-Lord Lanzani me confesó en una ocasión que su padre era un bruto -dijo ella con la esperanza de que su comentario alentara al hombre y éste le revelara algo más.
- ¿De veras? -Los ojos del vizconde brillaban por el interés-. O es muy extraño. Lanzani jamás menciona a su padre ante nadie.
- ¿Lo era? Me refiero a si el difunto conde era un bruto.
-No -contestó St. Vincent en voz baja-. Llamado «bruto» sería quedarse corto, puesto que el calificativo implica una cierta incapacidad a la hora de percibir la propia crueldad. El viejo conde era un demonio. Sólo conozco parte de sus atrocidades y no deseo saber ninguna más. -Tras apoyarse sobre las manos, continuó con aire pensativo-: Dudo que muchas personas hubieran podido sobrevivir al estilo de crianza de los Lanzani, que variaba entre la más absoluta negligencia y la crueldad más abyecta. -Inclinó la cabeza y sus rasgos quedaron envueltos por las sombras-. Durante la mayor parte de mi vida, he sido testigo de los esfuerzos que hacía Lanzani para no convertirse en lo que su padre quería que fuese. No obstante, lleva sobre los hombros la pesada carga de innumerables expectativas... y eso influye en él más de lo que le gustaría a la hora de tomar ciertas decisiones personales.
-Decisiones personales... ¿Como cuáles?
El hombre la miró a los ojos.
-Como con quién va a casarse, por ejemplo.
Lali, que había entendido la indirecta al instante, sopesó su respuesta con mucho cuidado.
-No hace falta que me advierta al respecto -dijo a la postre-. Soy muy consciente de que a lord Lanzani jamás se le ocurriría cortejar a alguien como yo.
-Bueno, ya se le ha ocurrido -replicó St. Vincent, dejándola pasmada.
Lali sintió que se le paraba el corazón.
- ¿Como lo sabe? ¿Le ha dicho algo?
-No. Pero es obvio que la desea. Cada vez que está cerca, apenas puede apartar los ojos de usted. Y, hace un rato, cuando estuvo bailando, tenía todo el aspecto de querer ensartarme con el objeto punzante más próximo. No obstante…
-No obstante…- lo apremió Lali.
-… cuando Lanzani decida casarse, se decantará por lo que marcan los cánones: una joven inglesa y maleable que no le exija absolutamente nada.
Por supuesto. A Lali jamás se le había ocurrido pensar otra cosa. Sin embargo, la verdad no siempre era fácil de digerir. Y a más, aunque le resultara exasperante, no tenía razón alguna por la que apenarse. Nunca había tenido nada que perder. Lanzani jamás le había hecho una promesa ni le había dedicado una palabra afectuosa. Unos cuantos besos y un vals ni siquiera podían catalogarse como un romance fallido.
En ese caso, ¿por qué se sentía tan desdichada?
St. Vincent esbozó una sonrisa compasiva al percibir el ligero cambio en la expresión de Lali.
-Pasará, dulzura -murmuró-. Siempre pasa. -Se inclino hacia delante y deslizó sus labios sobre el cabello de Lali hasta dejarlos sobre la suave piel de la sien.
Ella permaneció inmóvil, a sabiendas de que si su perfume podía afectarlo sin duda lo haría en aquel mismo momento. A esa distancia tan corta, no había modo alguno de que él pudiera eludir sus efectos. No obstante, cuando el hombre retrocedió, Lali vio que seguía actuando con serenidad y compostura. No había nada en su expresión que le hiciera presagiar un arrebato de pasión como los que Lanzani le había demostrado en dos ocasiones.
«Por todos los infiernos, ¿de qué me sirve un perfume que solo atrae al hombre equivocado?», pensó, presa de la frustración.
-Milord, ¿alguna vez ha querido a alguien que le fuera imposible conseguir? -le preguntó en voz queda.
-Todavía no. Pero no pierdo la esperanza.
Ella le respondió con una sonrisa desconcertada.
- ¿Espera enamorarse algún día de alguien que no pueda conseguir? ¿Por qué?
-Porque sería una experiencia interesante.
-Igual que caerse por un acantilado -fue su sarcástica respuesta-. Aunque, a mi parecer, es mejor saber lo que se siente de oídas que experimentarlo en primera persona.
Sin poder reprimir una carcajada, St. Vincent se apartó de la mesa y se giró para quedar frente a Lali.
-Tal vez esté en lo cierto. Será mejor que regresemos a la mansión, mi astuta amiguita, antes de que su ausencia resulte demasiado obvia.
-Pero... -Lali se dio cuenta de que su interludio en los jardines iba a consistir, por lo que parecía, en un simple paseo seguido de una breve conversación-. ¿Eso es todo? -farfulló-. ¿No va a…? -y su voz se apagó para dejar paso a un malhumorado silencio.
De pie frente a ella, St. Vincent apoyó las manos sobre la mesa a ambos lados de las caderas de Lali, pero sin llegar a tocarla. Su sonrisa era ladina y, al mismo tiempo, cálida.
- ¿Debo entender que se refiere a los supuestos avances que yo debía intentar con usted? -De forma deliberada, inclinó la cabeza hasta que su aliento cayó sobre la frente de Lali-. He decidido esperar y dejar que ambos lo deseemos un poco más.
Decepcionada, la joven se preguntó si el hombre la encontraría poco deseable. Por el amor de Dios, a juzgar por su reputación, ese hombre perseguía a cualquier cosa que llevara faldas. La cuestión de que desease o no que la besara era irrelevante a la luz de lo que verdaderamente importaba: el hecho de que otro hombre la rechazara. Dos rechazos en una misma noche eran un duro golpe contra la vanidad de cualquiera.
