martes, 22 de enero de 2013
Capitulo 14
Esa noche tendría lugar un baile formal. El clima era agradable, seco y fresco, por lo que las hileras de altas ventanas permanecían abiertas para dejar que entrara el aire del exterior. La luz de las arañas se derramaba sobre el intricado diseño del parqué como brillantes gotas de lluvia. La música de la orquesta llenaba el ambiente con alegres acordes que proporcionaban el marco perfecto para que los invitados intercambiaran cotilleos y risas.
Lali no se atrevió a aceptar una copa de ponche por temor a mancharse el vestido de baile de satén color crema. Las faldas sin adornos caían en brillantes cascadas hasta el suelo, mientras que la estrecha cintura quedaba ceñida por un lazo de raso a juego. El único adorno del vestido era la hilera de perlas artísticamente cosidas en el borde del escote redondo de su corpiño. Mientras se colocaba mejor el dedo meñique de su guante largo, atisbó a Lord Lanzani al otro lado de la habitación. El traje de etiqueta y los dobleces de la corbata blanca, tan afiladas como el borde de un bisturí, le conferían un aspecto sombrío y espectacular.
Como de costumbre, un grupo de hombres y mujeres se había congregado a su alrededor. Una de las mujeres, una hermosa rubia de cuerpo escultural, se inclinó hacía él y le susurró algo que hizo aflorar una pequeña sonrisa a sus labios. El conde observaba la estancia con serenidad, evaluando la reunión de gente distinguida que se movía de un lado a otro... hasta que vio a Lali. Su mirada recorrió a la joven de arriba abajo en un rápido reconocimiento. Lali sintió su presencia con tal intensidad que tuvo la sensación de que el conde se encontraba a su lado y no a una distancia de unos quince metros. Sorprendida por la clara conciencia sensual que despertaba en ella desde el otro lado de la sala, inclinó ligeramente la cabeza en su dirección y se dio la vuelta.
-¿Qué pasa? -murmuró Daisy cuando se acercó a ella-. Pareces bastante distraída.
Lali le respondió con una sonrisa amarga.
-Estoy tratando de recordar todo lo que nos dijo la condesa-mintió- y de fijarlo todo en mi cabeza. Sobre todo las normas de las reverencias. Si alguien me hace una reverencia, gritaré y echaré a correr en dirección contraria.
-Me aterra cometer un error -le confesó Daisy-. Era mucho más fácil antes, cuando no tenía ni idea de todo lo que estaba haciendo mal. Esta noche será un placer ser una florero y sentarme a salvo en una silla, al fondo de la estancia.
Juntas, recorrieron con la mirada una de las paredes, en la que había una hilera de huecos semicirculares flanqueados por delgadas pilastras y provistos de pequeños asientos tapizados con terciopelo. Evie estaba sentada sola en el hueco más alejado, cerca de uno de los rincones del salón. El vestido rosa desentonaba con el color rojo de su pelo, y la joven mantenía la cabeza agachada mientras bebía a escondidas pequeños sorbos de una taza de ponche. Algo en la postura que había adoptado decía a las claras que no deseaba hablar con nadie.
- Ah, eso sí que no... -dijo Daisy-. Vamos, rescatemos a esa pobre chiquilla de la pared y hagamos que pasee con nosotras.
Lali le dirigió una sonrisa en respuesta y se dispuso a acompañar a su hermana. No obstante, se quedó paralizada cuando escucho una voz profunda junto al oído:
-Buenas noches, señorita Esposito.
Parpadeando a causa del asombro, se giró para enfrentarse a lord Lanzani, que había cruzado la estancia hasta ella con sorprendente velocidad.
-Milord…
Peter hizo una reverencia ante la mano de Lali y después saludó a Daisy. A continuación, su mirada regresó de nuevo al rostro de la mayor de las Esposito. La luz de las arañas jugueteaba con los gruesos y oscuros mechones de su cabello y con los marcados ángulos de sus facciones cuando dijo:
-Me alegra comprobar que han sobrevivido al encuentro con mi madre.
Lali sonrió.
-Creo, milord, que sería más apropiado decir que ella sobrevivió a su encuentro con nosotras.
-Es más que evidente que la condesa lo ha disfrutado inmensamente. Rara vez se encuentra con jóvenes que no se acobardan ante su presencia.
-Si no me he acobardado ante su presencia, milord, es difícil que vaya a hacerlo ante su madre.
Peter sonrió al escuchar semejante comentario y apartó la vista de su cara. Un par de arrugas le estropearon el semblante, como si estuviera sopesando algo de vital importancia. Tras permanecer en silencio lo que pareció una eternidad, volvió a concentrarse en Lali.
-Señorita Esposito...
