martes, 22 de enero de 2013
Epilogo de Sucedio En Otoño
A la honorable condesa de Lanzani Lanzani Terrace, Upper Brook Street, nº, 2 Londres.
Querida lady Lanzani:
Ha sido a la vez un honor y una agradable sorpresa para mí recibir su carta. Permítame que le exprese mis felicitaciones por su reciente matrimonio. Pese a que afirma con modestia ser usted la única beneficiada por su reciente unión con lord Lanzani, debo tomarme la libertad de disentir. Tras haber tenido la suerte de conocerla, puedo asegurar que el gran beneficiado ha sido el conde al conseguir la mano de una dama tan encantadora y de modales tan exquisitos...
- ¿Encantadora? - interrumpió Daisy con sequedad-. Qué poco te conoce.
-Y de modales exquisitos -le recordó Lali con indisimulada altanería antes de volver a fijar su mirada en la carta del señor Nettle-. Y continúa: «Tal vez si su hermana pequeña se pareciera más a usted, también podría encontrar alguien con quien casarse.»
-¡Te lo estas inventando! -exclamó Daisy, que se inclinó sobre una otomana e intentó aferrar la carta al tiempo que Lali se defendía con una estridente carcajada.
Annabelle, que estaba sentada en una silla cercana, sonrió por encima del borde de la taza de té mientras tomaba un sorbo de la infusión en un intento por asentar su estómago. Ya les había confesado que tenía la intención de contarle a su esposo esa misma tarde que estaba embarazada, puesto que cada vez le resultaba más difícil ocultar su estado.
Las tres estaban en uno de los salones de Lanzani Terrace. Unos cuantos días antes, Lali y Peter habían regresado a Hampshire tras su «matrimonio furtivo», tal y como se conocían esos asuntos en Gretna Green. Lali había agradecido en silencio que la condesa hubiera desaparecido de la propiedad, al igual que todo rastro de su presencia. La condesa viuda, se corrigió Lali, que se ponía bastante nerviosa cada vez que se acordaba de que era ella quien ostentaba en esos momentos el título de condesa de Lanzani. Peter no había tardado mucho en llevarla a Londres, puesto que tenía que supervisar los trabajos que se estaban llevando a cabo en la fundición junto con el señor Hunt, además de atender otros asuntos de negocios. En cuestión de días, y tras haber organizado los planes con la mayor de las prisas, los Lanzani se marcharían de luna de miel a Italia... lo más lejos posible de Mercedes Esposito, que no había dejado de quejarse por el hecho de que la hubieran privado de la gran boda que siempre había soñado para su hija.
-Daisy, quítate de encima -gritó Lali con afabilidad al tiempo que empujaba a su hermana pequeña-. Lo admito, me he inventado esa última parte. Deja de hacer eso, vas a romper la carta. ¿Por dónde iba?
Tras asumir la expresión de dignidad que se le suponía a la esposa de un conde, Lali volvió a levantar la carta y leyó con aires de importancia.
-El señor Nettle continúa con su larga lista de encantadores cumplidos y me desea que sea feliz con la familia Lanzani...
- ¿Le dijiste que tu suegra intentó deshacerse de ti? - preguntó Daisy.
-Y, para terminar -continuó Lali, haciendo caso omiso de su hermana-, responde a mi pregunta sobre el perfume.
Las otras dos jóvenes la miraron con sorpresa. Los ojos de Annabelle se abrieron como platos por la curiosidad.
- ¿Le preguntaste cuál era el ingrediente secreto?
-Por el amor de Dios, ¿cuál era? -exigió saber Daisy-. ¡Dímelo! ¡ Dímelo!
-Puede que os decepcione un poco la respuesta -dijo Lali, víctima de una repentina timidez-. De acuerdo con el señor Nettle, el ingrediente secreto es... ninguno.
Daisy pareció indignada.
- ¿No hay ingrediente secreto? ¿No es una poción de amor de verdad? ¿Me he estado embadurnando en esa cosa para nada?
