A una hora convenientemente tardía, cuando parte de los invitados se había retirado a sus habitaciones y el resto aún se demoraba en la planta baja jugando a las cartas o al billar, Lali salió a hurtadillas de su habitación con la intención de encontrarse con Peter. Cruzó el pasillo de puntillas y se detuvo en seco al ver a un hombre de pie, apoyado contra una de las paredes justo donde dos amplios pasillos se cruzaban. El hombre dio un paso hacia delante y ella reconoció de inmediato al ayuda de cámara de Peter.
-Señorita -la saludó él con actitud serena-, el señor me ha ordenado que le muestre el camino.
-Se cual ese el camino. Y él sabe que yo sé cuál es el camino. ¿Qué demonios está haciendo usted aquí?
-El señor no desea que usted deambule sola por los pasillos.
-Por supuesto-replicó ella-. Alguien podría acosarme. Hasta seducirme, incluso.
El ayuda de cámara, que al parecer estaba acostumbrado al sarcasmo y que, además, sabía a ciencia cierta que ella no se dirigía a las habitaciones del conde para un encuentro inocente, se dio la vuelta y comenzó a andar.
Fascinada por la discreción del hombre, Lali no pudo evitar pregúntale:
-Dígame: ¿suele el conde requerirlo a menudo para que acompañe a jóvenes casaderas hasta sus aposentos?
-No, señorita -fue su imperturbable respuesta.
- ¿Me lo diría si fuese de otro modo?
-No, señorita -respondió con el mismo tono de voz, lo que consiguió arrancarle una sonrisa a Lali.
- ¿El conde es un buen patrón?
-Es un patrón excelente, señorita.
-Supongo que diría eso mismo aunque fuese un ogro.
-No, señorita. En ese caso, me limitaría a responder que es un patrón aceptable. No obstante, cuando digo que es un patrón excelente eso es exactamente lo que quiero decir.
-Mmm... -Lali se sintió alentada por las palabras del ayuda de cámara-. ¿Habla con la servidumbre? Me refiero a si les agradable que hagan un buen trabajo y ese tipo de cosas.
-No más de lo apropiado, señorita.
- ¿Eso quiere decir «nunca»?
-La expresión más adecuada sería «excepcionalmente», señorita.
Puesto que el hombre no parecía inclinado a mantener una conversación después de ese último comentario, Lali lo siguió en silencio hasta que llegaron a los aposentos de Peter. El ayuda de cámara la acompañó hasta la entrada, utilizó las yemas de los dedos para dar unos leves golpecitos en la puerta y esperó a que llegara una respuesta desde el interior.
- ¿Por qué hace eso?-susurró Lali-. ¿Por qué no golpea la, puerta con los nudillos en lugar hacer eso con los dedos? Parece que esté arañando la puerta.
-La condesa lo prefiere así, es más sosegado para sus nervios.
- ¿Y el conde también lo prefiere?
-Dudo mucho que le importe que se haga de un modo u otro, señorita.
Lali frunció el ceño en actitud reflexiva. En el pasado, había escuchado a otros criados arañar las puertas de sus patrones y sus oídos norteamericanos siempre se habían sorprendido ante algo tan extraño... como si se tratara de un perro que raspara la puerta para que lo dejaran entrar.
La puerta se abrió en ese momento y Lali sintió una descarga de intensa felicidad en cuanto vio el atezado rostro de Peter. Sus facciones mostraban una expresión impasible, aunque sus ojos tenían un brillo cálido.
-Eso es todo -le dijo al criado sin apartar la vista de Lali mientras extendía el brazo para hacerla pasar.
-Sí, milord. -El ayuda de cámara desapareció con la rapidez que dictaba la discreción.
Cuando Peter observó a Lali tras cerrar la puerta, el brillo de sus ojos se intensificó y apareció una sonrisa en las comisuras de sus labios. Estaba tan apuesto, con sus austeras facciones iluminadas por la mezcla de la luz de la lámpara y el resplandor del fuego, que Lali se vio asaltada por un dulce escalofrío. En lugar de estar ataviado con su habitual atuendo impecable, se había quitado chaqueta y el cuello abierto de la camisa blanca dejaba entrever parte de su suave piel morena. Ella había besado ese hueco triangular que se veía en la base de la garganta... había dejado que su lengua vagara sobre él...
Lali apartó la mirada de Peter mientras trataba de deshacerse de esos recuerdos tan abrasadores. De inmediato, sintió que él colocaba los esbeltos dedos sobre su mejilla ruborizada y le giraba la cabeza para que volviera a mirarlo. La yema del pulgar se deslizó sobre su barbilla.
-He pasado todo el día deseándote -le confesó en voz queda.
El corazón de Lali comenzó a latir con más fuerza y la mejilla que sus dedos acariciaban se tensó con una sonrisa.
-Ni siquiera te dignaste a mirarme durante la cena.
-Tenía miedo de hacerla.
- ¿Por qué?
-Porque sabía que, si lo hacía, me resultaría imposible no acabar convirtiéndote en mi siguiente plato.
Lali bajó los parpados al notar que él la acercaba hacia su cuerpo y deslizaba una mano por su espalda. Sentía los pechos y la cintura hinchados en exceso bajo la presión restrictiva del corsé y, de súbito, deseó librarse de él. Aspiró tanto aire como le permitieron las ballenas y, al hacerla, percibió un olor a especias dulzonas en el aire.
- ¿Qué es eso? -murmuró antes de volver a inhalar la fragancia-. Canela, vino...
Se dio la vuelta entre los brazos de Peter y echó un vistazo por la espaciosa habitación. Más allá de la cama de cuatro postes, junto a la ventana, se había dispuesto una mesita. Sobre ella había un plato cubierto por una tapadera plateada, del que ascendían unas cuantas volutas de vapor de olor dulce. Perpleja, se giró de nuevo para mirar a Peter.
-Acércate y mira lo que es -le dijo él.
Muerta de curiosidad, Lali se acercó para investigar. Tras coger la tapadera por el asa, que estaba envuelta en una servilleta de lino, la alzó y una suave nube de olor delicioso se alzó en el aire. Contempló el plato con momentáneo desconcierto y, después, prorrumpió en carcajadas. De pie sobre su base en el plato de porcelana blanca, había cinco peras perfectas cuya carne brillaba con un tinte carmesí, lo que indicaba que habían sido escalfadas en vino. Bajo ellas, se extendía una ligera crema de color ámbar, aromatizada con canela y miel.
-Puesto que no fui capaz de sacar la pera de la botella para ti, ésta era la mejor alternativa -dijo la voz de Peter a sus espaldas.
Lali cogió una cuchara, la hundió en la carne tierna de una de las peras y se la llevó a los labios, fascinada. El trozo templado de fruta bañada en vino se disolvió en su boca y el sabor dulce de la miel le provocó un cosquilleo en el fondo de la garganta.
-Mmm... -murmuró con los ojos cerrados por el placer. Peter, que encontraba la situación bastante graciosa, la instó
AI darse la vuelta para observar su rostro. Su mirada se posó en la comisura de los labios de Lali, donde brillaba una descarriada gota de crema de miel. Inclinó la cabeza, la besó y lamió la pegajosa gota. La caricia de sus labios incrementó el placentero anhelo que ella sentía en su interior.
-Deliciosa -susurró él antes de cubrir los labios de Lali con más firmeza, hasta que la joven sintió que su sangre se convertía en un torrente de chispas incandescentes.
Lali se atrevió a compartir el sabor del vino y la canela con él y, vacilante comenzó a explorar el interior de la boca de Peter con la lengua. La respuesta de él fue tan alentadora que la muchacha le rodeó el cuello con los brazos para acercarse más a su cuerpo. Él sí que era delicioso... El sabor de su boca resultaba limpio y fresco, y el contacto de ese cuerpo sólido y esbelto le resultaba inmensamente excitante. Los pulmones de Lali se expandían con entrecortadas bocanadas de aire debido a la presión de las ballenas del corsé y, al final, tuvo que interrumpir el beso y aspirar hondo.