-Pero prometió que me haría sentir mejor -protestó Lali, cuyo rostro acababa de ruborizarse al ser consciente de la súplica que encerraba su voz.
St. Vincent dejó escapar una breve carcajada.
-Bueno, si va a empezar a quejarse... aquí tiene. Le daré algo en lo que pensar.
Acto seguido, inclinó su rostro hacia el de Lali y colocó los dedos sobre su mentón para moverle la cabeza con delicadeza y colocarla en el ángulo preciso. Ella cerró los ojos y sintió la sedosa presión de los labios del hombre, que se movían sobre los suyos con fascinante levedad. St. Vincent dejó que su boca vagara sin rumbo en una búsqueda lenta e implacable que lo llevó a tomar posesión de los labios de la muchacha con más firmeza, hasta que consiguió que ella los separara. Lali había comenzado a asimilar la exótica promesa del beso cuando él le puso fin con una lánguida caricia.
Desorientada y sin aliento, aceptó que la sujetara por los hombros hasta que fue capaz de sentarse sin correr el peligro de escurrirse del borde de la mesa.
No había duda de que le había dado algo en lo que pensar...
Tras ayudarla a ponerse en pie, el vizconde la guió de regreso por los jardines, en dirección a las distintas terrazas que ascendían, hacia el balcón trasero. Se detuvieron en el borde. La luna bañaba de plata los ángulos del perfil masculino mientras él observaba el rostro alzado de Lali.
-Gracias -murmuró St. Vincent.
¿Acaso le estaba dando las gracias por el beso? Lali asintió de modo inseguro, pensando que tal vez debería ser ella la que se lo agradeciera. Aun cuando la imagen de Lanzani se empeñaba en permanecer en un rincón de su mente, ya no se sentía tan desolada como en el salón de baile.
-No se olvidará de nuestro paseo en carruaje por la mañana, ¿verdad? -le preguntó el vizconde, al tiempo que deslizaba los dedos por su guante hasta llegar al borde y descubrir la piel desnuda de su brazo.
Ella negó con la cabeza.
St. Vincent frunció el ceño con fingida preocupación.
-¿La he dejado sin habla? -le preguntó, y soltó una carcajada al ver que ella asentía-. En ese caso, no se mueva porque voy a devolvérsela.
Y, con esas palabras, inclinó la cabeza sin pérdida de tiempo y la besó en la boca, provocando una oleada de calidez que se extendió por las venas de Lali con una especie de cosquilleo. Los largos dedos del hombre le acariciaron las mejillas sin dejar de contemplarla con expresión interrogante.
-¿Se siente mejor ahora? Permítame oírla decir algo.
Lali no pudo evitar sonreír.
-Buenas noches -musitó.
-Buenas noches -contestó él con una sonrisa cautivadora e incitante antes de darse la vuelta para alejarse de ella-. Entre usted primero.
Cuando Sebastián, lord St. Vincent, se proponía ser encantador, tal y como sucedió a la mañana siguiente, Lali dudaba de que pudiera existir un hombre en la Tierra que superara su atractivo. Tras insistir en que Daisy los acompañara también, se reunió con las tres mujeres Esposito en el vestíbulo de entrada de la mansión con un buqué de rosas para Mercedes. Acto seguido las escoltó al exterior en dirección a un faetón lacado en negro y, una vez que todos se acomodaron en sus asientos, dio la señal al conductor y el ligero vehículo comenzó a rodar con suavidad a lo largo del camino de grava.
St. Vincent se sentó junto a Lali y mantuvo a las tres mujeres entretenidas con una serie de preguntas sobre la vida que habían llevado en Nueva York. Lali se dio cuenta de que había pasado mucho tiempo desde la última vez que su hermana y ella hablaran con otra persona acerca de su lugar de nacimiento. A la alta sociedad londinense le importaba un comino Nueva York y lo que sucedía allí. No obstante, lord St. Vincent demostró ser un público receptivo y no tardaron mucho en contar una historia tras otra.
Le hablaron atropelladamente sobre la hilera de mansiones de piedra que se extendía por la Quinta Avenida; sobre la temporada invernal en Central Park, cuando el lago entre la Quinta y la Novena se congelaba y se celebraban fiestas semanales sobre el hielo; sobre cómo, en ocasiones, se podía tardar media hora en cruzar la avenida de Broadway a causa de la interminable cola provocada por los omnibuses y los coches de alquiler; así como sobre la heladería situada en el cruce de Broadway con Franklin, que se atrevía , a servir a las jovencitas aunque no fuesen acompañadas por caballero alguno.
St. Vincent pareció encontrar graciosas las descripciones que le hicieron sobre los excesos de Manhattanville; sobre aquella fiesta a la que asistieron en una ocasión, en la que habían decorado el salón de baile con tres mil orquídeas de invernadero; sobre la locura por los diamantes, que había comenzado con el descubrimiento de nuevas minas en Sudáfrica, y que había llevado a que tanto los ancianos como los niños más pequeños fueran engalanados con las resplandecientes piedras. Y, por supuesto, estaba la orden que se le daba a todos los decoradores: «Más.» Más molduras doradas, más objetos decorativos, más cuadros y más telas… hasta que todas y cada una de las habitaciones acababan cubiertas desde el suelo hasta el techo.
