hola buenas volvi para informar que si todo sale como lo tengo planeado antes del domingo termino de adaptar la nove, estoy media atrasada por los parciales y esas cosas, pero ahora que se vienen las vacaciones de invierno tendre mas tiempo libre :) me encantaria q firmen ya que se que entran por las visitas.. pero si no igual seguire subiendo ya que antes cuando yo leia noves rara vez firmaba :( ok me voy despidiendo mañana subo mas
otra cosa me pueden seguir en twitter como @lanzanita4ever las espero...
besitos...
domingo, 3 de junio de 2012
capitulo 13
- ¿Estás nerviosa? -susurró Daisy a la mañana siguiente mientras
Lali y ella seguían a su madre hasta la puerta del salón Marsden.
A pesar de que Mercedes no había recibido una invitación implícita para reunirse con la condesa, estaba más que decidida a que así fuera.
-No -replicó Lali-. Estoy segura de que no tenemos nada que temer siempre que mantengamos las bocas cerradas,
-He oído decir que odia a los norteamericanos.
-Pues es una lástima -dijo Lali con sequedad-, ya que dos hijas se han casado con norteamericanos.
-Callaos las dos -susurró Mercedes.
Ataviada con un vestido gris plata en cuyo cuello había prendido un enorme broche de diamantes, la mujer llamó a la puerta con sus protuberantes nudillos. No se oyó sonido alguno procedente del interior. Daisy y Lali se miraron la una a la otra con las cejas alzadas, preguntándose si la condesa habría decidido no reunirse con ellas. Con el ceño fruncido, Mercedes llamó a la puerta con más fuerza.
En esa ocasión, una voz cáustica atravesó la puerta de caoba:
-¡Dejen esos infernales golpes y entren de una vez!
Con expresiones sumisas, las Esposito entraron en la estancia. Era un saloncito pequeño pero encantador, con las paredes cubiertas por un papel estampado de flores azules y grandes ventanales que se abrían a los jardines que había al otro lado. La condesa de Lanzani descansaba en un canapé bajo la ventana; llevaba varias sartas de perlas negras alrededor del cuello y los dedos y las muñecas cubiertas de joyas. En contraste con el brillante color plateado de su cabello, sus cejas eran oscuras y espesas, y descansaban de forma implacable sobre los ojos. Tanto sus facciones como su figura carecían de ángulo alguno: poseía un rostro redondo y un cuerpo que tendía a la gordura. Lali reflexionó para sus adentros que lord Lanzani debía de haber heredado la fisonomía de su padre, ya que apenas guardaba parecido alguno con la condesa.
-Esperaba únicamente a dos -dijo la condesa al tiempo que le dirigía una mirada severa a Mercedes. Su acento era tan perfecto y claro como el azúcar espolvoreado sobre un pastel de té-. ¿Por qué hay tres?
-Su gracia -comenzó Mercedes, que compuso una sonrisa aduladora y realizó una incómoda reverencia--Permítame ante todo decirle cuánto agradecemos el señor Esposito y yo que haya condescendido a ayudar a mis dos ángeles...
-Solo una duquesa recibe el calificativo de «su gracia» -dijo la condesa, y las comisuras de sus labios descendieron como si sufrieran tirón excesivo de la gravedad-. ¿Acaso intenta burlarse de mí?
-No, no, su... quiero decir, milady -se apresuró a replicar Mercedes, cuyo rostro estaba tan pálido como el de un cadáver-. No pretendía burlarme. ¡Eso jamás! Sólo deseaba...
-Hablaré con sus hijas a solas -dijo la condesa de forma autoritaria-.Puede volver exactamente dentro de dos horas para recogerlas.
-¡Sí, milady! -Y, tras esto, Mercedes salió a toda prisa de la estancia.
Tras aclararse la garganta para ocultar una súbita e irreprimible carcajada, Lali miró a su hermana, quien también luchaba por contener la risa que le había provocado ver a su madre despachada con tanta habilidad.
-Qué sonido más desagradable -señaló la condesa, que fruncido el ceño al escuchar cómo Lali se aclaraba la garganta-Tenga la amabilidad de no hacerla de nuevo.
-Sí, milady -dijo Lali, tratando por todos los medios de aparentar humildad.
-Acérquense -ordenó la condesa al tiempo que sus ojos vagaban de la una a la otra mientras las Esposito obedecían-. Las observé la pasada noche y debo decir que presencié un increíble pliegue de comportamientos inapropiados. Según me han dicho, me veré obligada a actuar como su madrina durante la próxima temporada, lo que confirma mi opinión acerca de que mi hijo esta decidido a complicarme la vida todo lo posible. ¡Respaldar a un par de torpes jovencitas americanas! Tengan en cuenta mi advertencia: si no siguen al pie de la letra mis instrucciones, no descansaré hasta que las vea casadas con uno de esos aristócratas de pacotilla del continente y se pudran en algún rincón perdido de Europa.
Lali estaba considerablemente impresionada. En lo que se refería a amenazas, aquélla era de las buenas. Tras echarle una mirada a Daisy, se dio cuenta de que su hermana se había puesto bastante seria.
-Siéntense -ordenó de súbito la condesa.
Obedecieron tan rápido como les fue posible y ocuparon las sillas que les indicó con un gesto de su resplandeciente mano. La condesa estiró el brazo hacia la mesita que había junto al sofá para coger un rollo de papel lleno a rebosar de notas escritas con tinta azul.
-He hecho una lista -señaló al tiempo que se colocaba unas gafas de pinza sobre el puente de la nariz- de los errores que cometieron la pasada noche. Los discutiremos uno a uno.
-¿Cómo puede ser tan larga esa lista? -preguntó Daisy con desánimo-. La cena de anoche sólo duró unas cuatro horas. ¿Cuántos errores pudimos cometer en ese lapso de tiempo?
La condesa les dirigió una mirada pétrea por encina del rollo de papel antes de permitir que la lista se desplegara. Al igual que un acordeón, se abrió... y se abrió... y no dejó de hacerlo hasta que el extremo inferior tocó el suelo.
-¡Por todos los infiernos!- musitó Lali entre dientes.
Al escuchar el juramento, la condesa frunció el ceño de modo que sus cejas se unieron en una línea oscura.
-Si quedara más sitio en el rollo de papel-le dijo a Lali-, añadiría ese toque de vulgaridad.
Reprimiendo un largo suspiro, Lali se reclinó en la silla.
