domingo, 3 de junio de 2012

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hola buenas volvi para informar que si todo sale como lo tengo planeado antes del domingo termino de adaptar la nove, estoy media atrasada por los parciales y esas cosas, pero ahora que se vienen las vacaciones de invierno tendre mas tiempo libre :) me encantaria q firmen ya que se que entran por las visitas.. pero si no igual seguire subiendo ya que antes cuando yo leia noves rara vez firmaba :( ok me voy despidiendo mañana subo mas
otra cosa me pueden seguir en twitter como @lanzanita4ever las espero...
besitos...

capitulo 13



- ¿Estás nerviosa? -susurró Daisy a la mañana siguiente mientras Lali y ella seguían a su madre hasta la puerta del salón Marsden.
A pesar de que Mercedes no había recibido una invitación implícita para reunirse con la condesa, estaba más que decidida a que así fuera.
-No -replicó Lali-. Estoy segura de que no tenemos nada que temer siempre que mantengamos las bocas cerradas,
-He oído decir que odia a los norteamericanos.
-Pues es una lástima -dijo Lali con sequedad-, ya que dos hijas se han casado con norteamericanos.
-Callaos las dos -susurró Mercedes.
Ataviada con un vestido gris plata en cuyo cuello había prendido un enorme broche de diamantes, la mujer llamó a la puerta con sus protuberantes nudillos. No se oyó sonido alguno procedente del interior. Daisy y Lali se miraron la una a la otra con las cejas alzadas, preguntándose si la condesa habría decidido no reunirse con ellas. Con el ceño fruncido, Mercedes llamó a la puerta con más fuerza.
En esa ocasión, una voz cáustica atravesó la puerta de caoba:
-¡Dejen esos infernales golpes y entren de una vez!
Con expresiones sumisas, las Esposito entraron en la estancia. Era un saloncito pequeño pero encantador, con las paredes cubiertas por un papel estampado de flores azules y grandes ventanales que se abrían a los jardines que había al otro lado. La condesa de Lanzani descansaba en un canapé bajo la ventana; llevaba varias sartas de perlas negras alrededor del cuello y los dedos y las muñecas cubiertas de joyas. En contraste con el brillante color plateado de su cabello, sus cejas eran oscuras y espesas, y descansaban de forma implacable sobre los ojos. Tanto sus facciones como su figura carecían de ángulo alguno: poseía un rostro redondo y un cuerpo que tendía a la gordura. Lali reflexionó para sus adentros que lord Lanzani debía de haber heredado la fisonomía de su padre, ya que apenas guardaba parecido alguno con la condesa.
-Esperaba únicamente a dos -dijo la condesa al tiempo que le dirigía una mirada severa a Mercedes. Su acento era tan perfecto y claro como el azúcar espolvoreado sobre un pastel de té-. ¿Por qué hay tres?
-Su gracia -comenzó Mercedes, que compuso una sonrisa aduladora y realizó una incómoda reverencia--Permítame ante todo decirle cuánto agradecemos el señor Esposito y yo que haya condescendido a ayudar a mis dos ángeles...
-Solo una duquesa recibe el calificativo de «su gracia» -dijo la condesa, y las comisuras de sus labios descendieron como si sufrieran tirón excesivo de la gravedad-. ¿Acaso intenta burlarse de mí?
-No, no, su... quiero decir, milady -se apresuró a replicar Mercedes, cuyo rostro estaba tan pálido como el de un cadáver-. No pretendía burlarme. ¡Eso jamás! Sólo deseaba...
-Hablaré con sus hijas a solas -dijo la condesa de forma autoritaria-.Puede volver exactamente dentro de dos horas para recogerlas.
-¡Sí, milady! -Y, tras esto, Mercedes salió a toda prisa de la estancia.
Tras aclararse la garganta para ocultar una súbita e irreprimible carcajada, Lali miró a su hermana, quien también luchaba por contener la risa que le había provocado ver a su madre despachada con tanta habilidad.
-Qué sonido más desagradable -señaló la condesa, que fruncido el ceño al escuchar cómo Lali se aclaraba la garganta-Tenga la amabilidad de no hacerla de nuevo.
-Sí, milady -dijo Lali, tratando por todos los medios de aparentar humildad.
-Acérquense -ordenó la condesa al tiempo que sus ojos vagaban de la una a la otra mientras las Esposito obedecían-. Las observé la pasada noche y debo decir que presencié un increíble pliegue de comportamientos inapropiados. Según me han dicho, me veré obligada a actuar como su madrina durante la próxima temporada, lo que confirma mi opinión acerca de que mi hijo esta decidido a complicarme la vida todo lo posible. ¡Respaldar a un par de torpes jovencitas americanas! Tengan en cuenta mi advertencia: si no siguen al pie de la letra mis instrucciones, no descansaré hasta que las vea casadas con uno de esos aristócratas de pacotilla del continente y se pudran en algún rincón perdido de Europa.
Lali estaba considerablemente impresionada. En lo que se refería a amenazas, aquélla era de las buenas. Tras echarle una mirada a Daisy, se dio cuenta de que su hermana se había puesto bastante seria.
-Siéntense -ordenó de súbito la condesa.
Obedecieron tan rápido como les fue posible y ocuparon las sillas que les indicó con un gesto de su resplandeciente mano. La condesa estiró el brazo hacia la mesita que había junto al sofá para coger un rollo de papel lleno a rebosar de notas escritas con tinta azul.
-He hecho una lista -señaló al tiempo que se colocaba unas gafas de pinza sobre el puente de la nariz- de los errores que cometieron la pasada noche. Los discutiremos uno a uno.
-¿Cómo puede ser tan larga esa lista? -preguntó Daisy con desánimo-. La cena de anoche sólo duró unas cuatro horas. ¿Cuántos errores pudimos cometer en ese lapso de tiempo?
La condesa les dirigió una mirada pétrea por encina del rollo de papel antes de permitir que la lista se desplegara. Al igual que un acordeón, se abrió... y se abrió... y no dejó de hacerlo hasta que el extremo inferior tocó el suelo.
-¡Por todos los infiernos!- musitó Lali entre dientes.
Al escuchar el juramento, la condesa frunció el ceño de modo que sus cejas se unieron en una línea oscura.
-Si quedara más sitio en el rollo de papel-le dijo a Lali-, añadiría ese toque de vulgaridad.
Reprimiendo un largo suspiro, Lali se reclinó en la silla.
-Siéntese derecha, si no le importa -dijo la condesa-. Una dama nunca permite que su espalda toque el respaldo del asiento. Ahora comenzaré con las presentaciones. Las dos tienen la lamentable costumbre de estrechar manos. Eso hace que una parezca desagradablemente deseosa de congraciarse con los demás. La regla aceptada consiste en ejecutar una ligera reverencia durante la presentación, y no en estrechar la mano, a menos que se trate de dos señoritas. Y ya que ha salido el tema de las reverencias, una dama nunca hace una reverencia a un caballero que no le haya sido presentado, aunque lo conozca de vista. De igual modo, tampoco se debe hacer una reverencia a un caballero que sólo nos haya dirigido un par de comentarios en casa de un amigo común, o a un caballero con el que se haya conversado de vez en cuando. Una breve conversación no constituye una amistad y, por lo tanto, no debe reconocerse como tal con una reverencia.
-¿Qué sucede si el caballero te ha prestado un servicio? -preguntó Daisy-. Como recoger un guante que se te haya caído o algo por el estilo.
-Se le agradece en su debido momento, pero no se le saluda con una reverencia en el futuro, ya que no se ha establecido una verdadera relación de amistad.
-Eso suena muy desagradecido -comentó Daisy.
La condesa pasó aquella observación por alto.
-Ahora, pasemos a la cena. Después de la primera copa de vino, no se debe pedir que la rellenen. Cuando el anfitrión ofrece la jarra de vino a sus invitados durante la cena, es para el disfrute de los caballeros, no de las damas. -Le dirigió a Lali una mirada reprobatoria-. La noche pasada, escuché cómo pedía que le rellenaran la copa, señorita Esposito. Es un comportamiento inaceptable.
-Pero, lord Lanzani la rellenó sin decirme nada -protestó Lali.
-Sólo para evitar que atrajera más atención indeseada sobre su persona.
-Pero ¿por qué...? -La voz de Lali se fue apagando hasta convertirse en silencio cuando se percató de la expresión amenazadora de la condesa. También se dio cuenta de que, si pedía explicaciones acerca de cada cuestión del protocolo, sería una tarde muy pero que muy larga.
La condesa procedió a explicar las normas que se exigían durante la cena, entre las que se incluían cuestiones como el modo apropiado de cortar las puntas de los espárragos y la manera de comer codornices y palomas.
-...el dulce de leche y el pudín deben comerse con tenedor, no con cuchara... -decía- y, para mi total asombro, me di cuenta de que ambas usaron el cuchillo con sus croquetas.
Les dirigió una mirada elocuente, como si esperase que encogieran por la vergüenza.
-¿Qué son las croquetas? -se atrevió a preguntar Lali
Daisy respondió con cautela.
-Creo que eran esos rollitos dorados que tenían salsa verde por encima.
-Vaya, eso me gustó -musitó Lali.
Daisy la miró con una sonrisa maliciosa.
-¿Sabes de qué están hechas?
-¡No, ni quiero saberlo!
La condesa pasó por alto esa conversación.
-Las croquetas, empanadas y cualquier otra comida amasada deben comerse únicamente con tenedor, y jamás con la ayuda del cuchillo. -Hizo una pausa y miró la lista para ver por dónde Sus diminutos ojos se entre cerraron hasta convertirse en un par rendijas cuando vio el punto siguiente en la lista-. Y ahora.-añadió, clavando una significativa mirada en Lali, pasemos al asunto de las cabezas de ternera...
Tras emitir un gruñido, Lali se cubrió los ojos con una mano y se hundió en la silla.


