Annabelle, ¿qué te ha pasado? -preguntó Lali a la mañana siguiente, cuando se unió al resto de las floreros en la mesa más alejada de la terraza posterior para desayunar-. Tienes un aspecto horrible. ¿Por qué no llevas puesto tu traje de montar? Creí que ibas a participar en el recorrido de obstáculos esta mañana. ¿Y por qué desapareciste tan de repente anoche? N o es típico de ti desaparecer sin más, sin decir...
-No me quedó otro remedio-contestó Annabelle malhumorada, al tiempo que cerraba los dedos alrededor de la delicada taza de porcelana en la que bebía su té. Con aspecto pálido, cansado y los ojos azules rodeados por unas oscuras ojeras, bebió un buen sorbo de té antes de continuar-. Es ese maldito perfume tuyo tan pronto como percibió el olor, se volvió loco.
Conmocionada, Lali trató de asimilar la información con el alma en los pies.
-Entonces... ¿surtió efecto con Lanzani?-consiguió preguntar.
-Santo Dios, con lord Lanzani no.- Annabelle se frotó los ojos cansados-. No podía haberle importado menos mi olor. Fue mi marido quien se volvió completamente loco. Después de que captara la dichosa fragancia, me arrastró de vuelta a nuestra habitación y...Bueno, baste decir que me mantuvo despierta toda la noche. Y cuando digo toda la noche, me refiero exactamente a eso -repitió para dar mayor énfasis antes de beber otro largo sorbo de té.
- ¿Haciendo qué? -preguntó Daisy, perpleja.
Lali que acababa de experimentar una oleada de alivio al saber que Peter no se había sentido atraído por Annabelle mientras ésta llevaba el perfume, miró a su hermana con expresión burlona.
-¿Qué crees que estuvieron haciendo? ¿Jugando al escondite?
-i Ah!-dijo Daisy cuando por fin lo comprendió. Acto seguido miró a Annabelle con una curiosidad nada propia de una muchacha virginal-. Pero yo tenía la impresión de que te gustaba hacer... eso... con el señor Hunt.
-Bueno, sí, claro que me gusta, pero... -Annabelle se detuvo, víctima de un intenso rubor-. Lo que pasa es que cuando un hombre se excita hasta ese punto...-Volvió a detenerse cuando se dio cuenta de que Lali prestaba demasiada atención a sus palabras. AI ser la única casada del grupo, poseía un conocimiento acerca de los hombres y de las relaciones íntimas que despertaba una excesiva curiosidad en las demás. Por lo general, Annabelle era bastante sincera, pero jamás revelaría los aspectos íntimos de su relación con el señor Hunt. Bajando la voz hasta convertirla en un susurro, murmuró- Dejémoslo en que mi marido no necesita ninguna poción que aumente todavía más sus apetitos físicos.
-¿Estas segura de que fue por el perfume?-preguntó Lali-Tal vez fuera otra cosa lo que lo...
-Fue el perfume -respondió Annabelle sin dejar lugar a dudas.
Evie interrumpió la conversación en ese momento, con aspecto confundido.
-Pero ¿por-por qué no reaccionó lord Lanzani cuando lo llevabas? ¿Por qué sólo afectó a tu marido y a na-nadie más?
-Y ¿por qué nadie se fijó ni en Evie ni en mí?- preguntó Daisy contrariada.
Annabelle se acabó el té, se sirvió un poco más y le añadió con cuidado un terrón de azúcar. Con los párpados medio entornados miró a Lali por encima del borde de la taza.
-¿Y qué tal te fue a ti, querida? ¿Conseguiste llamar la atención de alguien?
-En realidad...-Lali estudió el contenido de su taza-Ia de Lanzani-dijo con una mueca-. Otra vez. Menuda suerte tengo... He encontrado un afrodisíaco que sólo funciona con el único hombre al que desprecio.
Annabelle se atragantó con el té, mientras que Daisy se tuvo que cubrir la boca con las manos para sofocar una carcajada. Una vez que remitieron los espasmos de tos y risa de Annabelle, ésta miró a Lali con los ojos algo empañados.
-Ni siquiera puedo imaginarme lo molesto que debe estar Lanzani al sentirse tan atraído hacia ti cuando lo único que habéis hecho hasta ahora es discutir con inquina.
