Llegaron a unas de las salas de recepción, donde Livia animaba con discreción a los invitados con el fin de que se prepararan para entrar en el comedor en solemne procesión, Tan pronto como la joven vio aparecer a su hermano, le dirigió una mirada de reproche por haberla obligado a atender a solas a los invitados durante tanto tiempo. Él contestó a su mirada reprobatoria con una recalcitrante. Al adentrarse en la estancia, Peter vio que Thomas Esposito y su esposa Mercedes se encontraban justo a su derecha.
Peter estrechó la mano de Esposito, un hombre tranquilo y corpulento con un bigote tan espeso que casi compensaba la falta de pelo de la cabeza. Cuando se encontraba en una reunión social, Esposito mostraba la eterna actitud distraída de aquel que prefería estar haciendo cualquier otra cosa. Sólo cuando la discusión se centraba en los negocios, en cualquier tipo de negocio, su atención se volvía tan afiliada como la de un espadachín.
-Buenas noches- musitó Peter, que se inclinó sobre la mano de Mercedes Esposito. La dama era tan delgada que los nudillos y los tendones que se percibían bajo el guante habrían supuesto una superficie perfecta para rallar zanahorias. Era una mujer difícil, un manojo de nervios y agresividad reprimida-. Por favor, acepten mis disculpas por no haber podido darles la bienvenida esta tarde-prosiguió Peter-. Y permítanme decirles lo agradable que es volver a verlos en Stony Cross Park.
-Milord -gorjeó Mercedes-, ¡estamos totalmente encantados de volver a esta magnífica propiedad suya una vez más! Y en cuanto a lo de esta tarde, no debe preocuparse por su ausencia, ya que sabemos que un hombre tan importante como usted, con tantas preocupaciones y responsabilidades, debe tener innumerables asuntos que atender. -Uno de sus brazos se movió de tal manera que Peter pensó al instante en una mantis religiosa-. ¡Vaya...! i Ahí veo a mis dos encantadoras niñas...-Su voz adquirió un timbre aún más chillón cuando llamó a sus hijas y les hizo un gesto brusco para que se acercaran-. ¡Niñas! Niñas, mirad a quién he encontrado. ¡Venid a hablar con lord Lanzani!
Peter mantuvo una expresión impasible al ver que varias cejas se alzaban a su alrededor. Cuando desvió la vista siguiendo la dirección de los enfáticos gestos de Mercedes, vio a las hermanas Esposito, que habían dejado de ser los diablillos polvorientos que jugaban detrás de las caballerizas esa misma tarde.
Clavó la mirada en Lali, que iba ataviada con un vestido verde pálido, cuyo corpiño parecía sujeto únicamente por un par de pequeños broches de oro en los hombros. Antes de que pudiera controlar la dirección de sus díscolos pensamientos, se imaginó desprendiendo esos broches y dejando que la seda verde se deslizara por la pálida y cremosa piel de sus pechos y de sus hombros... Peter desvió la vista hasta el rostro de la muchacha. Su brillante pelo negro estaba elegantemente peinado en la parte superior de la cabeza, con un intrincado recogido que casi parecía demasiado pesado para su delgado cuello.
Con el pelo apartado por completo del rostro, sus ojos tenían un aspecto aún más felino. Un leve rubor tiñó la parte superior de sus mejillas cuando le devolvió la mirada, tras lo cual inclinó la barbilla a modo de cauteloso saludo. Resultaba evidente que lo último que deseaba era cruzar la estancia hacia ellos..... Hacia él. Y Peter no podía culparla.
-No hay necesidad de que llame a sus hijas, señora Esposito-murmuró-. Están disfrutando de la compañía de sus amigas.
-Sus amigas...-dijo Mercedes con desprecio-. Si se refiere a esa escandalosa Annabelle Hunt, puedo asegurarle que no apruebo...
-He llegado a tener a la señora Hunt en la más alta estima-replicó Peter, que le dirigió a la mujer una mirada demoledora.
Desconcertada ante semejante afirmación, Mercedes palideció un poco e intentó corregir sus palabras.
-Si usted, con ese juicio tan superior que posee, ha decidido tener en tan alta estima a la señora Hunt, sin duda, yo debo coincidir con usted, milord. De hecho, siempre he pensado...
-Lanzani-interrumpió Thomas Esposito, que no tenía interés alguno en discutir sobre sus hijas ni sobre las amistades que éstas frecuentaban-, ¿cuándo, tendremos la oportunidad de discutir los negocios que hemos tratado por correspondencia?
-Mañana, si lo desea -contestó Peter-. Hemos organizado una excursión a caballo al alba, justo antes del desayuno.
-Renunciará a la excursión pero sí acudiré al desayuno.
Se estrecharon las manos y Peter se separó de ellos tras una reverencia para charlar con otros invitados que reclamaban su atención. Poco tiempo después, se unió otra recién llegada al grupo y los invitados se apartaron para dejar paso a la diminuta figura de Georgiana, lady Lanzani... madre de Peter. La mujer llevaba una gruesa capa de polvos, y su cabello canoso estaba arreglado en un peinado muy elaborado; una profusa cantidad de joyas resplandecientes le adornaban las muñecas, el cuello y las orejas. Incluso su bastón brillaba, puesto que la empuñadura dorada estaba cuajada de diamantes.
