No había duda de que ese hombre tan apuesto, con la cara de un ángel caído y los ojos del color del cielo al amanecer, había acaparada los sueños de muchas mujeres... Y también las maldiciones de muchos maridos burlados.
Parecía una amistad de lo más insólita, pensó Lali al tiempo que desviaba la vista de Peter a St Vincent. El conde, con su naturaleza sincera y de tan recta moral, sin duda desaprobaba las inclinaciones díscolas de su amigo. Sin embargo, tal y como solía suceder a menudo, aquella amistad en concreto debía de haberse visto fortalecida por sus diferencias, en lugar de quedar dañada por ellas. Tras detenerse justo delante de ellos, St Vincent les dijo:
-Os hubiera encontrado antes, pero me vi atacado por un enjambre de Erynnis pages. -Bajó la voz para darle un tono de conspiración-. Y tampoco quisiera alarmaros, pero... es mi deber advertiros de que van a servir pudín de riñones como quinto plato.
-Puedo enfrentarme a eso-dijo Lali con tristeza-Al parecer, sólo tengo dificultades con los animales que me sirven en su estado natural.
-Desde luego que sí, querida. No somos más que unos bárbaros y usted tenía todo el derecho a sentirse horrorizada al ver la cabeza de ternera. A mí tampoco me gustan. De hecho, casi nunca consuno ternera, la sirvan como la sirvan.
-¿Eso significa que es vegetariano? -preguntó Lali, que en los últimos tiempos había oído esa palabra con frecuencia. Muchas de las conversaciones se centraban en la dieta a base de vegetales que promocionaba una sociedad médica de Ramsgate.
St Vincent le respondió con una sonrisa radiante.
-No, dulzura, soy caníbal.
-St Vincent... -gruñó Peter a modo de advertencia al ver la confusión de Lali.
El vizconde esbozó una sonrisa que no mostraba arrepentimiento alguno.
-Resulta muy conveniente que haya pasado por aquí, señorita Esposito; porque, verá, resulta que no está a salvo con Peter.
-¿No lo estoy? -preguntó Lali, que se tensó por dentro al pensar que el vizconde jamás habría hecho un comentario tan elocuente de haber estado informado sobre los encuentros íntimos que habían mantenido el conde y ella. No se atrevió a mirar a Peter, pero se dio cuenta de la inmediata quietud que se apoderó de la figura masculina que tenía tan cerca.
-Pues no -le aseguró St Vincent-. Son aquellos que manifiestan la moral más intachable quienes peor se comportan en privado. En cambio, con un notorio réprobo como yo, no podría encontrarse en mejores manos. Venga, será mejor que regrese conmigo al comedor. Sólo Dios sabe qué lascivo plan está maquinando la mente del conde.
Lali dejó escapar una risilla al tiempo que se levantaba del banco y disfrutó de la imagen que ofrecía Peter cuando bromeaban a su costa. El conde miró a su amigo con el ceño fruncido y, al igual que Lali, se puso en pie.
Lali se cogió del brazo que St Vincent le ofrecía sin dejar de preguntarse por qué se habría tomado la molestia de salir a buscarlos. ¿Era posible que albergara algún interés hacia ella? Seguramente no. Era del conocimiento general que las muchachas casaderas no formaban parte del historial romántico de St Vincent, y era evidente que Lali no pertenecía al tipo de mujer que él perseguiría para tener una aventura. Sin embargo, resultaba de lo más entretenido encontrarse a solas con dos hombres: uno de ellos, el compañero de cama más deseado de toda Inglaterra; el otro, el soltero más codiciado. No pudo reprimir una sonrisa mientras pensaba en la cantidad de chicas que matarían por encontrarse en su piel en ese preciso instante.
St Vincent la instó a caminar junto a él.
-Si no me falla la memoria -señaló el vizconde-, nuestro excelso Lanzani le prohibió montar a caballo, pero no dijo nada acerca de dar un paseo en carruaje. ¿Tendría la bondad de acompañarme en una visita a la campiña mañana por la mañana?
Lali meditó la invitación, dejando de forma consciente que se extendiera un breve silencio, ya que anticipaba que Peter podría tener alguna objeción al respecto. Por supuesto, así fue.