- ¿Sí?
- ¿Me concedería el honor de bailar conmigo?
Lali dejó de respirar, de moverse y de pensar. Peter nunca le había pedido un baile con anterioridad, a pesar de las numerosas ocasiones en las que podría haberlo solicitado, aunque tan solo lo hubiera hecho por caballerosidad. Ésa era una de las razones principales por las que lo odiaba: el hecho de saber que el conde se consideraba muy por encima de ella y que encontraba sus encantos demasiado insignificantes como para tomarse la molestia de invitarla a bailar. Y en sus fantasías más perversas, había imaginado un momento como ése, un momento en el que Peter se acercaría a pedirle un baile y ella lo rechazaría de forma tajante. Sin embargo, estaba tan asombrada que no era capaz de hablar.
-Le pido que me disculpe -escuchó que decía Daisy con tono jovial-. Debo reunirme con Evie… -Y, con eso, se alejó lo mas deprisa que pudo.
Lali tomó una insegura bocanada de aire.
- ¿Es esto algún tipo de prueba que ha ideado la condesa? -pregunto- ¿Para comprobar si recuerdo la lección?
Peter se echó a reír por lo bajo. Cuando sus ideas se aclararon, Lali no pudo evitar fijarse en que la gente los miraba con detenimiento, preguntándose sin duda qué le habría dicho para que se riera.
-No -murmuró él-. Creo que se trata de una prueba que me he impuesto para comprobar si... -Y, en cuanto la miró a los ojos, pareció olvidar lo que iba a decir-. Un vals -insistió con suavidad.
Puesto que no confiaba en las respuestas de su cuerpo cuando estaba cerca de ese hombre ni en lo mucho que deseaba verse rodeada por sus brazos, Lali negó con la cabeza.
-Creo... creo que sería un error. Gracias, pero...
-Cobarde. .
Lali recordó el momento en que ella misma le lanzara la misma acusación... y fue tan incapaz de resistirse al desafío como él.
-No entiendo por qué querría bailar conmigo ahora, cuando no lo ha deseado jamás.
El comentario revelaba más de lo que ella había pretendido. Maldijo en silencio a su traicionera lengua mientras la especulativa mirada del conde recorría su rostro.
-Quería bailar con usted... -y la sorprendió al murmurar-: No obstante, siempre parecía haber una buena razón para no hacerlo.
- ¿Por qué...?
-Además -interrumpió Peter al tiempo que tomaba su mano enfundada en el guante- no tenía sentido pedirle un baile cuando estaba seguro de que recibiría una negativa de su parte.
-Coloco con destreza la mano de la joven sobre su brazo y la condujo hacia el conjunto de parejas que había en el centro de la estancia.
-No se por qué estaba tan seguro de que iba a rechazarlo.
Peter le dirigió una mirada escéptica.
¿Me está diciendo que habría aceptado bailar conmigo?
Tal vez.
Lo dudo mucho.
-Acabo de hacerlo, ¿no es cierto?
-No le quedaba más remedio. Era una deuda de honor. Ella no pudo evitar echarse a reír.
- ¿Por qué motivo, milord?
-La cabeza de ternera -le recordó sucintamente.
-Bueno, si no se hubiera servido semejante plato en primer lugar, ¡no habría necesitado que me rescataran!
-No habría necesitado que la rescataran si no poseyera un estómago tan débil.
-Se supone que no debe mencionar ninguna parte del cuerpo en presencia de una dama -replicó ella con actitud virtuosa-. Eso dice su madre.
Peter sonrió.
-Agradezco la corrección.
Lali, que estaba disfrutando de semejante confrontación, le devolvió la sonrisa. Sin embargo, ésta se apagó cuando comenzó el vals y Peter la hizo girar para quedar frente a frente. Su corazón comenzó a latir con una fuerza desmesurada. Cuando se quedó mirando la mano enguantada que le ofrecía el conde, no pudo decidirse a cogerla. No podía dejar que la abrazara en público... tenía miedo de lo que su rostro pudiera revelar.
Tras un momento, oyó que Peter le decía:
-Coja mi mano.
Aturdida, descubrió que había obedecido en el momento en que sus temblorosos dedos tocaron los del hombre.
Transcurrió otro silencio antes de que le escuchara decir en voz muy baja:
-Ponga la otra mano sobre mi hombro.
La joven observó cómo el guante blanco se posaba con lentitud sobre su hombro y pudo sentir la dura y sólida superficie bajo la palma.
-Ahora, míreme -susurró.
