martes, 22 de enero de 2013
Capitulo 18
Si aquello era un sueño, reflexionó lali unos minutos más tarde la claridad con la que estaba sucediendo resultaba sorprendente. Un sueño, eso era... y se aferró con todas sus fuerzas a la idea. En los sueños se podía hacer cualquier cosa. No había reglas ni obligaciones... solo placer. Y qué placer... Tras desvestirla, Peter se quitó su propia ropa, de manera que los atuendos de ambos formaban montón en el suelo. Acto seguido, la cogió en brazos para llevarla hasta una cama enorme con almohadones suaves como nubes de plumas y unas impecables sábanas blancas de lino. Definitivamente, aquello era un sueño, puesto que la gente sólo hacía el amor en la oscuridad y en esa habitación entraba a raudales el sol de de la tarde
Peter yacía a su lado, medio inclinado sobre ella, y jugueteaba con la boca sobre sus labios, depositando en ellos unos besos tan lánguidos y prolongados que lali no sabía muy bien cuándo terminaba uno y comenzaba siguiente. Podía sentir toda la longitud del cuerpo masculino contra ella y su fuerza la sorprendía, al igual que el tacto acerado de los músculos que iba descubriendo con las manos. El cuerpo de Peter era toda una revelación: tan duro y a la vez tan suave... y tan caliente. El suave vello del su pecho le hacia cosquillas en los senos desnudos cada vez que el hombre se movía sobre ella. Finalmente, él reclamó cada centímetro de su cuerpo con un lento y erótico peregrinaje de besos y caricias
A lali le daba la impresión de que el olor de Lanzani- y también el suyo, a decir verdad- se había alterado gracias al calor de la pasión y había adquirido un matiz salobre que llenaba cada respiración con una fragancia erótica. Enterró la cara en el hueco de la garganta de Peter e inhaló con avidez. Peter... En ese sueño no se comportaba como un reservado caballero inglés, sino como un extraño tierno y audaz que la escandalizaba con las intimidades que le exigía. Tras colocarla boca abajo, se dispuso a trazar un camino descendente de suaves mordiscos a lo largo de su columna descubriendo con la lengua lugares que la hacían estremecerse por la sorpresa del placer. Notó la cálida mano que le acariciaba las nalgas. Cuando sintió que acariciaba con la punta de los dedos la secreta hendidura que había entre sus muslos, lali emitió un gemido de desamparo y comenzó a arquearse sobre el colchón.
Con un murmullo ininteligible, Peter presionó su espalda con suavidad para que volviera a tenderse en el colchón y, tras apartar los sedosos rizos, la penetró con un dedo y jugueteó con la delicada cada carne dibujando caricias circulares. lali apoyó una de sus enfebrecidas mejillas sobre la sábana blanca y jadeó de placer. El conde murmuró algo tras su nuca y se colocó a horcajadas sobre ella. El sedoso peso de su sexo rozó una de las piernas de lali mientras jugueteaba entre sus muslos con caricias enloquecedoramente suaves y lentas. Demasiado lentas. Ella deseaba mucho más…. lo quería todo... cualquier cosa. Con el corazón desbocado, se aferró a las sábanas de lino y las arrugó entre sus sudorosas manos. En su interior bullía una tensión muy extraña que la obligaba a retorcerse bajo el musculoso cuerpo de Peter.
Los gritos ahogados que emitía parecían complacerlo. Volvió a darle la vuelta para dejarla acostada sobre la espalda y la contempló con un brillo febril en sus ojos oscuros.
-lali -susurró sobre los trémulos labios de la muchacha.- ángel mío, mi amor... -¿Te duele aquí? -Y, en ese momento, su dedo volvió a penetrarla-. En este sitio tan suave y tan vacío... ¿quieres que lo llene?
-Sí -sollozó ella sin dejar de retorcerse para acercarse más a él. - Sí, Marca... si.
-Pronto -le aseguró antes de pasar la lengua por un enhiesto pezón.
lali no pudo reprimir un jadeo cuando sintió que su seductora lengua se retiraba. Aturdida y desesperada, notó que él comenzaba a descender a lo largo de su cuerpo; más y más abajo, lamiéndola y mordisqueándola hasta que... hasta que...
Sus manos le separaron los muslos y ella se quedó sin aliento al sentir la húmeda y fresca caricia de su lengua, que invadía los empapados rizos de su entrepierna. Sin poder evitarlo, alzó las caderas para acercarse aún más a la boca de Peter.
«N o debería, él no debería...», pensaba sumida en el estupor al tiempo que Peter lamía más profundamente su sexo y la punta de su lengua le infligía un sensual tormento que la hacía gritar. Peter no pensaba detenerse. Centró toda su atención en la pequeña protuberancia de la entrepierna de lali hasta que encontró una cadencia que incendió el cuerpo de la joven; no obstante, hizo una pausa a continuación para explorar los intrincados pliegues que se abrían más abajo y lali no pudo reprimir un gemido cuando la penetró con la lengua.
-Peter -se oyó murmurar con voz ronca, una y otra vez, como si su nombre fuese un encantamiento erótico-. Peter...
Con manos trémulas, sujetó la cabeza de Peter e intentó obligarlo a ascender un poco más, a poner su boca allí donde ella la necesitaba. De haber sido capaz de encontrar las palabras, le habría suplicado. De repente, la boca de Peter cruzó esa pequeña pero crucial distancia y se apoderó de ella con una precisión sensual, suc-cionando y lamiendo la pequeña protuberancia de forma implacable. lali dejó escapar un grito gutural cuando el éxtasis la arrastró y se llevó todo rastro de cordura.
Peter volvió a incorporarse sobre ella y la acunó entre sus brazos, al tiempo que depositaba unos cálidos besos sobre sus mejillas humedecidas. lali, con la respiración entrecortada, lo abrazó con todas sus fuerzas, pero aún seguía sin ser suficiente. Quería el cuerpo de Peter, y también su alma, dentro de ella. Alargó el brazo con torpeza y aferró la rígida extensión de su miembro para guiarlo hacia la húmeda abertura de su entrepierna
-lali-Los ojos de Peter parecían tan oscuros como la obsidiana fundida-. Tienes que comprender que si hacemos esto todo cambiará. Tendremos que...
-Ahora -lo interrumpió ella con voz ronca-. Te quiero dentro de mí. ¡Ahora! -Y, con esas palabras, deslizó los dedos desde la base de su miembro hasta el hinchado extremo al tiempo que mordisqueaba con suavidad uno de los endurecidos músculos de su cuello.
Con un movimiento vertiginoso, Peter la colocó de espaldas sobre el colchón, descendió sobre ella y le separó los muslos. Al instante, lali sintió una molesta presión en la entrepierna y sus músculos se tensaron ante la invasión.
En ese momento, él introdujo una mano entre sus cuerpos y comenzó a acariciarle la parte más saliente de su sexo, creando con la punta de los dedos una nueva oleada de placer en esa zona sensible hasta que ella comenzó a mecerse en respuesta. Cada vez que alzaba las caderas para acogerlo, notaba como su masculinidad se introducía un poco más y la estiraba por dentro. Y, de súbito, él la acometió con una poderosa embestida y se hundió en ella hasta el fondo. lali se mantuvo inmóvil, jadeando por la sorpresa y el dolor, mientras sus manos se aferraban a la espalda suave y musculosa del hombre. Los músculos internos de su cuerpo palpitaban con violencia en torno al miembro de Peter, que le provocaba una sensación a caballo entre el dolor y la distensión que no desaparecía a pesar de su disposición a aceptarlo en su interior. Él murmuró unas palabras para tranquilizarla y se mantuvo inmóvil, demostrando una paciencia infinita en su intento de no lastimarla.
