domingo, 22 de abril de 2012

Tercer Capitulo


Por algún milagro divino, Lali consiguió llegar a su habitación antes de que apareciera su madre con la intención de despertar a sus hijas de la siesta. Se deslizó por la puerta que estaba entreabierta, la cerró y procedió a desabotonarse con presteza la parte delantera del vestido. Daisy, que ya se había desvestido y estaba en ropa interior, fue hasta la puerta e introdujo una horquilla doblada bajo el pomo para forzar el pestillo de modo que se cerrara de nuevo.
- ¿Por qué has tardado tanto? --le preguntó a su hermana mientras hurgaba en la cerradura. -Espero que no te molestara que me marchase sin esperarte... Pensé que era mejor regresar y lavarme tan rápido como pudiera.
- No -contestó Lali de forma distraída al tiempo que se quitaba el sucio vestido. Lo dejó en el fondo del armario y cerró la puerta para ocultado.
Un repentino chasquido señaló el éxito de Daisy, que había conseguido echar de nuevo el pestillo de la puerta. Lali no perdió el tiempo: se acercó al lavamanos, echó el agua sucia a la jarra que servía para tal menester y vertió agua limpia en la jofaina. Tras lavarse la cara y las manos a la carrera, se secó con una toalla limpia. De repente, una llave giró en la cerradura y ambas hermanas se miraron con súbita alarma. Recorrieron de un salto la distancia que las separaba de sus respectivas camas y cayeron sobre los colchones en el mismo instante en que su madre entraba en la habitación. Por suerte, las cortinas estaban corridas, de modo que no había luz suficiente para que Mercedes pudiera detectar evidencia alguna de las actividades de sus hijas.
- ¿Niñas- .preguntó con suspicacia-. Ya es hora de despertarse.
Daisy se desperezó y bostezó de forma audible.
- Mmm... Qué siesta más agradable. Me siento tan descansada.. .
-Igual que yo -replicó Lali con voz pastosa; tenía la cabeza enterrada en la almohada y su corazón latía con fuerza contra el colchón.
-Es hora de que os deis un baño y os pongáis los vestidos de noche. Avisaré a las doncellas para que traigan una bañera. Daisy, te pondrás el vestido de seda amarilla. Lali, tú el verde con los broches de oro en los hombros.
-Sí, madre -dijeron ambas al unísono.
Mientras Mercedes regresaba a la habitación contigua, Daisy se sentó en la cama y observó a su hermana con curiosidad.
-¿Por qué has tardado tanto en volver?
Lali rodó sobre la cama y clavó los ojos en el techo al tiempo que reflexionaba sobre los acontecimientos que habían tenido lugar en el jardín. Todavía no podía creer que Peter, que siempre había manifestado una clara desaprobación hacia su persona, se hubiera comportado de semejante modo. No tenía sentido. El conde jamás había mostrado indicio alguno de sentirse atraído por ella. De hecho, esa tarde había sido la primera ocasión en la que ambos se habían comportado con cierto civismo el uno con el otro. I
- Peter y yo nos vimos obligados a ocultarnos durante unos minutos -se oyó decir mientras su mente seguía dando vueltas a los recuerdos-. Padre estaba entre el grupo de hombres que apareció por el camino.
-Dios mío! -Daisy, que había bajado las piernas de la cama y estaba sentada en el borde del colchón, contempló a su hermana con una expresión horrorizada-. Pero padre no te vio, ¿verdad?
-No.
-Bueno, menudo alivio... -La pequeña de las Esposito frunció ligeramente el ceño, como si percibiera que había mucho más tras las palabras de Lali-. Qué amable ha sido Peter al no delatarnos, ¿no crees?
-Sí, muy amable.
Una súbita sonrisa apareció en los labios de Daisy.
-El momento en que te estaba enseñando a batear ha sido lo mas gracioso que he visto en mi vida... ¡Estaba segura de que ibas a darle un golpe con el bate!
-Lo pensé -replicó Lali con sequedad al tiempo que se levantaba de la cama para descorrer las cortinas. Cuando retiró hacia un lado el pesado damasco a rayas, la luz de la tarde entró a raudales en la habitación y arrancó destellos a las motitas de polvo que flotaban en el aire-. Peter  siempre busca cualquier excusa para dejar patente su superioridad, ¿no te parece?
-¿Eso era lo que estaba haciendo? A mí me pareció que estaba buscando una excusa para rodearte con sus brazos.
Perpleja por el comentario, Lali miró a su hermana con los ojos entrecerrados.
-¿Por qué dices eso?
Daisy se encogió de hombros.
- Había algo en su forma de mirarte...
-¿Cómo me miraba? -exigió saber Lali, que sintió que el pánico comenzaba a recorrer su cuerpo como un millar de diminutas alas.