Lali alzó los párpados. Le dio un vuelco el corazón cuando su mirada se encontró con los ojos color café del conde, cuyas oscuras profundidades la observaban con calidez. Sin apartar la mirada, Peter se dispuso a comenzar el vals y aprovechó el ímpetu del primer giro para acercarla más a él. No tardaron en perderse entre las demás parejas de bailarines, girando con la lánguida elegancia del vuelo de un cisne. Tal y como Lali había esperado, Peter resultó ser un espléndido guía que no daba lugar a errores. Había posado la mano con firmeza en la base de su espalda y con la otra le indicaba el rumbo a seguir.
Era demasiado fácil. Nada había sido tan perfecto en toda su vida: sus cuerpos se movían en armonía como si hubieran bailado juntos cientos de veces antes. Por el amor de Dios, ¡qué bien bailaba ese hombre! Lograba que hiciera figuras que jamás había ejecutado, giros en sentido contrario y pasos cambiados, y todo resultaba tan sencillo y natural que Lali emitió una carcajada sin aliento cuando completaron uno de los giros. Se sentía muy liviana entre sus brazos mientras se deslizaban con suavidad dentro de los parámetros de sus firmes y gráciles movimientos. Sus faldas le rozaban las piernas, envolviéndolo para alejarse de él al instante, en una acompasada repetición.
El atestado salón de baile pareció desvanecerse y a Lali le dio la impresión de que bailaban solos en un lugar muy lejano e íntimo. Muy consciente del cuerpo del hombre y del ocasional roce de su cálido aliento en la mejilla, la joven se dejó arrastrar a un sueño... a una fantasía en la que Peter, lord Lanzani, la llevaría al piso superior después del vals, la desvestiría y la acostaría en su propia cama. La besaría por todas partes, como le dijo una vez en un susurro… le haría el amor y la abrazaría mientras dormía. Nunca había deseado semejante intimidad con ningún otro hombre.
-Peter... -dijo ensimismada, comprobando la textura del nombre en su lengua.
El conde la observó con atención. El uso del nombre de pila de una persona era algo muy personal, demasiado íntimo a menos que se estuviera casado o hubiera un parentesco cercano. Con una sonrisa traviesa, Lali dirigió la conversación hacia temas más apropiados.
-Me gusta ese nombre. No es muy común en estos días. ¿Se lo pusieron por su padre?
-No, en honor a un tío. El único hermano de mi madre.
- ¿Le agradó ser su homónimo?
-Cualquier nombre hubiera sido aceptable, siempre que no fuera el de mi padre.
- ¿Lo odiaba?
Peter sacudió la cabeza.
-Algo peor que eso.
- ¿Qué puede ser peor que el odio?
-La indiferencia.
La muchacha lo miró con manifiesta curiosidad.
-¿Y la condesa? -se atrevió a preguntar-. ¿También, siente indiferencia hacia ella?
Una de las comisuras de los labios de Lanzani se curvó hacía arriba.
-Considero que mi madre es una tigresa avejentada que tiene los dientes y las garras desgastados, pero que todavía puede infligir bastante daño. Así pues, procuro que todas nuestras conversaciones tengan lugar a una distancia prudencial.
Lali frunció el ceño con fingida desaprobación.
- ¡Y aún así me arrojó a su jaula esta mañana!
-Sabía que usted contaba con sus propios colmillos y garras. -Lanzani sonrió al ver su expresión-. Era un cumplido.
-Me alegro de que lo haya aclarado -replicó ella con sequedad -. De otra forma, jamás lo habría sabido.
Para consternación de Lali, el vals terminó con una última y dulce nota de violín. Lanzani se detuvo de repente en medio de la procesión de bailarines que abandonaban la pista de baile y la de las otras parejas que iban a reemplazarlos. Con cierta confusión la muchacha se dio cuenta de que aún la sujetaba entre sus brazos de modo que dio un indeciso paso atrás. Por instinto, el conde afianzó el brazo que le rodeaba la cintura y sus dedos se tensaron de forma inconsciente con el fin de retenerla junto a él. Perpleja ante semejante movimiento y lo que significaba, Lali se quedó sin aliento.
Al darse cuenta de lo impulsivo de su comportamiento, Lanzani se obligó a soltada. No obstante, Lali sintió la fuerza del deseo que emanaba de él, tan penetrante como las ardientes ráfagas de aire caliente que despediría todo un bosque en llamas. Y era mortificante pensar que, si bien sus sentimientos hacia el conde eran sinceros, los de él podían ser sencillamente el caprichoso resultado del aroma de un perfume. Lali habría dado cualquier cosa por no sentirse atraída hacia él, sobre todo cuando ese camino sólo la llevaría hacia una decepción o un corazón roto.
-Estaba en lo cierto, entonces, ¿ no es así? -preguntó con voz ronca e incapaz de mirarlo a la cara-. Ha sido un error que bailáramos.
