martes, 22 de enero de 2013
Capitulo 19
No estaba claro si había sido Daisy quien «destapara la olla», como se decía en Nueva York, o si habían sido las noticias que trajera Annabelle, a quien tal vez su marido hubiera informado acerca de la escena de la biblioteca. De lo único que Lali podía estar segura, cuando se unió al resto de las floreros para el aperitivo de media mañana en la sala de desayunos, era de que sus amigas lo sabían. Podía leerlo en sus rostros: en la cara desconcertada de Evie, en el aire conspirador de Daisy y en la estudiada indiferencia de Annabelle. Lali se sonrojó y evitó la mirada de todas mientras se sentaba a la mesa. Siempre había mantenido una fachada de cinismo y la había utilizado como defensa contra la vergüenza, el miedo o la soledad... Sin embargo, en ese momento se sentía inusualmente vulnerable,
Annabelle fue la primera en romper el silencio.
-Hasta ahora, ésta ha sido una mañana de lo más aburrida. - Con un gesto elegante, se llevó la mano a la boca para ocultar un fingido bostezo-. Espero que haya alguien que pueda animar la conversación. ¿Algún chisme que compartir, por casualidad? -Su mirada burlona se clavó en la expresión consternada de Lali. Un sirviente se acercó para llenar la taza de té de la mayor de las Esposito y Annabelle esperó hasta que se hubo apartado de la mesa para continuar-. Has aparecido bastante tarde esta mañana, querida. ¿No has dormido bien?
Lali entre cerró los ojos para observar a su jovial y sarcástica amiga, mientras oía toser a Evie, que estuvo a punto de ahogarse con un sorbo de té.
-En realidad, no.
Annabelle sonrió; tenía un aspecto absolutamente radiante.
- ¿Por qué no nos cuentas tus noticias, Lali, antes de que yo os cuente las mías? Aunque dudo de que las mías puedan considerarse ni la mitad de interesantes.
-Al parecer, ya estáis enteradas de todo -musitó Lali, que trató de ahogar su bochorno con un largo trago de té.
Puesto que lo único que consiguió fue abrasarse la lengua, dejo la taza sobre la mesa y se obligó a enfrentar la mirada de Annabelle, que se había suavizado y le ofrecía un alegre apoyo.
- ¿Te encuentras bien, querida? -preguntó Annabelle con delicadeza.
-No lo sé -admitió Lali-. No sé ni cómo me siento. Estoy entusiasmada y feliz, pero también, de algún modo...
- ¿Asustada? -murmuró Annabelle.
- La Lali de hacía un mes habría preferido que la torturaran hasta la muerte antes que admitir por un momento el miedo que sentía... pero se descubrió asintiendo.
-No me gusta estar indefensa ante un hombre que no es conocido precisamente por su sensibilidad o por su misericordia. Es evidente que nuestros temperamentos no encajan muy bien.
-Pero ¿te atrae físicamente? -preguntó Annabelle.
-Por desgracia, sí.
- ¿Y por qué lo consideras una desgracia?
-Porque sería mucho más fácil casarse con un hombre con el que se comparte una amistad superficial en lugar de... de...
Las tres jóvenes se inclinaron hacia ella para no perder palabra.
-¿En lugar d-de qué? -preguntó Evie, con los ojos abiertos de par en par.
-En lugar de esta ardiente, desgarradora, colosal y, sin duda, indecente pasión.
-Madre del amor hermoso... -dijo Evie casi sin aliento al tiempo que se reclinaba en su silla; Annabelle, por el contrario, no dejaba de sonreír y Daisy, fascinada, contemplaba a su hermana con curiosidad.
- ¿Y todo eso por un hombre cuyos besos no son más que «pasables»? -preguntó Annabelle.
Los labios de Lali se curvaron en una sonrisa mientras contemplaba las vaporosas profundidades de su taza de té.
- ¿Quién se habría imaginado que un tipo tan almidonado, de esos que se abrochan la camisa hasta el cuello, pudiera ser tan diferente en el dormitorio?
