martes, 22 de enero de 2013

Capitulo 16


Después de que Lali saliera corriendo del jardín de las mariposas, Peter permaneció allí para intentar enfriar sus pasiones. Había estado a un paso de perder el control y casi la había tomado sobre el suelo como un bruto irreflexivo. Tan sólo un atisbo infinitesimal de discernimiento, tan débil como la llama de una vela en medio de una tormenta, había evitado que la poseyera como un animal. Una muchacha inocente, la hija de uno de sus invitados... Por el amor de Dios, se había vuelto loco.
Mientras deambulaba despacio por el jardín, intentó analizar una situación en la que jamás habría esperado verse envuelto. Y pensar que tan sólo unos meses atrás se había burlado de Simón Hunt a causa de la excesiva pasión que sentía por Annabelle Peyton.
No había comprendido el poder de una obsesión, porque nunca había sentido su feroz dentellada hasta ese momento. Parecía no poder librarse de ella de forma lógica. Tenía la sensación de que su voluntad se había desentendido de su intelecto.
Peter no reconocía sus propias reacciones cuando se trataba de Lali. Nadie lo había hecho sentir tan consciente ni tan vivo, como si su mera presencia le agudizara los sentidos. La muchacha lo fascinaba. Lo hacía reír. Lo excitaba hasta extremos insospechados. Si al menos pudiera acostarse con ella y liberarse así de ese constante anhelo…. Sin embargo, la parte racional de su cerebro no dejaba de recordarle que algunas de las observaciones de su madre acerca de las Esposito habían dado en el clavo.
-Tal vez podamos pulir un poco la superficie -había dicho la condesa-, pero mi influencia no calará más hondo. Ninguna de esas chicas es lo bastante maleable como para cambiar de modo significativo. En especial la mayor. Nadie podría convertirla en dama, de la misma manera que no se puede transformar el plomo en oro. Está decidida a no cambiar.
Era extraño, pero ésa era una de las razones por las que Peter se sentía tan atraído por Lali. Su cruda vitalidad y su inflexible individualismo lo afectaban como una ráfaga de aire invernal que atravesara una casa mal ventilada. No obstante, era del todo deshonesto de su parte, por no mencionar también injusto, que continuara prodigándole atenciones a Lali cuando era evidente que no podía resultar nada de ellas. Sin importar lo difícil que fuera tendría que olvidarse de ella, tal y como la joven acababa de pedirle.
Semejante decisión debería haberle reportado cierta paz, pero no fue así. Ensimismado, abandonó el jardín en dirección a la mansión, y se dio cuenta a su pesar de que el exquisito paisaje que lo rodeaba parecía algo mustio, más gris, como si lo viera a través de un cristal sucio. En el interior, la atmósfera de la enorme casa parecía rancia y sombría. Tenía la sensación de que jamás volvería a disfrutar de nada. Maldiciéndose por albergar unos pensamientos tan sentimentales, Peter se dirigió a su estudio privado, a pesar de que necesitaba con urgencia cambiarse de ropa. Dado que la puerta de acceso estaba abierta, atravesó la entrada con paso firme, y vio que Simón Hunt estaba sentado en el escritorio, estudiando minuciosamente un montón de documentos legales.
Tras alzar la vista, Hunt sonrió y comenzó a levantarse de la silla.
-No -dijo Peter de forma brusca al tiempo que hacía un firme movimiento con las manos-. Sólo quería echarle un vistazo a las entregas de la mañana.
-Parece que estés de un humor de perros -comentó Hunt antes de volver a sentarse-. Si es por los contratos de la fundición acabo de escribirle al abogado...
- No se trata de eso - Peter cogió una carta, rompió el sello y la miró enfadado al darse cuenta de que se trataba de algún tipo de invitación.
Hunt lo observó de modo reflexivo. Tras un momento, preguntó:
- ¿Has llegado a un punto muerto en las negociaciones con Thomas Esposito?
Peter negó con la cabeza.
-Pareció gustarle la propuesta que le presenté sobre la concesión de derechos de su empresa. No preveo ningún problema para llegar un acuerdo.
-Entonces supongo que tiene que ver con la señorita Esposito.
- ¿Por qué lo dices? -inquirió Peter con cautela.
Hunt le respondió con una mirada sardónica, como si la respuesta fuera demasiado evidente como para decirla en voz alta.