Lanzani tardó tanto en contestar que ella creyó que no iba a hacerlo.
-Si -admitió al fin, y esa única sílaba pareció contener una emoción imposible de definir.
Porque no podía permitirse el lujo de desearla. Porque sabía tan bien como ella que una unión entre ambos sería un desastre.
De repente, a Lali le dolió estar cerca de él.
-Supongo entonces que éste será nuestro primer y último vals -dijo con ligereza-. Buenas noches, milord, y gracias por...
-Lali -le oyó murmurar.
Le dio la espalda y se alejó de él con una sonrisa insegura, mientras una oleada de escalofríos le erizaba la piel expuesta del cuello
El resto de la noche habría sido una tortura para Lali de no ser porque Sebastián, lord St. Vincent, la rescató justo a tiempo.
Apareció a su lado antes de que pudiera reunirse con Evie y Daisy, que estaban sentadas en uno de los bancos de terciopelo.
- Es usted una bailarina maravillosa, señorita Esposito.
Después de estar con Lanzani, le resultaba extraño tener que levantar la vista para contemplar el rostro de un hombre que era mucho más alto que ella; sin embargo, St. Vincent la miraba con la promesa de una perversa diversión que la muchacha encontró difícil de resistir. Su enigmática sonrisa podría estar destinada tanto a un amigo como a un enemigo. Lali dejó que sus ojos se desviaran hasta el nudo de la corbata, ligeramente torcido. Sus ropas manifestaban cierto desarreglo, como si se hubiera vestido a toda prisa después de abandonar la cama de una amante... a la que pretendía volver pronto.
Como respuesta a su sencillo cumplido, Lali sonrió y se encogió de hombros con algo de torpeza, ya que recordó demasiado tarde la reprimenda de la condesa acerca de que las damas nunca se encogían de hombros.
-Si le he parecido maravillosa, milord, ha sido gracias a la habilidad del conde, no a la mía.
-Es demasiado modesta, dulzura. He visto. a Lanzani bailar con otras mujeres y nunca ha sido igual. Parece que han limado sus asperezas con bastante efectividad. ¿Ahora son amigos?
Era una pregunta inocente, pero Lali se dio cuenta de que implicaba muchas más cosas. Por esa razón, replicó con cautela mientras observaba cómo lord Lanzani escoltaba a una mujer de pelo castaño rojizo a la mesa de los refrigerios. La mujer resplandecía con evidente placer ante las atenciones que le prestaba el conde, aguijonazo de celos atravesó el corazón de Lali.
-No lo sé, milord -dijo ella-. Es posible que su definición de amistad no concuerde con la mía.
-Chica lista. -Los ojos del vizconde se asemejaban a un par diamantes azules, pálidos y de facetas infinitas-. Vamos, permítame acompañarla hasta la mesa de los refrigerios, donde podremos comparar nuestras definiciones.
-No, gracias -respondió Lali a su pesar, aunque se moría de sed. Tenía que evitar estar cerca de Lanzani si quería conservar la cordura.
St. Vincent siguió el curso de su mirada y vio al conde en compañía de la mujer pelirroja.
-Tal vez sea mejor que no vayamos -accedió en tono relajado-. Sin duda, Lanzani se sentiría molesto al verla en mi compañía. Después de todo, me ha advertido que me mantenga alejado de usted.
- ¿De veras? -Lali frunció el ceño-. ¿Por qué?
-No quiere que usted se vea comprometida o que sufra algún otro daño al relacionarse conmigo. -El vizconde le dirigió una, mirada burlona-. Ya sabe, por mi reputación.
-Lanzani no tiene derecho alguno a tomar decisiones acerca de con quién debo relacionarme -masculló Lali, que sintió que el enojo comenzaba a bullir en su interior- .Ese pomposo sabelotodo, me gustaría…. -Se detuvo e intentó dominar sus emociones-. Estoy sedienta -dijo, cortante-. Quiero acercarme a la mesa de los refrigerios. Con usted.
-Si insiste -dijo el vizconde con docilidad-. ¿Qué tomará? ¿Agua? ¿Limonada? ¿Ponche? o...
-Champán -fue su desabrida respuesta.
-Cualquier cosa que desee.
La acompañó hasta la enorme mesa, que estaba rodeada por una gran cantidad de invitados. Lali jamás había sentido una satisfacción tan honda como la que experimentó en el momento en que Lanzani se dio cuenta de que estaba con St. Vincent. Sus labios compusieron un rictus severo y la observó con los ojos negros en-trecerrados. Lali, que acababa de esbozar una sonrisa desafiante, acepto la copa de champán helado que le ofrecía St. Vincent y se la bebió con tragos nada dignos de una dama.
