martes, 22 de enero de 2013
Capitulo 20
Un poco más tarde, esa misma mañana, Annabelle se excusó de la sala de desayunos con un murmullo de disculpa.
-Me siento bastante mareada otra vez -dijo-. Creo que me retiraré a mi habitación durante un rato. Por suerte, el señor Hunt está fuera, cabalgando, y no se enterará de que vaya dormir la siesta.
-T… te a … acompañaré a tu habitación -dijo Evie, preocupada.
-Ay, Evie, querida, no hay ninguna necesidad...
-Será la excusa perfecta para evitar a la tía Florence, que-que muy probablemente me esté buscando.
-Bien, en ese caso, te lo agradezco. -Tras reprimir una nueva oleada de náuseas, Annabelle se apoyó agradecida en el brazo de Evie y ambas se marcharon.
Lali y Daisy siguieron a la pareja.
-No creo que pueda ocultárselo durante mucho más tiempo al señor Hunt, ¿no te parece?-musitó Daisy.
-A este paso, no -susurró Lali en respuesta-. Estoy segura de que ya sospecha algo, porque Annabelle suele disfrutar de una salud de hierro.
-Tal vez. De cualquier forma, he oído que los hombres a veces son un poco despistados para estas cosas...
Justo al salir de la estancia, vieron a lady Olivia, que caminaba por el pasillo con una expresión demudada en su hermoso rostro. Era muy extraño verla fruncir el ceño, puesto que por lo general era una mujer particularmente alegre. Lali se preguntó qué podría haberla molestado.
Al levantar la mirada, lady Olivia vio a las dos hermanas y su semblante se iluminó. Sus labios esbozaron una cálida sonrisa.
-Buenos días.
A pesar de que lady Olivia era sólo dos o tres años mayor que Lali, parecía infinitamente más madura, con los ojos de de mujer que había conocido grandes tristezas en su pasado. Y era esas experiencias desconocidas, tan alejadas de las que había vivido ella, las que conseguían que Lali se sintiera un poco torpe al lado de lady Olivia. Aunque la hermana del conde era una conversadora fascinante, a uno le daba la sensación de que había preguntas que no debían hacerse y temas que no debían tocarse.
-Me dirigía al invernadero de cítricos.
-No la retrasaremos, entonces -replicó Lali, hechizada por la leve similitud del rostro de la mujer con el de Lanzani... Nada significativo, pero había un cierto aire en la mirada, y la sonrisa…
-Vengan conmigo -pidió lady Olivia. Guiada al parecer por un súbito impulso, estiró el brazo para agarrar la mano de Lali y entrelazó sus pequeños dedos con los de la mayor de las Esposito, mucho más largos-. Acabo de tener una conversación de lo más interesante con el conde. Me encantaría discutirla con usted.
Ay, Dios bendito. Por lo visto, se lo habla contado a su hermana. Y muy probablemente también a su madre. Lali le dirigió una disimulada mirada de pánico a Daisy, quien demostró no ser de ninguna ayuda.
-Yo voy la biblioteca a buscar una novela -anunció su hermana con voz alegre-. La que estoy leyendo es bastante decepcionante, así que no pienso acabarla.
-Mire en la última fila de la derecha, en la segunda estantería empezando por abajo -le aconsejó lady Olivia-. Y busque detrás de los libros que hay delante. He escondido mis novelas favoritas allí… historias perversas que ninguna chica debería leer. La corromperán de forma irremediable.
Los oscuros ojos de Daisy se iluminaron ante semejante información.
- ¡Vaya, gracias! -Salió pitando sin volver la vista atrás y lady Olivia esbozó una sonrisa.
-Venga-dijo ésta, tirando de Lali a través de la sala de desayunos-. Si vamos a ser hermanas, hay cosas que quiero que sepa. Soy una valiosísima fuente de información, y en estos momentos me siento bastante parlanchina.
Con una sonrisa en los labios, Lali la acompañó al invernadero, al que se accedía a través de una de las puertas de la sala de desayunos. Era un sitio cálido y fragante en el que se podía sentir el sol de mediodía y donde el calor ascendía a través de los respiraderos enrejados del suelo.
