Totalmente ajeno al asalto que estaba a punto de sufrir, Peter se permitió relajarse en su estudio en compañía de su cuñado, Gideon Shaw, y de sus amigos Simón Hunt y lord St. Vincent. Se habían unido en privado en aquella estancia para charlar antes de que comenzara la cena formal. Recostado en su sillón tras el enorme escritorio de madera de caoba, Peter echó un vistazo a su reloj de bolsillo. Las ocho en punto. Hora de reunirse con los invitados, sobretodo porque él era el anfitrión de tal evento. No obstante, permaneció en silencio y observó ceñudo la implacable esfera del reloj, con la apariencia sombría de aquel que se ve forzado a cumplir con un deber de lo más ingrato.
Tendría que mantener una conversación con lali Esposito. Se había comportado como un loco con la muchacha esa misma tarde. La había abrazado y besado como un poseso en una erupción de pasión incontrolada... El mero pensamiento lo hizo removerse inquieto en el asiento.
La naturaleza honesta de Peter lo instaba a abordar la situación sin rodeos. Y no había más que una solución a su dilema: tendría que disculparse por su comportamiento y asegurarle a la muchacha que no volvería a repetirse. Que lo colgaran si iba a pasarse el mes andando a hurtadillas en su propia casa para evitar a esa mujer. Tratar de olvidarse del suceso no era factible.
Lo único que deseaba era comprender cómo había sucedido en primer lugar.
Peter había sido incapaz de pensar en otra cosa desde ese encuentro tras el seto: en su sorprendente falta de autocontrol y, lo que era mucho más asombroso, en la profunda satisfacción de besar a esa irritante arpía.
-Es del todo inútil-le llegó la voz de St. Vincent. El hombre estaba sentado en una de las esquinas del escritorio y miraba a través del estereoscopio-. ¿A quién diantres le importan las vistas de paisajes y monumentos?--prosiguió St. Vincent con indolencia- Necesitas imágenes estereoscópicas de mujeres, Lanzani. Para eso sí merecería la pena usar este chisme.
-Creía que ya contemplabas suficientes en tres dimensiones-replicó Peter con sequedad-. ¿No te parece que te tomas demasiado interés por la anatomía femenina, St. Vincent?
-Tú tienes tus aficiones y yo tengo las mías.
Peter desvió la mirada hacia su cuñado, cuyo rostro se mantenía educadamente inexpresivo, y hacia Simón Hunt, que parecía encontrar divertida la conversación. Los hombres allí reunidos eran totalmente diferentes, tanto en carácter como en procedencia. El único denominador común era la amistad que los unía a Peter, Gideon Shaw era una contradicción andante, un «aristócrata norteamericano», el bisnieto de un ambicioso capitán de navío yanqui. Simón Hunt era empresario hijo de un carnicero, un hombre sagaz, emprendedor y de total confianza. Y por último, estaba St. Vincent, un canalla sin principios y un prolífico amante de mujeres. Siempre se le podía encontrar en cualquier fiesta o reunión que estuviera de moda, donde permanecía hasta que la conversación se volvía «tediosa» -lo que quería decir que el tema que se discutía era importante o digno de consideración-, momento en el que se marchaba en busca de otra fiesta.
Peter nunca se había encontrado con un cinismo tan arraigado como el que demostraba St. Vincent. El vizconde casi nunca decía lo que pensaba, y si acaso llegaba a sentir una pizca de compasión por alguien lo ocultaba con pericia. Un «alma pérdida», así se referían a él en ocasiones y, en efecto, parecía que St, Vincent se encontraba más allá de cualquier posibilidad de redención. Al igual que parecía improbable que Hunt o Shaw hubieran tolerado la presencia de un hombre así de no ser por la amistad que lo unía a Peter.
El propio Peter tendría poco que ver con St. Vincent, si no fuese por los recuerdos de sus días en la escuela a la que ambos habían asistido. Una y otra vez, St. Vincent había demostrado ser un amigo en el que se podía confiar, capaz de hacer cualquier cosa para librar a Peter de un castigo o de compartir con benevolente indiferencia los dulces que le enviaban desde casa. Además, siempre había sido el primero en ponerse al lado de Peter en una pelea.
St. Vincent comprendía lo que significaba el desprecio de un progenitor, puesto que su propio padre no había sido mejor que el de Peter. Los dos chicos se habían compadecido el uno del otro con cínico humor y habían hecho todo lo posible por ayudarse entre sí. En los años transcurridos desde que abandonaran el colegio, el carácter de St. Vincent parecía haberse deteriorado bastante, pero Peter no era de esos que olvidaban antiguas deudas. Como tampoco era de los que le volvían la espalda a un amigo.
