martes, 22 de enero de 2013

Capitulo 23


Lali era consciente de que alguien la empujaba con irritante insistencia. Poco a poco, comprendió que se encontraba en el interior de un carruaje que se bamboleaba y sacudía sobre el camino a enorme velocidad. Un olor horrible lo impregnaba todo... una especie de disolvente muy fuerte, parecido a la trementina. Mientras se esforzaba por salir del estado de estupor, se dio cuenta de que tenía la oreja apoyada sobre una dura almohada rellena de algún material muy compacto. Se sentía fatal, como si la hubieran envenenado. Le ardía la garganta con cada bocanada de aire que daba y las náuseas la asaltaban en oleadas. Emitió un gemido de protesta al tiempo que su nublada mente intentaba deshacerse de unos sueños de lo más desagradables.
Cuando abrió los ojos, vio algo sobre ella... un rostro que parecía acercarse y luego desaparecer a su antojo. Trató de preguntar algo con el fin de descubrir qué estaba sucediendo, pero su cerebro parecía estar desconectado del resto de su cuerpo y, pese a que era vagamente consciente de que estaba diciendo algo, las palabras que salieron de sus labios no fueron más que una serie de murmullos incoherentes.
-Silencio. -Una mano de dedos largos se movió sobre su cabeza y le masajeó el cráneo y las sienes-. Descansa. Pronto despertarás, querida. Ahora descansa y respira.
Confundida, Lali cerró los ojos y trató de tomar las riendas de su mente con el fin de recuperar al menos un ápice de su funcionamiento habitual. Tras un instante, consiguió conectar la voz que había escuchado con una imagen.
-Sainvincen... -murmuró, pese a que no conseguía mover bien la lengua.
-Sí, amor.
Lo primero que sintió fue alivio. Un amigo. Alguien que podría ayudarla. No obstante, el alivio se quedó en nada a medida que sus instintos empezaron a detectar una seria amenaza y giró la cabeza sobre lo que resultó ser el muslo de St. Vincent. El nauseabundo olor que la abrumaba... provenía de su rostro y de su nariz. Le escocían los ojos a causa de los efluvios de esa sustancia y alzó las manos de modo instintivo para arañarse la piel en un intento de des hacerse de ella.
St. Vincent atrapó su muñeca y murmuró:
-No, no... Yo te ayudaré. Baja las manos, amor. Buena chica. Bebe un poco de esto. Sólo un sorbo o lo vomitarás.
La joven notó que algo se apoyaba sobre sus labios... un frasco, una cantimplora de cuero o una botella... y que un reguero de agua fresca se derramaba en el interior de su boca. Tragó de buena gana y se mantuvo inmóvil cuando sintió el roce de un lienzo húmedo sobre las mejillas, la nariz y el mentón.
-Pobrecita -murmuró St. Vincent al tiempo que le secaba el sudor de la garganta y de la frente-. El idiota que te trajo hasta mí debió de utilizar el doble de la dosis de éter necesaria. Tendrías que haber despertado hace un buen rato.
«Éter. El idiota que te trajo hasta mí..»
Lali se vio asaltada por los primeros destellos de comprensión y contempló a St. Vincent con desconcierto; no obstante, lo único que distinguió fueron los contornos de su rostro y el color de su pelo, un dorado oscuro semejante al baño de oro de los antiguos iconos eslavos.
-No veo bien... -susurró.
-Pasará dentro de unos minutos.
-Éter... -Lali seguía dándole vueltas a esa palabra, que le sonaba vagamente familiar. La había oído antes, en una botica o en otro sitio similar. Éter... un aceite de vitriolo dulce... de efectos intoxicantes y que, de modo ocasional, se utilizaba en ciertos procedimientos médicos-. ¿Por qué? -preguntó, sin saber muy bien si el temblor incontrolable que sufría se debía al efecto de una intoxicación por éter o al hecho de yacer indefensa en los brazos de un enemigo.
Aunque no podía distinguir con claridad la expresión del rostro de St. Vincent, Lali escuchó la nota contrita de su voz.
-La forma en que te secuestraron no fue decisión mía, querida. De otro modo, me habría asegurado de que te trataran con más delicadeza. Lo único que me dijeron fue que, si te quería, tendría que recogerte sin demora o serías despachada de otra manera. Conociendo a la condesa, no me habría sorprendido que hubiera elegido ahogarte en el lago como si fueses un gato metido en un saco.
