martes, 22 de enero de 2013
Capitulo 24 Final
A pesar del miedo y la preocupación, los efectos residuales del éter hicieron que Lali durmiera sentada en el carruaje, con la cabeza apoyada sobre el acolchado terciopelo de uno de los laterales. Fue el cese del movimiento lo que la despertó. Le dolía la espalda y tenía los pies fríos y entumecidos. Mientras se frotaba los doloridos ojos, se preguntó si lo habría soñado todo. Deseaba despertar en la silenciosa y pequeña habitación de Stony Cross Park... o, mejor aún, en la espaciosa cama que había compartido con Peter. Al abrir los ojos, vio el interior del carruaje de St. Vincent y se le cayó el alma a los pies.
Le temblaban los dedos cuando estiró la mano para apartar con torpeza la cortinilla de la ventana. La noche estaba cayendo y el sol del atardecer lanzaba sus últimos y desapacibles rayos a través de un pequeño robledal. El carruaje se había detenido frente a una posada que, según el cartel situado a un lado de la entrada principal, se llamaba El Toro y las Fauces. Era un establecimiento grande, con unos establos que podían albergar a unos cien caballos, y que contaba con tres edificios adosados para hospedar a los viajeros que hicieran uso del camino de portazgo principal.
Al notar un movimiento en el asiento contiguo, Lali comenzó a girarse y tensó el cuerpo al sentir que le sujetaban con cuidado las muñecas a la espalda.
- ¿Qué...? -preguntó al tiempo que le ajustaban unos aros de metal alrededor de las muñecas. Tiró de los brazos, pero le resultaba imposible zafarse-. Maldito bastardo -dijo, y la voz le temblaba por la furia-. Cobarde asqueroso. Maldito... -Su voz quedó amortiguada cuando le metieron un trozo de tela en la boca y le ataron una mordaza para asegurado en su lugar.
-Lo siento -le susurró St. Vincent al oído, si bien no parecía en absoluto arrepentido-. No debes tirar de las muñecas, gatita. Lo único que conseguirás será magullártelas sin necesidad. -Sus cálidos dedos se cerraron en torno a los gélidos puños de ella -.Un juguete interesante, éste -musitó al tiempo que pasaba la yema de un dedo bajo el metal para acariciarle la muñeca-. Conozco a algunas mujeres que le tienen mucho cariño. -Giró el cuerpo rígido de ella entre sus brazos y sonrió al ver el furioso desconcierto que reflejaba la expresión de la joven-. Qué inocente... será un enorme placer enseñarte.
Aunque tenía la lengua seca, Lali comenzó a empujar con ella contra la mordaza al tiempo que reflexionaba sobre la criatura hermosa y traicionera que era St. Vincent. Un villano debería tener el pelo negro, estar cubierto de verrugas y ser tan monstruoso por fuera como lo era por dentro. Resultaba una enorme injusticia que a una bestia desalmada como St. Vincent la hubieran bendecido con semejante belleza.
-Regresaré en un instante -le dijo-. No te muevas... e intenta no causar ningún problema.
«Maldito asno pomposo», pensó Lali con amargura cuando una oleada de pánico le provocó un nudo en la garganta. Contempló a St. Vincent sin parpadear mientras él abría la puerta y se alejaba del carruaje. La creciente penumbra del atardecer la envolvió por completo. Obligándose a respirar con regularidad, Lali trató sobreponerse al miedo y pensar. Lo más probable es que llegara un momento, un instante, en el que tuviera una oportunidad de escapar. Sólo tenía que esperar.
Era muy probable que en Stony Cross Park hubieran descubierto su ausencia muchas horas atrás. Ya estarían buscándola… perdiendo el tiempo, preocupándose… y, mientras tanto, la condesa aguardaría en silenciosa complacencia, satisfecha al saber que se había deshecho con habilidad de al menos uno de esos molestos americanos. ¿En qué estaría pensando Peter en esos momentos? ¿Qué estaría...? No, no podía permitirse darle vueltas a esas ideas, porque lo único que había conseguido era que le escocieran los ojos, y no estaba dispuesta a llorar. St. Vincent no tendría la satisfacción de ver ninguna muestra de debilidad por su parte.
Retorció las manos en el interior de las esposas y trató de imaginar qué clase de mecanismo de cierre tendrían; sin embargo, dada la posición en la que se encontraba, resultó del todo inútil. Relajó la espalda contra el asiento y contempló la puerta hasta que ésta se abrió de nuevo.
St. Vincent volvió a subir al carruaje y le hizo un gesto al conductor. El vehículo dio un pequeño salto cuando se puso en marcha en dirección al patio que había tras la posada.
-Dentro de un momento te llevaré arriba, a tu habitación, donde podrás atender tus necesidades. Por desgracia, no tenemos tiempo para cenar, pero te prometo que mañana por la mañana disfrutarás de un desayuno decente.