-Siéntese derecha, si no le importa -dijo la condesa-. Una dama nunca permite que su espalda toque el respaldo del asiento. Ahora comenzaré con las presentaciones. Las dos tienen la lamentable costumbre de estrechar manos. Eso hace que una parezca desagradablemente deseosa de congraciarse con los demás. La regla aceptada consiste en ejecutar una ligera reverencia durante la presentación, y no en estrechar la mano, a menos que se trate de dos señoritas. Y ya que ha salido el tema de las reverencias, una dama nunca hace una reverencia a un caballero que no le haya sido presentado, aunque lo conozca de vista. De igual modo, tampoco se debe hacer una reverencia a un caballero que sólo nos haya dirigido un par de comentarios en casa de un amigo común, o a un caballero con el que se haya conversado de vez en cuando. Una breve conversación no constituye una amistad y, por lo tanto, no debe reconocerse como tal con una reverencia.
-¿Qué sucede si el caballero te ha prestado un servicio? -preguntó Daisy-. Como recoger un guante que se te haya caído o algo por el estilo.
-Se le agradece en su debido momento, pero no se le saluda con una reverencia en el futuro, ya que no se ha establecido una verdadera relación de amistad.
-Eso suena muy desagradecido -comentó Daisy.
La condesa pasó aquella observación por alto.
-Ahora, pasemos a la cena. Después de la primera copa de vino, no se debe pedir que la rellenen. Cuando el anfitrión ofrece la jarra de vino a sus invitados durante la cena, es para el disfrute de los caballeros, no de las damas. -Le dirigió a Lali una mirada reprobatoria-. La noche pasada, escuché cómo pedía que le rellenaran la copa, señorita Esposito. Es un comportamiento inaceptable.
-Pero, lord Lanzani la rellenó sin decirme nada -protestó Lali.
-Sólo para evitar que atrajera más atención indeseada sobre su persona.
-Pero ¿por qué...? -La voz de Lali se fue apagando hasta convertirse en silencio cuando se percató de la expresión amenazadora de la condesa. También se dio cuenta de que, si pedía explicaciones acerca de cada cuestión del protocolo, sería una tarde muy pero que muy larga.
La condesa procedió a explicar las normas que se exigían durante la cena, entre las que se incluían cuestiones como el modo apropiado de cortar las puntas de los espárragos y la manera de comer codornices y palomas.
-...el dulce de leche y el pudín deben comerse con tenedor, no con cuchara... -decía- y, para mi total asombro, me di cuenta de que ambas usaron el cuchillo con sus croquetas.
Les dirigió una mirada elocuente, como si esperase que encogieran por la vergüenza.
-¿Qué son las croquetas? -se atrevió a preguntar Lali
Daisy respondió con cautela.
-Creo que eran esos rollitos dorados que tenían salsa verde por encima.
-Vaya, eso me gustó -musitó Lali.
Daisy la miró con una sonrisa maliciosa.
-¿Sabes de qué están hechas?
-¡No, ni quiero saberlo!
La condesa pasó por alto esa conversación.
-Las croquetas, empanadas y cualquier otra comida amasada deben comerse únicamente con tenedor, y jamás con la ayuda del cuchillo. -Hizo una pausa y miró la lista para ver por dónde Sus diminutos ojos se entre cerraron hasta convertirse en un par rendijas cuando vio el punto siguiente en la lista-. Y ahora.-añadió, clavando una significativa mirada en Lali, pasemos al asunto de las cabezas de ternera...
Tras emitir un gruñido, Lali se cubrió los ojos con una mano y se hundió en la silla.
Para aquellos que estaban acostumbrados al habitual paso firme de lord
Lanzani, hubiera sido toda una sorpresa verlo deambular sin prisas desde el
estudio al saloncito de la planta superior. Apretada entre los dedos una carta,
cuyo contenido había ocupado su mente durante los últimos minutos. Sin embargo,
por importantes que fueran las noticias, no eran del todo las responsables de
su taciturno estado de ánimo.A pesar de que Mercedes no había recibido una invitación implícita para reunirse con la condesa, estaba más que decidida a que así fuera.
-No -replicó Lali-. Estoy segura de que no tenemos nada que temer siempre que mantengamos las bocas cerradas,
-He oído decir que odia a los norteamericanos.
-Pues es una lástima -dijo Lali con sequedad-, ya que dos hijas se han casado con norteamericanos.
-Callaos las dos -susurró Mercedes.
Ataviada con un vestido gris plata en cuyo cuello había prendido un enorme broche de diamantes, la mujer llamó a la puerta con sus protuberantes nudillos. No se oyó sonido alguno procedente del interior. Daisy y Lali se miraron la una a la otra con las cejas alzadas, preguntándose si la condesa habría decidido no reunirse con ellas. Con el ceño fruncido, Mercedes llamó a la puerta con más fuerza.
En esa ocasión, una voz cáustica atravesó la puerta de caoba:
-¡Dejen esos infernales golpes y entren de una vez!
Con expresiones sumisas, las Esposito entraron en la estancia. Era un saloncito pequeño pero encantador, con las paredes cubiertas por un papel estampado de flores azules y grandes ventanales que se abrían a los jardines que había al otro lado. La condesa de Lanzani descansaba en un canapé bajo la ventana; llevaba varias sartas de perlas negras alrededor del cuello y los dedos y las muñecas cubiertas de joyas. En contraste con el brillante color plateado de su cabello, sus cejas eran oscuras y espesas, y descansaban de forma implacable sobre los ojos. Tanto sus facciones como su figura carecían de ángulo alguno: poseía un rostro redondo y un cuerpo que tendía a la gordura. Lali reflexionó para sus adentros que lord Lanzani debía de haber heredado la fisonomía de su padre, ya que apenas guardaba parecido alguno con la condesa.
-Esperaba únicamente a dos -dijo la condesa al tiempo que le dirigía una mirada severa a Mercedes. Su acento era tan perfecto y claro como el azúcar espolvoreado sobre un pastel de té-. ¿Por qué hay tres?
-Su gracia -comenzó Mercedes, que compuso una sonrisa aduladora y realizó una incómoda reverencia--Permítame ante todo decirle cuánto agradecemos el señor Esposito y yo que haya condescendido a ayudar a mis dos ángeles...
-Solo una duquesa recibe el calificativo de «su gracia» -dijo la condesa, y las comisuras de sus labios descendieron como si sufrieran tirón excesivo de la gravedad-. ¿Acaso intenta burlarse de mí?
-No, no, su... quiero decir, milady -se apresuró a replicar Mercedes, cuyo rostro estaba tan pálido como el de un cadáver-. No pretendía burlarme. ¡Eso jamás! Sólo deseaba...