-La condesa -repitió Lali con voz débil. Aún le resultaba difícil utilizar la lengua, que notaba hinchada y pastosa. La saliva le llenaba la boca, un efecto secundario del éter-. Lanzani... dígale -Se moría de ganas de ver a Peter. Deseaba escuchar su voz ronca, sentir sus manos amorosas y la dura calidez de ese cuerpo apoyado contra el suyo. Sin embargo, Peter no sabía dónde estaba ni lo que le había sucedido.
-Tu destino acaba de sufrir un giro, gatita -le dijo St. Vincent con voz suave mientras volvía a acariciarle el pelo. Lali se preguntó si ese hombre podría leerle los pensamientos-. No tiene sentido que preguntes por Lanzani... ahora estás fuera de su alcance.
Lali se movió con torpeza y trató de sentarse; sin embargo, lo único que consiguió fue rodar a un lado y estar a punto de caerse al suelo del carruaje.
-Tranquila -murmuró el hombre, sujetándola con una leve presión sobre los hombros-. Todavía no estás preparada para sentarte sin ayuda. No. No te muevas. Lo único que conseguirás será marearte.
Pese a que se despreció por dio, Lali no pudo evitar emitir un gemido angustiado cuando se desplomó de nuevo sobre el regazo de St. Vincent y apoyó la cabeza sobre su muslo.
- ¿Qué está haciendo? -consiguió preguntar, aunque el esfuerzo la hizo jadear y tuvo que reprimir las ganas de vomitar-. ¿Adónde vamos?
-A Gretna Green. Vamos a casarnos, cariño.
Resultaba difícil pensar a través del pánico y las náuseas que la embargaban.
-No pienso cooperar -susurró finalmente, tragando saliva una y otra vez.
-Me temo que no te quedará más remedio -replicó él como si tal cosa-. Conozco ciertos métodos que me asegurarían tu participación, aunque preferiría no tener que ocasionarte un daño innecesario. Y, tras la ceremonia, la oportuna consumación hará que nuestra unión sea permanente.
- Lanzani no lo aceptará -graznó ella-. Sea lo que sea lo que usted haga. ÉL… él me rescatará.
La voz de St. Vincent llegó hasta ella como una caricia.
-Para entonces, no tendrá ningún derecho legal sobre ti, cariño. Y, puesto que lo conozco desde mucho antes que tú, sé que no te querrá después de que yo te haya poseído.
-No si es una violación -fue la sofocada respuesta de Lali, que sintió la palma del vizconde deslizándose con suavidad sobre su hombro-. No me culpará.
-No será una violación -replicó el hombre con delicadeza-. Si algo he aprendido, querida, es cómo... bueno, no pienso jactarme de ello. No obstante, en lugar de discutir inútilmente sobre los tecnicismos, puedo asegurarte que, pese a que Lanzani no te culpe, tampoco se arriesgará a que su esposa dé a luz al bastardo de otro hombre. Del mismo modo, tampoco aceptará a una mujer que haya sido mancillada. Te hará saber (de mala gana, por supuesto) que lo mejor para todas las partes implicadas será dejar las cosas tal y como estén. Y después se casará con la joven inglesa decorosa que debería haber elegido desde un principio. Mientras que tú... -su dedo trazó la curva de una trémula mejilla- serás ideal para mí. Me atrevería a decir que tu familia hará las paces conmigo muy pronto. Son de esa clase de personas que buscan el lado positivo en las épocas de necesidad.
Lali no estaba de acuerdo con ese análisis, al menos en lo concerniente a Peter. Ella tenía mucha más fe en su fidelidad. Sin embargo, no le apetecía comprobar la veracidad de la hipótesis de St. Vincent; en especial todo lo relacionado con la parte de la consumación. Yació inmóvil durante un minuto y descubrió con gran alivio que la visión se le aclaraba y que las náuseas desaparecían y poco a poco, aunque las oleadas de saliva amarga seguían llenándole la boca. Dado que ya se había recuperado de la confusión inicial y del primer arrebato de pánico, pudo por fin utilizar su entorpecido cerebro lo suficiente como para pensar. Aunque una parte de sí misma estaba a punto de explotar de rabia, era consciente de que ponerse furiosa no le reportaría ningún beneficio. Era mucho mejor tratar de recuperar el juicio e intentar pensar con lógica.
-Quiero sentarme -dijo sin más.
St. Vincent pareció sorprendido y admirado por semejante despliegue de tranquilidad.
-En ese caso, hazlo despacio y permíteme servirte de apoyo hasta que te orientes.