Para aquellos que estaban acostumbrados al habitual paso firme de lord Lanzani, hubiera sido toda una sorpresa verlo deambular sin prisas desde el estudio al saloncito de la planta superior. Apretada entre los dedos una carta, cuyo contenido había ocupado su mente durante los últimos minutos. Sin embargo, por importantes que fueran las noticias, no eran del todo las responsables de su taciturno estado de ánimo.
Por mucho que a Peter le hubiera gustado negarlo, estaba colmado de expectación ante la perspectiva de volver a ver a Lali Esposito... y tenía mucho interés por comprobar cómo se las estaba ingeniando con su madre. La condesa podía hacer picadillo a cualquier jovencita, si bien él sospechaba que Lali se mantendría firme.
Lali. Lali era la culpable de que tuviese que esforzarse por recuperar el autocontrol como un chiquillo que se apresurara a recoger los fósforos esparcidos sobre el suelo después de que se hubiera caído la caja. Peter tenía una tendencia innata a desconfiar de los sentimientos, sobre todo de los propios, así como una profunda aversión hacia toda persona o cosa que amenazara su dignidad. La familia Marsden era famosa por su sobriedad... generaciones de hombres solemnes ocupados con grandes responsabilidades. El padre de Peter, el antiguo conde, rara vez había sonreído. Y cuando lo había hecho, la sonrisa iba seguida de algo muy desagradable. El difunto conde se había dedicado a erradicar cualquier atisbo de frivolidad o humor que hubiera en su único hijo varón y, aunque no lo había conseguido del todo, había dejado una huella indeleble. La existencia de Peter se había forjado siguiendo unas implacables expectativas y obligaciones... y lo último que necesitaba era una distracción. Especialmente si tenía la apariencia de una jovencita rebelde.
Lali Esposito no era una muchacha a la que Peter considerara siquiera cortejar. No podía imaginarse a Lali viviendo feliz en los confines de la aristocracia británica. Su irreverencia e individualismo nunca le permitirían mezclarse con facilidad en el mundo de Peter.
Además, era del conocimiento general que, dado que las dos hermanas de Peter se habían casado con sendos norteamericanos, resultaba imperativo que él conservara el distinguido pedigrí de la familia casándose con una novia inglesa.
Peter siempre había sabido que terminaría casado con una de las incontables jovencitas que hacían su presentación en sociedad cada año, tan parecidas las unas a las otras que parecía no importar mucho a quién escogiera. Cualquiera de esas tímidas y refinadas muchachas serviría a sus propósitos y, sin embargo, nunca había sido capaz de sentirse interesado por ninguna de ellas. Por el contrario, Lali Esposito lo había obsesionado desde la primera vez que la viera. La lógica no tenía nada que ver con ese hecho. Lali no era la mujer más hermosa que hubiera conocido y sus maneras no eran particularmente exquisitas. Tenía una lengua afilada, era testaruda y su naturaleza voluntariosa era más propia de un hombre que de una mujer.
Peter sabía que ambos eran demasiado obstinados y que sus caracteres estaban destinados a enfrentarse. La pelea que tuvieron en el recorrido de obstáculos era el mejor ejemplo de que una unión entre ellos era imposible. No obstante, eso no cambiaba el hecho de que Peter deseaba a Lali Esposito más de lo que había deseado a una mujer en toda su vida. Su frescura y originalidad lo atraían, pese a lo mucho que luchaba contra la tentación que ella suponía. Había comenzado a soñar con ella por las noches, sueños en los que jugaba y la abrazaba, en los que entraba en su cálido y vibrante cuerpo hasta que la joven gritaba de placer. Y también estaban esos sueños en los que yacían en sensual quietud, con los cuerpos unidos y palpitantes; sueños en los que nadaban en el río y el cuerpo desnudo de Lali resbalaba contra el suyo mientras el cabello se le enredaba en el pecho y los hombros como si fuese la húmeda melena de una sirena. Sueños en los que la poseía en el prado como si fuera una campesina y acababan retozando en la hierba entibiada por el sol.
Peter nunca había sentido el aguijonazo de la pasión no consumada con tanta fuerza como en ese momento. Había muchas mujeres que se mostrarían muy dispuestas a satisfacer sus necesidades. Lo único que tenía que hacer era dejar caer un ligero susurro o tocar con discreción en alguna puerta y se encontraría entre un par de acogedores brazos femeninos. Sin embargo, le parecía mal utilizar a una mujer como sustituta de aquella a la que no podía tener.
Antes de entrar en el saloncito familiar, Peter se detuvo junto a la puerta entreabierta al oír cómo su madre sermoneaba a las Esposito. El tema parecía versar sobre la costumbre de las hermanas de dirigirse a los criados que servían la cena.
-Pero ¿por qué no puedo darle las gracias a alguien que me ha prestado un servicio? -Oyó que preguntaba Lali con genuina perplejidad-. Es de buena educación dar las gracias, ¿no es así?
- No se debe agradecer a un criado su trabajo, de la misma manera que no le daría las gracias a un caballo por permitirle montarlo, ni a una mesa por aguantar los platos que coloca sobre ella.
- Bueno, pero no estamos hablando de animales ni de objetos inanimados, ¿verdad? Un criado es una persona.
- No -replicó la condesa con frialdad-. Un criado es un sirviente.
-Y un sirviente es una persona -insistió Lali con terquedad.
La anciana replicó exasperada:
-Sea cual fuere la consideración que le dé a los criados, no debe darles las gracias durante la cena. La servidumbre no espera ni desea semejante condescendencia, y, si insiste en ponerlos en la difícil tesitura de tener que corresponder a sus comentarios, pensarán lo peor de usted... al igual que el resto de los comensales. ¡No me insulte con esa mirada de aburrimiento, señorita Esposito! Proviene de una familia con dinero. ¡Seguro que tiene criados en su residencia de Nueva York!
-Sí -reconoció con descaro Lali-, pero nosotros hablamos.
Peter tuvo que contener una repentina carcajada. En muy raras ocasiones, si es que se había dado alguna vez el caso, había conocido a alguien que se atreviera a mantener una batalla dialéctica con la condesa. Dio unos golpecitos en la puerta y entró en la estancia, interrumpiendo así una conversación potencialmente mordaz. Lali se giró en la silla para mirarlo. El marfil impoluto de su piel había adquirido un fuerte tono rosado en las mejillas. El sofisticado moño trenzado que recogía su cabello sobre la coronilla debería haber hecho que pareciera mayor; sin embargo, tan solo conseguía acentuar su juventud. A pesar de que estaba quieta en la silla, parecía estar envuelta en un halo de eléctrica impaciencia. A Peter le recordaba a una alumna ansiosa por saltarse la lección y salir corriendo.
-Buenas tardes -dijo Peter en tono educado-. Confío en que la conversación discurra con tranquilidad.
Lali le dirigió una mirada que hablaba por sí sola.
Luchando con todas sus fuerzas para reprimir una sonrisa, Peter saludó a su madre con una reverencia formal.
-Milady, ha llegado una carta desde América.
La condesa lo miró con cautela y se negó a responder, pese a saber que la carta tenía que ser de Aline.
«Zorra testaruda», pensó Peter al tiempo que un frío desdén se aposentaba en su pecho. La condesa nunca le perdonaría a su hija mayor el haberse casado con un hombre de tan baja alcurnia. EL marido de Aline, Mackenna, había formado parte de la servidumbre de la mansión como mozo de cuadra en otra época. Aun siendo adolescente, Mackenna se marchó a América para hacer fortuna y volvió a Inglaterra convertido en un rico empresario. No Obstante, a los ojos de la condesa, el éxito de Mackenna nunca lo redimiría de sus orígenes humildes, razón por la que se había opuesto de pleno al matrimonio entre Mackenna y su hija. La evidente felicidad de Aline no significaba nada para la condesa, que había elevado la hipocresía a la categoría de arte. Si Aline se hubiera limitado a tener una aventura con Mackenna, la condesa no habría puesto objeciones sin embargo, el hecho de convertirse en su esposa era una ofensa imperdonable.
-Pensé que tal vez le gustaría conocer su contenido de inmediato -prosiguió Peter, que se acercó a ella para entregarle la carta.
Observó cómo el rostro de su madre se convertía en una máscara tensa. Sus manos permanecieron inmóviles sobre el regazo y sus ojos adquirieron una expresión de frío desagrado. Peter sintió una perversa satisfacción al obligarla a enfrentarse a un hecho que con tantas ansias pretendía ignorar.
- ¿Por qué no me cuentas tú las noticias? -le pidió con voz frágil-. Es evidente que no te marcharás hasta haberlo hecho.
-Muy bien. -Peter se metió la carta en el bolsillo-. Felicidades, milady, es usted abuela. Lady Aline ha dado a luz a un niño sano, que se llamará John Mackenna II.-Permitió que una sutil nota de sarcasmo se filtrara en su voz al añadir-: Estoy seguro de que le aliviará saber que tanto la madre como el bebé se encuentran en perfecto estado.
Por el rabillo del ojo, Peter se dio cuenta de que las hermanas Esposito intercambiaban una mirada confusa. Era obvio que se preguntaban cuál era la causa de la hostilidad que se había apoderado del ambiente.
-Qué encantador que nuestro antiguo mozo de cuadra le haya dado un homónimo a mi hija mayor -comentó la condesa con acritud-. Estoy segura de que será el primero de muchos mocosos. Es una lástima que todavía no haya un heredero para el título… lo que, según creo, es responsabilidad tuya. Cuando me traigas noticias acerca de tu futuro matrimonio con una novia de buena cuna, Lanzani, entonces mostraré alguna satisfacción. Hasta ese momento, no veo motivos para alegrarme.
Pese a no mostrar emoción alguna ante la desapasionada respuesta de su madre a las noticias del nacimiento del hijo de Aline, amén de su indignante preocupación por un heredero, Peter tuvo que esforzarse por no devolverle una réplica despiadada. Sumido en un sombrío estado de ánimo, se dio cuenta de la atenta de Lali.
La muchacha lo observaba con sagacidad, con una sonrisa extraña en los labios. Peter arqueó una ceja y preguntó sarcásticamente:
- ¿Le divierte algo, señorita Esposito?
-Sí -murmuró-. Sólo pensaba que es de lo más sorprendente que no se haya apresurado a casarse con la primera campesina que pudiera encontrar.
- ¡Mocosa impertinente! -exclamó la condesa.
Peter sonrió ante la insolencia de la joven y notó que la tensión de su pecho se aligeraba un poco.
- ¿Cree usted que debería hacerlo? -preguntó con seriedad, como si la idea mereciera cierta consideración.
-Por supuesto que sí -le aseguró Lali con un brillo travieso en los ojos-. A los Marsden les vendría bien un poco de sangre fresca. En mi opinión, la familia corre un grave peligro de sufrir los perniciosos efectos de la endogamia.
- ¿Endogamia? -repitió Peter, cuyo único deseo era abalanzarse sobre ella y llevársela a alguna parte-. ¿Y porqué tiene esa impresión, señorita Esposito?
-Bueno, no estoy segura... -contestó con lentitud- Tal vez por la excesiva importancia que le conceden al hecho de si se debería utilizar un tenedor o una cuchara para comer pudín.
-Las buenas maneras en la mesa no son una prerrogativa de la aristocracia, señorita  Esposito. -El comentario sonó pomposo incluso a sus propios oídos.
-En mi opinión, milord, una preocupación desmesurada por las buenas maneras y los rituales son un indicativo inequívoco de que alguien tiene demasiado tiempo libre.
Peter sonrió ante su impertinencia.
-Subversivo, aunque lógico -musitó-. Y no estoy muy seguro de no estar de acuerdo.
-No alientes su desfachatez, Lanzani- lo reconvino la condesa.
-Muy bien… La dejaré para que siga con su papel de Sísifo.
- ¿Qué significa eso?-escuchó que preguntaba Daisy.
Lali le respondió sin apartar su mirada risueña de la de Peter.
-Al parecer, te saltaste demasiadas clases de mitología griega, querida. Sísifo era una de las almas que habitaban el Hades y a quien se le había impuesto una tarea eterna: llevar una enorme piedra a la cima de una montaña, sólo para que rodara de nuevo hasta la base antes de que alcanzara la cumbre.
-En ese caso, si la condesa es Sísifo -dijo Daisy-, supongo que nosotras seremos...
-La piedra -concluyó lady Lanzani de modo sucinto, lo que hizo que las jóvenes se echaran a reír.
-Por favor, continúe con nuestra educación, milady -dijo Lali, que le dedicó toda su atención a la anciana mientras Peter hacía una reverencia antes de abandonar la estancia-. Intentaremos no aplastarla en nuestra caída.
A Lali la sobrecogió un intenso sentimiento de melancolía durante el resto de la tarde. Tal y como Daisy había señalado, el hecho de que la condesa las instruyera no se podía considerar un bálsamo para el alma; sin embargo, la depresión del ánimo de Lali parecía proceder de otra causa más profunda que nada tenía que ver con pasar la tarde en compañía de una venenosa anciana. Tenía que ver con lo que se había dicho después de que lord Lanzani entrara en el saloncito de los Marsden, con las noticias del nacimiento de su sobrino. Peter parecía contento por las buenas nuevas, aunque nada sorprendido por la acritud con la que su madre las recibiera. La rencorosa conversación que siguió le había grabado a fuego a Lali la importancia... no, la necesidad... de que Peter se casara con «una novia de buena cuna», tal y como había dicho la condesa.
Una novia de buena cuna... una que supiera cómo comer croquetas y a la que ni se le pasara por la cabeza darle las gracias al criado que le sirviera el plato. Una que jamás cometiera el error de cruzar una estancia para hablar con un caballero, sino que aguardara, sumisa e inmóvil, a que él se acercara.
La novia de Peter sería una delicada flor inglesa, con cabello rubio como el trigo, labios sonrosados y carácter tranquilo. «Endogamia», pensó Lali con cierta animosidad hacia la desconocida muchacha. ¿Por qué tendría que importarle tanto que Peter estuviera destinado a casarse con una joven que se mezclara a la perfección con su existencia de clase alta?
Frunció el ceño al recordar la manera en la que el conde le había acariciado la cara la noche pasada. Una caricia ligera pero del todo inapropiada que provenía de un hombre que no albergaba ninguna intención seria hacia ella. Y, a pesar de todo, le había dado la impresión de que el conde no había podido contenerse. Había sido el efecto del perfume, pensó con irritación. Había imaginado que se divertiría muchísimo torturando a Peter con su indeseada atracción hacia ella... Sin embargo, la situación se había vuelto en su contra de la manera más desagradable. Porque era ella quien estaba siendo torturada. Cada vez que Peter la miraba, cada vez que la tocaba, cada vez que le sonreía, le provocaba un sentimiento desconocido hasta entonces. Un doloroso anhelo que la hacía desear cosas imposibles.
Todo el mundo estaría de acuerdo en afirmar que formaban una pareja ridícula... Peter y Lali... Más aun si se tenía en cuenta la responsabilidad de engendrar un heredero de sangre azul que pesaba sobre Peter. No cabía duda de que habría otros nobles que no podrían permitirse ser tan selectivos como él, hombres cuyas herencias habían mermado y que, por tanto, necesitaban la fortuna que ella aportaba. Con el respaldo de la condesa, Lali encontraría un candidato aceptable, se casaría con él y acabaría de una vez por todas con ese interminable asunto de la caza de marido. Sin embargo, un nuevo pensamiento la sacudió: el mundo de la aristocracia británica era bastante pequeño, por lo que sin duda se vería obligada a encontrarse con Peter y su novia inglesa una y otra vez... La mera idea se le antojaba mucho más que desconcertante.
Era horrible.
El anhelo que sentía se tornó en celos. Lali sabía que Peter nunca podría ser feliz con el tipo de mujer con el que estaba destinado a casarse. Se cansaría de una esposa a quien pudiera acobardar. Y una dieta constante de tranquilidad lo condenaría al aburrimiento más absoluto. Peter necesitaba a alguien que lo desafiara y despertara su interés. Alguien que pudiera llegar hasta el hombre tierno que se escondía bajo todas esas capas de auto control aristocrático. Alguien que lo enfadara, que bromeara con él y que lo hiciera reír.
-Alguien como yo -susurró Lali, sintiéndose miserable.

continuara...