-No puedo respirar -le dijo.
Sin decir una palabra, Peter le dio la vuelta y le desabrochó el vestido. Cuando llegó al corsé, desató las cintas y las aflojó con una serie de eficientes tirones, hasta que las ballenas se aflojaron y Lali pudo respirar aliviada.
- ¿Por qué lo llevas tan ceñido? -le escuchó preguntar Lali.
-Porque, de otro modo, no me quedarían bien los vestidos. Y porque, según mi madre, los caballeros ingleses prefieren que sus mujeres tengan una cintura estrecha.
Peter resopló mientras volvía a colocarla de cara a él.
-Los caballeros ingleses preferimos que las mujeres tengan las cinturas un poco más anchas si eso evita que se desmayen por falta de oxígeno. En ese sentido, somos bastante prácticos.
Al darse cuenta de que la manga del vestido de Lali había resbalado para dejar a la vista uno de sus blancos hombros, inclinó la cabeza para depositar un beso en la suave curva. La liviana caricia de los labios de Peter sobre su piel hizo que la mucha se estremeciera y que se acurrucara contra él cuando las sensaciones comenzaron a arremolinarse en su interior, como lo haría un reflejo sobre el agua templada por el sol. Con los ojos cerrados, ella alzo las manos hacia el pelo de Peter y sus dedos sintieron una especie de descarga al percibir la sedosa textura de los gruesos mechones. El ritmo de su corazón se desbocó por completo y comenzó a retorcerse con desasosiego entre los brazos del conde, que estaba trazando un camino ascendente de besos sobre su garganta.
-Lali. -Su voz sonaba ronca y pesarosa-. Es demasiado pronto. Te prometí... -Se detuvo para depositar un beso sobre el delicado hueco de la base de la oreja-. Te prometí que íbamos a negociar los términos -continuó con tranquilidad.
- ¿Términos? -repitió ella de forma distraída mientras le agarraba la cabeza con ambas manos para obligarlo a que la besara de nuevo en la boca.
-Sí, yo... -Peter se interrumpió para tomar sus labios y comenzó a besarla con pasión.
Lali, mientras tanto, exploró su rostro y su cuello; deslizó las yemas de los dedos sobre los fuertes contornos de sus pómulos y su mentón, sobre los rígidos músculos de su cuello. El olor de la piel masculina la embriagaba con cada inspiración. Deseaba pegarse a él hasta que no quedara ni un solo milímetro de distancia entre ellos. De repente, la joven sintió que la fuerza y la duración de los besos le resultaban insuficientes.
Al ser consciente de que la muchacha perdía el control por momentos, Peter la apartó un poco sin hacer caso de sus gimoteos de protesta. Él mismo sentía la respiración acelerada en la garganta y le costaba un tremendo esfuerzo poner en orden sus desperdigados pensamientos.
-Pequeña... -Comenzó a acariciarle la espalda y los hombros con las manos en suaves círculos-. Despacio. Despacio. Tendrás todo lo que desees. No tienes que luchar para conseguirlo.
Lali asintió con brusquedad. Jamás había sido tan consciente de la diferencia tan grande entre sus respectivas vivencias; Peter era capaz de poner freno a su intensa pasión mientras que ella se sentía abrumada por completo. Los labios del conde se posaron sobre la enfebrecida piel de su frente y siguieron la curva de una
-Será mejor para ti... para los dos... que vayamos despacio-murmuró-. No quiero tomarte de forma apresurada.
Lali se descubrió frotándose con fuerza contra la cara y las manos del hombre, como si fuera una gata que exigiera ser acariciada.
Peter introdujo una mano por la espalda abierta de su vestido en busca de la piel desnuda que se extendía sobre el borde del corsé y dejó escapar un suspiro al comprobar la suavidad de la piel femenina.
-Todavía no -protestó con un murmullo enronquecido, aunque no quedó muy claro si hablaba consigo mismo o con Lali. Abarcó la vulnerable curva del cuello de la muchacha con una mano y volvió a inclinar la cabeza para darse un festín con sus entreabiertos, con su barbilla y con su garganta-. Eres tan dulce… -musitó con voz entrecortada.
Pese a estar inmersa en el arrebato de deseo, Lali no pudo reprimir una sonrisa.
- ¿Tú crees?
Peter volvió a buscar sus labios para darle otro beso hambriento.
-Muy dulce -confirmó en un ronco susurro-. Aunque de haber sido un hombre con menos carácter, a estas alturas ya me habrías cortado la cabeza.
El comentario arrancó una breve carcajada a la muchacha.
-Ahora entiendo la atracción que existe entre nosotros. Somos un peligro para todo el mundo salvo para nosotros mismos. Algo así como una pareja de puerco espines. -Se apartó de Peter al recordar algo-. Hablando de atracción... -Sentía las piernas un poco inestables y caminó hacia la cama en busca del firme soporte que ésta le proporcionaría. En cuanto se apoyó contra uno de los postes, murmuró-: Tengo que confesarte algo.
La luz dibujó los musculosos y elegantes contornos de su cuerpo cuando el conde se acercó a ella. Llevaba unos amplios pantalones a la moda que marcaban ligeramente la forma de sus esbeltas piernas y que hacían bien poco por ocultar los poderosos músculos que cubrían.
-Eso no me sorprende. -Colocó una mano sobre el poste de la cama, justo sobre la cabeza de ella, y adoptó una pose relajada-. ¿Me va a gustar esta confesión o no?
-No lo sé. -Lali metió la mano en el bolsillo secreto de su vestido, disimulado entre los amplios pliegues de las faldas, en busca del frasquito de perfume-. Aquí está.
-¿Qué es esto? -Tras coger el frasco que le ofrecían, Peter lo abrió y aspiró el perfume-. Perfume -dijo, antes de mirar a Lali con una expresión interrogante.
-No es un perfume cualquiera -replicó ella con aprensión-. Es la razón de que te sintieras tan atraído por mí en un principio.
Él volvió a oler el perfume de nuevo.
- ¿Cómo dices?
-Lo compré en una perfumería bastante antigua de Londres. Es un afrodisíaco.
Una repentina sonrisa bailoteó en los ojos de Peter.
- ¿Dónde has aprendido esa palabra?
-Me la enseñó Annabelle. Y es cierto: es un afrodisíaco -insistió Lali con ahínco-. Tiene un ingrediente especial que, según me dijo el vendedor, me ayudaría a atraer a un pretendiente.
- ¿Y cuál es ese ingrediente especial?
-No me lo dijo. Pero funcionó. ¡Y no te rías, porque sí que funcionó! Percibí el efecto que ejercía sobre ti el día que jugamos al rounders, cuando me besaste detrás del seto. ¿No te acuerdas?
Peter parecía encontrar gracioso el asunto, pero resultaba evidente que no creía que un perfume lo hubiera seducido. Volvió a llevarse el frasco a la nariz antes de murmurar:
-Recuerdo que percibí la fragancia. No obstante, ya me sentía atraído por ti mucho antes por otras razones.
-Mentiroso -lo acusó ella-. Me odiabas.
Él negó con la cabeza
-Nunca te he odiado. Tu presencia me incomodaba, me irritaba y me atormentaba, pero eso no significa que te odiara, ni mucho menos.
-El perfume funcionó -insistió Lali-. No fuiste el único que reaccionó ante su fragancia. Annabelle lo probó con su marido... y jura que la mantuvo despierta toda la noche.
-Cariño -le dijo Peter con sequedad-. Desde el día que se conocieron, Hunt se ha comportado como un perro en celo siempre que se encuentra cerca de Annabelle. Cuando se trata de su esposa, es un comportamiento típico en él.
