lunes, 30 de abril de 2012

Decimo cap


Lord Lanzani, que estaba inclinado sobre el escritorio con las manos apoyadas sobre la pulida superficie, levantó la vista de un pliego de papel. Se enderezó en el asiento y entrecerró los ojos al ver Lali. Moreno, austero e impecablemente vestido, era la viva imagen del aristócrata inglés, con la corbata anudada a la perfección y el abundante cabello retirado de la frente de forma implacable. De pronto, a Lali le resultó imposible conciliar la imagen del hombre que tenía delante con la del bruto juguetón sin afeitar que le había permitido tirarlo al suelo sobre el campo de rounders que se encontraba detrás del establo.
Una vez que hubo guiado a su esposa y a sus hijas al interior de la habitación, Thomas Esposito dijo sin más preliminares:
-Gracias por acceder a que nos reuniéramos aquí, milord. Le prometo que esto no nos llevará mucho tiempo.
-Señor Esposito-lo saludó Peter en voz baja-, no imaginé que tendría el privilegio de encontrarme también con su familia
-Me temo que la palabra «privilegio» resulta una exageración en este caso -afirmó Thomas con tono brusco-. Al parecer, una de mis hijas se ha comportado de modo inaceptable en su presencia y desea expresarle su arrepentimiento. -Colocó los nudillos en la espalda de Lali y la empujó hacia el conde-. Adelante.
Peter frunció el ceño.
-Señor Esposito, esto no es necesario...
-Permita que mi hija diga lo que tiene que decir -replicó Thomas, apremiando a Lali para que se adelantara.
El ambiente de la biblioteca era silencioso pero explosivo cuando Lali alzó la vista hacia Peter. Había fruncido el ceño aún más y, no sin cierta perspicacia, la joven advirtió que el conde no deseaba una disculpa por su parte. No de esa forma, con su padre obligándola a hacerla de una forma tan humillante. De algún modo, eso hizo que le resultara mucho más fácil disculparse.
Tragó saliva con fuerza y clavó la mirada en aquellos insondables ojos oscuros, que emitían brillos de un azabache intenso debido a la luz que entraba en la estancia.
-Siento lo que ocurrió, milord. Ha sido un anfitrión generoso y se merece mucho más respeto por mi parte del que le he mostrado esta mañana. No debería haber desafiado su decisión sobre la carrera de obstáculos, ni debería haberle hablado como lo hice. Espero que acepte mis disculpas y que sepa que son sinceras.
-No -dijo él con suavidad.
Lali parpadeó por la incredulidad, ya que en un principio pensó que había rechazado sus excusas,
-Soy yo quien debería disculparse, señorita Esposito, y no usted,-continuó Peter-. Sus actos de rebeldía fueron provocados por mi despliegue de autoritarismo. No puedo culparla por responder de semejante modo a mi arrogancia,
Lali se esforzó por ocultar su perplejidad, aunque no le resultó fácil, ya que Peter estaba haciendo exactamente lo contrario de lo que había esperado. Le habían dado la oportunidad perfecta para que aplastara su orgullo... y él había elegido no hacerla. Se escapaba a su comprensión. ¿A qué clase de juego estaba jugando?
El conde paseó la mirada por sus desconcertadas facciones.
-Pese a lo mal que lo expresé esta mañana -murmuró-, mi preocupación por su seguridad era genuina. Y de ahí la razón de mi furia.
Sin dejar de observarlo con atención, Lali sintió que el nudo de resentimiento que se le había formado en el pecho comenzaba a disolverse. ¡Qué amable estaba siendo! Y no daba la sensación de que estuviera fingiendo. Parecía comprensivo y amable de verdad. La embargó una sensación de alivio y se vio con fuerzas para respirar por primera vez en todo el día.
-Ese no fue el único motivo de su furia -le dijo-. Tampoco le gusta que Ie desobedezcan.
Peter soltó una risa ronca.