capitulo 12

vooooooooooooooooooolllllvvvvvvvvvvvvvvvvvvvvviiiiiiiiiiiiii.jajajajaj

No había duda de que ese hombre tan apuesto, con la cara de un ángel caído y los ojos del color del cielo al amanecer, había acaparada los sueños de muchas mujeres... Y también las maldiciones de muchos maridos burlados.
Parecía una amistad de lo más insólita, pensó Lali al tiempo que desviaba la vista de Peter a St Vincent. El conde, con su naturaleza sincera y de tan recta moral, sin duda desaprobaba las inclinaciones díscolas de su amigo. Sin embargo, tal y como solía suceder a menudo, aquella amistad en concreto debía de haberse visto fortalecida por sus diferencias, en lugar de quedar dañada por ellas. Tras detenerse justo delante de ellos, St Vincent les dijo:
-Os hubiera encontrado antes, pero me vi atacado por un enjambre de Erynnis pages. -Bajó la voz para darle un tono de conspiración-. Y tampoco quisiera alarmaros, pero... es mi deber advertiros de que van a servir pudín de riñones como quinto plato.
-Puedo enfrentarme a eso-dijo Lali con tristeza-Al parecer, sólo tengo dificultades con los animales que me sirven en su estado natural.
-Desde luego que sí, querida. No somos más que unos bárbaros y usted tenía todo el derecho a sentirse horrorizada al ver la cabeza de ternera. A mí tampoco me gustan. De hecho, casi nunca consuno ternera, la sirvan como la sirvan.
-¿Eso significa que es vegetariano? -preguntó Lali, que en los últimos tiempos había oído esa palabra con frecuencia. Muchas de las conversaciones se centraban en la dieta a base de vegetales que promocionaba una sociedad médica de Ramsgate.
St Vincent le respondió con una sonrisa radiante.
-No, dulzura, soy caníbal.
-St Vincent... -gruñó Peter a modo de advertencia al ver la confusión de Lali.
El vizconde esbozó una sonrisa que no mostraba arrepentimiento alguno.
-Resulta muy conveniente que haya pasado por aquí, señorita Esposito; porque, verá, resulta que no está a salvo con Peter.
-¿No lo estoy? -preguntó Lali, que se tensó por dentro al pensar que el vizconde jamás habría hecho un comentario tan elocuente de haber estado informado sobre los encuentros íntimos que habían mantenido el conde y ella. No se atrevió a mirar a Peter, pero se dio cuenta de la inmediata quietud que se apoderó de la figura masculina que tenía tan cerca.
-Pues no -le aseguró St Vincent-. Son aquellos que manifiestan la moral más intachable quienes peor se comportan en privado. En cambio, con un notorio réprobo como yo, no podría encontrarse en mejores manos. Venga, será mejor que regrese conmigo al comedor. Sólo Dios sabe qué lascivo plan está maquinando la mente del conde.
Lali dejó escapar una risilla al tiempo que se levantaba del banco y disfrutó de la imagen que ofrecía Peter cuando bromeaban a su costa. El conde miró a su amigo con el ceño fruncido y, al igual que Lali, se puso en pie.
Lali se cogió del brazo que St Vincent le ofrecía sin dejar de preguntarse por qué se habría tomado la molestia de salir a buscarlos. ¿Era posible que albergara algún interés hacia ella? Seguramente no. Era del conocimiento general que las muchachas casaderas no formaban parte del historial romántico de St Vincent, y era evidente que Lali no pertenecía al tipo de mujer que él perseguiría para tener una aventura. Sin embargo, resultaba de lo más entretenido encontrarse a solas con dos hombres: uno de ellos, el compañero de cama más deseado de toda Inglaterra; el otro, el soltero más codiciado. No pudo reprimir una sonrisa mientras pensaba en la cantidad de chicas que matarían por encontrarse en su piel en ese preciso instante.
St Vincent la instó a caminar junto a él.
-Si no me falla la memoria -señaló el vizconde-, nuestro excelso Lanzani le prohibió montar a caballo, pero no dijo nada acerca de dar un paseo en carruaje. ¿Tendría la bondad de acompañarme en una visita a la campiña mañana por la mañana?
Lali meditó la invitación, dejando de forma consciente que se extendiera un breve silencio, ya que anticipaba que Peter podría tener alguna objeción al respecto. Por supuesto, así fue.
-La señorita Esposito estará ocupada mañana por la mañana-fue la brusca respuesta del conde, que les llegó desde atrás.
Lali abrió la boca para replicar con presteza, pero, mientras le abría la puerta, St Vincent le dirigió una mirada de reojo que advertía, con un brillo travieso, que lo dejara a él ocuparse de todo
-¿Ocupada haciendo qué? -preguntó.
-Su hermana y ella tienen una audiencia con la condesa.
-Vaya, van a reunirse con ese viejo y magnífico dragón... - musitó St Vincent al tiempo que hacía pasar a Lali por la puerta-Siempre me he llevado de maravilla con la condesa. Permítame ofrecerle un pequeño consejo: le encantan los halagos, por mucho que finja lo contrario. Unas cuantas palabras de elogio y la tendrá comiendo de la palma de su mano. Lali miró a Peter por encima del hombro.
-¿Es cierto eso, milord?
-No lo sé, ya que nunca me he tomado la molestia de halagarla.
-Peter considera que los halagos y el encanto son una pérdida de tiempo -le dijo el vizconde a Lali.
-Ya lo había notado.
St. Vincent se echó a reír.
-En ese caso, la invito a pasear en carruaje pasado mañana. ¿Le agrada la idea?
-Sí, muchas gracias,
-Excelente -dijo St Vincent, antes de añadir con premura-: A menos, Lanzani, que hayas reclamado otra porción del tiempo de la señorita Esposito.
-No he reclamado nada -respondió Peter sin más.
Por supuesto que no lo había hecho, pensó Lali al tiempo que una oleada de rencor se apoderaba de ella. Era evidente que Peter no deseaba su compañía, a menos que fuera para evitar que sus invitados la vieran echar los buñuelos sobre la mesa de la cena.
Se reunieron con Daisy, que alzó las cejas cuando vio a St Vincent y preguntó:
-¿De dónde ha salido usted?
-Si mi madre viviera, podría preguntárselo a ella -replicó él con tono amable-. Aunque dudo mucho que lo supiera.
-St Vincent -lo amonestó Peter por segunda vez esa noche-Estás hablando con jóvenes inocentes.
-¿De veras? Qué interesante. Muy bien, entonces intentaré comportarme... ¿Qué temas se pueden discutir con jóvenes inocentes?
-Casi ninguno -dijo Daisy con voz displicente, lo que hizo que reír al vizconde una vez más.
Antes de que entraran de nuevo en el comedor, Lali se detuvo para preguntarle a Peter:
-¿A qué hora debemos reunirnos con la condesa? ¿Y dónde?
La mirada del conde era gélida y sombría. Lali no pudo evitar darse cuenta de que su estado de ánimo parecía haberse agriado desde que St Vincent la invitara a dar un paseo en carruaje. Pero ¿por qué tendría eso que disgustarlo? Sería ilógico pensar que estaba celoso ya que era la última mujer en el mundo por quien él sentiría un interés personal. La única conclusión razonable a la que podía llegar era que el conde temía que St Vincent tratara de seducirla y que no quería tener que lidiar con los problemas que eso ocasionaría. -A las diez en punto en el salón Marsden -contestó el conde.
-Me temo que no conozco esa estancia...
-La conocen muy pocas personas. Es un salón de la planta alta, reservado para el uso exclusivo de la familia.
-Entiendo
La joven clavó la mirada en sus ojos oscuros, confusa y agradecida a la vez. Había sido amable con ella, pero su relación no podía considerarse, ni por asomo, como una amistad. Deseaba poder librarse de esa creciente curiosidad que el conde le inspiraba. Todo había sido mucho más fácil cuando podía tacharlo de ser un pretencioso arrogante. No obstante, había resultado ser una persona mucho más compleja de lo que ella creyera en un principio, ya que poseía un extraño sentido del humor, además de sensualidad y una sorprendente compasión.
-Milord-dijo, atrapada en su mirada- Yo...supongo que debería agradecerle que...
-Entremos-interrumpió él de manera brusca y con aspecto de querer librarse de ella cuanto antes-Ya nos hemos retrasado bastante

continuara...

lunes, 30 de abril de 2012

Decimoprimer Cap


Lali casi había sucumbido a las náuseas cuando Peter la condujo hasta uno de los invernaderos del exterior. El cielo había adquirido una tonalidad purpúrea y la oscuridad reinante tan sólo se veía aplacada por las estrellas y el brillo de los faroles recién encendidos. Cuando el aire limpio y fresco de la noche llegó hasta ella, comenzó a inhalar profundamente. El conde la acompañó hasta una silla de respaldo de caña, demostrando así mucha más compasión que Daisy, que estaba recostada contra una columna y no cesaba de estremecerse, presa de unos irrefrenables espasmos de risa.
-Por todos los santos... -jadeó Daisy mientras se enjugaba las lágrimas que la risa había provocado-. Tu cara, Lali... Te habías puesto totalmente verde. ¡Creí que ibas a echar los buñuelos delante de todos!
-Yo también lo creía- respondió Lali entre temblores.
-Doy por supuesto que no le agradan mucho las cabezas de ternera-musitó Peter al tiempo que se sentaba a su lado. Se sacó un pañuelo blanco de la chaqueta y secó con él la empapada frente de Lali.
-No me agrada que la comida me mire justo antes de que me la meta en la boca- .contestó Lali, conteniendo la náusea.
Daisy recuperó el aliento lo suficiente para decir:
-Vamos, no digas bobadas. No te miró más que un instante...-Hizo una pausa antes de añadir-: ¡Hasta que le vaciaron los ojos!--y se deshizo de nuevo en carcajadas.
Lali miró a su risueña hermana echando chispas por los ojos antes de cerrarlos con debilidad.
-Por el amor de Dios, ¿tienes que...?
-Respire por la boca -le recordó Peter, que siguió enjugándole el rostro con el pañuelo, llevándose así los últimos restos del sudor frío-. Pruebe a bajar la cabeza.
Obediente, Lali bajó la cabeza hasta las rodillas. Sintió que las manos del hombre se cerraban sobre su fría nuca y comenzaban a masajear los rígidos tendones con exquisita ligereza. El roce de sus dedos resultó cálido y ligeramente áspero, y el suave masaje resultó tan reconfortante que las náuseas no tardaron en desaparecer. Al parecer, el conde sabía exactamente dónde tocarla, ya que descubría con las puntas de los dedos las zonas más sensibles de su cuello y de sus hombros, e insistía con perspicacia allí donde más le dolía. Lali no se movió ni un ápice mientras recibía sus atenciones y comenzó a sentir que todo su cuerpo se relajaba y que su respiración se volvía profunda y regular.
Demasiado pronto para su gusto, Lali sintió que Peter la obligaba a incorporarse de nuevo y tuvo que ahogar un gemido de protesta. Para su mortificación, deseaba que el hombre continuara con su masaje. Deseaba quedarse allí sentada toda la noche con sus manos en el cuello. Y en su espalda. Y... en otros sitios. Sus pestañas se apartaron de las pálidas mejillas y parpadeó al darse cuenta de lo cerca que estaban sus rostros. Era extraño comprobar que encontraba las severas líneas de las facciones del conde más atractivas a medida que las contemplaba. Le ardían los dedos por el deseo de recorrer el perfil de su nariz y los contornos de sus labios, tan duros, y a la vez tan suaves. Por acariciar la intrigante sombra de barba que oscurecía su barbilla. Todo eso se combinaba para crear un atractivo de lo más masculino. Sin embargo, el rasgo más destacable eran sus ojos, de un terciopelo negro entibiado por la luz de los faroles y enmarcados por unas pestañas largas y rectas que proyectaban sombras en los pronunciados ángulos de sus pómulos.
Al recordar su imaginativa charla acerca de las Erynnis pages de motas violetas, Lali dejó escapar una risilla sofocada. Siempre había considerado a Peter como un hombre carente de humor...y estaba claro que se había equivocado.
-Tenía entendido que usted nunca mentía -le dijo.
El conde torció el gesto.
-Dado que las opciones que se me presentaban eran verla vomitar en la mesa de la cena o mentir para sacarla al exterior lo antes posible, elegí el mal menor. ¿Ya se encuentra mejor?
-Mejor... sí.-Lali se dio cuenta de que descansaba en el hueco de su brazo y de que sus faldas cubrían en parte uno de los muslos del hombre. Su cuerpo era sólido y cálido, y se adaptaba al suyo a la perfección.
Al bajar la vista, vio que el tejido de los pantalones se ajustaba como un guante a sus musculosos muslos. Una curiosidad nada digna de una dama se apoderó de ella, y tuvo que apretar las manos para contener la necesidad de acariciarle la pierna.
-Esa parte acerca de las Erynnis pages fue muy inteligente- dijo tras levantar la vista para mirarlo a la cara-. Aunque inventar un nombre en latín fue sin duda un momento de inspiración.
Peter sonrió.
-Nunca perdí la esperanza de que mis clases de latín sirvieran para algo.-La hizo cambiar de posición para sacar el reloj del bolsillo del chaleco-. Volveremos al comedor dentro de unos quince minutos. Para ese momento, ya habrán retirado las cabezas de ternera.
Lali compuso una mueca de desagrado.
-Odio la comida inglesa--exclamó-. Todas esas gelatinas y masas informes, y esos flanes tan temblones, y el venado que dejan macerar tanto tiempo que para cuando lo sirven tiene más años que yo, y ...-Sintió que el cuerpo del conde se estremecía por las carcajadas contenidas y se giró en el semicírculo de sus brazos-.¿Qué es lo que encuentra tan gracioso?
-Está logrando que me dé miedo regresar a mi propio comedor.
-¡Pues debería tener miedo, sí!-replicó con énfasis.
Peter no pudo seguir reprimiendo la risa.
-Perdón... les llegó la voz de Daisy desde un lugar cercano-, pero voy a aprovechar la oportunidad para ir a... bueno... no sé cuál es la palabra educada para decirlo. Nos reuniremos en la entrada del comedor
Peter retiró el brazo que rodeaba a Lali y miró a la menor de las Esposito como si, por un instante, se hubiera olvidado de su presencia.
-Daisy... -comenzó a decir Lali con incomodidad, ya que sospechaba que su hermana pequeña se estaba inventando una excusa para dejarlos a solas.
Sin hacerle caso, Daisy le dedicó una sonrisa pícara y se despidió con la mano antes de desaparecer por las puertas francesas.
Cuando Lali se sentó con Peter a la luz de uno de los faroles, sintió una punzada de nerviosismo. La posible escasez de raros híbridos de mariposas en el exterior quedaba compensa con creces por las que sentía en el estómago. Peter se giró hasta quedar cara a cara con ella y colocó un brazo por encima del respaldo del asiento de caña.
-He hablado hoy con la condesa -le dijo con una sonrisa rondándole la comisura de los labios.
Lali tardó en responder, ya que trataba de alejar con desesperación la imagen que se había conjurado en su mente: esa atezada cabeza inclinada sobre ella, esa lengua que invadía la suavidad de su boca...
-¿Sobre qué?-atinó a preguntar.
Peter respondió con una mirada sardónica que hablaba por sí misma.
-¡Ah!--murmuró-. Se refiere a... la petición que le hice acerca de que actuara como nuestra madrina...
-¿Podemos llamarlo petición? -Peter estiró la mano para colocar con pulcritud un mechón de cabello suelto detrás de su oreja. La yema del dedo rozó el borde externo y trazó la curva del suave lóbulo-. Tal y como yo lo recuerdo, fue más bien un chantaje.-Atrapó el lóbulo entre los dedos y deslizó el pulgar por la sensitiva superficie-. Nunca lleva pendientes. ¿A qué se debe?
-Yo...-De repente, fue incapaz de respirar con normalidad-Tengo las orejas muy sensibles-consiguió decir-Me duelen si me pongo pendientes de broche... y la mera idea de perforarlas con una aguja...
Se detuvo con una brusca inhalación cuando la punta del dedo del conde comenzó a investigar su oreja, siguiendo el contorno de la frágil estructura interna. Peter dejó que el pulgar le rozara la tensa línea de la mandíbula y la suave superficie que había por debajo de su barbilla, hasta que el color inundó las mejillas de la joven. Estaban sentados tan cerca... debía ser el olor del perfume. Era la única explicación para que le estuviera tocando el rostro como si de un amante se tratara.
-Su piel es como la seda -murmuró-. ¿De qué estábamos hablando? Ah, sí, la condesa. Conseguí persuadirla para que las respalde a usted y a su hermana durante la próxima temporada.
Los ojos de Lali se abrieron por la sorpresa.
-¿Lo hizo? ¿Cómo? ¿Tuvo que intimidarla?
-¿Le parezco la clase de hombre que intimidaría a su madre de mas de sesenta años?
-Sí
Una risa ronca resonó en su garganta.
-Puedo recurrir a otros métodos que nada tienen que ver con intimidación -señaló-. Lo que ocurre es que usted todavía no los conoce.
Sus palabras implicaban algo que ella no fue capaz de identificar con exactitud... pero que hizo que experimentara un cosquilleo
-¿Por qué la convenció para que me ayudara? ---, .preguntó.
-Porque creí que podría ser divertido observar a mi madre cuando la obligara a tratar con usted.
-Bueno, si insinúa que soy como algún tipo de plaga...
-Y -interrumpió Peter- porque me sentía obligado a remediar de alguna manera la forma tan ruda en que la traté esta mañana.
-Usted no tuvo toda la culpa -reconoció ella con desgana-.Supongo que yo actué de un modo un tanto desafiante.
-Un tanto... -convino él con sequedad al tiempo que sus dedos se trasladaban desde la oreja a la satinada zona del nacimiento del cabello. Aunque debería advertirle que el consentimiento de mi madre en este arreglo no es incondicional. Si la presiona demasiado, se negará a seguir. Por esta razón, le aconsejo que intente comportarse en su presencia.
-¿Y cómo debería comportarme?-preguntó  Lali, más que consciente de la suave exploración que llevaba a cabo su dedo. Si su hermana no volvía pronto, se dijo presa del aturdimiento, Peter iba a besarla. Y ella deseaba que lo hiciera, lo deseaba tanto que sus labios habían comenzado a temblar.
El conde sonrió ante su pregunta.
-Bueno, sobre todo, no...
Se detuvo de repente y levantó la vista para mirar a su alrededor como si se hubiera dado cuenta de que alguien se acercaba. Lali no oía nada salvo el susurro de la brisa, que se filtraba entre los árboles y arrastraba sobre los senderos de grava unas cuantas hojas caídas. Sin embargo, en apenas un segundo, una figura delgada y ágil emergió del mosaico de luces y sombras. El brillo de ese cabello, del color del oro envejecido, identificó al visitante como St Vincent. Lanzani apartó la mano de Lali de inmediato. Una vez se rompió el hechizo, la joven sintió que la oleada de calidez comenzaba a desaparecer.
Las zancadas de St Vincent eran largas aunque relajadas y tenía las manos metidas en los bolsillos de la chaqueta como al descuido.
Sonrió al ver a la pareja que había en el banco y su mirada vagó por el rostro de Lali.