-¡Pero no era un comportamiento típico en ti! No demostraste ni una pizca de interés por mí hasta que utilicé este perfume, y la primera vez que lo oliste...
-¿Acaso estás afirmando que mi reacción habría sido la misma con cualquier mujer que lo llevara? -interrumpió con una mirada aterciopelada en sus ojos negros.
Lali abrió la boca para responder, pero la cerró de golpe al recordar que Peter no había demostrado interés alguno en las demás floreros durante el experimento.
-No -admitió-. Pero parece que conmigo sí que marcó la diferencia.
Una lenta sonrisa curvó los labios de Peter.
-Lali, te he deseado desde la primera vez que te tuve entre mis brazos. Y no tiene nada que ver con tu maldito perfume. Sin embargo... -Aspiró el aroma una vez más antes de volver a colocar el diminuto tapón en su sitio-. Sé cuál es el ingrediente secreto.
Lali lo miró de hito en hito.
- ¡No lo sabes!
-Sí que lo sé -afirmó él con aire satisfecho.
- ¡Menudo sabelotodo! -exclamó Lali a camino entre el fastidio y la diversión-. Como mucho, puedes suponer cuál es el ingrediente. Yo no he podido descubrirlo y te aseguro que si yo no puedo descubrirlo, tú no...
-Sé con certeza de qué se trata -la informó él.
-Pues dímelo.
-No. Creo que dejaré que lo descubras tú sola.
-¡Dímelo! -Se abalanzó sobre él con impaciencia y comenzó a darle golpes con los puños cerrados sobre el pecho. La mayoría de los hombres habrían retrocedido ante la fuerza de los puñetazos, pero Peter se limitó a reírse a carcajadas sin moverse de su sitio-. Lanzani, si no me dices lo que es en este preciso instante.
-¿Me torturarás? Lo siento, eso no funcionará. Ya estoy más que acostumbrado. -Tras cogerla en brazos con sorprendente facilidad, la arrojó sobre la cama como si fuera un saco de patatas.
Antes de que Lali pudiera moverse siquiera un centímetro, ya lo tenía encima, gruñendo entre risas mientras ella lo golpeaba con todas sus fuerzas.
- ¡Conseguiré que me lo digas! -exclamó.
La muchacha rodeó una de las piernas de Peter con la suya y le asestó un empujón en el hombro izquierdo. Los años que pasara luchando contra sus hermanos durante su infancia le habían enseñado unos cuantos trucos. No obstante, Peter bloqueaba cada movimiento con facilidad y su cuerpo parecía un amasijo de músculos elásticos y acerados. Resultó ser muy ágil, a pesar de lo mucho que pesaba.
-No representas ningún desafío para mí -se burló al tiempo que permitía que Lali rodara para colocarse encima de él por un instante. Cuando vio que ella intentaba mantenerlo inmovilizado, giró de nuevo y la apresó bajo su cuerpo una vez más-. No me digas que eso es lo mejor que sabes hacer...
-Bastardo arrogante -murmuró Lali que renovó sus esfuerzos-. Podría ganarte... si no llevara vestido...
-Puede que tus deseos se hagan realidad -replicó él con una sonrisa. Un instante después, la mantuvo inmovilizada sobre el colchón, con cuidado de no hacerle daño con los jugueteos amorosos-. Ya es suficiente -le dijo-. Eres incansable. Lo dejaremos en un empate.
-Todavía no -jadeó ella, que seguía decidida a ganarle.
- ¡Por el amor de Dios! Pequeña salvaje... es hora de rendirse- dijo con una nota de humor en la voz.
- ¡Jamás! -Peleó como una posesa para liberarse, aunque le temblaban los brazos debido al cansancio.
-Relájate -le oyó murmurar con voz acariciante y abrió los ojos de par en par al sentir la dureza del cuerpo masculino que se abría camino entre sus muslos. Lali comenzó a jadear y abandonó la lucha-. Despacio... -Peter bajó la parte delantera de su vestido y atrapó sus brazos durante un instante-. Tranquila -susurró.
Con el corazón desbocado, la muchacha permaneció inmóvil mientras lo miraba fijamente. La luz era muy tenue en esa parte de la habitación y la cama estaba envuelta en sombras. La oscura silueta de Peter se cernió sobre ella y sus manos la movieron de un lado a otro para quitarle el vestido y desatarle el corsé. Y, entonces, de repente, Lali descubrió que comenzaba a respirar demasiado fuerte y demasiado rápido... Y sentir su mano acariciándole el torso con el fin de relajarla sólo consiguió empeorar las cosas.
Su piel había adquirido tal sensibilidad que la simple caricia del aire parecía irritarla y despertar un hormigueo por todo su cuerpo. Comenzó a temblar mientras el conde le quitaba la enagua, las medias y los pololos, y cada roce ocasional de sus nudillos o de la yema de sus dedos lograba que diera un respingo.
Peter se puso en pie junto a la cama y la miró fijamente al tiempo que se despojaba de su ropa con deliberada lentitud. A esas alturas, Lali ya se hallaba familiarizada con ese cuerpo, escultural y elegante, y también con la anhelante excitación que despertaba en cada centímetro de su sensitiva piel. Dejó escapar un gemido gutural cuando se reunió con ella sobre el colchón y la acurrucó sobre la cálida piel de su torso. Al percibir los continuos temblores que asaltaban a la muchacha, el conde deslizó la mano sobre la pálida superficie de su espalda y aferró la firme curva de sus nalgas. Allí donde la tocaba, Lali sentía unas oleadas de intenso alivio seguidas por un anhelo aún más placentero.
Peter la besó despacio, en profundidad, acariciando con la lengua los sedosos confines de su boca hasta que Lali gimió de placer. Acto seguido, se trasladó hasta sus pechos y los cubrió de besos ligeros y húmedos, al tiempo que su lengua le prodigaba fugaces caricias sobre los pezones. La engatusó y la cortejó como si ella no estuviese ya inflamada y temblando de deseo; como si el aliento no escapara de sus labios en suplicantes sollozos que le rogaban que aliviara aquella dolorosa necesidad. Cuando sus pechos estuvieron hinchados y sus pezones se hubieron contraído hasta no ser más que dos puntas endurecidas, tomó uno en la boca y comenzó a tirar de él con firmeza mientras apoyaba una de las manos sobre el vientre de Lali.
Ella sintió que algo en su interior se tensaba, una necesidad apremiante que hizo que perdiera la cabeza. Le temblaba la mano visiblemente cuando buscó la de Peter y la aferró para acercarla hasta el húmedo vello de su entrepierna. El hombre esbozó una sonrisa sobre uno de sus pechos antes de trasladarse hacia el otro pezón para introducirlo en la húmeda suavidad de su boca. El tiempo pareció detenerse mientras Lali sentía los dedos de Peter abriéndose camino a través de los suaves rizos antes de rozar la húmeda protuberancia que se ocultaba entre los pliegues de su sexo. Señor... sus dedos eran ligeros como una pluma mientras la acariciaba con delicada insistencia, incitándola primero para luego apaciguarla y volver a incitarla después, hasta que Lali gritó al alcanzar la increíble liberación, moviendo las caderas con fuerza contra la mano de Peter.
Tras acurrucarla de forma protectora contra su pecho, Peter comenzó a acariciarle las temblorosas extremidades. Mientras recorría de forma reverente el cuerpo de Lali con las manos, le susurraba palabras cariñosas contra los labios entreabiertos; palabras de adoración, pero también de deseo.