-No-admitió con una lenta sonrisa-, no me gusta. -La sonrisa trasformó las severas facciones de su rostro, lo que hizo que se desvaneciera la reserva natural y quedara al descubierto un atractivo que resultaba mil veces más poderoso que la mera belleza.
Lali sintió un extraño aunque agradable escalofrío que le recorrió la piel.
-Entonces, ¿se me permitirá montar sus caballos de nuevo?--se atrevió a preguntar.
-¡Lali!--oyó gritar a su madre.
Un brillo jovial iluminaba los ojos de Peter, como si se deleitara con la audacia de la joven.
-Yo no diría tanto.
Atrapada en la aterciopelada trampa de su mirada, Lali se dio cuenta de que su eterna discordia se había convertido en una especie de desafío amistoso... atemperado con algo que parecía casi...erótico. Santo Dios. Unas cuantas palabras agradables de Peter y estaba a punto de convertirse en una estúpida...
Al ver que habían hecho las paces, Mercedes comenzó a barbotear con entusiasmo:
-¡Ay, querido lord Lanzani, qué caballero tan magnánimo es usted! Y debo decir que no es autoritario en absoluto... Es más que evidente que fue su preocupación por mi voluntarioso angelito lo que le llevó a actuar así, y eso es una prueba más que suficiente de su infinita benevolencia.
La sonrisa del conde adquirió un matiz sarcástico y le dirigió a Lali una mirada especulativa, como si estuviera meditando si la expresión «voluntarioso angelito» era una descripción adecuada para ella. Le ofreció el brazo a Mercedes y preguntó con tono indiferente
-¿Me permite que la acompañe hasta el comedor, señora Esposito?
Eufórica ante la idea de que todos la vieran entrar del brazo del propio lord Lanzani, Mercedes aceptó con un suspiro de placer. Cuando emprendieron el camino desde el estudio hacia el salón donde tendría lugar la procesión para la cena, Mercedes se embarcó en un discurso insoportablemente largo acerca de sus impresiones sobre Hampshire, dejando caer unas cuantas críticas insignificantes que pretendían resultar ingeniosas, pero que lograron que Lali y Daisy se miraran la una a la otra con silenciosa desesperación. Lord Lanzani recibió las toscas observaciones con meticulosa cortesía y sus pulidos modales hicieron que los de su madre parecieran incluso peores en comparación. Y, por primera vez en toda su vida, Lali se le ocurrió que su desprecio deliberado por la etiqueta tal vez no fuera tan inteligente como pensara en un principio. Una cosa era segura: no quería acabar siendo tediosa y reservada... claro que, a su vez, tampoco sería algo tan malo comportarse con un poco más de dignidad.
Era evidente que lord Lanzani sintió un infinito alivio al apartarse de los Esposito cuando llegaron al salón, por más que no lo manifestara ni de gesto ni de palabra. Les deseó cortésmente una noche agradable y se marchó tras hacer una ligera reverencia para unirse a un grupo entre el que se encontraban su hermana, lady Olivia, y su cuñado, el señor Shaw.
Daisy se giró hacia Lali y la miró con los ojos abiertos como platos.
-¿Por qué lord Lanzani se ha mostrado tan amable contigo?-susurró-. Y ¿por qué diantres le ha ofrecido a madre su brazo para escoltarnos hasta aquí y verse obligado con ello a escuchar su incesante cháchara?
-No tengo ni la más mínima idea -musitó Lali- Pero está claro que posee una alta tolerancia al dolor.
Simón Hunt y Annabelle se unieron al grupo que se encontraba al otro lado de la estancia. Alisándose de forma distraída la cinturilla de su vestido azul plata, Annabelle echó un vistazo a la multitud, captó la mirada de Lali y compuso una mueca de aflicción. Era obvio que se había enterado de la confrontación que había tenido lugar durante la carrera de saltos. «Lo siento», esbozó con los labios. Pareció aliviada cuando Lali le hizo un gesto de asentimiento con la cabeza para asegurarle que todo estaba bien y le envió un mensaje silencioso que decía: «No pasa nada.»