En un principio, Lali sintió un fuerte ataque de nostalgia mientras describía la ostentosa vida que llevara en otra época. No obstante, a medida que el faetón dejaba atrás las hectáreas de sembrados dorados listos para la siega y los sombríos bosques plagados de vida salvaje, era consciente de una sorprendente sensación de ambivalencia con respecto al que fuera su hogar. En realidad, había sido una existencia vacía, con su interminable búsqueda de la moda y de la diversión. Sin embargo, la sociedad londinense no parecía ser mejor. Jamás habría pensado que un lugar como Hampshire podría atraerla tanto y, no obstante… «Cualquiera podría tener una vida de verdad aquí», pensó con melancolía. Una vida en la que ella podría disfrutar a fondo, en lugar de tener que preocuparse por el incierto futuro.
Ajena al silencio en el que se había sumido, Lali contempló de forma distraída el paisaje que dejaban atrás hasta que el suave murmullo de St. Vincent la hizo volver a la realidad.
- ¿Ha vuelto a perder el habla?
La joven contempló sus alegres y risueños ojos mientras Mercedes y Daisy conversaban en el asiento que se encontraba frente a ellos, e hizo un breve gesto de asentimiento con la cabeza.
-Conozco un remedio magnífico -le aseguró él, arrancándole una tímida carcajada al tiempo que el rubor le cubría las mejillas.
Relajada y de un humor excelente tras el paseo con St. Vincent, Lali apenas escuchó la cháchara de su madre acerca del elegible vizconde mientras entraban en la habitación que compartía con su hermana.
-Tenemos que indagar más, por supuesto, y consultaré las notas que tenemos acerca de St. Vincent en mi informe de la aristocracia para ver si hay algo que se me haya podido escapar. No obstante, si la memoria no me falla, posee una modesta fortuna y tanto sus posesiones como su linaje son bastante aceptables…
-Yo no me mostraría tan entusiasmada con la idea de tener a St. Vincent como yerno -aconsejó Lali a su madre-. Utiliza a las mujeres como diversión y sospecho que la idea del matrimonio carece de cualquier atractivo para él.
-Hasta ahora - replicó Mercedes con una expresión ceñuda en ese rostro alargado-. Pero tendrá que casarse algún día.
- ¿Tu crees?- pregunto Lali sin mucho convencimiento-. Aunque ése fuera el caso, dudo mucho que acate las reglas de un matrimonio convencional. Como la fidelidad, en primer lugar.
Mercedes caminó hacia una de las ventanas más cercanas y clavó los ojos en los brillantes paneles de cristal con cierto malestar. Sus delicados y esqueléticos dedos se cerraron sobre los pesados flecos de seda de las cortinas.
- Todos los maridos son infieles de un modo u otro.
Lali y Daisy intercambiaron una mirada con las cejas arqueadas.
-Padre no lo es -replicó Lali con impertinencia.
Mercedes le respondió con una carcajada que sonó igual que el crujido de las hojas secas al pisarse.
- ¿No lo es, querida? Tal vez me haya sido fiel en el plano físico; nunca se puede estar segura de este tipo de cosas. Pero su trabajo ha resultado ser una amante mucho más celosa y exigente de lo que una mujer de carne y hueso podría haber llegado a ser jamás. Todos sus sueños están centrados en esa colección de edificios, empleados y cuestiones legales que lo absorben hasta el punto de olvidar todo lo demás. Si mi competidora hubiera sido una mujer mortal, lo habría tolerado sin dificultad alguna, ya que la pasión se desvanece y la belleza no dura sino un instante. Sin embargo, su empresa no se desvanecerá jamás y nunca enfermará; nos sobrevivirá a todos. Si consigues acaparar el afecto y el interés de tu marido durante un año, Lali, ya tendrás mucho más de lo que yo he disfrutado jamás.
Lali siempre había sido consciente de la situación que existía entre sus padres; su mutua falta de interés no podía ser más obvia. No obstante, ésa era la primera ocasión en la que Mercedes lo expresaba con palabras y la fragilidad de la voz de su madre hizo que Lali se encogiera de pena.
-No voy a casarme con un hombre así- le aseguro.
-Las ilusiones no son para las chicas de tu edad. Cuando cumplí los veinticuatro, ya era madre de dos hijos. Es hora de que te cases. Y sea cual sea la identidad de tu esposo y la reputación preceda, no deberías pedirle que hiciera promesas que muy podría romper.
-Tal y como lo estás pintando, asumo que podrá comportarse como desee y tratarme como le venga en gana siempre y cuando sea un aristócrata, ¿estoy en lo cierto? -replicó Lali.
-Sí -contestó Mercedes con acritud-. Teniendo en cuenta la inversión que ha hecho vuestro padre en esta aventura... las ropas las facturas del hotel y el resto de los gastos... no os queda más remedio que conseguir un esposo que pertenezca a la nobleza. Además, no regresaré derrotada a Nueva York para convertirme un hazmerreír porque mis hijas no hayan sido capaces de casarse con un par de aristócratas. -Dicho esto, se apartó de la ventana con brusquedad y salió de la habitación demasiado preocupada con sus enojados pensamientos como para acordarse de echar la llave a la puerta, que se balanceó en sus goznes y se detuvo a escasos centímetros de la jamba.
Daisy fue la primera en hablar.
- ¿Eso significa que quiere que te cases con lord St. Vincent?-preguntó con ironía.
Lali soltó una risa carente de humor.
-Le daría exactamente igual que me casara con un loco homicida y baboso, siempre y cuando su linaje fuese noble.
Daisy exhaló un suspiro antes de acercarse a su hermana y darle la espalda.
-Ayúdame con el vestido y el corsé, ¿quieres?
-¿ Qué vas a hacer?
-Vaya deshacerme de estos estorbos, a leer una novela y, después a echar una siesta.
-¿Tú durmiendo la siesta? -preguntó Lali, puesto que era la primera vez que veía a su hermana dispuesta a descansar de modo voluntario en mitad del día.
