martes, 22 de enero de 2013

Capitulo 17


-Milord.
Al oír la voz de su mayordomo, Peter levantó la vista del escritorio con el ceño ligeramente fruncido. Llevaba trabajando más de dos horas en las enmiendas de una lista de recomendaciones que sería presentada al Parlamento ese mismo año por un comité al que se había comprometido a ayudar. Si se aceptaban dichas re-comendaciones, se produciría una mejora sustancial de las casas, las calles y el alcantarillado de Londres y de sus distritos circundantes
No obstante, Salter, el viejo mayordomo de la familia, sabía muy bien que no debía molestarlo mientras trabajaba, a menos que sucediese algo muy importante.
-Se ha producido... una situación, milord, de la que estaba seguro que querría ser informado.
-¿ Qué tipo de situación?
-Se trata de uno de los invitados, milord.
-¿Y bien? -quiso saber Peter, molesto por la discreción del mayordomo- , ¿De quién se trata? ¿Qué está haciendo?
-Me temo que en realidad es una invitada, señor, Uno de los sirvientes acaba de informarme de que ha visto a la señorita Esposito en la biblioteca, y la joven está... no se encuentra bien.
Peter se puso en pie de forma tan brusca que estuvo a punto de tirar la silla.
- ¿Cuál de las señoritas Esposito?
-No lo sé, milord.
- ¿Qué quieres decir con eso de que «no se encuentra bien “? ¿Hay alguien más con ella?
-No lo creo, milord.
- ¿Está herida? ¿Está enferma?
El mayordomo compuso una expresión ligeramente angustiada. '
-Ninguna de las dos cosas, señor. Sencillamente... no se encuentra bien.
Negándose a perder más tiempo con preguntas, Peter abandonó la habitación con un juramento entre dientes y se encaminó hacia la biblioteca a grandes zancadas que se diferenciaban muy poco de una carrera en toda regla. En nombre de Dios, ¿qué podría haberle ocurrido a Lali o a su hermana? Al instante, se vio embargado por la preocupación.
Mientras avanzaba a toda velocidad por los pasillos, pasó por su cabeza un buen número de pensamientos irrelevantes. Había, que reconocer que la casa tenía un aspecto cavernoso cuando los huéspedes se marchaban, con sus kilómetros de corredores y sus infinitos racimos de habitaciones. Una casa enorme y antigua con la atmósfera impersonal de un hotel. Una casa como aquélla necesitaba el eco de los gritos alegres de los niños en los pasillos, una multitud de juguetes desperdigados por el suelo del salón y el chirriante sonido de las lecciones de violín proveniente del salón de música. Marcas en las paredes, tardes de té con pegajosas tartas de compota y aros de juguete rodando por la terraza trasera.
Hasta ese momento, Peter había considerado la idea del matrimonio como un deber necesario para continuar el linaje de los Lanzani, nada más. Sin embargo, en los últimos tiempos se le había pasado por la cabeza que su futuro podría ser muy diferente a su pasado. Podría ser un nuevo comienzo... una oportunidad para crear el tipo de familia con la que nunca se hubiera atrevido a soñar. Se sorprendió al darse cuenta de lo mucho que lo deseaba........ y no con cualquier mujer. No con una mujer que no conociera o de la que jamás hubiese oído hablar, sino con una que era justo lo contrario de lo que debería desear. Cosa que había comenzado a importarle un comino.
Apretó los puños hasta que los nudillos se le quedaron blancos y aceleró el paso. Tuvo la sensación de que tardaba una eternidad en llegar a la biblioteca. Para cuando hubo atravesado el vano de la puerta, el corazón palpitaba con fuerza en el interior de su pecho... a un ritmo que no tenía nada que ver con el ejercicio y sí mucho con el pánico. Lo que vio hizo que se detuviera en seco en medio de la enorme estancia.