continuara...

Decimo cap


Lord Lanzani, que estaba inclinado sobre el escritorio con las manos apoyadas sobre la pulida superficie, levantó la vista de un pliego de papel. Se enderezó en el asiento y entrecerró los ojos al ver Lali. Moreno, austero e impecablemente vestido, era la viva imagen del aristócrata inglés, con la corbata anudada a la perfección y el abundante cabello retirado de la frente de forma implacable. De pronto, a Lali le resultó imposible conciliar la imagen del hombre que tenía delante con la del bruto juguetón sin afeitar que le había permitido tirarlo al suelo sobre el campo de rounders que se encontraba detrás del establo.
Una vez que hubo guiado a su esposa y a sus hijas al interior de la habitación, Thomas Esposito dijo sin más preliminares:
-Gracias por acceder a que nos reuniéramos aquí, milord. Le prometo que esto no nos llevará mucho tiempo.
-Señor Esposito-lo saludó Peter en voz baja-, no imaginé que tendría el privilegio de encontrarme también con su familia
-Me temo que la palabra «privilegio» resulta una exageración en este caso -afirmó Thomas con tono brusco-. Al parecer, una de mis hijas se ha comportado de modo inaceptable en su presencia y desea expresarle su arrepentimiento. -Colocó los nudillos en la espalda de Lali y la empujó hacia el conde-. Adelante.
Peter frunció el ceño.
-Señor Esposito, esto no es necesario...
-Permita que mi hija diga lo que tiene que decir -replicó Thomas, apremiando a Lali para que se adelantara.
El ambiente de la biblioteca era silencioso pero explosivo cuando Lali alzó la vista hacia Peter. Había fruncido el ceño aún más y, no sin cierta perspicacia, la joven advirtió que el conde no deseaba una disculpa por su parte. No de esa forma, con su padre obligándola a hacerla de una forma tan humillante. De algún modo, eso hizo que le resultara mucho más fácil disculparse.
Tragó saliva con fuerza y clavó la mirada en aquellos insondables ojos oscuros, que emitían brillos de un azabache intenso debido a la luz que entraba en la estancia.
-Siento lo que ocurrió, milord. Ha sido un anfitrión generoso y se merece mucho más respeto por mi parte del que le he mostrado esta mañana. No debería haber desafiado su decisión sobre la carrera de obstáculos, ni debería haberle hablado como lo hice. Espero que acepte mis disculpas y que sepa que son sinceras.
-No -dijo él con suavidad.
Lali parpadeó por la incredulidad, ya que en un principio pensó que había rechazado sus excusas,
-Soy yo quien debería disculparse, señorita Esposito, y no usted,-continuó Peter-. Sus actos de rebeldía fueron provocados por mi despliegue de autoritarismo. No puedo culparla por responder de semejante modo a mi arrogancia,
Lali se esforzó por ocultar su perplejidad, aunque no le resultó fácil, ya que Peter estaba haciendo exactamente lo contrario de lo que había esperado. Le habían dado la oportunidad perfecta para que aplastara su orgullo... y él había elegido no hacerla. Se escapaba a su comprensión. ¿A qué clase de juego estaba jugando?
El conde paseó la mirada por sus desconcertadas facciones.
-Pese a lo mal que lo expresé esta mañana -murmuró-, mi preocupación por su seguridad era genuina. Y de ahí la razón de mi furia.
Sin dejar de observarlo con atención, Lali sintió que el nudo de resentimiento que se le había formado en el pecho comenzaba a disolverse. ¡Qué amable estaba siendo! Y no daba la sensación de que estuviera fingiendo. Parecía comprensivo y amable de verdad. La embargó una sensación de alivio y se vio con fuerzas para respirar por primera vez en todo el día.
-Ese no fue el único motivo de su furia -le dijo-. Tampoco le gusta que Ie desobedezcan.
Peter soltó una risa ronca.
-No-admitió con una lenta sonrisa-, no me gusta. -La sonrisa trasformó las severas facciones de su rostro, lo que hizo que se desvaneciera la reserva natural y quedara al descubierto un atractivo que resultaba mil veces más poderoso que la mera belleza.
Lali sintió un extraño aunque agradable escalofrío que le recorrió la piel.
-Entonces, ¿se me permitirá montar sus caballos de nuevo?--se atrevió a preguntar.
-¡Lali!--oyó gritar a su madre.
Un brillo jovial iluminaba los ojos de Peter, como si se deleitara con la audacia de la joven.
-Yo no diría tanto.
Atrapada en la aterciopelada trampa de su mirada, Lali se dio cuenta de que su eterna discordia se había convertido en una especie de desafío amistoso... atemperado con algo que parecía casi...erótico. Santo Dios. Unas cuantas palabras agradables de Peter y estaba a punto de convertirse en una estúpida...
Al ver que habían hecho las paces, Mercedes comenzó a barbotear con entusiasmo:
-¡Ay, querido lord Lanzani, qué caballero tan magnánimo es usted! Y debo decir que no es autoritario en absoluto... Es más que evidente que fue su preocupación por mi voluntarioso angelito lo que le llevó a actuar así, y eso es una prueba más que suficiente de su infinita benevolencia.
La sonrisa del conde adquirió un matiz sarcástico y le dirigió a Lali una mirada especulativa, como si estuviera meditando si la expresión «voluntarioso angelito» era una descripción adecuada para ella. Le ofreció el brazo a Mercedes y preguntó con tono indiferente
-¿Me permite que la acompañe hasta el comedor, señora Esposito?
Eufórica ante la idea de que todos la vieran entrar del brazo del propio lord Lanzani, Mercedes aceptó con un suspiro de placer. Cuando emprendieron el camino desde el estudio hacia el salón donde tendría lugar la procesión para la cena, Mercedes se embarcó en un discurso insoportablemente largo acerca de sus impresiones sobre Hampshire, dejando caer unas cuantas críticas insignificantes que pretendían resultar ingeniosas, pero que lograron que Lali y Daisy se miraran la una a la otra con silenciosa desesperación. Lord Lanzani recibió las toscas observaciones con meticulosa cortesía y sus pulidos modales hicieron que los de su madre parecieran incluso peores en comparación. Y, por primera vez en toda su vida, Lali se le ocurrió que su desprecio deliberado por la etiqueta tal vez no fuera tan inteligente como pensara en un principio. Una cosa era segura: no quería acabar siendo tediosa y reservada... claro que, a su vez, tampoco sería algo tan malo comportarse con un poco más de dignidad.
Era evidente que lord Lanzani sintió un infinito alivio al apartarse de los Esposito cuando llegaron al salón, por más que no lo manifestara ni de gesto ni de palabra. Les deseó cortésmente una noche agradable y se marchó tras hacer una ligera reverencia para unirse a un grupo entre el que se encontraban su hermana, lady Olivia, y su cuñado, el señor Shaw.
Daisy se giró hacia Lali y la miró con los ojos abiertos como platos.
-¿Por qué lord Lanzani se ha mostrado tan amable contigo?-susurró-. Y ¿por qué diantres le ha ofrecido a madre su brazo para escoltarnos hasta aquí y verse obligado con ello a escuchar su incesante cháchara?
-No tengo ni la más mínima idea -musitó Lali- Pero está claro que posee una alta tolerancia al dolor.
Simón Hunt y Annabelle se unieron al grupo que se encontraba al otro lado de la estancia. Alisándose de forma distraída la cinturilla de su vestido azul plata, Annabelle echó un vistazo a la multitud, captó la mirada de Lali y compuso una mueca de aflicción. Era obvio que se había enterado de la confrontación que había tenido lugar durante la carrera de saltos. «Lo siento», esbozó con los labios. Pareció aliviada cuando Lali le hizo un gesto de asentimiento con la cabeza para asegurarle que todo estaba bien y le envió un mensaje silencioso que decía: «No pasa nada.»
Al final, todos entraron en procesión al comedor, con los Esposito y los Hunt entre los últimos que cerraban la marcha, puesto que eran los de menor rango.
-El dinero siempre cubre la retaguardia-comentó el padre de Lali de forma críptica, y ella supuso que no tenía mucha paciencia con las reglas de precedencia que se observaban con tanta meticulosidad en semejantes circunstancias.
Lali se dio cuenta de pronto de que, en las ocasiones en las que la condesa estaba ausente, lord Lanzani y su hermana lady Olivia tendían a arreglar las cosas de una manera mucho menos formal e instaban a los invitados a entrar en el comedor a su propio ritmo, en lugar de en procesión. Con la condesa presente, al parecer, debían adherirse de forma estricta a la tradición.
Daba la impresión de que había casi tantos sirvientes como invitados; todos ellos estaban vestidos con un uniforme que consistía en unos abultados calzones negros, un chaleco color mostaza y un chaqué azul. Sentaron a los invitados con premura y sirvieron el vino y el agua sin derramar una sola gota.
Para sorpresa de Lali, su sitio se encontraba cerca de la cabecera de la mesa de lord Lanzani, tan sólo a tres asientos a la derecha del conde. Ocupar un lugar tan cercano al anfitrión era una señal de gran privilegio que en muy raras ocasiones se le otorgaba a una joven soltera sin título alguno. Preguntándose si el sirviente se había equivocado al haberla sentado allí, echó una mirada cautelosa a los rostros de los huéspedes que se encontraban a su lado y vio que también ellos estaban perplejos por su presencia. Incluso la condesa, que se
sentaba al otro extremo de la mesa, la miraba ceñuda.
Lali le dirigió a lord Lanzani una mirada inquisitiva mientras él se acomodaba en su lugar a la cabecera de la mesa.
El hombre enarcó una de sus oscuras cejas.
-¿Le ocurre algo? Parece un poco consternada, señorita Esposito
Sin lugar a dudas, la respuesta apropiada habría sido ruborizarse y agradecerle aquel inesperado honor. No obstante, cuando Lali observó el rostro del conde, que parecía suavizado por la luz de, las velas, se descubrió respondiendo con absoluta franqueza:
-Me preguntaba por qué estoy sentada tan cerca de la cabecera de la mesa. A la luz de los acontecimientos de esta mañana, había asumido que me colocaría fuera, en la terraza trasera.
Hubo un momento de silencio sepulcral mientras los invitados que se encontraban alrededor asimilaban con expresión atónita que Lali realizara tan abierta referencia al conflicto que había tenido lugar entre ellos. No obstante, Lanzani los dejó aún más perplejos al echarse a reír por lo bajo, sin apartar la mirada de ella. Después de un instante, los demás se unieron a él con carcajadas algo forzadas.
-Ya que conozco su tendencia a meterse en problemas, señorita Esposito, he llegado a la conclusión de que es más seguro tenerla a la vista y al alcance de la mano, si es posible.
Ese comentario fue hecho casi con ligereza. Habría que ahondar mucho para descubrir alguna insinuación en su tono. Pese a todo, Lali sintió un cosquilleo líquido en su interior, una sensación que se trasladó de una terminación nerviosa a otra como un torrente de miel tibia.
La joven alzó una copa de champán hasta sus labios y paseó la mirada por el comedor. Daisy estaba sentada cerca del otro extremo de la mesa; charlaba de forma animada y a punto estuvo de derramar una copa de vino, ya que no dejaba de gesticular para enfatizar sus palabras. Annabelle se hallaba en la mesa de al lado, ajena, al parecer, a la multitud de miradas de admiración masculina que se posaban sobre ella. Los hombres que tenía a cada lado parecían entusiasmados por la suerte que habían tenido al ser colocados junto a una compañía tan arrebatadora, mientras que Simón Hunt, que se sentaba a unos cuantos asientos de distancia, los contemplaba con la venenosa mirada de un macho que protegiera su territorio.