Cuando St. Vincent se hundió en el sillón junto a Gideon Shaw, la imagen resultante fue desconcertante: ambos rubios y más que favorecidos por la naturaleza y, a pesar de todo, ciertamente diferentes en aspecto. Shaw era un apuesto urbanita, con una sonrisa irreverente que atraía a cuantas personas la veían. Sus facciones reflejaban las sutiles huellas de una vida que, pese a todas las riquezas materiales, no había sido siempre fácil para él. Sin importar qué dificultad se cruzara en su camino, Shaw la manejaba con elegancia e ingenio.
St. Vincent, por el contrario, poseía una exótica belleza masculina, con los ojos azul claro de corte felino y un rictus cruel en los labios, incluso cuando sonreía. Había cultivado un aura de perpetua indolencia que muchos de los londinenses preocupados por la moda trataban de emular. Si le hubiera sentado bien vestir como un dandi, St. Vincent lo habría hecho sin duda. No obstante, sabía que cualquier adorno, fuera del tipo que fuese, sólo serviría para desviar la atención del dorado esplendor de su apariencia, de manera que vestía con estricta sencillez: trajes oscuros de corte impecable.
Dado que St. Vincent se hallaba en el estudio, la conversación, como era de esperar, se desvió hacia las mujeres. Según decían, una dama casada de reconocido prestigio en la sociedad londinense había intentado suicidarse tres días antes, cuando su aventura con St. Vincent había llegado a su fin. El vizconde había creído conveniente escapar a Stony Cross Park en medio del furor del escándalo.
-Un despliegue melodramático de lo más ridículo-se burló St. Vincent al tiempo que pasaba la yema de sus largos dedos por el borde de la copa de brandy-. Los rumores dicen que se cortó las venas, cuando en realidad sólo se hizo unos rasguños con un alfiler de sombrero y luego comenzó a gritar para que una doncella la ayudara.-Sacudió la cabeza, indignado-, Estúpida... Después de todos los quebraderos de cabeza que nos costó mantener la aventura en secreto, hace algo así. Ahora todo Londres lo sabe, incluido su esposo. ¿Y qué se supone que esperaba conseguir con esto? Si lo que quería era castigarme por abandonarla, ella va a sufrir cien veces más. La gente siempre le echa la culpa a la mujer, sobre todo si está casada
-¿Cuál crees que será la reacción de su marido?-preguntó Peter, que se centró sin dilación en los aspectos más prácticos -¿Es posible que intente vengar la afrenta?
La expresión indignada de St. Vincent se acentuó.
-Lo dudo, ya que le dobla la edad y no ha tocado a su mujer en años. No parece muy probable que se arriesgue a desafiarme a duelo para reparar el supuesto honor de la dama. Si ella hubiera mantenido la boca cerrada para evitar que lo tildaran de cornudo el hombre habría dejado que su esposa hiciera lo que le viniera en gana. Pero, en lugar de eso, esa pequeña estúpida ha hecho todo lo posible para airear su indiscreción.
Simón Hunt clavó la mirada en el vizconde con una expresión de serena curiosidad.
-Me parece interesante-dijo en voz baja- que se refiera a la aventura como la indiscreción de ella y no como la suya.
-Porque así ha sido-replicó St. Vincent con énfasis. La luz de la lámpara jugueteaba de modo adorable sobre los marcados ángulos de su rostro-. Yo fui discreto, pero ella no.-Sacudió la cabeza al tiempo que dejaba escapar un suspiro resignado-. Nunca debí dejar que me sedujera.
-¿Ella te sedujo?- preguntó Peter con escepticismo.
-Juro por todo lo que me es sagrado que....-St. Vincent se detuvo-. No, espera. Puesto que no hay nada que considere sagrado, permite que lo exprese de otra manera. Tendrás que creerme cuando te digo que fue ella la instigadora de la aventura. Dejó caer señales a diestro y siniestro, comenzó a presentarse en cualquier sitio al que yo acudía y me envió mensajes en los que me suplicaba que la visitara a la hora que yo quisiera, asegurándome que vivía separada de su marido. Ni siquiera la deseaba; supe que el asunto iba a ser mortalmente aburrido incluso antes de tocarla. Pero llegamos a un punto en el que habría sido una grosería seguir rechazándola, de modo que fui a su residencia y ella me recibió desnuda en la entrada. ¿Qué se suponía que debería haber hecho?