-Bueno, como si... estuviera interesado.
Lali ocultó su agitación tras una mirada ceñuda.
-El conde y yo no sentimos más que mutuo desprecio -replicó ella de un modo conciso-. Lo único que le interesa es un posible acuerdo comercial con padre. -Guardó silencio mientras se acercaba al tocador, donde su frasco de perfume brillaba bajo los abundantes rayos del sol. Cerró los dedos alrededor del frasquito con forma de pera y lo alzó para frotar el tapón con el pulgar en un gesto distraído-. No obstante –continuó, indecisa-, hay algo que debo contarte, Daisy. Sucedió mientras Peter y yo esperábamos tras los setos...
-¿Sí? -El rostro de Daisy se iluminó por la curiosidad.
Por desgracia, su madre eligió ese momento para regresar a la habitación, acompañada por un par de doncellas que transportaban con esfuerzo una bañera portátil para preparar el baño. Con Mercedes revoloteando por los alrededores, Lali no tuvo oportunidad alguna de hablar con su hermana en privado. Y ese hecho resultó beneficioso, puesto que así disfrutó de más tiempo para sopesar la situación. Después de guardar el frasco de perfume en el ridículo que pensaba llevar esa noche, se preguntó si en verdad Peter se habría visto afectado por el perfume. Lo que estaba claro era que algo lo había impulsado a comportarse de una manera tan extraña. Y, a juzgar por la expresión de su semblante cuando comprendió lo que había hecho, resultaba evidente que su propio comportamiento lo había escandalizado.
Lo más lógico que podía hacer era evaluar la efectividad del perfume. Realizar una comprobación sobre el terreno, por así decirlo. Una sonrisa ladina curvó sus labios al pensar en sus amigas, que muy probablemente se mostrarían bastante dispuestas a colaborar en un par de experimentos.
Las floreros se habían conocido hacía casi un año, gracias a que siempre se sentaban en las sillas del fondo durante los bailes. Al mirar atrás, Lali no acababa de entender por qué habían tardado tanto en establecer una amistad. Tal vez una de las razones estuviera relacionada con el hecho de que Annabelle fuese tan hermosa, con ese cabello del color de la miel oscura, esos brillantes ojos azules y esa figura curvilínea y voluptuosa. Resultaba difícil creer que semejante diosa se mostrara dispuesta a entablar una amistad con simples mortales. Evangeline Jenner, en cambio, era increíblemente tímida y padecía una tartamudez que dificultaba muchísimo cualquier intento de conversación.
No obstante, cuando por fin resultó evidente para todas ellas que jamás lograrían librarse del estatus de «floreros» por sí solas, se aliaron con el fin de ayudarse las unas a las otras en la búsqueda de marido, comenzando por Annabelle. Sus esfuerzos combinados habían dado frutos y Annabelle había conseguido un marido, si bien Simón Hunt no era el aristócrata que tenía pensado atrapar en un principio. Lali se veía obligada a admitir que, pese a los recelos iniciales que le provocara ese matrimonio, su amiga había hecho lo correcto al casarse con Simón Hunt. En esos momentos, puesto que era la florero soltera de mayor edad, le había llegado el turno a ella.

Las hermanas Esposito se bañaron y se lavaron el cabello para después acomodarse en rincones separados de la habitación mientras las doncellas las ayudaban a vestirse. Siguiendo las instrucciones de su madre, Lali se puso un vestido de seda de un pálido color verde jade, con mangas abullonada y cortas y un corpiño que quedaba sujeto sobre los hombros con un par de broches de oro. Uno de esos detestables corsés había reducido su cintura cinco centímetros, mientras que un poco de relleno en la parte superior conseguía realzar sus pechos con el fin de formar un escote aceptable. La condujeron hasta el tocador, donde permaneció sentada entre respingos y muecas de dolor mientras la doncella le cepillaba el cabello para deshacer todos los enredos y lo recogía sobre la coronilla en un elaborado peinado que le dejó dolorido el cuero cabelludo. Daisy, entretanto, fue sometida a una tortura semejante: le apretaron las cintas del corsé, le colocaron el relleno bajo el pecho y le abotonaron un vestido color crema, adornado con un encaje fruncido en el corpiño.
Su madre, que no dejaba de revolotear de un lado a otro, murmuraba con ansiedad un torrente de instrucciones acerca del comportamiento decoroso.
-... Y recordad que a los caballeros ingleses no les gustan las jóvenes que hablan en exceso y que tampoco les interesa vuestra opinión. Por tanto, quiero que ambas os comportéis con tanta docilidad y discreción como os sea posible. ¡Y ni se os ocurra mencionar deporte alguno! Es posible que un caballero parezca divertido al oíros hablar acerca del rounders o cualquier otro deporte al aire libre, pero, en el fondo, desprecian a cualquier jovencita que se interese por asuntos masculinos. Y si un caballero os hace una pregunta personal, encontrad el modo de darle la vuelta a la situación para que así tenga la oportunidad de contaros sus experiencias...
