas Esposito para conseguir que éste expandiera su industria jabonera y estableciera una fábrica en Liverpool o, quizás, en Bristol. Con toda probabilidad, el impuesto con el que el gobierno británico tasaba el jabón se derogaría en los años venideros, si Peter podía confiar en los amigos reformistas con los que contaba en el Parlamento. Cuando eso sucediera, el jabón se convertiría en un artículo mucho más asequible para la población en general, hecho que no sólo repercutiría de forma favorable en la salud pública, sino también en la cuenta corriente de Peter. Siempre y cuando Thomas Esposito tuviera a bien contar con él como socio.
El único problema era que la presencia de Thomas Esposito significaba tener que soportar también la de sus hijas y en eso no había vuelta de hoja. Lali y Daisy eran la personificación de esa moda tan censurable que se había impuesto entre los norteamericanos de mandar a sus herederas a Inglaterra a la caza de un marido. De ese modo, la aristocracia se veía asediada por una horda de señoritas ambiciosas que no paraban de cotorrear sobre sí mismas con ese acento tan atroz, deseosas de atraer la atracción de los periódicos y ganar publicidad... Jovencitas carentes de elegancia, vocingleras y engreídas que no tenían más ambición que la de comprar un título con el dinero de sus padres... cosa que solían conseguir en la mayoría de los casos. Peter había llegado a conocer muy bien a las hermanas Esposito durante la última estancia de las muchachas en Stony Cross Park, y poco podía decir a favor de ninguna de ellas. La mayor, lali, se había convertido en el foco de su aversión al descubrir que, junto con sus amigas -«las floreros», tal y como preferían llamarse a sí mismas... ¡Como si fuese algo de lo que estar orgullosas!-, había ideado una estratagema para que un caballero de la nobleza se viera obligado a pedir a una de ellas en matrimonio. Peter, jamás olvidaría el momento en el que el plan fue descubierto. «Santo Dios, ¿es que no respeta absolutamente nada?», le había preguntado a Lali. A lo que ella había respondido de modo impertinente: «Si algo que merezca mi respeto, aún no lo he descubierto.»
Su extraordinaria insolencia la diferenciaba de cualquier otra mujer con la que Peter tuviera relación. Eso, además del partido de rounders que habían jugado en paños menores, lo había convencido de que lali Esposito era una alborotadora. Y, una vez que Peter juzgaba el carácter de una persona, cambiaba de opinión en muy raras ocasiones.
Con el ceño fruncido, sopesó cuál sería el mejor modo de tratar a Lali. Adoptaría una actitud distante y tranquila, y pasaría por alto cualquier provocación de la muchacha. No le cabía duda de que a Lali le enfurecería ver lo poco que le afectaba su comportamiento. La presión que sentía en el pecho disminuyó en cuanto imaginó la irritación de la muchacha al ver que la ignoraba. Sí... haría todo lo posible por evitarla y, cuando las circunstancias los obligaran a permanecer en la misma habitación, la trataría con una distante cortesía. Una vez aplacado su malestar, Peter guió a su caballo por una zona de saltos sencillos: un seto, una valla y un estrecho muro de piedra que hombre y animal superaron en perfecta coordinación.
-Y ahora, niñas -dijo Mercedes Esposito mientras lanzaba a sus hijas una mirada severa desde la puerta de entrada de la habitación que éstas compartían-, insisto en que durmáis una siesta de al menos dos horas para que estéis descansadas esta noche. Las cenas de lord Lanzani suelen comenzar bastante tarde y acaban bien entrada la medianoche. No quiero que ninguna de las dos bostece en la mesa.
-Sí, madre -contestaron las dos al unísono con actitud obediente, al tiempo que la miraban con sendas expresiones de inocencia que no engañaron a la señora Esposito ni por asomo.
Mercedes Esposito era una mujer en extremo ambiciosa que adolecía de un exceso de energía. Su cuerpo, delgado como un huso, podía conseguir que un galgo resultara rollizo en comparación. Su estridente e insoportable cháchara solía estar dirigida hacia la consecución del objetivo primordial de su vida: ver a sus dos hijas espléndidamente casadas.
-No saldréis de esta habitación bajo ninguna circunstancia -continuó con el mismo tono inflexible-. Nada de vagar a hurtadillas por la propiedad de lord Lanzani; nada de aventuras, arañazos, ni incidentes de ninguna otra clase. Es más, tengo la firme intención de cerrar la puerta con llave para asegurarme de que os quedáis aquí sin ocasionar daño alguno y que descansáis.
- ¡Madre! -protestó Lali-. Si hay algún lugar en la faz de la Tierra más aburrido que Stony Cross Park, me comeré mis zapatos. ¿En qué lío podríamos meternos?
-Vosotras sacáis problemas del aire -contestó Mercedes con los ojos entrecerrados-. Y por eso mismo no pienso quitaros los ojos de encima. Después del comportamiento que demostrasteis durante nuestra última estancia aquí, me sorprende mucho que hayan vuelto a invitarnos.