Algunas mujeres de avanzada edad presentaban un aspecto desabrido, pero escondían un corazón de oro bajo la superficie. La condesa de Lanzani no era de esas mujeres. Su corazón, cuya existencia era más que dudosa, no era de oro, ni de ningún otro material que se pudiera considerar remotamente maleable. En cuanto a su apariencia física, la condesa no era una belleza ni lo había sido nunca. Si se cambiaran sus costosas ropas por un sencillo vestido de paño y delantal, podría pasar sin problemas por una lechera entrada en años. Su rostro era redondo, con una boca pequeña, ojos hundidos y separados y una nariz que no resaltaba ni por su tamaño ni por su forma. Su rasgo más distintivo era ese aire de malhumorado desencanto, como el de un niño que acabara de abrir un regalo de cumpleaños para descubrir que era el mismo que recibiera el año anterior.
-Buenas noches, miladi-saludó Peter a su madre con una sonrisa cínica-. Nos honra que haya decidido unirse a nosotros esta noche.
La condesa solía dar
la espalda a cenas tan concurridas como ésa, ya que prefería comer en sus
aposentos de la planta superior. Al parecer, esa noche había decidido hacer una
excepción.
-Quería comprobar si había algún invitado interesante entre esta multitud-replicó la condesa con voz desagradable, mientras dejaba que su mirada vagara por la estancia-. No obstante, según parece, se trata del mismo puñado de imbéciles de siempre.
Se escucharon varias risillas disimuladas y alguna que otra carcajada en el grupo, ya que decidieron asumir, sin mucho acierto, que el comentario había sido una broma.
-Tal vez quiera reservarse esa opinión hasta que le haya presentado a unas cuantas personas- replicó Peter, que pensaba en las hermanas Esposito. Su madre, tan crítica como era, encontraría una infinita diversión en la incorregible pareja.
Siguiendo el orden de precedencia, Peter escoltó a la condesa hasta el comedor, mientras que aquellos de rengo inferior pasaron a continuación. Las cenas en Stony Cross Park eran famosas por su abundancia, y ésa no fue una excepción. Se sirvieron ocho platos de pescado, de carne de caza, aves de corral y ternera, acompañados por centros florares que se retiraban con cada nuevo manjar. Comenzaron con una sopa de tortuga, salmón a la parrilla con alcaparras, salmonetes y percas con crema y un suculento pez gallo cubierto con una delicada salsa de gambas. El siguiente plato consistió en venado a la pimienta, jamón a las finas hierbas, mollejas de ternera sofritas que flotaban en una humeante salsa y crujiente pollo asado. Y la cosa continuó hasta que los invitados estuvieron saciados y algo soñolientos, con los rostros ruborizados por las copas de vino, que los serviciales criados no dejaban de rellenar. La cena concluyó con un desfile de bandejas atestadas de pasteles de queso con almendras, pudines de limón y suflés de arroz.
Peter se abstuvo de tomar postre y se entretuvo, en cambio, con una copa de oporto mientras disfrutaba de la oportunidad de dirigirle rápidas miradas furtivas a Lali Esposito. En las escasas oportunidades en las que la muchacha permanecía tranquila y en silencio, tenía la apariencia de una recatada princesa. Sin embargo, tan pronto como empezaba a gesticular con el tenedor conforme conversaba y a interrumpir la conversación de los hombres.... toda apariencia aristocrática se esfumó. Lali era demasiado directa; parecía no albergar dudas acerca de que su conversación resultaba interesante y digan de ser escuchada. No fingía estar impresionada por las opiniones de los demás y parecía incapaz de mostrar deferencia alguna por nadie.
Después del ritual del oporto para los caballeros y del té para las damas, además de una última ronda de relajadas conversaciones, los invitados de dispersaron. Mientras Peter caminabas despacio en dirección al enorme recibidor con un grupo de invitados entre los que se encontraban los Hunt, se dio cuenta de que Annabelle se comportaba de una forma un tanto extraña. Caminaba tan cerca de él que sus codos no dejaban de chocar y además, se abanicaba de manera entusiasta, a pesar de la frescura que reinaba en el interior de la mansión. Tras entornar los ojos de forma inquisitiva a través de las vaharadas de perfume que ella lanzaba en su dirección, Peter le preguntó:
-¿Hace demasiado calor aquí para usted, señora Hunt?
-Bueno, si... ¿no tiene usted calor?
-No. -Le sonrió, preguntándose por qué Annabelle había dejado de abanicarse de repente y lo miraba con expresión especulativa.
-¿Siente alguna otra cosa, por casualidad?-preguntó ella.
Peter sacudió la cabeza con expresión divertida.
-¿Me permite preguntarle qué es lo que la preocupa, señora Hunt?
-Vaya.....No es nada. Tan sólo me preguntaba si había reparado en algún detalle diferente en mi persona.
Peter la inspeccionó con rapidez y de forma impersonal.
-Su peinado-dijo al azar.
Al crecer con dos hermanas, había aprendido que, cuando cualquiera de ellas le preguntaba por su aspecto sin darle más indicación, siempre tenía que ver con el peinado. A pesar de que resultaba un poco inapropiado discutir la apariencia de la esposa de su mejor amigo, ella parecía considerarlo bajo una luz fraternal.
Annabelle correspondió a su comentario con una sonrisa algo triste.
-Sí, precisamente. Perdóneme si me comporto de forma extraña, milord. Me temo que he bebido más vino de la cuenta.