Una lluvia de chispas blancas y azules entorpeció la visión de Lali hasta que consiguió colocarse en uno de los rincones del carruaje. Tras una nueva bocanada de saliva y otra oleada de debilidad, consiguió recuperar la compostura. Descubrió que tenía el vestido desabrochado y que la parte delantera se había bajado hasta la cintura, de modo que la enagua arrugada quedaba a la vista. Le dio un vuelco el corazón al verse de semejante guisa y trató en vano de reunir los dos extremos del vestido. Levantó la vista para lanzarle una mirada acusadora a St. Vincent. El semblante del hombre tenía una expresión seria, pero sus ojos resplandecían de jovialidad -No. No te he violado -murmuró-. Todavía. Prefiero que mis víctimas estén conscientes. De cualquier forma, apenas respirabas y temí que la sobredosis de éter y la presión del corsé acabara contigo. Te quité el corsé, pero no fui capaz de volver a abotonarte el vestido.
-Más agua -exigió ella con voz ronca, antes de tomar un sorbo de la cantimplora de cuero que él le ofreció.
Observó a St. Vincent con expresión pétrea, en busca de algún vestigio de aquel encantador compañero que conociera en Stony Cross Park. Lo único que consiguió ver fueron los desapasionados ojos de un hombre que no se detendría ante nada para lograr sus propósitos. Carecía de principios, de sentido del honor y de debilidad humana alguna. Podría gritar, chillar o suplicar... y nada conseguiría ablandarlo. St. Vincent no vacilaría en hacer cualquier cosa, incluso violarla, para obtener lo que quería.
-¿ Por qué yo? -preguntó Lali con voz desapasionada-. ¿Por qué no secuestrar a otra muchacha poco dispuesta que tenga dinero?
-Porque tú eras la opción más conveniente. Y, en términos económicos, eres la mejor dotada con mucha diferencia.
-Además, quería herir a Lanzani -añadió ella-. Porque está celoso de él.
-Querida, eso es llevar las cosas un poco lejos. No se me ocurriría cambiar mi vida por la de Lanzani, con toda esa infernal carga de responsabilidades que tiene. Lo único que pretendo es mejorar mis circunstancias.
-¿ Y para eso está dispuesto a tomar por esposa a alguien que le odia? -preguntó Lali al tiempo que se frotaba los ojos, aún pegajosos y un tanto nublados-. Si cree que podré perdonarle algún día, es que es un idiota presuntuoso y egocéntrico. Haré todo lo que esté en mi poder para convertirle en un desgraciado. ¿Eso es lo que quiere?
-En este momento, gatita, lo único que quiero es tu dinero. Más tarde descubriremos de qué modo puedo suavizar tus sentimientos hacia mí. Y en el caso de que eso fallara, siempre podría enviarte a una de mis propiedades campestres más remotas, donde lo único que podrías hacer para entretenerte sería contemplar las vacas y las ovejas por la ventana.
Lali comenzó a sentir un dolor palpitante en la cabeza. Se colocó los dedos sobre las sienes y presionó con fuerza, en un intento de aliviar la molestia.
-No me subestime -le advirtió con los ojos cerrados, mientras sentía que su corazón se transformaba en una piedra dura y fría-. Convertiré su vida en un infierno. Puede que incluso le asesine.
Una suave carcajada carente de humor fue la respuesta a semejante amenaza.
-Sin duda, alguien lo hará algún día. Bien podría ser mi esposa.
Lali guardó silencio y apretó los ojos con mas fuerza para aliviar el amenazante escozor de unas lágrimas que de poco le iban a servir. De cualquier forma, no iba a echarse a llorar. Aguardaría momento oportuno... y si la única forma de escapar de él era asesinándolo, lo haría con mucho gusto.
Para cuando Peter llegó a los aposentos privados de la condesa, con Simón pegado a sus talones, la conmoción había llamado la atención de la mitad de la servidumbre. Concentrado tan solo en llegar hasta la zorra maliciosa que era su madre, Peter apenas fue consciente de las atónitas expresiones de los criados que dejaba atrás. Pasó por alto los consejos de su amigo, que le pedía que se tranquilizara, que se abstuviera de enfrentar ese asunto hecho una furia y que se comportara de modo racional. Peter no se había sentido tan lejos de la cordura en toda su vida.
Cuando se dispuso a abrir la puerta de los aposentos de su madre, descubrió que estaba cerrada con llave. Dio unos cuantos tirones violentos al tirador.
-Abre- rugió-¡Abre ahora mismo!
Tras un momento de silencio, se oyó la asustada voz de una doncella desde el interior.