-A mí no -replicó Lali con sequedad-. Todos saben que estamos aquí porque Lanzani le ha echado el ojo al negocio de padre.
-Es «lord» Lanzani -la corrigió Mercedes con un siseo-. ¡Lali, debes referirte a él con el debido respeto! Es el aristócrata más rico de toda Inglaterra y su linaje...
…es más antiguo que el de la mismísima reina -interrumpió Daisy con voz cantarina, puesto que había escuchado ese mismo discursito en multitud de ocasiones-. Y su título es el más antiguo de Gran Bretaña, lo que lo convierte...
-... en el soltero más codiciado de toda Europa-concluyó Lali con voz monótona al tiempo que alzaba una ceja en un gesto burlón-. O, tal vez, de todo el mundo. Madre, si de verdad albergas la esperanza de que Lanzani se case con una de nosotras, es que estás chiflada.
No está chiflada -la corrigió Daisy-. Es una neoyorquina.
Había muchas personas en Nueva York en las mismas circunstancias que los Esposito que se esforzaban por ascender en el escalón social, pero no les resultaba fácil mezclarse con las clases más conservadoras ni con la sociedad más elegante. Esas familias advenedizas habían amasado considerables fortunas gracias a negocios tales como la minería o las fábricas, pero no terminaban de ser aceptados en los círculos a los que deseaban pertenecer con tanta desesperación. El ostracismo y el bochorno que conllevaba el hecho de ser rechazados por la sociedad neoyorquina habían enardecido la ambición de Mercedes como ninguna otra cosa podría haberlo hecho jamás.
- Vamos a esforzarnos para, que lord Lanzani olvide el desastroso comportamiento que demostrasteis durante nuestra última visita - señaló Mercedes con gravedad-. De ahora en adelante, os conduciréis con modestia, serenidad y decoro a todas horas, y no quiero oír ni una sola palabra, relacionada con las floreros. Quiero que os mantengáis alejadas de esa escandalosa Annabelle Peyton y de la otra, otra, esa...
- Evie Jenner -le recordó Daisy-. Y ahora es Annabelle Hunt, madre.
- Annabelle se casó con el mejor amigo de Lanzani-señaló Lali al descuido-- Yo diría que es un motivo de peso para que continuemos nuestra relación con ella, madre.
- Lo pensaré. -Mercedes las observó con recelo-. Entretanto tengo la intención de que durmáis una siesta larga y sin sobresaltos. No quiero oír el menor ruido procedente de esta habitación, ¿me habéis entendido?
- Sí, madre -contestaron ambas a coro.
La puerta cerró tras Mercedes, que echó la llave por fuera.
Las hermanas se miraron la una a la otra con idénticas sonrisas.
- Menos mal que no ha llegado a enterar del partido de rounders-dijo Lali.
-A estas alturas, estaríamos muertas -convino Daisy muy seriamente.
Lali sacó una horquilla para el pelo de la cajita esmaltada que había sobre el tocador y se acercó a la puerta.
-Es una lástima que se enfade por cosas tan tontas, ¿no te parece?
-Como cuando metimos aquel cerdito lleno de grasa en el salón de la señora Astor.
Lali, a la que el recuerdo le había arrancado una sonrisa, se arrodilló frente a la puerta y metió la horquilla en el ojo de la cerradura.
-Te confieso que nunca he entendido por qué madre no se dio cuenta de que lo hicimos para desagraviarla. Había que hacer algo para vengarnos de la señora Astor por no haber invitado a madre a su fiesta.
-Si mal no recuerdo, lo que dijo madre fue que meter animales en casas ajenas no nos granjearía muchas invitaciones a futuras fiestas. .
-Bueno, no creo que fuese tan malo como esa ocasión en la que encendimos una bengala en aquella tienda de la Quinta Avenida.
-No nos quedó otro remedio después de que el vendedor nos tratara con semejante grosería.
Lali sacó la horquilla de la cerradura y dobló con pericia uno de los extremos antes de volver a introducirla. Con los ojos entrecerrados a causa del esfuerzo, siguió moviendo la horquilla hasta que se oyó un chasquido, tras lo cual miró a su hermana con una sonrisa triunfal.
-Creo que éste ha sido mi mejor tiempo.
No obstante, su hermana pequeña no le devolvió la sonrisa. -Lali... si encuentras un marido este año, todo cambiará. Tú cambiarás. Ya no habrá más aventuras ni diversión, y yo me quedaré sola.
-No seas tonta -la regañó Lali, sin dejar de fruncir el ceño-. Yo no vaya cambiar y tú no vas a quedarte sola.
-Tendrás que responder ante tu marido. - le recordó Daisy .- Y no te permitirá acompañarme en mis travesuras.
- No, no y no... -Lali se puso en pie y desechó la idea con un gesto de la mano-. No pienso tener esa clase de marido. Voy a casarme con un hombre al que no le importe o no se dé cuenta de lo que hago cuando no estoy con él. Un hombre como nuestro padre.