Al final, todos entraron en procesión al comedor, con los Esposito y los Hunt entre los últimos que cerraban la marcha, puesto que eran los de menor rango.
-El dinero siempre cubre la retaguardia-comentó el padre de Lali de forma críptica, y ella supuso que no tenía mucha paciencia con las reglas de precedencia que se observaban con tanta meticulosidad en semejantes circunstancias.
Lali se dio cuenta de pronto de que, en las ocasiones en las que la condesa estaba ausente, lord Lanzani y su hermana lady Olivia tendían a arreglar las cosas de una manera mucho menos formal e instaban a los invitados a entrar en el comedor a su propio ritmo, en lugar de en procesión. Con la condesa presente, al parecer, debían adherirse de forma estricta a la tradición.
Daba la impresión de que había casi tantos sirvientes como invitados; todos ellos estaban vestidos con un uniforme que consistía en unos abultados calzones negros, un chaleco color mostaza y un chaqué azul. Sentaron a los invitados con premura y sirvieron el vino y el agua sin derramar una sola gota.
Para sorpresa de Lali, su sitio se encontraba cerca de la cabecera de la mesa de lord Lanzani, tan sólo a tres asientos a la derecha del conde. Ocupar un lugar tan cercano al anfitrión era una señal de gran privilegio que en muy raras ocasiones se le otorgaba a una joven soltera sin título alguno. Preguntándose si el sirviente se había equivocado al haberla sentado allí, echó una mirada cautelosa a los rostros de los huéspedes que se encontraban a su lado y vio que también ellos estaban perplejos por su presencia. Incluso la condesa, que se
sentaba al otro extremo de la mesa, la miraba ceñuda.
Lali le dirigió a lord Lanzani una mirada inquisitiva mientras él se acomodaba en su lugar a la cabecera de la mesa.
El hombre enarcó una de sus oscuras cejas.
-¿Le ocurre algo? Parece un poco consternada, señorita Esposito
Sin lugar a dudas, la respuesta apropiada habría sido ruborizarse y agradecerle aquel inesperado honor. No obstante, cuando Lali observó el rostro del conde, que parecía suavizado por la luz de, las velas, se descubrió respondiendo con absoluta franqueza:
-Me preguntaba por qué estoy sentada tan cerca de la cabecera de la mesa. A la luz de los acontecimientos de esta mañana, había asumido que me colocaría fuera, en la terraza trasera.
Hubo un momento de silencio sepulcral mientras los invitados que se encontraban alrededor asimilaban con expresión atónita que Lali realizara tan abierta referencia al conflicto que había tenido lugar entre ellos. No obstante, Lanzani los dejó aún más perplejos al echarse a reír por lo bajo, sin apartar la mirada de ella. Después de un instante, los demás se unieron a él con carcajadas algo forzadas.
-Ya que conozco su tendencia a meterse en problemas, señorita Esposito, he llegado a la conclusión de que es más seguro tenerla a la vista y al alcance de la mano, si es posible.
Ese comentario fue hecho casi con ligereza. Habría que ahondar mucho para descubrir alguna insinuación en su tono. Pese a todo, Lali sintió un cosquilleo líquido en su interior, una sensación que se trasladó de una terminación nerviosa a otra como un torrente de miel tibia.
La joven alzó una copa de champán hasta sus labios y paseó la mirada por el comedor. Daisy estaba sentada cerca del otro extremo de la mesa; charlaba de forma animada y a punto estuvo de derramar una copa de vino, ya que no dejaba de gesticular para enfatizar sus palabras. Annabelle se hallaba en la mesa de al lado, ajena, al parecer, a la multitud de miradas de admiración masculina que se posaban sobre ella. Los hombres que tenía a cada lado parecían entusiasmados por la suerte que habían tenido al ser colocados junto a una compañía tan arrebatadora, mientras que Simón Hunt, que se sentaba a unos cuantos asientos de distancia, los contemplaba con la venenosa mirada de un macho que protegiera su territorio.