-Hablaré con sus hijas a solas -dijo la condesa de forma autoritaria-.Puede volver exactamente dentro de dos horas para recogerlas.
-¡Sí, milady! -Y, tras esto, Mercedes salió a toda prisa de la estancia.
Tras aclararse la garganta para ocultar una súbita e irreprimible carcajada, Lali miró a su hermana, quien también luchaba por contener la risa que le había provocado ver a su madre despachada con tanta habilidad.
-Qué sonido más desagradable -señaló la condesa, que fruncido el ceño al escuchar cómo Lali se aclaraba la garganta-Tenga la amabilidad de no hacerla de nuevo.
-Sí, milady -dijo Lali, tratando por todos los medios de aparentar humildad.
-Acérquense -ordenó la condesa al tiempo que sus ojos vagaban de la una a la otra mientras las Esposito obedecían-. Las observé la pasada noche y debo decir que presencié un increíble pliegue de comportamientos inapropiados. Según me han dicho, me veré obligada a actuar como su madrina durante la próxima temporada, lo que confirma mi opinión acerca de que mi hijo esta decidido a complicarme la vida todo lo posible. ¡Respaldar a un par de torpes jovencitas americanas! Tengan en cuenta mi advertencia: si no siguen al pie de la letra mis instrucciones, no descansaré hasta que las vea casadas con uno de esos aristócratas de pacotilla del continente y se pudran en algún rincón perdido de Europa.
Lali estaba considerablemente impresionada. En lo que se refería a amenazas, aquélla era de las buenas. Tras echarle una mirada a Daisy, se dio cuenta de que su hermana se había puesto bastante seria.
-Siéntense -ordenó de súbito la condesa.
Obedecieron tan rápido como les fue posible y ocuparon las sillas que les indicó con un gesto de su resplandeciente mano. La condesa estiró el brazo hacia la mesita que había junto al sofá para coger un rollo de papel lleno a rebosar de notas escritas con tinta azul.
-He hecho una lista -señaló al tiempo que se colocaba unas gafas de pinza sobre el puente de la nariz- de los errores que cometieron la pasada noche. Los discutiremos uno a uno.
-¿Cómo puede ser tan larga esa lista? -preguntó Daisy con desánimo-. La cena de anoche sólo duró unas cuatro horas. ¿Cuántos errores pudimos cometer en ese lapso de tiempo?
La condesa les dirigió una mirada pétrea por encina del rollo de papel antes de permitir que la lista se desplegara. Al igual que un acordeón, se abrió... y se abrió... y no dejó de hacerlo hasta que el extremo inferior tocó el suelo.
-¡Por todos los infiernos!- musitó Lali entre dientes.
Al escuchar el juramento, la condesa frunció el ceño de modo que sus cejas se unieron en una línea oscura.
-Si quedara más sitio en el rollo de papel-le dijo a Lali-, añadiría ese toque de vulgaridad.
Reprimiendo un largo suspiro, Lali se reclinó en la silla.
-Siéntese derecha, si no le importa -dijo la condesa-. Una dama nunca permite que su espalda toque el respaldo del asiento. Ahora comenzaré con las presentaciones. Las dos tienen la lamentable costumbre de estrechar manos. Eso hace que una parezca desagradablemente deseosa de congraciarse con los demás. La regla aceptada consiste en ejecutar una ligera reverencia durante la presentación, y no en estrechar la mano, a menos que se trate de dos señoritas. Y ya que ha salido el tema de las reverencias, una dama nunca hace una reverencia a un caballero que no le haya sido presentado, aunque lo conozca de vista. De igual modo, tampoco se debe hacer una reverencia a un caballero que sólo nos haya dirigido un par de comentarios en casa de un amigo común, o a un caballero con el que se haya conversado de vez en cuando. Una breve conversación no constituye una amistad y, por lo tanto, no debe reconocerse como tal con una reverencia.
-¿Qué sucede si el caballero te ha prestado un servicio? -preguntó Daisy-. Como recoger un guante que se te haya caído o algo por el estilo.
-Se le agradece en su debido momento, pero no se le saluda con una reverencia en el futuro, ya que no se ha establecido una verdadera relación de amistad.
-Eso suena muy desagradecido -comentó Daisy.
La condesa pasó aquella observación por alto.
-Ahora, pasemos a la cena. Después de la primera copa de vino, no se debe pedir que la rellenen. Cuando el anfitrión ofrece la jarra de vino a sus invitados durante la cena, es para el disfrute de los caballeros, no de las damas. -Le dirigió a Lali una mirada reprobatoria-. La noche pasada, escuché cómo pedía que le rellenaran la copa, señorita Esposito. Es un comportamiento inaceptable.
-Pero, lord Lanzani la rellenó sin decirme nada -protestó Lali.
-Sólo para evitar que atrajera más atención indeseada sobre su persona.
-Pero ¿por qué...? -La voz de Lali se fue apagando hasta convertirse en silencio cuando se percató de la expresión amenazadora de la condesa. También se dio cuenta de que, si pedía explicaciones acerca de cada cuestión del protocolo, sería una tarde muy pero que muy larga.
La condesa procedió a explicar las normas que se exigían durante la cena, entre las que se incluían cuestiones como el modo apropiado de cortar las puntas de los espárragos y la manera de comer codornices y palomas.
-...el dulce de leche y el pudín deben comerse con tenedor, no con cuchara... -decía- y, para mi total asombro, me di cuenta de que ambas usaron el cuchillo con sus croquetas.
Les dirigió una mirada elocuente, como si esperase que encogieran por la vergüenza.
-¿Qué son las croquetas? -se atrevió a preguntar Lali
Daisy respondió con cautela.
-Creo que eran esos rollitos dorados que tenían salsa verde por encima.
-Vaya, eso me gustó -musitó Lali.
Daisy la miró con una sonrisa maliciosa.
-¿Sabes de qué están hechas?
-¡No, ni quiero saberlo!
La condesa pasó por alto esa conversación.
-Las croquetas, empanadas y cualquier otra comida amasada deben comerse únicamente con tenedor, y jamás con la ayuda del cuchillo. -Hizo una pausa y miró la lista para ver por dónde Sus diminutos ojos se entre cerraron hasta convertirse en un par rendijas cuando vio el punto siguiente en la lista-. Y ahora.-añadió, clavando una significativa mirada en Lali, pasemos al asunto de las cabezas de ternera...
Tras emitir un gruñido, Lali se cubrió los ojos con una mano y se hundió en la silla.