-No es del todo cierto que vayamos a ser hermanas -señaló Lali, que se sentó junto a lady Olivia en un asiento de mimbre con un respaldo francés curvado-. Si el conde ha dado a entender que se ha establecido algún compromiso...
-No, no ha ido tan lejos. No obstante, nos hizo saber que sus intenciones hacia usted eran bastante serias. -Los ojos castaño-verdosos de lady Olivia reflejaban una alegre expresión interrogante que no por ello dejaba de ser suspicaz-. No hay duda de que debería mostrarme comedida y diplomática, pero es que no puedo soportarlo más, tengo que preguntarlo... ¿Piensa aceptar su proposición?
Lali, que jamás se había quedado sin palabras, descubrió que en esos momentos tartamudeaba tanto como Evie.
-Yo... Yo...
-Perdóneme -se disculpó lady Olivia, compadeciéndose de ella-. Cualquiera que me conozca bien podrá asegurarle que me encanta entrometerme en los asuntos de los demás. Espero no haberla ofendido.
-No.
-Estupendo. Nunca he conseguido llevarme bien con la gente que se ofende con facilidad.
-Yo tampoco -confesó Lali, cuyos hombros se relajaron un tanto, y ambas sonrieron-. Milady, estando las cosas como están… aunque puede que usted no conozca los detalles, a menos que el conde…
-No -le aseguró lady Olivia con amabilidad-. Como siempre, mi hermano parece tener los labios sellados en lo que se refiere a los detalles. Es un hombre odiosamente reservado al que le gusta atormentar a la gente inquisitiva como yo. Continúe.
-La verdad es que quiero aceptar su proposición-dijo con franqueza-. Pero tengo algunas reservas.
-No es de extrañar -comentó lady Olivia de inmediato-. Peter es un hombre abrumador. No hay nada que no haga bien y se encarga de que todo el mundo sea consciente de ello. Uno puede acometer una sencilla tarea como lavarse los dientes sin que él le señale si es mejor comenzar por los molares o por incisivos.
-Exacto.
-Es un hombre terriblemente exasperante -continuo lady Olivia- que insiste siempre en ver las cosas de forma absoluta: bien o mal, bueno o malo. Es testarudo y dominante, por no mencionar su incapacidad para admitir que a veces se equivoca.
Estaba claro que lady Olivia pretendía explayarse con los defectos de Peter, pero Lali sintió una repentina oleada de furia protectora. Después de todo, no era justo hacer un retrato semejante de él.
-Puede que todo eso sea cierto -dijo-, pero hay que admitir que lord Lanzani es honesto. Siempre mantiene su palabra. Y, aun cuando se muestra autoritario, lo único que pretende es hacer lo que cree que es mejor para los demás.
-Supongo... -dijo lady Olivia sin mucha convicción, y eso alentó a Lali a seguir con el tema.
-Además, la mujer que se case con lord Lanzani jamás deberá temer que él se pierda por el mal camino. Le será fiel. Hará que se sienta segura, porque siempre cuidará de ella y jamás perderá la cabeza en una emergencia.
-Pero es muy inflexible -insistió lady Olivia.
-En realidad, no...
-Y frío -añadió lady Olivia con un pesaroso gesto negativo de la cabeza.
-No, por Dios -negó Lali-, en absoluto. Es el hombre más… -Se detuvo de repente, y se puso como un tomate al contemplar la sonrisa satisfecha de lady Olivia. Acababan de arrinconarla con suma delicadeza.
-Señorita Esposito -murmuró la mujer-, habla usted como mujer enamorada y espero fervientemente que lo sea, porque a Peter le ha costado mucho tiempo encontrarla... y me rompería el corazón comprobar que el amor que le profesa no es correspondido.
Lali dio un respingo al notar el violento vuelco de su corazón.
-El no me ama-dijo con voz trémula-. Al menos, no ha dicho nada a ese respecto.
-No me sorprende. Mi hermano tiende a expresar sus sentimientos con obras más que con palabras. Tendrá que ser paciente con él.
- Sí, ya me doy cuenta -replicó Lali de forma enigmática y la otra mujer se echó a reír.
-Nunca lo he conocido tan bien como mi hermana mayor, Aline. Ambos tienen una edad mucho más parecida, y ella era su confidente antes de que se fuera a América con su marido. Era Aline quien me explicaba muchas cosas sobre Peter siempre que yo estaba a punto de asesinarlo.