Evie, su tía Florence y los padres de Lali se hallaban situados junto a otros invitados en la mesa más alejada. Como de costumbre, Evie apenas decía nada a los hombres que se sentaban junto a ella y contemplaba en silencio y con nerviosismo su propio plato. «Pobre Evie-pensó Lali con compasión-. Tendremos que hacer algo con esa maldita timidez tuya.»
Al reflexionar sobre sus hermanos solteros, Lali se preguntó si habría alguna posibilidad de emparejar a alguno de ellos con Evie. Quizá pudiera encontrar una manera de convencer a alguno para que hiciera alguna visita a Inglaterra. Dios sabía que cualquiera de ellos sería un marido mejor para Evie que su primo Eustace. Estaba su hermano mayor, Raphael, y los gemelos, Ransom y Rhys. No podría encontrarse un grupo de jóvenes más robustos. Sin embargo, Lali tenía la impresión de que cualquiera de los hermanos Esposito aterrorizaría a Evie. Eran hombres de buen carácter, pero nadie le aplicaría el calificativo «refinado» a ninguno de ellos. Y tampoco de civilizado».
Le llamó la atención la enorme fila de sirvientes que traían el primer plato: un desfile de fuentes llenas de sopa de tortuga y bandejas plateadas que contenían rodaballo bañado en salsa de langosta, pudín de cangrejo de río y trucha a las finas hierbas con lechuga estofada. Era el primero de una lista de ocho platos que vendrían seguidos por diferentes postres. Al encarar la perspectiva de otra cena prolongada, Lali reprimió un suspiro y levantó la vista para descubrir la sutil mirada escrutadora que Peter le dedicaba. No dijo nada, sin embargo, por lo que Lali no pudo evitar romper el silencio.
-Su caballo de caza, Brutus, parece un animal magnífico, milord. Me he fijado en que no usa fusta ni espuelas con él.
La conversación que había a su alrededor cesó y Lali se preguntó si habría metido la pata de nuevo. Tal vez se suponía que una joven soltera no podía hablar hasta que alguien se dirigiera a ella. De cualquier forma, Peter contestó al instante:
-En muy raras ocasiones utilizo la fusta o las espuelas con ninguna de mis posesiones, señorita Esposito. Por lo general, soy capaz de obtener los resultados que deseo sin ellas.
Lali pensó de mala gana que, al igual que a todos los que se encontraban en la propiedad del conde, al bayo ni se le pasaría por la cabeza desobedecer a su amo.
-Parece poseer un carácter mucho más dócil que otros purasangres -dijo ella.
Peter se reclinó en su silla cuando uno de los criados le si sirvió una porción de trucha sobre su plato. La luz parpadeante jugaba con los mechones de su cabello negro... y Lali no pudo evitar recordar la sensación de esos gruesos mechones entre sus dedos.
-Brutus es un cruce, a decir verdad. Una mezcla entre un purasangre y un caballo de tiro irlandés.
-¿En serio? -Lali no hizo esfuerzo alguno por ocultar sorpresa-. Jamás habría pensado que usted montaría otra cosa que no fuesen caballos del más alto pedigrí.
-Hay muchos que prefieren los purasangres-admitió el conde-. Pero un caballo de caza precisa de una marcada habilidad para los saltos y de la fuerza necesaria para cambiar de dirección con rapidez. Un cruce como Brutus posee toda la velocidad y el estilo de un purasangre, además de la fuerza atlética de un caballo de tiro irlandés.
Los demás ocupantes de la mesa no se perdían palabra. Cuando Peter terminó, un caballero añadió con jovialidad:
-Un animal soberbio, ese Brutus. Descendiente de Eclipse, ¿no es cierto? Es imposible pasar por alto la influencia del árabe Darley...
-Montar un cruce demuestra su mentalidad abierta -murmuró Lali.
Peter esbozó una media sonrisa.