Evie, su tía Florence y los padres de Lali se hallaban situados junto a otros invitados en la mesa más alejada. Como de costumbre, Evie apenas decía nada a los hombres que se sentaban junto a ella y contemplaba en silencio y con nerviosismo su propio plato. «Pobre Evie-pensó Lali con compasión-. Tendremos que hacer algo con esa maldita timidez tuya.»
Al reflexionar sobre sus hermanos solteros, Lali se preguntó si habría alguna posibilidad de emparejar a alguno de ellos con Evie. Quizá pudiera encontrar una manera de convencer a alguno para que hiciera alguna visita a Inglaterra. Dios sabía que cualquiera de ellos sería un marido mejor para Evie que su primo Eustace. Estaba su hermano mayor, Raphael, y los gemelos, Ransom y Rhys. No podría encontrarse un grupo de jóvenes más robustos. Sin embargo, Lali tenía la impresión de que cualquiera de los hermanos Esposito aterrorizaría a Evie. Eran hombres de buen carácter, pero nadie le aplicaría el calificativo «refinado» a ninguno de ellos. Y tampoco de civilizado».
Le llamó la atención la enorme fila de sirvientes que traían el primer plato: un desfile de fuentes llenas de sopa de tortuga y bandejas plateadas que contenían rodaballo bañado en salsa de langosta, pudín de cangrejo de río y trucha a las finas hierbas con lechuga estofada. Era el primero de una lista de ocho platos que vendrían seguidos por diferentes postres. Al encarar la perspectiva de otra cena prolongada, Lali reprimió un suspiro y levantó la vista para descubrir la sutil mirada escrutadora que Peter le dedicaba. No dijo nada, sin embargo, por lo que Lali no pudo evitar romper el silencio.
-Su caballo de caza, Brutus, parece un animal magnífico, milord. Me he fijado en que no usa fusta ni espuelas con él.
La conversación que había a su alrededor cesó y Lali se preguntó si habría metido la pata de nuevo. Tal vez se suponía que una joven soltera no podía hablar hasta que alguien se dirigiera a ella. De cualquier forma, Peter contestó al instante:
-En muy raras ocasiones utilizo la fusta o las espuelas con ninguna de mis posesiones, señorita Esposito. Por lo general, soy capaz de obtener los resultados que deseo sin ellas.
Lali pensó de mala gana que, al igual que a todos los que se encontraban en la propiedad del conde, al bayo ni se le pasaría por la cabeza desobedecer a su amo.
-Parece poseer un carácter mucho más dócil que otros purasangres -dijo ella.
Peter se reclinó en su silla cuando uno de los criados le si sirvió una porción de trucha sobre su plato. La luz parpadeante jugaba con los mechones de su cabello negro... y Lali no pudo evitar recordar la sensación de esos gruesos mechones entre sus dedos.
-Brutus es un cruce, a decir verdad. Una mezcla entre un purasangre y un caballo de tiro irlandés.
-¿En serio? -Lali no hizo esfuerzo alguno por ocultar sorpresa-. Jamás habría pensado que usted montaría otra cosa que no fuesen caballos del más alto pedigrí.
-Hay muchos que prefieren los purasangres-admitió el conde-. Pero un caballo de caza precisa de una marcada habilidad para los saltos y de la fuerza necesaria para cambiar de dirección con rapidez. Un cruce como Brutus posee toda la velocidad y el estilo de un purasangre, además de la fuerza atlética de un caballo de tiro irlandés.
Los demás ocupantes de la mesa no se perdían palabra. Cuando Peter terminó, un caballero añadió con jovialidad:
-Un animal soberbio, ese Brutus. Descendiente de Eclipse, ¿no es cierto? Es imposible pasar por alto la influencia del árabe Darley...
-Montar un cruce demuestra su mentalidad abierta -murmuró Lali.
Peter esbozó una media sonrisa.
-Puedo ser abierto de mente, de vez en cuando.
-Eso he oído... pero jamás había tenido evidencia alguna hasta el momento.
De nuevo, se hizo el silencio cuando los invitados escucharon los comentarios provocativos de Lali. En lugar de enfadarse, Peter la miró sin ocultar su interés. Si dicho interés era el de un hombre que la encontraba atractiva o el de uno que simplemente la consideraba un bicho raro de la naturaleza, era difícil de decir. Pero sin duda el interés estaba allí.
-Siempre he tratado de hacer las cosas de manera lógica -dijo-lo que, en ocasiones, supone una ruptura con la tradición.
Lali le dedicó una sonrisa burlona.
-¿Acaso encuentra que las ideas tradicionales no siempre son lógicas?
Peter negó ligeramente con la cabeza y el brillo de sus ojos se intensificó mientras daba un trago a su copa de vino y la miraba por encima del borde de cristal.
Otro caballero hizo un comentario gracioso acerca de curar a Peter de sus ideas liberales mientras traían el siguiente plato. La sucesión de curiosos objetos abultados sobre las bandejas plateadas fue recibida con satisfacción y grandes muestras de alborozo. Había cuatro por mesa, doce en total, colocadas a intervalos regulares sobre pequeñas mesitas plegables, donde los sirvientes y los criados de mayor rango procedieron a trinchar las viandas. El aroma especiado de la carne de ternera llenó el aire mientras los invitados observaban el contenido de las bandejas con murmullos de expectación. Lali se giró un poco en su asiento y echó un vistazo a la bandeja que tenía más cerca, situada sobre una mesita. A punto estuvo de dar un salto de terror al descubrir los achicharrados rasgos de una bestia irreconocible cuya cabeza recién horneada desprendía volutas de vapor.
La sorpresa le hizo dar un respingo y, al instante, escuchó el tintineo resultante de los cubiertos. Uno de los sirvientes se hizo cargo de inmediato de los resultados su torpeza: sacó tenedores y cucharas limpios y se agachó para recuperar los utensilios que habían caído. .
-¿Qué... qué es eso? -preguntó Lali sin dirigirse a nadie en articular, incapaz de apartar la mirada de aquella repugnante visión
-Cabeza de ternera-respondió una de las damas en un tono de divertida condescendencia, como si aquello fuese un ejemplo más del poco refinamiento de los americanos-. Una de las exquisiteces inglesas. No me diga que nunca la ha probado...l
Esforzándose por mantener una expresión indiferente, Lali meneó la cabeza sin decir palabra. Se encogió cuando el criado abrió las humeantes mandíbulas de la ternera y cortó la lengua. ..
-Algunos afirman que la lengua es la parte más deliciosa-continuó la dama-, mientras que otros juran que los sesos son, con diferencia, lo más sabroso. Yo, por mi parte, encuentro que, sin alguna, lo más exquisito son los ojos.
Los propios ojos de Lali se cerraron con repugnancia ante semejante revelación. Notó que el amargo sabor de la bilis ascendía por su garganta. Nunca había sido una entusiasta de la cocina inglesa, pero por objetable que encontrara algunos platos en pasado nada la había preparado para la repulsiva visión de la cabeza de ternera. Abrió un poco los ojos y miró a su alrededor. Al parecer, por todos lados se trinchaban, abrían y fileteaban las cabezas de ternera. Los cerebros se servían con cucharas sobre los platos; las mollejas se cortaban en rodajas...
Lali estaba a punto de vomitar.
Al sentir que la sangre se retiraba de su rostro, Lali dirigió la mirada hacia el otro extremo de la mesa, donde Daisy contemplaba, con vacilación las porciones que estaban siendo depositadas ceremoniosamente sobre su plato. Muy despacio, Lali se llevo la esquina de su servilleta hasta la boca. No. No podía permitirse vomitar. Sin embargo, el fuerte y grasiento olor de la cabeza de ternera flotaba a su alrededor y, mientras escuchaba el laborioso tintineo de los cuchillos y tenedores que se estaban empleando, así como los murmullos de apreciación de los comensales, empezó a verse acosada por las náuseas. Colocaron delante de ella un platito que contenía unas cuantas rodajas de... algo... y un gelatinoso globo ocular con base cónica que rodó como al descuido hacia el borde.
-Dios bendito...--susurró Lali, cuya frente comenzó a llenarse de sudor.
Una voz fría y calmada pareció atravesar la nube de náuseas.
-Señorita Esposito...
Lali siguió con desesperación el sonido de la voz y vio el rostro impasible de lord Lanzani.
-¿Sí, milord? -preguntó con voz ronca.
El conde pareció elegir sus palabras con inusual cuidado.
-Disculpe lo que sin duda le parecerá una petición algo excéntrica, pero da la casualidad de que este momento es el más apropiado para contemplar una rara especie de mariposas que habita en la propiedad. Aparece sólo a primera hora de la noche, cosa que, por supuesto, se sale de lo habitual. Es posible que recuerde que ya se lo mencioné en alguna conversación previa.
-¿Mariposas? -repitió Lali, que tuvo que tragar repetidas veces para contener las náuseas.
-Tal vez me permita conducidas a usted y a su hermana hasta el invernadero, donde se han visto nuevos capullos. Para mi desgracia, será necesario que nos ausentemos durante este plato, pero regresaremos a tiempo para que disfrute del resto de la cena.
Muchos de los invitados detuvieron sus tenedores a medio camino, con expresiones que reflejaban su perplejidad ante la peculiar petición de Peter.
AI darse cuenta de que le estaba proporcionando una excusa para salir del comedor, con su hermana como acompañante en aras del decoro, Lali asintió.
-Mariposas -repitió casi sin aliento-. Sí, me encantaría verlas.
-Y a mí también--dijo Daisy desde el otro extremo de la mesa. Se puso en pie al instante, lo que obligó a los caballeros a levantarse cortésmente de sus sillas-. Qué considerado por su parte recordar nuestro interés en los insectos autóctonos de Hampshire, milord.
Lanzani fue a ayudar a Lali a levantarse de su asiento.
-Respire a través de la boca -susurró.
Pálida y sudorosa, ella obedeció.
Todas las miradas estaban posadas en ellos.
-Milord -dijo uno de los caballeros, lord Wymark-¿podría preguntarle cuál es esa especie tan rara de mariposas a la que se refiere?
Se produjo un momento de incertidumbre y, acto seguido Peter respondió con seria determinación:
-La violeta moteada.-Hizo una pausa antes de terminar-La Erynnis pages.
Wymark frunció el ceño.
-Me considero algo así como un aficionado a los lepidópteros, milord, y a pesar de que conozco una «Erynnis tages», que puede encontrarse tan sólo en Northumberland, jamás había oído hablar de esa tal Erynnis pages. I
Hubo un breve instante de silencio.
-Es un híbrido -afirmó Peter-. Morpho purpureus fracticus. Por lo que sé, tan sólo ha podido observarse en los alrededores de Stony Cross.
-Me gustaría echar un vistazo a la colonia con usted, si es posible -comentó Wymark, que dejó la servilleta sobre la mesa y se dispuso a ponerse en pie-. El descubrimiento de un nuevo híbrido es siempre un extraordinario...
-Mañana al anochecer -le dijo Peter de forma autoritaria-. Las Erynnis pages son muy sensibles a la presencia humana. No desearía poner en peligro a una especie tan frágil. Creo que lo mejor es visitarlas en grupos pequeños, de dos o tres personas.
-Como quiera, milord -dijo Wymark, obviamente contrariado, al tiempo que volvía a tomar asiento-. Mañana al anochecer entonces.
Agradecida, Lali tomó el brazo de Peter mientras Daisy se agarraba al otro, y salieron de la habitación con gran dignidad.

continuara...