En cuanto el carruaje volvió a detenerse, St. Vincent la agarró de la cintura y tiró de ella hacia su cuerpo; sus ojos azules resplandecieron al atisbar sus pechos bajo la delgada enagua cuando la parte delantera del vestido se abrió. Tras cubrirla con su abrigo para esconder las esposas y la mordaza, se la echó al hombro.
-Ni se te ocurra forcejear o ponerte a dar patadas -le oyó decir, aunque el sonido de su voz quedaba amortiguado por la capa de paño-. Puede que decida retrasar nuestro viaje para demostrarte con exactitud por qué mis amiguitas encuentran las esposas tan agradables.
Gracias a aquella plausible amenaza de violación, Lali permaneció inmóvil mientras él la sacaba del carruaje y atravesaba el patio trasero de la posada camino a una escalera exterior. Alguien que pasó a su lado debió de interesarse por la mujer que llevaba sobre el hombro, porque el vizconde respondió con una carcajada pesarosa:
-Mi amorcito está un poquito achispada, me temo. Siente cierta debilidad por la ginebra. Le hace ascos al buen coñac francés y se dedica a la ruina blanca, la muy tonta.
Los comentarios arrancaron una sincera carcajada masculina, y Lali comenzó a temblar de furia. Contó el número de escalones que subía St. Vincent... Veintiocho, con un descansillo entre los tramos. Estaban en la planta superior del edificio, que disponía de una puerta de acceso a una hilera de habitaciones interiores. Casi asfixiada bajo el abrigo, Lali trató de adivinar cuántas puertas bajaban atrás mientras St. Vincent avanzaba por el pasillo. Entraron en una de las habitaciones, cuya puerta cerró el vizconde con el pie.
Tras llevar a Lali hasta la cama, la dejó encima con sumo cuidado, le quitó el abrigo y apartó los enredados mechones de caballos que habían caído sobre su rostro sonrojado.
-Quiero asegurarme de que han enganchado un tiro de caballos decente -murmuró el hombre con los ojos brillantes como gemas, e igual de fríos-. No tardaré en volver.
Lali se preguntó si ese hombre habría albergado alguna vez un sentimiento verdadero por algo o por alguien, o si se limitaba a pasar por la vida como un actor sobre el escenario: fingiendo la expresión que precisaba para conseguir sus propósitos. El vizconde vio algo en la mirada inquisitiva de Lali que desdibujó su sonrisa e hizo que sus modales se tornaran prácticos y fríos cuando comenzó a sacar algo del interior del abrigo. Una llave, descubrió ella con una súbita punzada de ansiedad en el pecho. Tras colocarla de lado, St. Vincent abrió las esposas. Lali no pudo reprimir un suspiro de alivio al sentir que sus brazos quedaban libres. Sin embargo, su libertad de movimientos apenas duró unos instantes. El hombre agarró sus muñecas y le sujetó los brazos con exasperante facilidad para levantados hasta los barrotes del cabecera de la cama, con el fin de volver a esposada. Lali trató de que la tarea no le resultara fácil, pero aún no había recuperado las fuerzas.
Tendida en la cama frente a él con los brazos por encima de la cabeza, Lali lo miró con cautela, sin dejar de mover la boca bajo la mordaza. St. Vincent examinó su cuerpo con una mirada insolente con el fin de dejar claro que estaba completamente a su merced.
«Por favor, Señor, no dejes que…», pensó Lali. No apartó la vista de él ni se acobardó, ya que tenía la impresión de que, en parte, se había mantenido a salvo hasta esos momentos gracias a que no le había demostrado miedo. Se le formó un doloroso nudo en la garganta cuando vio que el vizconde levantaba una de sus expertas manos hacia la piel expuesta de la parte superior de su pecho y le acariciaba el borde de la enagua.
-Ojalá tuviéramos tiempo para jugar -dijo con ligereza.
Sin apartar la mirada del rostro de Lali, deslizó los dedos hasta la curva de su pecho y lo acarició hasta que la muchacha sintió que se le endurecía el pezón. Avergonzada y furiosa, Lali respiró con rapidez a través de la nariz.
Muy despacio, St. Vincent apartó la mano y se alejó de la cama. -Pronto -murmuró, aunque no estaba claro si se refería a su regreso del establo de la posada o a sus intenciones de acostarse con ella.
