Antes de que Peter pudiera reaccionar, Lali
hundió los talones en los flancos de Starlight y se inclinó sobre la silla de
montar con el fin de equilibrar el peso de su cuerpo cuando el caballo diera un
súbito salto hacia delante. Starlight reaccionó de inmediato y emprendió el
galope. Tras apretar los muslos contra los pomos de la silla, Lali sintió que
perdía un tanto el equilibrio y que su cuerpo giraba levemente a causa de lo
que, como comprendió demasiado tarde, había sido producto de una excesiva
“sujeción a la silla”. En un arranque de valentía, ajustó la posición de sus
caderas en el mismo instante en que su montura se acercaba al obstáculo. Notó
que el caballo alzaba las patas delanteras, así como el tremendo impulso de los
cuartos traseros al levantarse del suelo en un salto que le proporcionó a la
joven un instante de euforia al sobrevolar la barrera triangular. No obstante,
en cuanto Starlight pisó de nuevo el suelo, tuvo que esforzarse por guardar el
equilibrio en la silla y fue su muslo derecho el que absorbió la mayor parte
del impacto, ocasionándole un desagradable y doloroso tirón. De todos modos, lo
había conseguido y de una manera bastante convincente.
Con una sonrisa triunfal, hizo que el caballo diera la vuelta y, en ese momento, fue consciente de las miradas asombradas de los jinetes, que se preguntaban sin lugar a dudas qué era lo que había ocasionado ese impulsivo salto. De buenas a primeras, captó por el rabillo del ojo una mancha de color oscuro en movimiento y oyó el estruendo de unos cascos al galope. Presa de la confusión, no tuvo tiempo para defenderse ni para protestar cuando fue literalmente arrancada de su montura y arrojada sin miramiento alguno sobre una durísima superficie.
Peter continuó cabalgando unos metros más con Lali colgando impotente sobre sus rígidos muslos antes de detenerse y desmontar con ella en brazos. Lali sintió que la presión de las manos del conde le magullaba los hombros mientras observaba el lívido semblante del hombre, que se encontraba a escasos centímetros de su rostro.
-¿Creyó que podía convencerme de algo con semejante demostración de estupidez? -gruñó él al tiempo que la sacudía brevemente- El uso de mis caballos es un privilegio que concedo a mis invitados, un privilegio que usted acaba de perder. De ahora en adelante, no intente siquiera poner un pie en los establos o yo mismo me encargaré de echarla a patadas de mi propiedad.
Pálida y con una furia que rivalizaba con la del conde, Lali contestó en voz baja y trémula:
-Quíteme las manos de encima, hijo de puta.
Para su entera satisfacción, la joven observó que Peter entornaba los ojos al escuchar el insulto. Pese a que la presión de sus manos no disminuyó ni un ápice, el hombre comenzó a respirar con bocanadas profundas y contenidas, como si le estuviese costando un verdadero esfuerzo no dejarse llevar por la violencia. Cuando la mirada desafiante de Lali se clavó en los ojos de Peter, la muchacha sintió que una potente descarga de energía fluía entre ellos, una especie de impulso físico sin orden ni concierto que la hacía desear golpearlo, hacerle daño, tirarlo al suelo y rodar con él como si se tratara de una riña callejera con todas las de la ley. Ningún hombre había conseguido que se enfureciera hasta ese extremo. Mientras permanecían allí de pie, lanzándose chispas por los ojos y embargados por la hostilidad, el calor que los consumía se incrementó hasta dejarlos sofocados y jadeantes. Tan absortos estaban en su mutuo antagonismo que ninguno fue consciente del grupo de anonadados testigos que se había congregado a su alrededor.
Una sedosa voz masculina rompió el vínculo silencioso y letal que los unía y se abrió paso con maestría a través de la tensión del ambiente.
-Lanzani, si me hubieras dicho que tú mismo protagonizarías un espectáculo semejante, habría venido antes.
-No te metas en esto, St Vincent -le advirtió el conde con voz airada.
-¡Vaya! Ni siquiera se me ocurriría hacerla. Mi intención no era otra que la de felicitarte por la habilidad con la que has manejado la situación. Muy diplomático por tu parte. Elegante, incluso.
El sutil sarcasmo hizo que Peter soltara a Lali con cierta brusquedad. Ella se tambaleó hacia atrás, pero un par de manos ágiles la sujetaron de inmediato por la cintura. Aturdida, alzó la mirada para encontrarse con el distinguido rostro de Sebastián, lord St Vincent, el infame y disoluto seductor. Los rayos del sol que se alzaba en el horizonte despejaron la bruma matinal y arrancaron suaves destellos de color ámbar a los oscuros mechones dorados de St Vincent. Lali lo había visto de lejos en numerosas ocasiones, pero jamás habían sido presentados, ya que el hombre se cuidaba mucho de acercarse a la hilera de floreros en todos los bailes a los que asistía. A cierta distancia, su figura resultaba impresionante. De cerca, la exótica belleza de su rostro era casi pasmosa. Ese hombre tenía los ojos más extraordinarios que Lali hubiese contemplado jamás, de un azul pálido y con expresión felina, estaban rodeados por abundantes pestañas oscuras y coronados por un par de cejas de color castaño. Sus rasgos eran fuertes pero elegantes y su piel resplandecía como el bronce que ha sido bruñido durante horas con suma paciencia. En contra de lo que Lali habría esperado, St Vincent parecía algo perverso, pero no del todo depravado y su sonrisa consiguió filtrarse a través del velo de furia de la joven para arrancarle una sonrisa de cosecha propia. Poseer tal cantidad de encanto tendría que haber sido ilegal.
St Vincent desvió la mirada hacia el rostro tenso de Peter y, con una ceja alzada, le preguntó a la ligera:
-¿Puedo escoltar a la culpable de regreso a la mansión, milord? El conde hizo un gesto afirmativo.
-Apártala de mi vista-, antes de que me vea obligado a decir algo de lo que me pueda arrepentir después.
-Venga, dígalo-replicó Lali, presa de la irritación.
Peter se acercó a ella con expresión amenazadora.
St Vincent se aprestó a colocar a Lali a sus espaldas de inmediato.
-Lanzani, tus invitados están esperando y, aunque me consta que están disfrutando de un drama tan fascinante, los caballos comienzan a ponerse nerviosos.
El conde pareció entablar una breve pero salvaje lucha con su autodisciplina antes de conseguir enmascarar sus emociones tras un semblante impasible. Con un gesto de la cabeza, indicó en silencio a St Vincent que se llevara a Lali de allí.
-¿La llevo en mi propio caballo? -preguntó el hombre de modo cortés.
-¡No, maldita sea! -fue la gélida respuesta de Peter- Puede ir andando hasta la casa sin ningún problema.
De inmediato, St. Vincent hizo un gesto hacia uno de los mozos de cuadra para que se encargara de los dos caballos abandonados. Tras ofrecer el brazo a una Lali que echaba humo por las orejas, la miró con un brillo alegre en sus ojos claros.
-Me temo que acaban de condenarla a las mazmorras -informó a Lali-. Y tengo toda la intención de estirarle los pulgares en persona.