-Una nueva y excitante velada en Stony Cross Park... - murmuró Lali.
Su hermana debió de escucharla, porque se oyó una risilla sofocada procedente del otro extremo de la habitación.
- ¿Qué ah sido eso?-preguntó Mercedes con sequedad- ¿Estás prestando atención a mis consejos, Daisy?.
- Si, madre. Durante un momento me resultó imposible respirar. Creo que mi corsé está demasiado ceñido.
-En ese caso, procura no respirar tan hondo.
- ¿No podríamos aflojarlo un poco?
-No. Los caballeros británicos prefieren a las jóvenes de cintura estrecha. ¿Por dónde iba? ¡Ah, sí! En el caso de que durante la cena se produzca un silencio...
Lali clavó los ojos en el espejo y soportó como pudo el sermón que, sin lugar a dudas, Mercedes repetiría en varias ocasiones y de todas las formas posibles durante su estancia en la propiedad de Peter. La inquietaba la idea de enfrentarse al conde esa noche. La imagen de ese rostro atezado cerniéndose sobre ella cruzó su mente y tuvo que cerrar los ojos.
-Lo siento, señorita -se disculpó la doncella, quien dio por sentado que debía de haber sujetado un mechón de cabello con excesiva tirantez.
-No pasa nada -respondió Lali con una sonrisa afligida-Tira todo lo que necesites. Tengo la cabeza muy dura.
-Ése es el eufemismo del siglo... -fue el comentario de Daisy, que aún seguía al otro lado de la habitación.
Mientras la doncella continuaba retorciendo y sujetando los mechones con las horquillas, los pensamientos de Lali volaron de nuevo a Peter. ¿Intentaría fingir que el beso tras el seto jamás había ocurrido? ¿O tal vez decidiría discutir la cuestión con ella? Mortificada ante semejante posibilidad, se dio cuenta de que necesitaba hablar con Annabelle, quien había llegado a conocer al conde en profundidad desde que se casara con Simón Hunt, el mejor amigo de Peter.
Justo cuando la doncella colocaba la última horquilla en su peinado, se oyó un toquecito en la puerta. Daisy, que se estaba colocando los guantes blancos largos, se apresuró a contestar, ignorando las protestas de Mercedes, que exigía que fuese una de las doncellas quien atendiera la puerta. Nada más abrir, la pequeña de las Esposito lanzó una exclamación de júbilo al encontrarse con Annabelle Hunt.Lali se levantó de la silla del tocador y se abalanzó hacia ellas, con lo que las tres acabaron abrazadas. Habían pasado unos cuantos días desde que se vieran en el Rutledge, el hotel londinense donde ambas familias residían. Los Hunt se mudarían en breve a la nueva casa que les estaban construyendo en Mayfair, pero, entretanto, las muchachas se visitaban en sus habitaciones a la menor oportunidad. Mercedes protestaba de vez en cuando, preocupada al parecer por la mala influencia que Annabelle pudiera ejercer sobre sus hijas... una afirmación de lo más graciosa, puesto que está claro que era justo al contrario.
Annabelle tenía un aspecto arrebatador, como era habitual en ella. Iba ataviada con un vestido de satén azul pálido que se ajustaba a la perfección a su figura curvilínea y que se cerraba en la parte delantera con un cordoncillo de seda a juego. El tono del vestido intensificaba el azul de sus ojos y realzaba su tez, clara y sonrosada.
Annabelle retrocedió para contemplar a sus dos amigas con una sonrisa resplandeciente.
- ¿Qué tal el viaje desde Londres? ¿Habéis tenido ya alguna aventura? No, no es posible, lleváis aquí menos de un día...
-Puede que sí--murmuró Lali con cautela, consciente del agudo sentido del oído de su madre-. Hay algo de lo que quiero hablarte...
-Niñas!-las interrumpió Mercedes con un grito estridente que dejaba clara su desaprobación-. No habéis terminado de prepararos para la velada.
-¡Yo ya estoy lista, madre! -exclamó Daisy sin dilación-Mira. Todo en su sitio. Hasta me he puesto los guantes.
-Yo sólo necesito mi bolso -añadió Lali, que corrió hacia el tocador para coger el ridículo de color crema-. ¿Ves? Ya estoy lista también.
Consciente de la antipatía que suscitaba en Mercedes, Annabelle esbozó una sonrisa agradable.