Por mucho que a Peter le hubiera gustado negarlo, estaba colmado de expectación ante la perspectiva de volver a ver a Lali Esposito... y tenía mucho interés por comprobar cómo se las estaba ingeniando con su madre. La condesa podía hacer picadillo a cualquier jovencita, si bien él sospechaba que Lali se mantendría firme.
Lali. Lali era la culpable de que tuviese que esforzarse por recuperar el autocontrol como un chiquillo que se apresurara a recoger los fósforos esparcidos sobre el suelo después de que se hubiera caído la caja. Peter tenía una tendencia innata a desconfiar de los sentimientos, sobre todo de los propios, así como una profunda aversión hacia toda persona o cosa que amenazara su dignidad. La familia Marsden era famosa por su sobriedad... generaciones de hombres solemnes ocupados con grandes responsabilidades. El padre de Peter, el antiguo conde, rara vez había sonreído. Y cuando lo había hecho, la sonrisa iba seguida de algo muy desagradable. El difunto conde se había dedicado a erradicar cualquier atisbo de frivolidad o humor que hubiera en su único hijo varón y, aunque no lo había conseguido del todo, había dejado una huella indeleble. La existencia de Peter se había forjado siguiendo unas implacables expectativas y obligaciones... y lo último que necesitaba era una distracción. Especialmente si tenía la apariencia de una jovencita rebelde.
Lali Esposito no era una muchacha a la que Peter considerara siquiera cortejar. No podía imaginarse a Lali viviendo feliz en los confines de la aristocracia británica. Su irreverencia e individualismo nunca le permitirían mezclarse con facilidad en el mundo de Peter.
Además, era del conocimiento general que, dado que las dos hermanas de Peter se habían casado con sendos norteamericanos, resultaba imperativo que él conservara el distinguido pedigrí de la familia casándose con una novia inglesa.
Peter siempre había sabido que terminaría casado con una de las incontables jovencitas que hacían su presentación en sociedad cada año, tan parecidas las unas a las otras que parecía no importar mucho a quién escogiera. Cualquiera de esas tímidas y refinadas muchachas serviría a sus propósitos y, sin embargo, nunca había sido capaz de sentirse interesado por ninguna de ellas. Por el contrario, Lali Esposito lo había obsesionado desde la primera vez que la viera. La lógica no tenía nada que ver con ese hecho. Lali no era la mujer más hermosa que hubiera conocido y sus maneras no eran particularmente exquisitas. Tenía una lengua afilada, era testaruda y su naturaleza voluntariosa era más propia de un hombre que de una mujer.
Peter sabía que ambos eran demasiado obstinados y que sus caracteres estaban destinados a enfrentarse. La pelea que tuvieron en el recorrido de obstáculos era el mejor ejemplo de que una unión entre ellos era imposible. No obstante, eso no cambiaba el hecho de que Peter deseaba a Lali Esposito más de lo que había deseado a una mujer en toda su vida. Su frescura y originalidad lo atraían, pese a lo mucho que luchaba contra la tentación que ella suponía. Había comenzado a soñar con ella por las noches, sueños en los que jugaba y la abrazaba, en los que entraba en su cálido y vibrante cuerpo hasta que la joven gritaba de placer. Y también estaban esos sueños en los que yacían en sensual quietud, con los cuerpos unidos y palpitantes; sueños en los que nadaban en el río y el cuerpo desnudo de Lali resbalaba contra el suyo mientras el cabello se le enredaba en el pecho y los hombros como si fuese la húmeda melena de una sirena. Sueños en los que la poseía en el prado como si fuera una campesina y acababan retozando en la hierba entibiada por el sol.
Peter nunca había sentido el aguijonazo de la pasión no consumada con tanta fuerza como en ese momento. Había muchas mujeres que se mostrarían muy dispuestas a satisfacer sus necesidades. Lo único que tenía que hacer era dejar caer un ligero susurro o tocar con discreción en alguna puerta y se encontraría entre un par de acogedores brazos femeninos. Sin embargo, le parecía mal utilizar a una mujer como sustituta de aquella a la que no podía tener.
Antes de entrar en el saloncito familiar, Peter se detuvo junto a la puerta entreabierta al oír cómo su madre sermoneaba a las Esposito. El tema parecía versar sobre la costumbre de las hermanas de dirigirse a los criados que servían la cena.
-Pero ¿por qué no puedo darle las gracias a alguien que me ha prestado un servicio? -Oyó que preguntaba Lali con genuina perplejidad-. Es de buena educación dar las gracias, ¿no es así?
- No se debe agradecer a un criado su trabajo, de la misma manera que no le daría las gracias a un caballo por permitirle montarlo, ni a una mesa por aguantar los platos que coloca sobre ella.
- Bueno, pero no estamos hablando de animales ni de objetos inanimados, ¿verdad? Un criado es una persona.
- No -replicó la condesa con frialdad-. Un criado es un sirviente.
-Y un sirviente es una persona -insistió Lali con terquedad.
La anciana replicó exasperada:
-Sea cual fuere la consideración que le dé a los criados, no debe darles las gracias durante la cena. La servidumbre no espera ni desea semejante condescendencia, y, si insiste en ponerlos en la difícil tesitura de tener que corresponder a sus comentarios, pensarán lo peor de usted... al igual que el resto de los comensales. ¡No me insulte con esa mirada de aburrimiento, señorita Esposito! Proviene de una familia con dinero. ¡Seguro que tiene criados en su residencia de Nueva York!
-Sí -reconoció con descaro Lali-, pero nosotros hablamos.
Peter tuvo que contener una repentina carcajada. En muy raras ocasiones, si es que se había dado alguna vez el caso, había conocido a alguien que se atreviera a mantener una batalla dialéctica con la condesa. Dio unos golpecitos en la puerta y entró en la estancia, interrumpiendo así una conversación potencialmente mordaz. Lali se giró en la silla para mirarlo. El marfil impoluto de su piel había adquirido un fuerte tono rosado en las mejillas. El sofisticado moño trenzado que recogía su cabello sobre la coronilla debería haber hecho que pareciera mayor; sin embargo, tan solo conseguía acentuar su juventud. A pesar de que estaba quieta en la silla, parecía estar envuelta en un halo de eléctrica impaciencia. A Peter le recordaba a una alumna ansiosa por saltarse la lección y salir corriendo.
-Buenas tardes -dijo Peter en tono educado-. Confío en que la conversación discurra con tranquilidad.
Lali le dirigió una mirada que hablaba por sí sola.
Luchando con todas sus fuerzas para reprimir una sonrisa, Peter saludó a su madre con una reverencia formal.