-Contigo imagino que no puede evitarlo -señaló Annabelle.
Lali levantó la vista de su taza.
- ¿Por qué lo dices? -preguntó con cautela, temiendo por un instante que Annabelle estuviese haciendo referencia a los efectos del perfume.
-En el momento en que entras en una habitación, el conde se anima visiblemente. Es obvio que lo tienes fascinado. Apenas se puede mantener una conversación con él, porque siempre anda estirando el cuello para escuchar lo que dices y observar todos y cada uno de tus movimientos.
- ¿De veras? -A pesar de que estaba encantada con semejante información, Lali se esforzó por parecer indiferente-. ¿Por qué no lo habías mencionado antes?
-No quería entrometerme, puesto que me parecía que cabía la posibilidad de que prefirieras las atenciones de lord St. Vincent.
Lali dio un respingo y apoyó la frente sobre una mano. Les contó la bochornosa escena que había tenido lugar entre Peter, St. Vincent y ella esa misma mañana; las jóvenes le expresaron su comprensión y compartieron su malestar.
-Lo único que evita que sienta compasión por lord St. Vincent es la certeza de saber que ha roto una buena cantidad de corazones y causado bastantes lágrimas en el pasado... -dijo Annabelle-. Por tanto, es justo que ahora sepa qué se siente al ser rechazado.
-De cualquier forma, tengo la sensación de haberlo engañado- dijo Lali, que se sentía culpable-. Además, él se lo tomó muy bien. No pronunció palabra de reproche alguna. No puedo evitar tenerle cariño, aunque sólo sea por eso.
-T-ten cuidado -sugirió Evie con suavidad-. Por lo que he oído, lord St. Vincent no parece de los que renuncian con tatas facilidad. Si se acerca a ti de nuevo, prométeme que no accederás a encontrarte a solas con él.
Lali observó a su preocupada amiga con una sonrisa.
-Evie, eso ha sonado muy cínico. Muy bien, te lo prometo. Sin embargo, no hay razón para preocuparse. No creo que lord St. Vincent sea lo bastante estúpido como para convertir en su enemigo a alguien tan poderoso como el conde. -Y, puesto que deseaba cambiar de tema, concentró su atención en Annabelle-. Ahora que ya os he contado todo, ha llegado la hora de que tú hagas lo mismo. ¿De qué se trata?
Con una mirada resplandeciente en los ojos y la luz del sol arrancando destellos de su lustroso cabello, Annabelle tenía el aspecto de una niña de doce años. Desvió la mirada a un lado para asegurarse de que nadie las oía.
-Estoy casi segura de que estoy embarazada -susurró-. He tenido algunos síntomas últimamente... náuseas y somnolencia y es el segundo mes que no tengo la menstruación.
Todas se quedaron boquiabiertas de la alegría y, a escondidas, Daisy estiró el brazo por encima de la mesa para apretar la mano de Annabelle.
- iQué noticias tan maravillosas, querida! ¿Lo sabe el señor Hunt?
La sonrisa de Annabelle se tornó arrepentida.
-Todavía no. Deseo estar del todo segura antes de decírselo. Y quiero guardado en secreto durante tanto tiempo como me sea posible.
- ¿Por qué? -preguntó Lali.
-Porque, tan pronto como lo sepa, se volverá tan excesivamente protector que no podré ir a ningún sitio sola.
Conociendo como conocían a Simón Hunt y su apasionada preocupación por todo lo que tenía que ver con Annabelle, las floreros asintieron en silencio. Una vez que Hunt se enterara de la llegada del bebé, rondaría a su embarazada esposa como un halcón.
-Esto es todo un triunfo -exclamó Daisy en voz baja-. Florero el año pasado, madre éste. Todo está saliendo a las mil maravillas para ti, querida.
-Y Lali será la siguiente- añadió Annabelle con una sonrisa.
Lali, que tenía los nervios de punta, sintió un aguijonazo a medio camino entre el placer y la alarma al escuchar esas palabras.