-Milord… la condesa me pide que le comunique que está descansando.
-Yo mismo la enviaré al puto descanso eterno si no abre esta puerta ahora mismo-bramó Peter.
-Milord, por favor…
Peter retrocedió tres o cuatro pasos antes de abalanzarse contra la puerta, que se agitó sobre los goznes y, tras emitir un crujido, cedió un poco. Se oyeron los chillidos de pánico de un par de invitadas que se encontraban en el pasillo y que habían sido testigos del sorprendente ataque de furia.
-¡Dios santo!-exclamó una de ellas en dirección a la otra-¡Se ha vuelto loco!
Peter volvió a retroceder y se abalanzó una vez más contra la puerta, consiguiendo en esa ocasión que saltara algunos trozos del revestimiento de madera. En ese momento, sintió que las manos de Simón Hunt lo aferraban por la espalda y se dio la vuelta con el puño en alto, preparado para enfrentarse a un ataque desde todos los frentes.
-¡Por el amor de Dios! -musitó Hunt al tiempo que retrocedía un par de pasos con las manos alzadas en un gesto defensivo. Había cierta tensión en sus facciones y tenía los ojos abiertos de par en par mientras contemplaba a Peter como si fuese un extraño-. Lanzani...
-¡Maldita sea! ¡Apártate de mi camino!
-Con mucho gusto. Pero déjame señalarte que, si se diera la situación contraria, tú serías el primero en aconsejarme que mantuviera una actitud fría y...
Pasando por alto las advertencias de su amigo, Peter se giró de nuevo hacia la puerta y le atizó una patada fuerte y precisa a la desvencijada cerradura con el tacón de la bota. El chillido de la doncella atravesó el vano de la puerta en el mismo instante en que ésta se abría de par en par. Tras entrar en tromba en el recibidor, Peter se dirigió hacia el dormitorio, donde la condesa se hallaba sentada en un sillón junto a la chimenea. Totalmente vestida y adornada con incontables collares de perlas, la mujer lo contempló con una expresión de divertido desdén.
Con la respiración entrecortada, Peter se acercó hasta ella sintiendo que una furia asesina le recorría las venas. Resultaba evidente que la condesa no tenía ni idea de que se encontraba en un peligro mortal porque, de ser así, no le habría dado una bienvenida tan serena.
-Estamos pletóricos de pasión animal hoy, ¿no es cierto? -le preguntó-. Has pasado de ser un caballero a convertirte en un bruto salvaje a una velocidad pasmosa. Debo felicitar a la señorita Bowman por su eficiencia.
- ¿Qué has hecho con ella?
- ¿Con ella? -El semblante de la mujer se burló de él al fingir una inocente perplejidad-. ¿Qué demonios quieres decir, lanzani?
-Te reuniste con ella esta mañana en la Corte de las Mariposas. -Nunca paseo tan lejos de la mansión -replicó la condesa con altanería-. Qué afirmación más ridícula...
La mujer dejó escapar un chillido estridente cuando Peter la sujetó y tiró de los collares de perlas para tensarlos contra su garganta.
-¡Dime dónde está o te rompo el cuello como si fuese una espoleta!
Simón Hunt lo sujetó desde atrás una vez más, decidido a impedir que Peter cometiera un asesinato.
-¡Lanzani!
Peter intensificó la presión que ejercía sobre las perlas. Clavó la mirada en el rostro de su madre sin pasar por alto el brillo triunfal que iluminaba las profundidades de sus ojos. No dejó de mirarla ni siquiera cuando oyó la voz de su hermana Livia.
-¡Peter! -exclamó la joven con urgencia-. Peter, ¡escúchame! Tienes mi permiso para estrangularla más tarde, Incluso estoy dispuesta a ayudarte. Pero espera al menos a que descubramos lo que ha hecho.
Peter tiró más y más de las sartas de perlas, hasta que los ojos de la condesa parecieron estar a punto de salirse de sus hundidas cuencas.
-El único valor que tienes para mí reside en que conoces el paradero de Lali -le dijo en voz baja-. Si no puedo conseguir que me lo digas, te mandaré al infierno. Dímelo o te estrangularé para averiguarlo. Y créeme cuando te digo que me parezco lo bastante a mi padre como para hacerla sin pensármelo dos veces.
-Sí, desde luego que te pareces a él-contestó la condesa con voz enronquecida. Al notar que la presión de las manos de Peter sobre su cuello disminuía un tanto, sonrió con malévola satisfacción-. Ya veo que todas tus pretensiones de ser mejor, más noble y más sabio que tu padre se han quedado en agua de borrajas, Esa tal Esposito te ha envenenado sin ni siquiera...