-Prefiero que me torturen a tener que soportar la presencia de Peter - replicó Lali al tiempo que se recogía la falda y la abotonaba para poder caminar.
Habían comenzado a alejarse cuando la espalda de Lali se puso rígida al oír la voz del conde.
-Puedes hacer un alto en la fresquera. La señorita necesita enfriarse.
Mientras luchaba por poner en orden sus emociones, Peter observó a Lali Esposito con una mirada que debería haber chamuscado la espalda de su traje de montar. Por regla general, no le resultaba difícil retraerse de cualquier situación para poder analizarla de modo objetivo. No obstante, en los últimos minutos, todo rastro de autocontrol había estallado en pedazos.
Cuando Lali había cabalgado en actitud desafiante hacia el obstáculo, Peter había visto se pérdida momentánea de equilibrio - algo potencialmente desastroso en una silla lateral- y ese instante en el que había creído que la joven se caería del caballo le había dado un susto de muerte. A esa velocidad, Lali bien podría haberse partido el cuello o la columna. Y él no había podido hacer otra cosa que observarla con impotencia. El pánico lo había dejado helado y le había provocado una oleada de náuseas. Cuando la pequeña idiota consiguió regresar al suelo a salvo, el miedo se había transformado en una ira incandescente. No fue consciente de que se acercaba a ella, pero, de pronto, ambos se encontraban en el suelo y la tenía agarrada por esos delgados hombros. En ese instante lo único que había deseado era aplastarla entre sus brazos en un paroxismo de alivio y besarla... para después descuartizarla con sus propias manos.
El hecho de que su seguridad significara tanto para él era... algo sobre lo que no quería reflexionar.
Con el ceño fruncido, Peter se acercó al muchacho que sujetaba las riendas de Brutus y se las quitó de las manos. Sumido en sus sombrías meditaciones, apenas fue consciente de que Simón Hunt había aconsejado discretamente a los invitados que comenzaran a saltar los obstáculos sin necesidad de esperar a que el conde los precediera.
Con el rostro inexpresivo, Simón se acercó a él a lomos de su caballo.
-¿Vas a cabalgar? -le preguntó con voz serena.
Como respuesta, Peter se encaramó a su montura y chasqueó la lengua con suavidad cuando Brutus se movió inquieto bajo él.
-Esa mujer es insoportable--refunfuñó al tiempo que retaba con la mirada a Hunt a que se atreviera a contradecirlo.
-¿Tenías la intención de aguijonearla para que ejecutara ese salto?--volvió a preguntarle Hunt.
-Le ordené que hiciera justamente lo contrario. Supongo que me oirías.
-Sí, como todos los demás -replicó Hunt con sequedad-. Mi pregunta hace referencia a tus tácticas, Peter. Es obvio que una mujer como la señorita Esposito requiere de médicos mucho más sutiles que una orden directa. Además, te he visto en la mesa de negociaciones y sé que nadie puede rivalizar con tus poderes de persuasión salvo, quizá, Shaw. De habértelo propuesto, podrías haberla engatusado y halagado para conseguir que te hiciera caso en menos de un minuto. En lugar de eso, fuiste tan sutil como un mazazo en tu intento de imponerte como su amo y señor.
-Hasta ahora, no me había percatado del don que tienes para las hipérboles- musitó Peter.
-Y ahora- prosiguió Hunt sin perder la calma- acabas de arrojarla a las compasivas garras de St Vincent. Dios sabe que lo más probable es que la despoje de su virtud antes de llegar siquiera a la mansión.
Peter le lanzó una mirada cortante, si bien la abrasadora furia que lo consumía comenzaba a transformarse en una repentina preocupación.
-No se atrevería.
-¿Por qué no?
-Porque ella no es de su estilo.
Hunt soltó una breve carcajada.
-¿Es que St. Vincent tiene preferencia por algún estilo en concreto? No me había dado cuenta de que las presas a las que da caza compartieran similitud alguna aparte del hecho de ser mujeres. Morenas, rubias, rollizas, delgadas... Parece bastante imparcial en sus devaneos.
-Hijo de puta- exclamó Peter entre dientes tras experimentar, por primera vez en su vida, el doloroso aguijonazo de los celos.
Lali se concentraba en poner un pie delante del otro cuando lo único que quería hacer era darse la vuelta, buscar a Peter y arrojarse sobre él para darle una paliza en toda regla.
-Ese arrogante y pomposo zoquete...
-Tranquila -escuchó que St Vincent le decía en voz baja- Peter está de un humor de perros... y, a decir verdad, no me gustaría tener que pelear con él para defenderla. Podría vencerle con los ojos cerrados si nos batimos a espada, pero no con los puños.
-¿Por qué?- preguntó Lali en un murmullo-. Su brazo es más largo que el del conde.
-Pero él posee el gancho de derecha más brutal que he visto en la vida. Y yo tengo la desafortunada costumbre de protegerme la cara... lo cual suele dejar mi estómago indefenso ante los puñetazos.
La desmesurada presunción que se ocultaba tras una afirmación semejante arrancó una carcajada a Lali. A medida que la furia se disipaba, cayó en la cuenta de que con un rostro como el de ese hombre nadie se atrevería a culparlo por el hecho de desear protegerlo
-¿Ha peleado a menudo con el conde?--le preguntó ella.
-No desde que estábamos en la escuela. Peter lo hacía todo con demasiada perfección y yo me veía obligado a retarlo de vez en cuando para asegurarme de que su vanidad no alcanzaba límites excesivos. Por aquí... ¿Le apetece que tomemos un camino mucho más pintoresco a través de los jardines?
Lali dudó un instante al recordar las numerosas historias que había oído sobre ese hombre.
-No estoy segura de que fuera una decisión acertada.
St. Vincent sonrió.
-¿y si le prometo por mi honor que no me tomaré libertad alguna con usted?
Tras considerarlo un instante, accedió.
-En tal caso, está bien.
St. Vincent la guió a través de un frondoso bosquecillo, a lo largo de un camino de gravilla que se encontraba a la sombra de una hilera de añosos tejas.
-Es muy probable que debiera advertirle que, puesto que mi sentido del honor está completamente arruinado, cualquier promesa que haya hecho carece de valor alguno -comentó él con despreocupación.
-En ese caso, debería advertirle de que mi gancho de derecha es diez veces más brutal que el de Peter.
El hombre sonrió.
-Dígame, querida, ¿cuál es la causa de tanta hostilidad entre usted y el conde?
Sorprendida por el uso del apelativo cariñoso, Lali pensó por un momento en reprenderlo, pero decidió dejarlo pasar; después todo, había sido un detalle que el hombre abandonara su cabalgada matutina para acompañarla de vuelta a la mansión
-Me temo que fue un caso de odio a primera vista -replicó Lali- . Yo creo que Peter es un patán lleno de prejuicios y él me considera una mocosa de mal carácter. -Se encogió de hombros-.Tal vez ambos tengamos razón.
-Yo creo que ninguno de los dos la tiene -murmuró St Vincent.
-Bueno, a decir verdad... tengo algo de mocosa de mal carácter-admitió Lali.