Mientras Peter la acurrucaba y la besaba, lali levanto la vista hacia esos ojos oscuros que la contemplaban con tanta ternura. Sus miradas quedaron entrelazadas y ella sintió que su cuerpo entero se relajaba y que la tensión la abandonaba por completo. Las manos de Peter la aferraron por las nalgas para alzarla al tiempo que comenzaba a moverse con un ritmo cuidadoso.
-¿Te gusta así? -le preguntó en un susurro.
Como respuesta, ella dejó escapar un gemido y le rodeó el cuerpo con los brazos. Cuando echó la cabeza hacia atrás, Peter aprovechó para darle u beso en la garganta mientras su cuerpo se abría por completo a la ardiente invasión. lali comenzó a arquear las caderas en busca de la mezcla de gozo y dolor que el movimiento proporcionaba y descubrió que, al hacerlo, aumentaba el placer de Peter. El rostro masculino adquirió cierta rigidez a causa de la excitación y la joven comenzó percibir sus jadeos contra la garganta
-lali -dijo con voz enronquecida mientras aferraba sus nalgas con más fuerza-. ¡Dios mío! No puedo... lali. -Cerró los ojos y dejó escapar un gemido ronco cuando alcanzó su propio clímax, mientras su miembro palpitaba de forma perceptible en el interior de la muchacha.
Cuando intentó retirarse, poco después, ella lo abrazó y murmuró:
-No. Todavía no, por favor...
Así pues, Peter rodó hasta que ambos quedaron de costado con los cuerpos aún unidos. Poco dispuesta a dejarlo marchar, ella le colocó una de sus esbeltas piernas sobre la cadera y disfrutó de las caricias que los dedos de Peter trazaban sobre su espalda. -Peter -susurró-. Esto es un sueño... ¿verdad?
lali percibió su somnolienta sonrisa sobre la mejilla.
-Duérmete -le contestó él, antes de besarla.
Cuando lali abrió los ojos de nuevo, el sol de la tarde estaba a punto de desaparecer y el trozo de cielo que se atisbaba por la ventana tenía un tinte color lavanda. Los labios de Peter vagaban perezosamente desde su sien hasta el mentón y uno de sus brazos le rodeaba los hombros para ayudarla a incorporarse en la cama. Todavía un poco desorientada, percibió el familiar aroma masculino. Sentía la boca seca y unos pinchazos en la garganta. Cuando intentó hablar, su voz fue una especie de graznido.
-Sed.
Sintió sobre los labios el borde de un vaso de cristal del que bebió agradecida. El líquido tenía un sabor refrescante a limón y miel.
-¿ Quieres más?
Cuando lali miró al hombre que la acompañaba, vio que estaba completamente vestido, que acababa de peinarse y que su rostro tenía el aspecto fresco de aquel que está recién bañado. Ella sentía la lengua pastosa y seca.
-He soñado... he soñado...
No obstante, comprendió al instante que no había sido un sueño. Aunque Lanzani estuviera vestido decentemente, ella estaba desnuda en la cama del conde, cubierta tan sólo por una sábana
- ¡Ay, Dios mío! -¡-exclamó en un susurro, estupefacta y asustada al comprender lo que había hecho. Tenía un espantoso dolor de cabeza, por lo que se presionó las sienes con los dedos. .
Lanzani giró una bandeja colocada en la mesita de noche y llenó de nuevo el vaso con la refrescante bebida.
-¿Te duele la cabeza? -le preguntó-. Ya me lo imaginaba. Toma. -Le ofreció un sobrecito de papel que ella abrió con dedos trémulos.
Tras echar la cabeza hacia atrás, lali vertió el amargo contenido del sobrecito en su boca y dio un buen sorbo al líquido dulzón para poder tragárselo. Con el movimiento, la sábana se deslizó hasta su cintura. Avergonzada y presa de un intenso rubor, agarró la sábana con un jadeo. Si bien Lanzani se abstuvo de hacer comentario alguno, fue más que evidente por su expresión que ya era demasiado tarde para demostrar pudor alguno. lali cerró los ojos y soltó un gemido.
Después de quitarle el vaso de las manos, la ayudó a apoyar de nuevo la cabeza sobre la almohada y esperó hasta que fue capaz de volver a mirarlo a los ojos. Sin dejar de sonreír, Lanzani le acarició las mejillas con los nudillos. lali, que deseaba que no pareciera tan encantado consigo mismo, frunció el ceño y dijo:
-Milord...
-Todavía no. Ya hablaremos cuando me haya ocupado de ti
lali gritó con desmayo cuando Lanzani tiró de la sábana para apartarla de su cuerpo y dejó a la vista cada centímetro de su piel.
- ¡No!
Haciendo caso omiso de su negativa, él se acercó a la mesita de noche y vertió un poco de agua humeante de una pequeña jarra en un cuenco de cerámica color crema. Acto seguido, hundió un trozo de lienzo en el agua lo retorció para escurrirlo y se sentó junto a lali. Al comprender cuáles eran sus intenciones, ella le dio un manotazo de forma instintiva. Mientras la observaba con una expresión irónica, Lanzani le dijo:
-si vas a ponerte tímida a estas alturas...
-De acuerdo. -Ruborizada de arriba abajo, se echó hacia atrás y cerró los ojos-. Pero... acaba pronto.
El roce de la tela caliente sobre los muslos le hizo dar un respingo
-Tranquila -murmuró él mientras le lavaba la zona dolorida con un cuidado infinito-. Lo siento. Sé que duele. Quédate quieta.
lali se tapó los ojos con la mano, demasiado avergonzada para observarlo mientras empapaba otra vez el lienzo y aplicaba una nueva compresa caliente para aliviar el dolor de sus partes íntimas
-¿Te sientes mejor? -escuchó que él le preguntaba.
Le respondió con un rígido movimiento de cabeza, incapaz de emitir sonido alguno. Lanzani habló de nuevo, con una nota risueña en la voz:
-Jamás habría esperado semejante despliegue de recato en una chica que retoza por el campo en paños menores. ¿Por qué te tapas los ojos?
-Porque soy incapaz de mirarte mientras me miras -le contestó con voz tan lastimera que le arrancó una carcajada,
Tras retirar la compresa, Lanzani volvió a empaparla con otra nueva inmersión en el agua caliente.
lali observó al conde con los ojos entre cerrados mientras éste volvía a presionar el calmante lienzo caliente sobre su entrepierna.
-Estoy segura de que has llamado a uno de los criados -aventuró ella.-, ¿Ha visto algo la persona que ha venido? ¿Sabe alguien que estoy aquí contigo?
-Solo mi ayuda de cámara. Y sabe de sobra que no debe decir ni una sola palabra sobre mis...
Al ver que dudaba, a todas luces en busca de la palabra adecuada lali lo ayudó con voz tensa:
- ¿Proezas?
-Esto no ha sido ninguna proeza.
-Un error, en ese caso.
-Sin importar cómo lo definas, el hecho que es que debemos hacer frente a la situación de la manera correcta.
El comentario tuvo un tinte amenazador. lali se quitó la mano de los ojos y vio que Lanzani apartaba el lienzo... manchado de sangre. Su sangre. Se le hizo un nudo en el estómago al tiempo que su corazón latía con un ritmo frenético. Toda joven sabía que, cuando se acostaba con un hombre fuera de los confines del matrimonio, estaba arruinada. La palabra «arruinada» tenía un matiz recalcitrante... como si la persona a la que se le aplicaba estuviera dañada para siempre. Exactamente igual que la manzana que permanece el fondo del frutero.