-Le dije que, si quería enmendar su comportamiento, le pidiera a la condesa que actuase como nuestra madrina -explicó Lali.
-Muy inteligente -exclamó Daisy-. ¿Y accedió?
-Está considerando el asunto.
Recostada contra el brazo de la silla, Annabelle dejó que su vista se perdiera en la bruma matinal que rodeaba el bosque.
-No termino de comprender... ¿por qué el perfume sólo funciona con el señor Hunt y con lord Lanzani? ¿Y por qué no tuvo efecto sobre el conde cuando yo lo llevaba mientras que tú...?
-Quizá sea el ingrediente mágico lo que te a-ayuda a encontrar el verdadero amor-especuló Evie.
-Bobadas-replicó Lali, que se sintió ofendida por la mera idea-. ¡Lanzani no es mi verdadero amor! Es un asno pomposo y estúpido con quien nunca podré mantener una conversación civilizada. Y cualquier mujer que tenga la desventura de casarse con él acabará pudriéndose aquí en Hampshire, y necesitará de su aprobación para cualquier cosa que haga. No, muchas gracias. '
-No se puede considerar que lord Lanzani sea un apolillado caballero de provincias -dijo Annabelle-. Suele residir con frecuencia en su casa de Londres y recibe invitaciones a todas las fiestas y en cuanto a esa actitud de superioridad... bueno, supongo que no puedo negarlo. Lo único que puedo decir es que, cuando se llega a conocer mejor y baja la guardia, puede ser encantador.
Lali sacudió la cabeza y apretó los labios con tozudez.
-Si es el único hombre al que puede atraer este perfume, dejaré de usarlo.
-¡No, no lo hagas!-Una chispa de diversión y astucia iluminó los ojos de Annabelle-. Conociéndote, habría pensado que querrías continuar torturándolo un poco más.
-Sí, úsalo-la instó Daisy-. No tenemos pruebas de que el conde sea el único hombre que pueda verse seducido por tu perfume.
Lali miró a Evie, que lucía un asomo de sonrisa.
-¿Debería hacerlo? -preguntó, a lo que Evie asintió-. Muy bien- dijo Lali-. Odiaría desaprovechar una oportunidad, por pequeña que sea, de torturar a lord Lanzani. -Sacó el frasquito de su falda de montar-. ¿Alguien quiere un poco más?
Annabelle pareció horrorizada.
-No. Mantén eso lejos de mí, lo más lejos que puedas.
Las otras dos muchachas ya habían extendido las manos. Lali sonrió y le tendió el frasco a su hermana, que se aplicó dos generosas gotas en las muñecas y se puso un poco detrás de las orejas.
-Ya está -dijo Daisy con satisfacción-. Es el doble de lo que usé anoche. Si mi verdadero amor se encuentra en un radio de dos kilómetros, vendrá corriendo a mi encuentro.
Evie cogió el frasco y se puso un poco de perfume en el cuello.
-aunque no fun-funcione-comentó-, huele muy bien.
Tras devolver el frasquito al bolsillo, Lali se puso en pie. Se alisó las faldas color chocolate del traje de montar, cuyo extremo más largo se hallaba sujeto con un botón para evitar que se pisara el dobladillo al andar. Cuando estuviera sentada en la silla de montar, no obstante, tendría que dejar caer la falda por el flanco del caballo para cubrir las piernas, tal y como dictaba el decoro. Llevaba el pelo recogido en varias trenzas sujetas en la nuca y un sombrerito con una pluma en la parte superior de la cabeza.
-Ya es hora de que los jinetes nos reunamos en los establos.-Arqueó las cejas al preguntar-: ¿Alguna de vosotras va a participar?
Annabelle le dirigió una mirada de lo más elocuente.
-Ni hablar después de la noche pasada....
-Yo no monto muy bien-dijo Evie a modo de disculpa.
-Lo mismo podría decirse de Lali y de mi -replicó Daisy, que lanzó una mirada de advertencia a su hermana mayor.
-Yo sí monto bien-protestó Lali-. ¡Sabes de sobra, que monto tan bien como cualquier hombre!