-Vaya leer lo que dice: «Tenía la esperanza de que si usted se atrevía a creer un poco en la magia ésta podría conferirle la suficiente confianza como para atraer al candidato adecuado. El éxito que ha obtenido al atrapar el corazón de lord Lanzani es el resultado de su propio encanto y, de hecho, el ingrediente adicional de la fragancia no era más que usted misma...» -Tras dejar la carta en su regazo, Lali sonrió al contemplar el semblante irritado de su hermana- . Pobre Daisy. Siento que no hubiera magia, después de todo.
-¡Diantres! -masculló Daisy-. Tendría que haberlo imaginado.
-Lo más extraño es que Lanzani sí que lo sabía -añadió Lali pensativa-. La noche que le hablé del perfume, me dijo que sabía a ciencia cierta cuál era el ingrediente secreto. Y esta mañana antes de que le enseñara la carta del señor Nettle, me dio su respuesta... que ha resultado ser correcta. -Una lenta sonrisa le ilumino el rostro-. Ese arrogante sabelotodo... -murmuró con cariño.
-Espera a que se lo diga a Evie -comentó Daisy-. Se sentirá tan disgustada como yo.
Annabelle la miró con unas cuantas arrugas en su hermosa frente.
- ¿Todavía no ha contestado a la carta que le enviaste, Daisy?
-No. La familia de Evie la mantiene encerrada a cal y canto de nuevo. Dudo de que le dejen enviar o recibir cartas. Y lo que más me preocupa es que, antes de que se marcharan de Stony Cross Park, su tía no dejaba de soltar indirectas acerca de que el compromiso con el primo Eustace era casi un hecho. Las otras dos jóvenes gruñeron.
-Por encima de mi cadáver -juró Lali con fiereza-. ¿Sois conscientes de que tendremos que utilizar medidas extremas si queremos librar a Evie de los grilletes familiares y encontrarle un buen partido?
-Y lo haremos -fue la confiada réplica de Daisy-. Créeme, querida, si pudimos encontrarte un marido a ti, podremos hacer cualquier cosa.
-Ahora sí que te la has ganado -dijo Lali, que saltó del asiento y comenzó a avanzar de forma amenazadora hacia su hermana con un cojín en alto.
Con una risilla, Daisy se escondió tras el primer mueble que encontró y le gritó:
- ¡Recuerda que ahora eres una condesa! ¿Dónde está tu dignidad?
-He debido de perderla en algún sitio -informó Lali antes de lanzarse a la alegre persecución.
Mientras tanto...
-Lord St. Vincent, hay una visita en la puerta. Le he informado de que no se encuentra en casa, pero insiste en verlo.
La biblioteca estaba helada y a oscuras, salvo por la débil luz que provenía de los rescoldos de la chimenea. El fuego no tardaría en extinguirse... y, sin embargo, Sebastián parecía incapaz de moverse lo justo para añadir otro leño, a pesar de que la pila estaba al alcance 'de su mano. Aunque la casa entera hubiera estallado en llamas, no hubiera bastado para calentarlo. Se encontraba vacío y entumecido, como un cuerpo sin alma, y se enorgullecía de ello. Requería un talento especial que un hombre alcanzara su actual estado de depravación.
- ¿A estas horas? -murmuró Sebastián con actitud desinteresada mientras clavaba la vista en la copa de cristal tallado llena de brandy que sostenía en la mano para no mirar a su mayordomo.
Se entretenía en girar el pie de la copa entre sus largos dedos, Lo que quería esa desconocida no era ningún misterio. A pesar de que no había previsto plan alguno para esa noche, Sebastián se dio cuenta de que, por una vez, no estaba de humor para acostarse con nadie.
-Deshazte de ella -ordenó con frialdad-. Dile que mi cama ya está ocupada.
-Sí, milord.
El mayordomo se marchó y Sebastián se recostó de nuevo en el sillón, estirando las largas piernas por delante de su cuerpo.