Los labios del hombre se curvaron en una muestra de humor mal reprimido.
-¿Es eso cierto?
Ella asintió con la cabeza.
-Me gusta salirme con la mía y me enfurezco bastante cuando no lo logro. De hecho, me han dicho con bastante frecuencia que mi carácter es muy similar al de mi abuela, que trabajó de lavandera en los muelles.
St. Vincent pareció encontrar graciosa la idea de que estuviera emparentada con una lavandera.
-¿Estaba muy unida a su abuela?
-Bueno, era una anciana formidable y la quería mucho. Era capaz de soltar los insultos más atroces, tenía una energía inagotable y solía decir cosas que le harían reír hasta que le doliera el estómago. ¡Vaya! Perdón... Creo que se supone que no debo mencionar la palabra «estómago» delante de un caballero.
-Estoy consternado- replicó St Vincent con gravedad-. Pero me recuperaré. -Tras mirar a su alrededor para asegurarse de que nadie los escuchaba, le susurró con un gesto confidencial- En realidad, no soy un caballero, ¿sabe?
-Usted es un vizconde, ¿no es cierto?
-Eso no quiere decir que tenga que ser un caballero. Usted no conoce a fondo a la aristocracia, ¿verdad?
-Creo que ya la conozco más de lo que me gustaría.
St. Vincent le dedicó una extraña sonrisa.
-Y yo que pensaba que estaba decidida a casarse con uno de nosotros... ¿Me equivoco o no son usted y su hermana pequeña un par de princesas del dólar traídas desde las colonias con el fin de atrapar un par de maridos con título?
-¿Las “colonias”?-repitió Lali con una sonrisa amonestanadora-. En caso de que no se haya enterado, milord, fuimos nosotros los que ganamos la revolución.
-¡Vaya! Ese día se me debió de olvidar leer el periódico. Pero en respuesta a mi pregunta...
-Sí -contestó Lali, un poco ruborizada-. Nuestros padres nos trajeron con el fin de buscar marido. Quieren introducir un poco de sangre azul en nuestro árbol genealógico.
-¿Es eso lo que usted desea?
-Lo único que deseo hoy es «derramar» un poco de sangre azul-murmuró, pensando en Peter.
-Menuda fierecilla es usted-replicó St Vincent, entre carcajadas-. Compadezco a Peter si se atreve a molestarla de nuevo. De hecho, creo que debería advertirle... -La frase quedó en el aire cuando vio el repentino dolor que se reflejó en el rostro de Lali y oyó la honda inspiración de la muchacha.
Un dolor agudo atravesó el muslo derecho de Lali y se habría caído al suelo de no ser por la ayuda de St Vincent, que le rodeó la cintura con un brazo.
-¡Maldición!--exclamó con voz trémula mientras se aferraba el muslo con una mano. Un espasmo recorrió el músculo y la obligó a gemir entre dientes-. Maldición, maldición...
-¿Qué le ocurre? -preguntó St Vincent, que la obligó a sentarse en el suelo sin pérdida de tiempo-. ¿Tiene un calambre?
-Sí... -Pálida y temblorosa, Lali se agarró la pierna con una expresión de pura agonía en el rostro-. ¡Por Dios, cómo duele!
El hombre se inclinó sobre ella con el ceño fruncido a causa de la preocupación. El apremio tiñó su voz queda.
-Señorita Esposito... ¿Sería posible que olvidara por un instante todo lo que ha escuchado acerca de mi reputación? ¿Lo justo para permitir que la ayude?
Lali, que lo miraba con los ojos entrecerrados, no distinguió otra cosa en su semblante que el deseo honesto de aliviar su dolor, de modo que asintió.
-Buena chica -musitó el vizconde antes de colocar el trémulo cuerpo de Lali en una posición medio sentada. Mientras deslizaba la mano bajo sus faldas con habilidad, comenzó a hablar sin pérdida de tiempo con de fin de distraerla- No será más que un momento. Le ruego a Dios que nadie pase por aquí y sea testigo de esto... porque parece una situación de lo más comprometedora. Y dudo mucho que aceptasen la típica y conocida excusa del calambre en la pierna.
-No me importa-jadeó ella-. Lo único que quiero es que lo haga desaparecer.
Lali sintió que la mano del hombre se deslizaba suavemente por su pierna y la calidez de la piel masculina se filtró a través del liviano tejido de sus pololos mientras St Vincent buscaba el músculo acalambrado.
-Aquí está. Aguante la respiración, cariño.
Lali obedeció y sintió cómo le frotaba con fuerza el músculo con la palma de la mano. El repentino aguijonazo de dolor que sintió en la pierna estuvo a punto de hacerla gritar. No obstante, el dolor disminuyó de improviso y el alivio la dejó exhausta.
Tras apoyarse contra el brazo del hombre, Lali dejó escapar un prolongado suspiro.
-Gracias. Ya me siento mucho mejor.
Los labios de St Vincent esbozaron una débil sonrisa al tiempo que volvía a colocarle las faldas con destreza sobre las piernas.
-Ha sido un placer.
-Es la primera vez que me pasa algo así--murmuró Lali, que había comenzado a flexionar la pierna con precaución.
-Sin duda, ha sido la consecuencia de su hazaña en la silla de montar. Debe de haber sufrido un tirón en el músculo.
-Sí-El rubor tiñó sus mejillas cuando se vio forzada a admitir- No estoy acostumbrada a saltar en una silla de amazona. Sólo lo he hecho montando a horcajadas.
La sonrisa del hombre se ensanchó levemente.
-Qué interesante... -musitó-. A todas luces, mis experiencias con las muchachas americanas han sido en exceso limitadas. No me había dado cuenta de que podían llegar a ser tan deliciosamente pintorescas.
-Yo soy más pintoresca que la mayoría... -confesó ella con timidez
El vizconde esbozó una sonrisa al escucharlo.
-Por mucho que me agrade estar aquí sentado hablando con usted, dulzura, será mejor que la acompañe de vuelta a la casa si ya es capaz de ponerse en pie. No le hará ningún favor pasar mucho tiempo conmigo a solas. -Se levantó con facilidad y le tendió una mano para ayudarla a incorporarse.
-Por lo que parece, me ha hecho un favor enorme--replicó Lali, que le tendió la mano para permitir que la levantara.
St. Vincent le ofreció el brazo como apoyo y la observó mientras ella comprobaba si el dolor había desaparecido o no.
-¿Se encuentra mejor?
-Sí, gracias--contestó Lali al tiempo que se aferraba a su brazo-. Ha sido muy amable, milord.
Él la miró con un extraño brillo en esos pálidos ojos azules.
-No soy amable, querida. Sólo me porto bien con las persona cuando planeo aprovecharme de ellas.
Lali le respondió con una sonrisa despreocupada antes de atreverse a preguntar:
-En ese caso, ¿corro algún peligro en su compañía, milord?
Si bien las facciones del hombre permanecieron relajadas a causa del buen humor, sus ojos adquirieron una expresión intensa e inquietante.
-Me temo que sí.