-Lo único que tenemos que hacer es impedir que alguien descubra -replicó ella con cautela-. Fingiremos que nunca ha sucedido.
Lanzani le subió la sábana hasta los hombros y se inclinó sobre ella tras apoyar las manos a ambos lados de su cabeza.
-lali. Hemos dormido juntos. No es algo que pueda pasarse por alto así como así.
De repente, lali sintió que la inundaba el pánico.
-Yo puedo pasado por alto. Y si yo puedo, tú...
-Me he aprovechado de ti -prosiguió él, fingiendo un arrepentimiento que resultó ser lo más patético que lali había visto jamás-. Mis acciones fueron imperdonables. No obstante, tal y como están las cosas...
-Te perdono -lo interrumpió lali con rapidez-. Ya está. Arreglado. ¿Dónde está mi ropa?
la única solución es que nos casemos.
Una propuesta matrimonial de parte del conde de Lanzani. Cualquier joven casadera en Inglaterra se habría echado a llorar de gratitud tras escuchar esas mismas palabras de boca de ese hombre. Sin embargo, a ella le parecía una equivocación descomunal. Lanzani no le había propuesto matrimonio porque lo quisiera de corazón o porque ella fuese la mujer que deseaba más que a ninguna otra. Le había propuesto matrimonio movido por la obligación. lali se incorporó para sentarse en la cama.
Aparte del hecho de que nos hayamos acostado, ¿ hay alguna otra razón que te lleve a proponerme matrimonio?
Es obvio que eres atractiva... inteligente... y que, sin lugar a dudas, darás a luz unos niños sanos. Por no mencionar los beneficios que conllevará una alianza entre nuestras familias...
Tras echar un vistazo a su ropa, que estaba minuciosamente doblada sobre uno de los sillones situados junto a la chimenea, lali salió de la cama con lentitud.
-Tengo que vestirme. -Y, en cuanto sus pies tocaron el suelo, compuso una mueca de dolor.
-Te ayudaré -se ofreció Lanzani sin pérdida de tiempo mientras lali se dirigía hacia el sillón.
lali permaneció de pie junto a la cama, con el cabello cayéndole en cascada sobre los pechos y la espalda hasta la cintura. lanzani cogió la ropa y la depositó sobre el colchón antes de permitir que su mirada se deslizara por el cuerpo de lali.
-Eres preciosa -murmuró. Le acarició los hombros desnudos y dejó que sus dedos se deslizaran hasta los codos-. Siento mucho haberte hecho daño -se disculpó en voz baja-. La próxima vez no será tan duro para ti. No quiero que le tengas miedo a ese momento... ni que me temas a mí. Espero que me creas cuanto te digo que...
- ¿Tener miedo de ti? -Preguntó ella sin pararse a pensar- ¡Dios santo! No se me ocurriría jamás.
Echándole la cabeza hacia atrás, Lanzani la miró a los ojos mientras sus labios esbozaban una lenta sonrisa.
-No, no se te ocurriría -convino él-. Si te apeteciera, le escupirías en un ojo al mismísimo diablo.
Incapaz de decidir si semejante comentario había sido un elogio o una crítica, lali se zafó de él con un encogimiento de hombros. Tras coger la ropa, se las arregló como pudo para ponérsela.
-No quiero casarme contigo -afirmó ella.
Evidentemente, no era cierto. Sin embargo, no podía dar de lado esa sensación que le decía que no debería ser de esa manera... que no debería aceptar una proposición de matrimonio surgida de un afán por cumplir con el deber,
-No te queda más remedio -contestó él a sus espaldas.
-Por supuesto que sí. Me atrevería a decir que lord St. Vincent me aceptará pese a la pérdida de mi virginidad. Y, de no ser así dudo mucho que mis padres me arrojaran a la calle. Estoy segura de que te alegrará saber que pienso librarte de toda responsabilidad -Cogió los pololos que estaban encima de la cama y se inclinó para ponérselos.
-¿Por qué mencionas a St. Vincent? -le preguntó él con brusquedad-. ¿Te ha hecho alguna proposición?
-¿Acaso te resulta tan difícil de creer? -replicó lali mientras anudaba las cintas de los pololos. Una vez colocados, cogió la enagua-. En realidad, me ha pedido permiso para hablar con mi padre.
-No puedes casarte con él -dijo él, que observaba con el ceño fruncido cómo los brazos de lali emergían de la enagua
-¿Por qué no?
-Porque ahora eres mía.
lali soltó un resoplido, a pesar de que semejante despliegue de posesividad hizo que le diera un vuelco el corazón.
-El hecho de que me haya acostado contigo no me convierte en una de tus posesiones.
-Podrías estar embarazada -señaló con implacable satisfacción-. En este mismo momento, mi hijo podría estar gestándose en tu vientre. A mi parecer, eso es una especie de declaración de propiedad.
lali sintió que se le aflojaban las rodillas, aunque logró que su voz rivalizara con el aplomo que él mostraba.
-Ya lo comprobaremos en su momento. Mientras tanto, rechazo tu oferta. Aunque, en realidad, no me has hecho proposición alguna, ¿cierto? -Introdujo un pie en una de las medias-. Más bien ha sido una orden.
-¿De eso se trata? ¿De que no me he expresado a tu entera satisfacción? - Lanzani meneó la cabeza con impaciencia- Muy bien. ¿Te casarás conmigo?
-No.
La expresión de su rostro se tornó amenazadora.
-¿Por qué no?
-Porque el hecho de que nos hayamos acostado no es razón suficiente para que pasemos el resto de nuestra vidas encadenados.
Lanzani arqueó una ceja en un gesto de impecable arrogancia.
- Para mí es más que suficiente. -Cogió el corsé y se lo ofreció. - Nada de lo que digas ni de lo que hagas cambiará mi decisión. Vamos a casarnos y pronto.
- Puede que ésa sea tu decisión, pero no es la mía -replicó lali antes de contener el aliento cuando Lanzani cogió las cintas de su corsé y tiró de ellas con eficiencia-. Además, me gustaría escuchar lo que va a decir la condesa cuando se entere de que tienes intención de introducir a otro americano en su familia.
- Le dará una apoplejía -contestó Lanzani con calma, mientras acababa de atar el corsé-. Después, lanzará una diatriba a pleno pulmón tras la que, con toda probabilidad, sufrirá un desmayo. Finalmente, se marchará al continente durante seis meses y se negará a mantener correspondencia con ninguno de nosotros.
- Hizo una pausa y añadió con deleite-: No sabes cuánto lo estoy deseando.
-Lali. Lali, cariño... tienes que levantarte. Vamos, he pedido un poco de té. -Daisy estaba al lado de la cama y sacudía el hombro de su hermana con suavidad.
Lali se movió en la cama, refunfuñó y miró el rostro de Daisy con los ojos entrecerrados.
-No quiero levantarme.
-Bueno, pues tienes que hacerla. Están pasando algunas cosas y creo que deberías estar preparada.
- ¿Cosas? ¿Qué tipo de cosas? -Lali se incorporó de un salto y se llevó la mano a la dolorida frente. Una mirada al pequeño y preocupado rostro de Daisy hizo que el corazón le diera un vuelco muy desagradable.
-Recuéstate contra la almohada y te traeré el té -replicó Daisy-. Eso es.