-La señorita Esposito estará ocupada mañana por la mañana-fue la brusca respuesta del conde, que les llegó desde atrás.
Lali abrió la boca para replicar con presteza, pero, mientras le abría la puerta, St Vincent le dirigió una mirada de reojo que advertía, con un brillo travieso, que lo dejara a él ocuparse de todo
-¿Ocupada haciendo qué? -preguntó.
-Su hermana y ella tienen una audiencia con la condesa.
-Vaya, van a reunirse con ese viejo y magnífico dragón... - musitó St Vincent al tiempo que hacía pasar a Lali por la puerta-Siempre me he llevado de maravilla con la condesa. Permítame ofrecerle un pequeño consejo: le encantan los halagos, por mucho que finja lo contrario. Unas cuantas palabras de elogio y la tendrá comiendo de la palma de su mano. Lali miró a Peter por encima del hombro.
-¿Es cierto eso, milord?
-No lo sé, ya que nunca me he tomado la molestia de halagarla.
-Peter considera que los halagos y el encanto son una pérdida de tiempo -le dijo el vizconde a Lali.
-Ya lo había notado.
St. Vincent se echó a reír.
-En ese caso, la invito a pasear en carruaje pasado mañana. ¿Le agrada la idea?
-Sí, muchas gracias,
-Excelente -dijo St Vincent, antes de añadir con premura-: A menos, Lanzani, que hayas reclamado otra porción del tiempo de la señorita Esposito.
-No he reclamado nada -respondió Peter sin más.
Por supuesto que no lo había hecho, pensó Lali al tiempo que una oleada de rencor se apoderaba de ella. Era evidente que Peter no deseaba su compañía, a menos que fuera para evitar que sus invitados la vieran echar los buñuelos sobre la mesa de la cena.
Se reunieron con Daisy, que alzó las cejas cuando vio a St Vincent y preguntó:
-¿De dónde ha salido usted?
-Si mi madre viviera, podría preguntárselo a ella -replicó él con tono amable-. Aunque dudo mucho que lo supiera.
-St Vincent -lo amonestó Peter por segunda vez esa noche-Estás hablando con jóvenes inocentes.
-¿De veras? Qué interesante. Muy bien, entonces intentaré comportarme... ¿Qué temas se pueden discutir con jóvenes inocentes?
-Casi ninguno -dijo Daisy con voz displicente, lo que hizo que reír al vizconde una vez más.
Antes de que entraran de nuevo en el comedor, Lali se detuvo para preguntarle a Peter:
-¿A qué hora debemos reunirnos con la condesa? ¿Y dónde?
La mirada del conde era gélida y sombría. Lali no pudo evitar darse cuenta de que su estado de ánimo parecía haberse agriado desde que St Vincent la invitara a dar un paseo en carruaje. Pero ¿por qué tendría eso que disgustarlo? Sería ilógico pensar que estaba celoso ya que era la última mujer en el mundo por quien él sentiría un interés personal. La única conclusión razonable a la que podía llegar era que el conde temía que St Vincent tratara de seducirla y que no quería tener que lidiar con los problemas que eso ocasionaría. -A las diez en punto en el salón Marsden -contestó el conde.
-Me temo que no conozco esa estancia...
-La conocen muy pocas personas. Es un salón de la planta alta, reservado para el uso exclusivo de la familia.
-Entiendo
La joven clavó la mirada en sus ojos oscuros, confusa y agradecida a la vez. Había sido amable con ella, pero su relación no podía considerarse, ni por asomo, como una amistad. Deseaba poder librarse de esa creciente curiosidad que el conde le inspiraba. Todo había sido mucho más fácil cuando podía tacharlo de ser un pretencioso arrogante. No obstante, había resultado ser una persona mucho más compleja de lo que ella creyera en un principio, ya que poseía un extraño sentido del humor, además de sensualidad y una sorprendente compasión.
-Milord-dijo, atrapada en su mirada- Yo...supongo que debería agradecerle que...
-Entremos-interrumpió él de manera brusca y con aspecto de querer librarse de ella cuanto antes-Ya nos hemos retrasado bastante
continuara...
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