Lali, de pie entre un montón de libros esparcidos por el suelo, observaba los títulos de los tomos que se encontraban en una de las baldas de la biblioteca. Estaba sacando raros volúmenes de la estantería uno por uno, examinándolos con expresión perpleja y después arrojándolos con descuido a sus espaldas. Sus movimientos parecían extrañamente lánguidos, como si estuviese moviéndose bajo el agua. Además, algunos mechones de pelo se le habían escapado de las horquillas. No parecía enferma, en realidad. De hecho, parecía...
Al darse cuenta de su presencia, la muchacha lo miró por encima del hombro con una sonrisa torcida.
-Vaya, eres tú -dijo articulando mal las palabras antes de volver a concentrarse en las estanterías-. No soy capaz de encontrar nada. Todos estos libros son mortalmente aburridos...
Con el ceño fruncido por la preocupación, Peter se acercó a ella mientras Lali seguía con la cháchara y continuaba eligiendo libros.
-Éste no... éste tampoco... ay, no, no, no... Éste ni siquiera está en inglés...
El pánico de Peter se transformó rápidamente en furia y acto seguido, en diversión. Maldición. Si le hacía falta alguna otra prueba de que Lali Esposito no era en absoluto adecuada para él, ahí la tenía. La esposa de un Lanzani jamás se colaría en la biblioteca y bebería hasta encontrarse «ligeramente indispuesta», tal y como habría dicho su madre. AI contemplar sus soñolientos ojos castaños oscuros y su rostro sonrojado, Peter se vio obligado a retocar la frase. Lali no estaba indispuesta. Estaba achispada, ebria, beoda, bebida, como una cuba y completamente borracha.
Unos cuantos libros más volaron por los aires y uno de ellos estuvo a punto de atizarle en la oreja.
-Tal vez yo pueda ayudarte -se ofreció Peter en tono cortés cuando se detuvo a su lado-, si me dices lo que estás buscando.
-Algo romántico. Algo con un final feliz. Siempre debería haber un final feliz, ¿no te parece?
Peter acercó una mano para retirarle un mechón de cabello con un dedo, y su pulgar se demoró para deslizarse a lo largo de las brillantes y sedosas hebras. Nunca se había tenido por un hombre que disfrutara particularmente a través del tacto, pero le parecía posible no tocarla cuando estaba cerca. El placer que obtenía del más simple contacto con ella hacía que todas sus terminaciones nerviosas cobraran vida.
-No siempre -dijo en respuesta a su pregunta.
Lali dejó escapar una burbujeante risotada.
-Eso demuestra lo inglés que eres. Resulta sorprendente lo mucho que os gusta sufrir, con vuestros estirados... estirados….
-Echó un vistazo al libro que tenía en las manos, distraída con el oropel de la cubierta-labios superiores -concluyó de forma ausente.
-No nos gusta sufrir.
-Sí, sí que os gusta. Al menos, hacéis todo lo posible por evitar divertiros con algo.
A esas alturas, Peter se estaba acostumbrando a la particular mezcla de lujuria y diversión que ella siempre conseguía despertar en su interior.
-No hay nada malo en divertirse en privado.
Lali dejó caer el libro que tenía en las manos y se giró hacia él. Lo abrupto del movimiento hizo que perdiera el equilibrio de repente y se tambaleó hacia las estanterías, aun cuando el conde la sujetó por la cintura para equilibrarla. Los ojos rasgados de la muchacha brillaban como una hilera de diamantes dispuestos sobre terciopelo castaño.
-No tiene nada que ver con la privacidad le- dijo-. Lo cierto es que no queréis ser felices, porq... -Hipó con suavidad-. Por que eso socavaría vuestra dignidad. Pobre lanzani... -Lo miró con compasión.
En ese instante, lo último que Peter tenía en mente era preservar su dignidad. Aferró los bordes de la estantería que se encontraba a ambos lados de la mujer y la encerró en el semicírculo de su brazos. Cuando percibió una bocanada de su aliento, meneó la cabeza l y murmuró:
-Pequeña... ¿qué has estado bebiendo?