-Mmm...--Lali estudió las marcadas líneas de su perfil y pensó que, pese a todas las amenazas, St Vincent no se había aprovechado de su indefensión poco antes-. Es usted terriblemente franco acerca de sus aviesas intenciones... y eso hace que me pregunte si de verdad tendría que preocuparme.
La única respuesta que obtuvo Lali fue una enigmática sonrisa
Tras separarse de lord St Vincent, Lali ascendió las escaleras que llevaban a la amplia terraza trasera, donde resonaban las carcajadas de una animada charla femenina. Había diez jovencitas al rededor de una de las mesas, embelesadas con algún tipo de juego o de experimento. Estaban inclinadas sobre una hilera de vasos llenos de distintos líquidos mientras una de ellas, que tenía los ojos cubiertos por un pañuelo, metía un dedo en uno de los vasos. Fuera cual fuese el resultado, hizo que todas las demás chillaran y se echaran a reír. Cerca de allí, un grupo de viudas observa a las jóvenes con risueño interés.
Lali vio a su hermana en el grupo y caminó hacia ella.
-¿Qué es todo esto?-le preguntó.
Daisy se dio la vuelta y la miró con la sorpresa pintada en el rostro.
-Lali-murmuró al tiempo que le pasaba un brazo por la cintura-. ¿Por qué has vuelto tan temprano, querida? ¿Has tenido alguna dificultad con el circuito de obstáculos?
Lali la alejó un tanto del grupo mientras el juego seguía su curso.
-Algo así -contestó con aspereza y procedió a relatarle los acontecimientos de la mañana.
Los ojos oscuros de Daisy se abrieron de par en par por la inquietud.
-¡Dios Santo! -exclamó en voz baja-. No puedo imaginarme a lord Lanzani perdiendo los papeles de ese modo... Y, en cuanto a ti... ¿En qué estabas pensando cuando permitiste que lord St Vincent se tomara semejantes libertades?
-Me dolía mucho-susurró Lali a la defensiva-. No podía pensar. Ni siquiera podía moverme. Si alguna vez sufres un calambre muscular, te enterarás de lo doloroso que resulta.
-Preferiría que me cortaran la pierna antes que permitir que alguien como lord St Vincent se acercara a mí -replicó Daisy entre dientes. Tras detenerse para considerar la situación, le resultó imposible refrenar su curiosidad y preguntó-: ¿Cómo fue?
Lali reprimió una carcajada.
-¿Cómo quieres que lo sepa? Para cuando dejó de dolerme la pierna, St Vincent ya había retirado la mano.
-¡Diantres!--exclamó la pequeña de las Esposito con el ceño levemente fruncido-. ¿Crees que se lo dirá a alguien?
-No sé por qué, pero creo que no lo hará. Parece un caballero, pese a su empeño en afirmar lo contrario.-Lali adoptó una expresión airada al añadir-: Desde luego, hoy ha sido mucho más caballero que Peter.
-Ya... ¿Cómo pudo saber que no se te daba muy bien montar en una silla de amazona? Lali la miró sin resentimiento alguno.
-No te hagas la idiota, Daisy. Resulta evidente que Annabelle se lo dijo a su marido, quien, a su vez, se lo comentó a Peter.
-Espero que no te enfades con Annabelle por esto. Su intención no fue que la situación acabara tal y como lo ha hecho.
-Debería haber mantenido la boca cerrada -refunfuñó Lali.
-Tenía miedo de que sufrieras una caída si saltabas en esa silla
Todas lo temíamos.
-¡Bueno, pues yo no!
-Pues deberías haberlo tenido.
Lali dudó un instante y su expresión se relajó al admitir:
-Sin duda alguna, habría acabado por asustarme en un momento dado.
-En ese caso, ¿no te enfadarás con Annabelle?
-Por supuesto que no-contestó Lali-. No sería justo culparla por el comportamiento animal de Peter.
Con un alivio palpable, Daisy la apremió a regresar junto a la concurrida mesa.
-Ven, querida, debes jugar a esto. Es un poco tonto, pero bastante divertido.
Las chicas, todas ellas solteras y de edades comprendidas entre los quince y los veintitantos años, se apartaron un poco para deja sitio a las Esposito. Mientras Daisy le explicaba las reglas, a Evie le taparon los ojos y las otras chicas procedieron a cambiar la posición de los cuatro vasos.
-Como puedes ver-prosiguió Daisy-, hay un vaso lleno con agua jabonosa, otro con agua limpia y otro con agua azul de la lavandería. El último, por supuesto, está vacío. Los vasos predicen con qué tipo de marido te casarás.
Todas observaron cómo Evie palpaba con cuidado uno de los vasos. Tras hundir el dedo en el vaso de agua jabonosa, esperó a que le retiraran la venda de los ojos y observó el resultado con cierto embarazo mientras las restantes chicas estallaban en carcajadas.
-Como ha elegido el vaso de agua jabonosa, significa que acabará casada con un hombre pobre-explicó Daisy
Después de secarse los dedos, Evie exclamó con jovialidad:
-Su-supongo que el simple hecho de saber que voy a ca-casarme es motivo de alegría.
La siguiente muchacha esperó con una sonrisa mientras le vendaban los ojos y cambiaban los vasos de posición. Palpó los recipientes de cristal y estuvo a punto de tirar uno en el proceso antes de hundir los dedos en el agua azulada. Su elección pareció satisfacerla bastante.
-El agua azul significa que va a casarse con un artista de renombre -informó Daisy a su hermana-. ¡Eres la siguiente!
Lali le lanzó una mirada elocuente.
-Tú no crees en estas cosas, ¿verdad?
-¡Vamos, no seas tan cínica y diviértete! -Daisy cogió la venda y se puso de puntillas para colocarla alrededor de la cabeza de Lali.
Privada de la visión, permitió que la guiaran hasta la mesa. Al escuchar los grititos de ánimo de las muchachas que la rodeaban no pudo reprimir una sonrisa. Escuchó el ruido de los vasos mientras alguien los movía frente a ella y esperó con los brazos extendidos hacia delante.
-¿Qué pasa si elijo el vaso vacío? -preguntó.
Escuchó la voz de Evie, muy cerca de su oído.
-¡Morirás siendo una sol-solterona! -exclamó, y las demás estallaron en carcajadas.
-Nada de levantar los vasos para comprobar el peso -le advirtió alguien con voz risueña- No puede librarse del vaso vacío si ese su destino.
-En este momento, me gustaría elegir el vaso vacío -replicó Lali, lo que despertó otro nuevo coro de carcajadas.
Tras rozar la superficie lisa de uno de los vasos, deslizó los dedos hasta el borde y, acto seguido, los hundió en el frío líquido. A continuación, todas las chicas prorrumpieron en aplausos y carcajadas, por lo que Lali preguntó:
-¿Yo también voy a casarme con un artista?
-No, has elegido el agua limpia -contestó Daisy-. ¡Un marido rico y apuesto viene a por ti, querida!
-¡Caramba! Qué alivio... -dijo Lali con voz desdeñosa al tiempo que se bajaba la venda de los ojos para mirar por encima del borde del tejido-. ¿Ahora te toca a ti?
