Bueno les vengo a informar que estoy leyendo una novela BASTANTE interesante y que posiblemente sea la que suba se llama el señor de la guerra si alguien ya subio la version adaptada les pido que me avisen asi no gasto mi tiempo... Besos
Vane
lovelaliterfic
miércoles, 23 de enero de 2013
martes, 22 de enero de 2013
Informacion Importante
La adaptacion anterior es de un libro De Lisa Kleypas, Posiblemente suba algun otro libro suyo ya que me gusta como escribe pero no lo se lo que si se es que voy a seguir subiendo y no me voy a volver a colgar como la ultima vez que fueron como 7 meses, tambien me gustaria que dejen comentarios para saber que no estoy sola ya que se que leen por que veo las entradas pero me gustaria confirmarlo besos ....Vane
Epilogo de Sucedio En Otoño
A la honorable condesa de Lanzani Lanzani Terrace, Upper Brook Street, nº, 2 Londres.
Querida lady Lanzani:
Ha sido a la vez un honor y una agradable sorpresa para mí recibir su carta. Permítame que le exprese mis felicitaciones por su reciente matrimonio. Pese a que afirma con modestia ser usted la única beneficiada por su reciente unión con lord Lanzani, debo tomarme la libertad de disentir. Tras haber tenido la suerte de conocerla, puedo asegurar que el gran beneficiado ha sido el conde al conseguir la mano de una dama tan encantadora y de modales tan exquisitos...
- ¿Encantadora? - interrumpió Daisy con sequedad-. Qué poco te conoce.
-Y de modales exquisitos -le recordó Lali con indisimulada altanería antes de volver a fijar su mirada en la carta del señor Nettle-. Y continúa: «Tal vez si su hermana pequeña se pareciera más a usted, también podría encontrar alguien con quien casarse.»
-¡Te lo estas inventando! -exclamó Daisy, que se inclinó sobre una otomana e intentó aferrar la carta al tiempo que Lali se defendía con una estridente carcajada.
Annabelle, que estaba sentada en una silla cercana, sonrió por encima del borde de la taza de té mientras tomaba un sorbo de la infusión en un intento por asentar su estómago. Ya les había confesado que tenía la intención de contarle a su esposo esa misma tarde que estaba embarazada, puesto que cada vez le resultaba más difícil ocultar su estado.
Las tres estaban en uno de los salones de Lanzani Terrace. Unos cuantos días antes, Lali y Peter habían regresado a Hampshire tras su «matrimonio furtivo», tal y como se conocían esos asuntos en Gretna Green. Lali había agradecido en silencio que la condesa hubiera desaparecido de la propiedad, al igual que todo rastro de su presencia. La condesa viuda, se corrigió Lali, que se ponía bastante nerviosa cada vez que se acordaba de que era ella quien ostentaba en esos momentos el título de condesa de Lanzani. Peter no había tardado mucho en llevarla a Londres, puesto que tenía que supervisar los trabajos que se estaban llevando a cabo en la fundición junto con el señor Hunt, además de atender otros asuntos de negocios. En cuestión de días, y tras haber organizado los planes con la mayor de las prisas, los Lanzani se marcharían de luna de miel a Italia... lo más lejos posible de Mercedes Esposito, que no había dejado de quejarse por el hecho de que la hubieran privado de la gran boda que siempre había soñado para su hija.
-Daisy, quítate de encima -gritó Lali con afabilidad al tiempo que empujaba a su hermana pequeña-. Lo admito, me he inventado esa última parte. Deja de hacer eso, vas a romper la carta. ¿Por dónde iba?
Tras asumir la expresión de dignidad que se le suponía a la esposa de un conde, Lali volvió a levantar la carta y leyó con aires de importancia.
-El señor Nettle continúa con su larga lista de encantadores cumplidos y me desea que sea feliz con la familia Lanzani...
- ¿Le dijiste que tu suegra intentó deshacerse de ti? - preguntó Daisy.
-Y, para terminar -continuó Lali, haciendo caso omiso de su hermana-, responde a mi pregunta sobre el perfume.
Las otras dos jóvenes la miraron con sorpresa. Los ojos de Annabelle se abrieron como platos por la curiosidad.
- ¿Le preguntaste cuál era el ingrediente secreto?
-Por el amor de Dios, ¿cuál era? -exigió saber Daisy-. ¡Dímelo! ¡ Dímelo!
-Puede que os decepcione un poco la respuesta -dijo Lali, víctima de una repentina timidez-. De acuerdo con el señor Nettle, el ingrediente secreto es... ninguno.
Daisy pareció indignada.
- ¿No hay ingrediente secreto? ¿No es una poción de amor de verdad? ¿Me he estado embadurnando en esa cosa para nada?
-Vaya leer lo que dice: «Tenía la esperanza de que si usted se atrevía a creer un poco en la magia ésta podría conferirle la suficiente confianza como para atraer al candidato adecuado. El éxito que ha obtenido al atrapar el corazón de lord Lanzani es el resultado de su propio encanto y, de hecho, el ingrediente adicional de la fragancia no era más que usted misma...» -Tras dejar la carta en su regazo, Lali sonrió al contemplar el semblante irritado de su hermana- . Pobre Daisy. Siento que no hubiera magia, después de todo.
-¡Diantres! -masculló Daisy-. Tendría que haberlo imaginado.
-Lo más extraño es que Lanzani sí que lo sabía -añadió Lali pensativa-. La noche que le hablé del perfume, me dijo que sabía a ciencia cierta cuál era el ingrediente secreto. Y esta mañana antes de que le enseñara la carta del señor Nettle, me dio su respuesta... que ha resultado ser correcta. -Una lenta sonrisa le ilumino el rostro-. Ese arrogante sabelotodo... -murmuró con cariño.
-Espera a que se lo diga a Evie -comentó Daisy-. Se sentirá tan disgustada como yo.
Annabelle la miró con unas cuantas arrugas en su hermosa frente.
- ¿Todavía no ha contestado a la carta que le enviaste, Daisy?
-No. La familia de Evie la mantiene encerrada a cal y canto de nuevo. Dudo de que le dejen enviar o recibir cartas. Y lo que más me preocupa es que, antes de que se marcharan de Stony Cross Park, su tía no dejaba de soltar indirectas acerca de que el compromiso con el primo Eustace era casi un hecho. Las otras dos jóvenes gruñeron.
-Por encima de mi cadáver -juró Lali con fiereza-. ¿Sois conscientes de que tendremos que utilizar medidas extremas si queremos librar a Evie de los grilletes familiares y encontrarle un buen partido?
-Y lo haremos -fue la confiada réplica de Daisy-. Créeme, querida, si pudimos encontrarte un marido a ti, podremos hacer cualquier cosa.
-Ahora sí que te la has ganado -dijo Lali, que saltó del asiento y comenzó a avanzar de forma amenazadora hacia su hermana con un cojín en alto.
Con una risilla, Daisy se escondió tras el primer mueble que encontró y le gritó:
- ¡Recuerda que ahora eres una condesa! ¿Dónde está tu dignidad?
-He debido de perderla en algún sitio -informó Lali antes de lanzarse a la alegre persecución.
Mientras tanto...
-Lord St. Vincent, hay una visita en la puerta. Le he informado de que no se encuentra en casa, pero insiste en verlo.
La biblioteca estaba helada y a oscuras, salvo por la débil luz que provenía de los rescoldos de la chimenea. El fuego no tardaría en extinguirse... y, sin embargo, Sebastián parecía incapaz de moverse lo justo para añadir otro leño, a pesar de que la pila estaba al alcance 'de su mano. Aunque la casa entera hubiera estallado en llamas, no hubiera bastado para calentarlo. Se encontraba vacío y entumecido, como un cuerpo sin alma, y se enorgullecía de ello. Requería un talento especial que un hombre alcanzara su actual estado de depravación.
- ¿A estas horas? -murmuró Sebastián con actitud desinteresada mientras clavaba la vista en la copa de cristal tallado llena de brandy que sostenía en la mano para no mirar a su mayordomo.
Se entretenía en girar el pie de la copa entre sus largos dedos, Lo que quería esa desconocida no era ningún misterio. A pesar de que no había previsto plan alguno para esa noche, Sebastián se dio cuenta de que, por una vez, no estaba de humor para acostarse con nadie.
-Deshazte de ella -ordenó con frialdad-. Dile que mi cama ya está ocupada.
-Sí, milord.
El mayordomo se marchó y Sebastián se recostó de nuevo en el sillón, estirando las largas piernas por delante de su cuerpo.
Apuró el brandy de un sorbo mientras meditaba sobre su problema más acuciante: el dinero... o, más bien, la falta de él. Sus acreedores se estaban volviendo cada vez más agresivos y no podía seguir ignorando la gran cantidad de deudas que había contraído. Puesto que sus esfuerzos por conseguir la fortuna que tanto necesitaba mediante un matrimonio con Lali Esposito habían fracasado, tendría que conseguir el dinero de alguna otra persona. Conocía a algunas mujeres ricas que podrían concederle un préstamo a cambio de los favores personales que tan bien se le daban. Otra opción sería...
- ¿Milord?
Sebastián levantó la vista, ceñudo.
-Por el amor de Dios, ¿y ahora qué?
-La mujer no se marchará, milord. Insiste en verlo.
St. Vincent dejó escapar un suspiro exasperado.
-Si tan desesperada está, dile que pase. Aunque será mejor que le adviertas que lo único que va a conseguir de mí esta noche es un revolcón rápido y una despedida todavía más rápida.
Una voz joven y nerviosa resonó a las espaldas del mayordomo, lo que reveló el hecho de que la persistente visitante lo había seguido.
-Eso no es precisamente lo que yo tenía en mente.
La mujer rodeó al criado y entró en la estancia, oculta en el interior de un abrigo con capucha.
Obedeciendo la orden implícita en los' ojos de. Sebastián, el mayordomo se retiró y los dejó a solas.
Sebastián apoyó la cabeza en el respaldo del sillón y observó a la misteriosa dama con mirada desapasionada. Se le pasó por la mente la extraña idea de que tal vez llevara una pistola bajo el abrigo. Quizá fuera una de las muchas mujeres que habían amenazado con matarlo en el pasado... una que por fin había reunido el valor para llevar a cabo su juramento. Le importaba un bledo. Él mismo le daría permiso para que le disparara, siempre que lo hiciera como era debido y no lo estropeara todo con una chapuza. Permaneció relajado contra el respaldo del sillón y murmuró:
-Quítese la capucha.
Ella alzó una mano delgada y pálida para obedecer. La capucha se deslizó sobre un cabello tan rojo que eclipsaba los rescoldos del fuego.
Sebastián sacudió la cabeza con asombro cuando reconoció a la joven. Se trataba de esa ridícula criatura de la fiesta en Stony Cross Park. Una chiquilla tímida y tartamuda que, con su cabello rojo y su voluptuosa figura, podría convertirse en una compañía agradable siempre que mantuviera la boca cerrada. En realidad, nunca habían hablado. La señorita Jenner, recordó... aunque nunca se había preocupado por averiguar su nombre de pila; y si lo había hecho, lo había olvidado nada más escucharlo. La muchacha tenía los ojos más grandes y redondos que hubiera visto jamás, como los ojos de una mu-ñeca de cera... o los de una niñita. La mirada de la señorita Jenner vagó con lentitud por su rostro, sin dejar de advertir los moratones que aún le quedaban como recuerdo de la pelea con Lanzani.
Estúpida, pensó Sebastián con desprecio, preguntándose si habría ido allí para reprenderlo por haber secuestrado a su amiga. No. Ni siquiera ella podría ser tan tonta como para arriesgar su virtud y, hasta donde ella sabía, su propia vida al presentarse sola en su casa. - ¿Ha venido a la guarida del diablo, querida? -preguntó.
Ella se acercó con expresión decidida y, sorprendentemente, sin rastro de miedo.
-Usted no es el diablo. No es más que un hombre. Uno con bas-bastantes defectos.
Por primera vez en muchos días, Sebastián sintió el leve impulso de sonreír. Una llama de renuente interés se avivó en él.
-Sólo porque el rabo y los cuernos no se vean, niña, no significa que deba descartar esa posibilidad. El diablo se oculta bajo muchos disfraces.
-Pues entonces estoy aquí para hacer un trato, como Fausto. -Hablaba muy despacio, como si tuviera que pensar cada palabra antes de pronunciarla-. Tengo una propuesta para usted, milord.
Y se acercó al fuego, emergiendo de las sombras que los rodeaban a ambos.
Capitulo 24 Final
A pesar del miedo y la preocupación, los efectos residuales del éter hicieron que Lali durmiera sentada en el carruaje, con la cabeza apoyada sobre el acolchado terciopelo de uno de los laterales. Fue el cese del movimiento lo que la despertó. Le dolía la espalda y tenía los pies fríos y entumecidos. Mientras se frotaba los doloridos ojos, se preguntó si lo habría soñado todo. Deseaba despertar en la silenciosa y pequeña habitación de Stony Cross Park... o, mejor aún, en la espaciosa cama que había compartido con Peter. Al abrir los ojos, vio el interior del carruaje de St. Vincent y se le cayó el alma a los pies.
Le temblaban los dedos cuando estiró la mano para apartar con torpeza la cortinilla de la ventana. La noche estaba cayendo y el sol del atardecer lanzaba sus últimos y desapacibles rayos a través de un pequeño robledal. El carruaje se había detenido frente a una posada que, según el cartel situado a un lado de la entrada principal, se llamaba El Toro y las Fauces. Era un establecimiento grande, con unos establos que podían albergar a unos cien caballos, y que contaba con tres edificios adosados para hospedar a los viajeros que hicieran uso del camino de portazgo principal.
Al notar un movimiento en el asiento contiguo, Lali comenzó a girarse y tensó el cuerpo al sentir que le sujetaban con cuidado las muñecas a la espalda.