Lali cerró los ojos y escuchó el sonido de sus pasos sobre el suelo. Después, oyó el ruido de la puerta al abrirse y cerrarse, seguido del chasquido de la cerradura cuando echó la llave desde fuera. Sin dejar de retorcerse sobre el colchón, Lali estiró el cuello para echar un vistazo a las esposas que la sujetaban a la cama. Estaban hechas de acero, unidas por una cadena y tenían grabadas las palabras: «Higby-Dumfries N.O 30. Acero garantizado. Manufactura británica.» Cada manilla poseía un cierre y un gozne individual; estaban unidas a la cadena con unas lengüetas que habían sido insertadas a través de los extremos de los goznes y soldadas al acero de las manillas.
Lali se retorció hasta colocarse en una posición más elevada y consiguió desprender una de las horquillas que aún permanecían en su desarreglado peinado. Enderezó la horquilla, curvó uno de los extremos con un giro de los dedos y lo insertó en la pequeña cerradura en busca de la diminuta palanca interior. El extremo de la horquilla se deslizó en varias ocasiones sobre la palanca, que resultó ser bastante difícil de forzar. Tras soltar una maldición cuando la horquilla se torció a causa de la presión, Lali la sacó, la enderezó y probó una vez más sin dejar de ejercer presión con el dorso de la muñeca contra la parte interna de la manilla. De repente oyó un súbito chasquido y el cierre se abrió.
Se levantó de la cama como impulsada por un resorte y se tambaleó hasta la puerta con las esposas colgando de una muñeca. Se arrancó la mordaza, escupió el guiñapo húmedo de tela y, acto seguido, arrojó ambos trapos a un lado para ponerse a trabajar con la puerta. Con la ayuda de otra horquilla, forzó la cerradura con pasmosa habilidad.
-Gracias a Dios -musitó cuando la puerta se abrió.
Oyó voces y ruidos procedentes de la taberna de la planta de abajo y calculó que las posibilidades de encontrar a un buen samaritano que la ayudara eran mucho más altas en el interior del edificio que en los aledaños del establo, donde los criados y los cocheros trajinaban de un lado para otro. Tras echar un rápido vistazo al pasillo, para asegurarse de que no venía nadie, traspasó el umbral de la puerta.
Consciente del desaliño de sus ropas y de que su corpiño estaba abierto, Lali juntó los extremos del vestido y se apresuró a dirigirse hacia la escalera interior del edificio. El corazón le latía con fuerza en el pecho y la cabeza le iba a estallar por el ruido. La desesperación que la embargaba hacía que se sintiera capaz de cualquier cosa. Al parecer, su cuerpo obedecía a alguna fuerza ajena a su voluntad que lograba que sus pies volaran por las escaleras con un ímpetu temerario.
Tras bajar el último escalón, Lali corrió hacia la estancia principal de la posada. La gente se detuvo a media palabra para volverse a mirada con expresión perpleja. Atisbó una mesa grande y una., cuantas sillas en uno de los rincones, donde había un grupo forma do por cuatro caballeros bien vestidos; sin perder un segundo, Lali corrió hacia ellos.
-Necesito hablar con el posadero -dijo sin más preámbulos-. O con el encargado. Con cualquiera que pueda ayudarme. Necesito...
Se detuvo de golpe al oír que pronunciaban su nombre y miró por encima del hombro, temiendo que St. Vincent hubiera descubierto su huida. Todo su cuerpo se tensó, dispuesto a presentar batalla. Sin embargo, no había ni rastro del vizconde ni asomo alguno de los brillantes reflejos ambarinos de su cabello dorado.
Oyó esa voz de nuevo, un sonido grave que le llegó al alma.
-Lali.
Le temblaron las piernas al ver a un esbelto hombre moreno que se acercaba desde la entrada. «No puede ser», pensó al tiempo que parpadeaba con fuerza para aclararse la visión, que debía de estar jugándole una mala pasada. Se tambaleó un poco cuando se volvió para mirado a la cara.
-Lanzani -susurró y se tambaleó hacia delante.
El resto de la estancia pareció desvanecerse. Peter, cuyo rostro parecía pálido bajo el bronceado, la observaba con una intensidad abrasadora, como si temiera que pudiese desaparecer. Aceleró el paso y, cuando llegó hasta ella, Lali se vio envuelta en un poderoso apretón. La rodeó con los brazos y la sujetó con fuerza contra su pecho.
-Dios mío -murmuró el conde al tiempo que enterraba la cara en su cabello.
-Has venido -musitó Lali, que temblaba de arriba abajo-. Me has encontrado.
No podía creer que fuera posible. Olía a caballo y a sudor, y tenía la ropa helada debido al aire del exterior. Al sentir los temblores que sacudían el cuerpo de la joven, Peter la acurrucó bajo su chaqueta sin dejar de susurrar palabras cariñosas contra su pelo.
-Peter -dijo Lali con voz ronca-. ¿Me he vuelto loca? Dios, por favor, tienes que ser real. No te vayas...
