Antes de que Peter pudiera reaccionar, Lali
hundió los talones en los flancos de Starlight y se inclinó sobre la silla de
montar con el fin de equilibrar el peso de su cuerpo cuando el caballo diera un
súbito salto hacia delante. Starlight reaccionó de inmediato y emprendió el
galope. Tras apretar los muslos contra los pomos de la silla, Lali sintió que
perdía un tanto el equilibrio y que su cuerpo giraba levemente a causa de lo
que, como comprendió demasiado tarde, había sido producto de una excesiva
“sujeción a la silla”. En un arranque de valentía, ajustó la posición de sus
caderas en el mismo instante en que su montura se acercaba al obstáculo. Notó
que el caballo alzaba las patas delanteras, así como el tremendo impulso de los
cuartos traseros al levantarse del suelo en un salto que le proporcionó a la
joven un instante de euforia al sobrevolar la barrera triangular. No obstante,
en cuanto Starlight pisó de nuevo el suelo, tuvo que esforzarse por guardar el
equilibrio en la silla y fue su muslo derecho el que absorbió la mayor parte
del impacto, ocasionándole un desagradable y doloroso tirón. De todos modos, lo
había conseguido y de una manera bastante convincente.
Con una sonrisa triunfal, hizo que el caballo diera la vuelta y, en ese
momento, fue consciente de las miradas asombradas de los jinetes, que se
preguntaban sin lugar a dudas qué era lo que había ocasionado ese impulsivo
salto. De buenas a primeras, captó por el rabillo del ojo una mancha de color
oscuro en movimiento y oyó el estruendo de unos cascos al galope. Presa de la
confusión, no tuvo tiempo para defenderse ni para protestar cuando fue
literalmente arrancada de su montura y arrojada sin miramiento alguno sobre una
durísima superficie.
Peter continuó cabalgando unos metros más con Lali colgando impotente sobre sus
rígidos muslos antes de detenerse y desmontar con ella en brazos. Lali sintió
que la presión de las manos del conde le magullaba los hombros mientras
observaba el lívido semblante del hombre, que se encontraba a escasos
centímetros de su rostro.
-¿Creyó que podía convencerme de algo con semejante demostración de estupidez?
-gruñó él al tiempo que la sacudía brevemente- El uso de mis caballos es un
privilegio que concedo a mis invitados, un privilegio que usted acaba de
perder. De ahora en adelante, no intente siquiera poner un pie en los establos
o yo mismo me encargaré de echarla a patadas de mi propiedad.
Pálida y con una furia que rivalizaba con la del conde, Lali contestó en voz
baja y trémula:
-Quíteme las manos de encima, hijo de puta.
Para su entera satisfacción, la joven observó que Peter entornaba los ojos al
escuchar el insulto. Pese a que la presión de sus manos no disminuyó ni un
ápice, el hombre comenzó a respirar con bocanadas profundas y contenidas, como
si le estuviese costando un verdadero esfuerzo no dejarse llevar por la violencia.
Cuando la mirada desafiante de Lali se clavó en los ojos de Peter, la muchacha
sintió que una potente descarga de energía fluía entre ellos, una especie de
impulso físico sin orden ni concierto que la hacía desear golpearlo, hacerle
daño, tirarlo al suelo y rodar con él como si se tratara de una riña callejera
con todas las de la ley. Ningún hombre había conseguido que se enfureciera
hasta ese extremo. Mientras permanecían allí de pie, lanzándose chispas por los
ojos y embargados por la hostilidad, el calor que los consumía se incrementó
hasta dejarlos sofocados y jadeantes. Tan absortos estaban en su mutuo
antagonismo que ninguno fue consciente del grupo de anonadados testigos que se
había congregado a su alrededor.
Una sedosa voz masculina rompió el vínculo silencioso y letal que los unía y se
abrió paso con maestría a través de la tensión del ambiente.
-Lanzani, si me hubieras dicho que tú mismo protagonizarías un espectáculo
semejante, habría venido antes.
-No te metas en esto, St Vincent -le advirtió el conde con voz airada.
-¡Vaya! Ni siquiera se me ocurriría hacerla. Mi intención no era otra que la de
felicitarte por la habilidad con la que has manejado la situación. Muy
diplomático por tu parte. Elegante, incluso.