Lali permaneció inmóvil mientras escuchaba con atención la suave y sosegada voz de la mujer. No se había dado cuenta hasta ese momento de lo mucho que deseaba comprender a Peter. Nunca antes había entendido por qué los amantes se preocupaban por coleccionar recordatorios: cartas, mechones de pelo, un guante perdido un anillo... Sin embargo, en ese instante supo lo que era sentirse obsesionada con alguien. La embargaba un deseo compulsivo de averiguar hasta los más pequeños detalles acerca de un hombre que parecía absolutamente sincero y que, sin embargo, resultaba muy difícil de conocer.
Lady Olivia colocó un brazo sobre el respaldo curvado del canapé y contempló con atención el andamio lleno de plantas que había junto a ellas.
-Hay cosas acerca de su pasado que Peter jamás revelará a nadie, ya que considera que las quejas son poco masculinas y preferiría que lo torturaran hasta la muerte antes que ser objeto de compasión. Y si alguna vez descubre que le he contado algo a usted me arrancará la cabeza.
-Se me da bien guardar secretos -le aseguró Lali.
Lady Olivia le dirigió una breve sonrisa y clavó los ojos en la punta de su propio zapato, que asomaba bajo los volantes del dobladillo de su vestido.
-En ese caso, encajará bien con los Lanzani. Si hay algo que tengamos en abundancia, son secretos. Y a ninguno de nosotros nos gusta que el pasado guíe nuestras vidas. Peter, Aline y yo sufrimos de distintas formas las acciones de nuestros padres, ninguno de los cuales, en mi opinión, estuvo jamás preparado para tener hijos. Mi madre nunca se ha interesado por nadie que no fuera ella misma, ni por nada que no la afectara de forma directa. Y a mi padre le importaba un rábano cualquiera de sus hijas.
-Lo siento -dijo Lali con sinceridad.
-No lo sienta; su indiferencia fue una bendición, y nosotras lo sabíamos. Para Peter fue peor, ya que era la víctima de las maníacas ideas de mi padre acerca de cómo debía criarse el heredero Lanzani. -Pese a que la voz de lady Olivia era queda y resuelta, Lali sintió un escalofrío y se frotó las mangas del vestido con las manos para aliviar la desagradable sensación-. Mi padre no toleraba en su hijo otra cosa que no fuese la perfección. Estableció unas expectativas ridículamente altas respecto a todos los aspectos de la vida de Peter y lo castigaba de forma terrible cada vez que él no estaba a la altura. Peter aprendió a soportar las palizas sin derramar una lágrima ni demostrar signo alguno de rebelión, ya que si lo hacía el castigo se duplicaba. Y padre se mostraba implacable cuando descubría alguna debilidad. Una vez le pregunté a Aline por qué Peter nunca les había tenido cariño a los perros... y ella me contó que, cuando era niño, tenía miedo de un par de sabuesos que mi padre poseía como mascotas. Los perros notaban su miedo y se mostraban bastante agresivos con él, ladrándole y gruñéndole siempre que lo veían. Cuando mi padre descubrió el pánico que le daban a Peter, lo encerró a solas con ellos en una habitación para obligarlo a enfrentarse a lo que más temía. No quiero ni imaginar lo que debió ser para un niño de cinco años que lo encerraran con esas bestias durante horas.- Sonrió con amargura-. Puede estar segura de que mi padre le daba a la frase «echar a los perros» un sentido literal. Cuando debió haber protegido a su hijo, eligió en cambio confinarlo en un infierno.
Lali la observó sin parpadear. Trató de decir algo, de preguntar algo, pero tenía un nudo en la garganta. Peter se mostraba siempre tan seguro de sí mismo que resultaba casi imposible imaginarlo como un niño asustado. Y, sin embargo, gran parte de su reserva se debía a esa dolorosa lección que había aprendido en la infancia, según la cual nadie podía ayudado. Nadie lo protegería de sus miedos. De forma ridícula, y pese a que Peter era un hombre hecho y derecho, Lali deseó poder consolar al niñito que había sido.