Tras aceptar la taza de líquido humeante, Lali reunió con gran minuciosidad sus pensamientos, tan liados como una madeja de lana.
Recordaba vagamente que Peter la había llevado hasta su habitación la noche pasada, donde la esperaban un baño caliente y una amable y competente doncella. Se había bañado y puesto un camisón limpio, para luego meterse en la cama antes de que su hermano volviera de los festejos que se celebraban en el pueblo. Después de disfrutar de un largo y tranquilo sueño, podría haberse convencido de que la noche pasada jamás había sucedido, si no fuera por el insistente dolor que sentía entre las piernas.
- “¿ Y ahora qué?», se preguntó con ansiedad. Lanzani había dicho que tenía la intención de casarse con ella. No obstante, bien podía haber reconsiderado su oferta a la luz del día. Y ella no estaba segura de si quería aceptar o no. Si tenía que pasarse toda la vida con la sensación de ser una obligación indeseada que se le había impuesto a Peter...
- ¿Qué «cosas» están sucediendo? -repitió.
Daisy se sentó en el borde de la cama frente a ella. Llevaba un vestido de mañana azul y el cabello recogido de forma desaliñada en la nuca. Su mirada preocupada se paseó por las cansadas facciones de Lali.
- Hace cosa de dos horas oí cierto revuelo en la habitación de padre l y madre. Al parecer, lord Lanzani le ha pedido a padre que se reúnan en privado con él... en el salón de los Lanzani, creo... Cuando regresó padre, asomé la cabeza para preguntar lo que sucedía. Él no me dijo nada, pero parecía bastante nervioso y a madre le estaba dando un télele por algo... No dejaba de reírse y de llorar, así que padre dio un poco de licor para calmarla. No sé de qué hablaron padre y lord Lanzani, pero esperaba que tú... -Daisy se detuvo y cuando vio que la taza de Lali temblaba sobre el platillo-. Cariño ¿qué te pasa? No pareces tú misma. ¿Pasó algo ayer? ¿Hiciste algo que llamara la atención de lord Lanzani? I
La garganta de Lali se cerró cuando estaba a punto de soltar una carcajada. Nunca se había sentido de esa manera, atrapada en el peligroso abismo que oscilaba entre la ira y el llanto... Al final ganó la ira:
- Sí-contesto-, sucedió algo. Y ahora lo está usando para salirse con la suya, tanto si quiero como si no. Actuar a mis espaldas y arreglarlo todo con padre... ¡Me niego a aceptar eso! ¡Me niego!
Los ojos de Daisy se abrieron como platos.
- ¿Montaste uno de los caballos de lord Lanzani sin su permiso? ¿ Se trata de eso?.
- ¿Qué si…? No, señor, ojalá fuera eso. - Lali escondió el rostro ruborizado entre las manos- Me acosté con él-Su voz se filtró a través de la frialdad de sus dedos-. Ayer, cuando todos se habían marchado de la propiedad.
Un silencio atónito acogió la escueta confesión.
-Tú... pero... pero... no entiendo cómo pudiste...
-Estaba bebiendo brandy en la biblioteca -comentó Lali con voz apagada-. Y él me encontró. Una cosa llevó a la otra y acabé en su dormitorio.
Daisy asimiló la información sumida en un mudo estupor. Intentó hablar, pero tuvo que tomar un sorbo del té de Lali y, después, aclararse la garganta.
-Supongo que cuando dices que te acostaste con él, no te estás refiriendo a que dormisteis la siesta.
Lali le dirigió una mirada displicente.
-Daisy, no seas mojigata.
-¿ Crees que Lanzani hará lo que demanda el honor y te pedirá en matrimonio?
-Pues claro que sí -dijo Lali con amargura-. Convertirá ese «lo que demanda el honor» en un enorme bate y me atizará en la cabeza con él hasta que me rinda.-
-¿Te dijo que te amaba? -se atrevió a preguntar Daisy. Lali dejó escapar un resoplido desdeñoso.
-No, no dijo ni una sola palabra a ese respecto.
La frente de su hermana se arrugó por el desconcierto. -Lali... ¿temes que sólo te desee por el perfume?
-No, yo... Dios, ni siquiera se me ha ocurrido pensar en eso, me siento tan confusa... -Lali agarró la almohada que tenía más cerca y enterró la cara en ella como si quisiera ahogarse. Cosa que en ese momento, no parecía tan mala.
Pese a lo gruesa que era la almohada, no amortiguó por completo la voz de Daisy.
-Pero ¿tú quieres casarte con él?
Esa pregunta provocó un aguijonazo de dolor en el corazón de Lali. Tras dejar la almohada a un lado, musitó:
-¡Así no! No cuando él toma las decisiones sin tener en cuenta mis sentimientos y afirma que no queda otro remedio porque me ha comprometido.
Daisy consideró sus palabras con detenimiento.
-No creo que lord Lanzani lo expresara con esas mismas palabras -replicó. No me parece de la clase de hombre que se lleve a una joven a su cama y que se casa con ella, a menos que lo desee de verdad.
-Lo único que me gustaría es que tuviera en cuenta lo que quiero yo -dijo Lali, afligida.
Se levantó de la cama y se acercó al lavamanos, donde su demacrado reflejo le devolvió la mirada desde el espejo. Tras echar un poco de agua en la jofaina, se lavó la cara y se frotó la piel con un paño suave. Una delicada nube de canela en polvo se elevó en el aire cuando abrió una pequeña lata y metió el cepillo de dientes en el interior. El fuerte sabor a canela hizo desaparecer el amargor y la sensación pastosa de la boca, de modo que se cepilló los dientes con fuerza hasta que brillaron como el cristal.
-Daisy -dijo echando un vistazo por encima del hombro- ¿Podrías hacer algo por mí?
-Sí, por supuesto.
-No quiero hablar ni con madre ni con padre en este momento, pero tengo que saber si es cierto que Lanzani ha pedido mi mano. Si pudieras encontrar la manera de averiguado...
-No digas más -replicó Daisy con presteza al tiempo que se encaminaba hasta la puerta.
Lali había terminado sus abluciones matinales y acababa de abrocharse una bata blanca de batista sobre el camisón cuando regresó su hermana pequeña.
-No tuve ni que preguntarlo-comentó Lali con tristeza-. Padre no estaba, pero madre estaba mirando fijamente un vaso de whisky mientras tarareaba la marcha nupcial de Mendelssohn. y por su aspecto, parece estar en la gloria. Diría sin ningún género de dudas que lord Lanzani ha pedido tu mano.
-Ese bastardo... -masculló Lali-. ¿Cómo se atreve a dejarme al margen de todo como si yo no fuera más que un peón en todo este asunto? -Entrecerró los ojos-. Me pregunto qué estará haciendo ahora... Lo más probable es que esté atando todos los cabos sueltos. Lo que significa que la siguiente persona con la que debe hablar es…-.Se interrumpió con un sonido inarticulado al tiempo que la cólera comenzaba a hervor en su interior hasta que creyó estar a punto de echar humo por las orejas.
Ese miserable manipulador de Lanzani no permitiría que ella misma pusiera fin a su amistad con St. Vincent. Ni siquiera le permitiría la dignidad de una despedida adecuada. No, Lanzani se encargaría de todo en persona y ella se quedaría tan indefensa como un niño ante sus maquinaciones.
-Si está haciendo lo que creo que está haciendo -gruñó le abriré la cabeza con un atizador!