Noveno cap


Por desgracia, las noticias del altercado entre Lali y lord Lanzani se extendieron con rapidez por toda la casa. Apenas entrada la tarde ya había llegado a oídos de Mercedes Esposito, y el resultado no fue muy agradable. Con los ojos como platos y sin dejar de chillar, Mercedes se paseaba de un lado a otro por delante de su hija en el dormitorio.
-Tal vez las cosas no habrían llegado a ese extremo si te hubieras limitado a hacer un comentario inapropiado en presencia de lord Lanzani- gritó con furia Mercedes mientras sus delgaduchos brazos se batían en gestos desesperados-. Pero no, tenías que discutir con el conde y después desobedecerlo delante de todos... ¿Te das cuenta de cómo nos has hecho quedar? No sólo has arruinado tus posibilidades de matrimonio, ¡sino también las de tu hermana!, ¿Quién querría emparentarse por matrimonio con una familia que se ve en la obligación de reconocer a una... a una palurda como uno de sus miembros?
Con un aguijonazo de vergüenza, Lali le dirigió una mirada de disculpa a Daisy, que se encontraba sentada en el rincón. Su hermana sacudió la cabeza ligeramente para asegurarle que no pasaba nada.
- Si insistes en comportarte como una salvaje--continuó Mercedes-¡me veré obligada a tomar medidas drásticas, Lali Odelle!
Lali se hundió aún más en el canapé al escuchar su odiado segundo nombre, cuyo uso siempre era el heraldo que anunciaba algún castigo espantoso.
-Durante la próxima semana, no saldrás de esta habitación a menos que lo hagas en mi compañía -dijo Mercedes con voz severa-. Controlaré cada uno de los pasos que des, de los gestos que hagas y de las palabras que salgan de tu boca hasta asegurarme de que se puede confiar en que te comportarás como un ser humano razonable. Será un castigo compartido, porque te aseguro que tu compañía me resulta tan poco placentera como a ti la mía. Sin embargo, no queda otro remedio. Y si te oigo protestar lo más mínimo, doblaré el castigo y haré que sean quince días. Durante los momentos en los que no te encuentres bajo mi supervisión, permanecerás en este cuarto, ya sea leyendo o meditando acerca de tu desacertada conducta. ¿Me has comprendido, Lali?
-Sí, madre.
La perspectiva de ser controlada tan de cerca durante una semana hizo que Lali se sintiera como un animal enjaulado. Reprimió un aullido de protesta y se concentró con rebeldía en el estampado floreado de la alfombra.
-Lo primero que harás esta noche-prosiguió Mercedes con los ojos resplandecientes en su delgado y pálido rostro- será disculparte con lord Lanzani por los problemas que le has causado hoy. Y lo harás en mi presencia, de modo que yo pueda...
-De eso nada... -Lali se enderezó en su asiento y miró a su madre con manifiesta rebeldía-. No. No hay manera de que tú ni nadie pueda obligarme a pedirle disculpas. Antes prefiero morir.
-Harás lo que te digo. -La voz de Mercedes se convirtió en una especie de gruñido-. Te disculparás con el conde con total humildad, ¡O no abandonarás esta habitación durante lo que nos queda de estancia!
Cuando Lali abrió la boca para hablar, Daisy se apresuró a interrumpirla.
-Madre, ¿puedo hablar con Lali a solas, por favor? Sólo será un momento. Por favor...
Mercedes les dirigió una dura mirada a sus dos hijas, sacudió la cabeza como si se preguntara por qué había sido maldecida con muchachas tan insoportables y salió a grandes zancadas de la habitación
-Esta vez está enfadada de verdad -murmuró Daisy para romper el peligroso silencio que había seguido a su intervención-. Jamás había visto a madre en semejante estado. Debes hacer lo que te pide.
Lali la miró con una sensación de furia e impotencia.
-¡No me disculparé ante ese asno arrogante!
-Lali, no te costaría nada. Tan sólo pronuncia las palabras. No tienes por qué decirlas en serio. Limítate a decir: «Lord Lanzani, siento...»
-No lo haré -replicó Lali con terquedad-. Y sí que me costaría algo: mi orgullo.
-¿Y merece la pena quedarse encerrada en esta habitación y perderse las cenas y veladas que disfrutarán todos los demás? ¡No seas testaruda, por favor! Lali, te prometo que te ayudaré a idear una horrible venganza contra lord Lanzani... algo realmente perverso; pero, de momento, tendrás que hacer lo que te pide madre. Puede, que pierdas una batalla, pero acabarás ganando la guerra. Además...-Daisy buscó con desesperación algo más que decir-Además, nada le gustaría más a lord Lanzani que el hecho de que permanezcas encerrada durante toda la visita. No podrías molestarlo ni atormentarlo. Ojos que no ven, corazón que no siente. ¡No le des esa satisfacción, Lali!
Tal vez aquél fuera el único argumento con el poder suficiente para convencerla. Lali frunció el ceño y contempló el pequeño rostro marfileño de su hermana, con esos inteligentes ojos tan oscuros como las cejas, que quizás estuvieran marcadas en exceso. No por primera vez, se preguntó cómo era posible que la persona más dispuesta a unirse a sus correrías fuera también la única capaz de hacerle recuperar la cordura sin apenas esfuerzo. Mucha gente se dejaba engañar por los innumerables momentos en los que Daisy desplegaba su actitud extravagante, sin llegar a sospechar jamás el implacable sentido común que yacía bajo su fachada élfica.
-Está bien-dijo con rigidez-. Aunque es muy probable que me atragante con las palabras.
Daisy dejó escapar un suspiro de alivio.
-Yo actuaré como tu intermediaria. Le diré a madre que estás de acuerdo y que ya no debe reprenderte más porque de lo contrario es posible que cambies de opinión.
Lali se dejó caer en su asiento y trató de imaginarse la engreída satisfacción que manifestaría Peter cuando se viera obligada pedirle disculpas. Maldición, iba a resultar insoportable. Hirviendo de furia, se entretuvo planeando una serie de complicadas venganzas contra el conde que finalizaban con la imagen del hombre pidiendo clemencia.

Una hora más tarde, la familia Esposito -con Thomas Esposito al frente-salió del dormitorio en grupo. Su destino final era el comedor, donde iba a tener lugar otra grandilocuente cena de cuatro horas. Puesto que acababa de ser informado del comportamiento vergonzoso de su hija, Thomas se encontraba en un estado de furia apenas contenida y su bigote tenía un aspecto encrespado sobre el rictus decidido de los labios.
Ataviada con un vestido de seda de color lavanda ribeteado con chorreras de encaje blanco en el corpiño y mangas cortas abullonadas, Lali caminaba con resolución tras sus progenitores mientras las iracundas palabras de su padre llegaban flotando hasta ella.
-El momento en que te conviertas en un obstáculo para uno de mis posibles negocios será justamente el momento en que te enviaré de vuelta a Nueva York. Hasta ahora, toda esta caza de maridos en Inglaterra ha demostrado ser costosa e improductiva. Te lo advierto, hija, si tus acciones han arruinado mis negociaciones con el conde...
-Estoy segura de que no ha sido así -interrumpió Mercedes con nerviosismo al ver que sus sueños de adquirir un yerno con título se tambaleaban como una taza de té al borde de la mesa-. Lali se disculpará con lord Lanzani, querido, y eso arreglará las cosas. Ya lo verás. -Se retrasó un paso para echarle una mirada amenazadora a su hija mayor por encima del hombro.
Una parte de Lali quería acurrucarse en algún rincón y dejar que los remordimientos la consumieran, pero otra parte estaba a punto de explotar de resentimiento. Como era natural, su padre se haría cargo de cualquier cosa o persona que interfiriera en sus negocios... de otro modo, le daría exactamente igual lo que hiciera. Lo único que había querido de sus hijas en toda su vida era que no lo molestaran. De no haber sido por sus tres hermanos, Lali jamás habría sabido lo que era recibir la más mínima atención masculina.
-Para asegurarnos de que tengas la oportunidad de pedirle disculpas con propiedad al conde -dijo Thomas Esposito, que hizo una pausa para clavar sus ojos grises en Lali con severidad-, le he pedido que se reúna con nosotros en la biblioteca antes de cenar. Te disculparás con él allí... de modo que tanto él como yo quedemos satisfechos.
Lali se detuvo en seco y lo miró con los ojos abiertos como platos. Su resentimiento se convirtió en un nudo ardiente que estuvo a punto de ahogarla mientras se preguntaba si habría sido Peter quien había elegido semejante escenario para una lección de humillación.
-¿Sabe él por qué le has pedido que se reúna allí contigo? -consiguió preguntar.
-No; no creo que espere una disculpa de una de mis hijas, cuyos malos modales ya son de conocimiento general. De cualquier forma, si no te disculpas de manera satisfactoria, no tardarás en echarle un último vistazo a Inglaterra desde la cubierta de un buque de vapor con destino a Nueva York.
Lali no era tan estúpida como para tomar las palabras de su padre por una amenaza vacía. Había resultado del todo convincente gracias a la brusquedad de su tono autoritario. Y la mera idea de verse obligada a abandonar Inglaterra, y lo que era peor, de separarse de Daisy...
-Sí, señor--dijo con la mandíbula apretada.
La familia continuó su camino a lo largo del pasillo en completo silencio.
Cuando Lali creyó que se desmayaría de los nervios, notó que su hermana le daba la mano.
-No tiene ninguna importancia--susurró Daisy-. Limítate a decirlo a toda prisa y a acabar con...
-¡Silencio!--gruñó su padre, y ellas separaron las manos.
Abatida y absorta con sus propios pensamientos, Lali apenas se dio cuenta de lo ocurría a su alrededor mientras acompañaba a su familia hasta la biblioteca. La puerta estaba entreabierta y su padre anunció su presencia con un golpecito decidido antes de instar a su mujer y a sus hijas a que entraran en la estancia. Era una hermosa biblioteca, con techos que se elevaban a seis metros de altura, escaleras que podían desplazarse y galerías superiores e inferiores que contenían millares de libros. La esencia del cuero, del pergamino y de la madera recién encerada le confería al ambiente un aroma rico y penetrante.

continuara...