Su hermana menor negó con la cabeza.
-Yo fui la primera. Golpeé uno de los vasos dos veces y organicé un desastre horrible.
-¿Y eso qué quiere decir, que no vas a casarte?
-Quiere decir que soy torpe-contestó Daisy con voz alegre-. Aparte de eso, ¿quién sabe? Tal vez mi futuro no esté decidido todavía. Las buenas noticias son que tu esposo parece estar de camino.
-Si es así, ese bastardo se está retrasando bastante-fue la cortante respuesta de Lali, que hizo estallar en carcajadas tanto a Daisy como a Evie.
continuara...
Con una sonrisa triunfal, hizo que el caballo diera la vuelta y, en ese momento, fue consciente de las miradas asombradas de los jinetes, que se preguntaban sin lugar a dudas qué era lo que había ocasionado ese impulsivo salto. De buenas a primeras, captó por el rabillo del ojo una mancha de color oscuro en movimiento y oyó el estruendo de unos cascos al galope. Presa de la confusión, no tuvo tiempo para defenderse ni para protestar cuando fue literalmente arrancada de su montura y arrojada sin miramiento alguno sobre una durísima superficie.
Peter continuó cabalgando unos metros más con Lali colgando impotente sobre sus rígidos muslos antes de detenerse y desmontar con ella en brazos. Lali sintió que la presión de las manos del conde le magullaba los hombros mientras observaba el lívido semblante del hombre, que se encontraba a escasos centímetros de su rostro.
-¿Creyó que podía convencerme de algo con semejante demostración de estupidez? -gruñó él al tiempo que la sacudía brevemente- El uso de mis caballos es un privilegio que concedo a mis invitados, un privilegio que usted acaba de perder. De ahora en adelante, no intente siquiera poner un pie en los establos o yo mismo me encargaré de echarla a patadas de mi propiedad.
Pálida y con una furia que rivalizaba con la del conde, Lali contestó en voz baja y trémula:
-Quíteme las manos de encima, hijo de puta.
Para su entera satisfacción, la joven observó que Peter entornaba los ojos al escuchar el insulto. Pese a que la presión de sus manos no disminuyó ni un ápice, el hombre comenzó a respirar con bocanadas profundas y contenidas, como si le estuviese costando un verdadero esfuerzo no dejarse llevar por la violencia. Cuando la mirada desafiante de Lali se clavó en los ojos de Peter, la muchacha sintió que una potente descarga de energía fluía entre ellos, una especie de impulso físico sin orden ni concierto que la hacía desear golpearlo, hacerle daño, tirarlo al suelo y rodar con él como si se tratara de una riña callejera con todas las de la ley. Ningún hombre había conseguido que se enfureciera hasta ese extremo. Mientras permanecían allí de pie, lanzándose chispas por los ojos y embargados por la hostilidad, el calor que los consumía se incrementó hasta dejarlos sofocados y jadeantes. Tan absortos estaban en su mutuo antagonismo que ninguno fue consciente del grupo de anonadados testigos que se había congregado a su alrededor.
Una sedosa voz masculina rompió el vínculo silencioso y letal que los unía y se abrió paso con maestría a través de la tensión del ambiente.
-Lanzani, si me hubieras dicho que tú mismo protagonizarías un espectáculo semejante, habría venido antes.
-No te metas en esto, St Vincent -le advirtió el conde con voz airada.
-¡Vaya! Ni siquiera se me ocurriría hacerla. Mi intención no era otra que la de felicitarte por la habilidad con la que has manejado la situación. Muy diplomático por tu parte. Elegante, incluso.
El sutil sarcasmo hizo que Peter soltara a Lali con cierta brusquedad. Ella se tambaleó hacia atrás, pero un par de manos ágiles la sujetaron de inmediato por la cintura. Aturdida, alzó la mirada para encontrarse con el distinguido rostro de Sebastián, lord St Vincent, el infame y disoluto seductor. Los rayos del sol que se alzaba en el horizonte despejaron la bruma matinal y arrancaron suaves destellos de color ámbar a los oscuros mechones dorados de St Vincent. Lali lo había visto de lejos en numerosas ocasiones, pero jamás habían sido presentados, ya que el hombre se cuidaba mucho de acercarse a la hilera de floreros en todos los bailes a los que asistía. A cierta distancia, su figura resultaba impresionante. De cerca, la exótica belleza de su rostro era casi pasmosa. Ese hombre tenía los ojos más extraordinarios que Lali hubiese contemplado jamás, de un azul pálido y con expresión felina, estaban rodeados por abundantes pestañas oscuras y coronados por un par de cejas de color castaño. Sus rasgos eran fuertes pero elegantes y su piel resplandecía como el bronce que ha sido bruñido durante horas con suma paciencia. En contra de lo que Lali habría esperado, St Vincent parecía algo perverso, pero no del todo depravado y su sonrisa consiguió filtrarse a través del velo de furia de la joven para arrancarle una sonrisa de cosecha propia. Poseer tal cantidad de encanto tendría que haber sido ilegal.
St Vincent desvió la mirada hacia el rostro tenso de Peter y, con una ceja alzada, le preguntó a la ligera:
-¿Puedo escoltar a la culpable de regreso a la mansión, milord? El conde hizo un gesto afirmativo.
-Apártala de mi vista-, antes de que me vea obligado a decir algo de lo que me pueda arrepentir después.
-Venga, dígalo-replicó Lali, presa de la irritación.
Peter se acercó a ella con expresión amenazadora.
St Vincent se aprestó a colocar a Lali a sus espaldas de inmediato.
-Lanzani, tus invitados están esperando y, aunque me consta que están disfrutando de un drama tan fascinante, los caballos comienzan a ponerse nerviosos.
El conde pareció entablar una breve pero salvaje lucha con su autodisciplina antes de conseguir enmascarar sus emociones tras un semblante impasible. Con un gesto de la cabeza, indicó en silencio a St Vincent que se llevara a Lali de allí.
-¿La llevo en mi propio caballo? -preguntó el hombre de modo cortés.
-¡No, maldita sea! -fue la gélida respuesta de Peter- Puede ir andando hasta la casa sin ningún problema.
De inmediato, St. Vincent hizo un gesto hacia uno de los mozos de cuadra para que se encargara de los dos caballos abandonados. Tras ofrecer el brazo a una Lali que echaba humo por las orejas, la miró con un brillo alegre en sus ojos claros.
-Me temo que acaban de condenarla a las mazmorras -informó a Lali-. Y tengo toda la intención de estirarle los pulgares en persona.
-Prefiero que me torturen a tener que soportar la presencia de Peter - replicó Lali al tiempo que se recogía la falda y la abotonaba para poder caminar.
Habían comenzado a alejarse cuando la espalda de Lali se puso rígida al oír la voz del conde.
-Puedes hacer un alto en la fresquera. La señorita necesita enfriarse.
Mientras luchaba por poner en orden sus emociones, Peter observó a Lali Esposito con una mirada que debería haber chamuscado la espalda de su traje de montar. Por regla general, no le resultaba difícil retraerse de cualquier situación para poder analizarla de modo objetivo. No obstante, en los últimos minutos, todo rastro de autocontrol había estallado en pedazos.