Lali no fue consciente del momento exacto en el que las caricias de Peter dejaron de resultarle relajantes y comenzaron a excitarla, pero comenzó a sentir que, poco a poco, él iba despertando en ella una sensación tras otra. Su corazón alcanzó de nuevo un ritmo frenético y comenzó a retorcerse bajo el cuerpo del hombre. Peter le separó los muslos y le alzó un poco las rodillas antes de penetrarla con lentitud. La íntima molestia de la invasión hizo que Lali diera un respingo. Estaba tan duro, tanto dentro como lucra de ella, que sus músculos se tensaron de forma instintiva en torno a él, pese a que nada habría podido detener aquel poderoso convite. Él se movió con profundas y placenteras embestidas que lo hundían en el estrecho canal de su sexo con una ternura infinita. Cada movimiento parecía provocar un delicioso estremecimiento en las profundidades del cuerpo de la joven y el dolor no tardó en transformarse en un pinchazo apenas perceptible. Lali comenzó a sentirse enfebrecida y desesperada cuando percibió que se acercaba otro clímax. Se quedó desconcertada cuando él se apartó de pronto.
-Peter -sollozó-. ¡Por el amor de Dios! ¡No te pares, por favor…!
Tras silenciarla con un beso, la alzó y le dio la vuelta con cuidado para dejarla tumbada sobre el vientre. Aturdida y temblorosa, Lali sintió que le colocaba una almohada bajo las caderas y luego otra más, de modo que quedó apoyada sobre ellas y expuesta ante él, que se arrodilló de inmediato entre sus muslos. La acarició con los dedos, separó los pliegues de su sexo y, al instante, la penetró de nuevo, haciendo que los gemidos de Lali se volvieran incontrolables. Indefensa, giró la cabeza y apoyó la mejilla sobre el colchón mientras Peter le sujetaba las caderas con firmeza. La embistió con más fuerza que antes, penetrándola, acariciándola, dándole placer con aquel ritmo deliberado... que la llevó a traspasar el umbral de la cordura, La joven comenzó a suplicar, a sollozar, a gemir e incluso a maldecir, y le oyó emitir una suave carcajada antes de conducirla hacia una explosión de placer devastadora.
Su cuerpo se tenso con una serie e espasmos en torno a sexo de Peter, llevándolo a un orgasmo que arrancó un gemido ronco de su garganta.
Jadeante, Peter apoyó su cuerpo sobre el de Lali y besó en la nuca, con su sexo aún enterrado en ella.
La joven, que descansaba pasivamente bajo él, se humedeció los labios hinchados y murmuró:
- ¿Y tú te atreves a llamarme salvaje?
Se quedó sin aliento cuando lo notó reír entre dientes y sintió que el vello de su pecho le frotaba la espalda como si de terciopelo se tratara.
Si bien Lali estaba plácidamente exhausta tras haber hecho el amor, lo último que quería era dormir. Estaba maravillada por todo lo que había descubierto sobre ese hombre al que una vez tachara con desdén de «aburrido» y «pelmazo», y que había demostrado no ser ninguna de las dos cosas. Estaba empezando a descubrir que el conde de Lanzani tenía un lado tierno que le mostraba a muy poca gente. Además, le daba la impresión de que el hombre sentía cierto afecto por ella, pero le daba miedo hacer conjeturas a ese respecto, puesto que los sentimientos que parecían rebosar de su propio corazón se habían convertido en algo demasiado intenso.
Peter le enjugó el sudor que cubría su cuerpo con un paño fresco y húmedo y le colocó la camisa que él mismo se había quitado poco antes y que aún conservaba el olor de su piel. A continuación, le llevó un plato con una pera escalfada y una copa de vino dulce e incluso permitió que ella le diera unos trocitos de fruta, cuya textura era suave como la seda. Cuando hubo saciado su apetito, Lali dejó a un lado el plato vacío y la cuchara, y se dio la vuelta para acurrucarse junto a Peter. Tras apoyarse sobre un codo, el conde la miró sin dejar de juguetear perezosamente con su cabello.
- ¿Te molesta que no haya permitido que St, Vincent se quedara contigo?
Ella lo miró con una sonrisa perpleja.
- ¿Por qué me lo preguntas? No creo que tengas remordimientos de conciencia ¿verdad?
Peter negó con la cabeza.
-Sólo me preguntaba si te arrepientes de lo que ha sucedido. Asombrada y conmovida por semejante necesidad de reafirmación, Lali comenzó a juguetear con los oscuros rizos de su pecho.
-No -le contestó con sinceridad-. Es atractivo y me agrada... pero no lo deseo.
-Sin embargo, estuviste considerando la posibilidad de casarte con él.
-Bueno -admitió-, tengo que reconocer que me habría gustado ser una duquesa... Pero sólo para fastidiarte.
En el rostro de Peter apareció una sonrisa. Se vengó de ella propinándole un pellizco en un pecho que le arrancó un chillido.
-No podría haber soportado verte casada con otro -confesó él.
-No creo que lord St. Vincent tenga dificultad alguna para encontrar otra heredera que sirva para sus propósitos.
-Tal vez. Pero no hay muchas mujeres con una fortuna equiparable a la tuya... y, desde luego, nadie cuenta con tu belleza.
Esbozando una sonrisa por el cumplido, Lali gateó hasta apoyarse sobre él y colocó una pierna entre las de Peter.
Dime más cosas. Quiero oír cómo recitas versos sobre mis encantos.
Tras sentarse en la cama, Peter la alzó con una facilidad que le dejó pasmada y la colocó a horcajadas sobre sus caderas. Pasó un dedo por la pálida piel de la muchacha que quedaba expuesta a través del cuello abierto de su camisa.
-Nunca se me dieron bien los versos -contestó él-. Los Lanzani no somos de los que se recrean con la poesía. Sin embargo...
-Hizo una pausa para admirar a la joven de esbeltas extremidades que se encontraba a horcajadas sobre él, con el enmarañado cabello hasta la cintura-. Lo que sí puedo decirte es que pareces una princesa pagana con ese cabello negro enredado y esos brillantes ojos oscuros.
- ¿Y...? -lo animó Lali mientras le colocaba los brazos alrededor del cuello.
Peter colocó las manos a ambos lados de la estrecha cintura de Lali y las deslizó más abajo para aferrarle los muslos, esbeltos y fuertes.
-Y que todos los sueños eróticos que he tenido acerca de tus magníficas y blancas piernas palidecen ante la realidad.
- ¿Has soñado con mis piernas? -preguntó Lali, que se retorció al sentir que las palmas de las manos de Peter ascendían a la cara interna de sus muslos en una perezosa exploración.
-Por supuesto que sí. -Sus manos desaparecieron bajo el borde de la camisa-. Enroscadas alrededor de mi cintura -murmuró con un tono de voz cada vez más profundo-. Aferrándose fuerza a mí mientras me montabas...
Lali abrió los ojos de par en par al sentir que Peter le acariciaba con los pulgares los delicados pliegues externos de su sexo.
- ¿Cómo? -preguntó con debilidad. Inhaló una trémula boca nada de aire al notar que él la abría con caricias suaves pero firmes.
Sus dedos le hacían algo delicioso, aunque sus hábiles movimientos quedaban ocultos bajo la camisa. Lali se estremeció y observó la intensa concentración que reflejaba el rostro masculino mientras jugueteaba con ella. Estaba utilizando algunos de sus dedos para penetrarla, mientras que otros le acariciaban con maestría esa pequeña y sensitiva protuberancia que parecía arder bajo sus caricias.
-Pero las mujeres no... -comenzó a decir confusa y sin aliento-. No de ese modo. Al menos... ay... nunca había oído que...
-Algunas lo hacen -murmuró él al tiempo que la incitaba de tal manera que la hizo gemir-. Mi ángel temerario... creo que tendré que enseñarte cómo se hace.
En su inocencia, Lali no acabó de comprender a qué se refería hasta que él la alzó de nuevo para colocarla en la posición, adecuada y la ayudó a deslizarse sobre la rígida y turgente longitud de su erección hasta que quedó empalada por completo sobre él. Más sorprendida de lo que era capaz de expresar, Lali se movió Con indecisión al principio, dirigida por los roncos murmullos de Peter y la paciente guía de sus manos, que la aferraban por las caderas. Pasado unos instantes, encontró su propio ritmo.