-¡Ahora! -rugió Lanzani.
Por primera vez, la expresión de la condesa demostró cierta inquietud, si bien no perdió la soberbia.
-Admito que me reuní con la señorita Esposito esta mañana en la Corte de las Mariposas... y allí fue donde me contó sus intenciones de huir con lord St. Vincent. Por lo visto había decidido fugarse con el.
- ¡Eso es mentira! -gritó Livia con indignación al tiempo que se oía un estallido de airadas voces femeninas procedente de la entrada: las floreros, que negaban con fervor la afirmación de la condesa.
Peter soltó a su madre como si acabara de quemarse. Lo primero que sintió fue un profundo alivio al saber que Lali estaba viva. No obstante, el alivio fue seguido de inmediato por la comprensión de que, si bien se encontraba con vida, se hallaba muy lejos de estar a salvo. Puesto que no deseaba volver a verla jamás y se sentía incapaz de hablarle, el conde se alejó de su madre. Sus ojos se encontraron con Simón Hunt. Tal y como era de esperar, Hunt había empezado a hacer cálculos sin pérdida de tiempo.
-La llevará a Gretna Green, por supuesto... y tendrán que viajar hacia el este, en dirección a la carretera principal de Hertfordshire -murmuró-. No se arriesgará a viajar por los caminos secundarios por temor a quedar atrapado en el lodo o a que se rompa una rueda a causa del mal estado de la calzada. Desde Hertfordshire hay unas cuarenta y cinco horas de viaje hasta Escocia... A una
velocidad aproximada de dieciséis kilómetros por hora y teniendo en cuenta las paradas adicionales para cambiar el tiro de caballos...
-¡Jamás les daréis alcance! -gritó la condesa con una risotada estridente-. ¡Te dije que me saldría con la mía, Lanzani!
-¡Cierre la boca, vieja bruja! -gritó Daisy Esposito con impaciencia desde la puerta de entrada. Sus ojos parecían enormes en un rostro que había perdido el color-. Lord Lanzani, ¿quiere que vaya corriendo a los establos para ordenar que ensillen un caballo? -Dos caballos -replicó Simón Hunt resueltamente-. Yo voy con él.
- ¿Que ca ....
-Ebony y Yasmin -contestó Peter.
Eran sus dos mejores caballos árabes, una raza que se caracterizaba por recorrer enormes distancias a gran velocidad. No eran tan rápidos como los purasangres, pero soportarían un paso endemoniado durante horas y viajarían a una velocidad tres veces superior a la del carruaje de St. Vincent.
Daisy desapareció en un abrir y cerrar de ojos, tras lo cual Peter le dijo a su hermana:
-Ocúpate de que la condesa haya desaparecido para cuando regrese -le ordenó de modo sucinto-. Que se lleve todo lo que necesite y que abandone la propiedad.
- ¿Adónde quieres que la envíe? -le preguntó Livia que, aunque pálida, mantenía una actitud serena.
-Me importa un bledo, siempre que comprenda que no debe regresar jamás.
Al darse cuenta de que la estaban echando o, más bien, exiliando, la mujer se levantó del sillón.
- ¡No te desharás de mí de semejante manera! ¡No pienso tolerarlo, señor mío!
-Y adviértele a la condesa -le dijo Peter a Livia- que si la señorita Esposito llegara a sufrir algún daño, por leve que sea, ya puede ir rezando para que no la encuentre jamás.
El conde salió de la habitación a grandes zancadas y se abrió paso a empujones entre la pequeña multitud que se había congregado en el pasillo. Simón Hunt, que iba tras él, se detuvo tan solo para murmurarle algo a Annabelle y depositar un beso en su frente. Ella lo miró con preocupación y se mordió los labios para evitar gritar su nombre.
Tras una prolongada pausa, se oyó decir a la condesa:
-Me da igual lo que me suceda. Me doy por satisfecha con saber que he conseguido evitar que arruinara el linaje familiar.
Livia se dio la vuelta para observar a su madre con una mirada en la que se mezclaban la compasión y el desprecio.
-Peter no falla jamás -le dijo con suavidad-. Se pasó la mayor parte de la infancia aprendiendo a realizar hazañas imposibles. Y ahora que por fin ha encontrado a alguien por quien le merece la pena luchar... ¿de veras cree que va a permitir que algo se interponga en su camino?
Continuara....

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