Cuando Lali había cabalgado en actitud desafiante hacia el obstáculo, Peter había visto se pérdida momentánea de equilibrio - algo potencialmente desastroso en una silla lateral- y ese instante en el que había creído que la joven se caería del caballo le había dado un susto de muerte. A esa velocidad, Lali bien podría haberse partido el cuello o la columna. Y él no había podido hacer otra cosa que observarla con impotencia. El pánico lo había dejado helado y le había provocado una oleada de náuseas. Cuando la pequeña idiota consiguió regresar al suelo a salvo, el miedo se había transformado en una ira incandescente. No fue consciente de que se acercaba a ella, pero, de pronto, ambos se encontraban en el suelo y la tenía agarrada por esos delgados hombros. En ese instante lo único que había deseado era aplastarla entre sus brazos en un paroxismo de alivio y besarla... para después descuartizarla con sus propias manos.
El hecho de que su seguridad significara tanto para él era... algo sobre lo que no quería reflexionar.
Con el ceño fruncido, Peter se acercó al muchacho que sujetaba las riendas de Brutus y se las quitó de las manos. Sumido en sus sombrías meditaciones, apenas fue consciente de que Simón Hunt había aconsejado discretamente a los invitados que comenzaran a saltar los obstáculos sin necesidad de esperar a que el conde los precediera.
Con el rostro inexpresivo, Simón se acercó a él a lomos de su caballo.
-¿Vas a cabalgar? -le preguntó con voz serena.
Como respuesta, Peter se encaramó a su montura y chasqueó la lengua con suavidad cuando Brutus se movió inquieto bajo él.
-Esa mujer es insoportable--refunfuñó al tiempo que retaba con la mirada a Hunt a que se atreviera a contradecirlo.
-¿Tenías la intención de aguijonearla para que ejecutara ese salto?--volvió a preguntarle Hunt.
-Le ordené que hiciera justamente lo contrario. Supongo que me oirías.
-Sí, como todos los demás -replicó Hunt con sequedad-. Mi pregunta hace referencia a tus tácticas, Peter. Es obvio que una mujer como la señorita Esposito requiere de médicos mucho más sutiles que una orden directa. Además, te he visto en la mesa de negociaciones y sé que nadie puede rivalizar con tus poderes de persuasión salvo, quizá, Shaw. De habértelo propuesto, podrías haberla engatusado y halagado para conseguir que te hiciera caso en menos de un minuto. En lugar de eso, fuiste tan sutil como un mazazo en tu intento de imponerte como su amo y señor.
-Hasta ahora, no me había percatado del don que tienes para las hipérboles- musitó Peter.
-Y ahora- prosiguió Hunt sin perder la calma- acabas de arrojarla a las compasivas garras de St Vincent. Dios sabe que lo más probable es que la despoje de su virtud antes de llegar siquiera a la mansión.
Peter le lanzó una mirada cortante, si bien la abrasadora furia que lo consumía comenzaba a transformarse en una repentina preocupación.
-No se atrevería.
-¿Por qué no?
-Porque ella no es de su estilo.
Hunt soltó una breve carcajada.
-¿Es que St. Vincent tiene preferencia por algún estilo en concreto? No me había dado cuenta de que las presas a las que da caza compartieran similitud alguna aparte del hecho de ser mujeres. Morenas, rubias, rollizas, delgadas... Parece bastante imparcial en sus devaneos.
-Hijo de puta- exclamó Peter entre dientes tras experimentar, por primera vez en su vida, el doloroso aguijonazo de los celos.
Lali se concentraba en poner un pie delante del otro cuando lo único que quería hacer era darse la vuelta, buscar a Peter y arrojarse sobre él para darle una paliza en toda regla.
-Ese arrogante y pomposo zoquete...
-Tranquila -escuchó que St Vincent le decía en voz baja- Peter está de un humor de perros... y, a decir verdad, no me gustaría tener que pelear con él para defenderla. Podría vencerle con los ojos cerrados si nos batimos a espada, pero no con los puños.
-¿Por qué?- preguntó Lali en un murmullo-. Su brazo es más largo que el del conde.
-Pero él posee el gancho de derecha más brutal que he visto en la vida. Y yo tengo la desafortunada costumbre de protegerme la cara... lo cual suele dejar mi estómago indefenso ante los puñetazos.
La desmesurada presunción que se ocultaba tras una afirmación semejante arrancó una carcajada a Lali. A medida que la furia se disipaba, cayó en la cuenta de que con un rostro como el de ese hombre nadie se atrevería a culparlo por el hecho de desear protegerlo
-¿Ha peleado a menudo con el conde?--le preguntó ella.
-No desde que estábamos en la escuela. Peter lo hacía todo con demasiada perfección y yo me veía obligado a retarlo de vez en cuando para asegurarme de que su vanidad no alcanzaba límites excesivos. Por aquí... ¿Le apetece que tomemos un camino mucho más pintoresco a través de los jardines?
Lali dudó un instante al recordar las numerosas historias que había oído sobre ese hombre.
-No estoy segura de que fuera una decisión acertada.
St. Vincent sonrió.
-¿y si le prometo por mi honor que no me tomaré libertad alguna con usted?
Tras considerarlo un instante, accedió.
-En tal caso, está bien.
St. Vincent la guió a través de un frondoso bosquecillo, a lo largo de un camino de gravilla que se encontraba a la sombra de una hilera de añosos tejas.
-Es muy probable que debiera advertirle que, puesto que mi sentido del honor está completamente arruinado, cualquier promesa que haya hecho carece de valor alguno -comentó él con despreocupación.
-En ese caso, debería advertirle de que mi gancho de derecha es diez veces más brutal que el de Peter.
El hombre sonrió.
-Dígame, querida, ¿cuál es la causa de tanta hostilidad entre usted y el conde?
Sorprendida por el uso del apelativo cariñoso, Lali pensó por un momento en reprenderlo, pero decidió dejarlo pasar; después todo, había sido un detalle que el hombre abandonara su cabalgada matutina para acompañarla de vuelta a la mansión
-Me temo que fue un caso de odio a primera vista -replicó Lali- . Yo creo que Peter es un patán lleno de prejuicios y él me considera una mocosa de mal carácter. -Se encogió de hombros-.Tal vez ambos tengamos razón.
-Yo creo que ninguno de los dos la tiene -murmuró St Vincent.
-Bueno, a decir verdad... tengo algo de mocosa de mal carácter-admitió Lali.
Los labios del hombre se curvaron en una muestra de humor mal reprimido.
-¿Es eso cierto?
Ella asintió con la cabeza.
-Me gusta salirme con la mía y me enfurezco bastante cuando no lo logro. De hecho, me han dicho con bastante frecuencia que mi carácter es muy similar al de mi abuela, que trabajó de lavandera en los muelles.
St. Vincent pareció encontrar graciosa la idea de que estuviera emparentada con una lavandera.
-¿Estaba muy unida a su abuela?