-No tan rápido, dulzura -oyó que le murmuraba St. Vincent. -. El champán se le subirá a la cabeza.
- Quiero otra -replicó Lali apartando la mirada de lanzani para clavarla en el vizconde.
-Sí, dentro de unos minutos. Está un poco sonrojada. El efecto es encantador, pero creo que ya ha bebido bastante por el momento. ¿Le gustaría bailar?
-Me encantaría. -Le tendió la copa vacía a un criado que pasaba con una bandeja y posó la vista en St. Vincent al tiempo que esbozaba, de forma deliberada, una deslumbrante sonrisa-. Qué interesante. Después de pasar un año como florero, de repente me sacan a bailar dos veces la misma noche. Me pregunto por qué será.
-Bueno... -St. Vincent la condujo muy despacio hacia la multitud de bailarines-. Soy un hombre perverso que, en ocasiones, puede comportarse de manera agradable. Y he estado buscando a una buena chica que, en ocasiones, pueda comportarse con cierta perversidad.
- ¿Y ha encontrado a una? -preguntó Lali con una carcajada.
-Eso parece.
- ¿Y qué tenía en mente hacer cuando encontrara a esa chica?
Sus ojos encerraban una complejidad muy interesante. Parecía ser un hombre capaz de todo... y, en el estado tan imprudente en el que se encontraba Lali, eso era precisamente lo que estaba buscando.
-Se lo haré saber -murmuró el vizconde-. Después.
Bailar con St. Vincent resultó una experiencia totalmente distinta a bailar con Lanzani. Lali no sentía esa exquisita afinidad física, ni se movía sin pensar... pero St. Vincent tenía un estilo suave y depurado y, además, mientras se movían por la pista de baile el vizconde no paraba de lanzarle comentarios provocativos que la hacían reír. Y la sujetaba con firmeza, con manos que, a pesar de lo respetuoso de la postura, proclamaban la vasta experiencia que tenía con los cuerpos femeninos.
- ¿Hasta dónde es cierta su reputación? -se atrevió a preguntarle.
-Hasta la mitad... lo que me convierte en alguien del todo reprobable.
Lali lo observó con una sonrisa curiosa.
- ¿Cómo es posible que un hombre como usted pueda ser amigo de lord Lanzani? Son muy diferentes.
-Nos conocemos desde que teníamos ocho años. Y, bendita sea su alma terca, Lanzani se niega a aceptar que soy una causa perdida.
- ¿Por qué iba a ser una causa perdida?
-No querría conocer la respuesta. -A continuación, interrumpió la que iba a ser su siguiente pregunta al murmurar-: El vals está a punto de terminar. Y hay una mujer cerca del friso dorado que no nos quita la vista de encima. Se trata de su madre, ¿no? La acompañaré hasta ella.
Lali negó con la cabeza.
-Será mejor que nos separemos ahora. Créame: no querría conocer a mi madre.
-Por supuesto que quiero. Si se le parece en algo, será una mujer fascinante.
-Si nos parecemos en algo, le ruego que tenga la decencia de reservarse la opinión.
-No tema -le dijo con lentitud al tiempo que la alejaba de In pista de baile-. Nunca he conocido a una mujer que no me gustara.
-Pues va a ser la última vez que pueda afirmar eso -predijo ella de mal humor.
Mientras acompañaba a Lali hacia el grupo de mujeres chismosas entre las que se encontraba su madre, le dijo:
- Le pediré que nos acompañe en el paseo en carruaje de mañana, ya que necesita una carabina.
-No es cierto -protestó Lali-. Un hombre y una mujer pueden pasear en carruaje sin carabina siempre que éste sea abierto y no estén fuera más de...
-Necesita una carabina -repitió él con una afable insistencia que la dejó ruborizada y cohibida.
Asumiendo que su mirada no podía significar lo que ella pensaba, dejo escapar una risa temblorosa.
- ¿Y si no? -Pensó algo atrevido que decirle-. ¿Me comprometerá?
La sonrisa del hombre, como todo en él, fue sutil y lenta.
-Algo parecido.
Lali sintió un cosquilleo extraño y placentero en la garganta, como si acabara de tomarse una cucharada de melaza. St. Vincent no se comportaba en absoluto como los seductores que poblaban las novelas que tanto le gustaban a Daisy. Esos malvados personajes, con sus enormes bigotes y sus miradas lascivas, estaban siempre dispuestos a mentir sobre sus pérfidas intenciones hasta el momento en que asaltaban a la virginal heroína y la forzaban a aceptar sus atenciones. St. Vincent, en cambio, parecía decidido a advertirle que se alejara de él, y Lali no era capaz de imaginárselo lo bastante soliviantado como para forzar a una joven a hacer algo contra su voluntad.