-Bueno... -Ella se agachó para pasar por debajo de uno de su brazos y se tambaleó hasta el aparador que había un poco más allá - Te lo enseñaré... una cosa maravillosa... maravillosa... esto.
- Con una sonrisa de triunfo, cogió una botella de licor casi vacía del borde del aparador y la sostuvo por el cuello-. Mira lo que han hecho... ¡hay una pera dentro! ¿No te padece de lo más interezante? -Se acercó la botella a la cara y entrecerró los ojos para observar la fruta que albergaba en el interior-. Al principio no eztaba muy bueno. Pero mejoró después de un rato. Supongo que hay que... -Otro ataque de hipo- que acostumbrarse al sabor.
-Al parecer, tú te has acostumbrado con bastante éxito -señalo Peter, que se dispuso a seguirla.
-No se lo dirás a nadie, ¿verdad?
-No -prometió él con seriedad-. Pero me temo que lo sabrán de todas formas. A menos que logremos ponerte sobria en las próximas dos o tres horas, antes de que regresen. Lali, ángel mío... ¿cuánto había en la botella cuando empezaste a beber?
Ella le mostró la botella y colocó un dedo a un tercio del final.
-Estaba por aquí cuando empecé. O eso creo. Puede que por aquí. -Frunció el ceño con tristeza al observar la botella-. Ahora lo único que queda es la pera. -Giró la botella para hacer que la pera se deslizara con un chapoteo sobre el fondo-. Quiero comérmela- afirmó.
-No es para comer. Sólo sirve para dar sab... Lali, dame esa maldita cosa.
-Voy a comérmela. -Lali se alejó de él con paso ebrio mientras agitaba la botella con creciente determinación-. Si tan sólo consiguiera sacarla……..
-No puedes. Es imposible.
- ¿Imposible? -Resopló, acercándose a él para mirado a la cara-. ¿Tienes sirvientes que son capaces de sacarle los sesos de una cabeza de ternera, pero que no pueden zacar una pequeña pera una botella? No me lo creo. Manda buscar a uno de tus criados. No tienes más que dar un zilbidito y... ay, vaya, lo había olvidado. No sabes silbar. -Lo observó con atención y entrecerró los ojos para estudiar sus labios-. Ez la cosa más tonta que he oído jamás. Todo el mundo sabe silbar. Te enseñaré. Ahora mismo. Frunce los labios Así. Fruncidos... ¿lo ves?
Peter la atrapó entre sus brazos cuando comenzó a tambalearse de nuevo. Bajó la mirada para contemplar esos adorables labios fruncidos y sintió que una implacable calidez inundaba su corazón hasta rebosar y superar todas sus agotadas defensas. Por todos los santos del cielo, estaba cansado de luchar contra el deseo que sentía por ella. Luchar contra algo tan sobrecogedor resultaba extenuante. Era como tratar de no respirar.
Lali lo observó con detenimiento, perpleja al parecer ante la negativa a complacerla.
-No, no, así no. Así. -La botella cayó a la alfombra. Ella estiró una mano hasta la boca de Lanzani para tratar de dar forma a sus labios con los dedos-. Coloca la lengua sobre el borde de los dientes y... el truco está en poner bien la lengua, en realidad. Si eres hábil con la lengua, se te dará muy, muy bien... -se interrumpió un instante cuando él cubrió su boca con un beso breve y arrebatador- silbar. Milord, no puedo hablar si me... -El conde cubrió de nuevo su boca, devorando el dulce sabor a licor que la llenaba.
Lali se inclinó contra él sin poder evitarlo y deslizó los dedos por el cabello de Lanzani mientras su aliento acariciaba la mejilla del conde con rápidas y delicadas bocanadas. Una marea de impulsos sensuales arrastró al hombre cuando el beso se intensificó hasta convertirse en una compulsión en toda regla. El recuerdo de su anterior encuentro en el jardín secreto lo había acosado durante días: la delicadeza de su piel contra la palma de las manos su fragancia, sus exquisitos pechos, la tentadora fuerza de sus piernas. Quería sentirlas rodeándolo; quería sentir sus manos aferradas a la espalda sus rodillas sujetándole la cadera... la sedosa y húmeda caricia de su cuerpo mientras se movía dentro de ella.