-Mi padre deseaba que su heredero fuera un hombre independiente y de corazón duro -continuó lady Olivia-, de modo que nadie pudiera aprovecharse de él jamás. Y, en consecuencia, cada vez que veía que Peter se encariñaba con alguien, con su niñera favorita, por ejemplo, lo despedía de inmediato. Mi hermano descubrió que mostrar afecto por alguien tendría como resultado que le enviaran lejos a esa persona. Se volvió distante con todos aquellos a los que amaba y que no quería perder, lo que nos incluía a Aline a mí. Por lo que he podido comprobar, las cosas mejoraron cuando lo enviaron a la escuela, donde sus amigos se convirtieron en una familia improvisada.
Así que ésa era la razón de que Peter siguiera manteniendo una firme amistad con St. Vincent, pensó Lali.
- ¿Y su madre jamás intervino a favor de sus hijos? -preguntó. -No, estaba demasiado preocupada por sus propios asuntos. Ambas guardaron silencio durante un rato. Lady Olivia esperó con paciencia a que Lali preguntara algo, ya que parecía ser consciente de que la muchacha necesitaba tiempo para asimilar lo que le había contado.
-Debió de ser un alivio para todos cuando el anterior conde murió -murmuró.
-Sí. Es muy triste que lo único que pueda decirse acerca de la vida de un hombre sea que el mundo mejoró con su ausencia.
-No consiguió que su hermano fuera un hombre frío y sin corazón.
-No, claro que no -murmuró lady Olivia-. Me alegro que se dé cuenta de eso, querida. Peter ha llegado muy lejos sin embargo todavía necesita mucha... alegría en su vida.
En lugar de apaciguar su curiosidad acerca de Peter, lo único que había conseguido la conversación era plantear más preguntas, un sinfín de preguntas. De cualquier forma, su relación con lady Olivia era todavía demasiado reciente y superficial como para saber a ciencia cierta hasta dónde podía indagar sin que sus preguntas fueran rechazadas con educación.
-Hasta donde usted sabe, milady -se aventuró Lali al final-, ¿ha considerado lord Lanzani con seriedad alguna vez la idea de casarse? Sé que una vez hubo una mujer por la que albergó ciertos sentimientos...
-Ah, eso... En realidad, no fue nada. Peter se habría cansado de ella con rapidez si St. Vincent no se la hubiera robado. Créame, si mi hermano hubiera deseado luchar por ella la mujer habría sido suya. Lo que nunca pareció comprender, y lo que todos los demás vimos con claridad, fue que aquello no había sido más que una estratagema por parte de la dama para despertar sus celos e inducirlo a que se casara con ella. Sin embargo, su plan fracasó porque Peter no estaba realmente interesado en ella. No fue más que otra en la lista de mujeres... Bueno, como podrá suponer, a Peter jamás le ha faltado atención femenina. En ese sentido está un poco consentido, ya que se podría decir que las mujeres prácticamente se han arrojado a sus brazos desde que alcanzó la edad conveniente. -Le dirigió a Lali una mirada risueña-. Estoy segura de que le ha resultado toda una novedad encontrar a una mujer que se atreve de veras a mostrarse en desacuerdo con él.
-No estoy muy segura de que «novedad» fuera la palabra que él habría elegido -replicó Lali con ironía-. De cualquier forma, cuando no me gusta algo de lo que hace, no dudo en decírselo.
-Estupendo -respondió lady alivia-. Eso es precisamente lo que mi hermano necesita. Existen pocas mujeres (y pocos hombres, a decir verdad) que se atrevan a contradecirlo. Es un hombre fuerte que necesita una esposa con la misma fuerza para equilibrar su carácter.
Lali se descubrió alisando sin necesidad las faldas de su vestido verde claro mientras apuntaba con cautela:
-Si lord Lanzani y yo nos casáramos... se enfrentaría a muchas objeciones por parte de sus parientes y amigos, ¿no es cierto? En especial, por parte de la condesa.
-Sus amigos jamás se atreverían -replicó lady Olivia al instante-. En cuanto a mi madre... -Vaciló y luego dijo con franqueza-: Ya ha dejado muy claro que no la aprueba. Dudo mucho que lo haga alguna vez. No obstante, eso la deja a usted en vasta compañía, puesto que desaprueba a casi todo el mundo. ¿Le preocupa que ella se oponga al matrimonio?