-Un hombre como, nuestro padre no parece haber hecho muy feliz a madre -replicó Daisy-. Me pregunto si alguna vez estuvieron enamorados.
lali apoyó la espalda contra la puerta y arrugó el entrecejo mientras reflexionaba sobre ese asunto. Jamás se le había ocurrido plantearse si el matrimonio de sus padres había sido o no una unión por amor. Por algún motivo, no creía que ése fuera el caso.
Ambos parecían demasiado independientes. Su relación podía considerarse como mucho un vínculo insignificante. Hasta donde Lali sabía, sus padres nunca discutían, nunca se abrazaban y apenas se hablaban. Sin embargo, entre ellos no parecía existir resentimiento alguno. A decir verdad, manifestaban una indiferencia mutua y no había evidencia alguna de que ansiaran la felicidad, ni de que supieran siquiera cómo conseguida.
El amor es para las novelas, querida -replicó Lali esforzándose todo lo posible por parecer cínica. Abrió la puerta, echó un vistazo a ambos lados del pasillo y miró a Daisy por encima del hombro-. Camino despejado. ¿Salimos por la entrada del servicio?
-Sí, vamos al ala oeste de la mansión y directas al bosque.
- ¿Por qué al bosque?
- ¿ No te acuerdas del favor que me pidió Annabelle?
Lali la miró un instante sin comprender y, poco después, puso los ojos en blanco.
-Por el amor de Dios, Daisy, ¿es que no se te ocurre nada mejor que hacer un recado tan ridículo como ése?
Su hermana pequeña la contempló con una mirada perspicaz.
- Lo que pasa es que no quieres ir porque es en beneficio de lord Lanzani.
No va a beneficiar a nadie -replicó Lali, exasperada-. Es una estupidez
Daisy respondió con una mirada decidida.
- Voy a buscar el pozo de los deseos de Stony Cross Park- anunció con gran dignidad- y a hacer lo que me ha pedido Annabelle. Puedes acompañarme si lo deseas o, por el contrario, hacer cualquier otra cosa que te apetezca. Sin embargo... -sus ojos almendrados se entrecerraron de forma amenazadora-, después de todo el tiempo que me has tenido esperando mientras tú te dedicabas a mirar polvorientas perfumerías y anticuadas boticas, creo que me debes al menos un poco de paciencia...
-De acuerdo -gruñó Lali-. Iré contigo. Si no lo hago, no lo encontrarás nunca y acabarás perdida en mitad del bosque.
Volvió a echar un vistazo al pasillo y, tras comprobar que seguía desierto, abrió la marcha hacia la entrada de la servidumbre, situada en el otro extremo. Ambas caminaron de puntillas, con un sigilo adquirido gracias a la práctica, y sin que sus pies hicieran ruido alguno sobre la gruesa alfombra.
Por mucho que Lali aborreciera al dueño de Stony Cross Park, tenía que admitir que la propiedad era magnífica. La mansión estaba diseñada según el estilo europeo: una elegante fortaleza construida con piedra de color miel, en cuyas esquinas se alzaban cuatro pintorescas torres que apuntaban al cielo. Emplazada en una colina que dominaba el río Itchen, la mansión estaba rodeada por jardines dispuestos en terrazas y por huertas que se extendían a lo largo y ancho de las más de ochenta hectáreas de cultivos y bosques. Quince generaciones de la familia de Lanzani los Marsden, habían ocupado la mansión, tal y como cualquier sirviente estaba más que dispuesto a señalar. Y en realidad, la propiedad no era ni mucho menos la única posesión de lord Lanzani. Se decía que controlaba unas ocho mil hectáreas en Escocia e Inglaterra, y que entre sus propiedades se contaban dos castillos, tres palacetes, varias viviendas adosadas, cinco casas y una villa a la orilla del Támesis. No obstante, Stony Cross Park era, sin lugar a dudas, la joya de la corona de los Marsden.
Mientras rodeaban uno de los laterales de la mansión, Lali y Daisy pusieron mucho cuidado en mantenerse siempre cerca de un largo seto de tejas que las mantendría ocultas a la vista de cualquiera que se encontrara en la casa principal. Cuando entraron en el bosque, formado por vetustos cedros y robles, los rayos del sol se filtraban a través del dosel de ramas entrelazadas que se extendía sobre sus cabezas
Daisy alzó los brazos con entusiasmo y exclamó:
- ¡Adoro este lugar!
-No está mal-concedió Lali a regañadientes, aunque en el fondo tenía que admitir que, en plena floración otoñal, no podría haber otro lugar en toda Inglaterra más hermoso que aquél.
Daisy se encaramó sobre un tronco caído que alguien había apartado a un lado del camino y comenzó a caminar con cuidado sobre él.
-Casi merece la pena casarse con lord Lanzani para poder ser la dueña de Stony Cross Park, ¿no crees?
Lali arqueó las cejas.
- ¿Para tener que aguantar todas sus pomposas afirmaciones y estar dispuesta a obedecer todas y cada una de sus órdenes? -Hizo una mueca y arrugó la nariz con aversión.