- ¿Qué...? -preguntó al tiempo que le ajustaban unos aros de metal alrededor de las muñecas. Tiró de los brazos, pero le resultaba imposible zafarse-. Maldito bastardo -dijo, y la voz le temblaba por la furia-. Cobarde asqueroso. Maldito... -Su voz quedó amortiguada cuando le metieron un trozo de tela en la boca y le ataron una mordaza para asegurado en su lugar.
-Lo siento -le susurró St. Vincent al oído, si bien no parecía en absoluto arrepentido-. No debes tirar de las muñecas, gatita. Lo único que conseguirás será magullártelas sin necesidad. -Sus cálidos dedos se cerraron en torno a los gélidos puños de ella -.Un juguete interesante, éste -musitó al tiempo que pasaba la yema de un dedo bajo el metal para acariciarle la muñeca-. Conozco a algunas mujeres que le tienen mucho cariño. -Giró el cuerpo rígido de ella entre sus brazos y sonrió al ver el furioso desconcierto que reflejaba la expresión de la joven-. Qué inocente... será un enorme placer enseñarte.
Aunque tenía la lengua seca, Lali comenzó a empujar con ella contra la mordaza al tiempo que reflexionaba sobre la criatura hermosa y traicionera que era St. Vincent. Un villano debería tener el pelo negro, estar cubierto de verrugas y ser tan monstruoso por fuera como lo era por dentro. Resultaba una enorme injusticia que a una bestia desalmada como St. Vincent la hubieran bendecido con semejante belleza.
-Regresaré en un instante -le dijo-. No te muevas... e intenta no causar ningún problema.
«Maldito asno pomposo», pensó Lali con amargura cuando una oleada de pánico le provocó un nudo en la garganta. Contempló a St. Vincent sin parpadear mientras él abría la puerta y se alejaba del carruaje. La creciente penumbra del atardecer la envolvió por completo. Obligándose a respirar con regularidad, Lali trató sobreponerse al miedo y pensar. Lo más probable es que llegara un momento, un instante, en el que tuviera una oportunidad de escapar. Sólo tenía que esperar.
Era muy probable que en Stony Cross Park hubieran descubierto su ausencia muchas horas atrás. Ya estarían buscándola… perdiendo el tiempo, preocupándose… y, mientras tanto, la condesa aguardaría en silenciosa complacencia, satisfecha al saber que se había deshecho con habilidad de al menos uno de esos molestos americanos. ¿En qué estaría pensando Peter en esos momentos? ¿Qué estaría...? No, no podía permitirse darle vueltas a esas ideas, porque lo único que había conseguido era que le escocieran los ojos, y no estaba dispuesta a llorar. St. Vincent no tendría la satisfacción de ver ninguna muestra de debilidad por su parte.
Retorció las manos en el interior de las esposas y trató de imaginar qué clase de mecanismo de cierre tendrían; sin embargo, dada la posición en la que se encontraba, resultó del todo inútil. Relajó la espalda contra el asiento y contempló la puerta hasta que ésta se abrió de nuevo.
St. Vincent volvió a subir al carruaje y le hizo un gesto al conductor. El vehículo dio un pequeño salto cuando se puso en marcha en dirección al patio que había tras la posada.
-Dentro de un momento te llevaré arriba, a tu habitación, donde podrás atender tus necesidades. Por desgracia, no tenemos tiempo para cenar, pero te prometo que mañana por la mañana disfrutarás de un desayuno decente.
En cuanto el carruaje volvió a detenerse, St. Vincent la agarró de la cintura y tiró de ella hacia su cuerpo; sus ojos azules resplandecieron al atisbar sus pechos bajo la delgada enagua cuando la parte delantera del vestido se abrió. Tras cubrirla con su abrigo para esconder las esposas y la mordaza, se la echó al hombro.
-Ni se te ocurra forcejear o ponerte a dar patadas -le oyó decir, aunque el sonido de su voz quedaba amortiguado por la capa de paño-. Puede que decida retrasar nuestro viaje para demostrarte con exactitud por qué mis amiguitas encuentran las esposas tan agradables.
Gracias a aquella plausible amenaza de violación, Lali permaneció inmóvil mientras él la sacaba del carruaje y atravesaba el patio trasero de la posada camino a una escalera exterior. Alguien que pasó a su lado debió de interesarse por la mujer que llevaba sobre el hombro, porque el vizconde respondió con una carcajada pesarosa:
-Mi amorcito está un poquito achispada, me temo. Siente cierta debilidad por la ginebra. Le hace ascos al buen coñac francés y se dedica a la ruina blanca, la muy tonta.
Los comentarios arrancaron una sincera carcajada masculina, y Lali comenzó a temblar de furia. Contó el número de escalones que subía St. Vincent... Veintiocho, con un descansillo entre los tramos. Estaban en la planta superior del edificio, que disponía de una puerta de acceso a una hilera de habitaciones interiores. Casi asfixiada bajo el abrigo, Lali trató de adivinar cuántas puertas bajaban atrás mientras St. Vincent avanzaba por el pasillo. Entraron en una de las habitaciones, cuya puerta cerró el vizconde con el pie.
Tras llevar a Lali hasta la cama, la dejó encima con sumo cuidado, le quitó el abrigo y apartó los enredados mechones de caballos que habían caído sobre su rostro sonrojado.
-Quiero asegurarme de que han enganchado un tiro de caballos decente -murmuró el hombre con los ojos brillantes como gemas, e igual de fríos-. No tardaré en volver.
Lali se preguntó si ese hombre habría albergado alguna vez un sentimiento verdadero por algo o por alguien, o si se limitaba a pasar por la vida como un actor sobre el escenario: fingiendo la expresión que precisaba para conseguir sus propósitos. El vizconde vio algo en la mirada inquisitiva de Lali que desdibujó su sonrisa e hizo que sus modales se tornaran prácticos y fríos cuando comenzó a sacar algo del interior del abrigo. Una llave, descubrió ella con una súbita punzada de ansiedad en el pecho. Tras colocarla de lado, St. Vincent abrió las esposas. Lali no pudo reprimir un suspiro de alivio al sentir que sus brazos quedaban libres. Sin embargo, su libertad de movimientos apenas duró unos instantes. El hombre agarró sus muñecas y le sujetó los brazos con exasperante facilidad para levantados hasta los barrotes del cabecera de la cama, con el fin de volver a esposada. Lali trató de que la tarea no le resultara fácil, pero aún no había recuperado las fuerzas.
Tendida en la cama frente a él con los brazos por encima de la cabeza, Lali lo miró con cautela, sin dejar de mover la boca bajo la mordaza. St. Vincent examinó su cuerpo con una mirada insolente con el fin de dejar claro que estaba completamente a su merced.
«Por favor, Señor, no dejes que…», pensó Lali. No apartó la vista de él ni se acobardó, ya que tenía la impresión de que, en parte, se había mantenido a salvo hasta esos momentos gracias a que no le había demostrado miedo. Se le formó un doloroso nudo en la garganta cuando vio que el vizconde levantaba una de sus expertas manos hacia la piel expuesta de la parte superior de su pecho y le acariciaba el borde de la enagua.
-Ojalá tuviéramos tiempo para jugar -dijo con ligereza.
Sin apartar la mirada del rostro de Lali, deslizó los dedos hasta la curva de su pecho y lo acarició hasta que la muchacha sintió que se le endurecía el pezón. Avergonzada y furiosa, Lali respiró con rapidez a través de la nariz.
Muy despacio, St. Vincent apartó la mano y se alejó de la cama. -Pronto -murmuró, aunque no estaba claro si se refería a su regreso del establo de la posada o a sus intenciones de acostarse con ella.
Lali cerró los ojos y escuchó el sonido de sus pasos sobre el suelo. Después, oyó el ruido de la puerta al abrirse y cerrarse, seguido del chasquido de la cerradura cuando echó la llave desde fuera. Sin dejar de retorcerse sobre el colchón, Lali estiró el cuello para echar un vistazo a las esposas que la sujetaban a la cama. Estaban hechas de acero, unidas por una cadena y tenían grabadas las palabras: «Higby-Dumfries N.O 30. Acero garantizado. Manufactura británica.» Cada manilla poseía un cierre y un gozne individual; estaban unidas a la cadena con unas lengüetas que habían sido insertadas a través de los extremos de los goznes y soldadas al acero de las manillas.
Lali se retorció hasta colocarse en una posición más elevada y consiguió desprender una de las horquillas que aún permanecían en su desarreglado peinado. Enderezó la horquilla, curvó uno de los extremos con un giro de los dedos y lo insertó en la pequeña cerradura en busca de la diminuta palanca interior. El extremo de la horquilla se deslizó en varias ocasiones sobre la palanca, que resultó ser bastante difícil de forzar. Tras soltar una maldición cuando la horquilla se torció a causa de la presión, Lali la sacó, la enderezó y probó una vez más sin dejar de ejercer presión con el dorso de la muñeca contra la parte interna de la manilla. De repente oyó un súbito chasquido y el cierre se abrió.
Se levantó de la cama como impulsada por un resorte y se tambaleó hasta la puerta con las esposas colgando de una muñeca. Se arrancó la mordaza, escupió el guiñapo húmedo de tela y, acto seguido, arrojó ambos trapos a un lado para ponerse a trabajar con la puerta. Con la ayuda de otra horquilla, forzó la cerradura con pasmosa habilidad.
-Gracias a Dios -musitó cuando la puerta se abrió.
Oyó voces y ruidos procedentes de la taberna de la planta de abajo y calculó que las posibilidades de encontrar a un buen samaritano que la ayudara eran mucho más altas en el interior del edificio que en los aledaños del establo, donde los criados y los cocheros trajinaban de un lado para otro. Tras echar un rápido vistazo al pasillo, para asegurarse de que no venía nadie, traspasó el umbral de la puerta.
Consciente del desaliño de sus ropas y de que su corpiño estaba abierto, Lali juntó los extremos del vestido y se apresuró a dirigirse hacia la escalera interior del edificio. El corazón le latía con fuerza en el pecho y la cabeza le iba a estallar por el ruido. La desesperación que la embargaba hacía que se sintiera capaz de cualquier cosa. Al parecer, su cuerpo obedecía a alguna fuerza ajena a su voluntad que lograba que sus pies volaran por las escaleras con un ímpetu temerario.
Tras bajar el último escalón, Lali corrió hacia la estancia principal de la posada. La gente se detuvo a media palabra para volverse a mirada con expresión perpleja. Atisbó una mesa grande y una., cuantas sillas en uno de los rincones, donde había un grupo forma do por cuatro caballeros bien vestidos; sin perder un segundo, Lali corrió hacia ellos.
-Necesito hablar con el posadero -dijo sin más preámbulos-. O con el encargado. Con cualquiera que pueda ayudarme. Necesito...
Se detuvo de golpe al oír que pronunciaban su nombre y miró por encima del hombro, temiendo que St. Vincent hubiera descubierto su huida. Todo su cuerpo se tensó, dispuesto a presentar batalla. Sin embargo, no había ni rastro del vizconde ni asomo alguno de los brillantes reflejos ambarinos de su cabello dorado.
Oyó esa voz de nuevo, un sonido grave que le llegó al alma.
-Lali.
Le temblaron las piernas al ver a un esbelto hombre moreno que se acercaba desde la entrada. «No puede ser», pensó al tiempo que parpadeaba con fuerza para aclararse la visión, que debía de estar jugándole una mala pasada. Se tambaleó un poco cuando se volvió para mirado a la cara.
-Lanzani -susurró y se tambaleó hacia delante.
El resto de la estancia pareció desvanecerse. Peter, cuyo rostro parecía pálido bajo el bronceado, la observaba con una intensidad abrasadora, como si temiera que pudiese desaparecer. Aceleró el paso y, cuando llegó hasta ella, Lali se vio envuelta en un poderoso apretón. La rodeó con los brazos y la sujetó con fuerza contra su pecho.
-Dios mío -murmuró el conde al tiempo que enterraba la cara en su cabello.
-Has venido -musitó Lali, que temblaba de arriba abajo-. Me has encontrado.
No podía creer que fuera posible. Olía a caballo y a sudor, y tenía la ropa helada debido al aire del exterior. Al sentir los temblores que sacudían el cuerpo de la joven, Peter la acurrucó bajo su chaqueta sin dejar de susurrar palabras cariñosas contra su pelo.
-Peter -dijo Lali con voz ronca-. ¿Me he vuelto loca? Dios, por favor, tienes que ser real. No te vayas...
-Estoy aquí. -Su voz sonó grave y estremecida-. Estoy aquí y no vaya irme a ninguna parte. -Se apartó un poco y su mirada azabache la examinó de la cabeza a los pies al tiempo que sus manos inspeccionaban con urgencia todo el cuerpo de Lali-. Mi amor, mi bien... ¿estás herida? -Había encontrado las esposas mientras deslizaba los dedos a lo largo del brazo. Tras levantarle la muñeca, contempló el instrumento metálico con una expresión inescrutable. Respiró hondo y su cuerpo comenzó a estremecerse con una especie de furia primitiva-. Maldita sea, vaya enviado de cabeza al infierno...
-Estoy bien -se apresuró a decide Lali-. No me ha hecho daño.
El conde se llevó la mano de la muchacha a la boca, la besó con fuerza y mantuvo los dedos apretados contra su mejilla. Lali sentía cómo su aliento le golpeaba la muñeca en rápidas sucesiones.
-Lali, ¿te hizo...?
Al leer la pregunta en sus aterrorizados ojos, esas palabras que Peter parecía no atreverse a pronunciar, ella susurró con voz ronca:
-No, no ha sucedido nada. No hubo tiempo.
-Aún así, voy a matarlo. -El tono letal que destilaba su voz hizo que a Lali se le erizara el vello de la nuca. Al darse cuenta de que tenía el corpiño abierto, Peter la soltó el tiempo necesario para quitarse la chaqueta y colocada sobre sus hombros. De pronto, se quedó inmóvil-. Ese olor... ¿qué es?