-Estoy aquí. -Su voz sonó grave y estremecida-. Estoy aquí y no vaya irme a ninguna parte. -Se apartó un poco y su mirada azabache la examinó de la cabeza a los pies al tiempo que sus manos inspeccionaban con urgencia todo el cuerpo de Lali-. Mi amor, mi bien... ¿estás herida? -Había encontrado las esposas mientras deslizaba los dedos a lo largo del brazo. Tras levantarle la muñeca, contempló el instrumento metálico con una expresión inescrutable. Respiró hondo y su cuerpo comenzó a estremecerse con una especie de furia primitiva-. Maldita sea, vaya enviado de cabeza al infierno...
-Estoy bien -se apresuró a decide Lali-. No me ha hecho daño.
El conde se llevó la mano de la muchacha a la boca, la besó con fuerza y mantuvo los dedos apretados contra su mejilla. Lali sentía cómo su aliento le golpeaba la muñeca en rápidas sucesiones.
-Lali, ¿te hizo...?
Al leer la pregunta en sus aterrorizados ojos, esas palabras que Peter parecía no atreverse a pronunciar, ella susurró con voz ronca:
-No, no ha sucedido nada. No hubo tiempo.
-Aún así, voy a matarlo. -El tono letal que destilaba su voz hizo que a Lali se le erizara el vello de la nuca. Al darse cuenta de que tenía el corpiño abierto, Peter la soltó el tiempo necesario para quitarse la chaqueta y colocada sobre sus hombros. De pronto, se quedó inmóvil-. Ese olor... ¿qué es?
Lali comprendió que su piel y sus ropas aún retenían la nociva fragancia y vaciló un instante antes de responder:
-Éter -dijo por fin, tratando de que sus temblorosos labios esbozaran una sonrisa tranquilizadora al ver que los ojos de Peter se dilataban hasta convertirse en un par de estanques negros-. No fue tan malo, en realidad. He dormido la mayor parte del día. Aparte de algunas náuseas, no...
De la garganta del conde escapó un gruñido animal mientras la apretaba contra él una vez más.
-Lo siento. Lo siento mucho, Lali, mi amor... ahora estas a salvo. Jamás permitiré que vuelva a ocurrirte nada. Te lo juro por mi vida. Estás a salvo.
Tomó la cabeza de la joven entre sus manos y deslizó los labios sobre los de ella en un beso que fue breve, suave y, pese a todo, tan asombrosamente intenso que ella se sintió mareada. Lali cerró los ojos y se apoyó contra él, temiendo que no fuera real, temiendo despertar de un momento a otro y encontrarse de nuevo con St. Vincent. Peter susurró palabras reconfortantes contra sus labios y mejillas, y la sujetó en un abrazo que parecía suave, pero que ni diez hombres podrían haber deshecho. Al echar un vistazo desde las seguras profundidades de su abrazo, Lali vio la alta figura de Simón Hunt acercándose a ellos.
-Señor Hunt -dijo con cierta sorpresa mientras los labios de Peter recorrían su sien.
Hunt la miró con evidente preocupación,
- ¿Se encuentra bien, señorita Esposito?
Tuvo que retorcerse un poco para zafarse de la tierna exploración de la boca de Peter cuando respondió sin aliento:
-Si, gracias a Dios. Sí. Como puede ver, estoy ilesa.
-Eso supone un alivio indecible -replicó Hunt con una sonrisa-. Su familia y amigos estaban muy preocupados por su ausencia.
-La condesa... -comenzó Lali, pero se detuvo de golpe para tratar de encontrar una manera de explicar la magnitud de la traición que se había llevado a cabo contra Peter. De cualquier forma, al mirado vio la infinita preocupación que reflejaban esos ojos negros y se preguntó cómo podía haber creído alguna vez que ese hombre carecía de sentimientos.
-Sé lo que ocurrió -dijo Peter con suavidad a la par que le alisaba el pelo-. N o tendrás que volver a verla jamás. Cuando lleguemos a Stony Cross Park, ya se habrá marchado.
A pesar de las preguntas y preocupaciones que la embargaban, Lali se sintió abrumada por un súbito cansancio. La pesadilla había llegado a su fin y parecía que, por el momento, no había nada más que pudiera hacer. Aguardó dócilmente, con la mejilla apoyada sobre el firme soporte del hombro de Peter, apenas consciente de la conversación que tenía lugar.
-…Tengo que encontrar a St. Vincent -decía Peter.
-No -replicó Simón Hunt con vehemencia-. Yo encontraré a St. Vincent. Tú cuida de la señorita Esposito.
-Necesitamos estar a solas.
-Creo que hay una pequeña habitación cerca... En realidad, es más bien un vestíbulo...
La voz de Hunt se apagó y Lali se dio cuenta de que una nueva y feroz tensión se apoderaba del cuerpo de Peter. Sus músculos sufrieron un cambio letal antes de girarse para echar un vistazo en dirección a las escaleras.
