lunes, 30 de abril de 2012

Septimo cap



Cuando los jinetes se congregaron delante de los establos, los recibió una mañana fresca y brumosa. Habría unos quince hombres y dos mujeres más aparte de Lali. Los caballeros llevaban chaquetas oscuras, pantalones de montar cuyo color variaba desde el marrón al mostaza y botas altas. Las mujeres llevaban trajes de montar ceñidos en la cintura y adornados con cordoncillo, que se remataban con unas voluminosas faldas de bajo asimétrico abotonadas a un costado. Los criados y los mozos de cuadra se movían entre la multitud, llevándoles los caballos y ayudando a los jinetes a montar en cada uno de los tres escalones dispuestos para tal fin. Algunos invitados habían decidido llevar sus propios caballos mientras que otros se habían decantado por utilizar los famosos animales que conformaban los establos Marsden. A pesar de que había visitado los establos la última vez que estuviera allí, Lali se sorprendió de nuevo ante la belleza de los bien atendidos purasangres que se les ofrecían a los invitados.
Lali esperó junto a uno de los escalones para montar, en compañía del señor Winstanley, un joven de cabellos castaños y facciones agradables, aunque con un mentón débil, y dos caballeros más, lord Huw y lord Bazeley, que charlaban de forma amigable mientras esperaban que les llevaran sus monturas. Dado que no le interesaba la conversación, Lali dejó que su mirada vagara ociosamente por el lugar, hasta que vio la esbelta figura de Peter cruzando el patio. Su chaqueta se veía un tanto desgastada a pesar de tener un buen corte y la piel de las botas altas tenía un aspecto suave y maleable.
Unos recuerdos indeseados hicieron que se le desbocara el corazón. Le ardieron las orejas cuando se acordó de ese ronco susurro <» -Dicen que, con Brutus, Peter no necesita una segunda montura- señaló uno de los invitados.
Lali que estaba junto al escalón para montar, desvió la vista hacia el hombre que había hablado, presa de la curiosidad.
-¿Y eso qué quiere decir?
El hombre de cabello castaño sonrió con cierta incredulidad, como si fuera algo que todo el mundo debería saber.
-En un día de caza -explicó-, lo habitual es que se monte un caballo por la mañana y por la tarde se utilice uno de refresco. Aunque al parecer, Brutus tiene la energía y la resistencia de dos caballos.
- Como su propietario-dijo otro de los hombres, y todos los demás rieron entre dientes.
Lali hecho un vistazo a la escena y vio que Peter conversaba con Simón Hunt, quien le estaba contando algo que hizo que el conde frunciera el ceño. De pie junto a su amo, Brutus se agitó y golpeó con el hocico a Peter en un despliegue de rudo afecto, aunque se calmó cuando éste extendió la mano para acariciarlo.
Lali se distrajo cuando un mozo de cuadra, uno con el que había jugado al rounders el día anterior, acercó un lustroso caballo tordo al escalón. Tras devolverle el guiño, Lali esperó a que el muchacho comprobara la cincha y la sujeción que aseguraba el equilibrio de la detestada silla de amazona. Al examinar al caballo con una mirada de aprobación se dio cuenta de que el tordo era fuerte y de líneas refinadas, de complexión perfecta y ojos de vivaz inteligencia. La cruz no se alzaría más de un metro y treinta centímetros... el caballo perfecto para una dama.
- ¿Cómo se llama? -preguntó Lali. Al oír el sonido de su voz las orejas del caballo se giraron hacia ella, atentas.
-Starlight, señorita. Estará segura con él: es el caballo más disciplinado de los establos, después de Brutus.
Lali le dio unas palmaditas en el sedoso cuello.
-Tienes pinta de caballero, Starlight. Ojalá pudiera montarte como es debido, en lugar de tener que ponerte esta estúpida silla lateral.
El tordo inclinó la cabeza para mirarla con una tranquilidad reconfortante.
-El señor nos dijo expresamente que le diéramos a Starlight cuando quisiera montar, señorita -dijo el mozo, que al parecer estaba impresionado por el hecho de que el propio Peter en persona hubiera condescendido a elegirle una montura.
-Qué amable -murmuró Lali al tiempo que deslizaba el pie en el estribo y se alzaba un poco sobre la silla de tres pomos.
Trató de sentarse derecha, cargando la mayor parte de su peso sobre la nalga y el muslo derechos. Enganchó la pierna derecha en un pomo, con el pie apuntando hacia el suelo, mientras que la pierna izquierda colgaba con naturalidad sobre el estribo. Por el momento, no resultaba una postura incómoda, aunque Lali sabía que empezarían a dolerle las piernas en poco rato, debido a la desacostumbrada posición. A pesar de todo, cuando tomó las riendas y se inclinó para acariciar a Starlight una vez más, sintió un es estremecimiento de placer. Adoraba montar, y aquel caballo era mucho mejor que cualquiera que hubiera en las cuadras de su familia.
-Esto... señorita... -dijo el mozo de cuadra en voz baja, tras lo que señaló con timidez sus faldas, que seguían abotonadas.
Ya montada en la silla, quedaba al descubierto una buena porción de su pierna izquierda.