-Puedo ser abierto de mente, de vez en cuando.
-Eso he oído... pero jamás había tenido evidencia alguna hasta el momento.
De nuevo, se hizo el silencio cuando los invitados escucharon los comentarios provocativos de Lali. En lugar de enfadarse, Peter la miró sin ocultar su interés. Si dicho interés era el de un hombre que la encontraba atractiva o el de uno que simplemente la consideraba un bicho raro de la naturaleza, era difícil de decir. Pero sin duda el interés estaba allí.
-Siempre he tratado de hacer las cosas de manera lógica -dijo-lo que, en ocasiones, supone una ruptura con la tradición.
Lali le dedicó una sonrisa burlona.
-¿Acaso encuentra que las ideas tradicionales no siempre son lógicas?
Peter negó ligeramente con la cabeza y el brillo de sus ojos se intensificó mientras daba un trago a su copa de vino y la miraba por encima del borde de cristal.
Otro caballero hizo un comentario gracioso acerca de curar a Peter de sus ideas liberales mientras traían el siguiente plato. La sucesión de curiosos objetos abultados sobre las bandejas plateadas fue recibida con satisfacción y grandes muestras de alborozo. Había cuatro por mesa, doce en total, colocadas a intervalos regulares sobre pequeñas mesitas plegables, donde los sirvientes y los criados de mayor rango procedieron a trinchar las viandas. El aroma especiado de la carne de ternera llenó el aire mientras los invitados observaban el contenido de las bandejas con murmullos de expectación. Lali se giró un poco en su asiento y echó un vistazo a la bandeja que tenía más cerca, situada sobre una mesita. A punto estuvo de dar un salto de terror al descubrir los achicharrados rasgos de una bestia irreconocible cuya cabeza recién horneada desprendía volutas de vapor.
La sorpresa le hizo dar un respingo y, al instante, escuchó el tintineo resultante de los cubiertos. Uno de los sirvientes se hizo cargo de inmediato de los resultados su torpeza: sacó tenedores y cucharas limpios y se agachó para recuperar los utensilios que habían caído. .
-¿Qué... qué es eso? -preguntó Lali sin dirigirse a nadie en articular, incapaz de apartar la mirada de aquella repugnante visión
-Cabeza de ternera-respondió una de las damas en un tono de divertida condescendencia, como si aquello fuese un ejemplo más del poco refinamiento de los americanos-. Una de las exquisiteces inglesas. No me diga que nunca la ha probado...l
Esforzándose por mantener una expresión indiferente, Lali meneó la cabeza sin decir palabra. Se encogió cuando el criado abrió las humeantes mandíbulas de la ternera y cortó la lengua. ..
-Algunos afirman que la lengua es la parte más deliciosa-continuó la dama-, mientras que otros juran que los sesos son, con diferencia, lo más sabroso. Yo, por mi parte, encuentro que, sin alguna, lo más exquisito son los ojos.
Los propios ojos de Lali se cerraron con repugnancia ante semejante revelación. Notó que el amargo sabor de la bilis ascendía por su garganta. Nunca había sido una entusiasta de la cocina inglesa, pero por objetable que encontrara algunos platos en pasado nada la había preparado para la repulsiva visión de la cabeza de ternera. Abrió un poco los ojos y miró a su alrededor. Al parecer, por todos lados se trinchaban, abrían y fileteaban las cabezas de ternera. Los cerebros se servían con cucharas sobre los platos; las mollejas se cortaban en rodajas...
Lali estaba a punto de vomitar.
Al sentir que la sangre se retiraba de su rostro, Lali dirigió la mirada hacia el otro extremo de la mesa, donde Daisy contemplaba, con vacilación las porciones que estaban siendo depositadas ceremoniosamente sobre su plato. Muy despacio, Lali se llevo la esquina de su servilleta hasta la boca. No. No podía permitirse vomitar. Sin embargo, el fuerte y grasiento olor de la cabeza de ternera flotaba a su alrededor y, mientras escuchaba el laborioso tintineo de los cuchillos y tenedores que se estaban empleando, así como los murmullos de apreciación de los comensales, empezó a verse acosada por las náuseas. Colocaron delante de ella un platito que contenía unas cuantas rodajas de... algo... y un gelatinoso globo ocular con base cónica que rodó como al descuido hacia el borde.