- Buenas tardes, señora Esposito. Esperaba que les diera permiso a Lali y Daisy para acompañarme a la planta baja.
-Me temo que tendrán que esperar a que yo esté preparada- replicó Mercedes con voz gélida-. Mis dos inocentes niñitas necesitan la supervisión de una carabina apropiada.
-Annabelle será nuestra carabina -sugirió Lali con jovialidad-. Ahora es una respetable mujer casada, ¿recuerdas?
-He dicho una carabina «apropiada»... -señaló Mercedes sin éxito alguno, ya que sus protestas se vieron cortadas de raíz cuando las tres muchachas salieron de la habitación y cerraron la puerta tras ellas.
-¡Dios mío!-exclamó Annabelle entre risas- Ésta ha sido la primera vez que alguien se refiere a mí como una «respetable mujer casada». Hace que parezca aburrida, ¿verdad?.
-Si fueses aburrida-contestó Lali, que enlazó uno de sus brazos con el de Annabelle mientras caminaban por el pasillo-, a madre no le importaría que nos acompañaras.
-Y nosotras no querríamos saber nada de ti -añadió Daisy.
Annabelle sonrió.
-De todos modos, si voy a ser la carabina oficial de las floreros, debería dejar claras unas cuantas reglas de conducta. En primer lugar, si algún caballero joven y apuesto sugiere una escapadita al jardín a solas.....
- ¿Deberíamos negarnos?-preguntó Daisy.
-No. Debéis aseguraros de informarme, de modo que pueda encubriros. Y si se diera el caso de que escucharais algún cotilleo escandaloso del todo inapropiado para vuestros inocentes oídos...
- ¿Deberíamos ignorarlo?
-No. Debéis estar atentas a cada palabra para contármelo después.
Lali esbozó una sonrisa y se detuvo en la intersección de dos pasillos.
- ¿Buscamos a Evie? Éste no será un encuentro oficial de floreros hasta que ella no esté presente. .
-Evie ya está abajo con su tía Florence--replicó Annabelle.
Ambas hermanas soltaron una exclamación de entusiasmo ante semejantes noticias.
- ¿Cómo está? ¿Qué aspecto tiene?
- ¡Hace siglos que no la vemos!
-Evie tiene muy buen aspecto -respondió Annabelle en un tono más moderado-, aunque está un poco más delgada. Y, tal vez, un tanto deprimida.
- ¿Y quién no lo estaría después del modo en que la han tratado? -replicó Lali, irritada.
Habían pasado varias semanas desde la última vez que cualquiera de ellas viera a Evie, ya que la familia de su difunta madre la había mantenido recluida en casa. Bastante frecuente que la encerraran como castigo por nimiedades y sólo la dejaban salir bajo la estricta supervisión de su tía Sus amigas habían hablado muchas veces de que el hecho de vivir bajo la tutela de unos familiares tan desagradables y poco cariñosos había contribuido de manera considerable a las dificultades de Evie para hablar. Por irónico que pareciese, de todas las floreros, ella era la única que no merecía sufrir unas reglas tan estrictas. La muchacha era tímida por naturaleza y respetaba la autoridad de modo instintivo. Por la información que habían podido reunir, la madre de Evie había sido la rebelde de la familia y se había casado con un hombre muy por debajo de sus posibilidades. Tras morir al dar a luz a Evie, la familia se había encargado de hacer pagar a la muchacha la desobediencia de su madre. Por si fuera poco, su padre, a quien Evie apenas tenía la oportunidad de ver, gozaba de una salud muy precaria y no viviría mucho más tiempo.
-Pobre Evie-continuó Lali de mal humor-. Casi estoy por cederle mi lugar en la lista de las floreros para que sea ella quien se case. Necesita huir de su casa mucho más que yo.
- Evie aún no está preparada -afirmó Annabelle con una certeza que dio a entender que ya había sopesado la cuestión con anterioridad-. Está esforzándose para librarse de su timidez, pero, hasta ahora, sigue sin ser capaz de entablar una conversación con un caballero. Además... -sus ojos se iluminaron con una mirada traviesa al tiempo que pasaba el brazo por la estrecha cintura de Lali-.. Eres demasiado mayor para esperar por más tiempo, querida.
Corno respuesta, Lali fingió una mirada desabrida que provocó las carcajadas de Annabelle.
-¿Qué era eso que tenías que contarme?-le preguntó.
Lali hizo un gesto negativo con la cabeza.
-Vamos a esperar a que Evie esté con nosotras o tendré que repetirlo todo.
Siguieron su camino a través del circuito de habitaciones de la planta inferior, donde los invitados paseaban de un lado a otro en elegantes grupos. Ese año estaba de moda el color, al menos en lo que a los atuendos femeninos se refería, por lo que las ricas tonalidades de los vestidos conferían a la reunión el aspecto de una nube de mariposas. Los hombres iban ataviados con el clásico taje negro acompañado de camisa blanca; la única variación consistía en las sutiles diferencias entre los sobrios estampados de sus chalecos y corbatas.