-Gracias -respondió, a la par que soltaba el gran botón que tenía en la cadera para que las faldas cayeran sobre su pierna.
Satisfecha al ver que todo estaba en su lugar, azuzó con suavidad al caballo para que se alejara del escalón de montar y Starlight respondió de inmediato, atento a la menor presión del tacón de su bota.
Se unió a un grupo de jinetes que se dirigía al bosque y sintió una oleada de anticipación al pensar en el recorrido de obstáculos. Según había escuchado, se trataba de un total de doce saltos dispuestos con ingenio en un recorrido que serpenteaba desde el bosque hasta los prados. Era un desafío que estaba convencida de poder superar. Incluso montada en una silla de amazona, su sujeción era firme y su muslo se apretaba con fuerza contra el pomo que la ayudaría a mantener el equilibrio. Además, el tordo era un caballo maravillosamente adiestrado, brioso pero obediente, que pasó sin dificultad de un trote ligero a un galope suave. Cuando Lali se acercó al inicio del recorrido, pudo ver el primer obstáculo: un prisma triangular que parecía tener alrededor de medio metro de altura y algo más de metro y medio de ancho.
-Esto no será ningún problema para nosotros, ¿verdad, Starlight?-le susurró al caballo.
Frenó a su montura hasta andar al paso y se dispuso a acercarse al grupo de jinetes que esperaban. No obstante, antes de que pudiera llegar hasta ellos, se percató de que alguien se ponía a su altura. Se trataba de Peter, montado en su bayo oscuro y cabalgando, con una facilidad y una economía de movimientos que le erizaron el vello de los brazos y la nuca, como le sucedía siempre que presenciaba una proeza realizada con increíble perfección. Tenía que admitir que el conde ofrecía una imagen arrebatadora montado a caballo.
A diferencia de los otros caballeros presentes, Peter no llevaba guantes de montar. Al recordar la suave aspereza de esos dedos callosos sobre su piel, Lali se vio obligada a tragar con fuerza y apartar la vista de las manos del hombre sobre las riendas. Una cautelosa mirada hacia su rostro le dijo que había algo que le molestaba sobremanera... la distancia entre sus cejas se había acortado y su mandíbula se había endurecido, lo que le daba una apariencia obstinada.
Lali consiguió esbozar una sonrisa despreocupada.
-Buenos días, milord.
-Buenos días-fue su tranquila respuesta. Pareció elegir las palabras con mucho cuidado antes de continuar- ¿Le gusta su montura?
-Sí, es espléndida. Y, por lo visto, debo agradecérselo a usted.
La boca de Peter se torció un poco, como si el asunto no tuviera la menor importancia.
-Señorita Esposito... ha llegado hasta mis oídos que carece de la experiencia suficiente sobre una silla lateral.
La sonrisa de la joven se desvaneció de sus labios, que de súbito se quedaron paralizados. Al recordar que Simón Hunt había estado hablando con Peter apenas unos minutos antes, Lali comprendió con una punzada de enojo que Annabelle debía estar detrás de todo do aquello. «Maldita sea por inmiscuirse», pensó, y frunció el ceño
-Me las arreglaré -dijo de modo conciso- No se preocupe por eso.
-Me temo que no puedo permitir que uno de mis invitados ponga en peligro su propia seguridad.
Lali observó cómo sus propios dedos enguantados apretaban las riendas.
-Peter, puedo montar tan bien como cualquier otra persona de esta reunión. Y, a pesar de lo que hayan podido decirle, las sillas de amazona no me son del todo desconocidas. Así que, si me deja tranquila...
-Si me hubieran informado con anterioridad, podría haber encontrado tiempo para pasear con usted por el recorrido y comprobar así su nivel de habilidad. No obstante, tal y como están las cosas, ya es demasiado tarde.
Lali registró sus palabras, la firmeza de su tono y ese aire de autoridad que tanto la exasperaba.
-¿Me está diciendo que no puedo montar hoy?
Peter mantuvo su mirada sin flaquear.
-No en el recorrido de obstáculos. Puede cabalgar en cualquier otra parte de la propiedad. Si es su deseo, comprobaré sus habilidades a lo largo de la semana y así podrá disfrutar de otra oportunidad. Hoy, sin embargo, no puedo permitido.
Dado que no estaba acostumbrada a que le dijeran lo que podía o no podía hacer, Lali se tragó una sarta de acusaciones ofensivas. En su lugar, consiguió replicar con una forzada calma.
-A precio su preocupación por mi seguridad, milord. Pero me gustaría sugerirle un trato: observe cómo salto los primeros obstáculos y si le parece que no puedo enfrentarme a ellos del modo apropiada, acataré su decisión.
-No hago tratos en lo concerniente a materias de seguridad-dijo Peter- Acatará mi decisión en este mismo momento, señorita Esposito.
Estaba siendo injusto. Le estaba prohibiendo hacer algo para demostrar el poder que tenía sobre ella. Luchando por controlar la furia que hervía en su interior, Lali sintió que se le crispaban los labios. Para su eterna vergüenza, perdió la batalla contra su temperamento.
-Soy perfectamente capaz de saltar esos obstáculos -le dijo torvamente-. Y voy a demostrárselo.
continuara...

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