Octavo cap



Antes de que Peter pudiera reaccionar, Lali hundió los talones en los flancos de Starlight y se inclinó sobre la silla de montar con el fin de equilibrar el peso de su cuerpo cuando el caballo diera un súbito salto hacia delante. Starlight reaccionó de inmediato y emprendió el galope. Tras apretar los muslos contra los pomos de la silla, Lali sintió que perdía un tanto el equilibrio y que su cuerpo giraba levemente a causa de lo que, como comprendió demasiado tarde, había sido producto de una excesiva “sujeción a la silla”. En un arranque de valentía, ajustó la posición de sus caderas en el mismo instante en que su montura se acercaba al obstáculo. Notó que el caballo alzaba las patas delanteras, así como el tremendo impulso de los cuartos traseros al levantarse del suelo en un salto que le proporcionó a la joven un instante de euforia al sobrevolar la barrera triangular. No obstante, en cuanto Starlight pisó de nuevo el suelo, tuvo que esforzarse por guardar el equilibrio en la silla y fue su muslo derecho el que absorbió la mayor parte del impacto, ocasionándole un desagradable y doloroso tirón. De todos modos, lo había conseguido y de una manera bastante convincente.
Con una sonrisa triunfal, hizo que el caballo diera la vuelta y, en ese momento, fue consciente de las miradas asombradas de los jinetes, que se preguntaban sin lugar a dudas qué era lo que había ocasionado ese impulsivo salto. De buenas a primeras, captó por el rabillo del ojo una mancha de color oscuro en movimiento y oyó el estruendo de unos cascos al galope. Presa de la confusión, no tuvo tiempo para defenderse ni para protestar cuando fue literalmente arrancada de su montura y arrojada sin miramiento alguno sobre una durísima superficie.
Peter continuó cabalgando unos metros más con Lali colgando impotente sobre sus rígidos muslos antes de detenerse y desmontar con ella en brazos. Lali sintió que la presión de las manos del conde le magullaba los hombros mientras observaba el lívido semblante del hombre, que se encontraba a escasos centímetros de su rostro.
-¿Creyó que podía convencerme de algo con semejante demostración de estupidez? -gruñó él al tiempo que la sacudía brevemente- El uso de mis caballos es un privilegio que concedo a mis invitados, un privilegio que usted acaba de perder. De ahora en adelante, no intente siquiera poner un pie en los establos o yo mismo me encargaré de echarla a patadas de mi propiedad.
Pálida y con una furia que rivalizaba con la del conde, Lali contestó en voz baja y trémula:
-Quíteme las manos de encima, hijo de puta.
Para su entera satisfacción, la joven observó que Peter entornaba los ojos al escuchar el insulto. Pese a que la presión de sus manos no disminuyó ni un ápice, el hombre comenzó a respirar con bocanadas profundas y contenidas, como si le estuviese costando un verdadero esfuerzo no dejarse llevar por la violencia. Cuando la mirada desafiante de Lali se clavó en los ojos de Peter, la muchacha sintió que una potente descarga de energía fluía entre ellos, una especie de impulso físico sin orden ni concierto que la hacía desear golpearlo, hacerle daño, tirarlo al suelo y rodar con él como si se tratara de una riña callejera con todas las de la ley. Ningún hombre había conseguido que se enfureciera hasta ese extremo. Mientras permanecían allí de pie, lanzándose chispas por los ojos y embargados por la hostilidad, el calor que los consumía se incrementó hasta dejarlos sofocados y jadeantes. Tan absortos estaban en su mutuo antagonismo que ninguno fue consciente del grupo de anonadados testigos que se había congregado a su alrededor.
Una sedosa voz masculina rompió el vínculo silencioso y letal que los unía y se abrió paso con maestría a través de la tensión del ambiente.
-Lanzani, si me hubieras dicho que tú mismo protagonizarías un espectáculo semejante, habría venido antes.
-No te metas en esto, St Vincent -le advirtió el conde con voz airada.
-¡Vaya! Ni siquiera se me ocurriría hacerla. Mi intención no era otra que la de felicitarte por la habilidad con la que has manejado la situación. Muy diplomático por tu parte. Elegante, incluso.
El sutil sarcasmo hizo que Peter soltara a Lali con cierta brusquedad. Ella se tambaleó hacia atrás, pero un par de manos ágiles la sujetaron de inmediato por la cintura. Aturdida, alzó la mirada para encontrarse con el distinguido rostro de Sebastián, lord St Vincent, el infame y disoluto seductor. Los rayos del sol que se alzaba en el horizonte despejaron la bruma matinal y arrancaron suaves destellos de color ámbar a los oscuros mechones dorados de St Vincent. Lali lo había visto de lejos en numerosas ocasiones, pero jamás habían sido presentados, ya que el hombre se cuidaba mucho de acercarse a la hilera de floreros en todos los bailes a los que asistía. A cierta distancia, su figura resultaba impresionante. De cerca, la exótica belleza de su rostro era casi pasmosa. Ese hombre tenía los ojos más extraordinarios que Lali hubiese contemplado jamás, de un azul pálido y con expresión felina, estaban rodeados por abundantes pestañas oscuras y coronados por un par de cejas de color castaño. Sus rasgos eran fuertes pero elegantes y su piel resplandecía como el bronce que ha sido bruñido durante horas con suma paciencia. En contra de lo que Lali habría esperado, St Vincent parecía algo perverso, pero no del todo depravado y su sonrisa consiguió filtrarse a través del velo de furia de la joven para arrancarle una sonrisa de cosecha propia. Poseer tal cantidad de encanto tendría que haber sido ilegal.
St Vincent desvió la mirada hacia el rostro tenso de Peter y, con una ceja alzada, le preguntó a la ligera:
-¿Puedo escoltar a la culpable de regreso a la mansión, milord? El conde hizo un gesto afirmativo.
-Apártala de mi vista-, antes de que me vea obligado a decir algo de lo que me pueda arrepentir después.
-Venga, dígalo-replicó Lali, presa de la irritación.
Peter se acercó a ella con expresión amenazadora.
St Vincent se aprestó a colocar a Lali a sus espaldas de inmediato.
-Lanzani, tus invitados están esperando y, aunque me consta que están disfrutando de un drama tan fascinante, los caballos comienzan a ponerse nerviosos.
El conde pareció entablar una breve pero salvaje lucha con su autodisciplina antes de conseguir enmascarar sus emociones tras un semblante impasible. Con un gesto de la cabeza, indicó en silencio a St Vincent que se llevara a Lali de allí.
-¿La llevo en mi propio caballo? -preguntó el hombre de modo cortés.
-¡No, maldita sea! -fue la gélida respuesta de Peter- Puede ir andando hasta la casa sin ningún problema.
De inmediato, St. Vincent hizo un gesto hacia uno de los mozos de cuadra para que se encargara de los dos caballos abandonados. Tras ofrecer el brazo a una Lali que echaba humo por las orejas, la miró con un brillo alegre en sus ojos claros.
-Me temo que acaban de condenarla a las mazmorras -informó a Lali-. Y tengo toda la intención de estirarle los pulgares en persona.
-Prefiero que me torturen a tener que soportar la presencia de Peter - replicó Lali al tiempo que se recogía la falda y la abotonaba para poder caminar.
Habían comenzado a alejarse cuando la espalda de Lali se puso rígida al oír la voz del conde.
-Puedes hacer un alto en la fresquera. La señorita necesita enfriarse.
Mientras luchaba por poner en orden sus emociones, Peter observó a Lali Esposito con una mirada que debería haber chamuscado la espalda de su traje de montar. Por regla general, no le resultaba difícil retraerse de cualquier situación para poder analizarla de modo objetivo. No obstante, en los últimos minutos, todo rastro de autocontrol había estallado en pedazos.
Cuando Lali había cabalgado en actitud desafiante hacia el obstáculo, Peter había visto se pérdida momentánea de equilibrio - algo potencialmente desastroso en una silla lateral- y ese instante en el que había creído que la joven se caería del caballo le había dado un susto de muerte. A esa velocidad, Lali bien podría haberse partido el cuello o la columna. Y él no había podido hacer otra cosa que observarla con impotencia. El pánico lo había dejado helado y le había provocado una oleada de náuseas. Cuando la pequeña idiota consiguió regresar al suelo a salvo, el miedo se había transformado en una ira incandescente. No fue consciente de que se acercaba a ella, pero, de pronto, ambos se encontraban en el suelo y la tenía agarrada por esos delgados hombros. En ese instante lo único que había deseado era aplastarla entre sus brazos en un paroxismo de alivio y besarla... para después descuartizarla con sus propias manos.
El hecho de que su seguridad significara tanto para él era... algo sobre lo que no quería reflexionar.
Con el ceño fruncido, Peter se acercó al muchacho que sujetaba las riendas de Brutus y se las quitó de las manos. Sumido en sus sombrías meditaciones, apenas fue consciente de que Simón Hunt había aconsejado discretamente a los invitados que comenzaran a saltar los obstáculos sin necesidad de esperar a que el conde los precediera.
Con el rostro inexpresivo, Simón se acercó a él a lomos de su caballo.
-¿Vas a cabalgar? -le preguntó con voz serena.
Como respuesta, Peter se encaramó a su montura y chasqueó la lengua con suavidad cuando Brutus se movió inquieto bajo él.
-Esa mujer es insoportable--refunfuñó al tiempo que retaba con la mirada a Hunt a que se atreviera a contradecirlo.
-¿Tenías la intención de aguijonearla para que ejecutara ese salto?--volvió a preguntarle Hunt.
-Le ordené que hiciera justamente lo contrario. Supongo que me oirías.
-Sí, como todos los demás -replicó Hunt con sequedad-. Mi pregunta hace referencia a tus tácticas, Peter. Es obvio que una mujer como la señorita Esposito requiere de médicos mucho más sutiles que una orden directa. Además, te he visto en la mesa de negociaciones y sé que nadie puede rivalizar con tus poderes de persuasión salvo, quizá, Shaw. De habértelo propuesto, podrías haberla engatusado y halagado para conseguir que te hiciera caso en menos de un minuto. En lugar de eso, fuiste tan sutil como un mazazo en tu intento de imponerte como su amo y señor.
-Hasta ahora, no me había percatado del don que tienes para las hipérboles- musitó Peter.
-Y ahora- prosiguió Hunt sin perder la calma- acabas de arrojarla a las compasivas garras de St Vincent. Dios sabe que lo más probable es que la despoje de su virtud antes de llegar siquiera a la mansión.
Peter le lanzó una mirada cortante, si bien la abrasadora furia que lo consumía comenzaba a transformarse en una repentina preocupación.
-No se atrevería.
-¿Por qué no?
-Porque ella no es de su estilo.
Hunt soltó una breve carcajada.
-¿Es que St. Vincent tiene preferencia por algún estilo en concreto? No me había dado cuenta de que las presas a las que da caza compartieran similitud alguna aparte del hecho de ser mujeres. Morenas, rubias, rollizas, delgadas... Parece bastante imparcial en sus devaneos.
-Hijo de puta- exclamó Peter entre dientes tras experimentar, por primera vez en su vida, el doloroso aguijonazo de los celos.