-Eso es -la animó él, apenas sin resuello-. Así se hace... Peter introdujo las manos de nuevo bajo la camisa, en busca del anhelante botón que se escondía entre los pliegues de su sexo. Lo acarició en círculos con el pulgar, logrando un electrizante contrapunto a los movimientos descendentes de la muchacha. La presión que ejercía era tan deliciosa que una nueva oleada de pasión recorrió las terminaciones nerviosas de la joven. Peter no desvió la mirada de sus ojos, embriagado con su expresión de placer. El menor hecho de saber que no apartaba la vista de ella desencadenó el éxtasis de Lali, que se vio estremecida por una serie de espasmos de profunda satisfacción y dejó que su cuerpo, su corazón y su mente se llenaran con la imagen del hombre. Peter la aferró por la cintura y la sujetó con firmeza mientras elevaba las caderas para buscar el clímax e inundarla con su propio placer.
Incapaz de pensar con coherencia y literalmente exhausta, Lali se desplomó sobre él y apoyó la cabeza sobre su torso. Escuchó el estruendoso latido de su corazón durante unos minutos, hasta que alcanzó un ritmo parecido a la normalidad.
- ¡Dios mío! -murmuró él. La rodeó con los brazos, pero después los dejó caer a los lados, como si el simple hecho de abrazarla supusiera demasiado esfuerzo-. Lali, Lali...
- ¿Sí? -Ella parpadeó soñolienta, experimentando de súbito una necesidad abrumadora de dormir.
-He cambiado de idea con respecto a la negociación. Puedes tener lo que quieras. Cualquier condición que impongas, cualquier cosa que esté en mis manos, la tendrás. Sólo dime que serás mi esposa para que mi mente pueda descansar.
Lali se las compuso para alzar la cabeza y mirarlo a los ojos, cuyos párpados estaban medio cerrados.
-Si éste es un ejemplo de tu habilidad para negociar, déjame decirte que tus asuntos empresariales me preocupan mucho -le dijo-. Espero que no claudiques con tanta facilidad ante las demandas de tus socios.
-No. Y tampoco me acuesto con ellos.
Los labios de Lali dibujaron una lánguida sonrisa. Si Peter estaba dispuesto a arriesgarse, ella no iba a ser menos.
-En ese caso, y para que tu mente descanse, Lanzani... sí. Seré tu esposa. Aunque debo advertirte algo: tal vez te arrepientas de no haber negociado cuando descubras mis condiciones. Puede que quiera ocupar un cargo en la compañía jabonera, por ejemplo...
-Que Dios me ayude -musitó él y, con un suspiro de felicidad, se durmió.
Lali pasó casi toda la noche en la cama de Peter. Se despertó de vez en cuando para encontrarse envuelta por el calor de su cuerpo y el de las suaves capas de lino, seda y lana. Peter debía de estar exhausto después de haber hecho el amor, porque apenas emitía ruido alguno y casi no se movía. No obstante, cuando se fue acercando la mañana, fue el primero en levantarse. Perdida en un agradable sopor, Lali protestó cuando él la despertó.
-Casi ha amanecido -le susurró Peter al oído-. Abre los ojos. Tengo que llevarte a tu habitación.
-No -protestó ella, adormilada-. Dentro de unos minutos. Más tarde. -Trató de acurrucarse de nuevo entre sus brazos. La cama estaba tan cálida y el aire era tan frío... Además, sabía que el suelo estaría helado bajo los pies.
Peter la besó en la coronilla y la incorporó hasta dejarla sentada.
-Ahora -insistió con gentileza al tiempo que le acariciaba la espalda-. La doncella aparecerá para preparar la chimenea... y muchos invitados saldrán a cazar esta mañana, lo que significa que se levantarán pronto.
-Algún día tendrás que explicarme por qué los hombres sienten esa insana alegría al salir antes del amanecer para deambular por campos fangosos y matar animalitos -gruño Lali a la par que se arrebujaba contra su poderoso pecho.
-Porque nos gusta medirnos contra la naturaleza. Y, lo que es más importante, nos proporciona una excusa para beber antes del mediodía.
La joven sonrió y le acarició el hombro con la nariz al tiempo que deslizaba los labios sobre la tersa piel masculina.
-Tengo frío -susurró-. Métete conmigo bajo las mantas.
Peter gruñó por la tentación que ella representaba y se obligó a abandonar la cama. De inmediato, Lali se acurrucó bajo las sábanas, apretando los suaves pliegues de la camisa de Peter contra su cuerpo. Pese a todo, él no tardó en regresar totalmente vestido y en sacarla de debajo de las mantas.
-Quejarte no te servirá de nada -le dijo mientras la envolvía en una de sus batas-. Vas a volver a tu habitación. No pueden ver te conmigo a estas horas.
- ¿Tienes miedo de un escándalo? -preguntó Lali.
-No. Aunque, por naturaleza, tiendo a conducirme con discreción siempre que es posible.
-Siempre tan caballeroso -se burló ella, que levantó los brazos para que le anudara el cinturón de la bata-. Deberías casarte con una joven que fuera tan discreta como tú.
-Ya, pero esas jóvenes no son ni la mitad de entretenidas que las perversas.
- ¿Eso soy? -preguntó ella mientras le rodeaba los hombros con los brazos-. ¿Una chica perversa?
-Sin duda alguna -respondió Peter antes de cubrir la boca de la muchacha con la suya.
Daisy se despertó al oír que alguien arañaba la puerta con los dedos. Entrecerró los ojos y vio que la luz todavía estaba teñida con los colores del amanecer; su hermana se encontraba delante del lavamanos, desenredándose el cabello. La menor de las Esposito se incorporó en la cama y se apartó el pelo de la cara antes de preguntar:
- ¿Quién podrá ser?
-Voy a ver.
Ya ataviada con un vestido mañanero en otomán de seda de color rojo oscuro, Lali se acercó a la puerta y abrió una rendija.
A juzgar por lo que Daisy pudo ver, se trataba de una criada con un mensaje. A continuación, se produjo una breve conversación y, a pesar de que Daisy no pudo discernir las palabras, sí captó cierto tono de sorpresa en la voz de su hermana, que acabó tornándose en enfado.
-Muy bien -dijo Lali con sequedad-. Dile que lo han. Aunque no veo la necesidad de tanto secretismo.
La criada desapareció y Lali cerró la puerta, ceñuda.
- ¿Qué pasa? -preguntó Daisy-. ¿Qué te ha dicho? ¿Quién la ha enviado?
-No pasa nada -:replicó Lali, tras lo que añadió con bastante ironía-: Se supone que no puedo decirlo.
-Oí algo sobre secretismo.
-Bueno, no es más que un asuntillo del que tengo que ocuparme. Te lo explicaré este mediodía... Sin duda, tendré una historia de lo más entretenida y pintoresca que contaras.
- ¿Está relacionado con lord Lanzani?
-De forma indirecta. -El ceño de Lali se despejó y, de repente, pareció radiante de felicidad. Quizá más feliz de lo que Dais)' la había visto jamás-. Por Dios, Daisy, es repugnante lo mucho que deseo estar con él. Me da la sensación de que hoy vaya hacer algo tremendamente estúpido. Como ponerme a cantar de repente o algo por el estilo. Por los clavos de Cristo, ni se te ocurra permitírmelo.
-Por supuesto que no -prometió Daisy, que le devolvió la sonrisa-. ¿Eso quiere decir que estás enamorada?
-Yo no he dicho eso -afirmó Lali con presteza-. Incluso si lo estuviera... y no estoy admitiendo nada... jamás sería la primera en decirlo. Es cuestión de orgullo. Además, hay muchas posibilidades de que él no dijera lo mismo y me respondiera con un amable «gracias», en cuyo caso tendría que matarlo. O suicidarme.