- ¿Qué pasa? -preguntó Daisy en voz queda mientras las otras dos conversaban animadamente acerca de la llegada del bebé. Pareces preocupada. ¿Tienes dudas? Supongo que es de lo más normal.
-Si me caso con él, ten por seguro que nos llevaremos como el perro y el gato -dijo Lali con inquietud.
Daisy le dedicó una sonrisa.
- ¿No te parece que le estás dando demasiadas vueltas a vuestras diferencias? Tengo la sospecha de que el conde y tú sois más parecidos de lo que crees.
- ¿Y en qué podríamos parecernos?
-Piénsalo bien -le aconsejó su hermana menor con una sonrisa-. Estoy segura de que se te ocurrirá algo.
Tras convocar a su hermana y a su madre al salón de los Lanzani, Peter permaneció en pie ante ellas con las manos entrelazadas a la espalda. Se encontraba en la inusual postura de tener que confiar en lo que le decía el corazón, en lugar de seguir los dictados de la razón. Eso no era muy propio de los Lanzani. La familia era famosa por su larga línea de antecesores fríos y calculadores, con la excepción de Aline y de Livia. Peter, por su parte, había seguido el típico prototipo Lanzani... hasta que Lali Esposito había entrado en su vida con la sutileza de un huracán.
En esos momentos, el compromiso que había llevado a cabo con esa joven testaruda le proporcionaba una sensación de paz que no había conocido nunca. Una mueca de diversión tironeó de los diminutos músculos de su rostro al preguntarse cómo le diría a la con, condesa que finalmente tendría una nuera... que, además, era la última muchacha que ella habría elegido para esa posición.
Livia estaba sentada en una silla cercana mientras que la condesa, como siempre, ocupaba el canapé. Peter no pudo evitar asombrarse ante la diferencia que había entre sus miradas: la de su hermana, cálida y expectante; la de su madre, indiferente y cautelosa.
-Ahora que has conseguido levantarme de mi descanso de medio día -dijo la condesa con acritud-, te ruego que digas de una vez lo que tienes en mente, milord. ¿Qué noticias tienes nos? ¿Qué asunto resulta tan importante que has tenido que citarme a una hora tan inconveniente? Alguna carta irrelevante acerca del mocoso engendro de tu hermana, supongo. Bien, ¡acabemos con ello!
Peter tensó la mandíbula. Cualquier intención que tuviera de darle las noticias de forma amable se desvaneció al escuchar esa desagradable referencia a su sobrino recién nacido. De pronto, se sintió muy satisfecho con la perspectiva de informar a madre de que todos y cada uno de sus nietos, incluyendo al futuro heredero del título, serían medio norteamericanos.
-Estoy seguro de que le agradará saber que he decidido su consejo y finalmente he elegido una esposa -dijo sin levantar la voz-. Pese a que aún no le he hecho una proposición formal, tengo buenas razones para creer que me aceptará cuando así sea.
La condesa parpadeó con incredulidad, demostrando un fallo en su compostura.
Livia lo observó con una sonrisa interrogante. En sus ojos apareció un súbito y malicioso brillo de alegría que le indicó a Peter que había adivinado la identidad de la novia anónima.
-Me parece maravilloso -dijo-. ¿Por fin has encontrado a alguien que te aguante, Peter?
Él le devolvió la sonrisa.
-Eso parece. Aunque sospecho que será necesario adelantar los planes de boda antes de que ella recobre el buen juicio y salga huyendo.
-Tonterías -replicó la condesa con brusquedad-. Ninguna mujer huiría ante la perspectiva de casarse con el conde de Lanzani. Estás en posesión del título más antiguo de Inglaterra. El día que te cases, le otorgarás a tu esposa más dignidades aristocráticas que cualquier otra cabeza sin coronar sobre la faz de la Tierra. Ahora dime por quién te has decantado.
-Por la señorita Lali Esposito.
La condesa emitió un jadeo displicente.
-Ya basta de bromas absurdas, Lanzani. Quiero el nombre de la muchacha.