St. Vincent, que había entrado a la habitación alquilada desde el otro lado de la posada y la había encontrado vacía, descendía en esos instantes los escalones. Se detuvo en mitad del tramo de peldaños y observó el curioso cuadro que tenía ante él: los grupos de espectadores desconcertados, el agraviado posadero... y el conde de Lanzani, que lo miraba con ávida sed de sangre.
La posada al completo guardó silencio durante un escalofriante momento, de modo que el gruñido quedo de Lanzani se oyó a la perfección:
-Te juro que voy a descuartizarte.
Mareada, Lali musitó:
-Peter, espera...
Sin más ceremonias, fue arrojada sobre Simón Hunt, que la cogió por instinto mientras Peter corría a toda prisa hacia las escaleras. En lugar de rodear la barandilla, la sorteó de un salto y aterrizó sobre los escalones como un gato. Lo que siguió a continuación fue apenas un borrón de movimientos. St. Vincent trató de llevar a cabo una retirada estratégica, pero Peter se arrojó hacia arriba, lo agarró por las piernas y le hizo caer. Lucharon cuerpo a cuerpo, maldijeron e intercambiaron una andanada de puñetazos demoledores hasta que St. Vincent trató de darle una patada al conde en la cabeza. Peter rodó para evitar la pesada bota y se vio forzado a soltar a su adversario durante un segundo. El vizconde aprovechó ese instante para dirigirse a toda prisa escaleras arriba y Peter corrió tras él. No tardaron en quedar fuera de la vista. Una entusiasta multitud de hombres los siguió gritando consejos, intercambiando comentarios y soltando vehementes exclamaciones acerca del espectáculo que ofrecían ese par de aristócratas peleándose como gallos.
Pálida, Lali miró a Simón Hunt, que esbozaba una media sonrisa.
- ¿Es que no piensa ayudarlo? -quiso saber.
-Caramba, desde luego que no. Lanzani jamás me perdonaría que lo interrumpiera. Es su primera pelea de taberna. -La mirada de Hunt recorrió a la joven de forma amistosa.
Ella se tambaleó un poco y Hunt le colocó una de sus enormes manos en el centro de la espalda para guiarla hasta el grupo de sillas más cercano. Del piso superior llegó una cacofonía de sonidos y porrazos que retumbaron en la planta baja e hicieron que el edificio entero se estremeciera; acto seguido, se oyeron los crujidos de los muebles al romperse y el tintineo de los cristales hechos añicos.
-Ahora -comentó Hunt ignorando el tumulto-, si me deja echarle un vistazo a lo que queda de las esposas, es posible que pueda hacer algo al respecto.
-No puede -afirmó Lali con desanimada certeza-. St. Vincent tiene la llave en el bolsillo, y me he quedado sin horquillas.
Tras sentarse junto a ella, Hunt cogió la muñeca de la que colgaban las esposas, las observó con detenimiento y dijo con lo que a ella le pareció una inapropiada satisfacción:
-Menuda suerte tiene. Un par de Higby-Dumfries del número treinta.
Lali le dirigió una mirada burlona.
-Me da la impresión de que es usted un entusiasta de las esposas.
Él hizo un mohín con los labios:
-No, pero tengo un par de amigos que trabajan para la ley. Y éstas fueron utilizadas por la Nueva Policía hasta que se descubrió un defecto de diseño. Ahora es posible encontrar una docena de Higby- Dumfries en cualquier tienda de empeño de Londres. - ¿De qué defecto de diseño se trata?
Por toda respuesta, Hunt ajustó la manilla que se cerraba en torno a su muñeca y colocó el gozne y el cerrojo hacia abajo. Hizo una pausa al oír de nuevo el crujido de un mueble al romperse en la planta superior y sonrió al contemplar el ceño fruncido de Lali.
Iré a ver qué pasa -dijo con resignación-. Pero primero... -Sacó un pañuelo del bolsillo con una mano y lo introdujo entre la esposa de acero y su muñeca a modo de acolchado interior-. Ya está. Eso ayudará a amortiguar la fuerza del golpe.
-¿ Golpe? ¿Qué golpe?
-No se mueva.
Lali soltó un chillido cuando sintió que el hombre alzaba su muñeca esposada sobre la mesa y la dejaba caer con fuerza sobre la parte inferior del gozne. El porrazo sirvió para sacudir el mecanismo de palancas del interior del cierre y la manilla se abrió como por arte de magia. Atónita, Lali observó a Hunt con una pequeña sonrisa al tiempo que se frotaba la muñeca.
-Gracias. Yo...