Peter se sentó muy despacio en una silla al otro lado del escritorio. Hunt esperó con paciencia y su comprensivo silencio animó a Peter a confiarle sus pensamientos. A pesar de que Hunt siempre había sido un oyente magnífico en lo referente a asuntos fi-nancieros y sociales, Peter nunca había llegado a discutir asuntos personales con él. Los asuntos de los demás sí. Los suyos, nunca.
-No es lógico desearla de esta manera -confesó por fin, con la mirada fija en una de las vidrieras cercanas-. Esto está tomando todo el cariz de un sainete. Es imposible imaginarse una pareja menos avenida.
-Vaya. Tal y como dijiste con anterioridad, «el matrimonio es demasiado importante como para permitir que interfieran emociones tan volubles».
Peter lo miró con el ceño fruncido.
- ¿Te he comentado alguna vez lo mucho que me molesta que me restriegues en la cara mis propias palabras?
Hunt soltó una carcajada.
- ¿Por qué? ¿Porque no quieres seguir tu propio consejo? Me veo obligado a señalar, Lanzani, que si hubiera seguido tu consejo en lo referente a mi matrimonio con Annabelle habría cometido el mayor error de mi vida.
-En ese momento) no era una elección lógica -musitó Peter- Fue más tarde cuando tu esposa demostró ser digna de ti.
-Pero ahora tienes que admitir que tomé la decisión correcta.
-Sí -replicó Peter con impaciencia-. No obstante, sigo sin ver cómo puede aplicarse eso a mi situación.
-Sólo quería hacerte notar que, tal vez, tus instintos deberían participar en la decisión de tomar esposa.
Peter se sintió verdaderamente ofendido por la sugerencia. Se quedó mirando a Simón Hunt como si se hubiera vuelto loco.
-Por el amor de Dios, hombre, ¿para qué nos sirve el intelecto sino para evitar que cometamos la tontería de actuar por instinto?
-Tú te dejas guiar por el instinto todo el tiempo -señaló Hunt
-No cuando se refiere a decisiones cuyas consecuencias durarán toda la vida. Y a pesar de la atracción que siento por la señorita Esposito, las diferencias entre ambos acabarían por hacernos sufrir a los dos.
-Conozco muy bien las diferencias que existen entre vosotros --dijo Hunt en voz baja. Cuando sus ojos se encontraron, algo en su mirada le recordó a Peter que Hunt era el hijo de un carnicero que había escalado posiciones desde la clase media y había amasado una fortuna desde cero-. Créeme, conozco los desafíos a los que la señorita Esposito tendrá que enfrentarse en semejante situación. Pero ¿ qué sucedería si ella estuviera dispuesta a aceptarlos? ¿Qué pasaría si ella estuviera dispuesta a cambiar lo suficiente? --No puede.
-Es injusto de tu parte asumir que no puede adaptarse. ¿Acaso no debería tener la oportunidad de intentarlo?
-Maldita sea, Hunt, no necesito que hagas de abogado del diablo
- ¿Esperas que coincida contigo sin más? -preguntó Hunt con sorna-. Tal vez necesites pedirle consejo a alguien que pertenezca a tu misma clase social.
-Esto no tiene nada que ver con las clases -contestó Peter con voz irritada, sin aceptar la implicación de que sus objeciones contra Lali se basaran en el mero esnobismo.
-No -convino Hunt con calma al tiempo que se levantaba de la silla-. Es un argumento carente de peso. Creo que hay otra razón por la que has decidido no ir tras ella. Algo que no admitirías ante mí y posiblemente, ni siquiera ante ti mismo. - Se encaminó a la puerta, donde se detuvo para dirigirle a Peter una mirada astuta-. No obstante, mientras tú consideras el asunto, deberías ser consciente de que el interés de St. Vincent por ella es más que un capricho pasajero.
La atención de Peter se agudizó de golpe ante esa afirmación.
-Tonterías. St. Vincent nunca ha demostrado el menor interés por una mujer fuera del dormitorio.
-Aunque eso sea cierto, una fuente muy fiable me ha- informado hace poco que su padre está vendiendo todo lo que no está vinculado al título. Años de gastos indiscriminados e inversiones estúpidas han vaciado las arcas de la familia.., por lo que St. Vincent se verá privado en breve de su asignación anual. Necesita dinero. Y el evidente deseo de los Esposito de cazar a un yerno con título no le ha pasado desapercibido, -Hunt dejó que un oportuno silencio calara en la estancia antes de añadir-: Tanto si la señorita Esposito está capacitada para ser la esposa de un aristócrata como si no, bien podría casarse con St. Vincent. En ese caso, cuando él heredara el título, se convertiría en duquesa. Por suerte para ella, St. Vincent parece no tener tantos escrúpulos acerca de su capacidad para ocupar esa posición.