-Milady, ha llegado una carta desde América.
La condesa lo miró con cautela y se negó a responder, pese a saber que la carta tenía que ser de Aline.
«Zorra testaruda», pensó Peter al tiempo que un frío desdén se aposentaba en su pecho. La condesa nunca le perdonaría a su hija mayor el haberse casado con un hombre de tan baja alcurnia. EL marido de Aline, Mackenna, había formado parte de la servidumbre de la mansión como mozo de cuadra en otra época. Aun siendo adolescente, Mackenna se marchó a América para hacer fortuna y volvió a Inglaterra convertido en un rico empresario. No Obstante, a los ojos de la condesa, el éxito de Mackenna nunca lo redimiría de sus orígenes humildes, razón por la que se había opuesto de pleno al matrimonio entre Mackenna y su hija. La evidente felicidad de Aline no significaba nada para la condesa, que había elevado la hipocresía a la categoría de arte. Si Aline se hubiera limitado a tener una aventura con Mackenna, la condesa no habría puesto objeciones sin embargo, el hecho de convertirse en su esposa era una ofensa imperdonable.
-Pensé que tal vez le gustaría conocer su contenido de inmediato -prosiguió Peter, que se acercó a ella para entregarle la carta.
Observó cómo el rostro de su madre se convertía en una máscara tensa. Sus manos permanecieron inmóviles sobre el regazo y sus ojos adquirieron una expresión de frío desagrado. Peter sintió una perversa satisfacción al obligarla a enfrentarse a un hecho que con tantas ansias pretendía ignorar.
- ¿Por qué no me cuentas tú las noticias? -le pidió con voz frágil-. Es evidente que no te marcharás hasta haberlo hecho.
-Muy bien. -Peter se metió la carta en el bolsillo-. Felicidades, milady, es usted abuela. Lady Aline ha dado a luz a un niño sano, que se llamará John Mackenna II.-Permitió que una sutil nota de sarcasmo se filtrara en su voz al añadir-: Estoy seguro de que le aliviará saber que tanto la madre como el bebé se encuentran en perfecto estado.
Por el rabillo del ojo, Peter se dio cuenta de que las hermanas Esposito intercambiaban una mirada confusa. Era obvio que se preguntaban cuál era la causa de la hostilidad que se había apoderado del ambiente.
-Qué encantador que nuestro antiguo mozo de cuadra le haya dado un homónimo a mi hija mayor -comentó la condesa con acritud-. Estoy segura de que será el primero de muchos mocosos. Es una lástima que todavía no haya un heredero para el título… lo que, según creo, es responsabilidad tuya. Cuando me traigas noticias acerca de tu futuro matrimonio con una novia de buena cuna, Lanzani, entonces mostraré alguna satisfacción. Hasta ese momento, no veo motivos para alegrarme.
Pese a no mostrar emoción alguna ante la desapasionada respuesta de su madre a las noticias del nacimiento del hijo de Aline, amén de su indignante preocupación por un heredero, Peter tuvo que esforzarse por no devolverle una réplica despiadada. Sumido en un sombrío estado de ánimo, se dio cuenta de la atenta de Lali.
La muchacha lo observaba con sagacidad, con una sonrisa extraña en los labios. Peter arqueó una ceja y preguntó sarcásticamente:
- ¿Le divierte algo, señorita Esposito?
-Sí -murmuró-. Sólo pensaba que es de lo más sorprendente que no se haya apresurado a casarse con la primera campesina que pudiera encontrar.
- ¡Mocosa impertinente! -exclamó la condesa.
Peter sonrió ante la insolencia de la joven y notó que la tensión de su pecho se aligeraba un poco.
- ¿Cree usted que debería hacerlo? -preguntó con seriedad, como si la idea mereciera cierta consideración.
-Por supuesto que sí -le aseguró Lali con un brillo travieso en los ojos-. A los Marsden les vendría bien un poco de sangre fresca. En mi opinión, la familia corre un grave peligro de sufrir los perniciosos efectos de la endogamia.
- ¿Endogamia? -repitió Peter, cuyo único deseo era abalanzarse sobre ella y llevársela a alguna parte-. ¿Y porqué tiene esa impresión, señorita Esposito?
-Bueno, no estoy segura... -contestó con lentitud- Tal vez por la excesiva importancia que le conceden al hecho de si se debería utilizar un tenedor o una cuchara para comer pudín.
-Las buenas maneras en la mesa no son una prerrogativa de la aristocracia, señorita Esposito. -El comentario sonó pomposo incluso a sus propios oídos.
-En mi opinión, milord, una preocupación desmesurada por las buenas maneras y los rituales son un indicativo inequívoco de que alguien tiene demasiado tiempo libre.
Peter sonrió ante su impertinencia.
-Subversivo, aunque lógico -musitó-. Y no estoy muy seguro de no estar de acuerdo.
-No alientes su desfachatez, Lanzani- lo reconvino la condesa.
-Muy bien… La dejaré para que siga con su papel de Sísifo.
- ¿Qué significa eso?-escuchó que preguntaba Daisy.
Lali le respondió sin apartar su mirada risueña de la de Peter.
-Al parecer, te saltaste demasiadas clases de mitología griega, querida. Sísifo era una de las almas que habitaban el Hades y a quien se le había impuesto una tarea eterna: llevar una enorme piedra a la cima de una montaña, sólo para que rodara de nuevo hasta la base antes de que alcanzara la cumbre.
-En ese caso, si la condesa es Sísifo -dijo Daisy-, supongo que nosotras seremos...
-La piedra -concluyó lady Lanzani de modo sucinto, lo que hizo que las jóvenes se echaran a reír.
-Por favor, continúe con nuestra educación, milady -dijo Lali, que le dedicó toda su atención a la anciana mientras Peter hacía una reverencia antes de abandonar la estancia-. Intentaremos no aplastarla en nuestra caída.
A Lali la sobrecogió un intenso sentimiento de melancolía durante el resto de la tarde. Tal y como Daisy había señalado, el hecho de que la condesa las instruyera no se podía considerar un bálsamo para el alma; sin embargo, la depresión del ánimo de Lali parecía proceder de otra causa más profunda que nada tenía que ver con pasar la tarde en compañía de una venenosa anciana. Tenía que ver con lo que se había dicho después de que lord Lanzani entrara en el saloncito de los Marsden, con las noticias del nacimiento de su sobrino. Peter parecía contento por las buenas nuevas, aunque nada sorprendido por la acritud con la que su madre las recibiera. La rencorosa conversación que siguió le había grabado a fuego a Lali la importancia... no, la necesidad... de que Peter se casara con «una novia de buena cuna», tal y como había dicho la condesa.