El sutil sarcasmo hizo que Peter soltara a Lali con cierta brusquedad. Ella se
tambaleó hacia atrás, pero un par de manos ágiles la sujetaron de inmediato por
la cintura. Aturdida, alzó la mirada para encontrarse con el distinguido rostro
de Sebastián, lord St Vincent, el infame y disoluto seductor. Los rayos del sol
que se alzaba en el horizonte despejaron la bruma matinal y arrancaron suaves
destellos de color ámbar a los oscuros mechones dorados de St Vincent. Lali lo
había visto de lejos en numerosas ocasiones, pero jamás habían sido
presentados, ya que el hombre se cuidaba mucho de acercarse a la hilera de
floreros en todos los bailes a los que asistía. A cierta distancia, su figura
resultaba impresionante. De cerca, la exótica belleza de su rostro era casi
pasmosa. Ese hombre tenía los ojos más extraordinarios que Lali hubiese
contemplado jamás, de un azul pálido y con expresión felina, estaban rodeados
por abundantes pestañas oscuras y coronados por un par de cejas de color
castaño. Sus rasgos eran fuertes pero elegantes y su piel resplandecía como el
bronce que ha sido bruñido durante horas con suma paciencia. En contra de lo
que Lali habría esperado, St Vincent parecía algo perverso, pero no del todo
depravado y su sonrisa consiguió filtrarse a través del velo de furia de la
joven para arrancarle una sonrisa de cosecha propia. Poseer tal cantidad de
encanto tendría que haber sido ilegal.
St Vincent desvió la mirada hacia el rostro tenso de Peter y, con una ceja
alzada, le preguntó a la ligera:
-¿Puedo escoltar a la culpable de regreso a la mansión, milord? El conde hizo
un gesto afirmativo.
-Apártala de mi vista-, antes de que me vea obligado a decir algo de lo que me
pueda arrepentir después.
-Venga, dígalo-replicó Lali, presa de la irritación.
Peter se acercó a ella con expresión amenazadora.
St Vincent se aprestó a colocar a Lali a sus espaldas de inmediato.
-Lanzani, tus invitados están esperando y, aunque me consta que están
disfrutando de un drama tan fascinante, los caballos comienzan a ponerse nerviosos.
El conde pareció entablar una breve pero salvaje lucha con su autodisciplina
antes de conseguir enmascarar sus emociones tras un semblante impasible. Con un
gesto de la cabeza, indicó en silencio a St Vincent que se llevara a Lali de
allí.
-¿La llevo en mi propio caballo? -preguntó el hombre de modo cortés.
-¡No, maldita sea! -fue la gélida respuesta de Peter- Puede ir andando hasta la
casa sin ningún problema.
De inmediato, St. Vincent hizo un gesto hacia uno de los mozos de cuadra para
que se encargara de los dos caballos abandonados. Tras ofrecer el brazo a una
Lali que echaba humo por las orejas, la miró con un brillo alegre en sus ojos
claros.
-Me temo que acaban de condenarla a las mazmorras -informó a Lali-. Y tengo
toda la intención de estirarle los pulgares en persona.
-Prefiero que me torturen a tener que soportar la presencia de Peter - replicó
Lali al tiempo que se recogía la falda y la abotonaba para poder caminar.
Habían comenzado a alejarse cuando la espalda de Lali se puso rígida al oír la
voz del conde.
-Puedes hacer un alto en la fresquera. La señorita necesita enfriarse.
Mientras luchaba por poner en orden sus emociones, Peter observó a Lali
Esposito con una mirada que debería haber chamuscado la espalda de su traje de
montar. Por regla general, no le resultaba difícil retraerse de cualquier
situación para poder analizarla de modo objetivo. No obstante, en los últimos
minutos, todo rastro de autocontrol había estallado en pedazos.
Cuando Lali había cabalgado en actitud desafiante hacia el obstáculo, Peter
había visto se pérdida momentánea de equilibrio - algo potencialmente
desastroso en una silla lateral- y ese instante en el que había creído que la
joven se caería del caballo le había dado un susto de muerte. A esa velocidad,
Lali bien podría haberse partido el cuello o la columna. Y él no había podido
hacer otra cosa que observarla con impotencia. El pánico lo había dejado helado
y le había provocado una oleada de náuseas. Cuando la pequeña idiota consiguió
regresar al suelo a salvo, el miedo se había transformado en una ira
incandescente. No fue consciente de que se acercaba a ella, pero, de pronto,
ambos se encontraban en el suelo y la tenía agarrada por esos delgados hombros.