Peter lo miró con furibundo asombro.
-Hablaré con Esposito -gruñó-. En cuando le ponga al corriente del pasado de St. Vincent, pondrá punto y final a ese cortejo.
-Haz lo que creas conveniente... si piensas que va servir de algo. Aunque apuesto a que no te escuchará. Un duque por yerno, a pesar de que no tenga un penique, no es un mal partido para un fabricante de jabón de Nueva York.

Para cualquiera que se molestara en advertirlo, resultó obvio que, durante las últimas dos semanas de fiesta campestre en Stony Cross Park, lord Lanzani y la señorita Lali Esposito hicieron un esfuerzo mutuo por evitar la compañía del otro tanto como les fue posible. Resultaba asimismo evidente que lord St. Vincent la acompañaba con creciente frecuencia en los bailes, meriendas y fiestas junto al lago que animaba los agradables días de otoño en Hampshire.
Lali y Daisy pasaron varias mañanas en compañía de la condesa de Lanzani, que las aleccionaba, instruía y trataba en vano de darles un aire aristocrático. Los aristócratas jamás mostraban entusiasmo, sino un vago interés. Los aristócratas se deleitaban con las sutiles inflexiones de la voz para enfatizar un significado. Los aristócratas preferían decir “conocido” o “congénere”… antes que “pariente”. Y utilizaban la frase “Si fuese tan amable….” En lugar de “¿Querría…?” Además, era obligatorio que una dama de la aristocracia se expresara dando a entender con elegancia lo que querría decir, jamás de forma directa.
Si la condesa tenía preferencia por una de las hermanas, ésta era sin duda Daisy, quien mostraba ser mucho más receptiva al arcaico código de comportamiento de la nobleza. Lali, en cambio, hacía pocos esfuerzos por ocultar el desprecio que sentía por unas reglas sociales que, en su opinión, carecían del más mínimo sentido. ¿Qué más daba si se deslizaba la botella de aporto sobre la mesa o si se ofrecía en mano siempre y cuando el vino llegara a su destino? ¿Por qué había tantos temas de conversación prohibidos, mientras que otros que no tenían interés alguno debían repetirse hasta la saciedad? ¿Por qué era mejor caminar despacio que deprisa, por qué debía una dama tratar de repetir la opinión de un caballero en lugar de expresar la suya propia?
Así pues, encontró cierto alivio en la compañía de lord St. Vincent quien parecía importarle un comino su comportamiento y las palabras que utilizara. Al hombre le hacía gracia su franqueza y desde luego, él mismo era bastante irreverente. Incluso su propio padre, el duque de Kingston, caía bajo las garras del sarcasmo del vizconde. El duque, al parecer, no tenía ni idea de cómo aplicar los polvos para los dientes a su cepillo, ni de cómo colocar los ligueros de sus calcetines, puestos que dichas tareas siempre las había realizado su ayuda de cámara. A Lali le resultaba imposible no echarse a reír ante la idea de una existencia tan consentida, lo que a St. Vincent le llevaba a especular con fingido horror acerca de la vida primitiva que la muchacha había llevado en América, donde se veía obligada a vivir en una mansión que se identificaba con un espantoso número en la puerta, a peinarse sin ayuda o a atarse los propios zapatos.
St. Vincent era el hombre más encantador que Lali hubiera conocido jamás. Sin embargo, bajo las capas de sedosa caballerosidad se ocultaba una especie de dureza, una impenetrabilidad que tan solo podría pertenecer a un hombre muy frío. O, quizás, a un hombre en extremo reservado.
En cualquiera de los casos, Lali sabía por instinto que, fuera cual fuese el tipo de alma que habitaba en el interior de una criatura semejante, ella jamás la descubriría. Era un hombre tan apuesto y tan inescrutable como una esfinge.
-St. Vincent necesita casarse con una heredera -les informó Annabelle una tarde, mientras las floreros dibujaban y pintaban con acuarelas a la sombra de un árbol-. Según el señor Hunt, el padre de lord St. Vincent, el duque, no tardará mucho en privarlo de su asignación anual, ya que apenas le queda dinero. Me temo que el vizconde va a heredar muy poco.
- ¿Qué ocurrirá cuando se le acabe el dinero? -Preguntó Daisy, que movía el lápiz con habilidad sobre el papel para dibujar el paisaje-. ¿Venderá St. Vincent parte de su patrimonio y de sus propiedades cuando se convierta en duque?