Una novia de buena cuna... una que supiera cómo comer croquetas y a la que ni se le pasara por la cabeza darle las gracias al criado que le sirviera el plato. Una que jamás cometiera el error de cruzar una estancia para hablar con un caballero, sino que aguardara, sumisa e inmóvil, a que él se acercara.
La novia de Peter sería una delicada flor inglesa, con cabello rubio como el trigo, labios sonrosados y carácter tranquilo. «Endogamia», pensó Lali con cierta animosidad hacia la desconocida muchacha. ¿Por qué tendría que importarle tanto que Peter estuviera destinado a casarse con una joven que se mezclara a la perfección con su existencia de clase alta?
Frunció el ceño al recordar la manera en la que el conde le había acariciado la cara la noche pasada. Una caricia ligera pero del todo inapropiada que provenía de un hombre que no albergaba ninguna intención seria hacia ella. Y, a pesar de todo, le había dado la impresión de que el conde no había podido contenerse. Había sido el efecto del perfume, pensó con irritación. Había imaginado que se divertiría muchísimo torturando a Peter con su indeseada atracción hacia ella... Sin embargo, la situación se había vuelto en su contra de la manera más desagradable. Porque era ella quien estaba siendo torturada. Cada vez que Peter la miraba, cada vez que la tocaba, cada vez que le sonreía, le provocaba un sentimiento desconocido hasta entonces. Un doloroso anhelo que la hacía desear cosas imposibles.
Todo el mundo estaría de acuerdo en afirmar que formaban una pareja ridícula... Peter y Lali... Más aun si se tenía en cuenta la responsabilidad de engendrar un heredero de sangre azul que pesaba sobre Peter. No cabía duda de que habría otros nobles que no podrían permitirse ser tan selectivos como él, hombres cuyas herencias habían mermado y que, por tanto, necesitaban la fortuna que ella aportaba. Con el respaldo de la condesa, Lali encontraría un candidato aceptable, se casaría con él y acabaría de una vez por todas con ese interminable asunto de la caza de marido. Sin embargo, un nuevo pensamiento la sacudió: el mundo de la aristocracia británica era bastante pequeño, por lo que sin duda se vería obligada a encontrarse con Peter y su novia inglesa una y otra vez... La mera idea se le antojaba mucho más que desconcertante.
Era horrible.
El anhelo que sentía se tornó en celos. Lali sabía que Peter nunca podría ser feliz con el tipo de mujer con el que estaba destinado a casarse. Se cansaría de una esposa a quien pudiera acobardar. Y una dieta constante de tranquilidad lo condenaría al aburrimiento más absoluto. Peter necesitaba a alguien que lo desafiara y despertara su interés. Alguien que pudiera llegar hasta el hombre tierno que se escondía bajo todas esas capas de auto control aristocrático. Alguien que lo enfadara, que bromeara con él y que lo hiciera reír.
-Alguien como yo -susurró Lali, sintiéndose miserable.
continuara...
capitulo 12
vooooooooooooooooooolllllvvvvvvvvvvvvvvvvvvvvviiiiiiiiiiiiii.jajajajaj

No había duda de que ese hombre tan apuesto, con la cara de un ángel caído y los ojos del color del cielo al amanecer, había acaparada los sueños de muchas mujeres... Y también las maldiciones de muchos maridos burlados.
Parecía una amistad de lo más insólita, pensó Lali al tiempo que desviaba la vista de Peter a St Vincent. El conde, con su naturaleza sincera y de tan recta moral, sin duda desaprobaba las inclinaciones díscolas de su amigo. Sin embargo, tal y como solía suceder a menudo, aquella amistad en concreto debía de haberse visto fortalecida por sus diferencias, en lugar de quedar dañada por ellas. Tras detenerse justo delante de ellos, St Vincent les dijo:
-Os hubiera encontrado antes, pero me vi atacado por un enjambre de Erynnis pages. -Bajó la voz para darle un tono de conspiración-. Y tampoco quisiera alarmaros, pero... es mi deber advertiros de que van a servir pudín de riñones como quinto plato.
-Puedo enfrentarme a eso-dijo Lali con tristeza-Al parecer, sólo tengo dificultades con los animales que me sirven en su estado natural.
-Desde luego que sí, querida. No somos más que unos bárbaros y usted tenía todo el derecho a sentirse horrorizada al ver la cabeza de ternera. A mí tampoco me gustan. De hecho, casi nunca consuno ternera, la sirvan como la sirvan.
-¿Eso significa que es vegetariano? -preguntó Lali, que en los últimos tiempos había oído esa palabra con frecuencia. Muchas de las conversaciones se centraban en la dieta a base de vegetales que promocionaba una sociedad médica de Ramsgate.
St Vincent le respondió con una sonrisa radiante.
-No, dulzura, soy caníbal.
-St Vincent... -gruñó Peter a modo de advertencia al ver la confusión de Lali.
El vizconde esbozó una sonrisa que no mostraba arrepentimiento alguno.
-Resulta muy conveniente que haya pasado por aquí, señorita Esposito; porque, verá, resulta que no está a salvo con Peter.
-¿No lo estoy? -preguntó Lali, que se tensó por dentro al pensar que el vizconde jamás habría hecho un comentario tan elocuente de haber estado informado sobre los encuentros íntimos que habían mantenido el conde y ella. No se atrevió a mirar a Peter, pero se dio cuenta de la inmediata quietud que se apoderó de la figura masculina que tenía tan cerca.
-Pues no -le aseguró St Vincent-. Son aquellos que manifiestan la moral más intachable quienes peor se comportan en privado. En cambio, con un notorio réprobo como yo, no podría encontrarse en mejores manos. Venga, será mejor que regrese conmigo al comedor. Sólo Dios sabe qué lascivo plan está maquinando la mente del conde.
Lali dejó escapar una risilla al tiempo que se levantaba del banco y disfrutó de la imagen que ofrecía Peter cuando bromeaban a su costa. El conde miró a su amigo con el ceño fruncido y, al igual que Lali, se puso en pie.
Lali se cogió del brazo que St Vincent le ofrecía sin dejar de preguntarse por qué se habría tomado la molestia de salir a buscarlos. ¿Era posible que albergara algún interés hacia ella? Seguramente no. Era del conocimiento general que las muchachas casaderas no formaban parte del historial romántico de St Vincent, y era evidente que Lali no pertenecía al tipo de mujer que él perseguiría para tener una aventura. Sin embargo, resultaba de lo más entretenido encontrarse a solas con dos hombres: uno de ellos, el compañero de cama más deseado de toda Inglaterra; el otro, el soltero más codiciado. No pudo reprimir una sonrisa mientras pensaba en la cantidad de chicas que matarían por encontrarse en su piel en ese preciso instante.