-¿Cómo? -El desconcierto de Daisy era más que evidente ¿ Qué crees que está...? ¡No, Lali, no puedes salir de la habitación en ropa de cama! -Se acercó a la puerta y susurró lo más alto que pudo cuando su hermana mayor se abalanzó por el pasillo-. ¡Lali! ¡Vuelve, por favor! ¡Lali!
El dobladillo del camisón blanco y el de la bata de Lali ondulaban tras ella como las velas de un barco mientras la joven caminaba por el corredor y descendía la escalera principal. Todavía era lo bastante temprano como para que la mayoría de los invitados siguieran en la cama. No obstante, ella estaba demasiado enfadada como para que le importara quién pudiera veda. Furiosa, pasó como una exhalación junto a unos sorprendidos criados. Para cuando llegó al estudio de Peter, respiraba con dificultad. La puerta estaba cerrada. Sin dudado un instante, entró en tromba en la estancia, haciendo que la puerta se estrellara contra la pared cuando cruzó el umbral.
Tal y como había sospechado, Peter estaba con lord St. Vincent. Los dos hombres se giraron para enfrentar a la persona que acababa de interrumpirlos.
Lali contempló el impasible rostro de St. Vincent.
-¿Hasta dónde le ha contado? -exigió saber Lali sin más preámbulos.
Adoptando una máscara apacible y carente de emociones, St. Vincent replicó en voz baja:
-Lo suficiente.
Desvió la vista hasta la impenitente expresión de Peter y se dio cuenta de que el conde había proporcionado la información con la letal precisión de un cirujano de campaña. Puesto que ya había. decidido qué curso seguir, marchaba hacia la victoria del modo más agresivo.
-No tenías ningún derecho -le dijo ella, hirviendo de furia-.
¡ No dejaré que me manipules, Lanzani!
Con engañosa serenidad, St. Vincent se apartó del escritorio y se acercó a ella.
-Yo no le recomendaría que se dedicara a pasear en deshabillé, querida -murmuró-. Tenga, permítame que le ofrezca mi...
No obstante, Peter ya se había acercado a Lali por detrás y le había colocado la chaqueta por encima de los hombros, ocultando sus ropas de cama a la vista del otro hombre. Furiosa, la muchacha intentó deshacerse de la chaqueta, pero Peter la mantuvo con firmeza en su sitio antes de atraer hacia él su rígido cuerpo.
-No te comportes como una estúpida - le musitó al oído.
Lali trató de separarse de él con todas sus fuerzas.
-¡Suéltame! Tengo que decirle unas cuantas cosas a lord St. Vincent. Los dos nos merecemos eso al menos. Y si intentas evitarlo, me limitaré a hacerlo a tus espaldas.
Peter la soltó de mala gana y dio un paso atrás con los brazos cruzados sobre el pecho. A pesar del aplomo del que el hombre hacia gala, Lali percibió una intensa emoción que bullía bajo la superficie y que no era capaz de controlar del todo.
–Habla -indicó con sequedad. A juzgar por el rictus terco de su mandíbula, era evidente que no tenía intención de concederles un poco de intimidad.
Lali pensó que muy pocas mujeres serían lo bastante estúpidas como para creer que podrían llegar a controlar a aquella criatura arrogante y tozuda. Y temía ser una de ellas. Entrecerró los ojos para clavar la mirada en Lanzani.
-Te ruego por lo que más quieras que no nos interrumpas -le pidió de forma impertinente antes de darle la espalda.
Sin perder la fachada indiferente, St. Vincent se apoyó en el escritorio. Lali frunció el entrecejo, pensativa, y deseó con todas sus fuerzas hacerle entender que ella jamás había pretendido engañarlo.
-Milord, perdóneme- No pretendía...
-Dulzura, no tiene que disculparse. -St. Vincent la estudió con un lánguido detenimiento que pareció llegar hasta sus más recónditos pensamientos- Usted no hizo nada malo. Sé perfectamente lo fácil que es seducir a una inocente. -Tras una pausa elocuente, añadió como de pasada-: Al parecer, Lanzani también lo sabe.
-Un momento... -comenzó Peter, molesto.
-Esto es lo que ocurre cuando intento comportarme como un caballero -interrumpió St. Vincent. Extendió la mano para tocar un largo mechón de cabello que había caído sobre uno de los hombros de Lali-. Si hubiera recurrido a mis tácticas habituales, para este momento ya la habría seducido una docena de veces y ahora sería mía. Sin embargo, parece que deposité demasiada confianza en el tan cacareado sentido del honor de Lanzani.
-Yo he tenido tanta culpa como él-protestó Lali, decidida a ser honesta. No obstante, a juzgar por su expresión, el vizconde no pareció creerla.
En lugar de discutir esa cuestión, St. Vincent soltó el mechón de pelo y habló con la cabeza inclinada en su dirección.
-Dulzura, ¿qué sucedería si le dijera que todavía la deseo, sin importar lo que haya ocurrido entre lord Lanzani y usted?
La joven no pudo ocultar la sorpresa que le produjo semejante pregunta.
Peter, al parecer, fue incapaz de mantenerse en silencio por más tiempo y su voz se alzó tras ella con evidente irritación.
-Tus deseos son del todo irrelevantes, St. Vincent. La cuestión es que ella ahora me pertenece.
- ¿En virtud de un acto que no tiene la menor importancia?--replicó St. Vincent con frialdad.
-Milord -intervino Lali en ese instante-. No... no fue un acto sin importancia para mí. Y es posible que conlleve consecuencias. No podría casarme con un hombre si llevara al hijo de otro en mi vientre.
-Mi amor, eso ocurre continuamente. Aceptaría al niño como si fuera mío.
-No estoy dispuesto a escuchar más estupideces -fue el gruñido de advertencia de Peter.
Haciendo caso omiso de él, Lali miró a St, Vincent con una sincera expresión de disculpa.
Yo no podría hacerlo, lo siento. El daño ya está hecho milord y no puedo hacer nada para remediarlo. Pero... -De forma impulsiva, estiró un brazo para darle la mano-. Pero espero que, a pesar de lo que ha sucedido, pueda seguir contándole entre mis amigos
Con una sonrisa extraña, St. Vincent le dio un cálido apretón antes de soltarle la mano.
-Sólo me imagino una situación en la que podría negarle algo, dulzura... y no es el caso. Por supuesto que seguiré siendo su amigo -Mirando por encima de la cabeza de la joven, correspondió a la mirada de Lanzani con una sombría sonrisa que proclamaba que aquel asunto no acabaría así-. No creo que me quede el tiempo que resta de fiesta -dijo con voz apática-. Aunque no me gustaría que una partida precipitada provocara rumores, no estoy, seguro de poder ocultar como es debido mi... digamos... desilusión; razón por la que creo que lo más conveniente es marcharme. Sin duda alguna, tendremos que discutir muchas cosas la próxima vez que nos veamos.
Peter observó con ojos entrecerrados la marcha del hombre, que cerró la puerta al salir.
En el silencio opresivo que se produjo a continuación, Peter meditó los comentarios de St. Vincent.
-La única situación en la que podría negarte algo... ¿qué significa eso? Lali se dio la vuelta para enfrentarlo con expresión furiosa.-¡Ni lo sé ni me importa! ¡Te has comportado de manera horrible! ¡St. Vincent es cien veces más caballero que tú!
-N o dirías eso si lo conocieras de verdad.
-Sé que me ha tratado con respeto, mientras que tú me consideras una especie de peón que puedes mover a un lado y a... -Lo golpeó con los puños en el pecho cuando el conde la rodeó con los brazos.