Peter rió en silencio.
--Tal vez el aire fresco le venga bien para despejarse.
Simón Hunt, que se había acercado a ellos, captó ese último comentario, por lo que rodeó la cintura de su esposa con una mano.
Con una sonrisa, besó la sien de Annabelle.
-¿Quieres que te acompañe a la terraza, amor?
-Sí, gracias.
Hunt se quedó muy quieto, con la oscura cabeza inclinada hacia su esposa. Aunque Annabelle no podía ver la expresión pasmada del rostro de su marido, Peter sí se dio cuenta y se preguntó la razón por la que Hunt parecía, de repente, tan incómodo y distraído.
-Perdónanos, Lanzani--se disculpó al tiempo que tiraba de su esposa con injustificada prisa, obligándola a apresurarse para acompasar sus largas zancadas. Sacudiendo la cabeza con no poco desconcierto, Peter observó la precipitada marcha de la pareja hacia el vestíbulo de entrada.
-Nada. Nada en absoluto -dijo Daisy, abatida, al tiempo que salía del comedor con Evie y Lali-. Estaba sentada entre dos caballeros que no podían estar menos interesados en mí. O el perfume es un fraude o los dos padecen anosmia.
Evie le dirigió una mirada perdida.
-Me-me temo que no estoy fam-familiarizada con esa palabra...
-Lo estarías si tu padre poseyera una industria jabonera-replicó Lali con sequedad-. Significa que carecen de sentido del olfato.
-Vaya, en ese caso, mis com-compañeros de cena debían de padecer también de anosmia, porque ninguno se interesó por mí. ¿Cómo te ha ido a ti, Lali?
-igual-respondió Lali, que se sentía a la vez confusa y frustrada-.Supongo que, después de todo, el perfume no funciona. Estaba tan segura de que había surtido efecto con lord Lanzani...
-¿Habías estado tan cerca de él antes?-preguntó Daisy.
-¡Por supuesto que no!
-en ese caso, yo creo que fue el mero hecho de estar tan cerca de ti lo que le hizo perder la cabeza.
-Vaya, tiene que ser eso, sin duda alguna-replicó Lali, burlándose de sí misma-. Había olvidado que soy una seductora de fama mundial.
Daisy soltó una carcajada.
-Yo no descartaría tus encantos, querida. En mi opinión, lord Lanzani siempre ha....
No obstante, esa observación en particular jamás fue pronunciada, ya que, cuando llegaron al recibidor, las tres jóvenes avistaron al mismo lord Lanzani en persona. Con un hombro apoyado contra una de las columnas en actitud relajada, ofrecía una imagen imponente. Todo lo relacionado con él, desde la arrogante inclinación de su cabeza hasta el aplomo de su postura, revelaba el resultado de innumerables generaciones aristocráticas. Lali sintió la necesidad imperiosa de acercarse a él y comenzar a hacerle cosquillas. Le habría encantado hacerlo enfurecer hasta que estallara en gritos.
El hombre giró la cabeza y su mirada vagó por las tres muchachas con educado interés antes de posarse sobre Lali. En ese momento, la expresión de sus ojos se tornó mucho menos educada y el interés adquirió un tinte ligeramente depredador que hizo que Lali contuviera el aliento. No pudo evitar acordarse de la sensación que le provocara ese cuerpo de duros músculos que se hallaba oculto bajo un traje negro de corte impecable.
-Es ate-aterrador- oyó susurra a Evie.
Lali le dirigió una súbita mirada de diversión a su amiga.
-No es más que un hombre, querida. Estoy segura de que les ordena a sus criados que le pongan los pantalones empezando por una pierna y acabando por la otra, como el resto de los mortales.
Daisy se echó a reír al escuchar semejante impertinencia; Evie en cambio, compuso una expresión escandalizada.
Para sorpresa de Lali, Peter se apartó de la columna y se acercó a ellas.
-Buenas noches. Espero que hayan disfrutado de la cena.
Incapaz de hablar, Evie se limitó a asentir, si bien Daisy respondió con entusiasmo:
-Ha sido espléndida, milord. ¡
-Bien. -Aunque se dirigía a Evie y Daisy, su mirada no se apartó del rostro de Lali-. Señorita Esposito, señorita Jenner... les ruego que me disculpen, pero tenía la esperanza de que me permitieran robarles a su acompañante para hablar con ella en privado con su permiso...
-Por supuesto-replicó Daisy, que le dirigió a Lali una sonrisa pícara-. Lévesela, milord. No nos es de ninguna utilidad en este momento. I
-Muchas gracias. -Le ofreció el brazo a Lali con gesto severo-. Señorita Esposito, si fuera tan amable...
Lali tomó su brazo, sintiéndose extrañamente frágil a medida que él la conducía a través del vestíbulo. El silencio entre ellos resultaba incómodo y estaba cargado de preguntas. Peter siempre la había provocado, pero ahora parecía haber adquirido el hábito de hacer que se sintiera vulnerable... y eso no le gustaba en absoluto. Tras detenerse al amparo de una enorme columna, el conde se giró para enfrentarla, momento en que ella se soltó de su brazo.
La boca y los ojos del hombre estaban apenas a unos centímetros de los de ella y sus cuerpos encajaban a la perfección allí de pie, frente a frente. De repente, el pulso de Lali se aceleró y su piel se cubrió de un rubor tan abrasador que amenazó con quemarla, como si se encontrara demasiado cerca de una llama. Las abundantes pestañas de Peter descendieron sobre sus ojos azabaches al darse cuenta del sofoco de la muchacha.