St Vincent la instó a caminar junto a él.
-Si no me falla la memoria -señaló el vizconde-, nuestro excelso Lanzani le prohibió montar a caballo, pero no dijo nada acerca de dar un paseo en carruaje. ¿Tendría la bondad de acompañarme en una visita a la campiña mañana por la mañana?
Lali meditó la invitación, dejando de forma consciente que se extendiera un breve silencio, ya que anticipaba que Peter podría tener alguna objeción al respecto. Por supuesto, así fue.
-La señorita Esposito estará ocupada mañana por la mañana-fue la brusca respuesta del conde, que les llegó desde atrás.
Lali abrió la boca para replicar con presteza, pero, mientras le abría la puerta, St Vincent le dirigió una mirada de reojo que advertía, con un brillo travieso, que lo dejara a él ocuparse de todo
-¿Ocupada haciendo qué? -preguntó.
-Su hermana y ella tienen una audiencia con la condesa.
-Vaya, van a reunirse con ese viejo y magnífico dragón... - musitó St Vincent al tiempo que hacía pasar a Lali por la puerta-Siempre me he llevado de maravilla con la condesa. Permítame ofrecerle un pequeño consejo: le encantan los halagos, por mucho que finja lo contrario. Unas cuantas palabras de elogio y la tendrá comiendo de la palma de su mano. Lali miró a Peter por encima del hombro.
-¿Es cierto eso, milord?
-No lo sé, ya que nunca me he tomado la molestia de halagarla.
-Peter considera que los halagos y el encanto son una pérdida de tiempo -le dijo el vizconde a Lali.
-Ya lo había notado.
St. Vincent se echó a reír.
-En ese caso, la invito a pasear en carruaje pasado mañana. ¿Le agrada la idea?
-Sí, muchas gracias,
-Excelente -dijo St Vincent, antes de añadir con premura-: A menos, Lanzani, que hayas reclamado otra porción del tiempo de la señorita Esposito.
-No he reclamado nada -respondió Peter sin más.
Por supuesto que no lo había hecho, pensó Lali al tiempo que una oleada de rencor se apoderaba de ella. Era evidente que Peter no deseaba su compañía, a menos que fuera para evitar que sus invitados la vieran echar los buñuelos sobre la mesa de la cena.
Se reunieron con Daisy, que alzó las cejas cuando vio a St Vincent y preguntó:
-¿De dónde ha salido usted?
-Si mi madre viviera, podría preguntárselo a ella -replicó él con tono amable-. Aunque dudo mucho que lo supiera.
-St Vincent -lo amonestó Peter por segunda vez esa noche-Estás hablando con jóvenes inocentes.
-¿De veras? Qué interesante. Muy bien, entonces intentaré comportarme... ¿Qué temas se pueden discutir con jóvenes inocentes?
-Casi ninguno -dijo Daisy con voz displicente, lo que hizo que reír al vizconde una vez más.
Antes de que entraran de nuevo en el comedor, Lali se detuvo para preguntarle a Peter:
-¿A qué hora debemos reunirnos con la condesa? ¿Y dónde?
La mirada del conde era gélida y sombría. Lali no pudo evitar darse cuenta de que su estado de ánimo parecía haberse agriado desde que St Vincent la invitara a dar un paseo en carruaje. Pero ¿por qué tendría eso que disgustarlo? Sería ilógico pensar que estaba celoso ya que era la última mujer en el mundo por quien él sentiría un interés personal. La única conclusión razonable a la que podía llegar era que el conde temía que St Vincent tratara de seducirla y que no quería tener que lidiar con los problemas que eso ocasionaría. -A las diez en punto en el salón Marsden -contestó el conde.
-Me temo que no conozco esa estancia...
-La conocen muy pocas personas. Es un salón de la planta alta, reservado para el uso exclusivo de la familia.
-Entiendo
La joven clavó la mirada en sus ojos oscuros, confusa y agradecida a la vez. Había sido amable con ella, pero su relación no podía considerarse, ni por asomo, como una amistad. Deseaba poder librarse de esa creciente curiosidad que el conde le inspiraba. Todo había sido mucho más fácil cuando podía tacharlo de ser un pretencioso arrogante. No obstante, había resultado ser una persona mucho más compleja de lo que ella creyera en un principio, ya que poseía un extraño sentido del humor, además de sensualidad y una sorprendente compasión.
-Milord-dijo, atrapada en su mirada- Yo...supongo que debería agradecerle que...
-Entremos-interrumpió él de manera brusca y con aspecto de querer librarse de ella cuanto antes-Ya nos hemos retrasado bastante
continuara...
No había duda de que ese hombre tan apuesto, con la cara de un ángel caído y los ojos del color del cielo al amanecer, había acaparada los sueños de muchas mujeres... Y también las maldiciones de muchos maridos burlados.
Parecía una amistad de lo más insólita, pensó Lali al tiempo que desviaba la vista de Peter a St Vincent. El conde, con su naturaleza sincera y de tan recta moral, sin duda desaprobaba las inclinaciones díscolas de su amigo. Sin embargo, tal y como solía suceder a menudo, aquella amistad en concreto debía de haberse visto fortalecida por sus diferencias, en lugar de quedar dañada por ellas. Tras detenerse justo delante de ellos, St Vincent les dijo:
-Os hubiera encontrado antes, pero me vi atacado por un enjambre de Erynnis pages. -Bajó la voz para darle un tono de conspiración-. Y tampoco quisiera alarmaros, pero... es mi deber advertiros de que van a servir pudín de riñones como quinto plato.
-Puedo enfrentarme a eso-dijo Lali con tristeza-Al parecer, sólo tengo dificultades con los animales que me sirven en su estado natural.
-Desde luego que sí, querida. No somos más que unos bárbaros y usted tenía todo el derecho a sentirse horrorizada al ver la cabeza de ternera. A mí tampoco me gustan. De hecho, casi nunca consuno ternera, la sirvan como la sirvan.
-¿Eso significa que es vegetariano? -preguntó Lali, que en los últimos tiempos había oído esa palabra con frecuencia. Muchas de las conversaciones se centraban en la dieta a base de vegetales que promocionaba una sociedad médica de Ramsgate.
St Vincent le respondió con una sonrisa radiante.
-No, dulzura, soy caníbal.