Cuando Lali realizó las presentaciones entre St. Vincent y su madre, captó al instante las maquinaciones que reflejaban los ojos de Mercedes. Ésta consideraba a todos los hombres elegibles de la nobleza -con independencia de su edad, su aspecto o su reputación- como posibles presas. No se detendría ante nada hasta asegurarse de que sus dos hijas se casaban con sendos aristócratas, y le importaba muy poco que se tratara de un par de jóvenes apuestos o de dos viejos chochos. Tras solicitar un informe privado de casi todos los nobles solteros de Inglaterra, Mercedes había memorizado cientos de páginas con datos financieros acerca de la aristocracia británica. Uno casi podía ver cómo se abría camino entre el maremagno de información de su cerebro mientras contemplaba al elegante vizconde que tenía delante.
No obstante, fue toda una sorpresa ver que en el transcurso de los siguientes minutos Mercedes se relajaba en la encantadora compañía de St. Vincent. El vizconde la convenció para que los acompañara durante el paseo en carruaje; bromeó y flirteó con ella y escuchó sus opiniones con tanta atención que Mercedes no tardo en ruborizarse y balbucear como una jovencita. Lali nunca había visto a su madre comportarse de esa manera con otro hombre. Era evidente que mientras que Lanzani la ponía nerviosa, St. Vincent lograba el efecto contrario. Poseía una habilidad única para que una mujer -cualquier mujer- se sintiera atractiva. Era mucho más refinado que la mayoría de los norteamericanos, pero también mucho más cálido y accesible que los ingleses. De hecho, su encanto era tal irresistible que, por un momento, Lali olvidó mirar a su alrededor en busca de Lanzani.
Tras tomar la mano de Mercedes en una de las suyas, St. Vincent se inclino sobre su muñeca y murmuro:
-Que sea hasta mañana, entonces.
-Hasta mañana -repitió Mercedes con una mirada deslumbrada.
En ese momento, Lali percibió un atisbo de cómo podría haber sido su madre cuando era joven, antes de que los desengaños la endurecieran. Unas cuantas mujeres se acercaron a Mercedes y ésta se volvió par hablar con ellas.
St. Vincent inclinó su dorada cabeza y murmuro junto al oído de Lali:
- ¿Le apetecería tomar una segunda copa de champán ahora?
Lali asintió levemente, ocupada como estaba en absorber la agradable mezcla de fragancias que envolvía al vizconde: el toque de perfume caro, el sutil aroma de su jabón de afeitar y la límpida y exótica esencia de su piel.
- ¿Aquí? - Preguntó él en voz baja-. ¿O en el jardín?
Al darse cuenta de que quería estar a solas unos cuantos minutos con ella, Lali se sintió repentinamente alarmada. Estar a solas con St. Vincent en el jardín… no cabía duda de que la caída de muchas jóvenes incautas había comenzado de esa manera. Mientras consideraba la respuesta, dejó vagar la mirada hasta que se topó con la imagen de Lanzani rodeando a una mujer con sus brazos. Baila un vals con la desconocida de la misma manera que lo había hecho con ella. El siempre inasequible Lanzani, pensó, al tiempo que la furia se apoderaba de ella. Necesitaba una distracción. Y consuelo. Y el hombre alto y apuesto que tenía delante parecía dispuesto a ofrecerle ambas cosas.
-En el jardín.
-En ese caso, nos encontraremos en diez minutos. Hay una fuente con una sirena más allá de...
-Sé dónde está.
-Si puede conseguir escaparse...
-Lo haré -le aseguró con una sonrisa forzada.
St. Vincent se detuvo para dirigirle una mirada perspicaz, aunque sus ojos también reflejaron una extraña compasión.
-Puedo conseguir que se sienta mejor, dulzura -susurró.
- ¿De verdad? -preguntó muy despacio, y una indeseada emoción tiñó sus mejillas del color de las amapolas.
Un destelló prometedor iluminó los brillantes ojos del vizconde antes de que inclinara la cabeza a modo de respuesta y se alejara.Acompañada de Daisy y Evie para que la encubrieran, Lali abandonó el salón de baile con el simple pretexto de ir a retocarse. Según el improvisado plan que habían tramado, ambas la esperarían en la terraza posterior mientras ella procuraría, a su vez, reunirse con lord St. Vincent en el jardín. Cuando regresaran al salón, le asegurarían a Mercedes que habían permanecido juntas todo el tiempo.
- ¿Estás se-segura de que no es peligroso encontrarse a solas con lord St. Vincent? -preguntó Evie cuando caminaban hacia el vestíbulo de la entrada.