-Sí. Después de haber pasado la mañana dando tumbos en el carruaje, tengo un dolor de cabeza que madre ha acabado de empeorar con ese discurso sobre el matrimonio con un aristócrata.
- Los frágiles hombros de Daisy tenían una postura muy rígida, encerados como estaban en los confines de su vestido de paseo-. Pareces bastante impresionada con lord St. Vincent, ¿qué piensas realmente de él?
Lali sacó con mucho cuidado la hilera de botones de marfil tallado de sus pequeños ojales.
- Es divertido -respondió-. Y atractivo. A decir verdad, lo consideraría un hombre superficial e inútil... si no fuera porque, de vez en cuando, capto ciertos detalles que indican que hay algo más debajo de la superficie... -Hizo una pausa, dado que le resultaba difícil encontrar las palabras adecuadas.
-Sí, lo sé. -La voz de Daisy quedó un tanto amortiguada cuando se inclinó para hacer bajar el montón de muselina delicadamente estampada desde las caderas hasta el suelo-. Y no me gusta nada, sea lo que sea.
- ¿No? -preguntó Lali, sorprendida-. Pero esta mañana te has comportado de forma amistosa con él.
-No se puede evitar ser amable con ese hombre -admitió la pequeña de las Esposito-. Tiene esa especie de encanto del que hablan los hipnotizadores. Magnetismo animal, lo llaman. Una fuerza natural que atrae a la gente.
Lali sonrió y meneó la cabeza.
-Lees demasiadas revistas científicas, querida.
-Bueno, sin tener en cuenta el magnetismo animal de lord St. Vincent, parece ser de esa clase de hombres que se mueven por puro interés y, por tanto, no me resulta de fiar.
Tras dejar sobre una silla el vestido que acababa de quitarse, comenzó a tirar con aire decidido del armazón del corsé y suspiró aliviada cuando liberó su esbelto cuerpo, semejante al de una sílfide. Si había alguna muchacha a la que le resultara innecesario el uso de un corsé, ésa era Daisy. Sin embargo, era del todo impropio que una dama no lo llevara. Daisy arrojó la prenda al suelo sin muchos miramientos, cogió un libro de la mesita de noche y se encaramó al colchón.
-Tengo una revista científica, por si te apetece leer.
-No gracias. Estoy demasiado nerviosa como para leer y, a decir verdad, no podría dormirme. -Echo una mirada calculadora en dirección a la puerta, que seguía entreabierta-. Dudo mucho que madre se entere si salgo a dar un paseo por el jardín. El informe sobre la aristocracia la tendrá ocupada al menos durante dos horas.
No obtuvo respuesta alguna por parte de Daisy, que ya estaba enfrascada en su novela. Sonriendo ante el rostro absorto de su hermana, Lali abandonó en silencio la habitación y se dirigió hacía la entrada del servicio, que se encontraba al fondo del pasillo.
Una vez en el jardín, tomó un sendero que no había seguido antes y que se extendía paralelo a un seto de tejo inmaculadamente podado que parecía tener kilómetros de largo. Los jardines de la mansión, de formas y estructuras estudiadas con esmero, debían de tener un aspecto precioso en invierno, pensó. Después de una ligera nevada, los setos más pequeños, los árboles ornamentales y las estatuas tendrían todo el aspecto de acabar de ser cubierto con el azúcar glaseada del pudín de Navidad, mientras que las ramas de las hayas, con sus hojas parduzcas, sostendrían el peso de los carámbanos de hielo y la nieve. Sin embargo, en esos momentos, el invierno parecía estar a años de distancia de aquel bermejo jardín de septiembre.
Pasó junto a un inmenso invernadero en el que se veían cajas de verduras para ensalada y otros productos exóticos. En la puerta conversaban dos hombres; uno de ellos estaba en cuclillas frente a una hilera de cajas de madera en las que se secaban un buen montón de tubérculos. Lali reconoció a uno de ellos como el anciano jefe de los jardineros. A medida que caminaba a lo largo del sendero paralelo al invernadero, Lali no pudo evitar fijarse en el otro hombre. Iba ataviado con unos toscos pantalones y una sencilla camisa de lino blanco, sin chaleco alguno. Parecía poseer un físico muy atlético que quedaba acentuado por el modo turbador en que la camisa se adhería a su espalda en esa postura. Había cogido uno de los tubérculos y lo estaba examinando a conciencia cuando se dio cuenta de que alguien se acercaba a ellos.
Tras ponerse en pie, el hombre se dio la vuelta para quedar frente a Lali. «Tenía que se Lanzani», pensó ella al tiempo que sentía un nudo en el estómago provocado por los nervios. Ese hombre controlaba todo lo que sucedía en su propiedad con la misma meticulosidad. Ni siquiera a un humilde tubérculo le estaba permitido ser felizmente mediocre.
Esa versión de Lanzani era la preferida de Lali con diferencia; una versión que rara vez podía contemplarse: un Lanzani despeinado, relajado y fascinante en su atezada virilidad. La abertura del cuello de la camisa dejaba entrever el inicio de una mata de vello rizado. Los pantalones le quedaban un tanto sueltos en esa estrecha cintura y los llevaba sujetos por unos tirantes que resaltaban los fuertes músculos de sus hombros. Si lord St. Vincent poseía un magnetismo animal, Lanzani era una mina entera de magnetita que atraía sus sentidos con tal intensidad que Lali sentía un hormigueo por todo el cuerpo. Deseaba acercarse a él en ese mismo instante y permitirle que la arrastrara hacia el suelo entre besos rudos e impacientes caricias. En lugar de eso, respondió al murmullo de saludo del conde con un brusco movimiento de cabeza y apresuró su paso con el fin de continuar su camino.