- ¿Marcharse?-sugirió Gideon Shaw con una media sonrisa y la vista clavada en el vizconde como si éste fuera uno de los animales del zoológico real.
-Tendría que haberme marchado, sí -fue la desabrida respuesta de St. Vincent- Pero nunca he sido capaz de rechazar a una mujer que quiere un revolcón. Además, llevaba mucho tiempo sin acostarme con alguien... una semana al menos, así que yo...
-¿Una semana sin acostarse con alguien es demasiado tiempo?- lo interrumpió Peter, con una de las cejas alzadas.
-¿Acaso vas a decirme que no lo es?
-St. Vincent, si un hombre tiene tiempo para acostarse con una mujer más de una vez por semana, es evidente que no tiene muchas cosas que hacer. Seguro que hay unas cuantas responsabilidades que te mantendrían lo bastante ocupado como para no preocuparte por...- Peter se detuvo para buscar las palabras que expresaran con exactitud lo que quería decir- un encuentro sexual.
Un marcado silencio acogió sus palabras. Cuando miró a Shaw, descubrió que su cuñado parecía súbitamente concentrado en dejar caer la cantidad justa de ceniza de su cigarro sobre un cenicero de cristal, y el conde no pudo evitar fruncir el ceño.
-Shaw, tú eres un hombre ocupado con negocios en dos continentes. Es evidente que estarás de acuerdo con mi afirmación.
Shaw esbozó una media sonrisa.
-Lanzani, dado que mis «encuentros sexuales» se limitan exclusivamente a mi esposa, que resulta ser tu hermana, creo que tendré el buen tino de mantener la boca cerrada.
St. Vincent sonrió con pereza.
-Es una lástima que el buen tino interfiera en una conversación de lo más interesante.- Desvió la mirada hacia Simón Hunt, que lucía un ligero ceño-. Hunt, usted podría hacernos partícipes de su opinión. ¿Con qué frecuencia debería un hombre hacerle el amor a una mujer? ¿Considera usted que más de una vez por semana sería un caso de glotonería imperdonable?
Hunt le dirigió a Peter una breve mirada de disculpa.
-Por mucho que la idea de estar de acuerdo Con St. Vincent me...
Peter bufó antes de volver a insistir.
-Es un hecho reconocido que un exceso de placeres sexuales resulta perjudicial para la salud, al igual que comer y beber en exceso...
-Acabas de describir lo que, en mi opinión, es una noche perfecta, Lanzani-murmuró St. Vincent con una sonrisa, antes de volver a dirigirse a Hunt-. ¿Con qué frecuencia usted y su esposa...?
-Lo que pasa en mi dormitorio no es de interés público-replicó Hunt con firmeza.
-Pero ¿se acuesta con ella más de una vez a la semana? -presionó St. Vincent.
-Demonios, sí -musitó Hunt.
-Tal y como se debe hacer con una mujer tan hermosa como la señora Hunt-dijo con suavidad St. Vincent, que soltó una carcajada al ver la mirada de advertencia que le dirigía Hunt-. No, no se enfade. Su esposa es la última mujer el mundo en la que me fijaría. No tengo deseo alguno de perder la vida bajo el peso de esos enormes puños suyos. Además, las mujeres felizmente casadas nunca me han atraído en demasía... sobre todo si se tiene en cuenta que las que no son tan felices son mucho más asequibles. -Devolvió la mirada a Peter-. Parece que nadie comparte tu opinión Lanzani. Los beneficios del trabajo duro y la auto disciplina no pueden rivalizar con el cálido cuerpo de una mujer en la cama.
Peter frunció el ceño.
-Hay cosas mucho más importantes.
-¿Como cuáles?- preguntó St. Vincent con la exagerada paciencia que mostraría un chiquillo rebelde al que su decrépito abuelo le está dando un sermón indeseado-.Supongo que ahora me saldrás con eso del «progreso social». Dime, Lanzani... -Le dirigió una mirada sagaz-. Si el diablo te propusiera un trato según el cual los huérfanos famélicos de Inglaterra estuviesen bien alimentados de ahora en adelante a cambio de que tú nunca volvieras a acostarte con una mujer, ¿qué elegirías? ¿Los huérfanos o tu satisfacción personal?
-Nunca respondo preguntas hipotéticas.
St. Vincent dejó escapar una carcajada.
-Justo lo que yo pensaba. Parece que los huérfanos tienen mala suerte.