-Me resulta halagador hasta extremos insospechados -dijo Lali, lo que provocó que lady Olivia se deshiciera en carcajadas.
-Vaya, me cae usted muy bien -jadeó-. Debe casarse con Peter, puesto que nada me agradaría más que tenerla como cuñada. -Después de serenarse, contempló a Lali con una sonrisa calida-. Y tengo una razón de lo más egoísta para esperar que lo acepte. A pesar de que el señor Shaw y yo no tenemos planes para trasladarnos en breve a Nueva York, sé que ese día no tardará en llegar. Cuando ocurra, sería un alivio para mí que Peter estuviese casado con alguien a quien le importara, puesto que sus dos hermanas estarán muy lejos. -Se levantó del banco y se alisó las faldas-. La razón de que le haya contado todo esto es porque quiero que comprenda por qué a Peter le resulta tan difícil entregarse al amor. Difícil, pero no imposible. Mi hermana y yo hemos conseguido por fin librarnos del pasado con la ayuda de nuestros maridos; pero las cadenas de Peter son muchísimo más pesadas. Sé que no es un hombre al que resulte fácil amar. No obstante, si usted pudiera reunirse con él a mitad de camino... quizás a algo más que a mitad de camino... creo que jamás se arrepentiría.
La propiedad estaba llena de ajetreados sirvientes, que recordaban a un panal de abejas mientras se afanaban con la complicada tarea de hacer el equipaje con las pertenencias de sus respectivos señores y señoras. El grueso de los invitados partiría en dos días, aunque algunos ya se estaban marchando. Sin embargo, eran pocos los que sentían la inclinación de partir antes de tiempo, ya que nadie quería perderse el baile de despedida que se ofrecería la última noche de la fiesta.
Lali se vio obligada con bastante frecuencia a estar en compañía de su madre, puesto que ésta se encargaba de supervisar (o de molestar, para decido con más precisión) las tareas de un par de doncellas mientras las muchachas doblaban y empaquetaban los cientos de artículos en los enormes baúles con correajes de cuero que habían viajado en el barco de vapor con ellos y que un criado acababa de subir a la habitación. Tras el sorprendente giro que habían tomado los acontecimientos dos días atrás, Lali esperaba a cada momento que su madre reprochara todos y cada uno de sus gestos y sus palabras, en un esfuerzo por asegurar su compromiso con lord Lanzani. Sin embargo, Mercedes se mostraba sorprendentemente callada e indulgente y parecía elegir las palabras con extremo cuidado siempre que se dirigía a ella. Y lo que era más, ni siquiera mencionaba a Lanzani.
- ¿Qué es lo que le pasa?-le preguntó Lali a Daisy, atónita ante el comportamiento dócil de su madre.
Era muy agradable no tener que reñir y enfrentarse con Mercedes, pero, al mismo tiempo, Lali habría esperado que en esos momentos su madre la acosara como una brigada de caballería a la carga. Daisy se encogió de hombros y replicó de forma traviesa:
-Lo único que se puede asumir es que, puesto que siempre has hecho lo contrario de lo que te ha dicho y has conseguido atrapar a lord Lanzani, madre ha decidido dejar el asunto en tus manos. Estoy segura de que se volverá sorda y muda a cualquier cosa que digas mientras consigas retener el interés del conde.
-Entonces... ¿no dirá nada si me escabullo hasta la habitación del conde esta noche?
Daisy soltó una carcajada.
-Lo más probable es que te ayudara a llegar hasta allí si se lo pidieras. -Le dirigió a Lali una mirada inquisitiva-. ¿Y qué vas a hacer con lord Lanzani a solas en su habitación?
Lali sintió que se ruborizaba.
-Negociar.
-Vaya, ¿así es como lo llamas?
Reprimiendo una sonrisa, Lali entrecerró los ojos.
-No te hagas la graciosa o no te contaré los detalles más jugosos después.
-No necesito que me los cuentes -dijo Daisy con altanería-. He estado leyendo las novelas que me recomendó lady Olivia... y me atrevería a decir que ahora sé más que Annabelle y tú juntas.
Lali no pudo evitar echarse a reír.
-Querida, no estoy segura de que esas novelas sean muy precisas en la descripción que hacen de los hombres o de... de... eso.