En ese instante lo único que había deseado era aplastarla entre sus brazos en
un paroxismo de alivio y besarla... para después descuartizarla con sus propias
manos.
El hecho de que su seguridad significara tanto para él era... algo sobre lo que
no quería reflexionar.
Con el ceño fruncido, Peter se acercó al muchacho que sujetaba las riendas de
Brutus y se las quitó de las manos. Sumido en sus sombrías meditaciones, apenas
fue consciente de que Simón Hunt había aconsejado discretamente a los invitados
que comenzaran a saltar los obstáculos sin necesidad de esperar a que el conde
los precediera.
Con el rostro inexpresivo, Simón se acercó a él a lomos de su caballo.
-¿Vas a cabalgar? -le preguntó con voz serena.
Como respuesta, Peter se encaramó a su montura y chasqueó la lengua con
suavidad cuando Brutus se movió inquieto bajo él.
-Esa mujer es insoportable--refunfuñó al tiempo que retaba con la mirada a Hunt
a que se atreviera a contradecirlo.
-¿Tenías la intención de aguijonearla para que ejecutara ese salto?--volvió a
preguntarle Hunt.
-Le ordené que hiciera justamente lo contrario. Supongo que me oirías.
-Sí, como todos los demás -replicó Hunt con sequedad-. Mi pregunta hace referencia
a tus tácticas, Peter. Es obvio que una mujer como la señorita Esposito
requiere de médicos mucho más sutiles que una orden directa. Además, te he
visto en la mesa de negociaciones y sé que nadie puede rivalizar con tus
poderes de persuasión salvo, quizá, Shaw. De habértelo propuesto, podrías haberla
engatusado y halagado para conseguir que te hiciera caso en menos de un minuto.
En lugar de eso, fuiste tan sutil como un mazazo en tu intento de imponerte
como su amo y señor.
-Hasta ahora, no me había percatado del don que tienes para las hipérboles-
musitó Peter.
-Y ahora- prosiguió Hunt sin perder la calma- acabas de arrojarla a las
compasivas garras de St Vincent. Dios sabe que lo más probable es que la
despoje de su virtud antes de llegar siquiera a la mansión.
Peter le lanzó una mirada cortante, si bien la abrasadora furia que lo consumía
comenzaba a transformarse en una repentina preocupación.
-No se atrevería.
-¿Por qué no?
-Porque ella no es de su estilo.
Hunt soltó una breve carcajada.
-¿Es que St. Vincent tiene preferencia por algún estilo en concreto? No me
había dado cuenta de que las presas a las que da caza compartieran similitud
alguna aparte del hecho de ser mujeres. Morenas, rubias, rollizas, delgadas...
Parece bastante imparcial en sus devaneos.
-Hijo de puta- exclamó Peter entre dientes tras experimentar, por primera vez
en su vida, el doloroso aguijonazo de los celos.
Lali se concentraba en poner un pie delante del otro cuando lo único que quería
hacer era darse la vuelta, buscar a Peter y arrojarse sobre él para darle una
paliza en toda regla.
-Ese arrogante y pomposo zoquete...
-Tranquila -escuchó que St Vincent le decía en voz baja- Peter está de un humor
de perros... y, a decir verdad, no me gustaría tener que pelear con él para
defenderla. Podría vencerle con los ojos cerrados si nos batimos a espada, pero
no con los puños.
-¿Por qué?- preguntó Lali en un murmullo-. Su brazo es más largo que el del
conde.
-Pero él posee el gancho de derecha más brutal que he visto en la vida. Y yo
tengo la desafortunada costumbre de protegerme la cara... lo cual suele dejar
mi estómago indefenso ante los puñetazos.
La desmesurada presunción que se ocultaba tras una afirmación semejante arrancó
una carcajada a Lali. A medida que la furia se disipaba, cayó en la cuenta de
que con un rostro como el de ese hombre nadie se atrevería a culparlo por el
hecho de desear protegerlo
-¿Ha peleado a menudo con el conde?--le preguntó ella.