-Annabelle dice que lord Lanzani es mucho más agradable de lo que ella creyó en un principio.
-No le queda más remedido que decir eso después de lo que sucedió hace unas semanas.
Ambas hermanas guardaron silencio mientras recordaban los dramáticos acontecimientos que habían tenido lugar poco tiempo atrás. Mientras Annabelle y su esposo, Simón Hunt, visitaban su fábrica de locomotoras, de la que también era socio lord Lanzani, una terrible explosión estuvo a punto de acabar con sus vidas. Lord Lanzani se había abalanzado al interior del edificio en un intento suicida por salvar a la pareja y había conseguido sacarlos sanos y salvos. Desde entonces, como no podía ser de otro modo, Annabelle consideraba a Lanzani desde otra perspectiva: la de héroe. Incluso había llegado a afirmar recientemente que la arrogancia del hombre resultaba de lo más encantadora. Lali había respondido al comentario con la agriada sugerencia de que tal vez Annabelle siguiera sufriendo los efectos perniciosos que provocaba la inhalación de humos.
-Creo que deberíamos estarle agradecidas a lord Lanzani -comentó Daisy, que bajó del tronco de un salto-. Después de todo, salvó la vida de Annabelle, y no puede decirse que tengamos precisamente un grupo exorbitante de amigas.
-El hecho de que salvara a Annabelle fue pura coincidencia--replicó Lali, malhumorada- El único motivo por el que Lanzani arriesgó su vida fue para no perder a un socio muy rentable.
- ¡Lali! -Daisy, que se encontraba unos pasos por delante, se giró para mirar a su hermana con la sorpresa dibujada en el rostro-. Por lo general no eres tan desconsiderada. ¡Por el amor de Dios! El conde entró en un edificio en llamas para rescatar a nuestra amiga y a su esposo... ¿Qué más tiene que hacer ese hombre para impresionarte?
-Estoy segura de que a Lanzani le importa un comino que yo quede impresionada o no -contestó Lali. El deje resentido de su voz la sorprendió incluso a ella-. El motivo de mi antipatía hacia él, Daisy, no es más que la consecuencia de la antipatía que él me demuestra. Se cree superior a mí en todos los aspectos: moral, social e intelectual. ¡Cómo me gustaría encontrar el modo de dejarlo con un palmo de narices!
Caminaron en silencio durante un minuto, tras el cual Daisy se detuvo para recoger unas cuantas violetas que crecían en profusos ramilletes a ambos lados del camino.
- ¿Has pensado alguna vez en ser amable con lord Lanzani? -murmuró. Alzó los brazos para colocarse las violetas en las horquillas que le sujetaban el pelo y añadió-: Puede que te sorprenda y te corresponda con el mismo gesto.
Lali negó con la cabeza de forma rotunda.
-No, lo más probable es que me dijera algo cortante y se comportara con su típica arrogancia y presunción.
-Creo que estás siendo demasiado... -comenzó a reprenderla Daisy, pero se detuvo con una expresión absorta en el rostro-. He oído un chapoteo. ¡El pozo de los deseos debe de estar cerca!
- ¡Demos gracias a Dios! -exclamó Lali y sonrió muy a pesar suyo mientras seguía a su hermana pequeña, que ya atravesaba a plena carrera una hondonada bordeada por un prado encharcado.
El prado estaba cubierto por margaritas azules, juncias rematadas por sus penachos de flores y susurrantes varas de oro. Cerca del camino crecía una frondosa mata de hierba de San Juan con sus ramilletes de capullos amarillos, que se asemejaban a una mancha de luz de sol.Lali aminoró el paso para recrearse en el balsámico ambiente y respiró hondo. A medida que se aproximaba al agitado pozo de los deseos, que no era más que una charca alimentada por un reguero subterráneo, el aire se tornó más húmedo y agradable.
A comienzos del verano, todos los floreros habían visitado el pozo y habían arrojado un alfiler al agua, sumándose a la tradición local. En aquel entonces, Daisy había pedido un misterioso deseo en nombre de Annabelle que, finalmente, se había cumplido.
-Aquí está -dijo Daisy al tiempo que se sacaba del bolsillo un delgado fragmento metálico en forma de aguja.
Era el mismo trozo de metal que Annabelle había extraído del hombro de Lanzani cuando la explosión de los escombros había hecho volar fragmentos de hierro como si de metralla se tratara. Incluso Lali, que no solía sentirse muy inclinada a mostrar compasión alguna por el conde, hizo una mueca al ver la desagradable esquirla.
Annabelle me dijo que arrojara esto al pozo y que pidiera para lord Lanzani el mismo deseo que pedí para ella.
- ¿y cuál fue ese deseo? - Exigió saber Lali-. Nunca me lo has dicho.
Daisy la observó con una sonrisa burlona.
- ¿Es que no es obvio, querida? Deseé que Annabelle se casara con alguien que la amara de verdad.
- ¡Vaya!