-Señorita Esposito-murmuró-, le aseguro que, a pesar en lo que sucedió esta tarde, no tiene nada que temer de mí. Si no le parece mal, me gustaría que lo discutiéramos en algún lugar donde no puedan interrumpirnos.
-Por supuesto- respondió Lali con calma. Encontrarse a solas con él tenía los embarazosos tintes de un encuentro romántico....cosa que, desde luego, no era. Y, sin embargo, la joven parecía incapaz de controlar los escalofríos que recorrían su columna-, ¿Dónde nos encontramos?
-El saloncito matinal conduce a un invernadero de cítricos,
-sí, se dónde se encuentra.
-¿Le parece bien que nos encontremos allí en cinco minutos?
-Perfecto.- Lali le dirigió una sonrisa despreocupada, como si estuviera acostumbrada a orquestar citas clandestinas- Yo iré en primer lugar.
Cuando se separó de él, Lali pudo sentir que la mirada del hombre se clavó en su espalda y, de alguna manera, se dio cuenta de no dejó de observarla hasta que desapareció de su vista.
En cuanto Lali entró en el
invernadero de cítricos, se vio asaltada por una marea de fragancias...
Naranjas, limones, laureles y mirtos inundaban con su aroma el ambiente del
lugar, templado gracias al sistema de calefacción. En el suelo embaldosado de
aquel edificio rectangular se abrían una serie de respiraderos cubiertos por
unas rejas metálicas, lo que permitía que las calderas emplazadas en el sótano
calentaran la planta superior de manera uniforme. La luz de las estrellas se
filtraba a través del techo de cristal y de las brillantes ventanas, iluminando
las diferentes terrazas interiores rebosantes de hileras de plantas tropicales.-Quería comprobar si había algún invitado interesante entre esta multitud-replicó la condesa con voz desagradable, mientras dejaba que su mirada vagara por la estancia-. No obstante, según parece, se trata del mismo puñado de imbéciles de siempre.
Se escucharon varias risillas disimuladas y alguna que otra carcajada en el grupo, ya que decidieron asumir, sin mucho acierto, que el comentario había sido una broma.
-Tal vez quiera reservarse esa opinión hasta que le haya presentado a unas cuantas personas- replicó Peter, que pensaba en las hermanas Esposito. Su madre, tan crítica como era, encontraría una infinita diversión en la incorregible pareja.
Siguiendo el orden de precedencia, Peter escoltó a la condesa hasta el comedor, mientras que aquellos de rengo inferior pasaron a continuación. Las cenas en Stony Cross Park eran famosas por su abundancia, y ésa no fue una excepción. Se sirvieron ocho platos de pescado, de carne de caza, aves de corral y ternera, acompañados por centros florares que se retiraban con cada nuevo manjar. Comenzaron con una sopa de tortuga, salmón a la parrilla con alcaparras, salmonetes y percas con crema y un suculento pez gallo cubierto con una delicada salsa de gambas. El siguiente plato consistió en venado a la pimienta, jamón a las finas hierbas, mollejas de ternera sofritas que flotaban en una humeante salsa y crujiente pollo asado. Y la cosa continuó hasta que los invitados estuvieron saciados y algo soñolientos, con los rostros ruborizados por las copas de vino, que los serviciales criados no dejaban de rellenar. La cena concluyó con un desfile de bandejas atestadas de pasteles de queso con almendras, pudines de limón y suflés de arroz.
Peter se abstuvo de tomar postre y se entretuvo, en cambio, con una copa de oporto mientras disfrutaba de la oportunidad de dirigirle rápidas miradas furtivas a Lali Esposito. En las escasas oportunidades en las que la muchacha permanecía tranquila y en silencio, tenía la apariencia de una recatada princesa. Sin embargo, tan pronto como empezaba a gesticular con el tenedor conforme conversaba y a interrumpir la conversación de los hombres.... toda apariencia aristocrática se esfumó. Lali era demasiado directa; parecía no albergar dudas acerca de que su conversación resultaba interesante y digan de ser escuchada. No fingía estar impresionada por las opiniones de los demás y parecía incapaz de mostrar deferencia alguna por nadie.
Después del ritual del oporto para los caballeros y del té para las damas, además de una última ronda de relajadas conversaciones, los invitados de dispersaron. Mientras Peter caminabas despacio en dirección al enorme recibidor con un grupo de invitados entre los que se encontraban los Hunt, se dio cuenta de que Annabelle se comportaba de una forma un tanto extraña. Caminaba tan cerca de él que sus codos no dejaban de chocar y además, se abanicaba de manera entusiasta, a pesar de la frescura que reinaba en el interior de la mansión. Tras entornar los ojos de forma inquisitiva a través de las vaharadas de perfume que ella lanzaba en su dirección, Peter le preguntó:
-¿Hace demasiado calor aquí para usted, señora Hunt?
-Bueno, si... ¿no tiene usted calor?
-No. -Le sonrió, preguntándose por qué Annabelle había dejado de abanicarse de repente y lo miraba con expresión especulativa.
-¿Siente alguna otra cosa, por casualidad?-preguntó ella.
Peter sacudió la cabeza con expresión divertida.