Lali comprendió que su piel y sus ropas aún retenían la nociva fragancia y vaciló un instante antes de responder:
-Éter -dijo por fin, tratando de que sus temblorosos labios esbozaran una sonrisa tranquilizadora al ver que los ojos de Peter se dilataban hasta convertirse en un par de estanques negros-. No fue tan malo, en realidad. He dormido la mayor parte del día. Aparte de algunas náuseas, no...
De la garganta del conde escapó un gruñido animal mientras la apretaba contra él una vez más.
-Lo siento. Lo siento mucho, Lali, mi amor... ahora estas a salvo. Jamás permitiré que vuelva a ocurrirte nada. Te lo juro por mi vida. Estás a salvo.
Tomó la cabeza de la joven entre sus manos y deslizó los labios sobre los de ella en un beso que fue breve, suave y, pese a todo, tan asombrosamente intenso que ella se sintió mareada. Lali cerró los ojos y se apoyó contra él, temiendo que no fuera real, temiendo despertar de un momento a otro y encontrarse de nuevo con St. Vincent. Peter susurró palabras reconfortantes contra sus labios y mejillas, y la sujetó en un abrazo que parecía suave, pero que ni diez hombres podrían haber deshecho. Al echar un vistazo desde las seguras profundidades de su abrazo, Lali vio la alta figura de Simón Hunt acercándose a ellos.
-Señor Hunt -dijo con cierta sorpresa mientras los labios de Peter recorrían su sien.
Hunt la miró con evidente preocupación,
- ¿Se encuentra bien, señorita Esposito?
Tuvo que retorcerse un poco para zafarse de la tierna exploración de la boca de Peter cuando respondió sin aliento:
-Si, gracias a Dios. Sí. Como puede ver, estoy ilesa.
-Eso supone un alivio indecible -replicó Hunt con una sonrisa-. Su familia y amigos estaban muy preocupados por su ausencia.
-La condesa... -comenzó Lali, pero se detuvo de golpe para tratar de encontrar una manera de explicar la magnitud de la traición que se había llevado a cabo contra Peter. De cualquier forma, al mirado vio la infinita preocupación que reflejaban esos ojos negros y se preguntó cómo podía haber creído alguna vez que ese hombre carecía de sentimientos.
-Sé lo que ocurrió -dijo Peter con suavidad a la par que le alisaba el pelo-. N o tendrás que volver a verla jamás. Cuando lleguemos a Stony Cross Park, ya se habrá marchado.
A pesar de las preguntas y preocupaciones que la embargaban, Lali se sintió abrumada por un súbito cansancio. La pesadilla había llegado a su fin y parecía que, por el momento, no había nada más que pudiera hacer. Aguardó dócilmente, con la mejilla apoyada sobre el firme soporte del hombro de Peter, apenas consciente de la conversación que tenía lugar.
-…Tengo que encontrar a St. Vincent -decía Peter.
-No -replicó Simón Hunt con vehemencia-. Yo encontraré a St. Vincent. Tú cuida de la señorita Esposito.
-Necesitamos estar a solas.
-Creo que hay una pequeña habitación cerca... En realidad, es más bien un vestíbulo...
La voz de Hunt se apagó y Lali se dio cuenta de que una nueva y feroz tensión se apoderaba del cuerpo de Peter. Sus músculos sufrieron un cambio letal antes de girarse para echar un vistazo en dirección a las escaleras.
St. Vincent, que había entrado a la habitación alquilada desde el otro lado de la posada y la había encontrado vacía, descendía en esos instantes los escalones. Se detuvo en mitad del tramo de peldaños y observó el curioso cuadro que tenía ante él: los grupos de espectadores desconcertados, el agraviado posadero... y el conde de Lanzani, que lo miraba con ávida sed de sangre.
La posada al completo guardó silencio durante un escalofriante momento, de modo que el gruñido quedo de Lanzani se oyó a la perfección:
-Te juro que voy a descuartizarte.
Mareada, Lali musitó:
-Peter, espera...
Sin más ceremonias, fue arrojada sobre Simón Hunt, que la cogió por instinto mientras Peter corría a toda prisa hacia las escaleras. En lugar de rodear la barandilla, la sorteó de un salto y aterrizó sobre los escalones como un gato. Lo que siguió a continuación fue apenas un borrón de movimientos. St. Vincent trató de llevar a cabo una retirada estratégica, pero Peter se arrojó hacia arriba, lo agarró por las piernas y le hizo caer. Lucharon cuerpo a cuerpo, maldijeron e intercambiaron una andanada de puñetazos demoledores hasta que St. Vincent trató de darle una patada al conde en la cabeza. Peter rodó para evitar la pesada bota y se vio forzado a soltar a su adversario durante un segundo. El vizconde aprovechó ese instante para dirigirse a toda prisa escaleras arriba y Peter corrió tras él. No tardaron en quedar fuera de la vista. Una entusiasta multitud de hombres los siguió gritando consejos, intercambiando comentarios y soltando vehementes exclamaciones acerca del espectáculo que ofrecían ese par de aristócratas peleándose como gallos.
Pálida, Lali miró a Simón Hunt, que esbozaba una media sonrisa.
- ¿Es que no piensa ayudarlo? -quiso saber.
-Caramba, desde luego que no. Lanzani jamás me perdonaría que lo interrumpiera. Es su primera pelea de taberna. -La mirada de Hunt recorrió a la joven de forma amistosa.
Ella se tambaleó un poco y Hunt le colocó una de sus enormes manos en el centro de la espalda para guiarla hasta el grupo de sillas más cercano. Del piso superior llegó una cacofonía de sonidos y porrazos que retumbaron en la planta baja e hicieron que el edificio entero se estremeciera; acto seguido, se oyeron los crujidos de los muebles al romperse y el tintineo de los cristales hechos añicos.
-Ahora -comentó Hunt ignorando el tumulto-, si me deja echarle un vistazo a lo que queda de las esposas, es posible que pueda hacer algo al respecto.
-No puede -afirmó Lali con desanimada certeza-. St. Vincent tiene la llave en el bolsillo, y me he quedado sin horquillas.
Tras sentarse junto a ella, Hunt cogió la muñeca de la que colgaban las esposas, las observó con detenimiento y dijo con lo que a ella le pareció una inapropiada satisfacción:
-Menuda suerte tiene. Un par de Higby-Dumfries del número treinta.
Lali le dirigió una mirada burlona.
-Me da la impresión de que es usted un entusiasta de las esposas.
Él hizo un mohín con los labios:
-No, pero tengo un par de amigos que trabajan para la ley. Y éstas fueron utilizadas por la Nueva Policía hasta que se descubrió un defecto de diseño. Ahora es posible encontrar una docena de Higby- Dumfries en cualquier tienda de empeño de Londres. - ¿De qué defecto de diseño se trata?
Por toda respuesta, Hunt ajustó la manilla que se cerraba en torno a su muñeca y colocó el gozne y el cerrojo hacia abajo. Hizo una pausa al oír de nuevo el crujido de un mueble al romperse en la planta superior y sonrió al contemplar el ceño fruncido de Lali.
Iré a ver qué pasa -dijo con resignación-. Pero primero... -Sacó un pañuelo del bolsillo con una mano y lo introdujo entre la esposa de acero y su muñeca a modo de acolchado interior-. Ya está. Eso ayudará a amortiguar la fuerza del golpe.
-¿ Golpe? ¿Qué golpe?
-No se mueva.
Lali soltó un chillido cuando sintió que el hombre alzaba su muñeca esposada sobre la mesa y la dejaba caer con fuerza sobre la parte inferior del gozne. El porrazo sirvió para sacudir el mecanismo de palancas del interior del cierre y la manilla se abrió como por arte de magia. Atónita, Lali observó a Hunt con una pequeña sonrisa al tiempo que se frotaba la muñeca.
-Gracias. Yo...
Se oyó un nuevo estruendo, en esa ocasión justo sobre sus cabezas, acompañado de un coro de gritos exultante s procedente de los espectadores, que hizo que las paredes se estremecieran. Por encima de la algarabía, resonaban las estridentes quejas del posadero, que temía que su establecimiento pronto se viera reducido a escombros.
-Señor Hunt -exclamó Lali-, ¡de verdad me gustaría que pudiera prestarle alguna ayuda a lord Lanzani!
Las cejas de Hunt se arquearon con sorna.
-No tendrá miedo de que St. Vincent lo venza, ¿verdad?
-La cuestión no es si tengo o no la suficiente confianza en las habilidades de lucha de lord Lanzani -replicó Lali con impaciencia-. El hecho es que tengo demasiada confianza en ellas. Y preferiría no tener que acudir como testigo a un juicio por asesinato, por no mencionar el resto de consideraciones.
-En eso tiene razón. -Tras ponerse en pie, Hunt volvió a doblar el pañuelo y lo devolvió al bolsillo de su chaqueta. Se encaminó hacia las escaleras con un breve suspiro y masculló-: Me he pasado la mayor parte del día tratando de evitar que mate a alguien.
Lali nunca pudo recordar con exactitud lo que ocurrió durante el resto de esa tarde, ya que permaneció semiinconsciente, apoyada contra Peter. Él no dejó de rodearle la espalda con uno de esos fuertes brazos para sostener parte de su peso. Pese a su estado desaliñado y sus magulladuras, Peter irradiaba la energía vital de un hombre viril y saludable que había salido airoso de una pelea. Lali se dio cuenta de que Lanzani no dejaba de dar órdenes y de que todos los demás parecían ansiosos por complacerlo. Se acordó que permanecerían en El Toro y las Fauces durante la noche, y que Hunt partiría para Stony Cross Park con las primeras luces del alba. Por lo pronto, Hunt subió a St. Vincent, o a lo que quedaba de él, a su carruaje y lo envió a su residencia de Londres. Al parecer, el vizconde no sería procesado por sus fechorías, ya que eso sólo serviría para convertir aquel episodio en un gigantesco escándalo.
Una vez que todo quedó bien dispuesto, Peter llevó a Lali hasta la habitación más grande de la posada, donde disfrutarían de una cena y un baño tan pronto como fuera posible. La estancia, estaba escasamente amueblada, pero muy limpia; poseía una cama amplia, de sábanas almidonadas y cubierta con unas colchas suaves y algo descoloridas. Dos doncellas colocaron una vieja bañera de cobre frente a la chimenea y la llenaron con agua procedente de unos calderos humeantes. Mientras Lali esperaba a que el agua se entibiara lo suficiente, Peter la obligó a comerse un cuenco de sopa, que estaba bastante pasable pese a que sus ingredientes resultaban imposibles de identificar.
- ¿Qué son esos trocitos marrones? -preguntó Lali con suspicacia mientras abría la boca a regañadientes para que él pudiera darle otra cucharada.
-Da igual. Traga.
- ¿Cordero? ¿Ternera? ¿Tenía cuernos en un principio? ¿Pezuñas? ¿Plumas? ¿Escamas? No me gusta comer algo que no sé ni qué...
-Un poco más -dijo él de forma implacable al tiempo que le metía de nuevo la cuchara en la boca.
-Eres un tirano.
-Lo sé. Bebe un poco de agua.
Una vez que se hubo resignado a aceptar sus modales autoritarios -tan sólo por esa noche-, Lali consiguió terminar la ligera cena. La comida le había devuelto parte de las fuerzas y se sentía revitalizada cuando Peter la atrajo hacia su regazo.
-Ahora -dijo con voz queda mientras la acurrucaba contra su pecho-, cuéntame lo que ha ocurrido. Desde el principio.
No pasó mucho tiempo antes de que Lali se encontrara hablando animadamente, de hecho, casi parloteando, para describir su encuentro con lady Lanzani en la Corte de las Mariposas, así como los acontecimientos que habían sucedido a continuación. Debió de parecer abrumada en algunos momentos, porque Peter interrumpía en ocasiones el torrente de palabras con murmullos reconfortantes, con gestos preocupados e infinitamente tiernos. Cada vez que le acariciaba el cabello con los labios, Lali podía notar que la calidez del aliento del hombre se filtraba hasta su cuero cabelludo. Se fue relajando de forma gradual contra él, y comenzó a sentir las extremidades pesadas y fláccidas.
- ¿Cómo conseguiste persuadir a la condesa para que confesara con tanta rapidez?-preguntó Lali-. Estaba convencida de que guardaría silencio durante días, de que preferiría morir antes que admitir nada.
-Me temo que ésa fue la opción que le di.
Ella abrió los ojos de par en par.
-Vaya -susurró-. Lo siento, Peter. Es tu madre, después de todo...
-Sólo en el sentido técnico de la palabra-dijo con sequedad-. No albergaba ningún sentimiento filial hacia ella antes, pero de haberlo tenido se habría extinguido sin duda después del día de hoy. Está claro que ya ha hecho bastante daño en su vida. Trataremos de mantenerla en Escocia de ahora en adelante, o quizás en algún lugar del extranjero.
- ¿Te habló la condesa acerca de la conversación que mantuvimos? -inquirió Lali con cautela.
Peter sacudió la cabeza con una mueca en los labios. -Me dijo que habías decidido fugarte con St. Vincent.
- ¿Fugarme? -repitió Lali, atónita-. Como si yo de verdad hubiera... Como si yo lo hubiera preferido a... -Se interrumpió de golpe, horrorizada al imaginar lo que él habría sentido. Pese a que no había derramado una sola lágrima en todo el día, el hecho de pensar que Peter se hubiera preguntado siquiera por un instante si otra mujer lo había dejado por St. Vincent... Sencillamente, fue demasiado. Estalló en ruidosos sollozos que los sorprendieron a ambos-. No lo creíste, ¿verdad? ¡Dios mío, dime que no lo hiciste!
-Por supuesto que no. -La miró con perplejidad y se apresuró a coger una de las servilletas de la mesa para enjugar el torrente de lágrimas de su rostro-. No, no llores...
-Te amo, Peter. -Tras arrebatarle la servilleta, Lali se sonó ruidosamente la nariz y continuó llorando mientras decía-: Te amo. No me importa ser la primera en decirlo; ni siquiera me importa si soy la única. Tan sólo quiero que sepas lo mucho que…
-Yo también te amo -dijo él con voz ronca-. Lali…por favor, no llores. Me estás matando. Basta.