Tras reflexionar acerca de los detalles que conocía sobre el matrimonio de Annabelle y a la luz de la evidente devoción que la pareja se profesaba, Lali llegó a la conclusión de que el deseo debía de haberse cumplido. Lanzó a su hermana una mirada de tierna exasperación y retrocedió un poco para observar el procedimiento.
- Lali -protestó Daisy- tienes que ponerte a mi lado. El espíritu del pozo estará más dispuesto a conceder el deseo si las dos nos concentramos a la vez.
De la garganta de Lali surgió una pequeña carcajada.
-En realidad, no crees que exista un espíritu del pozo, ¿verdad? ¡Dios santo!, ¿cómo has podido llegar a ser tan supersticiosa?
- Y eso lo dice alguien que no hace mucho ha comprado un frasco de perfume mágico….
- Jamás he creído que fuese mágico. ¡Sólo me gustaba el olor!
-Lali - la reprendió Daisy en broma-, ¿qué hay de malo en creer que sea cierto? Me niego a pensar que vamos a pasar por la vida sin que suceda algo mágico. Y, ahora, vamos a pedir un deseo para lord Lanzani. Es lo menos que podemos hacer después de que salvara a nuestra querida Annabelle del fuego.
-¡Está bien! Me pondré a tu lado; pero sólo para sujetarte en caso de que resbales.
Puesto que ambas eran de la misma altura, Lali le pasó un brazo a Daisy por los delgados hombros y contempló esas aguas cenagosas y susurrantes.
Daisy cerró los ojos con fuerza y apretó la esquirla de metal entre los dedos.
-Estoy deseándolo muchísimo -susurró-. ¿Y tú, Lali?
-Sí -murmuró ella, si bien no estaba precisamente rogando que lord Lanzani encontrara su amor verdadero.
Su deseo se acercaba más a: «Espero que lord Lanzani encuentre una mujer que consiga ponerlo de rodillas.» La idea le arrancó una sonrisa que curvó sus labios y se demoró en su rostro mientras Daisy arrojaba el afilado fragmento de metal al agua, donde se hundió hacia las insondables profundidades.
Tras sacudirse las manos, Daisy le dio la espalda al pozo con la satisfacción del deber cumplido.
-Listo -dijo con una sonrisa radiante-. Estoy deseando ver con quién acaba Lanzani.
-Compadezco a esa pobre chica -replicó Lali-, quien quiera que sea.
Daisy hizo un gesto con la cabeza en dirección a la mansión.
- ¿Regresamos a la casa?
La conversación no tardó en derivar hacia la planificación de diversas estrategias mientras discutían acerca de una idea que Annabelle había sugerido la última vez que hablaran. Las Esposito necesitaban con desesperación que alguien las respaldara y las introdujera en los círculos más elevados de la sociedad británica... y no podía ser cualquiera. Debía ser alguien poderoso, influyente y ampliamente reconocido. Alguien cuya aprobación fuese refrendada por el resto de la aristocracia. Según Annabelle, nadie cumpliría mejor ese papel que la condesa de Lanzani, la madre del conde.
La condesa, que parecía tener cierta afición a viajar por el continente apenas se dejaba ver. Aun durante las temporadas en las que residía en Stony Cross Park, prefería mantenerse al margen de los invitados para condenar, de ese modo, la costumbre que tenía sus hijos de relacionarse con hombres de negocios y otros personajes que pertenecían a la aristocracia. A decir verdad, ninguna de las Esposito había conocido a la condesa, pero habían oído muchos rumores sobre ella. De ser ciertos, la madre del conde no era sino un viejo dragón correoso que despreciaba a todos los extranjeros.
Especialmente a los norteamericanos.
- Los motivos por los que Annabelle piensa que la condesa puede acceder a ser nuestra madrina se escapan a mi comprensión-comentó Daisy, que se entretenía dando pataditas a una piedrecilla a lo largo del camino-. Está claro que no lo hará por voluntad propia..
- Lo hará si Lanzani se lo ordena-replicó Lali antes de coger un palo largo y comenzar a agitarlo de forma distraída-. Según parece Lanzani puede conseguir que la condesa haga cualquier cosa si se lo exige. Annabelle me contó que la condesa no aprobaba el matrimonio de lady Olivia con el señor Shaw y que por eso no tenía intención alguna de asistir a la boda. Sin embargo, Lanzani sabía que eso heriría profundamente los sentimientos de su hermana y obligó a su madre a acudir a la ceremonia y, lo que es más, a mantener una actitud civilizada mientras duró.
- ¿De veras? -Daisy la miró con una sonrisilla muy particular - Me pregunto cómo lo lograría.
-Pues siendo el señor de la casa. En Estados Unidos es la mujer la que gobierna el hogar, pero aquí, en Inglaterra, todo gira alrededor del hombre.
-Mmm... Eso no me hace ninguna gracia.
-Sí, lo sé. -Lali hizo una pausa antes de agregar con tono sombrío -: Según Annabelle, un marido inglés tiene que aprobar los menús, la disposición de los muebles, el color de las cortinas...
¡Todo!