Lali echó la cabeza hacia atrás y lo miró con ojos interrogantes. Tenía los labios húmedos y enrojecidos. Le soltó el pelo y deslizó las yemas de los dedos por los fuertes ángulos de sus pómulos; el roce fresco de esos dedos alivió el abrasador calor de su piel. El conde inclinó la cabeza para acariciar con la nariz la pálida seda de la palma de su mano.
Lali -susurró-, he tratado de dejarte en paz. Pero ya no lo soporto más. Las últimas dos semanas he tenido que contenerme un millar de veces para no ir en tu busca. No importa cuántas veces me repita que no eres apropiada para mí... -Hizo una pausa cuando ella comenzó a retorcerse de repente y a mover el cuello con el fin de mirar al suelo-. No importa lo que... Lali, ¿me estás escuchando ¿ Qué demonios estás buscando?
Mi pera. Se me cayó... Ah, ahí está. -Se separó de él y se dejó caer sobre manos y rodillas para buscar debajo de la silla. Cogió la botella de licor, se sentó en el suelo y la colocó en su regazo.
-Lali, olvídate de esa maldita pera.
- ¿Cómo creez que la metieron dentro? -Para probar, introdujo el dedo en el cuello de la botella-. No entiendo cómo algo tan grande puede caber en un agujero tan pequeño.
Peter cerró los ojos para contener la oleada de exasperación y su voz sonó ronca al responder:
Se... se coloca la botella directamente en el árbol. La fruta crece en el interior.
-Abrió los ojos un poco y volvió a cerrarlos con fuerza cuando vio su dedo introducido profundamente en la botella - Crece... -se obligó a continuar- hasta que madura.
Lali pareció sorprendidísima por semejante información.
- ¿ En serio? Es lo más inteligente, lo más inteligente... una pera dentro de su pequeña... Ay, no.
-¿ Qué pasa? -preguntó Peter con los dientes apretados.
-Se me ha atascado el dedo.
El conde abrió los ojos de inmediato. Boquiabierto, bajó la mirada para observar a Lali que tironeaba de su aprisionado dedo.
-No puedo sacarlo -dijo ella.
- Pues tira de él.
-Duele. Está palpitando.
-Tira con más fuerza.
- ¡No puedo! Está atascado de verdad. Necesito algo que lo haga resbaladizo. ¿Tienes algún tipo de lubricante a mano?
-No.
- ¿Nada de nada?
-Por increíble que pueda parecerte, jamás hemos necesitado un lubricante en la biblioteca.
Lali lo miró con el entrecejo fruncido.
-Antes de que empieces a criticarme, lanzani, quiero que sepas que no soy la primera persona a la que se le queda el dedo atascado en una botella. Le pasa a todo el mundo.
-¿De veras? Debes de referirte a los norteamericanos, porque yo jamás he visto a un inglés con una botella encajada en el dedo
Ni siquiera a uno borracho.
-Yo no estoy borracha, tan sólo... ¿Adónde vas?
-No te muevas de aquí -murmuró Peter mientras salía a grandes zancadas de la habitación.
Cuando llegó al pasillo, vio a una doncella que se acercaba con un cubo lleno de trapos y utensilios de limpieza. La doncella, de cabello castaño, se quedó inmóvil al verlo, intimidad a por ceño fruncido que se dibujaba en su rostro. El conde trató de recordar su nombre.
-Meggie -dijo con sequedad-. Te llamas Meggie, ¿verdad? -Sí, milord -respondió ella con docilidad al tiempo que agachaba la cabeza.