Ella asintió y se sonó una vez más; le habían salido manchas en la piel, tenía los ojos hinchados y la nariz no dejaba de gotear. No obstante, la visión de Peter parecía sufrir algún tipo de alteración ya que, tras sujetarle la cabeza entre las manos, depositó un fuerte beso sobre su boca y dijo con voz ronca:
-Eres preciosa.
El comentario, a pesar de ser indudablemente sincero, logró que ella estallara en risillas tontas que se mezclaron con los últimos sollozos. Envolviéndola en un abrazo que a punto estuvo de aplastarla, Peter preguntó con voz apagada:
-Mi amor, ¿nadie te ha dicho nunca que no es de buena educación reírse cuando un hombre se está declarando?
Ella se sonó la nariz con un último y poco elegante resoplido.
-Me temo que soy un caso perdido. ¿Todavía quieres casarte conmigo?
-Sí. Ahora mismo.
El asombro que le causó el comentario hizo que dejara de llorar.
- ¿Qué?
-No quiero regresar contigo a Hampshire. Quiero llevarte a Gretna Green. La posada tiene su propio servicio de carruajes... así que alquilaré uno por la mañana y llegaremos a Escocia dentro de un par de días.
-Pero... todo el mundo espera una boda respetable en la iglesia... -No puedo esperar más. Me importa un comino la respetabilidad.
Una sonrisa titubeante se abrió paso en el rostro de Lali cuando se imaginó la cantidad de gente que se habría quedado atónita al oírle decir algo así.
-Será un escándalo, ya lo sabes. El conde de Lanzani huyendo para celebrar una boda apresurada en Gretna Green...
-Pues comencemos con un escándalo, entonces.
La besó y ella le respondió con un gemido gutural, arqueándose y aferrándose a él hasta que el conde introdujo más profundamente la lengua y apretó más sus labios para darse un festín con el sedoso interior de su boca.
Entre jadeos, Lanzani se apartó de su boca para dirigirse hacia su palpitante garganta.
-Di: «Sí, Peter» -ordenó el conde.
-Sí, Peter.
Sus ojos negros se tornaron incandescentes al mirarla, y Lali percibió que había una multitud de cosas que el hombre quería decirle. No obstante, lo único que salió de sus labios fue:
-Ha llegado la hora de tu baño.
Podría haberlo hecho sin ayuda, pero él insistió en desvestirla y bañarla como si fuera una niña. Relajada bajo sus atenciones, contempló su moreno rostro a través del velo de vapor que se elevaba desde la bañera. Sus movimientos eran deliberadamente lentos mientras le enjabonaba y le frotaba el cuerpo hasta que estuvo sonrosada y brillante. Tras alzarla en brazos de la bañera, la secó con una toalla.
-Levanta los brazos -murmuró.
Ella miró de soslayo la prenda desgastada que Peter sujetaba en la mano.
- ¿Qué es eso?
-Un camisón de la mujer del posadero -replicó él al tiempo que se lo pasaba por la cabeza.
Lali metió los brazos en las mangas y suspiró al percibir la limpia fragancia que la envolvió. El camisón tenía un color indefinible y le quedaba demasiado grande, pero se sintió reconfortada por sus suaves y desgastados pliegues.
Tras acurrucarse en la cama, Lali observó cómo Peter se bañaba y se secaba, cómo se contraían y relajaban los músculos de su espalda; ese cuerpo soberbio era un regalo para la vista. Una sonrisa irresistible curvó los labios de la joven al darse cuenta de que ese hombre extraordinario le pertenecía... y de que jamás estaría segura de cómo había logrado ganarse su bien protegido corazón. Peter apagó la lámpara y se acercó a la cama; Lali se acomodó contra él con entusiasmo mientras el hombre se deslizaba bajo las sábanas. La envolvió su esencia fresca, que se mezclaba con el olor a jabón y unos leves toques de sol y de sal. La muchacha deseó poder hundirse en ese maravilloso olor; deseó besarlo y acariciar cada centímetro de su cuerpo.
-Hazme el amor, Peter -susurró.
La oscura silueta masculina se alzó sobre ella y una mano comenzó a juguetear con su cabello.
-Mi amor... -dijo con una nota de risueña ternura en la voz-. Desde esta mañana te han amenazado, drogado, secuestrado, esposado y acarreado a través de Inglaterra… ¿Es que no has tenido bastante para un día?
Ella negó con la cabeza.
-Antes estaba un poco cansada, pero ahora me he despejado. Me resultaría imposible dormir.
Por alguna razón, aquello lo hizo reír por lo bajo. Separó su cuerpo del de ella. Al principio Lali creyó que pretendía colocarse al otro lado de la cama, pero después sintió que le alzaban el bajo del camisón. Se le aceleró la respiración. El grueso tejido subió más y más, hasta que sus pechos quedaron expuestos, con los pezones endurecidos. La boca de Peter recorrió su piel en un rastro suave y ardiente de caricias y pequeños mordiscos que despertaron sensaciones inesperadas allí por donde pasaba: en el punto más sensible de los costados, en la aterciopelada curva inferior del pecho, en el delicado borde del ombligo... Cuando Lali trató de acariciarlo, él le colocó las manos a los lados con suavidad, hasta que ella comprendió que quería que se quedara completamente quieta. Comenzó a respirar de modo acompasado y pro' fundo al tiempo que los músculos de su vientre y de sus piernas se estremecían con el placer que recorría su cuerpo como gotas de mercurio. En su camino de descenso al lugar secreto y húmedo que se encontraba entre sus muslos, Peter mordisqueó y besó su piel, y Lali separó las piernas al instante cuando sintió su contacto. Se encontraba expuesta y completamente vulnerable; cada terminación nerviosa chisporroteaba con una excitación que rayaba en el dolor. Un agudo y débil gemido escapó de su garganta cuando él comenzó a lamer el oscuro triángulo; cada caricia de esa lengua sobre la piel rosada y húmeda despertaba una oleada de placer que la recorría por entero. Peter siguió torturando la zona con la lengua, haciéndole cosquillas y abriéndola aún más; continuó con ese rítmico y dulce tormento durante algunos minutos, hasta que Lali notó una sensación de pesadez en las piernas y se dio cuenta de que su respiración se había transformado en lánguidos gemidos. Al final, Peter deslizó los dedos profundamente en su interior y la joven gritó, retorciéndose al llegar al clímax, estremeciéndose como si fuera a partirse en dos a causa del placer.
Mareada, sintió que él le bajaba el camisón.
-Ahora es tu turno -musitó Lali, y acurrucó la cabeza sobre su hombro mientras él la apretujaba contra su pecho-. Tú no...
-Duerme -le susurró el conde-. Ya me llegará el turno mañana.
-Todavía no estoy cansada -insistió Lali.
-Cierra los ojos -dijo Peter al tiempo que dejaba vagar la mano hacia su trasero con movimientos circulares. Le acarició la frente y los delicados párpados con los labios-. Descansa. Tienes que recuperar las fuerzas, pequeña... porque, una vez que estemos casados, no podré dejarte en paz. Querré amarte cada hora, cada minuto del día. -La apretó con más fuerza contra sí-. No hay nada en este mundo más hermoso que tu sonrisa... ni sonido más dulce que el de tu risa... No hay mayor placer que poder rodearte con mis brazos. Hoy me he dado cuenta de que no podré vivir sin ti, por muy testaruda y alborotadora que seas. Eres mi única esperanza de felicidad, tanto en esta vida como en la siguiente. Dime, Lali, amor mío... ¿cómo es posible que te hayas colado en lo más profundo de mi corazón? -Hizo una pausa para besar la piel húmeda de la joven y sonrió al escuchar que un leve ronquido femenino rompía el apacible silencio.
finnnn
Falta el epilogo
Capitulo 22
A una hora convenientemente tardía, cuando parte de los invitados se había retirado a sus habitaciones y el resto aún se demoraba en la planta baja jugando a las cartas o al billar, Lali salió a hurtadillas de su habitación con la intención de encontrarse con Peter. Cruzó el pasillo de puntillas y se detuvo en seco al ver a un hombre de pie, apoyado contra una de las paredes justo donde dos amplios pasillos se cruzaban. El hombre dio un paso hacia delante y ella reconoció de inmediato al ayuda de cámara de Peter.
-Señorita -la saludó él con actitud serena-, el señor me ha ordenado que le muestre el camino.
-Se cual ese el camino. Y él sabe que yo sé cuál es el camino. ¿Qué demonios está haciendo usted aquí?
-El señor no desea que usted deambule sola por los pasillos.
-Por supuesto-replicó ella-. Alguien podría acosarme. Hasta seducirme, incluso.
El ayuda de cámara, que al parecer estaba acostumbrado al sarcasmo y que, además, sabía a ciencia cierta que ella no se dirigía a las habitaciones del conde para un encuentro inocente, se dio la vuelta y comenzó a andar.
Fascinada por la discreción del hombre, Lali no pudo evitar pregúntale:
-Dígame: ¿suele el conde requerirlo a menudo para que acompañe a jóvenes casaderas hasta sus aposentos?
-No, señorita -fue su imperturbable respuesta.
- ¿Me lo diría si fuese de otro modo?
-No, señorita -respondió con el mismo tono de voz, lo que consiguió arrancarle una sonrisa a Lali.
- ¿El conde es un buen patrón?
-Es un patrón excelente, señorita.
-Supongo que diría eso mismo aunque fuese un ogro.
-No, señorita. En ese caso, me limitaría a responder que es un patrón aceptable. No obstante, cuando digo que es un patrón excelente eso es exactamente lo que quiero decir.
-Mmm... -Lali se sintió alentada por las palabras del ayuda de cámara-. ¿Habla con la servidumbre? Me refiero a si les agradable que hagan un buen trabajo y ese tipo de cosas.
-No más de lo apropiado, señorita.
- ¿Eso quiere decir «nunca»?
-La expresión más adecuada sería «excepcionalmente», señorita.
Puesto que el hombre no parecía inclinado a mantener una conversación después de ese último comentario, Lali lo siguió en silencio hasta que llegaron a los aposentos de Peter. El ayuda de cámara la acompañó hasta la entrada, utilizó las yemas de los dedos para dar unos leves golpecitos en la puerta y esperó a que llegara una respuesta desde el interior.
- ¿Por qué hace eso?-susurró Lali-. ¿Por qué no golpea la, puerta con los nudillos en lugar hacer eso con los dedos? Parece que esté arañando la puerta.
-La condesa lo prefiere así, es más sosegado para sus nervios.
- ¿Y el conde también lo prefiere?
-Dudo mucho que le importe que se haga de un modo u otro, señorita.
Lali frunció el ceño en actitud reflexiva. En el pasado, había escuchado a otros criados arañar las puertas de sus patrones y sus oídos norteamericanos siempre se habían sorprendido ante algo tan extraño... como si se tratara de un perro que raspara la puerta para que lo dejaran entrar.
La puerta se abrió en ese momento y Lali sintió una descarga de intensa felicidad en cuanto vio el atezado rostro de Peter. Sus facciones mostraban una expresión impasible, aunque sus ojos tenían un brillo cálido.
-Eso es todo -le dijo al criado sin apartar la vista de Lali mientras extendía el brazo para hacerla pasar.
-Sí, milord. -El ayuda de cámara desapareció con la rapidez que dictaba la discreción.
Cuando Peter observó a Lali tras cerrar la puerta, el brillo de sus ojos se intensificó y apareció una sonrisa en las comisuras de sus labios. Estaba tan apuesto, con sus austeras facciones iluminadas por la mezcla de la luz de la lámpara y el resplandor del fuego, que Lali se vio asaltada por un dulce escalofrío. En lugar de estar ataviado con su habitual atuendo impecable, se había quitado chaqueta y el cuello abierto de la camisa blanca dejaba entrever parte de su suave piel morena. Ella había besado ese hueco triangular que se veía en la base de la garganta... había dejado que su lengua vagara sobre él...
Lali apartó la mirada de Peter mientras trataba de deshacerse de esos recuerdos tan abrasadores. De inmediato, sintió que él colocaba los esbeltos dedos sobre su mejilla ruborizada y le giraba la cabeza para que volviera a mirarlo. La yema del pulgar se deslizó sobre su barbilla.
-He pasado todo el día deseándote -le confesó en voz queda.
El corazón de Lali comenzó a latir con más fuerza y la mejilla que sus dedos acariciaban se tensó con una sonrisa.
-Ni siquiera te dignaste a mirarme durante la cena.
-Tenía miedo de hacerla.
- ¿Por qué?
-Porque sabía que, si lo hacía, me resultaría imposible no acabar convirtiéndote en mi siguiente plato.
Lali bajó los parpados al notar que él la acercaba hacia su cuerpo y deslizaba una mano por su espalda. Sentía los pechos y la cintura hinchados en exceso bajo la presión restrictiva del corsé y, de súbito, deseó librarse de él. Aspiró tanto aire como le permitieron las ballenas y, al hacerla, percibió un olor a especias dulzonas en el aire.
- ¿Qué es eso? -murmuró antes de volver a inhalar la fragancia-. Canela, vino...
Se dio la vuelta entre los brazos de Peter y echó un vistazo por la espaciosa habitación. Más allá de la cama de cuatro postes, junto a la ventana, se había dispuesto una mesita. Sobre ella había un plato cubierto por una tapadera plateada, del que ascendían unas cuantas volutas de vapor de olor dulce. Perpleja, se giró de nuevo para mirar a Peter.
-Acércate y mira lo que es -le dijo él.
Muerta de curiosidad, Lali se acercó para investigar. Tras coger la tapadera por el asa, que estaba envuelta en una servilleta de lino, la alzó y una suave nube de olor delicioso se alzó en el aire. Contempló el plato con momentáneo desconcierto y, después, prorrumpió en carcajadas. De pie sobre su base en el plato de porcelana blanca, había cinco peras perfectas cuya carne brillaba con un tinte carmesí, lo que indicaba que habían sido escalfadas en vino. Bajo ellas, se extendía una ligera crema de color ámbar, aromatizada con canela y miel.