Livia se estremeció de sincero deleite. Tras dirigirle a Peter una mirada radiante, se inclinó hacia su madre y dijo con un susurro perfectamente audible:
-Creo que está hablando en serio, madre. Se trata realmente de la señorita Esposito.
-¡No puede ser! -La condesa parecía horrorizada. Casi se podía ver los capilares estallando bajo la piel de sus mejillas-. ¡Exijo que renuncies a esta insensatez, Lanzani, y que recuperes el buen juicio! ¡No toleraré tener a esa atrocidad de criatura como mi nuera!
-Pues tendrá que hacerla -dijo Peter de forma implacable.
-Podrías elegir a cualquier muchacha de aquí o del continente… jóvenes de porte y linaje aceptable...
-Es a la señorita Esposito a quien deseo.
-Jamás se adaptará al molde de una esposa Lanzani.
-Entonces, habrá que romper el molde.
La condesa rió con rudeza, un sonido tan desagradable que Livia tuvo que aferrarse a los brazos de su sillón para evitar taparse los oídos con las manos.
- ¿Qué clase de locura te ha poseído? ¡Esa chica Esposito no es más que una plebeya! ¿Cómo puedes considerar siquiera la idea de cargar a tus hijos con una madre que menoscabará nuestras tradiciones, despreciará nuestras costumbres y se burlará de todos los buenos modales? ¿Cómo es posible que una esposa semejante te parezca adecuada? ¡Por el amor de Dios, Lanzani! -La furiosa condesa se detuvo un momento para recuperar el aliento. Pasó la mirada de Peter a Livia y explotó-: ¿Cuál es la fuente de la infernal obsesión de esta familia por los americanos?
-Una pregunta de lo más interesante, madre -dijo Livia con jovialidad-. Por alguna razón, ninguno de sus vástagos puede soportar la idea de casarse con alguien de su propia clase. ¿Por qué crees que será, Peter?
-Me da la impresión de que la respuesta no resultaría halagadora para ninguno de nosotros -dijo él con ironía.
-Tienes la obligación de casarte con una joven de buena cuna -grito la condesa con el rostro desfigurado por la furia-. La única razón de tu existencia es la de continuar el linaje de la familia y preservar el título y sus propiedades para tus herederos. Y, hasta ahora, has fracasado estrepitosamente.
- ¿Fracasado? -interrumpió Livia con una mirada iracunda-. Peter ha cuadruplicado la fortuna familiar desde que padre murió, por no mencionar lo mucho que ha mejorado las vidas de todos los criados y arrendatarios de sus propiedades. Ha patrocinado numerosas causas humanitarias en el Parlamento y ha creado empleo para más de un centenar de hombres en la industria de las locomotoras; además, es el hermano más amable que alguien pudiera desear jam...
-Livia -interrumpió Peter con un murmullo-, no hay ninguna necesidad de que me defiendas.
- ¡Por supuesto que la hay! Después de todo lo que has hecho por los demás, ¿por qué no ibas a poder casarte con la chica que has elegido, una chica con carácter, además de adorable, debo añadir, sin tener que soportar las estúpidas lecciones de madre acerca del linaje familiar?
La condesa dirigió una mirada perversa a su hija menor. -No eres tú la más indicada para participar en una discusión sobre el linaje familiar, niña, teniendo en cuenta el hecho de que ni siquiera puedes considerarte una Lanzani. ¿O es necesario que te recuerde que eres el resultado de la relación de una única noche con un lacayo que estaba de visita? El difunto conde no tuvo más remedio que aceptarte para que no lo tacharan de cornudo, pero aún así…
-Livia -interrumpió Peter con suavidad al tiempo que extendía la mano hacia su hermana, que se había puesto pálida.
Las noticias estaban lejos de sorprenderla, pero la condesa jamás se había atrevido a admitirlo de forma abierta hasta esos momentos. La joven se puso en pie y se acercó a él de inmediato, con los ojos brillantes en su pálido rostro. Peter le rodeó la espalda con un brazo protector y la apretó contra sí al tiempo que le murmuraba al oído:
-Será mejor que te marches ahora. Hay cosas que debo decir… y no quiero que quedes atrapada en el fuego cruzado.