Para su alivio, Lanzani no mostró intención alguna de seguirla y los latidos de su corazón pronto recuperaron el ritmo normal. Lali exploró los alrededores y llegó hasta un muro prácticamente cubierto por un seto enorme y por unas profusas cascadas de hiedra. Al parecer, esa zona en particular de los jardines había sido encerrada tras unas murallas imponentes. Impulsada por la curiosidad, caminó alrededor del seto, aunque le resultó imposible encontrar la entrada al recluido recinto.
-Tiene que haber una puerta -dijo, expresando sus pensamientos en voz alta.
Retrocedió unos pasos y contempló el muro que se alzaba frente a ella al tiempo que intentaba encontrar una fisura en la hiedra. Nada. Tras decidir que probaría con otra estrategia, se acercó de nuevo a la pared y hundió las manos bajo las ramas de la enredadera, en busca de una puerta escondida.
En ese momento, oyó una risilla tras ella que la hizo volverse con rapidez.
Parecía que, después de todo, Lanzani había decidido seguirla. Como descuidada concesión a las reglas del decoro, se había puesto un chaleco de tono oscuro, pero el cuello de la camisa aún permanecía abierto y los polvorientos pantalones no eran, precisamente, su mejor atavío. Esbozó una sonrisa ligera y se acerco a ella con actitud relajada.
-Debería haberme imaginado que intentaría encontrar el modo de entrar en el jardín secreto.
De un modo casi sobrenatural, Lali fue consciente de los suaves trinos de los pájaros y del leve susurro de la brisa que se movía entre la hiedra. Lanzani se acercó sin dejar de mirada a los ojos… cerca, muy cerca... tan cerca que sus cuerpos estuvieron a punto de rozarse. La fragancia del hombre asaltó el olfato de Lali: una deliciosa mezcla de piel masculina entibiada por el sol y ese aroma dulzón y seco tan peculiar que tanto la atraía. El conde alzó un brazo muy despacio para colocado en el muro que había tras ella y Lali se hundió en la susurrante hiedra. Al momento, oyó el ruido metálico de una cerradura.
-Si hubiese buscado un poco más hacia la izquierda, lo habría encontrado -le dijo en voz queda.
Ella se giró a ciegas entre los brazos de Lanzani y observo cómo éste apartaba la hiedra antes de empujar la puerta con suavidad.
-Adelante -la apremió él, al tiempo que una de sus manos la empujaba con delicadeza por la cintura y la acompañaba al interior del jardín.
Una muda exclamación brotó de los labios de Lali al contemplar aquel cuadrado de césped, rodeado en toda su longitud por un jardín de mariposas. Cada uno de los muros estaba cubierto por abundantes cascadas de color, una profusión de flores silvestres envueltas por delicadas y trémulas alas. El único mobiliario del jardín consistía en un banco circular situado en el centro, desde el que podían admirarse todos los rincones del lugar. El aroma sublime de las flores bañadas por el sol llegaba hasta su nariz y la embriagaba con su dulzura.
-Lo llamamos la Corte de las Mariposas -comentó Lanzani tras cerrar la puerta. Su voz fue como una caricia aterciopelada en oídos de la joven-. El jardín se diseñó eligiendo las plantas que más las atraían.
Lali sonrió de forma ensoñadora mientras contemplaba las diminutas y ajetreadas formas que revoloteaban sobre los heliotropos y las caléndulas.
- ¿Cómo se llaman ésas? Las que son naranjas y negras.
Lanzani se colocó a su lado.
-Damas Pintadas.
- ¿Cómo se llaman los grupos de mariposas? ¿Enjambres?
-Es lo más común. De cualquier forma, yo prefiero una variación mas reciente... Dentro de algunos círculos, se conocen como «calidoscopio de mariposas».
- ¿calidoscopio? Eso es una especie de instrumento óptico, ¿no es cierto? He oído hablar de ellos, pero jamás he tenido la oportunidad de ver uno
-Tengo un calidoscopio en la biblioteca. Si quiere, se lo mostraré mas tarde. -Antes de que ella pudiera responder, Lanzani señaló una enorme cascada de lavanda-. Mire allí… La mariposa blanca es una Erynmis.
De pronto, la joven dejó escapar una carcajada.
-¿Una Erynmis tages?
Los ojos del conde respondieron a su humor con un brillo de diversión.
-No; no es más que la variedad habitual de Erynmis.
La luz del sol arrancaba destellos a su negro y abundante cabello y le daba una tonalidad broncínea a su piel. La mirada de Lali se paseó por la fuerte línea de su cuello y, de repente, fue insoportablemente consciente de la fuerza de su cuerpo, del poderío masculino que la había fascinado desde la primera vez que lo viera. ¿Qué se sentiría al estar envuelta por semejante fuerza?
-Me encanta el olor de la lavanda -comento Lali, con la intención de apartar sus pensamientos de esos derroteros tan peligrosos-. Me gustaría viajar alguna vez a la Provenza y caminar entre los senderos de lavanda un día de verano. Según dicen, las flores alcanzan una altura tal que los campos parecen océanos violetas. ¿Se imagina lo hermoso que debe de ser?
Lanzani sacudió la cabeza ligeramente, sin dejar de mirarla.
La joven se paseó entre los tallos de la lavanda, acarició los diminutos capullos morados y se llevó los dedos perfumados a la garganta.
-Consiguen un aceite esencial al aplicar vapor a las plantas y extraer el líquido. Se necesitan algo así como doscientos veinticinco kilos de lavanda para producir unos preciosos mililitros de aceite.