-Puesto que no fui capaz de sacar la pera de la botella para ti, ésta era la mejor alternativa -dijo la voz de Peter a sus espaldas.
Lali cogió una cuchara, la hundió en la carne tierna de una de las peras y se la llevó a los labios, fascinada. El trozo templado de fruta bañada en vino se disolvió en su boca y el sabor dulce de la miel le provocó un cosquilleo en el fondo de la garganta.
-Mmm... -murmuró con los ojos cerrados por el placer. Peter, que encontraba la situación bastante graciosa, la instó
AI darse la vuelta para observar su rostro. Su mirada se posó en la comisura de los labios de Lali, donde brillaba una descarriada gota de crema de miel. Inclinó la cabeza, la besó y lamió la pegajosa gota. La caricia de sus labios incrementó el placentero anhelo que ella sentía en su interior.
-Deliciosa -susurró él antes de cubrir los labios de Lali con más firmeza, hasta que la joven sintió que su sangre se convertía en un torrente de chispas incandescentes.
Lali se atrevió a compartir el sabor del vino y la canela con él y, vacilante comenzó a explorar el interior de la boca de Peter con la lengua. La respuesta de él fue tan alentadora que la muchacha le rodeó el cuello con los brazos para acercarse más a su cuerpo. Él sí que era delicioso... El sabor de su boca resultaba limpio y fresco, y el contacto de ese cuerpo sólido y esbelto le resultaba inmensamente excitante. Los pulmones de Lali se expandían con entrecortadas bocanadas de aire debido a la presión de las ballenas del corsé y, al final, tuvo que interrumpir el beso y aspirar hondo.
-No puedo respirar -le dijo.
Sin decir una palabra, Peter le dio la vuelta y le desabrochó el vestido. Cuando llegó al corsé, desató las cintas y las aflojó con una serie de eficientes tirones, hasta que las ballenas se aflojaron y Lali pudo respirar aliviada.
- ¿Por qué lo llevas tan ceñido? -le escuchó preguntar Lali.
-Porque, de otro modo, no me quedarían bien los vestidos. Y porque, según mi madre, los caballeros ingleses prefieren que sus mujeres tengan una cintura estrecha.
Peter resopló mientras volvía a colocarla de cara a él.
-Los caballeros ingleses preferimos que las mujeres tengan las cinturas un poco más anchas si eso evita que se desmayen por falta de oxígeno. En ese sentido, somos bastante prácticos.
Al darse cuenta de que la manga del vestido de Lali había resbalado para dejar a la vista uno de sus blancos hombros, inclinó la cabeza para depositar un beso en la suave curva. La liviana caricia de los labios de Peter sobre su piel hizo que la mucha se estremeciera y que se acurrucara contra él cuando las sensaciones comenzaron a arremolinarse en su interior, como lo haría un reflejo sobre el agua templada por el sol. Con los ojos cerrados, ella alzo las manos hacia el pelo de Peter y sus dedos sintieron una especie de descarga al percibir la sedosa textura de los gruesos mechones. El ritmo de su corazón se desbocó por completo y comenzó a retorcerse con desasosiego entre los brazos del conde, que estaba trazando un camino ascendente de besos sobre su garganta.
-Lali. -Su voz sonaba ronca y pesarosa-. Es demasiado pronto. Te prometí... -Se detuvo para depositar un beso sobre el delicado hueco de la base de la oreja-. Te prometí que íbamos a negociar los términos -continuó con tranquilidad.
- ¿Términos? -repitió ella de forma distraída mientras le agarraba la cabeza con ambas manos para obligarlo a que la besara de nuevo en la boca.
-Sí, yo... -Peter se interrumpió para tomar sus labios y comenzó a besarla con pasión.
Lali, mientras tanto, exploró su rostro y su cuello; deslizó las yemas de los dedos sobre los fuertes contornos de sus pómulos y su mentón, sobre los rígidos músculos de su cuello. El olor de la piel masculina la embriagaba con cada inspiración. Deseaba pegarse a él hasta que no quedara ni un solo milímetro de distancia entre ellos. De repente, la joven sintió que la fuerza y la duración de los besos le resultaban insuficientes.
Al ser consciente de que la muchacha perdía el control por momentos, Peter la apartó un poco sin hacer caso de sus gimoteos de protesta. Él mismo sentía la respiración acelerada en la garganta y le costaba un tremendo esfuerzo poner en orden sus desperdigados pensamientos.
-Pequeña... -Comenzó a acariciarle la espalda y los hombros con las manos en suaves círculos-. Despacio. Despacio. Tendrás todo lo que desees. No tienes que luchar para conseguirlo.
Lali asintió con brusquedad. Jamás había sido tan consciente de la diferencia tan grande entre sus respectivas vivencias; Peter era capaz de poner freno a su intensa pasión mientras que ella se sentía abrumada por completo. Los labios del conde se posaron sobre la enfebrecida piel de su frente y siguieron la curva de una
-Será mejor para ti... para los dos... que vayamos despacio-murmuró-. No quiero tomarte de forma apresurada.
Lali se descubrió frotándose con fuerza contra la cara y las manos del hombre, como si fuera una gata que exigiera ser acariciada.
Peter introdujo una mano por la espalda abierta de su vestido en busca de la piel desnuda que se extendía sobre el borde del corsé y dejó escapar un suspiro al comprobar la suavidad de la piel femenina.
-Todavía no -protestó con un murmullo enronquecido, aunque no quedó muy claro si hablaba consigo mismo o con Lali. Abarcó la vulnerable curva del cuello de la muchacha con una mano y volvió a inclinar la cabeza para darse un festín con sus entreabiertos, con su barbilla y con su garganta-. Eres tan dulce… -musitó con voz entrecortada.
Pese a estar inmersa en el arrebato de deseo, Lali no pudo reprimir una sonrisa.
- ¿Tú crees?
Peter volvió a buscar sus labios para darle otro beso hambriento.
-Muy dulce -confirmó en un ronco susurro-. Aunque de haber sido un hombre con menos carácter, a estas alturas ya me habrías cortado la cabeza.
El comentario arrancó una breve carcajada a la muchacha.
-Ahora entiendo la atracción que existe entre nosotros. Somos un peligro para todo el mundo salvo para nosotros mismos. Algo así como una pareja de puerco espines. -Se apartó de Peter al recordar algo-. Hablando de atracción... -Sentía las piernas un poco inestables y caminó hacia la cama en busca del firme soporte que ésta le proporcionaría. En cuanto se apoyó contra uno de los postes, murmuró-: Tengo que confesarte algo.
La luz dibujó los musculosos y elegantes contornos de su cuerpo cuando el conde se acercó a ella. Llevaba unos amplios pantalones a la moda que marcaban ligeramente la forma de sus esbeltas piernas y que hacían bien poco por ocultar los poderosos músculos que cubrían.
-Eso no me sorprende. -Colocó una mano sobre el poste de la cama, justo sobre la cabeza de ella, y adoptó una pose relajada-. ¿Me va a gustar esta confesión o no?
-No lo sé. -Lali metió la mano en el bolsillo secreto de su vestido, disimulado entre los amplios pliegues de las faldas, en busca del frasquito de perfume-. Aquí está.
-¿Qué es esto? -Tras coger el frasco que le ofrecían, Peter lo abrió y aspiró el perfume-. Perfume -dijo, antes de mirar a Lali con una expresión interrogante.
-No es un perfume cualquiera -replicó ella con aprensión-. Es la razón de que te sintieras tan atraído por mí en un principio.
Él volvió a oler el perfume de nuevo.
- ¿Cómo dices?
-Lo compré en una perfumería bastante antigua de Londres. Es un afrodisíaco.
Una repentina sonrisa bailoteó en los ojos de Peter.
- ¿Dónde has aprendido esa palabra?
-Me la enseñó Annabelle. Y es cierto: es un afrodisíaco -insistió Lali con ahínco-. Tiene un ingrediente especial que, según me dijo el vendedor, me ayudaría a atraer a un pretendiente.
- ¿Y cuál es ese ingrediente especial?
-No me lo dijo. Pero funcionó. ¡Y no te rías, porque sí que funcionó! Percibí el efecto que ejercía sobre ti el día que jugamos al rounders, cuando me besaste detrás del seto. ¿No te acuerdas?
Peter parecía encontrar gracioso el asunto, pero resultaba evidente que no creía que un perfume lo hubiera seducido. Volvió a llevarse el frasco a la nariz antes de murmurar:
-Recuerdo que percibí la fragancia. No obstante, ya me sentía atraído por ti mucho antes por otras razones.
-Mentiroso -lo acusó ella-. Me odiabas.
Él negó con la cabeza
-Nunca te he odiado. Tu presencia me incomodaba, me irritaba y me atormentaba, pero eso no significa que te odiara, ni mucho menos.
-El perfume funcionó -insistió Lali-. No fuiste el único que reaccionó ante su fragancia. Annabelle lo probó con su marido... y jura que la mantuvo despierta toda la noche.
-Cariño -le dijo Peter con sequedad-. Desde el día que se conocieron, Hunt se ha comportado como un perro en celo siempre que se encuentra cerca de Annabelle. Cuando se trata de su esposa, es un comportamiento típico en él.
-¡Pero no era un comportamiento típico en ti! No demostraste ni una pizca de interés por mí hasta que utilicé este perfume, y la primera vez que lo oliste...
-¿Acaso estás afirmando que mi reacción habría sido la misma con cualquier mujer que lo llevara? -interrumpió con una mirada aterciopelada en sus ojos negros.
Lali abrió la boca para responder, pero la cerró de golpe al recordar que Peter no había demostrado interés alguno en las demás floreros durante el experimento.
-No -admitió-. Pero parece que conmigo sí que marcó la diferencia.
Una lenta sonrisa curvó los labios de Peter.
-Lali, te he deseado desde la primera vez que te tuve entre mis brazos. Y no tiene nada que ver con tu maldito perfume. Sin embargo... -Aspiró el aroma una vez más antes de volver a colocar el diminuto tapón en su sitio-. Sé cuál es el ingrediente secreto.
Lali lo miró de hito en hito.
- ¡No lo sabes!
-Sí que lo sé -afirmó él con aire satisfecho.
- ¡Menudo sabelotodo! -exclamó Lali a camino entre el fastidio y la diversión-. Como mucho, puedes suponer cuál es el ingrediente. Yo no he podido descubrirlo y te aseguro que si yo no puedo descubrirlo, tú no...
-Sé con certeza de qué se trata -la informó él.
-Pues dímelo.
-No. Creo que dejaré que lo descubras tú sola.
-¡Dímelo! -Se abalanzó sobre él con impaciencia y comenzó a darle golpes con los puños cerrados sobre el pecho. La mayoría de los hombres habrían retrocedido ante la fuerza de los puñetazos, pero Peter se limitó a reírse a carcajadas sin moverse de su sitio-. Lanzani, si no me dices lo que es en este preciso instante.
-¿Me torturarás? Lo siento, eso no funcionará. Ya estoy más que acostumbrado. -Tras cogerla en brazos con sorprendente facilidad, la arrojó sobre la cama como si fuera un saco de patatas.
Antes de que Lali pudiera moverse siquiera un centímetro, ya lo tenía encima, gruñendo entre risas mientras ella lo golpeaba con todas sus fuerzas.
- ¡Conseguiré que me lo digas! -exclamó.
La muchacha rodeó una de las piernas de Peter con la suya y le asestó un empujón en el hombro izquierdo. Los años que pasara luchando contra sus hermanos durante su infancia le habían enseñado unos cuantos trucos. No obstante, Peter bloqueaba cada movimiento con facilidad y su cuerpo parecía un amasijo de músculos elásticos y acerados. Resultó ser muy ágil, a pesar de lo mucho que pesaba.
-No representas ningún desafío para mí -se burló al tiempo que permitía que Lali rodara para colocarse encima de él por un instante. Cuando vio que ella intentaba mantenerlo inmovilizado, giró de nuevo y la apresó bajo su cuerpo una vez más-. No me digas que eso es lo mejor que sabes hacer...
-Bastardo arrogante -murmuró Lali que renovó sus esfuerzos-. Podría ganarte... si no llevara vestido...
-Puede que tus deseos se hagan realidad -replicó él con una sonrisa. Un instante después, la mantuvo inmovilizada sobre el colchón, con cuidado de no hacerle daño con los jugueteos amorosos-. Ya es suficiente -le dijo-. Eres incansable. Lo dejaremos en un empate.
-Todavía no -jadeó ella, que seguía decidida a ganarle.
- ¡Por el amor de Dios! Pequeña salvaje... es hora de rendirse- dijo con una nota de humor en la voz.
- ¡Jamás! -Peleó como una posesa para liberarse, aunque le temblaban los brazos debido al cansancio.
-Relájate -le oyó murmurar con voz acariciante y abrió los ojos de par en par al sentir la dureza del cuerpo masculino que se abría camino entre sus muslos. Lali comenzó a jadear y abandonó la lucha-. Despacio... -Peter bajó la parte delantera de su vestido y atrapó sus brazos durante un instante-. Tranquila -susurró.
Con el corazón desbocado, la muchacha permaneció inmóvil mientras lo miraba fijamente. La luz era muy tenue en esa parte de la habitación y la cama estaba envuelta en sombras. La oscura silueta de Peter se cernió sobre ella y sus manos la movieron de un lado a otro para quitarle el vestido y desatarle el corsé. Y, entonces, de repente, Lali descubrió que comenzaba a respirar demasiado fuerte y demasiado rápido... Y sentir su mano acariciándole el torso con el fin de relajarla sólo consiguió empeorar las cosas.
Su piel había adquirido tal sensibilidad que la simple caricia del aire parecía irritarla y despertar un hormigueo por todo su cuerpo. Comenzó a temblar mientras el conde le quitaba la enagua, las medias y los pololos, y cada roce ocasional de sus nudillos o de la yema de sus dedos lograba que diera un respingo.