-Eso depende -replicó Annabelle, que cogió una hoja del árbol y contempló el delicado diseño de la nervadura de la superficie ambarina-. Si la mayor parte de las propiedades que hereda está vinculada al título, entonces no. Pero no temáis que se convierta en pobre: hay muchas familias dispuestas a compensarlo en abundancia si se muestra dispuesto a casarse con una de sus hijas.
-La mía, por ejemplo -dijo Lali con ironía.
Annabelle la observó con detenimiento antes de murmurar -Querida, ¿te ha mencionado St. Vincent algo acerca de sus intenciones?
-Ni una palabra.
- ¿Ha tratado alguna vez de...?
-Cielos, no.
-Entonces es que pretende casarse contigo -señaló Annabelle con enervante certeza-. Si tan sólo estuviera jugando, ya habría tratado de comprometerte a estas alturas.
El silencio que siguió a semejante afirmación sólo se vio interrumpido por el seco susurro de las hojas que había sobre sus cabezas y el rasgueo del ajetreado lápiz de Daisy.
- ¿Qu-qué harás si lord St. Vincent te propone matrimonio? -preguntó Evie mirando a Lali por encima del borde de su estuche de acuarelas de madera, cuya mitad superior servía como caballete cuando lo equilibraba sobre su regazo.
De forma impulsiva, Lali arrancó un puñado de hierba del suelo y empezó a romper las frágiles hojas con los dedos. Al darse cuenta de pronto de que aquella actividad era típica de Mercedes, quien tenía la nerviosa costumbre de dar tironcitos y romper cosas se detuvo y arrojó los trocitos de hierba a un lado.
-Aceptaré, por supuesto -afirmó–. ¿Por qué no iba a hacerlo? -Continuó a la defensiva-. ¿Te das cuenta de los pocos duques que hay disponibles? Según el informe de mi madre sobre los pares del reino, tan sólo hay veintinueve en toda Gran Bretaña.
-Pero St. Vincent es un mujeriego incorregible-dijo Annabelle-No me creo que, como su esposa, tolerases semejante comportamiento.
-Todos los hombres son infieles de una manera u otra. -Lali trató de parecer práctica, pero, de algún modo, su tono sonó desafiante y hosco.
Los ojos azules de Annabelle se suavizaron con una mirada compasiva
-Yo no estoy de acuerdo.
-La temporada aún no ha comenzado -señaló Daisy-, y ahora que la condesa es nuestra madrina, este año tendremos mucha mejor suerte que el pasado. No hay ninguna necesidad de que te cases con el vizconde si no es eso lo que quieres... diga lo que diga madre. '
-Quiero casarme con él. -Lali notó que sus labios se tensaban hasta formar un rictus obstinado-. De hecho, estoy impaciente porque llegue el momento en que St. Vincent y yo lleguemos a una cena como el duque y la duquesa de Kingston... Una cena a la que también asistirá Lanzani y en la que seré escoltada al comedor antes que él, puesto que el título de mi marido tendrá precedencia sobre el suyo. Haré que Lanzani se arrepienta. Haré que desee...
-Se interrumpió de forma abrupta al darse cuenta de que su tono era demasiado tajante y de que estaba revelando demasiadas cosas. Enderezó la espalda y fijó la vista en un punto lejano del paisaje. Al notar la pequeña mano de Daisy entre sus hombros, dio un respingo.
-Quizá para entonces ya ni siquiera te importe -murmuró Daisy
-Quizá -convino Lali con voz apagada.

Durante la tarde siguiente, la propiedad se vio libre de la mayor parte de los invitados, ya que casi todos los caballeros habían asistido a una carrera local para apostar, beber y fumar hasta hartarse. A las damas, en cambio, las condujeron en una sucesión de ca-rruajes hasta el pueblo, donde el día de fiesta tradicional se vería animado por una compañía itinerante de actores londinenses. Ansiosas por disfrutar de la diversión que les proporcionaría la comedia ligera y la música, las invitadas abandonaron la mansión en masa.

Pese a que Annabelle, Evie y Daisy le imploraron a Lali que las acompañara, ella se negó. Las payasadas de unos actores ambulantes no la atraían lo más mínimo. No quería tener que verse obligada a sonreír e, incluso, a reír. Lo único que quería era dar un paseo a solas al aire libre... caminar durante kilómetros, hasta que estuviese demasiado cansada para pensar en nada.