-Bueno, era una anciana formidable y la quería mucho. Era capaz de soltar los insultos más atroces, tenía una energía inagotable y solía decir cosas que le harían reír hasta que le doliera el estómago. ¡Vaya! Perdón... Creo que se supone que no debo mencionar la palabra «estómago» delante de un caballero.
-Estoy consternado- replicó St Vincent con gravedad-. Pero me recuperaré. -Tras mirar a su alrededor para asegurarse de que nadie los escuchaba, le susurró con un gesto confidencial- En realidad, no soy un caballero, ¿sabe?
-Usted es un vizconde, ¿no es cierto?
-Eso no quiere decir que tenga que ser un caballero. Usted no conoce a fondo a la aristocracia, ¿verdad?
-Creo que ya la conozco más de lo que me gustaría.
St. Vincent le dedicó una extraña sonrisa.
-Y yo que pensaba que estaba decidida a casarse con uno de nosotros... ¿Me equivoco o no son usted y su hermana pequeña un par de princesas del dólar traídas desde las colonias con el fin de atrapar un par de maridos con título?
-¿Las “colonias”?-repitió Lali con una sonrisa amonestanadora-. En caso de que no se haya enterado, milord, fuimos nosotros los que ganamos la revolución.
-¡Vaya! Ese día se me debió de olvidar leer el periódico. Pero en respuesta a mi pregunta...
-Sí -contestó Lali, un poco ruborizada-. Nuestros padres nos trajeron con el fin de buscar marido. Quieren introducir un poco de sangre azul en nuestro árbol genealógico.
-¿Es eso lo que usted desea?
-Lo único que deseo hoy es «derramar» un poco de sangre azul-murmuró, pensando en Peter.
-Menuda fierecilla es usted-replicó St Vincent, entre carcajadas-. Compadezco a Peter si se atreve a molestarla de nuevo. De hecho, creo que debería advertirle... -La frase quedó en el aire cuando vio el repentino dolor que se reflejó en el rostro de Lali y oyó la honda inspiración de la muchacha.
Un dolor agudo atravesó el muslo derecho de Lali y se habría caído al suelo de no ser por la ayuda de St Vincent, que le rodeó la cintura con un brazo.
-¡Maldición!--exclamó con voz trémula mientras se aferraba el muslo con una mano. Un espasmo recorrió el músculo y la obligó a gemir entre dientes-. Maldición, maldición...
-¿Qué le ocurre? -preguntó St Vincent, que la obligó a sentarse en el suelo sin pérdida de tiempo-. ¿Tiene un calambre?
-Sí... -Pálida y temblorosa, Lali se agarró la pierna con una expresión de pura agonía en el rostro-. ¡Por Dios, cómo duele!
El hombre se inclinó sobre ella con el ceño fruncido a causa de la preocupación. El apremio tiñó su voz queda.
-Señorita Esposito... ¿Sería posible que olvidara por un instante todo lo que ha escuchado acerca de mi reputación? ¿Lo justo para permitir que la ayude?
Lali, que lo miraba con los ojos entrecerrados, no distinguió otra cosa en su semblante que el deseo honesto de aliviar su dolor, de modo que asintió.
-Buena chica -musitó el vizconde antes de colocar el trémulo cuerpo de Lali en una posición medio sentada. Mientras deslizaba la mano bajo sus faldas con habilidad, comenzó a hablar sin pérdida de tiempo con de fin de distraerla- No será más que un momento. Le ruego a Dios que nadie pase por aquí y sea testigo de esto... porque parece una situación de lo más comprometedora. Y dudo mucho que aceptasen la típica y conocida excusa del calambre en la pierna.
-No me importa-jadeó ella-. Lo único que quiero es que lo haga desaparecer.
Lali sintió que la mano del hombre se deslizaba suavemente por su pierna y la calidez de la piel masculina se filtró a través del liviano tejido de sus pololos mientras St Vincent buscaba el músculo acalambrado.
-Aquí está. Aguante la respiración, cariño.
Lali obedeció y sintió cómo le frotaba con fuerza el músculo con la palma de la mano. El repentino aguijonazo de dolor que sintió en la pierna estuvo a punto de hacerla gritar. No obstante, el dolor disminuyó de improviso y el alivio la dejó exhausta.
Tras apoyarse contra el brazo del hombre, Lali dejó escapar un prolongado suspiro.
-Gracias. Ya me siento mucho mejor.
Los labios de St Vincent esbozaron una débil sonrisa al tiempo que volvía a colocarle las faldas con destreza sobre las piernas.
-Ha sido un placer.
-Es la primera vez que me pasa algo así--murmuró Lali, que había comenzado a flexionar la pierna con precaución.
-Sin duda, ha sido la consecuencia de su hazaña en la silla de montar. Debe de haber sufrido un tirón en el músculo.
-Sí-El rubor tiñó sus mejillas cuando se vio forzada a admitir- No estoy acostumbrada a saltar en una silla de amazona. Sólo lo he hecho montando a horcajadas.
La sonrisa del hombre se ensanchó levemente.
-Qué interesante... -musitó-. A todas luces, mis experiencias con las muchachas americanas han sido en exceso limitadas. No me había dado cuenta de que podían llegar a ser tan deliciosamente pintorescas.
-Yo soy más pintoresca que la mayoría... -confesó ella con timidez
El vizconde esbozó una sonrisa al escucharlo.
-Por mucho que me agrade estar aquí sentado hablando con usted, dulzura, será mejor que la acompañe de vuelta a la casa si ya es capaz de ponerse en pie. No le hará ningún favor pasar mucho tiempo conmigo a solas. -Se levantó con facilidad y le tendió una mano para ayudarla a incorporarse.
-Por lo que parece, me ha hecho un favor enorme--replicó Lali, que le tendió la mano para permitir que la levantara.
St. Vincent le ofreció el brazo como apoyo y la observó mientras ella comprobaba si el dolor había desaparecido o no.
-¿Se encuentra mejor?
-Sí, gracias--contestó Lali al tiempo que se aferraba a su brazo-. Ha sido muy amable, milord.
Él la miró con un extraño brillo en esos pálidos ojos azules.
-No soy amable, querida. Sólo me porto bien con las persona cuando planeo aprovecharme de ellas.
Lali le respondió con una sonrisa despreocupada antes de atreverse a preguntar:
-En ese caso, ¿corro algún peligro en su compañía, milord?
Si bien las facciones del hombre permanecieron relajadas a causa del buen humor, sus ojos adquirieron una expresión intensa e inquietante.
-Me temo que sí.
-Mmm...--Lali estudió las marcadas líneas de su perfil y pensó que, pese a todas las amenazas, St Vincent no se había aprovechado de su indefensión poco antes-. Es usted terriblemente franco acerca de sus aviesas intenciones... y eso hace que me pregunte si de verdad tendría que preocuparme.
La única respuesta que obtuvo Lali fue una enigmática sonrisa
Tras separarse de lord St Vincent, Lali ascendió las escaleras que llevaban a la amplia terraza trasera, donde resonaban las carcajadas de una animada charla femenina. Había diez jovencitas al rededor de una de las mesas, embelesadas con algún tipo de juego o de experimento. Estaban inclinadas sobre una hilera de vasos llenos de distintos líquidos mientras una de ellas, que tenía los ojos cubiertos por un pañuelo, metía un dedo en uno de los vasos. Fuera cual fuese el resultado, hizo que todas las demás chillaran y se echaran a reír. Cerca de allí, un grupo de viudas observa a las jóvenes con risueño interés.