-No desde que estábamos en la escuela. Peter lo hacía todo con demasiada
perfección y yo me veía obligado a retarlo de vez en cuando para asegurarme de
que su vanidad no alcanzaba límites excesivos. Por aquí... ¿Le apetece que
tomemos un camino mucho más pintoresco a través de los jardines?
Lali dudó un instante al recordar las numerosas historias que había oído sobre
ese hombre.
-No estoy segura de que fuera una decisión acertada.
St. Vincent sonrió.
-¿y si le prometo por mi honor que no me tomaré libertad alguna con usted?
Tras considerarlo un instante, accedió.
-En tal caso, está bien.
St. Vincent la guió a través de un frondoso bosquecillo, a lo largo de un
camino de gravilla que se encontraba a la sombra de una hilera de añosos tejas.
-Es muy probable que debiera advertirle que, puesto que mi sentido del honor
está completamente arruinado, cualquier promesa que haya hecho carece de valor
alguno -comentó él con despreocupación.
-En ese caso, debería advertirle de que mi gancho de derecha es diez veces más
brutal que el de Peter.
El hombre sonrió.
-Dígame, querida, ¿cuál es la causa de tanta hostilidad entre usted y el conde?
Sorprendida por el uso del apelativo cariñoso, Lali pensó por un momento en
reprenderlo, pero decidió dejarlo pasar; después todo, había sido un detalle
que el hombre abandonara su cabalgada matutina para acompañarla de vuelta a la
mansión
-Me temo que fue un caso de odio a primera vista -replicó Lali- . Yo creo que
Peter es un patán lleno de prejuicios y él me considera una mocosa de mal
carácter. -Se encogió de hombros-.Tal vez ambos tengamos razón.
-Yo creo que ninguno de los dos la tiene -murmuró St Vincent.
-Bueno, a decir verdad... tengo algo de mocosa de mal carácter-admitió Lali.
Los labios del hombre se curvaron en una muestra de humor mal reprimido.
-¿Es eso cierto?
Ella asintió con la cabeza.
-Me gusta salirme con la mía y me enfurezco bastante cuando no lo logro. De
hecho, me han dicho con bastante frecuencia que mi carácter es muy similar al
de mi abuela, que trabajó de lavandera en los muelles.
St. Vincent pareció encontrar graciosa la idea de que estuviera emparentada con
una lavandera.
-¿Estaba muy unida a su abuela?
-Bueno, era una anciana formidable y la quería mucho. Era capaz de soltar los
insultos más atroces, tenía una energía inagotable y solía decir cosas que le
harían reír hasta que le doliera el estómago. ¡Vaya! Perdón... Creo que se
supone que no debo mencionar la palabra «estómago» delante de un caballero.
-Estoy consternado- replicó St Vincent con gravedad-. Pero me recuperaré. -Tras
mirar a su alrededor para asegurarse de que nadie los escuchaba, le susurró con
un gesto confidencial- En realidad, no soy un caballero, ¿sabe?
-Usted es un vizconde, ¿no es cierto?
-Eso no quiere decir que tenga que ser un caballero. Usted no conoce a fondo a
la aristocracia, ¿verdad?
-Creo que ya la conozco más de lo que me gustaría.
St. Vincent le dedicó una extraña sonrisa.
-Y yo que pensaba que estaba decidida a casarse con uno de nosotros... ¿Me
equivoco o no son usted y su hermana pequeña un par de princesas del dólar
traídas desde las colonias con el fin de atrapar un par de maridos con título?
-¿Las “colonias”?-repitió Lali con una sonrisa amonestanadora-. En caso de que
no se haya enterado, milord, fuimos nosotros los que ganamos la revolución.
-¡Vaya! Ese día se me debió de olvidar leer el periódico. Pero en respuesta a
mi pregunta...
-Sí -contestó Lali, un poco ruborizada-. Nuestros padres nos trajeron con el
fin de buscar marido. Quieren introducir un poco de sangre azul en nuestro
árbol genealógico.
-¿Es eso lo que usted desea?
-Lo único que deseo hoy es «derramar» un poco de sangre azul-murmuró, pensando
en Peter.