Lali se concentraba en poner un pie delante del otro cuando lo único que quería hacer era darse la vuelta, buscar a Peter y arrojarse sobre él para darle una paliza en toda regla.
-Ese arrogante y pomposo zoquete...
-Tranquila -escuchó que St Vincent le decía en voz baja- Peter está de un humor de perros... y, a decir verdad, no me gustaría tener que pelear con él para defenderla. Podría vencerle con los ojos cerrados si nos batimos a espada, pero no con los puños.
-¿Por qué?- preguntó Lali en un murmullo-. Su brazo es más largo que el del conde.
-Pero él posee el gancho de derecha más brutal que he visto en la vida. Y yo tengo la desafortunada costumbre de protegerme la cara... lo cual suele dejar mi estómago indefenso ante los puñetazos.
La desmesurada presunción que se ocultaba tras una afirmación semejante arrancó una carcajada a Lali. A medida que la furia se disipaba, cayó en la cuenta de que con un rostro como el de ese hombre nadie se atrevería a culparlo por el hecho de desear protegerlo
-¿Ha peleado a menudo con el conde?--le preguntó ella.
-No desde que estábamos en la escuela. Peter lo hacía todo con demasiada perfección y yo me veía obligado a retarlo de vez en cuando para asegurarme de que su vanidad no alcanzaba límites excesivos. Por aquí... ¿Le apetece que tomemos un camino mucho más pintoresco a través de los jardines?
Lali dudó un instante al recordar las numerosas historias que había oído sobre ese hombre.
-No estoy segura de que fuera una decisión acertada.
St. Vincent sonrió.
-¿y si le prometo por mi honor que no me tomaré libertad alguna con usted?
Tras considerarlo un instante, accedió.
-En tal caso, está bien.
St. Vincent la guió a través de un frondoso bosquecillo, a lo largo de un camino de gravilla que se encontraba a la sombra de una hilera de añosos tejas.
-Es muy probable que debiera advertirle que, puesto que mi sentido del honor está completamente arruinado, cualquier promesa que haya hecho carece de valor alguno -comentó él con despreocupación.
-En ese caso, debería advertirle de que mi gancho de derecha es diez veces más brutal que el de Peter.
El hombre sonrió.
-Dígame, querida, ¿cuál es la causa de tanta hostilidad entre usted y el conde?
Sorprendida por el uso del apelativo cariñoso, Lali pensó por un momento en reprenderlo, pero decidió dejarlo pasar; después todo, había sido un detalle que el hombre abandonara su cabalgada matutina para acompañarla de vuelta a la mansión
-Me temo que fue un caso de odio a primera vista -replicó Lali- . Yo creo que Peter es un patán lleno de prejuicios y él me considera una mocosa de mal carácter. -Se encogió de hombros-.Tal vez ambos tengamos razón.
-Yo creo que ninguno de los dos la tiene -murmuró St Vincent.
-Bueno, a decir verdad... tengo algo de mocosa de mal carácter-admitió Lali.
Los labios del hombre se curvaron en una muestra de humor mal reprimido.
-¿Es eso cierto?
Ella asintió con la cabeza.
-Me gusta salirme con la mía y me enfurezco bastante cuando no lo logro. De hecho, me han dicho con bastante frecuencia que mi carácter es muy similar al de mi abuela, que trabajó de lavandera en los muelles.
St. Vincent pareció encontrar graciosa la idea de que estuviera emparentada con una lavandera.
-¿Estaba muy unida a su abuela?
-Bueno, era una anciana formidable y la quería mucho. Era capaz de soltar los insultos más atroces, tenía una energía inagotable y solía decir cosas que le harían reír hasta que le doliera el estómago. ¡Vaya! Perdón... Creo que se supone que no debo mencionar la palabra «estómago» delante de un caballero.
-Estoy consternado- replicó St Vincent con gravedad-. Pero me recuperaré. -Tras mirar a su alrededor para asegurarse de que nadie los escuchaba, le susurró con un gesto confidencial- En realidad, no soy un caballero, ¿sabe?
-Usted es un vizconde, ¿no es cierto?
-Eso no quiere decir que tenga que ser un caballero. Usted no conoce a fondo a la aristocracia, ¿verdad?
-Creo que ya la conozco más de lo que me gustaría.
St. Vincent le dedicó una extraña sonrisa.
-Y yo que pensaba que estaba decidida a casarse con uno de nosotros... ¿Me equivoco o no son usted y su hermana pequeña un par de princesas del dólar traídas desde las colonias con el fin de atrapar un par de maridos con título?
-¿Las “colonias”?-repitió Lali con una sonrisa amonestanadora-. En caso de que no se haya enterado, milord, fuimos nosotros los que ganamos la revolución.
-¡Vaya! Ese día se me debió de olvidar leer el periódico. Pero en respuesta a mi pregunta...
-Sí -contestó Lali, un poco ruborizada-. Nuestros padres nos trajeron con el fin de buscar marido. Quieren introducir un poco de sangre azul en nuestro árbol genealógico.
-¿Es eso lo que usted desea?
-Lo único que deseo hoy es «derramar» un poco de sangre azul-murmuró, pensando en Peter.
-Menuda fierecilla es usted-replicó St Vincent, entre carcajadas-. Compadezco a Peter si se atreve a molestarla de nuevo. De hecho, creo que debería advertirle... -La frase quedó en el aire cuando vio el repentino dolor que se reflejó en el rostro de Lali y oyó la honda inspiración de la muchacha.
Un dolor agudo atravesó el muslo derecho de Lali y se habría caído al suelo de no ser por la ayuda de St Vincent, que le rodeó la cintura con un brazo.
-¡Maldición!--exclamó con voz trémula mientras se aferraba el muslo con una mano. Un espasmo recorrió el músculo y la obligó a gemir entre dientes-. Maldición, maldición...
-¿Qué le ocurre? -preguntó St Vincent, que la obligó a sentarse en el suelo sin pérdida de tiempo-. ¿Tiene un calambre?
-Sí... -Pálida y temblorosa, Lali se agarró la pierna con una expresión de pura agonía en el rostro-. ¡Por Dios, cómo duele!
El hombre se inclinó sobre ella con el ceño fruncido a causa de la preocupación. El apremio tiñó su voz queda.
-Señorita Esposito... ¿Sería posible que olvidara por un instante todo lo que ha escuchado acerca de mi reputación? ¿Lo justo para permitir que la ayude?
Lali, que lo miraba con los ojos entrecerrados, no distinguió otra cosa en su semblante que el deseo honesto de aliviar su dolor, de modo que asintió.
-Buena chica -musitó el vizconde antes de colocar el trémulo cuerpo de Lali en una posición medio sentada. Mientras deslizaba la mano bajo sus faldas con habilidad, comenzó a hablar sin pérdida de tiempo con de fin de distraerla- No será más que un momento. Le ruego a Dios que nadie pase por aquí y sea testigo de esto... porque parece una situación de lo más comprometedora. Y dudo mucho que aceptasen la típica y conocida excusa del calambre en la pierna.
-No me importa-jadeó ella-. Lo único que quiero es que lo haga desaparecer.
Lali sintió que la mano del hombre se deslizaba suavemente por su pierna y la calidez de la piel masculina se filtró a través del liviano tejido de sus pololos mientras St Vincent buscaba el músculo acalambrado.
-Aquí está. Aguante la respiración, cariño.
Lali obedeció y sintió cómo le frotaba con fuerza el músculo con la palma de la mano. El repentino aguijonazo de dolor que sintió en la pierna estuvo a punto de hacerla gritar. No obstante, el dolor disminuyó de improviso y el alivio la dejó exhausta.
Tras apoyarse contra el brazo del hombre, Lali dejó escapar un prolongado suspiro.
-Gracias. Ya me siento mucho mejor.
Los labios de St Vincent esbozaron una débil sonrisa al tiempo que volvía a colocarle las faldas con destreza sobre las piernas.
-Ha sido un placer.
-Es la primera vez que me pasa algo así--murmuró Lali, que había comenzado a flexionar la pierna con precaución.
-Sin duda, ha sido la consecuencia de su hazaña en la silla de montar. Debe de haber sufrido un tirón en el músculo.
-Sí-El rubor tiñó sus mejillas cuando se vio forzada a admitir- No estoy acostumbrada a saltar en una silla de amazona. Sólo lo he hecho montando a horcajadas.
La sonrisa del hombre se ensanchó levemente.
-Qué interesante... -musitó-. A todas luces, mis experiencias con las muchachas americanas han sido en exceso limitadas. No me había dado cuenta de que podían llegar a ser tan deliciosamente pintorescas.
-Yo soy más pintoresca que la mayoría... -confesó ella con timidez
El vizconde esbozó una sonrisa al escucharlo.
-Por mucho que me agrade estar aquí sentado hablando con usted, dulzura, será mejor que la acompañe de vuelta a la casa si ya es capaz de ponerse en pie. No le hará ningún favor pasar mucho tiempo conmigo a solas. -Se levantó con facilidad y le tendió una mano para ayudarla a incorporarse.
-Por lo que parece, me ha hecho un favor enorme--replicó Lali, que le tendió la mano para permitir que la levantara.
St. Vincent le ofreció el brazo como apoyo y la observó mientras ella comprobaba si el dolor había desaparecido o no.
-¿Se encuentra mejor?
-Sí, gracias--contestó Lali al tiempo que se aferraba a su brazo-. Ha sido muy amable, milord.
Él la miró con un extraño brillo en esos pálidos ojos azules.
-No soy amable, querida. Sólo me porto bien con las persona cuando planeo aprovecharme de ellas.
Lali le respondió con una sonrisa despreocupada antes de atreverse a preguntar:
-En ese caso, ¿corro algún peligro en su compañía, milord?
Si bien las facciones del hombre permanecieron relajadas a causa del buen humor, sus ojos adquirieron una expresión intensa e inquietante.
-Me temo que sí.
-Mmm...--Lali estudió las marcadas líneas de su perfil y pensó que, pese a todas las amenazas, St Vincent no se había aprovechado de su indefensión poco antes-. Es usted terriblemente franco acerca de sus aviesas intenciones... y eso hace que me pregunte si de verdad tendría que preocuparme.
La única respuesta que obtuvo Lali fue una enigmática sonrisa

Tras separarse de lord St Vincent, Lali ascendió las escaleras que llevaban a la amplia terraza trasera, donde resonaban las carcajadas de una animada charla femenina. Había diez jovencitas al rededor de una de las mesas, embelesadas con algún tipo de juego o de experimento. Estaban inclinadas sobre una hilera de vasos llenos de distintos líquidos mientras una de ellas, que tenía los ojos cubiertos por un pañuelo, metía un dedo en uno de los vasos. Fuera cual fuese el resultado, hizo que todas las demás chillaran y se echaran a reír. Cerca de allí, un grupo de viudas observa a las jóvenes con risueño interés.
Lali vio a su hermana en el grupo y caminó hacia ella.
-¿Qué es todo esto?-le preguntó.
Daisy se dio la vuelta y la miró con la sorpresa pintada en el rostro.
-Lali-murmuró al tiempo que le pasaba un brazo por la cintura-. ¿Por qué has vuelto tan temprano, querida? ¿Has tenido alguna dificultad con el circuito de obstáculos?
Lali la alejó un tanto del grupo mientras el juego seguía su curso.
-Algo así -contestó con aspereza y procedió a relatarle los acontecimientos de la mañana.
Los ojos oscuros de Daisy se abrieron de par en par por la inquietud.
-¡Dios Santo! -exclamó en voz baja-. No puedo imaginarme a lord Lanzani perdiendo los papeles de ese modo... Y, en cuanto a ti... ¿En qué estabas pensando cuando permitiste que lord St Vincent se tomara semejantes libertades?
-Me dolía mucho-susurró Lali a la defensiva-. No podía pensar. Ni siquiera podía moverme. Si alguna vez sufres un calambre muscular, te enterarás de lo doloroso que resulta.
-Preferiría que me cortaran la pierna antes que permitir que alguien como lord St Vincent se acercara a mí -replicó Daisy entre dientes. Tras detenerse para considerar la situación, le resultó imposible refrenar su curiosidad y preguntó-: ¿Cómo fue?
Lali reprimió una carcajada.
-¿Cómo quieres que lo sepa? Para cuando dejó de dolerme la pierna, St Vincent ya había retirado la mano.
-¡Diantres!--exclamó la pequeña de las Esposito con el ceño levemente fruncido-. ¿Crees que se lo dirá a alguien?
-No sé por qué, pero creo que no lo hará. Parece un caballero, pese a su empeño en afirmar lo contrario.-Lali adoptó una expresión airada al añadir-: Desde luego, hoy ha sido mucho más caballero que Peter.
-Ya... ¿Cómo pudo saber que no se te daba muy bien montar en una silla de amazona? Lali la miró sin resentimiento alguno.
-No te hagas la idiota, Daisy. Resulta evidente que Annabelle se lo dijo a su marido, quien, a su vez, se lo comentó a Peter.
-Espero que no te enfades con Annabelle por esto. Su intención no fue que la situación acabara tal y como lo ha hecho.
-Debería haber mantenido la boca cerrada -refunfuñó Lali.
-Tenía miedo de que sufrieras una caída si saltabas en esa silla
Todas lo temíamos.
-¡Bueno, pues yo no!
-Pues deberías haberlo tenido.
Lali dudó un instante y su expresión se relajó al admitir:
-Sin duda alguna, habría acabado por asustarme en un momento dado.
-En ese caso, ¿no te enfadarás con Annabelle?
-Por supuesto que no-contestó Lali-. No sería justo culparla por el comportamiento animal de Peter.
Con un alivio palpable, Daisy la apremió a regresar junto a la concurrida mesa.
-Ven, querida, debes jugar a esto. Es un poco tonto, pero bastante divertido.
Las chicas, todas ellas solteras y de edades comprendidas entre los quince y los veintitantos años, se apartaron un poco para deja sitio a las Esposito. Mientras Daisy le explicaba las reglas, a Evie le taparon los ojos y las otras chicas procedieron a cambiar la posición de los cuatro vasos.
-Como puedes ver-prosiguió Daisy-, hay un vaso lleno con agua jabonosa, otro con agua limpia y otro con agua azul de la lavandería. El último, por supuesto, está vacío. Los vasos predicen con qué tipo de marido te casarás.
Todas observaron cómo Evie palpaba con cuidado uno de los vasos. Tras hundir el dedo en el vaso de agua jabonosa, esperó a que le retiraran la venda de los ojos y observó el resultado con cierto embarazo mientras las restantes chicas estallaban en carcajadas.
-Como ha elegido el vaso de agua jabonosa, significa que acabará casada con un hombre pobre-explicó Daisy
Después de secarse los dedos, Evie exclamó con jovialidad:
-Su-supongo que el simple hecho de saber que voy a ca-casarme es motivo de alegría.
La siguiente muchacha esperó con una sonrisa mientras le vendaban los ojos y cambiaban los vasos de posición. Palpó los recipientes de cristal y estuvo a punto de tirar uno en el proceso antes de hundir los dedos en el agua azulada. Su elección pareció satisfacerla bastante.
-El agua azul significa que va a casarse con un artista de renombre -informó Daisy a su hermana-. ¡Eres la siguiente!
Lali le lanzó una mirada elocuente.
-Tú no crees en estas cosas, ¿verdad?
-¡Vamos, no seas tan cínica y diviértete! -Daisy cogió la venda y se puso de puntillas para colocarla alrededor de la cabeza de Lali.
Privada de la visión, permitió que la guiaran hasta la mesa. Al escuchar los grititos de ánimo de las muchachas que la rodeaban no pudo reprimir una sonrisa. Escuchó el ruido de los vasos mientras alguien los movía frente a ella y esperó con los brazos extendidos hacia delante.
-¿Qué pasa si elijo el vaso vacío? -preguntó.
Escuchó la voz de Evie, muy cerca de su oído.
-¡Morirás siendo una sol-solterona! -exclamó, y las demás estallaron en carcajadas.
-Nada de levantar los vasos para comprobar el peso -le advirtió alguien con voz risueña- No puede librarse del vaso vacío si ese su destino.
-En este momento, me gustaría elegir el vaso vacío -replicó Lali, lo que despertó otro nuevo coro de carcajadas.
Tras rozar la superficie lisa de uno de los vasos, deslizó los dedos hasta el borde y, acto seguido, los hundió en el frío líquido. A continuación, todas las chicas prorrumpieron en aplausos y carcajadas, por lo que Lali preguntó:
-¿Yo también voy a casarme con un artista?
-No, has elegido el agua limpia -contestó Daisy-. ¡Un marido rico y apuesto viene a por ti, querida!
-¡Caramba! Qué alivio... -dijo Lali con voz desdeñosa al tiempo que se bajaba la venda de los ojos para mirar por encima del borde del tejido-. ¿Ahora te toca a ti?
Su hermana menor negó con la cabeza.
-Yo fui la primera. Golpeé uno de los vasos dos veces y organicé un desastre horrible.
-¿Y eso qué quiere decir, que no vas a casarte?
-Quiere decir que soy torpe-contestó Daisy con voz alegre-. Aparte de eso, ¿quién sabe? Tal vez mi futuro no esté decidido todavía. Las buenas noticias son que tu esposo parece estar de camino.
-Si es así, ese bastardo se está retrasando bastante-fue la cortante respuesta de Lali, que hizo estallar en carcajadas tanto a Daisy como a Evie.
continuara...