-Está bien -dijo Livia, cuya voz no mostraba más que un deje de temblor-. No me importa lo que diga… hace mucho que perdió el poder de hacerme daño.
-Pero a mí sí que me importa -replicó él con gentileza-. Ve a buscar a tu marido y deja que te consuele mientras yo me encargo de la condesa.
Livia levantó la mirada para observarlo, ya mucho más calmada.
-Iré a buscarlo -dijo-, aunque no necesito consuelo.
-Buena chica. -Le dio un beso en la frente.
Sorprendida por la muestra de afecto, Livia soltó una risilla y se apartó de él.
- ¿Sobre qué estáis cuchicheando? -exigió saber la condesa, malhumorada.
Peter la ignoró mientras acompañaba a su hermana hasta la puerta y la cerraba con cuidado después de que saliera. Cuando se giró de nuevo para enfrentarse a la condesa, su rostro tenía una expresión sombría.
-Las circunstancias del nacimiento de Livia no tienen nada que ver con su carácter- dijo-, y sí mucho con el suyo, madre. Me importa un comino si quiere liarse con un criado o si carga con un hijo suyo... pero me importa muchísimo que trate de culpar a Livia por ello. Ha vivido bajo la sombra de sus crímenes durante toda su vida, y ha pagado muy caro las pasadas indulgencias de su madre.
-No pediré disculpas por satisfacer mis necesidades -espetó la condesa-. En ausencia de afecto por parte de tu padre, tuve que buscar mi propio placer allí donde lo encontrara.
-Y dejó que Livia cargara con todo el peso de la culpa. -Frunció los labios-. Aunque fui testigo de la forma en que fue maltratada y descuidada cuando era niña, no pude hacer nada para protegerla en aquel momento. Sin embargo, ahora sí puedo. No habrá mas menciones sobre este tema en su presencia. Jamás. ¿Lo ha entendido?
A pesar del timbre quedo de su voz, la furia volcánica que ardía en su interior debió de reflejarse en ella, ya que la condesa no discutió ni emitió protesta alguna. Se limitó a tragar saliva con fuerza y a asentir con la cabeza.
Pasó todo un minuto antes de que ninguno de los dos consiguiera poner en orden sus emociones de nuevo. La condesa fue la primera en lanzarse a la ofensiva.
-Lanzani, dijo de forma controlada-, ¿se te ha ocurrido pensar que tu padre habría despreciado a esa chica Esposito lo que representa?
Peter la observó sin reflejar emoción alguna.
-No -dijo a la postre-, no se me había ocurrido pensarlo.
Su difunto padre llevaba ausente de sus pensamientos tanto tiempo que a Peter no se le había ocurrido preguntarse que impresión le causaría Lali Esposito. El hecho de que su madre creyera que eso podría importarle lo más mínimo resultaba sorprendente.
Asumiendo que le había dado algo en qué pensar, la condesa lo presionó con creciente determinación.
-Siempre deseaste complacerlo y a menudo lo conseguiste, a pesar de que en raras ocasionxxes lo reconociera -prosiguió-. Tal vez no me creas cuando te digo que, por encima de todo, lo único que quería tu padre era tu bienestar. Deseaba convertirte en un hombre merecedor del título, un hombre poderoso del que jamás pudieran aprovecharse. Un hombre como él. Y, en su mayor parte tuvo éxito.
Aquellas palabras pretendían halagar a Peter; sin embargo, tuvieron el efecto contrario y lo golpearon como un hachazo en el pecho.
-No, no es cierto -dijo con voz ronca.
-Sabes qué clase de mujer habría querido que engendrara a sus nietos -añadió la condesa -. Esa chica Esposito no te merece, Lanzani, no merece ni tu título ni tu sangre. Imagínate un encuentro entre ellos dos... entre ella y tu padre. Sabes muy bien lo mucho que la habría despreciado.