-Menuda fierecilla es usted-replicó St Vincent, entre carcajadas-. Compadezco a
Peter si se atreve a molestarla de nuevo. De hecho, creo que debería
advertirle... -La frase quedó en el aire cuando vio el repentino dolor que se
reflejó en el rostro de Lali y oyó la honda inspiración de la muchacha.
Un dolor agudo atravesó el muslo derecho de Lali y se habría caído al suelo de
no ser por la ayuda de St Vincent, que le rodeó la cintura con un brazo.
-¡Maldición!--exclamó con voz trémula mientras se aferraba el muslo con una
mano. Un espasmo recorrió el músculo y la obligó a gemir entre dientes-.
Maldición, maldición...
-¿Qué le ocurre? -preguntó St Vincent, que la obligó a sentarse en el suelo sin
pérdida de tiempo-. ¿Tiene un calambre?
-Sí... -Pálida y temblorosa, Lali se agarró la pierna con una expresión de pura
agonía en el rostro-. ¡Por Dios, cómo duele!
El hombre se inclinó sobre ella con el ceño fruncido a causa de la
preocupación. El apremio tiñó su voz queda.
-Señorita Esposito... ¿Sería posible que olvidara por un instante todo lo que
ha escuchado acerca de mi reputación? ¿Lo justo para permitir que la ayude?
Lali, que lo miraba con los ojos entrecerrados, no distinguió otra cosa en su
semblante que el deseo honesto de aliviar su dolor, de modo que asintió.
-Buena chica -musitó el vizconde antes de colocar el trémulo cuerpo de Lali en
una posición medio sentada. Mientras deslizaba la mano bajo sus faldas con
habilidad, comenzó a hablar sin pérdida de tiempo con de fin de distraerla- No
será más que un momento. Le ruego a Dios que nadie pase por aquí y sea testigo
de esto... porque parece una situación de lo más comprometedora. Y dudo mucho
que aceptasen la típica y conocida excusa del calambre en la pierna.
-No me importa-jadeó ella-. Lo único que quiero es que lo haga desaparecer.
Lali sintió que la mano del hombre se deslizaba suavemente por su pierna y la
calidez de la piel masculina se filtró a través del liviano tejido de sus
pololos mientras St Vincent buscaba el músculo acalambrado.
-Aquí está. Aguante la respiración, cariño.
Lali obedeció y sintió cómo le frotaba con fuerza el músculo con la palma de la
mano. El repentino aguijonazo de dolor que sintió en la pierna estuvo a punto
de hacerla gritar. No obstante, el dolor disminuyó de improviso y el alivio la
dejó exhausta.
Tras apoyarse contra el brazo del hombre, Lali dejó escapar un prolongado
suspiro.
-Gracias. Ya me siento mucho mejor.
Los labios de St Vincent esbozaron una débil sonrisa al tiempo que volvía a
colocarle las faldas con destreza sobre las piernas.
-Ha sido un placer.
-Es la primera vez que me pasa algo así--murmuró Lali, que había comenzado a
flexionar la pierna con precaución.
-Sin duda, ha sido la consecuencia de su hazaña en la silla de montar. Debe de
haber sufrido un tirón en el músculo.
-Sí-El rubor tiñó sus mejillas cuando se vio forzada a admitir- No estoy
acostumbrada a saltar en una silla de amazona. Sólo lo he hecho montando a
horcajadas.
La sonrisa del hombre se ensanchó levemente.
-Qué interesante... -musitó-. A todas luces, mis experiencias con las muchachas
americanas han sido en exceso limitadas. No me había dado cuenta de que podían
llegar a ser tan deliciosamente pintorescas.
-Yo soy más pintoresca que la mayoría... -confesó ella con timidez
El vizconde esbozó una sonrisa al escucharlo.
-Por mucho que me agrade estar aquí sentado hablando con usted, dulzura, será
mejor que la acompañe de vuelta a la casa si ya es capaz de ponerse en pie. No
le hará ningún favor pasar mucho tiempo conmigo a solas. -Se levantó con
facilidad y le tendió una mano para ayudarla a incorporarse.
-Por lo que parece, me ha hecho un favor enorme--replicó Lali, que le tendió la
mano para permitir que la levantara.
St. Vincent le ofreció el brazo como apoyo y la observó mientras ella
comprobaba si el dolor había desaparecido o no.
-¿Se encuentra mejor?