-Por supuesto que no lo es -le contestó Lali con seguridad-. Bueno, tal vez intente tomarse algunas libertades, pero de eso se trata, ¿no es cierto? Además, quiero comprobar si mi perfume funciona con él.
-No funciona con nadie -replicó Daisy, irritada-. Al menos, no en mI caso.
Lali miró de soslayo a Evie.
- ¿Y tú, querida? ¿Has tenido suerte?
Daisy contestó por ella:
-Evie no ha permitido que nadie se le acerque lo suficiente como para comprobarlo.
-Bueno, pues yo voy a darle a St. Vincent la oportunidad de olerlo bien. Por todos los santos, este perfume tendría que tener algún efecto sobre un notorio libertino.
-Pero si alguien os descubre...
-Nadie nos va a descubrir -la interrumpió Lali, que empezaba a impacientarse-. No sé de ningún otro hombre en toda Inglaterra con más experiencia que lord St. Vincent a la hora de escabullirse de un lugar para tener una cita clandestina.
-Será mejor que tengas cuidado -le aconsejó Daisy-. Las citas clandestinas son peligrosas. He leído sobre cientos de ellas y ninguna acaba bien.
-Será una cita muy breve -le aseguró su hermana-. Un cuarto de hora a lo sumo. ¿Qué puede suceder en ese intervalo de tiempo?
-Por lo que Annabelle cuen-cuenta -contestó Evie con actitud sombría-, muchas cosas.
-¿Dónde está Annabelle? -preguntó Lali al caer en la cuenta de que no la había visto en toda la noche.
-Esta tarde no se sentía muy bien, pobrecita -informó Daisy-. Parecía estar a punto de vomitar. Me temo que tal vez no le haya sentado bien algo que tomó durante el almuerzo.
Lali compuso una mueca de asco y se estremeció de arriba
-Sin duda, fue alguno de esos platos de anguilas, de menudillos de ternera o de patas de pollo...
Daisy la miró con una sonrisa.
-Ni se te ocurra pensar en eso. Acabarás por ponerte enferma. De cualquier modo, el señor Hunt la está cuidando.
Salieron a través de las puertas francesas situadas en la parte posterior del vestíbulo y se adentraron en la terraza embaldosada, que a esas horas se encontraba vacía. La más pequeña de las Esposito se giró para agitar un dedo en actitud burlona frente a su hermana. Si tardas más de un cuarto de hora en regresar, Evie y yo iremos a buscarte.
La respuesta de Lali fue una ligera carcajada.
-No me retrasaré. -Guiñó un ojo y sonrió al ver el semblante preocupado de Evie-. Estaré bien, querida. Tú piensa en las cosas tan interesantes que podré contarte a la vuelta.
-Eso es lo que me a-asusta -replicó Evie.
Lali se alzó las faldas para descender por una de las escalinatas traseras y se aventuró hacia los jardines, dejando atrás los añosos setos que formaban una muralla impenetrable alrededor de los niveles inferiores. El ambiente de los jardines, iluminados por la luz de los faroles, estaba plagado de colores y fragancias otoñales: hojas doradas y cobrizas; profusas franjas cargadas de rosas y dalias; plantas en flor y parterres cubiertos por una mezcla de hojas aún verdes y paja que despedía un agradable e intenso aroma.
Al oír el acogedor chapoteo del agua procedente de la fuente de la sirena, Lali tomó el sendero enlosado que conducía hacia un pequeño claro pavimentado y que quedaba iluminado por un solitario farol. Captó cierto movimiento cerca de la fuente. Había una persona... no, dos personas íntimamente a brazadas que se habían sentado en uno de los bancos de piedra que rodeaban la fuente. Lali consiguió suprimir un jadeo de sorpresa y retrocedió hacia la protección que le brindaba el seto. Lord St. Vincent le había dicho que lo esperara en ese lugar... pero era evidente que el hombre del banco no era él, ¿o sí? Desconcertada, se acercó un poco para asomarse por la esquina del seto.
No tardó mucho en comprender que la pareja se encontraba tan absorta en sus menesteres amorosos que no habrían notado ni una estampida de elefantes. La mujer llevaba suelto su cabello castaño claro y los ondulados mechones descansaban sobre la abertura de su vestido, cuya parte trasera estaba parcialmente desabrochada. Había rodeado con sus brazos, pálidos y delgados, los hombros de su compañero y respiraba con pequeños jadeos mientras él tiraba de la manga del vestido para apartarla de su hombro con la intención de depositar un beso en esa blanca curva. El hombre alzo la cabeza y, tras contemplar a su pareja con una mirada ardiente y soñadora, se inclinó hacia delante y se apoderó de los labios de la mujer. Lali reconoció a la pareja de inmediato: eran lady Olivia y su esposo, el señor Shaw. Mortificada, aunque no sin cierta curiosidad, volvió a esconderse tras el seto en el mismo instante en que Shaw introducía la mano por la parte trasera del vestido de su esposa. Sin duda, ésa era la escena más íntima que Lali había presenciado jamás.