-¿Dónde está el señor Hunt?-le preguntó Lali a Annabelle.
Ésta esbozó una media sonrisa ante la mención de su esposo.
-Sospecho que está reunido con el conde y varios de sus amigos-Su mirada se tornó más dura en cuanto vislumbró a Evie-. Allí está Evie. Y, por suerte, parece que la tía Florence no revolotea a su alrededor como de costumbre.
Evie, que contemplaba con expresión ausente un paisaje al óleo de marco dorado mientras esperaba, parecía hallarse perdida en sus pensamientos. Esa postura de hombros caídos le confería toda la apariencia de ser un cero a la izquierda... Resultaba evidente que no se sentía parte de la reunión y que no tenía deseos de integrarse. Pese a que nadie parecía prestarle atención el tiempo suficiente como para darse cuenta, Evie era muy hermosa; tal vez incluso más que Annabelle... pero de una manera muy poco convencional. Era pecosa, pelirroja y tenía unos enormes ojos azules y unos labios llenos y expresivos que estaban completamente pasados de moda. Su bien dotada figura resultaba despampanante, aunque los recatados vestidos que la obligaban a llevar no la favorecían en absoluto, Y, para empeorarlo todo, esa costumbre de encorvar los hombros la ayudaba bien poco a lucir sus encantos.
Lali, que se había adelantado con sigilo, sorprendió a Evie cuando la tomó de la mano y le dio un tirón.
-Ven-susurró.
Los ojos de Evie se iluminaron al verla. Dudó un segundo antes de echar un vistazo hacia donde se encontraba su tía, que hablaba con algunas viudas en un rincón. Tras asegurarse de que Florence estaba demasiado absorta en la conversación como para percatarse de su ausencia, las cuatro muchachas salieron del salón sin llamar la atención y corrieron por el pasillo como si fueran un grupo de prisioneras fugadas.
-¿Adónde vamos?-preguntó Evie en un susurro.
-A la terraza trasera-contestó Annabelle.
Una vez que llegaron a la parte posterior de la casa, salieron a la amplia terraza embaldosada a través de unas puertas francesas, Desde la terraza, que se extendía de un lado a otro de la mansión, podían verse los extensos jardines que habías más abajo el paisaje parecía sacado de un cuadro: huertas, paseos bien cuidados y parterres de flores exóticas que conducían hacia el bosque y, de fondo, el río Itchen, que discurría por un barranco cercano que estaba delimitado por una verja de hierro.
Lali se giró hacia Evie para abrazarla.
-¡Evie, te he echado tanto de menos!-exclamó-. Si supieras todos los planes absurdos que hemos tramado para rescatarte de tu familia... ¿Por qué no nos han permitido verte?
-Me de-des-desprecian-contestó Evie con voz apagada-. Hasta hace poco, no me había dado cuenta de lo mu-mucho que me odian. Todo comenzó cuando intenté ver a mi padre. Cuando me pillaron, me encerraron durante días en mi habitación, sin a-apenas comida ni agua. Me dijeron que era una desagradecida, una desobediente y que por fin mi mala sangre había salido a la luz. Para ellos so-solo soy una espantosa equivocación de mi madre. Tía Florence dice que yo tengo la culpa de que muriera.
Horrorizada, Lali se alejó un poco para mirarla a los ojos.
- ¿Eso te ha dicho? ¿Con esas palabras?
Evie' asintió con la cabeza.
Sin pensarlo dos veces, Lali dejó escapar una ristra de juramentos que hicieron palidecer a Evie. Uno de los logros más discutibles de la muchacha era su habilidad para maldecir con la misma fluidez de un marinero, arte que había aprendido durante el tiempo que pasara con su abuela, quien en una época había trabajado como lavandera en los muelles del puerto.
-Ya sé que no es ver-verdad -murmuró Evie-. Es decir, sí es cierto que mi-mi madre murió en el parto, pero sé que yo no tuve la culpa.
Sin apartar el brazo de los hombros de Evie, Lali la acompañó a una mesa cercana. Annabelle y Daisy las siguieron.
-Evie, ¿qué podemos hacer para alejarte de esa gente?
La muchacha se encogió de hombros en un gesto de impotencia.
-Mi padre está muy en-enfermo. Le he preguntado si puedo irme a vivir con él, pero se niega. Y está demasiado débil como para evitar que los miembros de la familia de-de mi madre vuelvan a llevarme con ellos
Las cuatro muchachas guardaron silencio durante un momento. La desagradable realidad era que, pese a que Evie tenía edad suficiente para abandonar la tutela de su familia si así lo deseaba, una mujer soltera se encontraba en una posición muy precaria. Evie no heredaría la fortuna de su padre hasta que éste muriera y, mientras tanto, no tenía medio alguno para sobrevivir.