-¿Me permite preguntarle qué es lo que la preocupa, señora Hunt?
-Vaya.....No es nada. Tan sólo me preguntaba si había reparado en algún detalle diferente en mi persona.
Peter la inspeccionó con rapidez y de forma impersonal.
-Su peinado-dijo al azar.
Al crecer con dos hermanas, había aprendido que, cuando cualquiera de ellas le preguntaba por su aspecto sin darle más indicación, siempre tenía que ver con el peinado. A pesar de que resultaba un poco inapropiado discutir la apariencia de la esposa de su mejor amigo, ella parecía considerarlo bajo una luz fraternal.
Annabelle correspondió a su comentario con una sonrisa algo triste.
-Sí, precisamente. Perdóneme si me comporto de forma extraña, milord. Me temo que he bebido más vino de la cuenta.
Peter rió en silencio.
--Tal vez el aire fresco le venga bien para despejarse.
Simón Hunt, que se había acercado a ellos, captó ese último comentario, por lo que rodeó la cintura de su esposa con una mano.
Con una sonrisa, besó la sien de Annabelle.
-¿Quieres que te acompañe a la terraza, amor?
-Sí, gracias.
Hunt se quedó muy quieto, con la oscura cabeza inclinada hacia su esposa. Aunque Annabelle no podía ver la expresión pasmada del rostro de su marido, Peter sí se dio cuenta y se preguntó la razón por la que Hunt parecía, de repente, tan incómodo y distraído.
-Perdónanos, Lanzani--se disculpó al tiempo que tiraba de su esposa con injustificada prisa, obligándola a apresurarse para acompasar sus largas zancadas. Sacudiendo la cabeza con no poco desconcierto, Peter observó la precipitada marcha de la pareja hacia el vestíbulo de entrada.
-Nada. Nada en absoluto -dijo Daisy, abatida, al tiempo que salía del comedor con Evie y Lali-. Estaba sentada entre dos caballeros que no podían estar menos interesados en mí. O el perfume es un fraude o los dos padecen anosmia.
Evie le dirigió una mirada perdida.
-Me-me temo que no estoy fam-familiarizada con esa palabra...
-Lo estarías si tu padre poseyera una industria jabonera-replicó Lali con sequedad-. Significa que carecen de sentido del olfato.
-Vaya, en ese caso, mis com-compañeros de cena debían de padecer también de anosmia, porque ninguno se interesó por mí. ¿Cómo te ha ido a ti, Lali?
-igual-respondió Lali, que se sentía a la vez confusa y frustrada-.Supongo que, después de todo, el perfume no funciona. Estaba tan segura de que había surtido efecto con lord Lanzani...
-¿Habías estado tan cerca de él antes?-preguntó Daisy.
-¡Por supuesto que no!
-en ese caso, yo creo que fue el mero hecho de estar tan cerca de ti lo que le hizo perder la cabeza.
-Vaya, tiene que ser eso, sin duda alguna-replicó Lali, burlándose de sí misma-. Había olvidado que soy una seductora de fama mundial.
Daisy soltó una carcajada.
-Yo no descartaría tus encantos, querida. En mi opinión, lord Lanzani siempre ha....
No obstante, esa observación en particular jamás fue pronunciada, ya que, cuando llegaron al recibidor, las tres jóvenes avistaron al mismo lord Lanzani en persona. Con un hombro apoyado contra una de las columnas en actitud relajada, ofrecía una imagen imponente. Todo lo relacionado con él, desde la arrogante inclinación de su cabeza hasta el aplomo de su postura, revelaba el resultado de innumerables generaciones aristocráticas. Lali sintió la necesidad imperiosa de acercarse a él y comenzar a hacerle cosquillas. Le habría encantado hacerlo enfurecer hasta que estallara en gritos.
El hombre giró la cabeza y su mirada vagó por las tres muchachas con educado interés antes de posarse sobre Lali. En ese momento, la expresión de sus ojos se tornó mucho menos educada y el interés adquirió un tinte ligeramente depredador que hizo que Lali contuviera el aliento. No pudo evitar acordarse de la sensación que le provocara ese cuerpo de duros músculos que se hallaba oculto bajo un traje negro de corte impecable.
-Es ate-aterrador- oyó susurra a Evie.
Lali le dirigió una súbita mirada de diversión a su amiga.
-No es más que un hombre, querida. Estoy segura de que les ordena a sus criados que le pongan los pantalones empezando por una pierna y acabando por la otra, como el resto de los mortales.
Daisy se echó a reír al escuchar semejante impertinencia; Evie en cambio, compuso una expresión escandalizada.
Para sorpresa de Lali, Peter se apartó de la columna y se acercó a ellas.
-Buenas noches. Espero que hayan disfrutado de la cena.
Incapaz de hablar, Evie se limitó a asentir, si bien Daisy respondió con entusiasmo:
-Ha sido espléndida, milord. ¡
-Bien. -Aunque se dirigía a Evie y Daisy, su mirada no se apartó del rostro de Lali-. Señorita Esposito, señorita Jenner... les ruego que me disculpen, pero tenía la esperanza de que me permitieran robarles a su acompañante para hablar con ella en privado con su permiso...
-Por supuesto-replicó Daisy, que le dirigió a Lali una sonrisa pícara-. Lévesela, milord. No nos es de ninguna utilidad en este momento. I
-Muchas gracias. -Le ofreció el brazo a Lali con gesto severo-. Señorita Esposito, si fuera tan amable...