Daisy frunció el entrecejo.
- ¿En qué no son precisas?
-Bueno, en realidad no hay ningún tipo de... ya sabes, niebla color lavanda, ni nada de desmayos ni conversaciones floridas.
Daisy la contempló con sincera decepción.
- ¿Ni siquiera un desmayo chiquitín?
-Por el amor de Dios, no querrías desmayarte... podrías perderte algo.
-Sí, sí que querría. Al principio me gustaría ser plenamente consciente, y luego me gustaría desmayarme durante el resto del acontecimiento.
Lali la observó con una especie de diversión que rayaba en la perplejidad.
- ¿Por qué?
-Porque parece terriblemente incómodo. Por no decir repulsivo.
-Pues no lo es.
- ¿Que no es qué? ¿Incómodo o repulsivo?
-Ninguna de las dos cosas -afirmó Lali con tono práctico, pese a que se esforzaba por no echarse a reír-. En serio, Daisy. De lo contrario, te lo diría. Es maravilloso. De verdad que sí.
Su hermana pequeña lo consideró un instante y después la miró con escepticismo.
-Si tú lo dices...
Con una sonrisa para sus adentros, Lali pensó en la tarde que tenía por delante y sintió un escalofrío de entusiasmo ante la perspectiva de estar a solas con Peter. La conversación que había mantenido en el invernadero con lady Olivia le había hecho comprender lo asombroso que resultaba que el conde hubiera bajado la guardia con ella hasta los extremos en que lo había hecho.
Quizá no era del todo cierto que su relación fuera a estar llena de peleas. Después de todo, y como rezaba el refrán, «Dos no discuten si uno no quiere.» Tal vez pudiera encontrar distintas formas de decidir cuándo merecía la pena luchar por algo y cuando podría sencillamente pasarlo por alto. Y Lanzani ya había dado muestras de estar dispuesto a acomodarse a ella. Por ejemplo, esa disculpa en la biblioteca, cuando Peter podría haber aplastado, su orgullo y había elegido no hacerla. Ésas no eran las acciones típicas de un hombre intransigente.
Lali creía que si tan sólo tuviera un poco más de mano izquierda, como Annabelle, podría gozar de una mejor oportunidad para manejar a Peter. No obstante, siempre había sido demasiado sincera y directa como para disfrutar con los ardides femeninos.
«En fin -pensó con ironía-, he llegado hasta aquí sin ardides…, supongo que podré apañármelas si sigo cometiendo errores colosales como he estado haciendo hasta ahora.»
Sorteando de forma distraída algunos artículos que se encontraban en el vestidor del rincón, Lali apartó a un lado las cosas que era indispensable dejar fuera del equipaje hasta su partida, dos días más tarde: su cepillo con el mango de plata, un puñado de horquillas, un nuevo par de guantes... Hizo una pausa cuando sus dedos se cerraron en torno al frasco de perfume que le había dado el señor Nettle.
-Ay, Dios mío... -murmuró al tiempo que se sentaba en la estilizada silla tapizada con terciopelo. Observó con atención el resplandeciente frasco que tenía sobre la palma-. Daisy... ¿crees que tendría que decirle al conde que utilicé una poción de amor con él?
Su hermana pequeña pareció horrorizarse ante la simple mención de la idea.
-Yo diría que no. ¿Por qué tendrías que decírselo?
- ¿Cuestión de honestidad?
-La honestidad está sobrevalorada. Como alguien dijo alguna vez: «El secreto es la esencia fundamental de los asuntos del corazón.»
-Fue el duque de Richelieu -afirmó Lali, que había leído el mismo libro de filosofía para las lecciones de la escuela-. Y la cita exacta es: «El secreto es la esencia fundamental de los asuntos de Estado.»
-Tienes que tener en cuenta que era francés -señaló Daisy-. Estoy segura de que también se refería a los asuntos del corazón.
Lali se echó a reír y le dirigió una mirada cariñosa a su hermana.
-Tal vez sí. Pero no quiero tener secretos con lord Lanzani.
-Bueno, está bien. Pero recuerda mis palabras: no será una historia de amor verdadera si no guardas unos cuantos secretillos.
Continuara...
Vamos llegando al final :)
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