-Espero que el conde no sea tan terco como tú -comentó Daisy.
-No lo es -le aseguró Lali. Aunque lo crea. -Algunos recuerdos íntimos la hicieron soltar una carcajada y llevarse una mano a la frente-. Señor, Daisy -dijo con regocijo malévolo-, voy a ser una condesa espantosa.
-Mejor decirlo de otra forma... -replicó Daisy con diplomacia-. Digamos, en cambio, que serás una condesa «poco convencional».
-Puedo ser el tipo de condesa que quiera -dijo Lali, a caballo entre el placer y el asombro-. Eso dice Lanzani... Y a decir verdad, creo que habla en serio.
Tras un ligero desayuno a base de té y tostadas, Lali salió a la terraza posterior de la mansión. Con los codos apoyados en la balaustrada, contempló la vasta extensión de jardines, con sus senderos meticulosamente delimitados y las amplias franjas de setas cuajados de rosas, además de los tejos podados con cuidado, que proporcionaban encantadores rincones escondidos para explorar. Su sonrisa se desvaneció al recordar que, justo en ese momento, la condesa la aguardaba en la Corte de las Mariposas, tras haber enviado a una de las criadas para que le dijera el lugar de la cita.
La condesa deseaba mantener una charla' en privado con Lali... y no era una buena señal que quisiera hacerla a tanta distancia de la mansión. Dado que la mujer tenía dificultad para caminar -razón por la que usaba un bastón o se dejaba llevar en silla de ruedas de vez en cuando-, llegar hasta el jardín secreto le supondría una ardua tarea. Habría sido mucho más sencillo y sensato encontrarse en el salón Lanzani, ubicado en la planta superior de la mansión. No obstante, tal vez lo que quería decirle la condesa fuera de índole tan privada que no podía arriesgarse a que alguien oyera algo. A Lali no le cabía ninguna duda de cuál era el motivo por el que la condesa le había pedido que no le contara nada a nadie acerca de ese encuentro. Si Peter se enteraba, insistiría hasta llegar al final del asunto más tarde... algo que ninguna de ellas quería que sucediera. Además, Lali no tenía la menor intención de esconderse detrás de Peter. Se enfrentaría a la condesa ella sola.
Por supuesto, esperaba toda una diatriba. La relación que mantenía con la mujer le había enseñado que ésta tenía una lengua viperina y que poseía un poder ilimitado para herir con sus palabras. Cosa que, sin embargo no le importaba. Cada sílaba que pronunciara la condesa resbalaría por el cuerpo de Lali como las gotas de lluvia que caen contra una ventana, por la sencilla razón de que estaba segura de que nada podría impedir su boda con Peter. Eso significaba que la condesa tendría que darse cuenta de que mantener una relación cordial con su futura nuera redundaría en su propio beneficio. En caso contrario, se harían la vida imposible la una a la otra.
Lali esbozó una sonrisa de desagrado mientras descendía el largo tramo de escalones que conducían al jardín y salía al frío ambiente matutino.
-Ya voy, vieja zorra -musitó-. Demuéstrame de lo que eres capaz.
La puerta de la Corte de las Mariposas estaba entreabierta cuando llegó. Tras enderezar los hombros, Lali compuso una expresión de fría indiferencia y entró en el recinto. La condesa se encontraba sola en el jardín secreto, si ningún criado en las proximidades que la atendiera. Estaba sentada en el banco circular como si se tratara de un trono y junto a ella reposaba el bastón decorado con joyas. Tal y como era de esperar, lucía una expresión pétrea y, por un instante, Lali estuvo a punto de estallar en carcajadas cuando se le ocurrió que la mujer parecía un diminuto guerrero que sólo se conformaría con una indiscutible victoria.
-Buenos días -saludó Lali con voz agradable al tiempo que se acercaba a ella-. Ha elegido usted un lugar encantador para nuestro encuentro, milady. Espero que la caminata desde la mansión no la haya extenuado.
-Eso es sólo de mi incumbencia -replicó la condesa-, no de la suya.
A pesar de que esos ojos negros y separados en exceso no demostraban emoción alguna, Lali sintió un súbito ramalazo de frío. No se trataba de miedo, pero sí de una trepidación instintiva que no había sentido en sus encuentros anteriores.
-Me limitaba a expresar cierto interés por su comodidad -comentó Lali al tiempo que levantaba las manos en un falso gesto defensivo-. No volveré a provocarla con algún otro intento de mantener una relación cordial, mi lady. Le ruego que vaya al grano y diga lo que tenga en mente. He venido para escucharla.
-Por su propio bien, así como por el de mi hijo, espero que lo haga.-Sus palabras traslucían cierta debilidad distante, hecho que dejó a la misma condesa un tanto perpleja, puesto que creía que no había necesidad alguna de decir tales cosas. Sin duda, de todas las discusiones que había mantenido a lo largo de su vida, ésa en con-creto no la había esperado jamás-. De haberme imaginado que una joven de su procedencia pudiera atraer al conde, le habría puesto punto y final a este asunto mucho antes. Mi hijo no está en su sano juicio; de otra forma, jamás habría cometido esta locura.
Cuando la anciana se detuvo para tomar aire, Lali se oyó preguntar en voz baja:
-¿Por qué lo llama locura? Hace unas cuantas semanas, afirmó que yo podría atrapar a un aristócrata británico. ¿Por qué no al propio conde? ¿Sus objeciones se basan en un desagrado personal o...?
- ¡Chiquilla estúpida! -exclamó la condesa-. Mis objeciones se basan en el hecho de que, en quince generaciones de herederos Lanzani, ninguno se ha casado con alguien que no perteneciera a la aristocracia. ¡Y mi hijo no será el primer conde en hacerla! Puesto que proviene de un país sin tradiciones, cultura ni vestigios de nobleza, usted no entiende nada acerca de la importancia de la sangre. Si el conde se casara con usted, no sólo supondría un fracaso para él, sino también para mí; por no mencionar que conllevaría la caída en desgracia de todos los hombres y mujeres relacionados con el blasón de la familia Lanzani.
La pomposidad del comentario estuvo a punto de arrancarle una carcajada a Lali... hasta que se dio cuenta, por primera vez, de que lady Lanzani creía en la inviolabilidad del linaje noble de los Lanzani como si fuera un credo. Mientras la condesa se esforzaba por recuperar la compostura, Lali se preguntó cómo podría dirigir la conversación hacia asuntos personales y apelar a los sen-timientos que la condesa albergaba por su hijo en lo más profundo de su alma... si es que eso era posible.
A Lali no se le daba muy bien hablar con franqueza de sus sentimientos. Prefería hacer comentarios ingeniosos, o cínicos, ya que siempre le había parecido demasiado peligroso hablar con el corazón. No obstante, aquello era importante. Y tal vez le debiera un poco de sinceridad a la mujer con cuyo hijo pretendía casarse en breve.
Lali se expresó con deliberada lentitud.
-Milady, estoy segura de que desea la felicidad de su hijo por encima de todo. Mi intención es hacerle entender que yo deseo exactamente lo mismo. Es cierto que no provengo de una familia noble y que tampoco poseo los refinamientos que usted habría preferido... -Se detuvo con una sonrisa burlona-. Ni siquiera estoy segura de lo que es un «blasón». Pero creo... creo que podría hacer feliz a Lanzani. Al menos, podría aliviar sus preocupaciones un poco... y le aseguro que no me comportaré como una completa tarambana. No le quepa duda de que, al menos, jamás trataré de avergonzarlo ni de ofenderla a usted...
-¡No pienso tolerar más estos patéticos gimoteos! -explotó la condesa-. Todo lo referente a usted me ofende. No la aceptaría siquiera como criada en mi propiedad... ¡Y mucho menos como señora! Mi hijo no siente nada por usted. Para él, no es más que un síntoma de las desavenencias pasadas con su padre. Usted no es más que una forma de rebelión, una venganza inútil contra un fantasma. Y cuando se canse de la novedad que supone su nueva esposa, el conde acabará por odiarla tanto como yo. Pero entonces ya será demasiado tarde. El linaje estará arruinado.