-Sólo cuando montas como un hombre-fue la respuesta de Daisy. Al darse cuenta de la confusión de Evie y Annabelle, explicó-: En Nueva York, tanto Lali como yo cabalgamos a horcajadas la mayor parte del tiempo. Es mucho más seguro y, desde luego, bastante más cómodo. A nuestros padres no les importa siempre que lo hagamos dentro de nuestra propiedad y llevemos calzones largos bajo las faldas. En las pocas ocasiones en las que montamos en compañía de hombres, lo hacemos con silla de amazona, pero ninguna de las dos hemos llegado a dominar esa práctica. Lali es una gran saltadora cuando monta a horcajadas. Pero hasta donde yo sé, jamás lo ha intentado con la silla lateral. Hay que guardar el equilibrio de un modo totalmente diferente y no se utilizan los mismos músculos. Además, el recorrido de obstáculos de Stony Cross Park...
-Cállate, Daisy -musitó Lali.
-....va a ser todo un desafío y estoy casi segura de que...
-He dicho que te calles--masculló Lali con fiereza.
-.... mi hermana va a romperse el cuello -terminó Daisy, que respondió a la mirada airada de su hermana con una de su propia cosecha.
A Annabelle pareció preocuparle lo que acababa de escuchar
-Lali, querida...
-Tengo que irme-dijo lali con brusquedad-. No quiero llegar tarde.
-Sé de buena tinta que el recorrido de saltos de lord Lanzani no es apropiado para una principiante.
-No soy ninguna principiante-replicó Lali entre dientes.
-Hay unos cuantos saltos bastante difíciles, con barras fijas en la parte superior. Simón... quiero decir, el señor Hunt, me llevó al recorrido poco después de que se construyera y me aconsejó sobre la mejor forma de acercarme a ciertos obstáculos y, a pesar de todo me resultó bastante difícil. Y si tu postura en la silla no es perfecta puedes entorpecer los movimientos de la cabeza y el cuello del caballo, y...
-No me pasará nada-interrumpió Lali con frialdad-.Por todos los santos Annabelle, no sabía que pudieras ser tan pusilánime.
Acostumbrada ya a su lengua viperina, Annabelle estudió la expresión desafiante de su amiga.
-¿Por qué tienes que arriesgarte de esa manera?
-A estas alturas, ya deberías saber que nunca rehuyó un desafío.
-Y es una cualidad admirable, querida -fue la serena respuesta de Annabelle-. Siempre que no la apliques en prácticas inútiles.
Era lo más parecido a una discusión que habían tenido jamás.
-Mira-dijo Lali con impaciencia-, si me caigo, podrás echarme un sermón del que no me perderé ni una sola palabra. Pero nadie va a impedir que monte esta mañana... Por lo tanto, la única que se empeña en prácticas inútiles eres tú, que estás malgastando saliva en balde.
Y con esas palabras se dio la vuelta y se alejó, dejando atrás la exclamación exasperada de Annabelle y el débil y resignado murmullo de Daisy:
-Después de todo, es su cuello el que se va a romper...
Tras la partida de Lali, Daisy miró a Annabelle con una expresión de disculpa.
-Lo siento. Mi hermana no pretendía sonar tan brusca. Ya sabes cómo es.
-No tienes por qué disculparla-le dijo Annabelle, con sequedad-. Es Lali quien debería hacerlo... aunque supongo que podría morirme esperando antes de que ella lo admitiera.
Daisy se encogió de hombros.
-Hay ocasiones en las que mi hermana debe sufrir las consecuencias de sus acciones. A decir verdad, una de las cosas que más me gustan de ella es que cuando se demuestra que se ha equivocado lo admite, e incluso se ríe de ella misma.
Annabelle no le devolvió la sonrisa.
-Yo también la adoro, Daisy. Tanto que no puedo dejar que se abalance sobre el peligro a ciegas... bueno, en este caso, que cabalgue hacia él. Es evidente que no comprende lo peligroso que es el recorrido de obstáculos. Peter es un jinete experimentado y, como tal, ha construido un recorrido que se ajusta a su nivel de pericia. Incluso mi marido, que es un jinete excepcional dice que representa todo un reto. Y que Lali intente completarlo cuando no está acostumbrada a saltar con silla de amazona... -Unas cuantas arrugas surcaron su frente-. La posibilidad de que resulte herida o muerta a causa de una caída me resulta insoportable.
En aquel momento, Evie habló en voz baja.
-Él se-señor Hunt está en la terraza, Está de pie junto a las puertas francesas.