- ¿Llevas jabón o algún tipo de cera de pulimento en ese subo? -Sí, señor -replicó confundida-. El ama de llaves me dijo que puliera las sillas de la sala de billar...
- ¿De qué está hecho? -interrumpió Lanzani, preguntándose si llevaría algún ingrediente cáustico. Al ver que la perplejidad de la muchacha no hacía sino aumentar, añadió a modo de aclaración- Lo que utilizas para pulir los muebles, Meggie.
La joven abrió los ojos de par en par ante el inapropiado interés del señor en una sustancia tan mundana.
-Cera de abejas -dijo de forma vacilante- y zumo de limón con una gota o dos de aceite.
-Eso es todo?
- Sí. milord.
- Bien. -Asintió con la cabeza en un gesto decidido-. Me gustaría que me lo dieras, si es posible.
Nerviosa, la doncella rebuscó en el cubo, sacó un pequeño tarro que contenía el potingue amarillento de cera y se lo ofreció.
-Milord, si desea que encere algo...
-Eso es todo, Meggie. Gracias.
La joven realizó una breve y desmañada reverencia y lo contempló como si hubiera perdido la cabeza.
AI regresar a la biblioteca, Peter vio a Lali tumbada de espaldas sobre la alfombra. Lo primero que pensó fue que se habría desmayado, pero al aproximarse descubrió que sujetaba un largo cilindro de madera con la mano libre y que entrecerraba los ojos para mirar por uno de los extremos.
- ¡Lo encontré! -Exclamó con una expresión de triunfo-. El calidoscopio. Es muuuuuy interesante. Pero no tanto como ezperaba.
Sin un solo ruido, el conde estiró un brazo, le quitó el instrumento de la mano y se lo ofreció de nuevo para que mirara por el otro extremo...
Lali jadeó de asombro al instante.
-Vaya, es precioso... ¿Cómo funciona?
En uno de los extremos se han colocado de forma estratégica una serie de paneles de cristal plateado y así... -Su voz se apagó cuando ella giró el objeto hacia él.
-Mjlord -dijo Lali con seria preocupación al verlo a través del cilindro-, tienes tres... trescientos... ojos. - Y con eso, se deshizo en carcajadas que la sacudieron hasta que el calidoscopio resbaló de sus manos.
Peter se dejó caer de rodillas y dijo de forma lacónica:
-Dame la mano. No, ésa no. La mano de la botella.
Ella se quedó tendida de espaldas mientras Peter extendía un poco de cera en la parte del dedo que quedaba expuesta. Frotó la cera hasta la zona donde el borde de la botella se cerraba alrededor de la piel. Al entibiarse con el calor de su palma, la aromática cera liberó una potente fragancia a limón y Lali inspiró el aroma con deleite.
-Ay, eso me gusta mucho.
-¿Puedes sacarlo ya?
-Todavía no.
El conde envolvió el dedo con su mano y continuó extendiendo la aceitosa cera sobre la piel y el cuello de la botella. Lali se relajó ante la suave fricción; al parecer, se conformaba con poder quedarse allí tumbada y mirarlo.
Lanzani bajó la vista para observarla y descubrió que le resultaba muy difícil resistir el impulso de tumbarse sobre ella y besarla hasta hacerle perder el sentido.
-¿Te importaría decirme por qué has bebido licor de pera en mitad de la tarde?
-Porque no podía abrir el jerez.
Lanzani compuso una mueca con los labios.
-Me refería al motivo que te ha impulsado a beber.
-!Ah! Bueno, me sentía bastante... inquieta. Y creí que podría ayudarme a relajarme.
Peter frotó la base del dedo con suaves caricias circulares
- ¿Por qué te sentías inquieta?
Lali apartó la mirada de él.
-No quiero hablar del tema.
-Mmm.
Ella volvió a mirarlo con los ojos entrecerrados.
-¿ Qué has querido decir con eso?
-No he querido decir nada.,
-Claro que sí. No ha zido un «mmm» normal. Ha sido «mmm» de desaprobación.