-No serías feliz con él-dijo Peter, que pasó por alto sus forcejeos como si fuera un gatito al que hubiera levantado por el cuello. La chaqueta que le había colocado sobre los hombros cayó al suelo.
- ¿Y qué te hace' pensar que estaré, mejor contigo?
El conde le sujetó las muñecas con las manos y le colocó los brazos a la espalda, emitiendo un gruñido de sorpresa cuando ella le pisó con fuerza el empeine.
-Porque me necesitas... -dijo, conteniendo el aliento cuando ella se restregó contra su cuerpo- de a misma manera que te necesito yo. -Aplastó la boca con la suya-. Te he necesitado durante años. -Le dio otro beso, más profundo y embriagador, en el que su lengua recorrió el interior de la boca de la joven.
Lali habría continuado resistiéndose si él no hubiera hecho algo que la pilló desprevenida: le liberó las muñecas y la rodeó con los brazos en un tierno y cálido abrazo. Puesto que tenía la guardia baja, permaneció inmóvil, con el corazón desbocado.
-Tampoco fue un acto sin importancia para mí -confesó Peter, y su ronco susurro le acarició el oído-. Ayer me di cuenta por fin de que todas esas cosas que veía como defectos eran, en realidad lo que me más me gustaba de ti. Me importa un comino lo que hagas siempre que sea de tu agrado. Corre descalza por el jardín delantero. Come pudín con las manos. Mándame al demonio cuantas veces quieras. Te quiero tal y como eres. Después de todo, eres la única mujer, además de mis hermanas, que se ha atrevido a decirme a la cara que soy un asno arrogante. ¿Cómo podría resistirme a ti?
-Le acarició la mejilla con los labios-. Mi querida Lali -susurró al tiempo que le echaba la cabeza hacia atrás para besarle los párpados-. Si me hubieran concedido el don de la poesía, te lo diría con sonetos. Pero las palabras siempre me esquivan cuando mis sentimientos son tan fuertes. No obstante, sí sé que hay una palabra que me resulta imposible decirte: «adiós». No podría soportar ver cómo te alejas de mí. Si no quieres casarte por el bien de tu honor, cásate por el bien de aquellos que tendrían que soportarme si no lo haces. Cásate porque necesito a alguien que me enseñe a reírme de mí mismo. Porque alguien tiene que enseñarme a silbar. Cásate conmigo, Lali... porque estoy completamente fascinado con tus orejas.
-¿Mis orejas? -Desconcertada, Lali sintió que el conde inclinaba la cabeza para mordisquearle el lóbulo.
-Mmm... Las orejas más perfectas que jamás he visto.
Mientras trazaba los pliegues internos con la lengua, deslizó la mano desde la cintura hasta su pecho, saboreando la forma de su cuerpo ahora que no se veía constreñido por las ballenas del corsé. Lali era muy consciente de su desnudez bajo el camisón cuando él le tocó los pechos y cubrió con los dedos la suave y pequeña curva hasta que los pezones se endurecieron contra su palma.
- Y éstos también... -musitó-. Perfectos... -Totalmente absorto en las caricias que le prodigaba, Peter comenzó a desabrochar los pequeños botones de la bata.
Lali sintió que se le aceleraba el pulso y que su respiración entrecortada se mezclaba con la del conde. Recordaba la dura superficie de su cuerpo mientras se frotaba contra ella al hacer el amor, el encaje perfecto de sus cuerpos, el movimiento de músculos y tendones bajos sus manos. Sintió un hormigueo en la piel al recordar sus caricias y la diestra exploración de su boca y de sus dedos, que la habían llevado a un estado de temblorosa necesidad. No era de extrañar que fuera tan frío y lógico durante el día: reservaba toda su sensualidad para la noche.
Agitada por su proximidad, Lali le apresó las muñecas. Todavía tenían que discutir muchas cosas... asuntos demasiado importantes como para pasarlos por alto.
-Peter -dijo sin aliento-. No. Ahora no. Sólo conseguiremos enredar más las cosas y...
-Yo creo que será todo lo contrario, las aclarará.
El conde deslizó las manos a ambos lados de su cara y le acunó las mejillas con suave anhelo. Sus ojos eran mucho más oscuros que los de ella, y tan sólo un pálido atisbo de ámbar delataba el hecho de que eran marrones y no negros.
-Bésame -susurró él; a continuación, buscó su boca para atrapar el labio superior y más tarde el inferior, en una caricia que hizo que Lali se estremeciera de arriba a abajo.
El suelo pareció moverse bajo sus pies, de modo que la joven se aferró a los hombros del conde para conservar el equilibrio. Peter cubrió sus labios con más firmeza, y esa húmeda presión consiguió desorientarla con una renovada oleada de placer.
Sin dejar de besarla, la ayudó a que le rodeara el cuello con los brazos y Ie acarició los hombros y la espalda; cuando fue evidente que las piernas de la muchacha se negaban a sostenerla, la hizo tumbarse sobre la alfombra. Vagó con la boca hasta su pecho, donde capturó el pezón a través de la frágil batista blanca. La visión de Lali se llenó de colores: rojo profundo, azul y dorado; y, en medio de aquella neblina, se dio cuenta de que yacían bajo un rayo de sol que se filtraba a través de la hilera de vidrieras rectangulares. La luz moteaba su piel con espléndidos matices, como si se encontrara atrapada en una maraña de arco iris.
Peter aferró la parte delantera de su camisón y tironeó con impaciencia hasta que los botones saltaron y quedaron desparramados por la alfombra. El rostro del hombre se le antojaba diferente: más suave, más joven; y su piel estaba teñida por el rubor del deseo. Nadie la había mirado de aquella manera, con un embelesamiento tal que bloqueaba cualquier otra percepción de la realidad. Tras inclinarse sobre su pecho desnudo, Peter lamió la pálida piel hasta que capturó el capullo rosado y cerró la boca a su alrededor.
Lali jadeó y se arqueó hacia él, tensándose por la necesidad de envolverlo por completo. Buscó a tientas la cabeza del hombre y enredó los dedos en su fuerte cabello negro. Comprendiendo la súplica silenciosa, él le mordisqueó el pezón y utilizó la lengua y los dientes con angustiosa delicadeza. Con una de las manos, le subió el camisón y comenzó a acariciarle el estómago, utilizando el dedo anular para trazar el contorno del ombligo. Lali se sintió consumida por un deseo febril y comenzó a retorcerse bajo el estanque de colores que se derramaba desde la ventana. Los dedos del conde se deslizaron más abajo, hasta el borde de los rizos crespos y sedosos, y ella supo que en cuanto tocara la pequeña protuberancia que quedaba semioculta entre los pliegues de su sexo estallaría en una ola de placer cegador.
De repente, el hombre retiró la mano y Lali soltó un gemido de protesta. Con una maldición, Peter la ocultó bajo su cuerpo y le apretó la cara contra su hombro en el mismo instante en que la puerta se abría.
Tras un incómodo silencio, que sólo quedó roto por los jadeos de Lali, ésta se atrevió a echar una mirada más allá del refugio que ofrecía el cuerpo de Peter. Aterrada, comprobó que había una persona en la puerta. Se trataba de Simón Hunt. Llevaba en las manos un libro de cuentas y varias carpetas sujetas por una cinta negra. Hunt desvió la mirada hacia la pareja que yacía en el suelo, pero mantuvo el rostro inexpresivo. Había que reconocer que el hombre consiguió guardar la compostura, pese al esfuerzo que debió suponerle. El conde de Lanzani, a quien sus conocidos tenían por el eterno abogado de la moderación y el autocontrol, era el último hombre a quien Hunt habría imaginado retozando en su estudio con una mujer en camisón.