Peter se puso en pie junto a la cama y la miró fijamente al tiempo que se despojaba de su ropa con deliberada lentitud. A esas alturas, Lali ya se hallaba familiarizada con ese cuerpo, escultural y elegante, y también con la anhelante excitación que despertaba en cada centímetro de su sensitiva piel. Dejó escapar un gemido gutural cuando se reunió con ella sobre el colchón y la acurrucó sobre la cálida piel de su torso. Al percibir los continuos temblores que asaltaban a la muchacha, el conde deslizó la mano sobre la pálida superficie de su espalda y aferró la firme curva de sus nalgas. Allí donde la tocaba, Lali sentía unas oleadas de intenso alivio seguidas por un anhelo aún más placentero.
Peter la besó despacio, en profundidad, acariciando con la lengua los sedosos confines de su boca hasta que Lali gimió de placer. Acto seguido, se trasladó hasta sus pechos y los cubrió de besos ligeros y húmedos, al tiempo que su lengua le prodigaba fugaces caricias sobre los pezones. La engatusó y la cortejó como si ella no estuviese ya inflamada y temblando de deseo; como si el aliento no escapara de sus labios en suplicantes sollozos que le rogaban que aliviara aquella dolorosa necesidad. Cuando sus pechos estuvieron hinchados y sus pezones se hubieron contraído hasta no ser más que dos puntas endurecidas, tomó uno en la boca y comenzó a tirar de él con firmeza mientras apoyaba una de las manos sobre el vientre de Lali.
Ella sintió que algo en su interior se tensaba, una necesidad apremiante que hizo que perdiera la cabeza. Le temblaba la mano visiblemente cuando buscó la de Peter y la aferró para acercarla hasta el húmedo vello de su entrepierna. El hombre esbozó una sonrisa sobre uno de sus pechos antes de trasladarse hacia el otro pezón para introducirlo en la húmeda suavidad de su boca. El tiempo pareció detenerse mientras Lali sentía los dedos de Peter abriéndose camino a través de los suaves rizos antes de rozar la húmeda protuberancia que se ocultaba entre los pliegues de su sexo. Señor... sus dedos eran ligeros como una pluma mientras la acariciaba con delicada insistencia, incitándola primero para luego apaciguarla y volver a incitarla después, hasta que Lali gritó al alcanzar la increíble liberación, moviendo las caderas con fuerza contra la mano de Peter.
Tras acurrucarla de forma protectora contra su pecho, Peter comenzó a acariciarle las temblorosas extremidades. Mientras recorría de forma reverente el cuerpo de Lali con las manos, le susurraba palabras cariñosas contra los labios entreabiertos; palabras de adoración, pero también de deseo.
Lali no fue consciente del momento exacto en el que las caricias de Peter dejaron de resultarle relajantes y comenzaron a excitarla, pero comenzó a sentir que, poco a poco, él iba despertando en ella una sensación tras otra. Su corazón alcanzó de nuevo un ritmo frenético y comenzó a retorcerse bajo el cuerpo del hombre. Peter le separó los muslos y le alzó un poco las rodillas antes de penetrarla con lentitud. La íntima molestia de la invasión hizo que Lali diera un respingo. Estaba tan duro, tanto dentro como lucra de ella, que sus músculos se tensaron de forma instintiva en torno a él, pese a que nada habría podido detener aquel poderoso convite. Él se movió con profundas y placenteras embestidas que lo hundían en el estrecho canal de su sexo con una ternura infinita. Cada movimiento parecía provocar un delicioso estremecimiento en las profundidades del cuerpo de la joven y el dolor no tardó en transformarse en un pinchazo apenas perceptible. Lali comenzó a sentirse enfebrecida y desesperada cuando percibió que se acercaba otro clímax. Se quedó desconcertada cuando él se apartó de pronto.
-Peter -sollozó-. ¡Por el amor de Dios! ¡No te pares, por favor…!
Tras silenciarla con un beso, la alzó y le dio la vuelta con cuidado para dejarla tumbada sobre el vientre. Aturdida y temblorosa, Lali sintió que le colocaba una almohada bajo las caderas y luego otra más, de modo que quedó apoyada sobre ellas y expuesta ante él, que se arrodilló de inmediato entre sus muslos. La acarició con los dedos, separó los pliegues de su sexo y, al instante, la penetró de nuevo, haciendo que los gemidos de Lali se volvieran incontrolables. Indefensa, giró la cabeza y apoyó la mejilla sobre el colchón mientras Peter le sujetaba las caderas con firmeza. La embistió con más fuerza que antes, penetrándola, acariciándola, dándole placer con aquel ritmo deliberado... que la llevó a traspasar el umbral de la cordura, La joven comenzó a suplicar, a sollozar, a gemir e incluso a maldecir, y le oyó emitir una suave carcajada antes de conducirla hacia una explosión de placer devastadora.
Su cuerpo se tenso con una serie e espasmos en torno a sexo de Peter, llevándolo a un orgasmo que arrancó un gemido ronco de su garganta.
Jadeante, Peter apoyó su cuerpo sobre el de Lali y besó en la nuca, con su sexo aún enterrado en ella.
La joven, que descansaba pasivamente bajo él, se humedeció los labios hinchados y murmuró:
- ¿Y tú te atreves a llamarme salvaje?
Se quedó sin aliento cuando lo notó reír entre dientes y sintió que el vello de su pecho le frotaba la espalda como si de terciopelo se tratara.
Si bien Lali estaba plácidamente exhausta tras haber hecho el amor, lo último que quería era dormir. Estaba maravillada por todo lo que había descubierto sobre ese hombre al que una vez tachara con desdén de «aburrido» y «pelmazo», y que había demostrado no ser ninguna de las dos cosas. Estaba empezando a descubrir que el conde de Lanzani tenía un lado tierno que le mostraba a muy poca gente. Además, le daba la impresión de que el hombre sentía cierto afecto por ella, pero le daba miedo hacer conjeturas a ese respecto, puesto que los sentimientos que parecían rebosar de su propio corazón se habían convertido en algo demasiado intenso.
Peter le enjugó el sudor que cubría su cuerpo con un paño fresco y húmedo y le colocó la camisa que él mismo se había quitado poco antes y que aún conservaba el olor de su piel. A continuación, le llevó un plato con una pera escalfada y una copa de vino dulce e incluso permitió que ella le diera unos trocitos de fruta, cuya textura era suave como la seda. Cuando hubo saciado su apetito, Lali dejó a un lado el plato vacío y la cuchara, y se dio la vuelta para acurrucarse junto a Peter. Tras apoyarse sobre un codo, el conde la miró sin dejar de juguetear perezosamente con su cabello.
- ¿Te molesta que no haya permitido que St, Vincent se quedara contigo?
Ella lo miró con una sonrisa perpleja.
- ¿Por qué me lo preguntas? No creo que tengas remordimientos de conciencia ¿verdad?
Peter negó con la cabeza.
-Sólo me preguntaba si te arrepientes de lo que ha sucedido. Asombrada y conmovida por semejante necesidad de reafirmación, Lali comenzó a juguetear con los oscuros rizos de su pecho.
-No -le contestó con sinceridad-. Es atractivo y me agrada... pero no lo deseo.
-Sin embargo, estuviste considerando la posibilidad de casarte con él.
-Bueno -admitió-, tengo que reconocer que me habría gustado ser una duquesa... Pero sólo para fastidiarte.
En el rostro de Peter apareció una sonrisa. Se vengó de ella propinándole un pellizco en un pecho que le arrancó un chillido.
-No podría haber soportado verte casada con otro -confesó él.
-No creo que lord St. Vincent tenga dificultad alguna para encontrar otra heredera que sirva para sus propósitos.
-Tal vez. Pero no hay muchas mujeres con una fortuna equiparable a la tuya... y, desde luego, nadie cuenta con tu belleza.
Esbozando una sonrisa por el cumplido, Lali gateó hasta apoyarse sobre él y colocó una pierna entre las de Peter.
Dime más cosas. Quiero oír cómo recitas versos sobre mis encantos.
Tras sentarse en la cama, Peter la alzó con una facilidad que le dejó pasmada y la colocó a horcajadas sobre sus caderas. Pasó un dedo por la pálida piel de la muchacha que quedaba expuesta a través del cuello abierto de su camisa.
-Nunca se me dieron bien los versos -contestó él-. Los Lanzani no somos de los que se recrean con la poesía. Sin embargo...
-Hizo una pausa para admirar a la joven de esbeltas extremidades que se encontraba a horcajadas sobre él, con el enmarañado cabello hasta la cintura-. Lo que sí puedo decirte es que pareces una princesa pagana con ese cabello negro enredado y esos brillantes ojos oscuros.
- ¿Y...? -lo animó Lali mientras le colocaba los brazos alrededor del cuello.
Peter colocó las manos a ambos lados de la estrecha cintura de Lali y las deslizó más abajo para aferrarle los muslos, esbeltos y fuertes.
-Y que todos los sueños eróticos que he tenido acerca de tus magníficas y blancas piernas palidecen ante la realidad.
- ¿Has soñado con mis piernas? -preguntó Lali, que se retorció al sentir que las palmas de las manos de Peter ascendían a la cara interna de sus muslos en una perezosa exploración.
-Por supuesto que sí. -Sus manos desaparecieron bajo el borde de la camisa-. Enroscadas alrededor de mi cintura -murmuró con un tono de voz cada vez más profundo-. Aferrándose fuerza a mí mientras me montabas...
Lali abrió los ojos de par en par al sentir que Peter le acariciaba con los pulgares los delicados pliegues externos de su sexo.
- ¿Cómo? -preguntó con debilidad. Inhaló una trémula boca nada de aire al notar que él la abría con caricias suaves pero firmes.
Sus dedos le hacían algo delicioso, aunque sus hábiles movimientos quedaban ocultos bajo la camisa. Lali se estremeció y observó la intensa concentración que reflejaba el rostro masculino mientras jugueteaba con ella. Estaba utilizando algunos de sus dedos para penetrarla, mientras que otros le acariciaban con maestría esa pequeña y sensitiva protuberancia que parecía arder bajo sus caricias.
-Pero las mujeres no... -comenzó a decir confusa y sin aliento-. No de ese modo. Al menos... ay... nunca había oído que...
-Algunas lo hacen -murmuró él al tiempo que la incitaba de tal manera que la hizo gemir-. Mi ángel temerario... creo que tendré que enseñarte cómo se hace.
En su inocencia, Lali no acabó de comprender a qué se refería hasta que él la alzó de nuevo para colocarla en la posición, adecuada y la ayudó a deslizarse sobre la rígida y turgente longitud de su erección hasta que quedó empalada por completo sobre él. Más sorprendida de lo que era capaz de expresar, Lali se movió Con indecisión al principio, dirigida por los roncos murmullos de Peter y la paciente guía de sus manos, que la aferraban por las caderas. Pasado unos instantes, encontró su propio ritmo.
-Eso es -la animó él, apenas sin resuello-. Así se hace... Peter introdujo las manos de nuevo bajo la camisa, en busca del anhelante botón que se escondía entre los pliegues de su sexo. Lo acarició en círculos con el pulgar, logrando un electrizante contrapunto a los movimientos descendentes de la muchacha. La presión que ejercía era tan deliciosa que una nueva oleada de pasión recorrió las terminaciones nerviosas de la joven. Peter no desvió la mirada de sus ojos, embriagado con su expresión de placer. El menor hecho de saber que no apartaba la vista de ella desencadenó el éxtasis de Lali, que se vio estremecida por una serie de espasmos de profunda satisfacción y dejó que su cuerpo, su corazón y su mente se llenaran con la imagen del hombre. Peter la aferró por la cintura y la sujetó con firmeza mientras elevaba las caderas para buscar el clímax e inundarla con su propio placer.
Incapaz de pensar con coherencia y literalmente exhausta, Lali se desplomó sobre él y apoyó la cabeza sobre su torso. Escuchó el estruendoso latido de su corazón durante unos minutos, hasta que alcanzó un ritmo parecido a la normalidad.
- ¡Dios mío! -murmuró él. La rodeó con los brazos, pero después los dejó caer a los lados, como si el simple hecho de abrazarla supusiera demasiado esfuerzo-. Lali, Lali...
- ¿Sí? -Ella parpadeó soñolienta, experimentando de súbito una necesidad abrumadora de dormir.
-He cambiado de idea con respecto a la negociación. Puedes tener lo que quieras. Cualquier condición que impongas, cualquier cosa que esté en mis manos, la tendrás. Sólo dime que serás mi esposa para que mi mente pueda descansar.
Lali se las compuso para alzar la cabeza y mirarlo a los ojos, cuyos párpados estaban medio cerrados.
-Si éste es un ejemplo de tu habilidad para negociar, déjame decirte que tus asuntos empresariales me preocupan mucho -le dijo-. Espero que no claudiques con tanta facilidad ante las demandas de tus socios.
-No. Y tampoco me acuesto con ellos.
Los labios de Lali dibujaron una lánguida sonrisa. Si Peter estaba dispuesto a arriesgarse, ella no iba a ser menos.
-En ese caso, y para que tu mente descanse, Lanzani... sí. Seré tu esposa. Aunque debo advertirte algo: tal vez te arrepientas de no haber negociado cuando descubras mis condiciones. Puede que quiera ocupar un cargo en la compañía jabonera, por ejemplo...
-Que Dios me ayude -musitó él y, con un suspiro de felicidad, se durmió.
Lali pasó casi toda la noche en la cama de Peter. Se despertó de vez en cuando para encontrarse envuelta por el calor de su cuerpo y el de las suaves capas de lino, seda y lana. Peter debía de estar exhausto después de haber hecho el amor, porque apenas emitía ruido alguno y casi no se movía. No obstante, cuando se fue acercando la mañana, fue el primero en levantarse. Perdida en un agradable sopor, Lali protestó cuando él la despertó.