Se oyó un nuevo estruendo, en esa ocasión justo sobre sus cabezas, acompañado de un coro de gritos exultante s procedente de los espectadores, que hizo que las paredes se estremecieran. Por encima de la algarabía, resonaban las estridentes quejas del posadero, que temía que su establecimiento pronto se viera reducido a escombros.
-Señor Hunt -exclamó Lali-, ¡de verdad me gustaría que pudiera prestarle alguna ayuda a lord Lanzani!
Las cejas de Hunt se arquearon con sorna.
-No tendrá miedo de que St. Vincent lo venza, ¿verdad?
-La cuestión no es si tengo o no la suficiente confianza en las habilidades de lucha de lord Lanzani -replicó Lali con impaciencia-. El hecho es que tengo demasiada confianza en ellas. Y preferiría no tener que acudir como testigo a un juicio por asesinato, por no mencionar el resto de consideraciones.
-En eso tiene razón. -Tras ponerse en pie, Hunt volvió a doblar el pañuelo y lo devolvió al bolsillo de su chaqueta. Se encaminó hacia las escaleras con un breve suspiro y masculló-: Me he pasado la mayor parte del día tratando de evitar que mate a alguien.
Lali nunca pudo recordar con exactitud lo que ocurrió durante el resto de esa tarde, ya que permaneció semiinconsciente, apoyada contra Peter. Él no dejó de rodearle la espalda con uno de esos fuertes brazos para sostener parte de su peso. Pese a su estado desaliñado y sus magulladuras, Peter irradiaba la energía vital de un hombre viril y saludable que había salido airoso de una pelea. Lali se dio cuenta de que Lanzani no dejaba de dar órdenes y de que todos los demás parecían ansiosos por complacerlo. Se acordó que permanecerían en El Toro y las Fauces durante la noche, y que Hunt partiría para Stony Cross Park con las primeras luces del alba. Por lo pronto, Hunt subió a St. Vincent, o a lo que quedaba de él, a su carruaje y lo envió a su residencia de Londres. Al parecer, el vizconde no sería procesado por sus fechorías, ya que eso sólo serviría para convertir aquel episodio en un gigantesco escándalo.
Una vez que todo quedó bien dispuesto, Peter llevó a Lali hasta la habitación más grande de la posada, donde disfrutarían de una cena y un baño tan pronto como fuera posible. La estancia, estaba escasamente amueblada, pero muy limpia; poseía una cama amplia, de sábanas almidonadas y cubierta con unas colchas suaves y algo descoloridas. Dos doncellas colocaron una vieja bañera de cobre frente a la chimenea y la llenaron con agua procedente de unos calderos humeantes. Mientras Lali esperaba a que el agua se entibiara lo suficiente, Peter la obligó a comerse un cuenco de sopa, que estaba bastante pasable pese a que sus ingredientes resultaban imposibles de identificar.
- ¿Qué son esos trocitos marrones? -preguntó Lali con suspicacia mientras abría la boca a regañadientes para que él pudiera darle otra cucharada.
-Da igual. Traga.
- ¿Cordero? ¿Ternera? ¿Tenía cuernos en un principio? ¿Pezuñas? ¿Plumas? ¿Escamas? No me gusta comer algo que no sé ni qué...
-Un poco más -dijo él de forma implacable al tiempo que le metía de nuevo la cuchara en la boca.
-Eres un tirano.
-Lo sé. Bebe un poco de agua.
Una vez que se hubo resignado a aceptar sus modales autoritarios -tan sólo por esa noche-, Lali consiguió terminar la ligera cena. La comida le había devuelto parte de las fuerzas y se sentía revitalizada cuando Peter la atrajo hacia su regazo.
-Ahora -dijo con voz queda mientras la acurrucaba contra su pecho-, cuéntame lo que ha ocurrido. Desde el principio.
No pasó mucho tiempo antes de que Lali se encontrara hablando animadamente, de hecho, casi parloteando, para describir su encuentro con lady Lanzani en la Corte de las Mariposas, así como los acontecimientos que habían sucedido a continuación. Debió de parecer abrumada en algunos momentos, porque Peter interrumpía en ocasiones el torrente de palabras con murmullos reconfortantes, con gestos preocupados e infinitamente tiernos. Cada vez que le acariciaba el cabello con los labios, Lali podía notar que la calidez del aliento del hombre se filtraba hasta su cuero cabelludo. Se fue relajando de forma gradual contra él, y comenzó a sentir las extremidades pesadas y fláccidas.
- ¿Cómo conseguiste persuadir a la condesa para que confesara con tanta rapidez?-preguntó Lali-. Estaba convencida de que guardaría silencio durante días, de que preferiría morir antes que admitir nada.
-Me temo que ésa fue la opción que le di.
Ella abrió los ojos de par en par.
-Vaya -susurró-. Lo siento, Peter. Es tu madre, después de todo...