-Te pido disculpas, milord -dijo Hunt con un tono de voz muy controlado-. No esperaba que estuvieras... reunido... con alguien a esta hora.
Peter lo atravesó con una mirada feroz.
-La próxima vez, podrías llamar.
-Tienes razón, por supuesto. -Hunt abrió la boca para añadir algo pero, al parecer, se lo pensó mejor y se aclaró la garganta-. Me iré para que puedas terminar... esta... conversación. -No obstante, tras abandonar la estancia se vio incapaz de resistir el impulso de volver a asomar la cabeza por la puerta del estudio para lanzarle una críptica pregunta a Peter-: Una vez a la semana fue que dijiste, ¿no?
-Cierra la puerta al salir -replicó Peter con frialdad, y Hunt obedeció con un sonido quedo que se parecía sospechosamente a una carcajada.
Lali mantuvo el rostro enterrado en el hombro de Peter. Por muy mortificada que se encontrara el día que las pillaron jugando al rounders en pololos, la situación en la que se hallaba era mil veces peor. Pensó que nunca sería capaz de volver a mirar a Simón Hunt a la cara y no pudo reprimir un gemido.
-No pasa nada -murmuró Peter-. Mantendrá la boca cerrada.
-No me importa a quién se lo diga -consiguió decir Lali-. No voy a casarme contigo. Aunque me comprometas cien veces.
-Lali, nada me agradaría más que comprometerte un centenar de veces -dijo con una súbita nota risueña en la voz-. Pero antes me gustaría saber cuál es ese acto tan imperdonable que he cometido esta mañana.
-Para empezar, has hablado con mi padre.
Sus cejas se elevaron apenas un milímetro.
- ¿Y eso te ha ofendido?
- ¿Cómo no iba a ofenderme? Te has comportado como el mayor déspota del mundo al actuar a mis espaldas e intentar concertar las cosas con mi padre sin decirme nada...
-Espera un momento -la interrumpió Peter con ironía al tiempo que rodaba hacia un lado y se incorporaba con un ágil movimiento. Extendió una de sus grandes manos para obligar a Lali a sentarse frente a él-. No hay nada de despótico en encontrarme con tu padre. Simplemente, seguía la tradición. Cuando se aspira a ser el prometido de una joven, es normal hablar con el padre de ella antes de realizar una proposición formal. -Dejó que una sutil nota mordiente tiñera su voz cuando agregó-: Incluso en Norteamérica. Claro que es posible que me equivoque...
El reloj que había en la repisa de la chimenea marcó unos eternos treinta segundos antes de que Lali consiguiera responder a regañadientes.
-Sí, así es como suele hacerse. Pero había dado por hecho que habíais alcanzado un acuerdo de compromiso entre vosotros, sin tener en cuenta lo que yo sintiera a ese respecto...
-Pues te equivocaste. No hemos discutido los detalles del compromiso, ni se mencionó nada acerca de la dote ni de la fecha de la boda. Lo único que hice fue pedirle permiso a tu padre para cortejarte.
Lali lo miró con una mueca de sorpresa y mortificación hasta que se le ocurrió otra pregunta:
- ¿Y qué me dices de la discusión que acabas de tener con lord St. Vincent?
En ese momento le llegó el turno a Peter de sentirse avergonzado.
-Eso sí fue despótico -admitió-. Y lo más probable es que debiera disculparme por ello. No obstante, no voy a hacerlo. No podía arriesgarme a que St. Vincent lograra convencerte de que te casaras con él en lugar de hacerla conmigo. Así que consideré necesario advertirle que se mantuviera lejos de ti. -Se detuvo antes de continuar, momento en que Lali notó una vacilación poco común en él-. Hace unos años -dijo sin ser capaz de mirada a los ojos-, St. Vincent se interesó por una mujer con la que yo estaba… relacionado. No estaba enamorado de ella, pero era probable que con el paso del tiempo ella y yo... -Guardó silencio de nuevo y sacudió la cabeza-. No sé qué habría resultado de esa relación. Nunca tuve la oportunidad de averiguado. En el momento en que St. Vincent comenzó a perseguida, me abandonó por él. -Una sonrisa carente de humor le curvó los labios-. Como era de esperar, St. Vincent se cansó de ella en pocas semanas.
Lali lanzó una mirada afligida al austero perfil de su rostro.
En el breve relato de Peter no había señal alguna de enojo ni de autocompasión, pero la joven se dio cuenta de que la experiencia le había hecho daño. Estaba claro que para un hombre que valoraba la lealtad tanto como lo hacía él la traición de un amigo y la perfidia de una amante habrían sido difíciles de superar.
- ¿Por qué seguisteis siendo amigos? -le preguntó ella en voz muy baja.
Su réplica llegó con estudiada falta de inflexión. Era evidente que le resultaba difícil hablar de asuntos personales.
-Todas las amistades tienen ciertas cicatrices. Además, creo que si St. Vincent hubiera conocido la fuerza de mis sentimientos hacia esa mujer no habría ido tras ella. En tu caso, sin embargo, no puedo permitir que se repita el pasado. Tú eres demasiado... importante... para mí.
Lali se había visto asaltada por los celos al pensar que Peter pudiera albergar sentimientos hacia otra mujer... justo antes de que le diera un vuelco el corazón y comenzara a preguntarse hasta que punto sería trascendente la palabra «importante». Peter compartía el innato desagrado de los ingleses por airear sus sentimientos. Sin embargo, se dio cuenta de que el hombre se esforzaba por abrirle el corazón que tan celosamente guardaba y que, tal vez, un poco de aliento por su parte le reportaría unos resultados sorprendentes.
-Dado que St. Vincent cuenta con la evidente ventaja de su apariencia y encanto -continuó Peter sin abandonar el tono sosegado-, llegué a la conclusión de que sólo podría inclinar la balanza a fuerza de voluntad. Razón por la cual me reuní con él esta mañana para decirle...
-No, no es cierto -protestó Lali, incapaz de contenerse.
En ese momento, Peter clavó en ella una mirada interrogante.
- ¿Cómo dices?
-No tiene ventaja alguna sobre ti -señaló la muchacha, que se ruborizó al darse cuenta de que a ella no le resultaba mucho más fácil que a él abrir su corazón-. Eres de lo más encantador cuando te conviene. Y en cuanto a tu aspecto... -Su rubor se acentuó hasta que creyó que empezaría a echar humo-. Te encuentro muy atractivo -barbotó-. Siempre... siempre ha sido así. No me habría acostado contigo anoche si no te hubiera deseado, por mucho brandy que hubiera bebido.
Una repentina sonrisa iluminó el semblante de Peter. Extendió las manos hacia el escote abierto de su camisón y lo cerró con gentileza para acariciar a continuación la rosada superficie de su cuello con los nudillos.
-En ese caso, ¿debo asumir que tu negativa a casarte conmigo se debe al hecho de sentirte obligada y no a una objeción personal?
Absorta en el placer que le producían sus caricias, Lali le dirigió una mirada aturdida.
- ¿Mmm?
Él dejó escapar una suave carcajada.
-Lo que te pregunto es si considerarías convertirte en mi esposa si te prometo que nadie te obligará a ello.
Ella asintió con cautela.
-Yo... podría considerarlo. Pero si vas a comportarte como un señor medieval e intimidarme con esas miradas para que haga lo que quieres...