Daisy parecía horrorizada y sorprendida.
- ¿El señor Hunt se ocupa de todas esas cosas?
- Bueno, no... pero él no es un aristócrata. Es un hombre de ne¬gocios. Y los hombres de negocios no suelen tener tiempo para esas frivolidades. No obstante, el aristócrata corriente tiene todo el tiempo de mundo para examinar hasta el más mínimo detalle que tenga relación con su casa.
Daisy, que había dejado de dar patadas a la piedra, miró a Lali con el ceño fruncido.
-Me he estado preguntando una cosa... ¿Por qué estamos tan dispuestas a casarnos con un noble, a vivir en una enorme y vieja mansión que se cae a pedazos, a comer esta repulsiva comida inglesa y a intentar dar instrucciones a un puñado de criados que no van a mostrarnos respeto alguno?
-Porque es lo que madre quiere -respondió Lali con sequedad-. Y porque nadie se casaría con nosotras en Nueva York.
Era un hecho lamentable que en la estrictamente delimitada sociedad neoyorquina los poseedores de nuevas fortunas pudieran casarse con tamaña facilidad, pero que, por el contrario, las herederas de linajes plebeyos no fuesen apreciadas ni por las familias de sangre azul ni por los nuevos ricos que querían ascender en el escalón social. Por tanto, la única solución consistía en marcharse a Europa a la caza de un marido, puesto que los hombres de las clases sociales privilegiadas necesitaban esposas acaudaladas.
El ceño fruncido de Daisy desapareció para dejar paso a una sonrisa irónica.
- ¿Y si aquí tampoco nos quieren?
-En ese caso, nos convertiremos en un par de viejas solteronas malvadas que se dedicarán a retozar a lo largo y ancho de Europa.
Daisy soltó una carcajada ante la idea y echó hacia atrás su larga trenza. Era impropio que las jovencitas de su edad se pasearan sin sombrero, y más aún que fuesen con el cabello suelto. No obstante, las hermanas Esposito poseían un cabello tan abundante que era toda una proeza conseguir sujetado con las horquillas en uno de esos complicados recogidos que estaban tan a la moda. Semejante logro requería, al menos, de tres cajas de horquillas para cada una de ellas, por no decir que el sensible cuero cabelludo de Lali acabara literalmente dolorido después de todos los tirones y retorcimientos que se necesitaban para tener el aspecto presentable que se requería en cualquier acontecimiento de gala. En más de una ocasión había sentido envidia de Annabelle Hunt, cuyo cabello, liviano y sedoso, siempre parecía permanecer tal y como ella deseaba llevarlo. En ese momento, Lali llevaba el pelo sujeto en la nuca y suelto por la espalda, en un estilo que jamás habría podido lucir en compañía de otras personas.
- ¿Y cómo vamos a persuadir a Lanzani de que convenza a su madre para que nos ayude? -preguntó Daisy-. No parece muy probable que el conde acceda a hacer tal cosa.
Lali estiró el brazo hacia atrás antes de arrojar el palo hacia el bosque, tras lo cual se sacudió los trocitos de corteza que tenía en las manos.
-No tengo la menor idea -confesó-. Annabelle ha intentado que el señor Hunt interceda en nuestro favor, pero éste se niega a hacerlo porque cree que eso sería abusar de su amistad.
-Si consiguiéramos obligar a Lanzani de algún modo... –musitó Daisy-. Engañarlo, hacerle chantaje o algo por el estilo.
-Solo puedes chantajear a un hombre cuando ha hecho algo vergonzoso que quiere mantener oculto. Y dudo mucho que ese aburrido, viejo y soso de Lanzani haya hecho algo en su vida con lo que podamos chantajeado.
Daisy rió por lo bajo ante semejante descripción.
-No es aburrido, ni soso... y mucho menos viejo.
-Madre dice que tiene por lo menos treinta y cinco años. Yo diría que eso es ser bastante viejo, ¿no crees?
-Me apuesto lo que quieras a que la mayoría de los hombres de veintitantos no está en tan buena forma como Lanzani.
Como era habitual cada vez que una conversación derivaba hacia el tema del conde, Lali se sintió irritada hasta extremos insospechados; algo parecidos a lo que sentía de niña cuando sus hermanos le quitaban su muñeca favorita para arrojársela los unos a los otros por encima de su cabeza mientras ella exigía a gritos que se la devolvieran.
La cuestión de que cualquier mención del conde la afectara de semejante modo era una cuestión para la que no tenía respuesta. Así pues dejó pasar el comentario de Daisy encogiéndose de hombros con un gesto irritado.
Según se aproximaban a la casa, oyeron a lo lejos una serie de chillidos alegres, seguidos de unos cuantos gritos de ánimo semejantes a los que harían un grupo de niños en mitad de un juego.
- ¿Qué es eso? -preguntó Lali, que miraba en dirección a los establos.
-No lo sé, pero parece que alguien se lo está pasando en grande. Vamos a echar un vistazo.
-No tenemos mucho tiempo -le advirtió Lali-. Si madre descubre que nos hemos escapado...