-St Vincent... -gruñó Peter a modo de advertencia al ver la confusión de Lali.
El vizconde esbozó una sonrisa que no mostraba arrepentimiento alguno.
-Resulta muy conveniente que haya pasado por aquí, señorita Esposito; porque, verá, resulta que no está a salvo con Peter.
-¿No lo estoy? -preguntó Lali, que se tensó por dentro al pensar que el vizconde jamás habría hecho un comentario tan elocuente de haber estado informado sobre los encuentros íntimos que habían mantenido el conde y ella. No se atrevió a mirar a Peter, pero se dio cuenta de la inmediata quietud que se apoderó de la figura masculina que tenía tan cerca.
-Pues no -le aseguró St Vincent-. Son aquellos que manifiestan la moral más intachable quienes peor se comportan en privado. En cambio, con un notorio réprobo como yo, no podría encontrarse en mejores manos. Venga, será mejor que regrese conmigo al comedor. Sólo Dios sabe qué lascivo plan está maquinando la mente del conde.
Lali dejó escapar una risilla al tiempo que se levantaba del banco y disfrutó de la imagen que ofrecía Peter cuando bromeaban a su costa. El conde miró a su amigo con el ceño fruncido y, al igual que Lali, se puso en pie.
Lali se cogió del brazo que St Vincent le ofrecía sin dejar de preguntarse por qué se habría tomado la molestia de salir a buscarlos. ¿Era posible que albergara algún interés hacia ella? Seguramente no. Era del conocimiento general que las muchachas casaderas no formaban parte del historial romántico de St Vincent, y era evidente que Lali no pertenecía al tipo de mujer que él perseguiría para tener una aventura. Sin embargo, resultaba de lo más entretenido encontrarse a solas con dos hombres: uno de ellos, el compañero de cama más deseado de toda Inglaterra; el otro, el soltero más codiciado. No pudo reprimir una sonrisa mientras pensaba en la cantidad de chicas que matarían por encontrarse en su piel en ese preciso instante.
St Vincent la instó a caminar junto a él.
-Si no me falla la memoria -señaló el vizconde-, nuestro excelso Lanzani le prohibió montar a caballo, pero no dijo nada acerca de dar un paseo en carruaje. ¿Tendría la bondad de acompañarme en una visita a la campiña mañana por la mañana?
Lali meditó la invitación, dejando de forma consciente que se extendiera un breve silencio, ya que anticipaba que Peter podría tener alguna objeción al respecto. Por supuesto, así fue.
-La señorita Esposito estará ocupada mañana por la mañana-fue la brusca respuesta del conde, que les llegó desde atrás.
Lali abrió la boca para replicar con presteza, pero, mientras le abría la puerta, St Vincent le dirigió una mirada de reojo que advertía, con un brillo travieso, que lo dejara a él ocuparse de todo
-¿Ocupada haciendo qué? -preguntó.
-Su hermana y ella tienen una audiencia con la condesa.
-Vaya, van a reunirse con ese viejo y magnífico dragón... - musitó St Vincent al tiempo que hacía pasar a Lali por la puerta-Siempre me he llevado de maravilla con la condesa. Permítame ofrecerle un pequeño consejo: le encantan los halagos, por mucho que finja lo contrario. Unas cuantas palabras de elogio y la tendrá comiendo de la palma de su mano. Lali miró a Peter por encima del hombro.
-¿Es cierto eso, milord?
-No lo sé, ya que nunca me he tomado la molestia de halagarla.
-Peter considera que los halagos y el encanto son una pérdida de tiempo -le dijo el vizconde a Lali.
-Ya lo había notado.
St. Vincent se echó a reír.
-En ese caso, la invito a pasear en carruaje pasado mañana. ¿Le agrada la idea?
-Sí, muchas gracias,
-Excelente -dijo St Vincent, antes de añadir con premura-: A menos, Lanzani, que hayas reclamado otra porción del tiempo de la señorita Esposito.
-No he reclamado nada -respondió Peter sin más.
Por supuesto que no lo había hecho, pensó Lali al tiempo que una oleada de rencor se apoderaba de ella. Era evidente que Peter no deseaba su compañía, a menos que fuera para evitar que sus invitados la vieran echar los buñuelos sobre la mesa de la cena.
Se reunieron con Daisy, que alzó las cejas cuando vio a St Vincent y preguntó:
-¿De dónde ha salido usted?
-Si mi madre viviera, podría preguntárselo a ella -replicó él con tono amable-. Aunque dudo mucho que lo supiera.
-St Vincent -lo amonestó Peter por segunda vez esa noche-Estás hablando con jóvenes inocentes.
-¿De veras? Qué interesante. Muy bien, entonces intentaré comportarme... ¿Qué temas se pueden discutir con jóvenes inocentes?
-Casi ninguno -dijo Daisy con voz displicente, lo que hizo que reír al vizconde una vez más.
Antes de que entraran de nuevo en el comedor, Lali se detuvo para preguntarle a Peter:
-¿A qué hora debemos reunirnos con la condesa? ¿Y dónde?
La mirada del conde era gélida y sombría. Lali no pudo evitar darse cuenta de que su estado de ánimo parecía haberse agriado desde que St Vincent la invitara a dar un paseo en carruaje. Pero ¿por qué tendría eso que disgustarlo? Sería ilógico pensar que estaba celoso ya que era la última mujer en el mundo por quien él sentiría un interés personal. La única conclusión razonable a la que podía llegar era que el conde temía que St Vincent tratara de seducirla y que no quería tener que lidiar con los problemas que eso ocasionaría. -A las diez en punto en el salón Marsden -contestó el conde.
-Me temo que no conozco esa estancia...
-La conocen muy pocas personas. Es un salón de la planta alta, reservado para el uso exclusivo de la familia.
-Entiendo
La joven clavó la mirada en sus ojos oscuros, confusa y agradecida a la vez. Había sido amable con ella, pero su relación no podía considerarse, ni por asomo, como una amistad. Deseaba poder librarse de esa creciente curiosidad que el conde le inspiraba. Todo había sido mucho más fácil cuando podía tacharlo de ser un pretencioso arrogante. No obstante, había resultado ser una persona mucho más compleja de lo que ella creyera en un principio, ya que poseía un extraño sentido del humor, además de sensualidad y una sorprendente compasión.
-Milord-dijo, atrapada en su mirada- Yo...supongo que debería agradecerle que...
-Entremos-interrumpió él de manera brusca y con aspecto de querer librarse de ella cuanto antes-Ya nos hemos retrasado bastante
continuara...
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)