-Tan sólo estaba especulando.
-Intenta adivinarlo -lo desafió-. Dispara, venga.
-Creo que tiene algo que ver con St. Vincent. -Por el modo en que se ensombreció la mirada de la joven, Lanzani supo que había dado en el clavo-. Dime lo que ocurrió -le pidió sin dejar de mirarla con atención.
- ¿Sabes? -replicó ella de forma ensoñadora, pasando por alto la cuestión-. No eres ni de lejos tan guapo como St. Vincent.
-¡No me digas! - .fue la seca respuesta.
-Pero, por alguna razón-prosiguió ella-jamás he deseado besarlo como a ti. -Menos mal que cerró los ojos, porque de haber visto la expresión del conde, no habría continuado-. -Hay algo en ti que hace que me sienta terriblemente perversa. Logras que desee hacer cosas escandalosas. Tal vez sea porque siempre te comportas con tanta propiedad. El lazo de tu corbata jamás está torcido, tus zapatos siempre están relucientes. Y tus camisas, perfectamente almidonadas. A veces, cuando te miro, me gustaría arrancarte todos los botones. O prender fuego a tus pantalones. -Soltó unas risillas tontas sin poder evitarlo -. Me he preguntado muchas veces…. ¿tienes cosquillas, milord?
-No -respondió Peter con voz ronca, notando cómo el corazón le martilleaba bajo la almidonada camisa.
La intensa lujuria le había ocasionado una pesada erección y su cuerpo estaba ansioso por hundirse en la esbelta forma femenina que se encontraba tendida ante él. Su hostigado sentido del honor alegó que él no era el tipo de hombre que se llevaría a una mujer ebria a la cama. La muchacha estaba indefensa. Era virgen. Si se aprovechaba de ella en semejantes condiciones, jamás se lo perdonaría…..
- ¡Ha funcionado! -Lali levantó la mano y la agitó de forma victoriosa-. Mi dedo está libre. -Sus labios se curvaron en una abrasadora sonrisa-. ¿Por qué frunces el ceño? -Se enderezó para sentarse y se sujetó a los hombros del conde para mantener el equilibrio-. Esas pequeñas arrugas que se te forman entre las cejas... me hacen desear... -Su voz se fue desvaneciendo a medida que contemplaba su frente.
- ¿Qué? -susurró Peter, cuyo auto control estaba prácticamente aniquilado.
Aún aferrada a sus hombros para mantener el equilibrio, Lali se puso de rodillas.
-Hacer esto. -y presionó los labios entre sus cejas.
Peter cerró los ojos y soltó un leve suspiro de desesperación. La deseaba. No sólo deseaba acostarse con ella, algo que en ese momento era sin duda su principal preocupación, sino que también deseaba otras cosas. No podía seguir negando que durante el resto de su vida compararía a las demás mujeres con ella y las encontraría a todas deficiente. Esa sonrisa, esa lengua afilada, ese temperamento, esa risa contagiosa, ese cuerpo y esa alma... todo en ella tocaba una agradable fibra sensible dentro de él. Era independiente voluntariosa, testaruda... cualidades que la mayoría de los hombres no desearía en su esposa. El hecho de que él sí lo hiciera era tan innegable como inesperado.
Sólo había dos formas de controlar la situación: podía continuar tratando de evitarla, algo en lo que había fracasado de forma estrepitosa hasta ese momento; o podía rendirse sin más. Rendirse….sabiendo que ella jamás sería la mujer plácida y adecuada que siempre se había imaginado como esposa. Al casarse con ella, estaría desafiando a un destino que había sido escrito para él antes incluso de que naciera.
Jamás podría estar seguro de lo que esperar de Lali. Ella se comportaría de formas que nunca comprendería del todo, y le devolvería los golpes como una criatura a medio domesticar siempre que tratara de controlada. Era una persona de emociones fuertes y una voluntad aún más poderosa. Discutirían. Ella jamás le permitiría llevar una existencia cómoda y relajada.