-Puedes venirte a vivir conmigo y con el señor Hunt al Rutledge-dijo Annabelle de repente, con una firme determinación en la voz-. Mi marido no permitirá que nadie te lleve a la fuerza. Es un hombre poderoso y...
-No.-Evie negó con la cabeza antes de que Annabelle hubiera acabado la frase-. Nun-nunca te haría algo así... una imposición semejante sería tan... Jamás. Además, ya sabes lo extraño que pa-parecería... Los comentarios que habría...-Agitó la cabeza con un gesto de desamparo-. He estado pensando en algo... Mi tía Florence cree que debe-debería casarme con su hijo, el primo Eustace. No es un mal hombre... y eso me permitiría vivir lejos de mi familia.
Annabelle arrugó la nariz.
-Mmm... Sé que ese tipo de cosas se sigue haciendo todavía; el matrimonio entre primos hermanos, quiero decir. Pero parece un poco incestuoso, ¿no creéis? Cualquier parentesco entre una pareja es tan... ¡puja!
-Esperad un momento-intervino Daisy con actitud recelosa mientras se acercaba a Lali-. Nosotras conocemos al primo Eustace. Lali, ¿ te acuerdas del baile en casa de los Winterbourne? -Entrecerró los ojos de forma acusadora-. Fue el que rompió la silla, ¿no es cierto, Evie?
Evie respondió a la pregunta de Daisy con un murmullo ininteligible.
-¡Dios santo!-exclamó Lali-. ¡No puedes estar pensando en casarte con él, Evie!
El rostro de Annabelle reflejaba la perplejidad que sentía.
-¿Cómo rompió la silla? ¿Tiene un temperamento agresivo? ¿Es que la lanzó al aire?
-La rompió al sentarse...- contestó Lali, enfurruñada.
-El primo Eustace es de con-constitución fuerte-admitió Evie.
-El primo Eustace tiene más barbillas que dedos tengo yo en las manos -replicó Lali con impaciencia-. Y estaba tan ocupado llenándose la boca la boca durante el baile que le resultó imposible de detenerse a entablar una conversación.
-Cuando fui a estrecharle la mano para saludarlo -añadió Daisy-, acabé con un ala de pollo asado a medio comer entre los dedos.
-Se le olvidó que la tenía-dijo Evie a modo de excusa-. Si mal no recuerdo, dijo que sentía mucho haber arruinado tu guante.
Daisy frunció el ceño.
-Eso no me molestó tanto como el hecho de imaginarme dónde habría ocultado el resto del pollo.
Tras reconocer la desesperada súplica que Evie le hacía con la mirada, Annabelle intentó calmar los agitados ánimos de las Esposito.
-No tenemos mucho tiempo-comentó-. Dejaremos la discusión sobre el primo Eustace para cuando no haya prisa. Entretanto, Lali querida, ¿no tenías algo que contarnos?
La maniobra de distracción resultó de lo más efectiva. Lali, que se había ablandado al ver el semblante descompuesto de Evie, abandonó por el momento el tema de Eustace y les indicó a todas que tomaran asiento alrededor de la mesa.
-Todo comenzó con una visita a una perfumería londinense...
Acompañada por los ocasionales comentarios de Daisy, Lali describió la visita a la perfumería del señor Nettle, el perfume que compró y las supuestas propiedades mágicas que se le atribuían.
-Interesante-comentó Annabelle, que la miraba con una sonrisa escéptica-. ¿Lo llevas ahora? Déjame olerlo.
-Dentro de un momento. Aún no he acabado de contar la historia.- Tras sacar de su bolso el frasco de perfume, Lali lo colocó en el centro de la mesa, donde la débil luz del farol que iluminaba la terraza arrancó destellos al cristal-. Tengo que contaros lo que me ha pasado hoy.- Y procedió a relatarles la historia del improvisado partido de rounders que había tenido lugar tras el patio del establo, así como la inesperada aparición de Peter.
Annabelle y Evie la escucharon con incredulidad y ambas abrieron los ojos de par en par al escuchar que el conde había participado en el partido
-Bueno a mí no me sorprende en absoluto que a lord Lanzani le guste el rounders-comentó Annabelle-. Es un adicto a cualquier actividad al aire libre. No obstante, el hecho de estar tan dispuesto a Jugar contigo...
En el rostro de Lali apareció una súbita sonrisa.