-Nos daremos prisa. ¡Venga, Lali, por favor!
Mientras dudaban, unos cuantos chillidos más, acompañados de algunas carcajadas, llegaron flotando hasta ellas desde la parte trasera de los establos y el contraste con el sereno paisaje que las rodeaba resultó tan evidente que la curiosidad de Lali no pudo soportarlo. Miró a su hermana con una sonrisa temeraria.
-Te echo una carrera hasta allí. -y rompió a correr como alma que llevara el diablo.
Daisy se alzó las faldas y se apresuró a seguirla. Aunque sus piernas eran más cortas que las de Lali, también era tan ligera y ágil como un elfo, así que estaba a un paso de alcanzar a su hermana cuando llegaron a los establos. Algo jadeante tras el esfuerzo que había supuesto ascender a la carrera la larga pendiente, Lali rodeó la parte exterior de un corral delimitado por una primorosa valla. Había un grupo de cinco chicos de edades comprendidas entre los doce y los dieciséis años jugando en el pequeño prado que se extendía al otro lado. A juzgar por sus atuendos, eran mozos de cuadra. Se habían quitado las botas, que yacían junto a la valla, y estaban corriendo descalzos.
- ¿Estás viendo lo que yo? -preguntó Daisy, exultante
Tras recorrer el grupo con la mirada, Lali vio que uno de los chicos blandía un largo bate de madera de sauce y se echó a reír, encantada.
-¡Están jugando al rounders!
Si bien el juego -que sólo necesitaba de un bate, una pelota y cuatro bases dispuestas en forma de rombo- era muy popular tanto en Estados Unidos como en Inglaterra, era en Nueva York donde había alcanzado cotas de interés que rayaban en la obsesión. Jugaban chicos y chicas pertenecientes a todas las clases sociales, y Lali recordó con añoranza muchas meriendas al aire libre seguidas de toda tarde jugando al rounders. Una cálida nostalgia se apoderó de ella mientras observaba a uno de los mozos de cuadra que corría alrededor de las bases. Estaba claro que solían utilizar el prado para semejante propósito, puesto que los postes que marcaban bases estaban profundamente clavados en el suelo y las zonas intermedias habían sido pisoteadas hasta convertirse en una extensión de tierra carente de hierba. Lali reconoció a uno de los jugadores: era el chico que le había prestado el bate que las floreros habían utilizado en el desafortunado partido de rounders que jugaran dos meses atrás.
-¿Crees que nos dejarán jugar? -preguntó Daisy esperanzada– ¿Aunque sólo sea por unos minutos?
-No veo por qué no. Ese chico pelirrojo fue el que nos prestó el bate la otra vez. Creo que se llama Arthur...
En ese momento, lanzaron una bola rápida y baja al bateador, que blandió el bate con un movimiento experto y rápido. La parte plana del bate impactó con fuerza en la pelota de cuero y ésta se dirigió dando tumbos en el aire hacia ellas, en un movimiento que en Nueva York llamaban «saltamontes». Lali corrió hacia delante, atrapó la bola con las manos desnudas y la lanzó de nuevo al campo en dirección al chico que estaba en la primera base. El muchacho la atrapó de modo instintivo sin dejar de mirada de hito en hito. Cuando los demás se percataron de la presencia del par de jovencitas que los observaba desde un lado del prado, se detuvieron, sin saber muy bien qué hacer.
Lali se adelantó y buscó con la mirada al chico pelirrojo.
- ¿Arthur? ¿Te acuerdas de mí? Estuve aquí en junio; nos prestaste el bate
La expresión perpleja del chico se desvaneció.
- ¡Sí, claro! La señorita... la señorita...
- Esposito-le recordó Lali al tiempo que señalaba de modo informal hacia Daisy- Y ésta es mi hermana. Nos estábamos preguntando,.. ¿Nos dejáis jugar? ¿Sólo un ratito?
La pregunta los sorprendió tanto que el silencio cayó sobre el prado Lali supuso que, si bien había sido apropiado prestarle el bate, permitirles jugar un partido con un grupo de mozos de cuadra era algo totalmente diferente.
-No somos tan malas, en serio -aseguró ella-. Solíamos jugar mucho en Nueva York. Si teméis que entorpezcamos el juego...
- ¡ No, no! No es eso, señorita Esposito -protestó Arthur con el rostro tan rojo como su cabello. Echó un vistazo a sus compañeros antes de mirar de nuevo a Lali-. Es sólo que... las señoritas como ustedes... no pueden... Somos de la servidumbre, señorita.
-Pero ahora tenéis un rato libre, ¿no es cierto? -le rebatió Lali.
El chico asintió con cautela.
-Bueno, pues nosotras también estamos disfrutando de un descanso -replicó Lali-. Y no es más que un partido de rounders. ¡Venga, dejadnos jugar! No se lo diremos a nadie.
-Diles que les enseñarás a lanzar tu «ensalivada» -sugirió Daisy en un murmullo-. O el «avispón».