Lali mantuvo el rostro impasible, aunque era consciente de que se había quedado pálida. Comprendió que nadie la había mirado con verdadero odio hasta ese momento. Era evidente que la condesa le deseaba todo tipo de males, salvo la muerte... o tal vez ésta también. Sin embargo, en vez de acongojarse, llorar o protestar, Lali decidió lanzar un contraataque.
-Puede que se case como venganza contra usted, milady. En cuyo caso, me alegro de convertirme en el medio para alcanzar tal fin.
Los ojos de la condesa se abrieron como platos.
-¡Cómo se atreve! -exclamó con voz ronca.
A pesar de la tentación de añadir algo más, Lali temió provocarle una apoplejía a la condesa. Y pensó, no sin cierta malicia, que matar a la madre de su prometido no era la mejor manera de comenzar un matrimonio. Se tragó las palabras mordaces que tenía en la punta de la lengua y miró a la condesa con los ojos entrecerrados.
-Supongo que hemos dejado claras nuestras posturas. Aunque tenía la esperanza de que nuestra conversación acabara de otra manera, debo admitir que las noticias son algo desconcertantes. Tal vez con el tiempo lleguemos a algún tipo de entendimiento.
-Sí... llegaremos a un entendimiento. -Había una sutil nota venenosa en la voz de la mujer y Lali tuvo que suprimir el impulso de retroceder al ver la malevolencia de su mirada.
De repente, la desagradable conversación hizo que se sintiera helada y sucia; lo único que deseaba era alejarse todo lo posible de esa mujer. Sin embargo, la condesa no podría hacerle nada mientras Peter siguiera deseándola, se recordó.
-Voy a casarme con él-afirmó con serenidad, ya que sentía la necesidad de dejar bien claro ese punto.
-Por encima de mi cadáver -susurró la condesa.
Tras levantarse del asiento, cogió el bastón para mantener el equilibrio. Preocupada por la debilidad física de la mujer, Lali se dispuso a prestarle ayuda. Sin embargo, se contuvo al ver la mirada de desprecio absoluto que le dirigió la condesa, ya que sospechaba que la anciana bien podría pegarle con el bastón.
El agradable sol de la mañana se colaba a través del velo de bruma que quedaba suspendido sobre el jardín; unas cuantas mariposas de la variedad Dama Pintada desplegaron las alas para revolotear por encima de las flores entreabiertas. Era un jardín precioso, un escenario que resultaba incongruente con las crueles palabras que se habían pronunciado. Lali siguió a la anciana en su lenta procesión hacia la salida de la Corte de las Mariposas.
-Permítame que le abra la puerta -se ofreció Lali. La condesa aguardó con el porte de una reina y, a continuación, traspasó el umbral del jardín secreto-. Tendríamos que habernos reunido en un lugar más apropiado -dijo Lali, incapaz de contenerse-. Después de todo, podríamos haber discutido de igual forma dentro de la mansión, y usted no se habría visto obligada a caminar tanto.
Lady Lanzani prosiguió su marcha sin prestarle la más mínima atención. En ese momento ocurrió algo de lo más extraño: la condesa hizo un comentario, pero no se molestó en decirlo por encima del hombro, sino que giró la cabeza hacia un lado, como si hablara con otra persona.
-Puede proceder.
-¿Milady? -preguntó Lali, confundida, mientras se disponía a salir del jardín secreto.
Con vertiginosa rapidez, alguien le tapó la boca y la sujetó desde atrás con una fuerza brutal. Antes de que pudiera moverse o hablar, le colocaron algo sobre la boca y la nariz. El miedo le hizo abrir los ojos de par en par y trató de forcejear, de moverse, mientras sus pulmones Intentaban con desesperación conseguir algo de aire. El trapo que una mano enorme apretaba contra su rostro estaba impregnado con algún fluido dulzón, cuyos efluvios se extendían con rapidez por las fosas nasales, la garganta, el pecho, la cabeza... Una oleada rápida y perniciosa que hizo que su cuerpo se colapsara miembro a miembro como si de un castillo de naipes se tratara. Dejó de sentir los brazos y las piernas y luego se sumió en una oscuridad insondable. Por último, cerró los ojos al tiempo que el sol se tornaba negro.
Peter, que regresaba de un desayuno tardío en el pabellón del lago tras la jornada de caza, se detuvo al pie de la enorme escalinata de la parte posterior de la mansión. Uno de los participantes de la cacería, un anciano que había sido amigo de la familia durante más de veinticinco años, lo había detenido para presentarle sus quejas acerca de otro de los huéspedes.
-Disparó cuando no le tocaba -dijo el anciano, iracundo-, no una vez ni dos, sino tres veces. Y para empeorar las cosas, declaró que había abatido una de las piezas a las que yo disparé. En todos los años que llevo cazando en Stony Cross Park, jamás me había topado con semejante grosería...
Peter lo interrumpió con solemne cortesía para asegurarse que no sólo hablaría con ese invitado tan insolente, sino que le enviaría una invitación al anciano para que la semana siguiente pudiera cazar y disparar a su antojo. Apaciguado hasta cierto punto, el agraviado anciano se alejó de Peter tras murmurar unas cuantas quejas más acerca de los invitados maleducados que no tenían ni idea de lo que era la caballerosidad en el campo. Con una sonrisa lastimera, Peter ascendió los escalones que conducían a la terraza trasera. Fue entonces cuando vio a Hunt, que también acababa de regresar y que se encontraba inclinado hacia su esposa. Resul-taba evidente que Annabelle estaba preocupada por algo, ya que hablaba en susurros con su marido sin dejar de clavarle los dedos en la manga de su chaqueta.
Cuando subió las escaleras, se le acercaron Daisy Esposito y su amiga Evie, quien, como era habitual, no fue capaz de mirarlo a los ojos. Tras ejecutar una ligera reverencia, Peter le dirigió una sonrisa a Daisy y pensó que no le costaría mucho tomarle cariño a la muchacha. La delicadeza de su figura y la dulzura de su exuberan-te ánimo le recordaban a su hermana Livia de joven. No obstante, en aquellos momentos, se había apagado la acostumbrada vivacidad de su expresión y tenía las mejillas pálidas.
-Milord, me alegro de que haya regresado -murmuró Daisy-. Hay un... asunto privado que nos preocupa un poco...
-¿ En qué puedo ayudar? -preguntó Peter de inmediato., Una ligera brisa le agitó el cabello cuando inclinó la cabeza hacia la Joven.
Al parecer, Daisy no sabía muy bien cómo explicarlo.
-Se trata de mi hermana -le dijo, tensa-. No la encontramos por ningún sitio. Hace cinco horas que la vi por última vez. Se marchó para cumplir algún tipo de encargo, pero no me explicó de qué se trataba. Al ver que no regresaba, me puse a buscada yo misma. Y, después, me ayudaron las demás floreros... quiero decir, Evie y Annabelle. No hemos visto a Lali ni en la mansión ni en los jardines. Incluso me he acercado al pozo de... los deseos, por si hubiera ido allí por alguna razón. No es normal que desaparezca de esta manera. Al menos, no sin mí. Tal vez sea demasiado pronto para preocuparse, pero... -Se detuvo y frunció el ceño, como si buscara una forma de librarse de las preocupaciones pero se descubriera incapaz de hacerlo-. Ha ocurrido algo horrible, milord. Lo presiento.