-Parece saber bastante acerca del tema.
Lali frunció los labios.
-Me interesan muchísimo las esencias. De hecho, podría ayudar en gran medida a mi padre en su compañía si me lo permitiera. Pero soy una mujer y, por tanto, mi único cometido en la vida es casarme bien. -Se paseó por el borde del exuberante parterre de flores silvestres.
Lanzani la siguió y se colocó justo detrás de ella.
-Eso me recuerda un tema que es necesario discutir.
- ¿Si?
-Últimamente frecuenta mucho la compañía de St. Vincent.
-Así es.
-No es una compañía adecuada para usted.
-Es amigo suyo, ¿no es cierto?
-Sí... por eso sé muy bien de lo que es capaz.
- ¿Me está aconsejando que me mantenga alejada de él?
-Puesto que es obvio que eso no sería más que un poderoso incentivo para que usted hiciera justo lo contrario... No. Me limito a aconsejarle que no sea ingenua.
-Puedo manejar a St. Vincent.
-Estoy seguro de que eso es lo que cree. -Un ápice de irritante condescendencia tiñó su voz-. De cualquier forma, es evidente que usted carece de la experiencia y la madurez necesarias para protegerse de sus avances.
-Hasta el momento, del único que he tenido que protegerme es de usted -replicó Lali, que se giró para mirarlo cara a cara. Observó con satisfacción que aquel golpe había dado en el clavo y había logrado que las mejillas del conde se sonrojaran un tanto, al igual que el marcado puente de su nariz.
-Si St. Vincent todavía no ha tratado de aprovecharse de usted es tan sólo porque está aguardando un momento más oportuno - señalo Lanzani con peligrosa caballerosidad-. Y, a pesar de su desmesurada opinión acerca de sus habilidades (o quizás a causa de ella), es usted un blanco de seducción muy fácil.
- ¿Desmesurada? -repitió Lali, ofendida-. Déjeme decirle que mi experiencia es demasiado vasta como para dejarme atrapar por cualquier hombre, y eso incluye a St. Vincent. -Para humillación de Lali, Lanzani pareció darse cuenta de la exageración y su negra mirada adquirió un brillo de diversión.
-Me he equivocado, entonces. Por la manera en que besa, asumí … - Dejó sin terminar la frase deliberadamente, con el fin de tenderle un anzuelo que ella fue incapaz de dejar escapar.
- ¿Qué ha pretendido decir con eso de «por la manera en que besa»? ¿Acaso está insinuando que he hecho algo mal? ¿Algo que no le gusta? ¿Algo que no debería...?
-No... -Rozó con la yema de los dedos los labios de la joven para acallarla-. Sus besos fueron muy... -Dudó un momento como si no encontrara la palabra adecuada y, entonces, su atención pareció concentrarse en la plenitud de los labios de Lali-. Dulces -susurró tras una larga pausa, al tiempo que deslizaba los dedos por la parte inferior de la barbilla de la muchacha. Pese a no ser más que una leve caricia, el conde pudo sentir la exquisita tensión de los músculos de su garganta-. Sin embargo, su respuesta no fue la que habría esperado de una mujer experimentada.
Frotó con el dedo pulgar el labio inferior de Lali, apartándolo del superior. La muchacha se sentía a la vez aturdida y beligerante, como una gatita soñolienta a la que acabaran de despertar haciéndole cosquillas con una pluma. Se tensó cuando sintió que el hombre le colocaba una mano tras la espalda.
- ¿Y qué... qué otra cosa se suponía que debía hacer? ¿Hubo algo que usted esperara que hiciera y que no hice? -Se detuvo para tomar aliento cuando los dedos del conde siguieron el ángulo de su mandíbula y acabaron por rodearle la mejilla.
- ¿Quiere que se lo enseñe?
Por instinto, ella le dio un empujón en el pecho para aflojar su abrazo. Lo mismo habría dado que tratara de mover un muro de hierro.
- Lanzani...
-Es evidente que necesita un tutor cualificado. -Su cálido aliento rozó los labios de Lali al hablar-. No se mueva.
Al darse cuenta de que se estaba burlando de ella, Lali lo empujó con más fuerza, pero lo único que consiguió fue que le sujetara las muñecas a la espalda con asombrosa facilidad y la empujara hacia delante hasta que la suave redondez de sus pechos chocó contra el torso del hombre. Tras emitir un gemido de protesta, sintió cómo la boca del conde cubría la suya y, al instante, se sintió paralizada por una llamarada de sensaciones que se extendió por todos y cada uno de los músculos de su cuerpo, hasta que tuvo la sensación de no ser más que el títere de madera de un niño cuyas cuerdas acabaran de enredarse.
Atrapada entre sus brazos y sujeta contra la dura superficie de su pecho, notó que la respiración se le aceleraba hasta convertirse en profundas e irregulares bocanadas. Sus pestañas descendieron y pudo sentir la cálida luz del sol sobre los párpados. Fue entonces cuando percibió la lenta penetración de la lengua del conde, una intimidad fundente que provocó que un intenso estremecimiento la recorriera de arriba abajo.
Al sentir el movimiento, él trató de tranquilizarla con una serie de prolongadas caricias en la espalda mientras su boca seguía jugueteando con la de ella. La besó con más intensidad y las embestidas de su lengua se encontraron con una tímida retirada que arrancó un gemido ronco y burlón de su pecho. Ofendida al instante, Lali se echó hacia atrás y Lanzani colocó la mano en la parte posterior de su cabeza.
- No -murmuró-. No te apartes. Ábrela para mí. Ábrela...-Y vez más, esa boca seductora y firme se encontró sobre la de Lali.