Al ver las expresiones apáticas de los muchachos, Lali obedeció a su hermana.
-Sé lanzar -añadió mientras alzaba las cejas en un gesto elocuente-. Bolas rápidas, ensalivadas, avispones... ¿No os apetece ver cómo lanzan los americanos?
Lali pudo comprobar que eso sí había despertado la curiosidad de los chicos. No obstante, Arthur replicó con timidez:
-Señorita Esposito, si alguien las ve jugando al rounders en el patio del establo, nos culparán a nosotros y entonces...
-No, no lo harán -le aseguró Lali-. Te lo prometo. Si alguien nos pilla, asumiremos toda la responsabilidad. Les diré que no os hemos dejado otra opción.
Aunque el grupo al completo las miraba con un elocuente escepticismo, Lali y Daisy continuaron fastidiándolos y suplicando hasta que, a la postre, las dejaron jugar. Lali, que había cogido una pelota de cuero desgastada, flexionó los brazos, hizo crujir sus nudillos y se colocó en posición, encarando al bateador que estaba situado en la base conocida como «Castillo de Roca». Apoyó todo el peso de su cuerpo sobre el pie izquierdo, tomó impulso y realizo un lanzamiento rápido y bastante bueno. La bola cayó en la mano del receptor con un sonoro porrazo, puesto que el bateador había reaccionado tarde y ni siquiera había llegado a rozarla. Unos silbidos de admiración premiaron el esfuerzo de Lali.
- ¡Tiene un brazo muy bueno para ser una chica! -Fue el comentario de Arthur, que arrancó una sonrisa a Lali-. Ahora, señorita si no le importa... ¿Qué es ese avispón que mencionó antes?
Le arrojaron de nuevo la pelota y, tras cogerla, Lali se colocó otra vez frente al bateador. En esa ocasión, sujetó la bola tan sólo con el pulgar, el índice y el dedo corazón. Se echó hacia atrás, tomó impulso con el brazo y lanzó la pelota al mismo tiempo que giraba la muñeca, lo que hizo que la bola rotara en el aire y virara hacia dentro de forma brusca en cuanto alcanzó el Castillo de Roca. El bateador volvió a fallar, aunque también gritó en reconocimiento al avispón. El siguiente lanzamiento no lo falló y, por fin, consiguió darle a la pelota y enviarla al lado occidental del campo, que Daisy cruzó alegremente a toda carrera. Atrapó la pelota y se la lanzó al jugador que esperaba en la tercera base, quien tuvo que saltar para cogerla
En sólo unos minutos, el vertiginoso ritmo del juego y la consecuente diversión hicieron que los jugadores dejaran la timidez a un lado y sus lanzamientos, bateos y carreras perdieron cualquier rastro de inhibición. Entre carcajadas y alardes que resultaban tan ruidosos como los de cualquiera de los chicos, Lali rememoró la descuidada libertad de la infancia. Suponía un alivio indescriptible poder olvidar las innumerables reglas y la rígida compostura que las habían asfixiado desde que pusieran un pie en Inglaterra, aunque sólo fuera por un instante. Además, hacía un día maravilloso, con ese sol resplandeciente que resultaba mucho menos sofocante que en Nueva York, y el aire suave y fresco que le llenaba los pulmones.
-Señorita, le toca batear -le dijo Arthur al tiempo que alzaba una mano para que Lali le arrojara la bola-. ¡Veamos si batea tan bien como lanza!
Ni de lejos -informó Daisy sin pérdida de tiempo, consiguiendo que Lalile hiciera un gesto con la mano que arrancó un coro de estruendosas carcajadas de deleite a los muchachos.
Por desgracia, era cierto. Por muy avezada que fuese lanzando, Lali jamás había conseguido dominar el bate... hecho que a Daisy, quien superaba a su hermana en ese aspecto, le gustaba airear a los cuatro vientos. Tras coger bata, Lali agarró la empuñadura con la mano izquierda como si fuese un martillo y dejó el dedo índice de la mano derecha ligeramente separado. Acto seguido, se apoyó el bate sobre uno de los hombros para esperar a que el lanzador realizara el lanzamiento, calculó lo que tardaría la bola en llegar con los ojos entrecerrados y blandió el bate con todas sus fuerzas. Para su completa frustración, la pelota rozó el extremo del bate y pasó acariciando la cabeza del receptor.
Antes de que el muchacho pudiera lanzarse en su busca, una fuerza invisible devolvió la pelota a las manos del lanzador. Lali quedó desconcertada al observar que el rostro de Arthur perdía todo rastro de color y adquiría una palidez que contrastaba enormemente con el intenso color rojo de su cabello. Preguntándose qué sería la causa de semejante expresión, Lali se dio la vuelta para mirar a sus espaldas. El receptor parecía haber dejado de respirar al igual que Arthur y, como éste, también observaba al recién llegado como si estuviera petrificado.
Porque allí, apoyado con despreocupación sobre la valla del patio, se encontraba nada más y nada menos que Peter, lord Lanzani.
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