Peter mantuvo el rostro impasible, pese a sentir una puñalada de preocupación en su interior. Hizo un rápido recuento mental de las posibles razones que podrían explicar su ausencia, desde las más frívolas hasta las más importantes; pero, aun así, nada parecía tener sentido. Lali no era tan estúpida como para alejarse mucho de la mansión y se y, a pesar de lo mucho que le gustaban las travesuras, no gastaría una broma tan pesada. Tampoco parecía probable que hubiera ido de visita, puesto que no conocía a nadie del pueblo y, además, no habría abandonado la propiedad sola. ¿Estaría herida? ¿Le habría pasado algo?
Mientras el corazón le latía a un ritmo desbocado, sus ojos abandonaron el delicado rostro de Daisy para observar a Evie Jenner mientras decía con voz serena:
-Tal vez haya ido a los establos y...
-No, mi-milord -dijo Evie Jenner-. Ya fui a preguntar y resulta que todos los caballos están allí y que ninguno de los mozos ha visto a Lali hoy.
Peter hizo un breve gesto de asentimiento.
-Organizaré grupos de búsqueda para examinar la casa y los alrededores -dijo-. La encontraremos en menos de una hora.
Reconfortada al parecer por sus ademanes bruscos, Daisy dejó escapar un tembloroso suspiro.
-¿Qué puedo hacer yo?
-Cuénteme más cosas sobre ese recado. -Peter clavó la mi rada en sus grandes ojos castaños-. ¿De qué hablaron antes de que se marchara?
-Una de las criadas vino esta mañana para entregarle un mensaje y...
-¿A qué hora? -interrumpió Peter con sequedad.
-Sobre las ocho.
-¿Quién era la criada?
-No lo sé, milord, Apenas pude oír nada, ya que la puerta sólo estaba entreabierta mientras hablaron. Además, la criada llevaba la cofia del uniforme, así que ni siquiera puedo decirle cuál era su color de pelo.
Hunt y Annabelle se unieron a la conversación, -Interrogaré al ama de llaves y a las criadas -dijo Hunt.
-Bien. -Impaciente por ponerse en marcha, Peter musitó-: Comenzaré a buscar por los alrededores. -Reuniría a un grupo de sirvientes y a unos cuantos invitados, incluyendo al padre de Lali, para que lo ayudaran. Hizo un rápido cálculo del tiempo que Lali llevaba ausente y de la distancia que podría haber recorrido a pie a través del agreste terreno-. Empezaremos por los jardines e iremos ampliando el cerco hasta unos quince kilómetros alrededor de la mansión. -Clavó la mirada en Hunt, señaló las puertas con un gesto de la cabeza y ambos comenzaron a alejarse.
-Milord -lo llamó Daisy con voz ansiosa, retrasándolo un poco-. La va a encontrar, ¿verdad?
-Sí -respondió sin vacilación alguna-. Y después pienso estrangularla.
Ese comentario arrancó una sonrisa preocupada a Daisy, que no apartó la vista de él mientras se marchaba.
El estado de ánimo de Peter pasó de una honda frustración a una preocupación insoportable a medida que avanzaba el interminable mediodía. Thomas Esposito, que estaba convencido de que aquello no era más que otra de las travesuras de su hija, se unió al grupo de jinetes encargados de buscarla por los prados y bosques de las cercanías, mientras que otro grupo de voluntarios se dirigió a los riscos del río. La residencia de soltero, la casa del guarda, la casa del administrador, la fresquera, la capilla, el invernadero, la bodega, los establos y sus alrededores... todo se inspeccionó palmo a palmo. Daba la sensación de que se había buscado en todos los rincones de Stony Cross Park sin encontrar nada, ni una huella ni un guante olvidado, que diera indicios de lo que le había sucedido a Lali.
Mientras que Peter recorría a caballo los bosques y campos hasta que los flancos de Brutus se empaparon de sudor y comenzó a echar espuma por la boca, Simón permaneció en la mansión para interrogar sistemáticamente a los criados. Peter sabía que era el único hombre a quien podía confiarle esa tarea, puesto que estaba seguro de que la llevaría a cabo con la misma eficiencia y rigor que él mismo emplearía. Además, el conde no se encontraba de humor para hablarle con paciencia a nadie. Lo que quería era empezar a romper cabezas, arrancar la información que deseaba de la indefensa garganta de quien fuera. El hecho de saber que Lali se encontraba perdida o tal vez herida en algún lugar, despertaba en él una emoción desconocida, tan ardiente como un rayo y tan fría como el hielo... una emoción que acabó por identificar como miedo. La seguridad de Lali era demasiado importante para él. No podía soportar la posibilidad de que Lali se encontrara en una situación peligrosa y que él no fuera capaz de ayudarla. Que no fuera capaz de encontrarla siquiera.
-¿Va a ordenar que se draguen los estanques y el lago, milord? -preguntó el sirviente principal, William, después de resumir los resultados de la búsqueda hasta ese momento.
Peter lo observó con la mirada vacía mientras notaba que el zumbido de sus oídos se hacía más penetrante y agudo y que el martilleo del pulso se había vuelto doloroso.
-Todavía no -se oyó decir con una voz sorprendentemente tranquila-. Vaya mi estudio para hablar con el señor Hunt. Podrá encontrarme allí si se descubre algo en los próximos minutos.
-Sí, milord.
El conde se dirigió a grandes zancadas hacia el estudio, donde Hunt interrogaba a los criados uno a uno. Peter entró sin llamar. Vio que Hunt se encontraba tras el enorme escritorio de cedro, con la silla ladeada para poder mirar a la cara a una pálida criada que St. había sentado frente a él. La muchacha se puso en pie al ver a Peter y consiguió hacer una nerviosa reverencia.
-Siéntate -dijo Peter con sequedad.
Puede que fuera su tono de voz, la adusta expresión de su rostro o, tal vez, su mera presencia, lo que provocó que ella se deshiciera el llanto. La atenta mirada de Peter se clavó en Simón Hunt, quien contemplaba a la doncella con una tranquila aunque implacable tenacidad.
-Milord -dijo Hunt en voz baja, pero su mirada no se aparto de los llorosos ojos de la criada mientras ésta sollozaba contra su manga-, después de entrevistar a esta joven... Gertie... durante algunos minutos, resulta evidente que puede tener información relevante sobre ese recado misterioso que la señorita Esposito tenía que hacer esta mañana y su posterior desaparición. No obstante, creo que el miedo a que la despidan puede hacer que Gertie guarde silencio. Si tú, como su patrón, pudieras proporcionarle alguna garantía...
-No te despediré -le dijo Peter a la doncella con dureza- si me dices lo que sabes en este mismo momento. En caso contrario, no sólo te despediré, sino que me aseguraré de que te juzgan por cómplice en la desaparición de la señorita Esposito...
Gertie miró al conde con los ojos como platos, y sus sollozos se convirtieron de inmediato en un tartamudeo aterrorizado.
-Mi-milord... me... me en-enviaron para entregarle un mensaje a la señorita Esposito esta mañana, pero me advirtieron que no debía decírselo a nadie... Ella quería reunirse en secreto con la joven en el jardín de las mariposas... y me dijo que si decía una palabra me despediría...
-¿ Quién te envió? -exigió saber Peter, cuya sangre hervía de furia-. ¿ Con quién tenía que encontrarse la señorita Esposito? ¡Dímelo, maldita sea!
-Me envió la condesa -susurró Gertie, espantada al parecer por la expresión del rostro del conde-. Me envió lady Lanzani, milord.
Antes incluso de que la última palabra abandonara los labios de la muchacha, Peter ya había salido en tromba de la estancia y se dirigía a la escalera principal, presa de una furia asesina.
-¡Lanzani! -gritó Simón Hunt, que lo siguió a la carrera-. Lanzani... maldito seas, espera...
Peter se limitó a apresurar el paso, subiendo los escalones de tres en tres. Él mejor que nadie sabía de lo que era capaz la condesa... y su alma se vio envuelta por una negra nube de pánico al saber que, de un modo u otro, bien podría haber perdido ya a Lali a esas alturas.
Continuara.... Wuajajajjaajjajaj
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