-Casi ha amanecido -le susurró Peter al oído-. Abre los ojos. Tengo que llevarte a tu habitación.
-No -protestó ella, adormilada-. Dentro de unos minutos. Más tarde. -Trató de acurrucarse de nuevo entre sus brazos. La cama estaba tan cálida y el aire era tan frío... Además, sabía que el suelo estaría helado bajo los pies.
Peter la besó en la coronilla y la incorporó hasta dejarla sentada.
-Ahora -insistió con gentileza al tiempo que le acariciaba la espalda-. La doncella aparecerá para preparar la chimenea... y muchos invitados saldrán a cazar esta mañana, lo que significa que se levantarán pronto.
-Algún día tendrás que explicarme por qué los hombres sienten esa insana alegría al salir antes del amanecer para deambular por campos fangosos y matar animalitos -gruño Lali a la par que se arrebujaba contra su poderoso pecho.
-Porque nos gusta medirnos contra la naturaleza. Y, lo que es más importante, nos proporciona una excusa para beber antes del mediodía.
La joven sonrió y le acarició el hombro con la nariz al tiempo que deslizaba los labios sobre la tersa piel masculina.
-Tengo frío -susurró-. Métete conmigo bajo las mantas.
Peter gruñó por la tentación que ella representaba y se obligó a abandonar la cama. De inmediato, Lali se acurrucó bajo las sábanas, apretando los suaves pliegues de la camisa de Peter contra su cuerpo. Pese a todo, él no tardó en regresar totalmente vestido y en sacarla de debajo de las mantas.
-Quejarte no te servirá de nada -le dijo mientras la envolvía en una de sus batas-. Vas a volver a tu habitación. No pueden ver te conmigo a estas horas.
- ¿Tienes miedo de un escándalo? -preguntó Lali.
-No. Aunque, por naturaleza, tiendo a conducirme con discreción siempre que es posible.
-Siempre tan caballeroso -se burló ella, que levantó los brazos para que le anudara el cinturón de la bata-. Deberías casarte con una joven que fuera tan discreta como tú.
-Ya, pero esas jóvenes no son ni la mitad de entretenidas que las perversas.
- ¿Eso soy? -preguntó ella mientras le rodeaba los hombros con los brazos-. ¿Una chica perversa?
-Sin duda alguna -respondió Peter antes de cubrir la boca de la muchacha con la suya.
Daisy se despertó al oír que alguien arañaba la puerta con los dedos. Entrecerró los ojos y vio que la luz todavía estaba teñida con los colores del amanecer; su hermana se encontraba delante del lavamanos, desenredándose el cabello. La menor de las Esposito se incorporó en la cama y se apartó el pelo de la cara antes de preguntar:
- ¿Quién podrá ser?
-Voy a ver.
Ya ataviada con un vestido mañanero en otomán de seda de color rojo oscuro, Lali se acercó a la puerta y abrió una rendija.
A juzgar por lo que Daisy pudo ver, se trataba de una criada con un mensaje. A continuación, se produjo una breve conversación y, a pesar de que Daisy no pudo discernir las palabras, sí captó cierto tono de sorpresa en la voz de su hermana, que acabó tornándose en enfado.
-Muy bien -dijo Lali con sequedad-. Dile que lo han. Aunque no veo la necesidad de tanto secretismo.
La criada desapareció y Lali cerró la puerta, ceñuda.
- ¿Qué pasa? -preguntó Daisy-. ¿Qué te ha dicho? ¿Quién la ha enviado?
-No pasa nada -:replicó Lali, tras lo que añadió con bastante ironía-: Se supone que no puedo decirlo.
-Oí algo sobre secretismo.
-Bueno, no es más que un asuntillo del que tengo que ocuparme. Te lo explicaré este mediodía... Sin duda, tendré una historia de lo más entretenida y pintoresca que contaras.
- ¿Está relacionado con lord Lanzani?
-De forma indirecta. -El ceño de Lali se despejó y, de repente, pareció radiante de felicidad. Quizá más feliz de lo que Dais)' la había visto jamás-. Por Dios, Daisy, es repugnante lo mucho que deseo estar con él. Me da la sensación de que hoy vaya hacer algo tremendamente estúpido. Como ponerme a cantar de repente o algo por el estilo. Por los clavos de Cristo, ni se te ocurra permitírmelo.
-Por supuesto que no -prometió Daisy, que le devolvió la sonrisa-. ¿Eso quiere decir que estás enamorada?
-Yo no he dicho eso -afirmó Lali con presteza-. Incluso si lo estuviera... y no estoy admitiendo nada... jamás sería la primera en decirlo. Es cuestión de orgullo. Además, hay muchas posibilidades de que él no dijera lo mismo y me respondiera con un amable «gracias», en cuyo caso tendría que matarlo. O suicidarme.
-Espero que el conde no sea tan terco como tú -comentó Daisy.
-No lo es -le aseguró Lali. Aunque lo crea. -Algunos recuerdos íntimos la hicieron soltar una carcajada y llevarse una mano a la frente-. Señor, Daisy -dijo con regocijo malévolo-, voy a ser una condesa espantosa.
-Mejor decirlo de otra forma... -replicó Daisy con diplomacia-. Digamos, en cambio, que serás una condesa «poco convencional».
-Puedo ser el tipo de condesa que quiera -dijo Lali, a caballo entre el placer y el asombro-. Eso dice Lanzani... Y a decir verdad, creo que habla en serio.
Tras un ligero desayuno a base de té y tostadas, Lali salió a la terraza posterior de la mansión. Con los codos apoyados en la balaustrada, contempló la vasta extensión de jardines, con sus senderos meticulosamente delimitados y las amplias franjas de setas cuajados de rosas, además de los tejos podados con cuidado, que proporcionaban encantadores rincones escondidos para explorar. Su sonrisa se desvaneció al recordar que, justo en ese momento, la condesa la aguardaba en la Corte de las Mariposas, tras haber enviado a una de las criadas para que le dijera el lugar de la cita.
La condesa deseaba mantener una charla' en privado con Lali... y no era una buena señal que quisiera hacerla a tanta distancia de la mansión. Dado que la mujer tenía dificultad para caminar -razón por la que usaba un bastón o se dejaba llevar en silla de ruedas de vez en cuando-, llegar hasta el jardín secreto le supondría una ardua tarea. Habría sido mucho más sencillo y sensato encontrarse en el salón Lanzani, ubicado en la planta superior de la mansión. No obstante, tal vez lo que quería decirle la condesa fuera de índole tan privada que no podía arriesgarse a que alguien oyera algo. A Lali no le cabía ninguna duda de cuál era el motivo por el que la condesa le había pedido que no le contara nada a nadie acerca de ese encuentro. Si Peter se enteraba, insistiría hasta llegar al final del asunto más tarde... algo que ninguna de ellas quería que sucediera. Además, Lali no tenía la menor intención de esconderse detrás de Peter. Se enfrentaría a la condesa ella sola.
Por supuesto, esperaba toda una diatriba. La relación que mantenía con la mujer le había enseñado que ésta tenía una lengua viperina y que poseía un poder ilimitado para herir con sus palabras. Cosa que, sin embargo no le importaba. Cada sílaba que pronunciara la condesa resbalaría por el cuerpo de Lali como las gotas de lluvia que caen contra una ventana, por la sencilla razón de que estaba segura de que nada podría impedir su boda con Peter. Eso significaba que la condesa tendría que darse cuenta de que mantener una relación cordial con su futura nuera redundaría en su propio beneficio. En caso contrario, se harían la vida imposible la una a la otra.
Lali esbozó una sonrisa de desagrado mientras descendía el largo tramo de escalones que conducían al jardín y salía al frío ambiente matutino.
-Ya voy, vieja zorra -musitó-. Demuéstrame de lo que eres capaz.
La puerta de la Corte de las Mariposas estaba entreabierta cuando llegó. Tras enderezar los hombros, Lali compuso una expresión de fría indiferencia y entró en el recinto. La condesa se encontraba sola en el jardín secreto, si ningún criado en las proximidades que la atendiera. Estaba sentada en el banco circular como si se tratara de un trono y junto a ella reposaba el bastón decorado con joyas. Tal y como era de esperar, lucía una expresión pétrea y, por un instante, Lali estuvo a punto de estallar en carcajadas cuando se le ocurrió que la mujer parecía un diminuto guerrero que sólo se conformaría con una indiscutible victoria.
-Buenos días -saludó Lali con voz agradable al tiempo que se acercaba a ella-. Ha elegido usted un lugar encantador para nuestro encuentro, milady. Espero que la caminata desde la mansión no la haya extenuado.
-Eso es sólo de mi incumbencia -replicó la condesa-, no de la suya.
A pesar de que esos ojos negros y separados en exceso no demostraban emoción alguna, Lali sintió un súbito ramalazo de frío. No se trataba de miedo, pero sí de una trepidación instintiva que no había sentido en sus encuentros anteriores.
-Me limitaba a expresar cierto interés por su comodidad -comentó Lali al tiempo que levantaba las manos en un falso gesto defensivo-. No volveré a provocarla con algún otro intento de mantener una relación cordial, mi lady. Le ruego que vaya al grano y diga lo que tenga en mente. He venido para escucharla.
-Por su propio bien, así como por el de mi hijo, espero que lo haga.-Sus palabras traslucían cierta debilidad distante, hecho que dejó a la misma condesa un tanto perpleja, puesto que creía que no había necesidad alguna de decir tales cosas. Sin duda, de todas las discusiones que había mantenido a lo largo de su vida, ésa en con-creto no la había esperado jamás-. De haberme imaginado que una joven de su procedencia pudiera atraer al conde, le habría puesto punto y final a este asunto mucho antes. Mi hijo no está en su sano juicio; de otra forma, jamás habría cometido esta locura.
Cuando la anciana se detuvo para tomar aire, Lali se oyó preguntar en voz baja:
-¿Por qué lo llama locura? Hace unas cuantas semanas, afirmó que yo podría atrapar a un aristócrata británico. ¿Por qué no al propio conde? ¿Sus objeciones se basan en un desagrado personal o...?
- ¡Chiquilla estúpida! -exclamó la condesa-. Mis objeciones se basan en el hecho de que, en quince generaciones de herederos Lanzani, ninguno se ha casado con alguien que no perteneciera a la aristocracia. ¡Y mi hijo no será el primer conde en hacerla! Puesto que proviene de un país sin tradiciones, cultura ni vestigios de nobleza, usted no entiende nada acerca de la importancia de la sangre. Si el conde se casara con usted, no sólo supondría un fracaso para él, sino también para mí; por no mencionar que conllevaría la caída en desgracia de todos los hombres y mujeres relacionados con el blasón de la familia Lanzani.
La pomposidad del comentario estuvo a punto de arrancarle una carcajada a Lali... hasta que se dio cuenta, por primera vez, de que lady Lanzani creía en la inviolabilidad del linaje noble de los Lanzani como si fuera un credo. Mientras la condesa se esforzaba por recuperar la compostura, Lali se preguntó cómo podría dirigir la conversación hacia asuntos personales y apelar a los sen-timientos que la condesa albergaba por su hijo en lo más profundo de su alma... si es que eso era posible.
A Lali no se le daba muy bien hablar con franqueza de sus sentimientos. Prefería hacer comentarios ingeniosos, o cínicos, ya que siempre le había parecido demasiado peligroso hablar con el corazón. No obstante, aquello era importante. Y tal vez le debiera un poco de sinceridad a la mujer con cuyo hijo pretendía casarse en breve.
Lali se expresó con deliberada lentitud.
-Milady, estoy segura de que desea la felicidad de su hijo por encima de todo. Mi intención es hacerle entender que yo deseo exactamente lo mismo. Es cierto que no provengo de una familia noble y que tampoco poseo los refinamientos que usted habría preferido... -Se detuvo con una sonrisa burlona-. Ni siquiera estoy segura de lo que es un «blasón». Pero creo... creo que podría hacer feliz a Lanzani. Al menos, podría aliviar sus preocupaciones un poco... y le aseguro que no me comportaré como una completa tarambana. No le quepa duda de que, al menos, jamás trataré de avergonzarlo ni de ofenderla a usted...
-¡No pienso tolerar más estos patéticos gimoteos! -explotó la condesa-. Todo lo referente a usted me ofende. No la aceptaría siquiera como criada en mi propiedad... ¡Y mucho menos como señora! Mi hijo no siente nada por usted. Para él, no es más que un síntoma de las desavenencias pasadas con su padre. Usted no es más que una forma de rebelión, una venganza inútil contra un fantasma. Y cuando se canse de la novedad que supone su nueva esposa, el conde acabará por odiarla tanto como yo. Pero entonces ya será demasiado tarde. El linaje estará arruinado.
Lali mantuvo el rostro impasible, aunque era consciente de que se había quedado pálida. Comprendió que nadie la había mirado con verdadero odio hasta ese momento. Era evidente que la condesa le deseaba todo tipo de males, salvo la muerte... o tal vez ésta también. Sin embargo, en vez de acongojarse, llorar o protestar, Lali decidió lanzar un contraataque.
-Puede que se case como venganza contra usted, milady. En cuyo caso, me alegro de convertirme en el medio para alcanzar tal fin.
Los ojos de la condesa se abrieron como platos.
-¡Cómo se atreve! -exclamó con voz ronca.
A pesar de la tentación de añadir algo más, Lali temió provocarle una apoplejía a la condesa. Y pensó, no sin cierta malicia, que matar a la madre de su prometido no era la mejor manera de comenzar un matrimonio. Se tragó las palabras mordaces que tenía en la punta de la lengua y miró a la condesa con los ojos entrecerrados.
-Supongo que hemos dejado claras nuestras posturas. Aunque tenía la esperanza de que nuestra conversación acabara de otra manera, debo admitir que las noticias son algo desconcertantes. Tal vez con el tiempo lleguemos a algún tipo de entendimiento.
-Sí... llegaremos a un entendimiento. -Había una sutil nota venenosa en la voz de la mujer y Lali tuvo que suprimir el impulso de retroceder al ver la malevolencia de su mirada.