-Está claro que su desagrado quedó empañado por el apabullante impulso de señalarme todo lo que estaba haciendo mal. Comenzó indicándome el modo correcto de girar el bate y después...-La sonrisa se desvaneció y, al instante, fue consciente de que un incómodo rubor se extendía con rapidez por su rostro.
-Después te rodeó con los brazos-prosiguió Daisy, rompiendo el silencio expectante que se había apoderado de la mesa.
-¿Que el conde hizo qué? -preguntó Annabelle con la boca abierta por la sorpresa.
-Sólo para demostrarme el modo correcto de sujetar el bate. -Las oscuras cejas de Lali estuvieron a punto de unirse sobre el puente de la nariz-. De todos modos, lo que ocurrió durante el partido no tiene importancia. Lo sorprendente fue lo que sucedió después. Peter nos acompañó a Daisy ya mí de vuelta a la mansión por el camino más corto, pero tuvimos que separarnos cuando nuestro padre y algunos de sus amigos aparecieron de repente. Daisy se escabulló hacia la casa, mientras que el conde y yo nos vimos obligados a esperar detrás del seto. Y estando allí juntos...
Las restantes floreros se inclinaron hacia delante y tres pares de ojos se clavaron en Lali sin apenas parpadear.
-¿Qué sucedió?--preguntó Annabelle.
Lali sintió que el rubor le llegaba a las orejas y le costó un enorme esfuerzo pronunciar las siguientes palabras. Sin apartar la mirada del frasco de perfume, murmuró:
-Me besó.
-¡Dios Santo! -exclamó Annabelle al tiempo que Evie, muda por el asombro, contemplaba a Lali.
-¡Lo sabía! -dijo Daisy-. ¡Lo sabía!
-¿Cómo que lo...?-comenzó Lali a discutir con su hermana, pero fue interrumpida por las ansiosas preguntas de Annabelle.
-¿Una vez? ¿Más de una vez?
Al rememorar la erótica concatenación de besos, el rubor de Lali se intensificó aún más.
-Más de una vez -admitió.
-¿Có-cómo fue?-preguntó Evie.
Por alguna razón, a Lali no se le había ocurrido pensar que sus amigas exigirían un informe completo acerca de las proezas sexuales de lord Lanzani. Molesta por el persistente rubor que le estaba achicharrando las orejas, las mejillas y la frente, rebuscó en su mente algún detalle con el que contentarlas. Por un momento, el recuerdo físico de Peter regresó a su cabeza con sorprendente claridad; la dureza de su cuerpo, sus labios ardientes e indagadores... Se le encogió el estómago como si acabara de convertirse en una masa de metal fundido y, de repente, se vio incapaz de admitir la verdad.
-Horroroso -mintió sin dejar de mover los pies por debajo de la mesa-. No he conocido jamás a un hombre que bese peor que Peter.
-Ooooh... -exclamaron Daisy y Evie al unísono, profundamente desilusionadas.
Annabelle, por el contrario, observó a Lali con manifiesto escepticismo.
-Qué raro. Según los rumores, Peter es un experto a la hora de dejar satisfechas a las mujeres.
Lali contestó con un gruñido evasivo.
-De hecho-prosiguió Annabelle-, hace poco menos de una semana asistí a una partida de cartas y una de las mujeres que había en mi mesa afirmó que Peter era tan fantástico en la cama que la había dejado arruinada para cualquier futuro amante.
-¿Quién dijo eso?- exigió saber Lali.
No puedo decírtelo -contestó Annabelle-. Fue una confidencia.
-No me lo creo -refunfuñó Lali -. Incluso en los círculos en los que te mueves, nadie sería tan desvergonzado como para hacer semejante afirmación en público.
- Siento no estar de acuerdo.-Annabelle la observó con aire de superioridad. Las mujeres casadas escuchan comentarios mucho más interesantes que las chicas solteras.
- ¡Diantres!- exclamó Daisy, sin ocultar la envidia.
Se hizo de nuevo el silencio mientras los traviesos ojos de Annabelle se clavaban en una ceñuda Lali. Para mortificación de ésta, ella fue la primera en apartar los ojos.
-Desembucha-la apremió Annabelle, cuya voz no podía disimular la risa contenida-. Di la verdad: ¿tan mal besa Peter?
-¡Está bien! Supongo que puede considerarse pasable...-admitió Lali a regañadientes-. Pero ésa no es la cuestión.
Evie, que tenía los ojos abiertos como platos por la curiosidad habló en ese momento:
-¿y cuál es la cuestión?
-Que Peter se vio impelido a... besar a una chica que detesta, es decir, a mí, por culpa del olor de... ¡este perfume! -concluyó al tiempo que señalaba el brillante frasquito.
Las cuatro muchachas contemplaron el bote con evidente asombro.
-No me lo creo-replicó Annabelle.
