Por desgracia, las noticias del altercado entre Lali y lord Lanzani se extendieron con rapidez por toda la casa. Apenas entrada la tarde ya había llegado a oídos de Mercedes Esposito, y el resultado no fue muy agradable. Con los ojos como platos y sin dejar de chillar, Mercedes se paseaba de un lado a otro por delante de su hija en el dormitorio.
-Tal vez las cosas no habrían llegado a ese extremo si te hubieras limitado a hacer un comentario inapropiado en presencia de lord Lanzani- gritó con furia Mercedes mientras sus delgaduchos brazos se batían en gestos desesperados-. Pero no, tenías que discutir con el conde y después desobedecerlo delante de todos... ¿Te das cuenta de cómo nos has hecho quedar? No sólo has arruinado tus posibilidades de matrimonio, ¡sino también las de tu hermana!, ¿Quién querría emparentarse por matrimonio con una familia que se ve en la obligación de reconocer a una... a una palurda como uno de sus miembros?
Con un aguijonazo de vergüenza, Lali le dirigió una mirada de disculpa a Daisy, que se encontraba sentada en el rincón. Su hermana sacudió la cabeza ligeramente para asegurarle que no pasaba nada.
- Si insistes en comportarte como una salvaje--continuó Mercedes-¡me veré obligada a tomar medidas drásticas, Lali Odelle!
Lali se hundió aún más en el canapé al escuchar su odiado segundo nombre, cuyo uso siempre era el heraldo que anunciaba algún castigo espantoso.
-Durante la próxima semana, no saldrás de esta habitación a menos que lo hagas en mi compañía -dijo Mercedes con voz severa-. Controlaré cada uno de los pasos que des, de los gestos que hagas y de las palabras que salgan de tu boca hasta asegurarme de que se puede confiar en que te comportarás como un ser humano razonable. Será un castigo compartido, porque te aseguro que tu compañía me resulta tan poco placentera como a ti la mía. Sin embargo, no queda otro remedio. Y si te oigo protestar lo más mínimo, doblaré el castigo y haré que sean quince días. Durante los momentos en los que no te encuentres bajo mi supervisión, permanecerás en este cuarto, ya sea leyendo o meditando acerca de tu desacertada conducta. ¿Me has comprendido, Lali?
-Sí, madre.
La perspectiva de ser controlada tan de cerca durante una semana hizo que Lali se sintiera como un animal enjaulado. Reprimió un aullido de protesta y se concentró con rebeldía en el estampado floreado de la alfombra.
-Lo primero que harás esta noche-prosiguió Mercedes con los ojos resplandecientes en su delgado y pálido rostro- será disculparte con lord Lanzani por los problemas que le has causado hoy. Y lo harás en mi presencia, de modo que yo pueda...
-De eso nada... -Lali se enderezó en su asiento y miró a su madre con manifiesta rebeldía-. No. No hay manera de que tú ni nadie pueda obligarme a pedirle disculpas. Antes prefiero morir.
-Harás lo que te digo. -La voz de Mercedes se convirtió en una especie de gruñido-. Te disculparás con el conde con total humildad, ¡O no abandonarás esta habitación durante lo que nos queda de estancia!
Cuando Lali abrió la boca para hablar, Daisy se apresuró a interrumpirla.
-Madre, ¿puedo hablar con Lali a solas, por favor? Sólo será un momento. Por favor...
Mercedes les dirigió una dura mirada a sus dos hijas, sacudió la cabeza como si se preguntara por qué había sido maldecida con muchachas tan insoportables y salió a grandes zancadas de la habitación
-Esta vez está enfadada de verdad -murmuró Daisy para romper el peligroso silencio que había seguido a su intervención-. Jamás había visto a madre en semejante estado. Debes hacer lo que te pide.
Lali la miró con una sensación de furia e impotencia.
-¡No me disculparé ante ese asno arrogante!
-Lali, no te costaría nada. Tan sólo pronuncia las palabras. No tienes por qué decirlas en serio. Limítate a decir: «Lord Lanzani, siento...»
-No lo haré -replicó Lali con terquedad-. Y sí que me costaría algo: mi orgullo.
-¿Y merece la pena quedarse encerrada en esta habitación y perderse las cenas y veladas que disfrutarán todos los demás? ¡No seas testaruda, por favor! Lali, te prometo que te ayudaré a idear una horrible venganza contra lord Lanzani... algo realmente perverso; pero, de momento, tendrás que hacer lo que te pide madre. Puede, que pierdas una batalla, pero acabarás ganando la guerra. Además...-Daisy buscó con desesperación algo más que decir-Además, nada le gustaría más a lord Lanzani que el hecho de que permanezcas encerrada durante toda la visita. No podrías molestarlo ni atormentarlo. Ojos que no ven, corazón que no siente. ¡No le des esa satisfacción, Lali!
Tal vez aquél fuera el único argumento con el poder suficiente para convencerla. Lali frunció el ceño y contempló el pequeño rostro marfileño de su hermana, con esos inteligentes ojos tan oscuros como las cejas, que quizás estuvieran marcadas en exceso. No por primera vez, se preguntó cómo era posible que la persona más dispuesta a unirse a sus correrías fuera también la única capaz de hacerle recuperar la cordura sin apenas esfuerzo. Mucha gente se dejaba engañar por los innumerables momentos en los que Daisy desplegaba su actitud extravagante, sin llegar a sospechar jamás el implacable sentido común que yacía bajo su fachada élfica.