Al comprender poco a poco lo que quería de ella, la muchacha permitió que su lengua acariciara la de él. Sintió la fuerza de su respuesta, la urgencia que lo abrasaba, pero el conde permaneció igual de controlado mientras la exploraba con besos lánguidos. Una vez que tuvo las manos libres, Lali no pudo reprimir la tentación de tocarlo: colocó una mano sobre los tonificados músculos de su espalda y alzó la otra hasta la columna de su cuello. Esa piel bronceada era suave y cálida, como el satén recién planchado. Examinó, el enérgico pulso que latía en el hueco de la base de su garganta y dejo que sus dedos vagaran hasta el oscuro vello que asomaba por el cuello abierto de su camisa.
Lanzani alzó sus cálidas manos hasta el rostro de Lali para cubrir las mejillas de la muchacha al tiempo que se concentraba en la boca y la poseía con besos hambrientos de los que robaban el alma, hasta que ella se encontró demasiado débil como para mantenerse en pie. Cuando se le doblaron las rodillas, sintió que los brazos de Lanzani la rodeaban de nuevo. El conde acunó su cuerpo débil y la ayudó a tenderse sobre la espesa alfombra de césped. Se tumbó a medías sobre ella, con una pierna anclada sobre sus faldas, y coloco un sólido brazo bajo su cuello. La boca masculina busco la suya y, en esa ocasión, ella no se apartó con timidez de aquel escrutinio implacable, sino que se abrió por completo a él. El ni más allá del jardín secreto se desvaneció. Sólo existía ese lugar, ese trocito de Edén, soleado, silencioso y lleno de colores insólitos. La mezcla del aroma de la lavanda y el de la cálida piel masculina era lo único que existía a su alrededor... demasiado delicioso... demasiado seductor... Con languidez, rodeó el cuello del hombre con los brazos y deslizó las manos hasta los gruesos mechones de su cabello.
Lali notó una serie de tirones en la parte delantera de su vestido y yació de forma pasiva bajo el hábil trajín de las manos de Lanzani, porque su cuerpo estaba ansioso por las caricias. Separándose un poco de ella, el conde le desabrochó el corsé y la libero de la prisión que suponían el encaje y las ballenas. La joven apenas podía respirar lo bastante hondo ni lo bastante rápido; sus pulmones luchaban con desesperación por paliar la falta de oxígeno. Atrapada en un embrollo de ropas, se retorció para librarse de ellas y el conde la sujetó con un quedo murmullo mientras separaba aun mas los extremos del corsé y tironeaba del delicado lazo de su enagua. Las pálidas curvas de sus pechos quedaron expuestas al sol, al aire y a la hambrienta mirada del hombre que la sujetaba. Lanzani contempló el valle poco profundo que se formaba entre sus senos y las rosadas puntas de sus pezones y, acto seguido, pronunció con suavidad su nombre al tiempo que inclinaba la cabeza. Movió los labios con lentitud sobre su piel, bordeando la firme cumbre de uno de sus pechos y abriendo la boca sobre la delicada punta. De la garganta de Lali escapó un temeroso gemido de placer mientras yacía bajo su cuerpo, El extremo de su lengua rodeo el borde del pezón y comenzó a bailotear sobre la punta, haciendo que la sedosa carne se tornara insoportablemente sensible. La muchacha aferró con las manos los durísimos músculos de la parte superior de los brazos de Lanzani y hundió los dedos en sus abultados bíceps. Abrasada por la pasión y ardiendo con cada bocanada de aire, jadeó y trató de retorcerse para apartarse de él.
Lali respiraba con trémulos jadeos cuando el hombre volvió a besada en la boca. Su cuerpo, embargado por pulsaciones y palpitaciones desconocidas, parecía haber dejado de pertenecerle.
-Lanzani…
Recorrió con labios temblorosos el contorno masculino de su mejilla para continuar por el borde del mentón y regresar de nuevo a la suavidad de sus labios. Cuando el beso concluyó, la muchacha giró la cabeza hacia un lado y musitó:
- ¿Qué quieres?
-No me preguntes eso. -El conde deslizó los labios hasta su oreja y allí acarició el diminuto hueco que había tras el lóbulo-. La respuesta… - Al comprobar cómo se aceleraba la respiración de Lali, se demoró en aquel lugar y trazó el elegante contorno de la oreja con la lengua, mordisqueando los pliegues del interior-. La respuesta es peligrosa -consiguió decir por fin.
Ella rodeó el cuello con los brazos y tiró de él para besarlo de una forma tan salvaje que pareció acabar con el auto control del hombre.
-Lali -dijo con voz débil-, dime que no te toque. Dime que ya es suficiente. Dime...
Ella lo besó de nuevo, ansiosa por absorber el calor y el sabor de su boca. Una nueva urgencia había cobrado vida entre ellos y los besos se volvieron más exigentes, más agresivos, hasta que una oleada de agonizante necesidad hizo que sus miembros se volvieran pesados y débiles. Lali notó que le alzaba las faldas y que el calor del sol penetraba el fino tejido de sus pololos. El cuidadoso peso de la mano del hombre descendió sobre su rodilla y la palma cubrió la redondeada articulación. Pasado un instante, comenzó a deslizar la mano hacia arriba, Lanzani no le dio oportunidad de negarse y cubrió su boca con besos implacables al tiempo que trazaba con los dedos el suave contorno de su pierna.