Lali tomó su brazo, sintiéndose extrañamente frágil a medida que él la conducía a través del vestíbulo. El silencio entre ellos resultaba incómodo y estaba cargado de preguntas. Peter siempre la había provocado, pero ahora parecía haber adquirido el hábito de hacer que se sintiera vulnerable... y eso no le gustaba en absoluto. Tras detenerse al amparo de una enorme columna, el conde se giró para enfrentarla, momento en que ella se soltó de su brazo.
La boca y los ojos del hombre estaban apenas a unos centímetros de los de ella y sus cuerpos encajaban a la perfección allí de pie, frente a frente. De repente, el pulso de Lali se aceleró y su piel se cubrió de un rubor tan abrasador que amenazó con quemarla, como si se encontrara demasiado cerca de una llama. Las abundantes pestañas de Peter descendieron sobre sus ojos azabaches al darse cuenta del sofoco de la muchacha.
-Señorita Esposito-murmuró-, le aseguro que, a pesar en lo que sucedió esta tarde, no tiene nada que temer de mí. Si no le parece mal, me gustaría que lo discutiéramos en algún lugar donde no puedan interrumpirnos.
-Por supuesto- respondió Lali con calma. Encontrarse a solas con él tenía los embarazosos tintes de un encuentro romántico....cosa que, desde luego, no era. Y, sin embargo, la joven parecía incapaz de controlar los escalofríos que recorrían su columna-, ¿Dónde nos encontramos?
-El saloncito matinal conduce a un invernadero de cítricos,
-sí, se dónde se encuentra.
-¿Le parece bien que nos encontremos allí en cinco minutos?
-Perfecto.- Lali le dirigió una sonrisa despreocupada, como si estuviera acostumbrada a orquestar citas clandestinas- Yo iré en primer lugar.
Cuando se separó de él, Lali pudo sentir que la mirada del hombre se clavó en su espalda y, de alguna manera, se dio cuenta de no dejó de observarla hasta que desapareció de su vista.
El invernadero estaba en penumbra y tan sólo la parpadeante luz de los faroles exteriores mitigaba la oscuridad. Cuando Lali oyó el sonido de unos pasos, se giró de inmediato para enfrentar al intruso. La postura de su cuerpo debió denotar cierta inquietud, ya que Peter la tranquilizó con voz baja y serena:
-Sólo soy yo. Si prefiere que nos encontremos en otro lugar...
-No -lo interrumpió Lali, que encontraba gracioso el hecho de que uno de los hombres más poderosos de Inglaterra se refiriera a sí mismo como «sólo soy yo»-. Me gusta el invernadero, En realidad, de todas las estancias de la mansión, ésta es mi favorita.
-la mía también- confesó Peter mientras se acercaba a ella muy despacio-. Por varias razones, entre las que destaca sin la intimidad que ofrece.
-No disfruta de mucha intimidad, ¿verdad? Con todas esas idas y venidas a Stony Cross Park...
-Suelo encontrar el tiempo suficiente para estar solo.
- ¿Y qué hace cuando está solo? -La situación en sí comenzaba a parecer un tanto irreal: estaba en el invernadero con Peter, observando cómo los errantes destellos de los faroles iluminaban los contornos severos, aunque elegantes, de su rostro...
-Leer-contestó con voz profunda-. Caminar. De vez en cuando nado en el río.
De repente, Lali se sintió enormemente agradecida por la oscuridad reinante, dado que la idea de ese cuerpo desnudo deslizándose por el agua le acababa de provocar un profuso rubor.
Tras confundir su repentino silencio con un posible malestar cuyo origen mal interpretó por completo, Peter dijo con brusquedad:
-Señorita Esposito, debo disculparme por lo que sucedió esta tarde. No se cómo explicar mi comportamiento y lo único que se me ocurre es que se trató de un momento de locura que jamás volverá a repetirse.
Lali se tensó un tanto al escuchar la palabra «locura».
-Está bien-contestó-. Acepto sus disculpas.
-Puede quedarse tranquila, ya que le aseguro que no la encuentro deseable de ninguna de las maneras.
- Lo entiendo. No hay más que decir, milord.
- Si nos dejasen solos en una isla desierta, ni se me ocurriría acercarme a usted.
-Lo comprendo-replicó ella de forma sucinta-. No tiene por qué extenderse en su explicación.
-Lo único que quiero es dejar claro que lo que hice fue una completa aberración. Usted no es el tipo de mujer por el que pudiera sentirme atraído.
-De acuerdo.
-De hecho....
Ya lo ha dejado bastante claro, milord- interrumpió Lali, que frunció el ceño al darse cuenta de que ésa era con diferencia la disculpa más molesta que había recibido jamás-. No obstante y como mi padre suele decir, toda disculpa honesta debe ir acompañada de una compensación.
Peter la miró, súbitamente tenso.
-¿Una compensación?
El aire chisporroteó con el desafío.
-Sí, milord. A usted no le cuesta nada pronunciar unas cuantas palabras y olvidarlo todo, ¿no es cierto? Sin embargo, si estuviera realmente arrepentido por lo que hizo, intentaría compensar su falta.
-Lo único que hice fue besarla-protestó Peter, como si creyera que ella estaba haciendo una montaña de un grano de arena.