-Dios bendito...--susurró Lali, cuya frente comenzó a llenarse de sudor.
Una voz fría y calmada pareció atravesar la nube de náuseas.
-Señorita Esposito...
Lali siguió con desesperación el sonido de la voz y vio el rostro impasible de lord Lanzani.
-¿Sí, milord? -preguntó con voz ronca.
El conde pareció elegir sus palabras con inusual cuidado.
-Disculpe lo que sin duda le parecerá una petición algo excéntrica, pero da la casualidad de que este momento es el más apropiado para contemplar una rara especie de mariposas que habita en la propiedad. Aparece sólo a primera hora de la noche, cosa que, por supuesto, se sale de lo habitual. Es posible que recuerde que ya se lo mencioné en alguna conversación previa.
-¿Mariposas? -repitió Lali, que tuvo que tragar repetidas veces para contener las náuseas.
-Tal vez me permita conducidas a usted y a su hermana hasta el invernadero, donde se han visto nuevos capullos. Para mi desgracia, será necesario que nos ausentemos durante este plato, pero regresaremos a tiempo para que disfrute del resto de la cena.
Muchos de los invitados detuvieron sus tenedores a medio camino, con expresiones que reflejaban su perplejidad ante la peculiar petición de Peter.
AI darse cuenta de que le estaba proporcionando una excusa para salir del comedor, con su hermana como acompañante en aras del decoro, Lali asintió.
-Mariposas -repitió casi sin aliento-. Sí, me encantaría verlas.
-Y a mí también--dijo Daisy desde el otro extremo de la mesa. Se puso en pie al instante, lo que obligó a los caballeros a levantarse cortésmente de sus sillas-. Qué considerado por su parte recordar nuestro interés en los insectos autóctonos de Hampshire, milord.
Lanzani fue a ayudar a Lali a levantarse de su asiento.
-Respire a través de la boca -susurró.
Pálida y sudorosa, ella obedeció.
Todas las miradas estaban posadas en ellos.
-Milord -dijo uno de los caballeros, lord Wymark-¿podría preguntarle cuál es esa especie tan rara de mariposas a la que se refiere?
Se produjo un momento de incertidumbre y, acto seguido Peter respondió con seria determinación:
-La violeta moteada.-Hizo una pausa antes de terminar-La Erynnis pages.
Wymark frunció el ceño.
-Me considero algo así como un aficionado a los lepidópteros, milord, y a pesar de que conozco una «Erynnis tages», que puede encontrarse tan sólo en Northumberland, jamás había oído hablar de esa tal Erynnis pages. I
Hubo un breve instante de silencio.
-Es un híbrido -afirmó Peter-. Morpho purpureus fracticus. Por lo que sé, tan sólo ha podido observarse en los alrededores de Stony Cross.
-Me gustaría echar un vistazo a la colonia con usted, si es posible -comentó Wymark, que dejó la servilleta sobre la mesa y se dispuso a ponerse en pie-. El descubrimiento de un nuevo híbrido es siempre un extraordinario...
-Mañana al anochecer -le dijo Peter de forma autoritaria-. Las Erynnis pages son muy sensibles a la presencia humana. No desearía poner en peligro a una especie tan frágil. Creo que lo mejor es visitarlas en grupos pequeños, de dos o tres personas.
-Como quiera, milord -dijo Wymark, obviamente contrariado, al tiempo que volvía a tomar asiento-. Mañana al anochecer entonces.
Agradecida, Lali tomó el brazo de Peter mientras Daisy se agarraba al otro, y salieron de la habitación con gran dignidad.

continuara...

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