Dios santo, ¿de verdad deseaba un futuro semejante?
Sí. Sí. Mil veces sí.
Al acariciar con la nariz la suave curva de su mejilla, Peter ladeó la cálida bocanada de aliento con olor a licor que llegó hasta su rostro. Iba a poseerla. Con firmeza, colocó ambas manos alrededor de su cabeza y condujo la boca de la joven hasta la suya. Ella emitió un sonido inarticulado y le devolvió el beso con un entusiasmo impropio de una muchacha virgen, tan dulce y ardiente en su respuesta que casi lo hizo sonreír. Pero la sonrisa se perdió en la lujuriosa fricción de sus labios. A Lanzani le encantaba la forma en que la muchacha respondía a él, devorando su boca con una pasión que rivalizaba con la suya propia. La obligó a descender hasta el suelo y la acomodó contra el hueco de su brazo para explorar esa boca con las profundas y carnales caricias de su lengua. Las faldas se amontonaban entre ellos, frustrando sus mutuos intentos de acercarse más, Retorciéndose como un gato, Lali forcejeó hasta introducir las manos en el interior de su chaqueta. Rodaron con lentitud por el suelo; primero él estaba arriba, después ella a ninguno le importaba la posición mientras sus cuerpos estuvieran entrelazados.
Lali era delgada pero fuerte; lo envolvía con las piernas y deslizaba los brazos con impaciencia por su espalda. Peter no había experimentado una excitación tan intensa en toda su vida; era como si cada una de las células de su cuerpo estuviese dilatada por el calor. Tenía que entrar en ella. Tenía que tocar, besar, acariciar y saborear cada centímetro de su piel.
Empezaron a rodar de nuevo, y tan sólo cuando la pata de la silla se le clavó en la espalda por un instante, Peter recuperó un tanto la cordura. Se dio cuenta de que estaban haciendo el amor en una de las estancias más frecuentadas de la casa. Aquello no podía ser. Con un juramento, levantó a Lali y la apretó con fuerza contra su cuerpo mientras se ponían en pie. La suave boca de la joven buscó la de él y tuvo que resistirse con una carcajada trémula.
-Lali -su voz sonaba ronca-, ven conmigo. -¿Adónde? -preguntó ella con debilidad. -Arriba.
Por la súbita tensión de su espalda, Peter se dio cuenta de que ella comprendía cuáles eran sus pretensiones. El licor había menguado sus inhibiciones, pero no le había nublado el sentido común. No del todo, al menos. Colocó esos dedos pequeños y cálidos sobre su mejilla y lo miró a los ojos con una intensidad abrasadora.
-¿A tu cama? -susurró Lali. Cuando él asintió brevemente se inclinó hacia delante y musitó de nuevo contra su boca- Dios, sÍ...
Peter cubrió esos labios hinchados por los besos con los suyos. Era deliciosa, su boca, su lengua... Empezó a respirar de forma entrecortada y utilizó la presión de sus manos para amoldar el cuerpo de Lali contra el suyo. Se tambalearon juntos hasta que el conde se agarró a una estantería que había al lado para guardar el equilibrio. No podía besarla con la profundidad que quería. Necesitaba más. Más piel, más de su fragancia, más de ese frenético pulso que sentía bajo la lengua... y quería su cabello enredado entre los dedos. Necesitaba que el cuerpo desnudo de Lali se arqueara y flexionara bajo el suyo, que le arañara la espalda con las uñas y que lo apretara con los músculos internos al llegar al clímax. Quería tomarla con rapidez pero también con lentitud, con fuerza y también con suavidad... de infinitas formas y con una pasión inconmensurable.
De alguna manera, consiguió alzar al cabeza el tiempo suficiente para decir con voz ronca:
-Rodéame el cuello con los brazos.
Y cuando ella obedeció, la alzó contra su pecho.
Continuara....

No hay comentarios:

Publicar un comentario