-Sí, gracias--contestó Lali al tiempo que se aferraba a su brazo-. Ha sido muy
amable, milord.
Él la miró con un extraño brillo en esos pálidos ojos azules.
-No soy amable, querida. Sólo me porto bien con las persona cuando planeo
aprovecharme de ellas.
Lali le respondió con una sonrisa despreocupada antes de atreverse a preguntar:
-En ese caso, ¿corro algún peligro en su compañía, milord?
Si bien las facciones del hombre permanecieron relajadas a causa del buen
humor, sus ojos adquirieron una expresión intensa e inquietante.
-Me temo que sí.
-Mmm...--Lali estudió las marcadas líneas de su perfil y pensó que, pese a
todas las amenazas, St Vincent no se había aprovechado de su indefensión poco
antes-. Es usted terriblemente franco acerca de sus aviesas intenciones... y
eso hace que me pregunte si de verdad tendría que preocuparme.
La única respuesta que obtuvo Lali fue una enigmática sonrisa
Tras separarse de lord St Vincent, Lali ascendió las escaleras que llevaban a la
amplia terraza trasera, donde resonaban las carcajadas de una animada charla
femenina. Había diez jovencitas al rededor de una de las mesas, embelesadas con
algún tipo de juego o de experimento. Estaban inclinadas sobre una hilera de
vasos llenos de distintos líquidos mientras una de ellas, que tenía los ojos
cubiertos por un pañuelo, metía un dedo en uno de los vasos. Fuera cual fuese
el resultado, hizo que todas las demás chillaran y se echaran a reír. Cerca de
allí, un grupo de viudas observa a las jóvenes con risueño interés.
Lali vio a su hermana en el grupo y caminó hacia ella.
-¿Qué es todo esto?-le preguntó.
Daisy se dio la vuelta y la miró con la sorpresa pintada en el rostro.
-Lali-murmuró al tiempo que le pasaba un brazo por la cintura-. ¿Por qué has
vuelto tan temprano, querida? ¿Has tenido alguna dificultad con el circuito de
obstáculos?
Lali la alejó un tanto del grupo mientras el juego seguía su curso.
-Algo así -contestó con aspereza y procedió a relatarle los acontecimientos de
la mañana.
Los ojos oscuros de Daisy se abrieron de par en par por la inquietud.
-¡Dios Santo! -exclamó en voz baja-. No puedo imaginarme a lord Lanzani
perdiendo los papeles de ese modo... Y, en cuanto a ti... ¿En qué estabas pensando
cuando permitiste que lord St Vincent se tomara semejantes libertades?
-Me dolía mucho-susurró Lali a la defensiva-. No podía pensar. Ni siquiera
podía moverme. Si alguna vez sufres un calambre muscular, te enterarás de lo
doloroso que resulta.
-Preferiría que me cortaran la pierna antes que permitir que alguien como lord
St Vincent se acercara a mí -replicó Daisy entre dientes. Tras detenerse para
considerar la situación, le resultó imposible refrenar su curiosidad y
preguntó-: ¿Cómo fue?
Lali reprimió una carcajada.
-¿Cómo quieres que lo sepa? Para cuando dejó de dolerme la pierna, St Vincent
ya había retirado la mano.
-¡Diantres!--exclamó la pequeña de las Esposito con el ceño levemente
fruncido-. ¿Crees que se lo dirá a alguien?
-No sé por qué, pero creo que no lo hará. Parece un caballero, pese a su empeño
en afirmar lo contrario.-Lali adoptó una expresión airada al añadir-: Desde
luego, hoy ha sido mucho más caballero que Peter.
-Ya... ¿Cómo pudo saber que no se te daba muy bien montar en una silla de amazona?
Lali la miró sin resentimiento alguno.
-No te hagas la idiota, Daisy. Resulta evidente que Annabelle se lo dijo a su
marido, quien, a su vez, se lo comentó a Peter.
-Espero que no te enfades con Annabelle por esto. Su intención no fue que la
situación acabara tal y como lo ha hecho.
-Debería haber mantenido la boca cerrada -refunfuñó Lali.
-Tenía miedo de que sufrieras una caída si saltabas en esa silla
Todas lo temíamos.
-¡Bueno, pues yo no!
-Pues deberías haberlo tenido.