Ella se retorció un poco cuando el conde alcanzó la carne tierna e hinchada que se encontraba entre sus muslos y se dispuso a acariciarla a través del diáfano lino. El rubor cubrió las extremidades, el pecho y el rostro de Lali, y la muchacha hundió los talones en el césped para arquearse con desamparo contra esa mano. Él la acarició con delicadeza sobre el velo de lino. El mero hecho de imaginarse esos dedos fuertes y algo toscos contra su piel consiguió que la joven gimiera de agonía. Tras lo que pareció un tormento eterno, Lanzani dejó que sus dedos penetraran en la ranura ribeteada de encaje de la ropa interior. Un jadeo inquieto brotó de la garganta de Lali al sentir cómo la acariciaba y la separaba, cómo se deslizaban esos largos dedos a través de los sedosos rizos oscuros. La acarició con exquisita languidez, como si estuviera jugueteando con los pétalos de una rosa semiabierta. La fascinante punta de uno de sus dedos rozó la pequeña protuberancia que palpitaba de excitación y todo pensamiento racional desapareció de la cabeza de la muchacha. Lanzani descubrió el pequeño punto donde se concentraba todo su placer y lo acarició de forma rítmica, rodeándolo con delicadeza y logrando que ella se retorciera con desesperación.
Lo deseaba, sin importar las consecuencias. Deseaba que la poseyera; deseaba incluso el dolor que sabía que le provocaría. Sin embargo, el conde se apartó de ella con una rapidez asombrosa y Lali se quedó tumbada y desorientada sobre aquel trozo de césped aterciopelado.
- ¿Milord? -preguntó sin aliento y, acto seguido, consiguió sentarse a duras penas, con la ropa hecha un desastre.
Él estaba sentado a su lado, abrazándose las rodillas con los brazos. Con algo parecido a la desesperación, Lali comprobó que Lanzani había recuperado una vez más el control, mientras que ella aún temblaba de la cabeza a los pies.
La voz del hombre sonó fría y firme:
-Has demostrado que tenía razón, Lali. Si un hombre que ni siquiera te agrada puede conducirte a semejante estado, ¿Cuánto más fácil le resultaría a St. Vincent?
La joven abrió los ojos de par en par, como si la hubiera abofeteado.
La transición del cálido deseo a la sensación de total estupidez no era agradable en absoluto.
La devastadora intimidad que habían compartido no había sido otra cosa que una lección para demostrar su falta de experiencia. El no había hecho otra cosa que aprovechar la oportunidad con el fin de ponerla en su lugar. Al parecer, no era lo bastante buena ni para casarse ni para acostarse con nadie. Lali sintió deseos de morirse. Humillada, luchó para ponerse en pie sin soltar el vestido y lo miró destilando odio por los ojos.
-Eso aún esta por ver -exclamó con voz ahogada-. Tendré que compararos a ambos. Y después, si me lo pides con educación, te diré si él...
Lanzani se abalanzó sobre ella con una rapidez sorprendente y la empujó de nuevo hacia el césped para apresarle la cabeza entre sus musculosos antebrazos.
- Mantente apartada de él -le espetó-. No eres para ese hombre.
- ¿Y por qué no? -quiso saber ella, sin dejar de forcejear mientras el se situaba mejor entre sus piernas, que no dejaban de moverse -. ¿Tampoco soy lo bastante buena para él? Aunque no tenga sangre azul...
-Eres demasiado buena para él. Y St. Vincent sería el primero en admitirlo.
-¡Me gusta mucho más ahora que sé que no se ajusta a tus elevadas expectativas!
- Lali... No te muevas, por el amor de Dios... ¡Lali, mírame! - Lanzani esperó hasta que se quedó quieta bajo su cuerpo-. No quiero que te hagan daño.
- ¿Se te ha ocurrido pensar alguna vez, estúpido arrogante, que tal vez seas tú quien tiene más posibilidades de hacerme daño?
En esa ocasión, fue el conde el que se apartó como si lo hubiera golpeado. La observó con la mirada vacía, aunque ella casi podía escuchar el chirrido de los engranajes de su ágil cerebro mientras el hombre evaluaba las implicaciones potenciales de aquel pre-cipitado comentario.
-Apártate de mí -dijo Lali de mal humor.
El se incorporó, a horcajadas sobre sus esbeltas caderas, y aferró con los dedos los extremos de su corsé.
-Deja que te lo abroche. No puedes salir corriendo de vuelta a la mansión así, medio desnuda.
-Faltaría más -replicó Lali sin ocultar su desprecio-, hay que mantener las formas. -Cerró los ojos y sintió cómo Lanzani tironeaba de las ropas hasta colocarlas en su lugar; a continuación, le ató la enagua y le abrochó con eficiencia el corsé.
Cuando la soltó por fin, Lali corrió como un cervatilla asustada y se dirigió a toda prisa hacia la entrada del jardín secreto. Para su eterna humillación, no fue capaz de encontrar la puerta, que estaba escondida entre las abundantes cascadas de hiedra que cubrían la pared. A ciegas, metió las manos entre las ramas y rompió dos uñas mientras buscaba el marco de la puerta.
Situándose tras ella, Lanzani colocó las manos en su cintura y evitó con facilidad los intentos de ella por apartarlo. Tiró de sus caderas con firmeza para empujarla contra él y le susurró al oído:
- ¿Te has enfadado porque he empezado a hacerte el amor o porque no he terminado?
Lali se humedeció los labios resecos.
-Estoy enfadada, maldito cerdo hipócrita, porque no acabas de decidir qué es lo que quieres de mí. -y enfatizó el comentario asestándole un fuerte codazo en las costillas.
El golpe pareció no tener efecto alguno sobre él. Con irónica muestra de cortesía, la soltó para buscar el disimulado picaporte de la puerta y le permitió que escapara del jardín secreto
Continuara....
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