Se dirigió sola hacia el jardín trasero siguiendo el sendero que conducía a la fuente de la sirena, que se alzaba como una joya en medio de un claro pavimentado. El seto cercano estaba cubierto con glicina, y parecía que alguien hubiese drapeado la parte superior con cubre tetarás rosas. Sentada al borde de la fuente, Lali se dedicó a contemplar el agua espumosa. No se percató de que alguien se acercaba hasta que oyó una voz queda procedente del sendero.
-Ha sido una suerte encontrada en el primer lugar que he buscado.
Lali levantó la mirada con una sonrisa para contemplar a lord St. Vincent. Su cabello dorado con reflejos ambarinos parecían sorber la luz del sol. El color de su cabello y de su tez era sin duda anglosajón, si bien las marcadas líneas de sus mejillas, que poseían un ángulo casi felino, y la sensual plenitud de esa boca grande le conferían un atractivo bastante exótico.
- ¿N o piensa asistir a la carrera? -preguntó Lali. -Dentro de un momento. Quería hablar antes con usted. -St. Vincent echó un vistazo al espacio que había junto ella- ¿Puedo?
-Pero estamos solos... -dijo Lali-. Y usted siempre insiste en que tengamos carabina.
-Hoy he cambiado de opinión.
-Vaya. -La curva de su sonrisa resultó un tanto trémula- En ese caso, tome asiento. -Se sonrojó al darse cuenta de que había, sido en ese mismo lugar donde viera a lady Olivia y al señor Shaw abrazándose de forma tan apasionada. Por el brillo de los ojos de St. Vincent, era evidente que él también lo recordaba.
-Cuando llegue el fin de semana -dijo el hombre- acabará la fiesta campestre... y habrá que volver a Londres.
-Debe de estar impaciente por regresar a las diversiones de la vida en la ciudad-comentó Lali- Para ser un libertino, su comportamiento ha sido sorprendentemente comedido.
-Incluso los disipados libertinos como yo necesitamos vacaciones de vez en cuando. Una dieta continua a base de depravación acabaría por resultar aburrida.
Lali esbozó una sonrisa.
-Libertino o no, he disfrutado mucho de su amistad durante estos últimos días, milord. -Cuando las palabras abandonaron sus labios, se sorprendió al descubrir que eran ciertas.
-Entonces me considera un amigo -dijo él con suavidad. Eso es bueno.
- ¿Por qué?
-Porque me gustaría seguir viéndola.
El corazón de Lali comenzó a latir más deprisa. A pesar de que el comentario no era inesperado, la había pillado desprevenida.
- ¿En Londres? -preguntó de forma estúpida.
-Dondequiera que usted se encuentre. ¿Le parece bien?
-Bueno, por supuesto que... Yo... sí.
Mientras esos diabólicos ojos la observaban sin dejar de sonreír, Lali se vio obligada a admitir que la afirmación de Daisy acerca del magnetismo animal de St. Vincent era cierta. Parecía un hombre que hubiera nacido para el pecado... un hombre que podría convertir el pecado en algo tan divertido que a una le importaría muy poco pagar el precio después.
St. Vincent estiró una mano hacia ella muy despacio y deslizó los dedos desde sus hombros hasta ambos lados de su cuello.
-Lali, mi amor. Voy a pedirle permiso a su padre para cortejarla
Ella respiró con dificultad, encerrada entre las caricias de sus manos.
-No soy la única heredera disponible que podría perseguir.
Los pulgares del vizconde acariciaron los suaves huecos de las mejillas de la joven y sus pestañas castaño oscuro descendieron un poco.
-No - respondió con franqueza--, pero usted es sin duda la más interesante. La mayoría de las mujeres no lo son, ¿ lo sabía?. Al menos no fuera de la cama-Se inclinó para acercarse a ella, hasta que el calor de su aliento entibió los labios de la joven- Me atrevería a decir que usted será interesante también en la cama.
Pues bien, ahí estaba el esperado avance, pensó Lali con incredulidad y, justo entonces, todo pensamiento se desvaneció de su cabeza cuando la boca del vizconde descendió sobre la suya en una suave caricia. La besaba como si fuera el primer hombre que hubiera descubierto los besos, con una lánguida pericia que la iba seduciendo poco a poco. Incluso con su limitada experiencia Lali se dio cuenta de que el beso poseía más de técnica que de emoción, pero a sus atolondrados sentidos no parecía importarles, puesto que cada movimiento de la boca de St. Vincent lograba arrancarle una indefensa respuesta. Fue aumentando su placer sin prisa alguna hasta que la joven jadeó contra sus labios y apartó la cabeza con debilidad.