Apuró el brandy de un sorbo mientras meditaba sobre su problema más acuciante: el dinero... o, más bien, la falta de él. Sus acreedores se estaban volviendo cada vez más agresivos y no podía seguir ignorando la gran cantidad de deudas que había contraído. Puesto que sus esfuerzos por conseguir la fortuna que tanto necesitaba mediante un matrimonio con Lali Esposito habían fracasado, tendría que conseguir el dinero de alguna otra persona. Conocía a algunas mujeres ricas que podrían concederle un préstamo a cambio de los favores personales que tan bien se le daban. Otra opción sería...
- ¿Milord?
Sebastián levantó la vista, ceñudo.
-Por el amor de Dios, ¿y ahora qué?
-La mujer no se marchará, milord. Insiste en verlo.
St. Vincent dejó escapar un suspiro exasperado.
-Si tan desesperada está, dile que pase. Aunque será mejor que le adviertas que lo único que va a conseguir de mí esta noche es un revolcón rápido y una despedida todavía más rápida.
Una voz joven y nerviosa resonó a las espaldas del mayordomo, lo que reveló el hecho de que la persistente visitante lo había seguido.
-Eso no es precisamente lo que yo tenía en mente.
La mujer rodeó al criado y entró en la estancia, oculta en el interior de un abrigo con capucha.
Obedeciendo la orden implícita en los' ojos de. Sebastián, el mayordomo se retiró y los dejó a solas.
Sebastián apoyó la cabeza en el respaldo del sillón y observó a la misteriosa dama con mirada desapasionada. Se le pasó por la mente la extraña idea de que tal vez llevara una pistola bajo el abrigo. Quizá fuera una de las muchas mujeres que habían amenazado con matarlo en el pasado... una que por fin había reunido el valor para llevar a cabo su juramento. Le importaba un bledo. Él mismo le daría permiso para que le disparara, siempre que lo hiciera como era debido y no lo estropeara todo con una chapuza. Permaneció relajado contra el respaldo del sillón y murmuró:
-Quítese la capucha.
Ella alzó una mano delgada y pálida para obedecer. La capucha se deslizó sobre un cabello tan rojo que eclipsaba los rescoldos del fuego.
Sebastián sacudió la cabeza con asombro cuando reconoció a la joven. Se trataba de esa ridícula criatura de la fiesta en Stony Cross Park. Una chiquilla tímida y tartamuda que, con su cabello rojo y su voluptuosa figura, podría convertirse en una compañía agradable siempre que mantuviera la boca cerrada. En realidad, nunca habían hablado. La señorita Jenner, recordó... aunque nunca se había preocupado por averiguar su nombre de pila; y si lo había hecho, lo había olvidado nada más escucharlo. La muchacha tenía los ojos más grandes y redondos que hubiera visto jamás, como los ojos de una mu-ñeca de cera... o los de una niñita. La mirada de la señorita Jenner vagó con lentitud por su rostro, sin dejar de advertir los moratones que aún le quedaban como recuerdo de la pelea con Lanzani.
Estúpida, pensó Sebastián con desprecio, preguntándose si habría ido allí para reprenderlo por haber secuestrado a su amiga. No. Ni siquiera ella podría ser tan tonta como para arriesgar su virtud y, hasta donde ella sabía, su propia vida al presentarse sola en su casa. - ¿Ha venido a la guarida del diablo, querida? -preguntó.
Ella se acercó con expresión decidida y, sorprendentemente, sin rastro de miedo.
-Usted no es el diablo. No es más que un hombre. Uno con bas-bastantes defectos.
Por primera vez en muchos días, Sebastián sintió el leve impulso de sonreír. Una llama de renuente interés se avivó en él.
-Sólo porque el rabo y los cuernos no se vean, niña, no significa que deba descartar esa posibilidad. El diablo se oculta bajo muchos disfraces.
-Pues entonces estoy aquí para hacer un trato, como Fausto. -Hablaba muy despacio, como si tuviera que pensar cada palabra antes de pronunciarla-. Tengo una propuesta para usted, milord.
Y se acercó al fuego, emergiendo de las sombras que los rodeaban a ambos.
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