De repente, la desagradable conversación hizo que se sintiera helada y sucia; lo único que deseaba era alejarse todo lo posible de esa mujer. Sin embargo, la condesa no podría hacerle nada mientras Peter siguiera deseándola, se recordó.
-Voy a casarme con él-afirmó con serenidad, ya que sentía la necesidad de dejar bien claro ese punto.
-Por encima de mi cadáver -susurró la condesa.
Tras levantarse del asiento, cogió el bastón para mantener el equilibrio. Preocupada por la debilidad física de la mujer, Lali se dispuso a prestarle ayuda. Sin embargo, se contuvo al ver la mirada de desprecio absoluto que le dirigió la condesa, ya que sospechaba que la anciana bien podría pegarle con el bastón.
El agradable sol de la mañana se colaba a través del velo de bruma que quedaba suspendido sobre el jardín; unas cuantas mariposas de la variedad Dama Pintada desplegaron las alas para revolotear por encima de las flores entreabiertas. Era un jardín precioso, un escenario que resultaba incongruente con las crueles palabras que se habían pronunciado. Lali siguió a la anciana en su lenta procesión hacia la salida de la Corte de las Mariposas.
-Permítame que le abra la puerta -se ofreció Lali. La condesa aguardó con el porte de una reina y, a continuación, traspasó el umbral del jardín secreto-. Tendríamos que habernos reunido en un lugar más apropiado -dijo Lali, incapaz de contenerse-. Después de todo, podríamos haber discutido de igual forma dentro de la mansión, y usted no se habría visto obligada a caminar tanto.
Lady Lanzani prosiguió su marcha sin prestarle la más mínima atención. En ese momento ocurrió algo de lo más extraño: la condesa hizo un comentario, pero no se molestó en decirlo por encima del hombro, sino que giró la cabeza hacia un lado, como si hablara con otra persona.
-Puede proceder.
-¿Milady? -preguntó Lali, confundida, mientras se disponía a salir del jardín secreto.
Con vertiginosa rapidez, alguien le tapó la boca y la sujetó desde atrás con una fuerza brutal. Antes de que pudiera moverse o hablar, le colocaron algo sobre la boca y la nariz. El miedo le hizo abrir los ojos de par en par y trató de forcejear, de moverse, mientras sus pulmones Intentaban con desesperación conseguir algo de aire. El trapo que una mano enorme apretaba contra su rostro estaba impregnado con algún fluido dulzón, cuyos efluvios se extendían con rapidez por las fosas nasales, la garganta, el pecho, la cabeza... Una oleada rápida y perniciosa que hizo que su cuerpo se colapsara miembro a miembro como si de un castillo de naipes se tratara. Dejó de sentir los brazos y las piernas y luego se sumió en una oscuridad insondable. Por último, cerró los ojos al tiempo que el sol se tornaba negro.
Peter, que regresaba de un desayuno tardío en el pabellón del lago tras la jornada de caza, se detuvo al pie de la enorme escalinata de la parte posterior de la mansión. Uno de los participantes de la cacería, un anciano que había sido amigo de la familia durante más de veinticinco años, lo había detenido para presentarle sus quejas acerca de otro de los huéspedes.
-Disparó cuando no le tocaba -dijo el anciano, iracundo-, no una vez ni dos, sino tres veces. Y para empeorar las cosas, declaró que había abatido una de las piezas a las que yo disparé. En todos los años que llevo cazando en Stony Cross Park, jamás me había topado con semejante grosería...
Peter lo interrumpió con solemne cortesía para asegurarse que no sólo hablaría con ese invitado tan insolente, sino que le enviaría una invitación al anciano para que la semana siguiente pudiera cazar y disparar a su antojo. Apaciguado hasta cierto punto, el agraviado anciano se alejó de Peter tras murmurar unas cuantas quejas más acerca de los invitados maleducados que no tenían ni idea de lo que era la caballerosidad en el campo. Con una sonrisa lastimera, Peter ascendió los escalones que conducían a la terraza trasera. Fue entonces cuando vio a Hunt, que también acababa de regresar y que se encontraba inclinado hacia su esposa. Resul-taba evidente que Annabelle estaba preocupada por algo, ya que hablaba en susurros con su marido sin dejar de clavarle los dedos en la manga de su chaqueta.
Cuando subió las escaleras, se le acercaron Daisy Esposito y su amiga Evie, quien, como era habitual, no fue capaz de mirarlo a los ojos. Tras ejecutar una ligera reverencia, Peter le dirigió una sonrisa a Daisy y pensó que no le costaría mucho tomarle cariño a la muchacha. La delicadeza de su figura y la dulzura de su exuberan-te ánimo le recordaban a su hermana Livia de joven. No obstante, en aquellos momentos, se había apagado la acostumbrada vivacidad de su expresión y tenía las mejillas pálidas.
-Milord, me alegro de que haya regresado -murmuró Daisy-. Hay un... asunto privado que nos preocupa un poco...
-¿ En qué puedo ayudar? -preguntó Peter de inmediato., Una ligera brisa le agitó el cabello cuando inclinó la cabeza hacia la Joven.
Al parecer, Daisy no sabía muy bien cómo explicarlo.
-Se trata de mi hermana -le dijo, tensa-. No la encontramos por ningún sitio. Hace cinco horas que la vi por última vez. Se marchó para cumplir algún tipo de encargo, pero no me explicó de qué se trataba. Al ver que no regresaba, me puse a buscada yo misma. Y, después, me ayudaron las demás floreros... quiero decir, Evie y Annabelle. No hemos visto a Lali ni en la mansión ni en los jardines. Incluso me he acercado al pozo de... los deseos, por si hubiera ido allí por alguna razón. No es normal que desaparezca de esta manera. Al menos, no sin mí. Tal vez sea demasiado pronto para preocuparse, pero... -Se detuvo y frunció el ceño, como si buscara una forma de librarse de las preocupaciones pero se descubriera incapaz de hacerlo-. Ha ocurrido algo horrible, milord. Lo presiento.
Peter mantuvo el rostro impasible, pese a sentir una puñalada de preocupación en su interior. Hizo un rápido recuento mental de las posibles razones que podrían explicar su ausencia, desde las más frívolas hasta las más importantes; pero, aun así, nada parecía tener sentido. Lali no era tan estúpida como para alejarse mucho de la mansión y se y, a pesar de lo mucho que le gustaban las travesuras, no gastaría una broma tan pesada. Tampoco parecía probable que hubiera ido de visita, puesto que no conocía a nadie del pueblo y, además, no habría abandonado la propiedad sola. ¿Estaría herida? ¿Le habría pasado algo?
Mientras el corazón le latía a un ritmo desbocado, sus ojos abandonaron el delicado rostro de Daisy para observar a Evie Jenner mientras decía con voz serena:
-Tal vez haya ido a los establos y...
-No, mi-milord -dijo Evie Jenner-. Ya fui a preguntar y resulta que todos los caballos están allí y que ninguno de los mozos ha visto a Lali hoy.
Peter hizo un breve gesto de asentimiento.
-Organizaré grupos de búsqueda para examinar la casa y los alrededores -dijo-. La encontraremos en menos de una hora.
Reconfortada al parecer por sus ademanes bruscos, Daisy dejó escapar un tembloroso suspiro.
-¿Qué puedo hacer yo?
-Cuénteme más cosas sobre ese recado. -Peter clavó la mi rada en sus grandes ojos castaños-. ¿De qué hablaron antes de que se marchara?
-Una de las criadas vino esta mañana para entregarle un mensaje y...
-¿A qué hora? -interrumpió Peter con sequedad.
-Sobre las ocho.
-¿Quién era la criada?
-No lo sé, milord, Apenas pude oír nada, ya que la puerta sólo estaba entreabierta mientras hablaron. Además, la criada llevaba la cofia del uniforme, así que ni siquiera puedo decirle cuál era su color de pelo.
Hunt y Annabelle se unieron a la conversación, -Interrogaré al ama de llaves y a las criadas -dijo Hunt.
-Bien. -Impaciente por ponerse en marcha, Peter musitó-: Comenzaré a buscar por los alrededores. -Reuniría a un grupo de sirvientes y a unos cuantos invitados, incluyendo al padre de Lali, para que lo ayudaran. Hizo un rápido cálculo del tiempo que Lali llevaba ausente y de la distancia que podría haber recorrido a pie a través del agreste terreno-. Empezaremos por los jardines e iremos ampliando el cerco hasta unos quince kilómetros alrededor de la mansión. -Clavó la mirada en Hunt, señaló las puertas con un gesto de la cabeza y ambos comenzaron a alejarse.
-Milord -lo llamó Daisy con voz ansiosa, retrasándolo un poco-. La va a encontrar, ¿verdad?
-Sí -respondió sin vacilación alguna-. Y después pienso estrangularla.
Ese comentario arrancó una sonrisa preocupada a Daisy, que no apartó la vista de él mientras se marchaba.
El estado de ánimo de Peter pasó de una honda frustración a una preocupación insoportable a medida que avanzaba el interminable mediodía. Thomas Esposito, que estaba convencido de que aquello no era más que otra de las travesuras de su hija, se unió al grupo de jinetes encargados de buscarla por los prados y bosques de las cercanías, mientras que otro grupo de voluntarios se dirigió a los riscos del río. La residencia de soltero, la casa del guarda, la casa del administrador, la fresquera, la capilla, el invernadero, la bodega, los establos y sus alrededores... todo se inspeccionó palmo a palmo. Daba la sensación de que se había buscado en todos los rincones de Stony Cross Park sin encontrar nada, ni una huella ni un guante olvidado, que diera indicios de lo que le había sucedido a Lali.
Mientras que Peter recorría a caballo los bosques y campos hasta que los flancos de Brutus se empaparon de sudor y comenzó a echar espuma por la boca, Simón permaneció en la mansión para interrogar sistemáticamente a los criados. Peter sabía que era el único hombre a quien podía confiarle esa tarea, puesto que estaba seguro de que la llevaría a cabo con la misma eficiencia y rigor que él mismo emplearía. Además, el conde no se encontraba de humor para hablarle con paciencia a nadie. Lo que quería era empezar a romper cabezas, arrancar la información que deseaba de la indefensa garganta de quien fuera. El hecho de saber que Lali se encontraba perdida o tal vez herida en algún lugar, despertaba en él una emoción desconocida, tan ardiente como un rayo y tan fría como el hielo... una emoción que acabó por identificar como miedo. La seguridad de Lali era demasiado importante para él. No podía soportar la posibilidad de que Lali se encontrara en una situación peligrosa y que él no fuera capaz de ayudarla. Que no fuera capaz de encontrarla siquiera.
-¿Va a ordenar que se draguen los estanques y el lago, milord? -preguntó el sirviente principal, William, después de resumir los resultados de la búsqueda hasta ese momento.
Peter lo observó con la mirada vacía mientras notaba que el zumbido de sus oídos se hacía más penetrante y agudo y que el martilleo del pulso se había vuelto doloroso.
-Todavía no -se oyó decir con una voz sorprendentemente tranquila-. Vaya mi estudio para hablar con el señor Hunt. Podrá encontrarme allí si se descubre algo en los próximos minutos.
-Sí, milord.
El conde se dirigió a grandes zancadas hacia el estudio, donde Hunt interrogaba a los criados uno a uno. Peter entró sin llamar. Vio que Hunt se encontraba tras el enorme escritorio de cedro, con la silla ladeada para poder mirar a la cara a una pálida criada que St. había sentado frente a él. La muchacha se puso en pie al ver a Peter y consiguió hacer una nerviosa reverencia.
-Siéntate -dijo Peter con sequedad.
Puede que fuera su tono de voz, la adusta expresión de su rostro o, tal vez, su mera presencia, lo que provocó que ella se deshiciera el llanto. La atenta mirada de Peter se clavó en Simón Hunt, quien contemplaba a la doncella con una tranquila aunque implacable tenacidad.
-Milord -dijo Hunt en voz baja, pero su mirada no se aparto de los llorosos ojos de la criada mientras ésta sollozaba contra su manga-, después de entrevistar a esta joven... Gertie... durante algunos minutos, resulta evidente que puede tener información relevante sobre ese recado misterioso que la señorita Esposito tenía que hacer esta mañana y su posterior desaparición. No obstante, creo que el miedo a que la despidan puede hacer que Gertie guarde silencio. Si tú, como su patrón, pudieras proporcionarle alguna garantía...
-No te despediré -le dijo Peter a la doncella con dureza- si me dices lo que sabes en este mismo momento. En caso contrario, no sólo te despediré, sino que me aseguraré de que te juzgan por cómplice en la desaparición de la señorita Esposito...
Gertie miró al conde con los ojos como platos, y sus sollozos se convirtieron de inmediato en un tartamudeo aterrorizado.
-Mi-milord... me... me en-enviaron para entregarle un mensaje a la señorita Esposito esta mañana, pero me advirtieron que no debía decírselo a nadie... Ella quería reunirse en secreto con la joven en el jardín de las mariposas... y me dijo que si decía una palabra me despediría...
-¿ Quién te envió? -exigió saber Peter, cuya sangre hervía de furia-. ¿ Con quién tenía que encontrarse la señorita Esposito? ¡Dímelo, maldita sea!
-Me envió la condesa -susurró Gertie, espantada al parecer por la expresión del rostro del conde-. Me envió lady Lanzani, milord.
Antes incluso de que la última palabra abandonara los labios de la muchacha, Peter ya había salido en tromba de la estancia y se dirigía a la escalera principal, presa de una furia asesina.
-¡Lanzani! -gritó Simón Hunt, que lo siguió a la carrera-. Lanzani... maldito seas, espera...
Peter se limitó a apresurar el paso, subiendo los escalones de tres en tres. Él mejor que nadie sabía de lo que era capaz la condesa... y su alma se vio envuelta por una negra nube de pánico al saber que, de un modo u otro, bien podría haber perdido ya a Lali a esas alturas.
Continuara.... Wuajajajjaajjajaj
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