El vizconde deslizó los dedos por la cálida superficie de sus mejillas y presionó con ternura la cabeza de Lali contra su hombro.
-Jamás había cortejado a nadie con anterioridad -murmuró mientras sus labios jugueteaban cerca de la oreja de la joven-, con propósitos honorables, al menos.
-Pues lo está haciendo bastante bien para ser un principiante-dijo ella con el rostro apoyado contra su chaqueta.
Con una carcajada, el hombre se apartó un poco y paseó su cálida mirada por el sonrojado rostro de Lali.
-Es usted adorable -dijo con suavidad-. Y fascinante.
«Y rica», añadió ella para sus adentros. Sin embargo, había, que reconocer que él estaba haciendo un trabajo espléndido para convencerla de que su deseo por ella se basaba en algo más que en el dinero. Y ella apreciaba ese gesto. Se obligó a esbozar una sonrisa y contempló al hombre enigmático aunque encantador que podría llegar a convertirse en su marido. «Su gracia», pensó. Así tendría, que llamarla Lanzani una vez que St. Vincent heredara el título. En principio sería lady St. Vincent, y después la duquesa de Kingston. Estaría por encima de Lanzani en la escala social, y jamás permitiría que él lo olvidara. «Su gracia», repitió, deleitándose con las sílabas. «Su gracia...»
Después de que el vizconde la dejara para asistir a la carrera, Lali caminó de vuelta a la mansión. El hecho de que su futuro estuviese tomando forma de una vez por todas debería de haberla confortado, pero, en su lugar, la acometió una especie de sombría determinación. Entró en la casa, que se encontraba tranquila y en silencio, Después de haber visto el lugar lleno de gente durante las últimas semanas, resultaba extraño caminar a solas por el vacío vestíbulo de entrada. Los pasillos estaban en silencio y tan sólo los esporádicos pasos de un solitario sirviente rompían la quietud.
Se detuvo cerca de la biblioteca y echó un vistazo a la enorme habitación. Por una vez, estaba desierta. Entró en la acogedora estancia, con sus dos plantas y sus estanterías cargadas con más de diez mil libros. En el aire podía apreciarse el aroma de la vitela, el pergamino y el cuero. Los escasos lugares que no albergaban libros estaban ocupados por montones de mapas y grabados. Decidió buscar un libro, un volumen de poesía ligera o alguna novela frívola. No obstante, iba a resultar muy difícil averiguar dónde se en-contraban las novelas entre los montones de lomos de cuero que tenía delante.
Al pasar junto a las estanterías, Lali descubrió hileras de libros de historia, cada uno de ellos lo bastante pesado como para aplastar a un elefante. Después iban los atlas y, tras ellos, una vasta colección de textos matemáticos que habría curado hasta el caso más grave de insomnio. Casi al final de la pared, se había instalado un aparador en un recoveco que quedaba al mismo nivel que las estanterías. Una gran bandeja de plata ocupaba la parte superior y contenía una colección de tentadoras botellas y licoreras. La más bonita de ellas, cuyo cristal estaba decorado con un grabado de hojas, estaba medio llena de un licor incoloro. Le llamó la atención la pera que había en el interior.
Lali alzó la botella y la examinó con atención, girando con suavidad el líquido de su interior hasta que la pera comenzó a rotar con el movimiento. Una pera dorada en perfecto estado de conservación. Aquello debía de ser una variedad de eau de vie... como lo llamaban los franceses, el «agua de la vida»... un licor incoloro destilado a partir de uvas, ciruelas o bayas. Y también peras, al parecer.
La muchacha sintió la tentación de probar el intrigante brebaje, pero las damas nunca bebían licores fuertes. Sobre todo, no lo hacían si se encontraban solas en la biblioteca. Si la pillaban, las cosas se pondrían muy feas. Pero en caso contrario... Todos los caballeros se encontraban en la carrera, las damas se habían ido al pueblo y la mayoría de los sirvientes disfrutaba de un día libre.
Contempló el vano de la puerta, que se encontraba vacío, después la tentadora botella. El reloj de la repisa de la chimenea llenaba el silencio con la urgencia de su tic-tac. De pronto, oyó la voz de St. Vincent en su cabeza: «Voy a pedirle permiso a su padre para cortejarla.»
- ¡Por todos los demonios! -musitó al tiempo que se inclinaba para buscar de forma precipitada una copa en el armario que había en la parte inferior del aparador.
Continuara...

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