-No, jamás trataría de intimidarte con una mirada -dijo Peter con seriedad, a pesar de que Lali se percató de la chispa de diversión de sus ojos-. Es evidente que esas tácticas no servirían de nada. Al parecer, he encontrado la horma de mi zapato.
Apaciguada por semejante afirmación, Lali se relajó un poco. Ni siquiera protestó cuando él la colocó sobre su regazo y sus piernas quedaron colgando sobre las de él. Una cálida mano se deslizó por debajo del camisón hasta su cadera para propinarle un apretón que resultó más reconfortante que sensual; después, el conde la miró con perspicacia.
-El matrimonio es una sociedad --dijo. -. Y dado que nunca me embarco en una sociedad sin haber discutido antes los términos, vamos a hacer exactamente eso. Tú y yo, en privado. Sin duda alguna, habrá alguna que otra controversia en ciertos puntos, pero acabarás descubriendo que soy un genio en el arte de llegar a un acuerdo.
-Mi padre insistirá en tener la última palabra en cuanto a la dote.
-No me refería a los aspectos financieros. Lo que quiero de ti no puede negociarlo tu padre.
- ¿Quieres que discutamos cosas como... lo que esperamos el uno del otro y el lugar donde vamos a vivir?
- Exacto.
- ¿Qué pasaría si te dijera que no quiero vivir en el campo... que prefiero Londres a Hampshire? ¿Accederías a vivir en Lanzani Terrace?
Peter la observó de forma inquisitiva mientras respondía.
-Podría hacer ciertas concesiones al respecto. Aunque tendría que volver aquí con bastante frecuencia para dirigir la propiedad. ¿Eso quiere decir que no te agrada Stony Cross Park?
-No, no es eso... En realidad, me gusta mucho. Era una pregunta hipotética.
-Aun así, estás acostumbrada a los placeres de la vida en la ciudad.
-Me gustaría vivir aquí -insistió Lali.
No dejaba de pensar en la belleza de Hampshire, en sus ríos y bosques, en los prados donde ya podía imaginarse jugando con sus hijos. El pueblo, con sus personajes tan excéntricos y los tenderos, y las ferias locales que animaban el tranquilo discurrir de la vida de campo. Por no hablar de la propia mansión, majestuosa pero acogedora, con todos esos rincones en los que acurrucarse en los días de lluvia... o en las noches dedicadas al amor. No pudo evitar ruborizarse al pensar que el dueño de Stony Cross Park era, con mucho, su mayor atractivo. La vida con ese hombre tan vital nunca sería aburrida, sin importar dónde residieran.
- Por supuesto-puntualizó-, estaría mucho más dispuesta a asentarme en Hampshire si se me permitiera volver a montar.
El comentario fue recibido con una carcajada apenas reprimida.
-Haré que un mozo ensille a Starlight esta misma mañana.
-Vaya, gracias -dijo ella no sin cierta ironía-. Me das permiso para montar dos días antes de que acabe la fiesta. ¿Por qué ahora? ¿Porque me acosté contigo anoche?
Una sonrisa lánguida cruzó los labios del conde y su mano se movió a hurtadillas sobre la cadera de la joven.
-En ese caso, tendrías que haberte acostado conmigo hace semanas. Te habría dado el control total sobre la propiedad.
Lali se mordió el interior de las mejillas para evitar devolverle la sonrisa.
-Comprendo. Veo que en este matrimonio me veré obligada a intercambiar favores sexuales cada vez que quiera algo de ti.
-En absoluto. Aunque... -Un brillo travieso le iluminó los ojos no cabe duda de que tus favores hacen que mi disposición mejore notablemente.
Peter estaba flirteando con ella; jamás lo había visto tan relajado y bromista. Lali estaba segura de que pocas personas reconocerían al digno conde de Lanzani en aquel hombre que yacía en el suelo con ella. Cuando la hizo cambiar de posición con el fin de acomodarla entre sus brazos y le acarició la pantorrilla para acabar dándole un suave apretón en su delgado tobillo, Lali sintió un placer que iba mucho más allá de la mera sensación física. La pasión que sentía por él parecía calarle hasta los huesos.
- ¿Crees que nos llevaremos bien? -le preguntó, un tanto insegura, al tiempo que se atrevía a juguetear con el nudo de su corbata y a aflojar el tejido grisáceo con los dedos-. Somos opuestos en casi todos los aspectos.
Inclinando la cabeza, Peter le acarició la parte interna de su muñeca con la nariz mientras pasaba los labios por las venas azuladas que se dibujaban bajo la piel.
-Estoy empezando a creer que casarme con una mujer idéntica a mí sería la peor decisión que jamás podría tomar.
-Tal vez tengas razón -musitó Lali, que dejó que sus dedos se enredaran en los mechones de cabello de uno de los lados de su cabeza-. Necesitas una esposa que no permita que te salieras siempre con la tuya. Una que... -Se detuvo con un ligero temblor cuando la lengua de él alcanzó un punto cerca de la cara interna del codo-. Una que... -prosiguió mientras intentaba aclarar sus pensamientos- esté dispuesta a bajarte los humos cuando te pongas demasiado pomposo...
-Nunca me pongo pomposo -replicó Peter, al tiempo que apartaba el cuello del camisón de la vulnerable curva de su garganta.
Lali contuvo el aliento cuando él comenzó a besarle la clavícula.
- ¿Y cómo llamarías tú a alguien que se comporta como si supiera siempre lo que es mejor y que considera un idiota a cualquiera que no esté de acuerdo con él?
-Da la casualidad de que, en la mayoría de las ocasiones, aquellos que no están de acuerdo conmigo son unos idiotas. Es algo que no puedo evitar.
Lali dejó escapar una risa entrecortada y volvió a apoyar la cabeza en su brazo cuando la boca del hombre se deslizó hasta la parte lateral de su cuello.
-¿ Cuándo vamos a negociar? -preguntó, sorprendida por el matiz gutural de su propia voz.
-Esta noche. Vendrás a mi habitación.
La muchacha le dirigió una mirada escéptica.
-¿Esto no será una artimaña para colocarme en una situación en la que puedas aprovecharte de mí con total impunidad?
Peter se apartó un poco para mirarla y le respondió con seriedad:
- Por supuesto que no. Tengo toda la intención de mantener una discusión formal que eliminará cualquier reserva que tengas para casarte conmigo.
-Caramba...
-Y después... pienso aprovecharme de ti con total impunidad.
La sonrisa de Lali quedó atrapada bajo los labios de Peter cuando éste la besó. La joven se dio cuenta de que era la primera vez que lo oía realizar un comentario propio de un sinvergüenza. Por regla general, era demasiado convencional como para exhibir la clase de irreverencia que a ella le resultaba tan natural. Quizás aquel fuera un leve indicio de lo mucho que ella lo afectaba.
-Pero en este momento... -dijo Peter- me encuentro con un problema logística entre manos.
- ¿Qué problema? -preguntó ella, que cambió un poco de posición al darse cuenta de que la excitación había endurecido el cuerpo que tenía debajo.
Peter rozó sus labios con el pulgar, masajeándolos ligeramente a medida que trazaba su contorno. Como si fuera incapaz evitarlo, le robó un último beso. Las profundas y anhelantes caricias de su boca le provocaron a Lali un escalofrío que la recorrió de pies a cabeza y la dejó sin aliento y débil entre sus brazos.
-El problema es cómo voy a llevarte de vuelta a tu habitación -susurró Peter- antes de que alguien más te vea en camisón.
Continuara...
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