Lali dudó un instante y su expresión se relajó al admitir:
-Sin duda alguna, habría acabado por asustarme en un momento dado.
-En ese caso, ¿no te enfadarás con Annabelle?
-Por supuesto que no-contestó Lali-. No sería justo culparla por el comportamiento
animal de Peter.
Con un alivio palpable, Daisy la apremió a regresar junto a la concurrida mesa.
-Ven, querida, debes jugar a esto. Es un poco tonto, pero bastante divertido.
Las chicas, todas ellas solteras y de edades comprendidas entre los quince y
los veintitantos años, se apartaron un poco para deja sitio a las Esposito.
Mientras Daisy le explicaba las reglas, a Evie le taparon los ojos y las otras
chicas procedieron a cambiar la posición de los cuatro vasos.
-Como puedes ver-prosiguió Daisy-, hay un vaso lleno con agua jabonosa, otro
con agua limpia y otro con agua azul de la lavandería. El último, por supuesto,
está vacío. Los vasos predicen con qué tipo de marido te casarás.
Todas observaron cómo Evie palpaba con cuidado uno de los vasos. Tras hundir el
dedo en el vaso de agua jabonosa, esperó a que le retiraran la venda de los
ojos y observó el resultado con cierto embarazo mientras las restantes chicas
estallaban en carcajadas.
-Como ha elegido el vaso de agua jabonosa, significa que acabará casada con un
hombre pobre-explicó Daisy
Después de secarse los dedos, Evie exclamó con jovialidad:
-Su-supongo que el simple hecho de saber que voy a ca-casarme es motivo de
alegría.
La siguiente muchacha esperó con una sonrisa mientras le vendaban los ojos y
cambiaban los vasos de posición. Palpó los recipientes de cristal y estuvo a
punto de tirar uno en el proceso antes de hundir los dedos en el agua azulada.
Su elección pareció satisfacerla bastante.
-El agua azul significa que va a casarse con un artista de renombre -informó
Daisy a su hermana-. ¡Eres la siguiente!
Lali le lanzó una mirada elocuente.
-Tú no crees en estas cosas, ¿verdad?
-¡Vamos, no seas tan cínica y diviértete! -Daisy cogió la venda y se puso de
puntillas para colocarla alrededor de la cabeza de Lali.
Privada de la visión, permitió que la guiaran hasta la mesa. Al escuchar los
grititos de ánimo de las muchachas que la rodeaban no pudo reprimir una
sonrisa. Escuchó el ruido de los vasos mientras alguien los movía frente a ella
y esperó con los brazos extendidos hacia delante.
-¿Qué pasa si elijo el vaso vacío? -preguntó.
Escuchó la voz de Evie, muy cerca de su oído.
-¡Morirás siendo una sol-solterona! -exclamó, y las demás estallaron en
carcajadas.
-Nada de levantar los vasos para comprobar el peso -le advirtió alguien con voz
risueña- No puede librarse del vaso vacío si ese su destino.
-En este momento, me gustaría elegir el vaso vacío -replicó Lali, lo que
despertó otro nuevo coro de carcajadas.
Tras rozar la superficie lisa de uno de los vasos, deslizó los dedos hasta el
borde y, acto seguido, los hundió en el frío líquido. A continuación, todas las
chicas prorrumpieron en aplausos y carcajadas, por lo que Lali preguntó:
-¿Yo también voy a casarme con un artista?
-No, has elegido el agua limpia -contestó Daisy-. ¡Un marido rico y apuesto
viene a por ti, querida!
-¡Caramba! Qué alivio... -dijo Lali con voz desdeñosa al tiempo que se bajaba
la venda de los ojos para mirar por encima del borde del tejido-. ¿Ahora te
toca a ti?
Su hermana menor negó con la cabeza.
-Yo fui la primera. Golpeé uno de los vasos dos veces y organicé un desastre
horrible.
-¿Y eso qué quiere decir, que no vas a casarte?
-Quiere decir que soy torpe-contestó Daisy con voz alegre-. Aparte de eso,
¿quién sabe? Tal vez mi futuro no esté decidido todavía. Las buenas noticias
son que tu esposo parece estar de camino.
-Si es así, ese bastardo se está retrasando bastante-fue la cortante respuesta
de Lali, que hizo estallar en carcajadas tanto a Daisy como a Evie.
continuara...