-En contra de mi voluntad-recalcó Lali, que adoptó una actitud ofendida-. Tal vez haya algunas mujeres que den la bienvenida a sus atenciones románticas, pero yo no me encuentro entre ellas. Y no estoy acostumbrada a ser retenida en contra de mi voluntad para aceptar besos que no he solicitado...
-Usted también participó--replicó Peter, cuyo semblante bien podía pasar por el del mismo Hades.
-¡No lo hice!
-Usted...-Al darse cuenta de que la discusión no tenía sentido alguno, Peter soltó un juramento.
-No obstante-prosiguió Lali con voz almibarada-, estaría dispuesta a perdonar y olvidar, si... -Hizo una pausa deliberada.
-¿Si.. ? -repitió él con tono sombrío.
-Si usted me hiciera un pequeño favor.
-¿y cuál sería ese favor?
-Lo único que tendría que hacer es pedirle a su madre que nos preste su apoyo a mi hermana y a mí durante la próxima temporada.
Los ojos del conde se abrieron de par en par de un modo que nada tenía de halagüeño, como si la idea traspasara los límites de la razón.
-No.
-Tal vez su madre pudiera inculcarnos ciertas sutilezas sobre las buenas costumbres británicas...
-No.
-Necesitamos que alguien nos apoye-insistió Lali-. Mi hermana y yo no conseguiremos progresar en la alta sociedad sin una madrina. La condesa es una mujer con influencia, muy respetada, y su respaldo bien podría garantizarnos el éxito. Estoy segura de que usted sabrá encontrar el modo de convencerla para que nos ayude...
-Señorita Esposito-interrumpió Peter con frialdad-.Ni la mismísima reina Victoria conseguiría inculcar respetabilidad a un par de mocosas salvajes como usted y su hermana. Es imposible. Y el hecho de complacer a su padre no es suficiente incentivo para obligar a mi madre a sufrir el infierno que ustedes dos son capaces de desatar.
-Sabía que diría algo así. -Lali se preguntó si sería capaz de seguir sus instintos y correr un enorme riesgo. ¿Habría alguna oportunidad de que el perfume obrara su magia con Peter a pesar del estrepitoso fracaso que habían sufrido las floreros en su experimento? Si no funcionaba, haría el ridículo más grande de toda su vida. Tras respirar hondo, dio unos pasos hacia Peter-. Muy bien, no me deja otra opción. Si no accede a ayudarme, Lanzani, le contaré a todo el mundo lo que sucedió esta tarde. Me atrevería a decir que a la gente le encantará saber que el siempre controlado lord Lanzani es incapaz de refrenar el deseo que despierta en él una engreída jovencita americana de atroces modales. Y usted no será capaz de negarlo, puesto que jamás miente.
Peter arqueó una ceja y la atravesó con una mirada que debería haberla dejado petrificada en el sitio.
-Sobré valora usted sus encantos, señorita Esposito.
- ¿usted cree? Demuéstrelo.
A Lali no le cabía duda de que los señores feudales que formaban parte de los ancestros de Peter habían increpado a los campesinos rebeldes con una expresión semejante a la que el conde lucía en esos momentos.
-¿Cómo?
Si bien el estado de humor de Lali en esos momentos la instaba a arrojar la precaución a los cuatro vientos, no pudo sino aclararse la garganta antes de contestar:
-Le reto a que me rodee con sus brazos como hizo esta tarde.-le dijo-. Así comprobaremos si tiene más suerte a la hora de refrenar sus impulsos.
El semblante ceñudo de Peter le indicó lo patético que consideraba su desafío.
-Señorita Esposito, al parecer, debo decirlo del modo más franco posible: no la deseo. Lo que sucedió esta tarde fue un error. Uno que jamás volverá a repetirse. Y ahora, si me disculpa, tengo invitados que...
-Cobarde.
Peter se disponía a darse la vuelta para marcharse, pero al escuchar el insulto, se giró con presteza presa de una súbita furia. Lali supuso que pocas veces, por no decir ninguna, lo habían tildado de algo semejante.
-¿Qué ha dicho?
Lali tuvo que echar mano de toda su fuerza de voluntad para sostener la gélida mirada del conde.
-Está claro que tiene miedo de tocarme. Tiene miedo de no ser capaz de controlarse.
Peter meneó la cabeza y apartó la mirada de Lali como si sospechara que no había oído bien. Cuando la miró de nuevo, sus ojos reflejaban toda la animosidad que la joven le provocaba.
-Señorita Esposito, ¿tan difícil le resulta comprender el hecho de que no quiero abrazarla?
Lali se dio cuenta de que Peter no estaría dándole tanta importancia a ese asunto si estuviera del todo seguro de poder resistirse a ella. Alentada por semejante posibilidad, se acercó a él, notó que el hombre se tensaba de inmediato.
-La cuestión no es si quiere o no quiere-replicó ella-. Se trata de comprobar si es capaz de alejarse de mí una vez que me abrace.
-Increíble-dijo Peter entre dientes al tiempo que la miraba con patente hostilidad.
La muchacha se mantuvo firme y esperó a que el hombre recogiera el guante. La sonrisa se desvaneció del rostro de Lali tan pronto como Peter acortó la distancia que los separaba. Sintió que se le secaba la boca y que el corazón se le subía a la garganta. Una simple mirada a la resuelta expresión del hombre le comunicó que él estaba decidido a hacerlo. No le quedaba más remedio que intentarlo y demostrarle que estaba equivocada. Y, en caso de que así fuera, jamás sería capaz de mirarlo de nuevo a la cara.