-Está bien-dijo con rigidez-. Aunque es muy probable que me atragante con las palabras.
Daisy dejó escapar un suspiro de alivio.
-Yo actuaré como tu intermediaria. Le diré a madre que estás de acuerdo y que ya no debe reprenderte más porque de lo contrario es posible que cambies de opinión.
Lali se dejó caer en su asiento y trató de imaginarse la engreída satisfacción que manifestaría Peter cuando se viera obligada pedirle disculpas. Maldición, iba a resultar insoportable. Hirviendo de furia, se entretuvo planeando una serie de complicadas venganzas contra el conde que finalizaban con la imagen del hombre pidiendo clemencia.
Una hora más tarde, la familia Esposito -con Thomas Esposito al frente-salió del dormitorio en grupo. Su destino final era el comedor, donde iba a tener lugar otra grandilocuente cena de cuatro horas. Puesto que acababa de ser informado del comportamiento vergonzoso de su hija, Thomas se encontraba en un estado de furia apenas contenida y su bigote tenía un aspecto encrespado sobre el rictus decidido de los labios.
Ataviada con un vestido de seda de color lavanda ribeteado con chorreras de encaje blanco en el corpiño y mangas cortas abullonadas, Lali caminaba con resolución tras sus progenitores mientras las iracundas palabras de su padre llegaban flotando hasta ella.
-El momento en que te conviertas en un obstáculo para uno de mis posibles negocios será justamente el momento en que te enviaré de vuelta a Nueva York. Hasta ahora, toda esta caza de maridos en Inglaterra ha demostrado ser costosa e improductiva. Te lo advierto, hija, si tus acciones han arruinado mis negociaciones con el conde...
-Estoy segura de que no ha sido así -interrumpió Mercedes con nerviosismo al ver que sus sueños de adquirir un yerno con título se tambaleaban como una taza de té al borde de la mesa-. Lali se disculpará con lord Lanzani, querido, y eso arreglará las cosas. Ya lo verás. -Se retrasó un paso para echarle una mirada amenazadora a su hija mayor por encima del hombro.
Una parte de Lali quería acurrucarse en algún rincón y dejar que los remordimientos la consumieran, pero otra parte estaba a punto de explotar de resentimiento. Como era natural, su padre se haría cargo de cualquier cosa o persona que interfiriera en sus negocios... de otro modo, le daría exactamente igual lo que hiciera. Lo único que había querido de sus hijas en toda su vida era que no lo molestaran. De no haber sido por sus tres hermanos, Lali jamás habría sabido lo que era recibir la más mínima atención masculina.
-Para asegurarnos de que tengas la oportunidad de pedirle disculpas con propiedad al conde -dijo Thomas Esposito, que hizo una pausa para clavar sus ojos grises en Lali con severidad-, le he pedido que se reúna con nosotros en la biblioteca antes de cenar. Te disculparás con él allí... de modo que tanto él como yo quedemos satisfechos.
Lali se detuvo en seco y lo miró con los ojos abiertos como platos. Su resentimiento se convirtió en un nudo ardiente que estuvo a punto de ahogarla mientras se preguntaba si habría sido Peter quien había elegido semejante escenario para una lección de humillación.
-¿Sabe él por qué le has pedido que se reúna allí contigo? -consiguió preguntar.
-No; no creo que espere una disculpa de una de mis hijas, cuyos malos modales ya son de conocimiento general. De cualquier forma, si no te disculpas de manera satisfactoria, no tardarás en echarle un último vistazo a Inglaterra desde la cubierta de un buque de vapor con destino a Nueva York.
Lali no era tan estúpida como para tomar las palabras de su padre por una amenaza vacía. Había resultado del todo convincente gracias a la brusquedad de su tono autoritario. Y la mera idea de verse obligada a abandonar Inglaterra, y lo que era peor, de separarse de Daisy...
-Sí, señor--dijo con la mandíbula apretada.
La familia continuó su camino a lo largo del pasillo en completo silencio.
Cuando Lali creyó que se desmayaría de los nervios, notó que su hermana le daba la mano.
-No tiene ninguna importancia--susurró Daisy-. Limítate a decirlo a toda prisa y a acabar con...
-¡Silencio!--gruñó su padre, y ellas separaron las manos.
Abatida y absorta con sus propios pensamientos, Lali apenas se dio cuenta de lo ocurría a su alrededor mientras acompañaba a su familia hasta la biblioteca. La puerta estaba entreabierta y su padre anunció su presencia con un golpecito decidido antes de instar a su mujer y a sus hijas a que entraran en la estancia. Era una hermosa biblioteca, con techos que se elevaban a seis metros de altura, escaleras que podían desplazarse y galerías superiores e inferiores que contenían millares de libros. La esencia del cuero, del pergamino y de la madera recién encerada le confería al ambiente un aroma rico y penetrante.
continuara...
No hay comentarios:
Publicar un comentario