Lali vio a su hermana en el grupo y caminó hacia ella.
-¿Qué es todo esto?-le preguntó.
Daisy se dio la vuelta y la miró con la sorpresa pintada en el rostro.
-Lali-murmuró al tiempo que le pasaba un brazo por la cintura-. ¿Por qué has vuelto tan temprano, querida? ¿Has tenido alguna dificultad con el circuito de obstáculos?
Lali la alejó un tanto del grupo mientras el juego seguía su curso.
-Algo así -contestó con aspereza y procedió a relatarle los acontecimientos de la mañana.
Los ojos oscuros de Daisy se abrieron de par en par por la inquietud.
-¡Dios Santo! -exclamó en voz baja-. No puedo imaginarme a lord Lanzani perdiendo los papeles de ese modo... Y, en cuanto a ti... ¿En qué estabas pensando cuando permitiste que lord St Vincent se tomara semejantes libertades?
-Me dolía mucho-susurró Lali a la defensiva-. No podía pensar. Ni siquiera podía moverme. Si alguna vez sufres un calambre muscular, te enterarás de lo doloroso que resulta.
-Preferiría que me cortaran la pierna antes que permitir que alguien como lord St Vincent se acercara a mí -replicó Daisy entre dientes. Tras detenerse para considerar la situación, le resultó imposible refrenar su curiosidad y preguntó-: ¿Cómo fue?
Lali reprimió una carcajada.
-¿Cómo quieres que lo sepa? Para cuando dejó de dolerme la pierna, St Vincent ya había retirado la mano.
-¡Diantres!--exclamó la pequeña de las Esposito con el ceño levemente fruncido-. ¿Crees que se lo dirá a alguien?
-No sé por qué, pero creo que no lo hará. Parece un caballero, pese a su empeño en afirmar lo contrario.-Lali adoptó una expresión airada al añadir-: Desde luego, hoy ha sido mucho más caballero que Peter.
-Ya... ¿Cómo pudo saber que no se te daba muy bien montar en una silla de amazona? Lali la miró sin resentimiento alguno.
-No te hagas la idiota, Daisy. Resulta evidente que Annabelle se lo dijo a su marido, quien, a su vez, se lo comentó a Peter.
-Espero que no te enfades con Annabelle por esto. Su intención no fue que la situación acabara tal y como lo ha hecho.
-Debería haber mantenido la boca cerrada -refunfuñó Lali.
-Tenía miedo de que sufrieras una caída si saltabas en esa silla
Todas lo temíamos.
-¡Bueno, pues yo no!
-Pues deberías haberlo tenido.
Lali dudó un instante y su expresión se relajó al admitir:
-Sin duda alguna, habría acabado por asustarme en un momento dado.
-En ese caso, ¿no te enfadarás con Annabelle?
-Por supuesto que no-contestó Lali-. No sería justo culparla por el comportamiento animal de Peter.
Con un alivio palpable, Daisy la apremió a regresar junto a la concurrida mesa.
-Ven, querida, debes jugar a esto. Es un poco tonto, pero bastante divertido.
Las chicas, todas ellas solteras y de edades comprendidas entre los quince y los veintitantos años, se apartaron un poco para deja sitio a las Esposito. Mientras Daisy le explicaba las reglas, a Evie le taparon los ojos y las otras chicas procedieron a cambiar la posición de los cuatro vasos.
-Como puedes ver-prosiguió Daisy-, hay un vaso lleno con agua jabonosa, otro con agua limpia y otro con agua azul de la lavandería. El último, por supuesto, está vacío. Los vasos predicen con qué tipo de marido te casarás.
Todas observaron cómo Evie palpaba con cuidado uno de los vasos. Tras hundir el dedo en el vaso de agua jabonosa, esperó a que le retiraran la venda de los ojos y observó el resultado con cierto embarazo mientras las restantes chicas estallaban en carcajadas.
-Como ha elegido el vaso de agua jabonosa, significa que acabará casada con un hombre pobre-explicó Daisy
Después de secarse los dedos, Evie exclamó con jovialidad:
-Su-supongo que el simple hecho de saber que voy a ca-casarme es motivo de alegría.
La siguiente muchacha esperó con una sonrisa mientras le vendaban los ojos y cambiaban los vasos de posición. Palpó los recipientes de cristal y estuvo a punto de tirar uno en el proceso antes de hundir los dedos en el agua azulada. Su elección pareció satisfacerla bastante.
-El agua azul significa que va a casarse con un artista de renombre -informó Daisy a su hermana-. ¡Eres la siguiente!
Lali le lanzó una mirada elocuente.
-Tú no crees en estas cosas, ¿verdad?
-¡Vamos, no seas tan cínica y diviértete! -Daisy cogió la venda y se puso de puntillas para colocarla alrededor de la cabeza de Lali.
Privada de la visión, permitió que la guiaran hasta la mesa. Al escuchar los grititos de ánimo de las muchachas que la rodeaban no pudo reprimir una sonrisa. Escuchó el ruido de los vasos mientras alguien los movía frente a ella y esperó con los brazos extendidos hacia delante.
-¿Qué pasa si elijo el vaso vacío? -preguntó.
Escuchó la voz de Evie, muy cerca de su oído.
-¡Morirás siendo una sol-solterona! -exclamó, y las demás estallaron en carcajadas.
-Nada de levantar los vasos para comprobar el peso -le advirtió alguien con voz risueña- No puede librarse del vaso vacío si ese su destino.
-En este momento, me gustaría elegir el vaso vacío -replicó Lali, lo que despertó otro nuevo coro de carcajadas.
Tras rozar la superficie lisa de uno de los vasos, deslizó los dedos hasta el borde y, acto seguido, los hundió en el frío líquido. A continuación, todas las chicas prorrumpieron en aplausos y carcajadas, por lo que Lali preguntó:
-¿Yo también voy a casarme con un artista?
-No, has elegido el agua limpia -contestó Daisy-. ¡Un marido rico y apuesto viene a por ti, querida!
-¡Caramba! Qué alivio... -dijo Lali con voz desdeñosa al tiempo que se bajaba la venda de los ojos para mirar por encima del borde del tejido-. ¿Ahora te toca a ti?
Su hermana menor negó con la cabeza.
-Yo fui la primera. Golpeé uno de los vasos dos veces y organicé un desastre horrible.
-¿Y eso qué quiere decir, que no vas a casarte?
-Quiere decir que soy torpe-contestó Daisy con voz alegre-. Aparte de eso, ¿quién sabe? Tal vez mi futuro no esté decidido todavía. Las buenas noticias son que tu esposo parece estar de camino.
-Si es así, ese bastardo se está retrasando bastante-fue la cortante respuesta de Lali, que hizo estallar en carcajadas tanto a Daisy como a Evie.
No hay comentarios:
Publicar un comentario