¡Ay señor Nettle! Será mejor que su perfume mágico funcione, pensó.
Peter se acercó hasta ella y, moviéndose con manifiesta renuencia, la rodeó con los brazos. El vertiginoso ritmo que alcanzaron los latidos del corazón de Lali amenazó con dejarla sin aliento. Una de las grandes manos del conde se posó entre sus tensos omóplatos mientras que la otra la sujetaba por la base de la espalda. Peter la tocaba con un cuidado extremo, como si estuviese hecha de un material frágil. Y en cuanto comenzó a atraerla con delicadeza hacia su cuerpo, Lali sintió que su sangre se convertía en fuego líquido. Agitó las manos en busca de apoyo hasta que encontró la parte trasera de la chaqueta del conde. Extendió los dedos a ambos lados de su columna y sintió el movimiento de los duros músculos de su espalda, incluso a través de las capas de paño de seda y lino.
-¿Era esto lo que quería?-murmuró él a su oído.
El estómago de Lali se encogió al sentir el roce de su aliento sobre el nacimiento del cabello. Respondió con un mudo asentimiento alicaída y mortificada al comprender que acababa de perder la apuesta. Peter iba a demostrarle lo fácil que le resultaba apartarse de ella para después someterla a sus implacables burlas por los siglos de los siglos.
- Ya puede soltarme--susurró ella con los labios fruncidos en una mueca de desprecio hacia sí misma.
Sin embargo, Peter no se movió. Al contrario, inclinó su oscura cabeza un poco más y tomó aire por la nariz de forma entrecortada. Lali creyó que estaba oliendo el perfume que llevaba en la garganta...... Absorbiéndolo como si fuese un adicto que inhalara profundas bocanadas del humo de un narcótico.
<ú ¿<< ¿Por qué?>>
Lali perdió el hilo de sus pensamientos en cuanto sintió que las manos de Peter la sujetaban con más fuerza, lo que le causó un estremecimiento e hizo que se arqueara contra él.
-¡Maldita sea!-susurró Peter con brusquedad.
Antes de que ella adivinara lo que iba a suceder, el conde la empujó contra una de las paredes más cercanas. Su mirada, torva y acusadora, abandonó los ojos de Lali para posarse sobre sus labios entreabiertos. Tardó unos agónicos segundos en librar la silenciosa batalla que tenía lugar en su interior y, finalmente, se rindió con un súbito juramento antes de cubrir los labios de la muchacha con un movimiento impaciente.
Ajustó la inclinación de la cabeza de Lali con las manos para tener mejor acceso y procedió a besarla con suaves mordiscos, como si su boca fuese un manjar exótico digno de ser paladeado. La joven sentía las rodillas tan débiles que apenas podía mantenerse en pie. Trató de recordar que era Peter quien la besaba... Peter el hombre al que odiaba. Sin embargo, cuando la boca del conde cubrió la suya con más fuerza, no fue capaz de contenerse y comenzó a responder a sus avances. Apoyada sobre él, se puso de puntillas por instinto hasta que sus cuerpos quedaron perfectamente alineados y el palpitante vértice de sus muslos dio cobijo a la rígida protuberancia que presionaba tras los botones del pantalón de Peter. Cuando la asaltó la enormidad de lo que acababa de hacer, se sonrojó y trató de apartarse, pero él no se lo permitió. La mano del conde se cerró sobre su trasero y la sujetó al tiempo que devoraba sus labios con una sensualidad abrasadora, utilizando la lengua para acariciarla en profundidad y recorrer la húmeda suavidad del interior de su boca. A Lali le resultaba imposible respirar... y emitió un jadeo al sentir que la mano libre de Peter buscaba la parte delantera de su corpiño.
-Quiero sentirte-murmuró el conde sobre sus trémulos labios, al tiempo que tironeaba para librarse de la obstrucción que su ponía el relleno de su corsé-. Quiero besarte por todas partes..,
Lali notaba los pechos doloridos bajo las capas de ropa que se ceñían a su cuerpo. La dominaba el absurdo impulso de desgarrar el tejido acolchado del corsé y suplicarle a Peter que besara sus pechos y los acariciara para aliviar el dolor. En lugar de ceder a ese impulso, hundió los dedos en los abundantes mechones ondulados del cabello del hombre mientras él la besaba con creciente intensidad, hasta que todo pensamiento coherente la abandonó y el deseo la hizo estremecerse de los pies a la cabeza.
La embriagadora excitación cesó de improviso en el momento en que Peter apartó sus labios y la empujó contra una columna estriada. Con la respiración agitada, el conde se giró sin llegar a darle la espalda y se mantuvo inmóvil con los puños apretados a ambos lados de su cuerpo.
Tuvo que pasar bastante tiempo hasta que Lali consiguió reponerse lo suficiente como para hablar. El perfume había funcionado a la perfección, quizá demasiado bien. Su voz sonó ronca y pastosa, como si acabara de despertarse de un largo sueño.
-Bueno. Yo... supongo que esto responde a mi pregunta. Ahora... en cuanto a mi petición de apoyo...
Peter ni siquiera la miró.
-Lo pensaré-musitó antes de salir a grandes zancadas del invernadero.
continuara...
No hay comentarios:
Publicar un comentario