De pronto, Peter se imaginó a Lali enfrentándose al demonio que había sido su padre, quien había aterrorizado a todas las personas que había conocido. No le cupo duda de que Lali habría reaccionado ante el viejo conde con su acostumbrada impertinencia. No se habría acobardado ante él ni lo más mínimo.
Como continuaba en silencio, la condesa habló en un tono más suave.
-Está claro que tiene sus encantos. Puedo entender muy bien los atractivos que los de las clases inferiores pueden tener para nosotros: algunas veces apelan a nuestros deseos por lo exótico. Y no supone ninguna sorpresa el hecho de que tú, como todos los hombres, ansíes variedad en las mujeres que eliges. Si la deseas, no dudes en poseerla. La solución es evidente: después de que ambos estéis casados con otras personas, podréis mantener una relación hasta que te canses de ella. Los aristócratas siempre encontramos el amor fuera del matrimonio; es la mejor manera, como no tardarás descubrir.
La estancia se sumió en un inquietante silencio mientras la mente de Peter hervía con los recuerdos horripilantes y los ecos amargos de las voces largo tiempo silenciadas. A pesar de que despreciaba el papel de mártir y de que nunca se había visto a sí mismo desde esa perspectiva, no podía negar que, durante la mayor parte de su vida, sus necesidades habían quedado relegadas a un segundo plano lo que tuvo que cargar con los deberes y las responsabilidades que le habían impuesto. En esos momentos, por fin había encontrado una mujer que le ofrecía toda la calidez y la alegría que durante tanto tiempo le habían negado... y, por todos los infiernos, tenía derecho a exigir el apoyo de su familia y sus amigos, sin importar las reservas que pudieran albergar. Sus pensamientos se aventuraron hacia un territorio más tenebroso cuando consideró los primeros años de su vida, en los que su padre había enviado lejos a cualquiera por quien Peter sintiera el más mínimo afecto. Para evitar que se volviera débil. Para evitar que dependiera de nadie que no fuera él mismo. Aquello había establecido las pautas de soledad que habían regido la vida de Peter hasta aquel instante. Pero nunca más.
Y en cuanto a la sugerencia de su madre, eso de que tuviera una aventura con Lali una vez que ambos estuviesen casados con otras personas, le resultó ofensiva hasta lo más profundo de su alma. No sería otra cosa que una perversa imitación de la relación sincera que ambos se merecían.
-Escúcheme bien -dijo cuando finalmente pudo recuperar el suficiente juicio como para hablar-. Antes de que comenzara esta conversación, estaba decidido a convertirla en mi esposa. Pero, en caso de que algo hubiera podido aumentar mi determinación, sus palabras lo han conseguido. Que no le quepa duda de que hablo muy en serio cuando digo que Lali Esposito es la única mujer de este mundo con la que jamás consideraré casarme. Sus hijos serán mis herederos o, de lo contrario, el linaje de los Lanzani acabará conmigo. De ahora en adelante, mi preocupación principal será su bienestar. Cualquier palabra, gesto o acto que ponga en peligro su felicidad provocará las peores consecuencias imaginables. Jamás le dará motivos para creer que siente otra cosa que no sea felicidad por nuestro matrimonio. La primera palabra que me indique lo contrario le valdrá un largo viaje en carruaje lejos de la propiedad. Lejos de Inglaterra. Para siempre.
-No puedes estar hablando en serio. Estás enfadado. Más tarde, cuando te hayas calmado, hablaremos...
-No estoy enfadado. Estoy hablando completamente en serio.
- ¡Te has vuelto loco!
-No, señora mía. Por primera vez en mi vida, tengo la oportunidad de ser feliz... y no pienso desaprovecharla.
-Estúpido... -murmuró la condesa, que se estremecía por la furia.
-Sea cual sea el resultado, casarme con ella es la cosa menos estúpida que he hecho jamás -replicó él antes de despedirse con una breve reverencia.
Continuara...
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