Las tres jóvenes desviaron la vista hacia el alto y moreno esposo de Annabelle, que iba ataviado con el traje de montar. Se encontraba junto a tres hombres que se le habían acercado tan pronto como puso un pie en la terraza. Todos se reían de alguna broma que Hunt había hecho... sin duda alguna, algún comentario subido de tono. Hunt era un hombre al que le gustaban las actividades masculinas y los deportes al aire libre y, por lo tanto, era muy apreciado por todos aquellos que solían reunirse en Stony Cross Park. Una sonrisa sardónica le curvaba los labios mientras paseaba la mirada por los grupos de invitados que se sentaban en las mesas del exterior, alrededor de las cuales se movían los criados, llevando bandejas de comida y jarras de zumo recién exprimido. No obstante, su sonrisa cambió cuando vio a Annabelle, y el cinismo se transformó en una ternura que hizo que Daisy se sintiera un poco melancólica. Daba la sensación de que algo hubiera atravesado la distancia que había entre la pareja: una conexión intangible pero tan intensa que nada podría romperla.
-Perdonadme un momento-murmuró Annabelle al tiempo que se ponía en pié.
Se acercó a su esposo, que le tomó la mano en cuanto llegó hasta él y se la llevó a los labios para besarle la palma. Con la vista clavada en su rostro, Simón le retuvo la mano e inclinó la cabeza hacia la de ella.
-¿Crees que le está contando lo de Lali?-le preguntó Daisy a Evie.
-Eso espero. I
--Por Dios, espero que ese hombre sepa que este asunto debe llevarse con la mayor discreción-dijo Daisy Con un gemido-. Lali se volverá más terca que una mula ante el más mínimo intento de confrontación.
-Supongo que el señor Hunt será muy circunspecto. Tiene fama de ser un gran mediador en asuntos de negocios, ¿no es así?
-Tienes razón-replicó Daisy, aunque no se sentía mucho mejor-. Además, está acostumbrado a tratar con Annabelle, que también tiene un temperamento bastante fuerte.
Mientras hablaban, Daisy no pudo dejar de percibir el extraño fenómeno que solía ocurrir cuando Evie y ella estaban solas... Su amiga parecía relajarse y su tartamudeo desaparecía.
Evie se inclinó hacia delante, inconsciente de la elegancia de sus movimientos al reposar la barbilla en la suave curva de la mano y dejar el codo sobre la mesa.
-¿Qué crees que está pasando entre esos dos? Me refiero a Lali y a lord Lanzani.
Daisy sonrió con tristeza, un poco preocupada por su hermana.
-Creo que mi hermana se asustó ayer al darse cuenta de que podría encontrar atractivo a lord Lanzani. y no reacciona muy bien cuando se asusta; el miedo suele hacer que se lance de cabeza y haga algo de lo más imprudente. De ahí viene la firme determinación de matarse a lomos de ese caballo hoy.
-Pero ¿por qué debería sentirse asustada? -La confusión teñía las facciones de Evie-, Hubiera pensado que a Lali le agradaría atraer la atención de alguien como el conde...
-No cuando sabe que estarían en constante desacuerdo en el caso de que esa relación llegase a algún sitio. Y Lali no tiene deseo alguno de que alguien tan poderoso como Peter la aplaste.-Daisy exhaló un profundo suspiro-. A mí tampoco me gustaría que le pasara eso.
Evie expresó su acuerdo con cierta renuencia.
-Supongo que al conde le costaría tolerar la naturaleza pintoresca de Lali.
-Eso parece, sí -dijo Daisy con una sonrisa extraña-. Evie, querida... supongo que es de pésimo gusto por mi parte hacértelo notar pero en el último minuto no has tartamudeado.
La muchacha pelirroja esbozó una sonrisa tímida tras la palma de la mano y miró a Daisy con un aleteo de sus pestañas castaño rojizas.
-Siempre mejora cuando estoy lejos de casa... lejos de mi familia. Y también ayuda que me acuerde de hablar despacio y piense lo que vaya decir. Sin embargo, empeora cuando estoy cansada o cuando tengo que hablar con ex-extraños. Nada me parece más aterrador que acudir a un baile y enfrentarme a una habitación llena de personas a las que no conozco.
-Querida-dijo Daisy con suavidad- la próxima vez que te enfrentes a una habitación llena de extraños... deberías pensar que algunos no son más que amigos a la espera de que los conozcas,
continuara...
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