-Yo no he dicho que.....-comenzó Peter, pero se detuvo con impaciencia-. No importa. Mis invitados esperan. Tenéis toda la libertad de continuar esta conversación sin sentido aquí... pero podéis acompañarme a las salas de recepción.
-Yo iré contigo-dijo Hunt de inmediato mientras se apartaba del sillón-. Mi esposa me estará buscando.
-Lo mismo digo-convino Shaw con placidez, poniéndose también en pie.
St. Vincent le dirigió a Peter una mirada pícara.
-Que Dios me libre de que alguna vez le deje a una mujer ponerme una argolla en la nariz... y, lo que es peor, que me muestre tan condenadamente agradecido por ello.
A decir verdad, Peter no podría estar más de acuerdo.
No obstante, mientras los cuatro hombres se alejaban sin mucho entusiasmo del estudio, Peter no pudo evitar reflexionar acerca del curioso hecho de que Simón Hunt, quien había sido el soltero más empedernido que el conde había conocido jamás, si no tenía en cuenta a St. Vincent, pareciera inusualmente feliz de cargar con las cadenas del matrimonio. Dado que conocía mejor que nadie la fiereza con la que Hunt se había aferrado a su libertad, así como las escasas relaciones que había mantenido con las mujeres, a Peter le había sorprendido la buena disposición con la que su amigo había abandonado su independencia. Y nada menos que por una mujer como Annabelle, quien, a primera vista, no había parecido otra cosa que una caza maridos superficial y egoísta. Sin embargo, al final había resultado evidente que existía un grado inusual de devoción entre la pareja, por lo que el conde se había visto obligado a reconocer que Hunt había escogido una buena esposa.
-¿No te arrepientes?-le murmuró a Hunt cuando cruzaron el vestíbulo; Shaw y St. Vincent los seguían a un paso mucho más tranquilo.
Hunt lo observó con una sonrisa inquisitiva. Era un hombre corpulento, de cabello oscuro, que compartía con Nicholas el mismo físico de incuestionable virilidad y la misma avidez por la caza y los deportes.
-¿De qué?
-De que tu mujer te lleve sujeto por la nariz.
El comentario provocó que Hunt esbozara una sonrisa irónica y que sacudiera la cabeza.
-Si mi esposa me lleva sujeto de algún sitio, es de otra parte muy diferente de mi anatomía, Peter y no, no me arrepiento de nada.
-Supongo que el matrimonio tiene ciertas ventajas -meditó -Peter en voz alta-. Como tener a una mujer a mano para satisfacer tus necesidades, por no mencionar el hecho de que tener una esposa resulta mucho más barato que mantener a una amante. Además, hay que considerar el asunto de los herederos...
Hunt rió ante los esfuerzos de su amigo por encontrarle el lado práctico a la situación.
-No me casé con Annabelle por conveniencia. Y, aunque no he hecho números, te aseguro que mi esposa no resulta más barata que una amante. En cuanto a lo de engendrar herederos, es lo último que tenía en mente cuando le propuse matrimonio.
- ¿Y por qué lo hiciste?
-Te contestaría de buena gana, pero no hace mucho tiempo me dijiste que esperabas que no comenzase a... ¿Cuáles fueron tus palabras? «A balbucear y arrojar mis sensibleras emociones a los cuatro vientos.»
-Crees que estás enamorado de ella.
-No-señaló Hunt con calma-, sé que estoy enamorado de ella.
Peter se encogió ligeramente de hombros.
-Si eso hace que el matrimonio te resulte más agradable, créelo.
-Por el amor de Dios, Peter- murmuró Hunt con una sonrisa extraña en los labios- ¿es que nunca te has enamorado?
-Por supuesto. Obviamente, he encontrado a algunas mujeres más apetecibles que otras en términos de disposición y apariencia física.......
-No, no, no... No me refiero a encontrar a alguien que sea apetecible». Me refiero a estar absolutamente embelesado por una mujer que te llena de desesperación, anhelo, éxtasis...
Peter le dirigió una mirada desdeñosa.
-No tengo tiempo para esas tonterías,
Hunt lo irritó todavía más cuando prorrumpió en carcajadas.
-¿Me estás diciendo que el amor no será un factor decisivo en la elección de tu esposa?
-Por supuesto que no. El matrimonio es un asunto demasiado importante como para dejar que interfieran emociones tan volubles.
-Tal vez tengas razón-concedió al instante Hunt. Demasiado deprisa, como si no creyera lo que decía-, Un hombre como tú debería elegir a una esposa siguiendo un proceso lógico. Estoy impaciente por ver cómo lo logras.
continuara...
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