-Sólo en el sentido técnico de la palabra-dijo con sequedad-. No albergaba ningún sentimiento filial hacia ella antes, pero de haberlo tenido se habría extinguido sin duda después del día de hoy. Está claro que ya ha hecho bastante daño en su vida. Trataremos de mantenerla en Escocia de ahora en adelante, o quizás en algún lugar del extranjero.
- ¿Te habló la condesa acerca de la conversación que mantuvimos? -inquirió Lali con cautela.
Peter sacudió la cabeza con una mueca en los labios. -Me dijo que habías decidido fugarte con St. Vincent.
- ¿Fugarme? -repitió Lali, atónita-. Como si yo de verdad hubiera... Como si yo lo hubiera preferido a... -Se interrumpió de golpe, horrorizada al imaginar lo que él habría sentido. Pese a que no había derramado una sola lágrima en todo el día, el hecho de pensar que Peter se hubiera preguntado siquiera por un instante si otra mujer lo había dejado por St. Vincent... Sencillamente, fue demasiado. Estalló en ruidosos sollozos que los sorprendieron a ambos-. No lo creíste, ¿verdad? ¡Dios mío, dime que no lo hiciste!
-Por supuesto que no. -La miró con perplejidad y se apresuró a coger una de las servilletas de la mesa para enjugar el torrente de lágrimas de su rostro-. No, no llores...
-Te amo, Peter. -Tras arrebatarle la servilleta, Lali se sonó ruidosamente la nariz y continuó llorando mientras decía-: Te amo. No me importa ser la primera en decirlo; ni siquiera me importa si soy la única. Tan sólo quiero que sepas lo mucho que…
-Yo también te amo -dijo él con voz ronca-. Lali…por favor, no llores. Me estás matando. Basta.
Ella asintió y se sonó una vez más; le habían salido manchas en la piel, tenía los ojos hinchados y la nariz no dejaba de gotear. No obstante, la visión de Peter parecía sufrir algún tipo de alteración ya que, tras sujetarle la cabeza entre las manos, depositó un fuerte beso sobre su boca y dijo con voz ronca:
-Eres preciosa.
El comentario, a pesar de ser indudablemente sincero, logró que ella estallara en risillas tontas que se mezclaron con los últimos sollozos. Envolviéndola en un abrazo que a punto estuvo de aplastarla, Peter preguntó con voz apagada:
-Mi amor, ¿nadie te ha dicho nunca que no es de buena educación reírse cuando un hombre se está declarando?
Ella se sonó la nariz con un último y poco elegante resoplido.
-Me temo que soy un caso perdido. ¿Todavía quieres casarte conmigo?
-Sí. Ahora mismo.
El asombro que le causó el comentario hizo que dejara de llorar.
- ¿Qué?
-No quiero regresar contigo a Hampshire. Quiero llevarte a Gretna Green. La posada tiene su propio servicio de carruajes... así que alquilaré uno por la mañana y llegaremos a Escocia dentro de un par de días.
-Pero... todo el mundo espera una boda respetable en la iglesia... -No puedo esperar más. Me importa un comino la respetabilidad.
Una sonrisa titubeante se abrió paso en el rostro de Lali cuando se imaginó la cantidad de gente que se habría quedado atónita al oírle decir algo así.
-Será un escándalo, ya lo sabes. El conde de Lanzani huyendo para celebrar una boda apresurada en Gretna Green...
-Pues comencemos con un escándalo, entonces.
La besó y ella le respondió con un gemido gutural, arqueándose y aferrándose a él hasta que el conde introdujo más profundamente la lengua y apretó más sus labios para darse un festín con el sedoso interior de su boca.
Entre jadeos, Lanzani se apartó de su boca para dirigirse hacia su palpitante garganta.
-Di: «Sí, Peter» -ordenó el conde.
-Sí, Peter.
Sus ojos negros se tornaron incandescentes al mirarla, y Lali percibió que había una multitud de cosas que el hombre quería decirle. No obstante, lo único que salió de sus labios fue:
-Ha llegado la hora de tu baño.
Podría haberlo hecho sin ayuda, pero él insistió en desvestirla y bañarla como si fuera una niña. Relajada bajo sus atenciones, contempló su moreno rostro a través del velo de vapor que se elevaba desde la bañera. Sus movimientos eran deliberadamente lentos mientras le enjabonaba y le frotaba el cuerpo hasta que estuvo sonrosada y brillante. Tras alzarla en brazos de la bañera, la secó con una toalla.
-Levanta los brazos -murmuró.
Ella miró de soslayo la prenda desgastada que Peter sujetaba en la mano.
- ¿Qué es eso?
-Un camisón de la mujer del posadero -replicó él al tiempo que se lo pasaba por la cabeza.