Y los sonidos más íntimos que hubiera escuchado nunca: suaves jadeos y palabras de amor, seguidos por una inexplicable y tierna carcajada muy masculina que logró que a Lali se le encogiera el estómago. La cara le ardía a consecuencia del bochorno cuando se alejó del claro sin hacer ruido. No estaba segura de adónde ir ni de qué hacer, puesto que el lugar de su cita ya estaba ocupado. Después de haber sido testigo de la ternura y la pasión que se prodigaban los Shaw, sentía algo muy extraño.
Amor dentro del matrimonio... Ella jamás se había atrevido a soñar que algo semejante le sucediera a sí misma.
Una alta silueta apareció ante ella. Tras acercarse a Lali muy despacio, el hombre deslizó un brazo alrededor de sus hombros rígidos y le colocó una gélida copa de champán en la mano.
- ¿Milord? -susurró.
El suave murmullo de St. Vincent le hizo cosquillas en el lóbulo de la oreja.
-Venga conmigo.
Ella se dejó guiar de buena gana por un sendero más oscuro que conducía a un nuevo claro iluminado, en cuyo centro se había dispuesto una voluminosa mesa redonda de piedra. La huerta de perales que se extendía tras el lugar impregnaba el aire con el olor de la fruta madura. Sin retirar el brazo de los hombros de Lali, St. Vincent la invitó a adentrarse en el claro.
- ¿Le parece que nos detengamos aquí? -le preguntó.
Ella asintió y apoyó la cadera sobre la mesa mientras bebía un sorbo de champán, incapaz de mirarlo. Al pensar en lo cerca que había estado de interrumpir la escena íntima de los Shaw, un feroz sonrojo cubrió su rostro.
-Bueno, no estará avergonzada, ¿verdad? -le preguntó St. Vincent con una nota humorística en la voz-. Una simple miradita a... ¡Vamos! Si no ha visto nada.
Se había quitado los guantes y Lali sintió las puntas de los dedos del hombre bajo la barbilla, instándola con suavidad a alzar la cabeza.
-Se ha ruborizado --murmuró-. ¡Dios Santo! Se me había olvidado lo que es ser tan inocente. Dudo mucho de que yo lo haya sido alguna vez.
St. Vincent resultaba fascinante a la luz del farol. Las sombras acariciaban con esmero las líneas de sus pómulos. Los gruesos mechones de su cabello, peinados en un corte desigual, habían adquirido el tinte dorado broncíneo de los antiguos iconos bizantinos.
-Después de todo, están casados -continuó él al tiempo que le rodeaba la cintura con las manos y la alzaba para que pudiera sentarse sobre la mesa.
-Bueno, yo... no lo desapruebo -consiguió decir Lali antes de apurar el champán-. De hecho, estaba pensando en afortunados que son. Parecen muy felices juntos. Y, a tenor de la aversión que la condesa siente por los americanos, me sorprende mucho que lady Olivia obtuviera el permiso para casarse con el señor Shaw.
-Eso fue cosa de Lanzani. Estaba decidido a evitar que las hipócritas convicciones de su madre se interpusieran en el camino la felicidad de su hermana. Teniendo en cuenta su escandaloso pasado, la condesa no tenía mucho derecho a desaprobar al marido elegido por su hija.
- ¿La condesa tiene un pasado escandaloso?
-¡Dios santo! Por supuesto que sí. Esa fachada devota oculta una profunda disipación moral. Ésa es la razón de que ella y yo nos llevemos tan bien. Pertenezco al tipo de hombre con el que solían tener aventuras en sus años de juventud.
Lali estuvo a punto de dejar caer la copa al suelo. Tras dejar el frágil recipiente a un lado, alzó la mirada hacia St. Vincent con manifiesta sorpresa.
-A mí no me parece en absoluto el tipo de mujer que tendría una aventura.
-¿No ha notado la falta de parecido entre Lanzani y lady Olivia? Mientras que el conde y su otra hermana, lady Aline, son hijos legítimos, es de conocimiento público que lady Olivia no lo es.
- ¡Caramba!
-Aunque no se puede culpar a la condesa por haber sido infiel si se tiene en cuenta con quién estaba casada -continuó el hombre con despreocupación.
El tema del anterior conde interesaba a Lali sobremanera. Era una figura muy misteriosa y nadie parecía particularmente dispuesto a hablar sobre él.
Continuara....
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