-En serio-insistió Lali.
Daisy y Evie permanecieron en un silencio expectante mientras miraban de forma alternativa a Lali y a Annabelle, como si estuviesen presenciando un partido de tenis.
-Lali, resulta de lo más sorprendente que tú, la chica más pragmática que he conocido en toda mi vida, afirmes tener un perfume con propiedades afrodisíacas.
-Afro... qué?
-Una poción de amor--explicó Annabelle-. Lali, si lord Westcliff demostró algún tipo de interés por ti, no fue a causa de tu perfume.
-¿y qué te hace estar tan segura?
Annabelle arqueó las cejas.
-¿Ha provocado el perfume una reacción semejante en cualquier otro hombre con el que tengas relación?
-No; al menos no lo he notado-admitió Lali de mala gana
-¿Cuánto tiempo hace que lo usas?
-Hace una semana, pero...
-¿y el conde ha sido el único con el que parece haber funcionado?
-Hay otros hombres que sucumbirán a su efecto-insistió Lali-. Lo que: ocurre es que no han tenido la oportunidad de olerlo todavía.-Consciente de las miradas incrédulas de sus amigas, exhaló un suspiro-. Sé que suena raro. Yo no me creía una sola palabra de lo que dijo el señor Nettle sobre el perfume hasta hoy mismo. Pero os prometo que en el mismo instante en que el conde olió el perfume....
Annabelle la miró con expresión pensativa, preguntándose si sería cierto lo que afirmaba.
Evie rompió el silencio.
- ¿Púe-puedo verlo, Lali?
-Por supuesto.
Evie, que había cogido el frasco como si fuese algún tipo de explosivo altamente inestable, apartó el tapón, lo alzó hasta su pecosa nariz y lo olió.
-Yo no-no siento nada.
- ¿Funcionará sólo en los hombres?-se preguntó Daisy en voz alta.
-Lo que yo me pregunto es... -comenzó a decir Lali muy despacio- si Peter se sentiría tan atraído en el caso de que alguna de vosotras utilizara el perfume.- Y miró directamente a Annabelle mientras hablaba.
Al intuir lo que estaba a punto de pedirle, el semblante de Annabelle adquirió una cómica expresión de horror.
-Ni hablar!--exclamó al tiempo que agitaba vigorosamente la cabeza-.Soy una mujer casada, Lali; estoy muy enamorada de mi marido y... ¡no tengo La más mínima intención de seducir a su mejor amigo!
-No tendrías que seducirlo, por supuesto--la tranquilizó Lali -. Lo único que tendrías que hacer es ponerte unas gotas de perfume y colocarte a su lado para ver si él lo percibe.
-Yo lo haré- se ofreció Daisy entusiasmada- De hecho propongo que todas nos pongamos una gotas de perfume e investiguemos si nos confiere un atractivo especial para los hombres.
La idea hizo que Evie soltara una carcajada y que Annabelle pusiera los ojos en blanco.
-No puedes estar hablando en serio.
Lali les dedicó una sonrisa temeraria.
-No va a pasar nada malo, ¿cierto? Consideradlo como un experimento científico. Lo único que estaréis haciendo es recopilar datos para demostrar una teoría.
De los labios de Annabelle escapó un gruñido al ver que las dos muchachas más jóvenes se ponían unas gotas de perfume.
-Es lo más absurdo que he hecho en la vida--afirmó-. Es incluso más absurdo que jugar al rounders en calzones.
-Pololos -la corrigió Lali sin pérdida de tiempo, continuando de ese modo el largo debate que mantenían acerca del nombre apropiado para denominar la susodicha prenda.
-Dame eso, anda. -Con una expresión de profunda resignación, Annabelle extendió la mano para coger el frasco y dejó caer unas gotitas de fragante perfume sobre la yema de un dedo.
-Ponte un poco más-le aconsejó Lali, que observó con satisfacción cómo Annabelle se aplicaba el perfume tras las orejas-.Y échate un poco en el cuello.
-No suelo utilizar perfume -confesó Annabelle-. Al señor Hunt le gusta el olor de la piel limpia.
-Tal vez le guste éste. «Dama de la Noche», se llama.
Annabelle la miró horrorizada.
-¿Así se llama?
-Le pusieron el nombre de una orquídea que florece durante la noche –explicó Lali.
-¡Cielo santo! -exclamó Annabelle con ironía-. Pensé que lo habían llamado así en honor a una ramera.
Haciendo caso omiso del comentario, Lali le arrebató el frasquito. Tras aplicarse unas gotas en el cuello y en las muñecas, volvió a guardarlo en su bolso y se puso en pie.
-Y, ahora, vamos en busca de Peter -anunció exultante mientras recorría con la mirada a las flor

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