Lali metió los brazos en las mangas y suspiró al percibir la limpia fragancia que la envolvió. El camisón tenía un color indefinible y le quedaba demasiado grande, pero se sintió reconfortada por sus suaves y desgastados pliegues.
Tras acurrucarse en la cama, Lali observó cómo Peter se bañaba y se secaba, cómo se contraían y relajaban los músculos de su espalda; ese cuerpo soberbio era un regalo para la vista. Una sonrisa irresistible curvó los labios de la joven al darse cuenta de que ese hombre extraordinario le pertenecía... y de que jamás estaría segura de cómo había logrado ganarse su bien protegido corazón. Peter apagó la lámpara y se acercó a la cama; Lali se acomodó contra él con entusiasmo mientras el hombre se deslizaba bajo las sábanas. La envolvió su esencia fresca, que se mezclaba con el olor a jabón y unos leves toques de sol y de sal. La muchacha deseó poder hundirse en ese maravilloso olor; deseó besarlo y acariciar cada centímetro de su cuerpo.
-Hazme el amor, Peter -susurró.
La oscura silueta masculina se alzó sobre ella y una mano comenzó a juguetear con su cabello.
-Mi amor... -dijo con una nota de risueña ternura en la voz-. Desde esta mañana te han amenazado, drogado, secuestrado, esposado y acarreado a través de Inglaterra… ¿Es que no has tenido bastante para un día?
Ella negó con la cabeza.
-Antes estaba un poco cansada, pero ahora me he despejado. Me resultaría imposible dormir.
Por alguna razón, aquello lo hizo reír por lo bajo. Separó su cuerpo del de ella. Al principio Lali creyó que pretendía colocarse al otro lado de la cama, pero después sintió que le alzaban el bajo del camisón. Se le aceleró la respiración. El grueso tejido subió más y más, hasta que sus pechos quedaron expuestos, con los pezones endurecidos. La boca de Peter recorrió su piel en un rastro suave y ardiente de caricias y pequeños mordiscos que despertaron sensaciones inesperadas allí por donde pasaba: en el punto más sensible de los costados, en la aterciopelada curva inferior del pecho, en el delicado borde del ombligo... Cuando Lali trató de acariciarlo, él le colocó las manos a los lados con suavidad, hasta que ella comprendió que quería que se quedara completamente quieta. Comenzó a respirar de modo acompasado y pro' fundo al tiempo que los músculos de su vientre y de sus piernas se estremecían con el placer que recorría su cuerpo como gotas de mercurio. En su camino de descenso al lugar secreto y húmedo que se encontraba entre sus muslos, Peter mordisqueó y besó su piel, y Lali separó las piernas al instante cuando sintió su contacto. Se encontraba expuesta y completamente vulnerable; cada terminación nerviosa chisporroteaba con una excitación que rayaba en el dolor. Un agudo y débil gemido escapó de su garganta cuando él comenzó a lamer el oscuro triángulo; cada caricia de esa lengua sobre la piel rosada y húmeda despertaba una oleada de placer que la recorría por entero. Peter siguió torturando la zona con la lengua, haciéndole cosquillas y abriéndola aún más; continuó con ese rítmico y dulce tormento durante algunos minutos, hasta que Lali notó una sensación de pesadez en las piernas y se dio cuenta de que su respiración se había transformado en lánguidos gemidos. Al final, Peter deslizó los dedos profundamente en su interior y la joven gritó, retorciéndose al llegar al clímax, estremeciéndose como si fuera a partirse en dos a causa del placer.
Mareada, sintió que él le bajaba el camisón.
-Ahora es tu turno -musitó Lali, y acurrucó la cabeza sobre su hombro mientras él la apretujaba contra su pecho-. Tú no...
-Duerme -le susurró el conde-. Ya me llegará el turno mañana.
-Todavía no estoy cansada -insistió Lali.
-Cierra los ojos -dijo Peter al tiempo que dejaba vagar la mano hacia su trasero con movimientos circulares. Le acarició la frente y los delicados párpados con los labios-. Descansa. Tienes que recuperar las fuerzas, pequeña... porque, una vez que estemos casados, no podré dejarte en paz. Querré amarte cada hora, cada minuto del día. -La apretó con más fuerza contra sí-. No hay nada en este mundo más hermoso que tu sonrisa... ni sonido más dulce que el de tu risa... No hay mayor placer que poder rodearte con mis brazos. Hoy me he dado cuenta de que no podré vivir sin ti, por muy testaruda y alborotadora que seas. Eres mi única esperanza de felicidad, tanto en esta vida como en la siguiente. Dime, Lali, amor mío... ¿cómo es posible que te hayas colado en lo más profundo de mi corazón? -Hizo una pausa para besar la piel húmeda de la joven y sonrió al escuchar que un leve ronquido femenino rompía el apacible silencio.
finnnn
Falta el epilogo
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